País Relato - Autores

robert anson heinlein

inadaptado

«… con el objetivo de conservar y mejorar nuestros recursos interplanetarios, y proporcionar ocupaciones útiles y saludables a la juventud de este planeta».
Extracto del Acta de Permiso, Autonomía 7118,
estableciendo el Cuerpo de Construcción Cósmica.
¡Atentos a la revista! —Desde la plaza de armas sonó la voz de un sargento primero de la Marina Espacial, cortando la niebla y la llovizna de una sucia mañana de Nueva Jersey—. Cuando oigan sus nombres, contesten «Aquí», adelántense con su equipaje y embarquen. ¡Atkins!
—¡Aquí!
—¡Austin!
—¡Aquí!
—¡Ayres!
—¡Aquí!
Uno a uno fueron abandonando la formación, se echaban al hombro los cincuenta kilos de pertenencias personales que se les permitía llevar y subían fatigosamente la escalerilla. Eran jóvenes, ninguno pasaba de los veintidós años, y en algunos casos el peso del equipaje sobrepasaba al del propietario.
—¡Kaplan!
—¡Aquí!
—¡Keith!
—¡Aquí!
—¡Libby!
—¡Aquí!
Un tipo delgado y rubio se separó de la fila, se sonó la nariz apresuradamente y recogió sus pertenencias. Se echó una gruesa bolsa de lona al hombro, la aseguró, y levantó una maleta con la mano libre. Empezó a subir la escalerilla con paso irregular, y en ese momento tropezó con la maleta. Se tambaleó, inclinándose sobre alguien delgado y de corta estatura, vestido con el color azul pólvora de la Marina Espacial. Dedos poderosos le asieron del brazo y evitaron que cayera.
—Calma, hijo. Así será más fácil.
Otra mano aseguró la bolsa de lona en su hombro.
—Oh, perdone, eh… —El aturdido joven contó automáticamente las cuatro cintas plateadas bordadas bajo el cometa—, capitán. Yo no…
—Es mejor que suba a bordo, hijo.
—Sí, señor.
Las entrañas de la nave de transporte estaban a oscuras. Cuando sus ojos se acostumbraron, vio a un artillero, con los galones de sargento, que señalaba con el pulgar una puerta neumática abierta.
—Allí. Busquen su taquilla y esperen allí.
Libby se apresuró a obedecer. Una vez dentro, se encontró con una confusión de equipajes y hombres en un amplio compartimento de techo muy bajo. Una hilera de extractores de aire se extendía desde la unión del mamparo y el techo, dividiendo en tres partes a este último. El apagado ruido de los extractores era el ruido de fondo de todas las voces de sus compañeros de nave. Se abrió paso por entre el barullo de equipajes y localizó su taquilla, la siete uno cero, en la pared opuesta exterior. Rompió el precinto de la cerradura de combinación, echó un vistazo a las cifras, y la abrió. La taquilla era muy pequeña, en el centro de una hilera de tres. Pensó en lo que debería conservar allí. Un altavoz hizo acallar los murmullos y exigió su atención:
—¡Atención! Primera sección aseguren todo el equipaje. Despegue en doce minutos. Cierren los compartimentos estancos. Comunicaciones interrumpidas a menos de dos minutos. Órdenes especiales para los pasajeros; coloquen todos los bultos en la cubierta, y acuéstense cuando aparezca la luz roja. No se muevan hasta que se dé el aviso. Los sargentos de guardia deben comprobar el exacto cumplimiento de las órdenes.
El sargento entró, dio un vistazo alrededor y comenzó inmediatamente a supervisar la nueva puesta en orden del equipaje. Los objetos pesados fueron asegurados con cuerdas y se cerraron las puertas herméticas. Cuando todos los hombres habían encontrado un lugar en la cubierta y el sargento se colocó correctamente una almohadilla bajo su cabeza, las luces se volvieron rojas y el altavoz atronó:
—¡Atención todo el mundo! ¡Vamos a despegar! Preparados para aceleración.
El sargento se reclinó de mala gana contra dos bolsas de viaje, y contempló la sala. Los altavoces enmudecieron y se produjo un silencio de muerte durante dos interminables minutos. Luego, la cubierta tembló y un sonido similar al de vapor escapándose a alta presión martilleó los tímpanos de sus orejas. Libby se sintió de repente muy pesado, con algo aplastándole el pecho y el corazón. Pasó un tiempo indefinido antes de que las luces adquirieran una tonalidad blanca. Un altavoz volvió a rugir:
—¡Retiren todos los pertrechos de la cubierta! ¡Ritmo regular, primera sección!
Los extractores habían recobrado la vida. El sargento se levantó, restregó sus nalgas y golpeó sus brazos.
—Muy bien, muchachos —dijo.
Dio unos pasos y abrió la puerta del compartimento estanco. Libby se puso en pie… y se precipitó contra un mamparo, a punto de caerse. Sus brazos y piernas seguían dormidos, pese a que se sentía alarmantemente ligero, como si se hubiera quitado de encima la mitad de su escaso peso.
En las dos horas siguientes no tuvo ni un momento para pensar o para sentir nostalgia. Había que llevar todas las maletas, cajas y bolsas a la cala inferior, y amarrarlas para prevenir los efectos de la aceleración angular. Localizó y aprendió a utilizar un lavabo sin agua. Encontró su litera y se enteró de que sólo le pertenecía ocho horas de cada veinticuatro, porque otros dos compañeros debían usarla también. Las tres secciones comían en tres turnos, cada una de ellas dividida a su vez en tres grupos: veinticuatro jóvenes y un sargento sentados en una larga mesa que casi llenaba el estrecho compartimento de la cocina.
Después de la comida, Libby volvió a ordenar su taquilla. Estaba de pie ante ella, contemplando una fotografía que intentaba colocar en la parte interior de la puerta, cuando sonó una orden en el compartimento.
—¡Atención!
Junto a la puerta se hallaba el capitán, flanqueado por el sargento.
—Descansad, muchachos —empezó a hablar el capitán—. Sentaos. McCoy, llame a control y diga que acondicionen la sala para fumar.
El aludido corrió hasta el comunicador que había en el mamparo y habló en voz baja. Casi al mismo tiempo el zumbido de los extractores se hizo más audible.
—Podéis fumar si queréis —prosiguió el capitán—. Quiero hablaros.
»Muchachos, estáis participando en la misión más importante de vuestras vidas. De ahora en adelante sois hombres, con una de las tareas más duras a las que nunca antes se ha enfrentado un hombre. Lo que debemos hacer forma parte de un plan general. Vosotros, y cientos de miles como vosotros, vais a ser pioneros en la adaptación del sistema solar, que permita a los seres humanos utilizarlo de la mejor forma posible.
»Igualmente importante es el hecho de que se os está dando una oportunidad para convertiros en ciudadanos útiles y felices de la Federación. Por diversas razones no estabais correctamente preparados para vivir en la Tierra. Algunos de vosotros os encontrasteis con que los trabajos para los que fuisteis entrenados habían sido suprimidos por nuevos ingenios. Otros no supisteis qué hacer durante el tiempo de ocio de la época moderna. En cualquier caso, estabais inadaptados. Tal vez os han llamado inútiles y constáis como tales en cualquier lugar al que vayáis.
»Sin embargo, todos y cada uno de vosotros empezáis hoy. En esta nave no consta otra cosa que no sea vuestro nombre al principio de una hoja en blanco. Vosotros rellenaréis esta hoja.
»En cuanto a nuestro trabajo… No tenemos uno de esos fáciles trabajos de reparaciones y reacondicionamientos en la Luna, con fines de semana en Luna City y con todas las comodidades del hogar. Ni hemos conseguido un planeta de alta gravedad en el que un hombre puede hartarse de comida y aguantarla dentro. No. Vamos a ir al asteroide HS-5388 y a convertirlo en la estación espacial T-M3. No tiene atmósfera, y su gravedad es sólo un dos por ciento de la superficie de la Tierra. Vamos a ser moscas humanas durante, al menos, seis meses, sin chicas para conquistar, sin televisión, sin otras diversiones que las que vosotros mismos ideéis, y con un trabajo muy duro cada día. El espacio os pondrá enfermos, podréis saborear vuestra nostalgia, y tendréis pánico a los lugares públicos. Las radiaciones os abrasarán si no tenéis cuidado. El estómago os atormentará, y os lamentaréis ante Dios por haberos enrolado.
»Pero si os domináis, y escucháis el consejo de un veterano del espacio, saldréis de allí fuertes y saludables, con una pequeña renta en el banco, y con un acopio de conocimientos y experiencias que no podríais obtener en cuarenta años de vivir en la Tierra. Os haréis hombres, y lo sabréis.
»Una última cosa. Será muy desagradable para los que no estén acostumbrados. Sed considerados con vuestros compañeros y todo irá bien. Si tenéis quejas y no podéis solucionarlas, venid a verme. Creo que eso es todo. ¿Alguna pregunta?
—¿Capitán? —dijo uno de los jóvenes con timidez, levantando su mano.
—Hable fuerte, muchacho, y dé su nombre.
—Rogers, señor. ¿Podremos recibir cartas de casa?
—Sí, pero no muy a menudo. Quizá una vez al mes. El correo llegará con el capellán y con todas las naves de inspección o suministro.
El altavoz volvió a retumbar:
—¡A todo el personal! Vuelo libre en diez minutos. Preparados para perder peso.
El sargento supervisó los cordajes, apretando todos los que estaban flojos, y todos los hombres recibieron una pequeña bolsa de plástico. Apenas terminado el reparto, Libby se sintió ligero de peso. Una sensación idéntica a la de un ascensor a gran velocidad cuando se detiene de repente al subir. Pero la sensación proseguía y se hacía más intensa. Al principio fue una novedad agradable, luego penosa. La sangre se agolpó en sus oídos y sus pies estaban fríos y húmedos. La saliva fluyó en cantidades anormales. Intentó tragar, se atragantó y tosió. Su estómago se estremeció y se contrajo en un reflejo violento, penoso, convulsivo. Sintió unas náuseas repentinas y espantosas. Tras el primer espasmo agudo, oyó gritar a McCoy:
—¡Hey! Utilicen las bolsas tal como les dije. No las pongan al alcance de los extractores.
Aunque vagamente, Libby comprendió que la advertencia le incluía. Buscó a tientas su bolsa de celulosa justo cuando le sobrevenía un segundo estremecimiento, pero se las arregló para colocar la bolsa bajo su boca antes del espasmo. Luego se dio cuenta de que estaba flotando cerca del techo y junto a la puerta. El sargento, tambaleándose, habló con McCoy.
—¿Cómo va todo? —le preguntó.
—Bastante bien. Algunos de los chicos olvidaron sus bolsas.
—Bien. Límpienlo todo. Pueden usar el compartimento de estribor.
Se deslizó hacia afuera y McCoy tocó el brazo de Libby.
—Aquí, Pulgarcito, empieza a cazar mariposas —dijo.
McCoy le alargó un puñado de algodón, cogió otro él mismo, y fue recogiendo con destreza los grumos de viscosas inmundicias que flotaban en el compartimento.
—Asegúrense de que la bolsa está bien cerrada. Cuando se sientan mal, lo único que deben hacer es pararse y esperar a que pase todo.
Libby le imitó lo mejor que pudo. Al cabo de pocos minutos habían limpiado lo peor de todas aquellas inmundicias humanas. McCoy miró a su alrededor.
—Ahora —dijo—, quítense la ropa sucia y cambien sus bolsas. Tres o cuatro de ustedes llévenlo todo al compartimento estanco de estribor.
Una vez allí, dejaron las bolsas dentro, se cerró la puerta interior y se abrió la exterior. Cuando la primera volvió a abrirse, las bolsas habían desaparecido, expulsadas al espacio con el aire que se había escapado.
—¿Debemos hacer lo mismo con la ropa sucia? —preguntó alguien a McCoy.
—Eh, bueno, sólo le daremos una dosis de vacío. Métanla dentro y sujétenla en esos ganchos de los mamparos. Átenla bien fuerte.
El compartimento volvió a cerrarse por segunda vez, ahora durante cinco minutos. Cuando la puerta interior se abrió, toda la ropa estaba perfectamente seca; toda la humedad había ido a parar al vacío del espacio. Todo lo que quedaba de los desagradables vómitos era un residuo polvoriento y esterilizado. McCoy hizo un gesto de aprobación.
—Muy bien —comentó—. Vuelvan a llevarlo todo al compartimento, y cepíllenlo, muy fuerte, frente a los extractores.
Los siguientes días fueron de una penuria interminable. Los malestares espaciales monopolizaron la atención de todos y no hubo tiempo para la nostalgia. El capitán garantizó quince minutos de suave aceleración para cada uno de los nueve turnos de comida, pero la tregua acentuó la agonía. Libby iba a comer débil y con un hambre voraz. La comida sólo duraba en el estómago hasta que se reanudaba el vuelo libre. Luego, las náuseas volvían a estremecer todo su cuerpo.
El cuarto día, cuando se hallaba recostado contra un mamparo, disfrutando de los pocos minutos de gravedad que restaban al último turno de comida, McCoy se aproximó y tomó asiento junto a él. El ayudante del capitán se ajustó un filtro de humo en su cara y encendió un cigarrillo. Aspiró profundamente y empezó a charlar.
—¿Cómo va, novato?
—Bien, supongo. Esta enfermedad del espacio… McCoy, dígame, ¿cómo ha podido acostumbrarse a esto?
—Es cuestión de tiempo. El cuerpo va adquiriendo nuevos reflejos, al menos eso me explicaron. Una vez has aprendido a tragar sin ahogarte, todo va bien. Incluso es agradable. Es algo sosegado y relajante. Cuatro horas durmiendo son tan buenas como diez.
Libby agitó tristemente su cabeza.
—No creo que me acostumbre nunca —dijo.
—Sí, lo harás. Será mejor que lo hagas, en cualquier caso. Hablando claro, nuestro asteroide no tendrá ninguna gravedad. El jefe de brigadas dice que ni siquiera llegará al dos por ciento de la terrestre. Esto no será suficiente para curar los mareos. Y allí no habrá ninguna aceleración durante las comidas.
Libby se estremeció y sostuvo su cabeza con ambas manos.
Localizar un asteroide entre varios miles no es tan fácil como encontrar Trafalgar Square en Londres. Y todavía es menos fácil si se tiene en cuenta que allí el telón de fondo es el enjambre de estrellas de la galaxia. Se sale de la Tierra con una velocidad orbital de cerca de treinta y un kilómetros por segundo. Se intenta tomar una curva conoide mixta que no sólo intersecte la órbita del diminuto y veloz asteroide, sino que también lleve a una cita exacta. El asteroide HS-5388, «el ochenta y ocho», se hallaba a dos coma dos unidades astronómicas del Sol, algo más de trescientos veinte millones de kilómetros. Cuando la nave de transporte partió se encontraba detrás del Sol, a más de cuatrocientos ochenta millones de kilómetros. El capitán Doyle dio instrucciones al oficial de navegación para seguir el elipsoide básico, con exactitud, en vuelo libre alrededor del Sol a través de una distancia media de unos quinientos cuarenta millones de kilómetros. El principio es el mismo que el usado por un cazador para alcanzar a un pato en el aire «dejando» que el ave siga volando. Pero supongamos que el cazador tiene el sol enfrente en el momento de disparar; supongamos que la presa no puede ser vista desde su posición. En ese caso, el cazador puede apuntar basándose únicamente en su recuerdo de dónde estaba el pato cuando lo vio por última vez.
El noveno día de viaje, el capitán Doyle acudió a la sala de navegación y empezó a manipular el ordenador. Luego envió a su ayudante para que transmitiera sus felicitaciones al oficial de navegación y para que le hiciera venir a la sala. Pocos minutos después, una figura alta y delgada penetró en el compartimento, se aseguró en un asidero y saludó al capitán.
—Buenos días, capitán.
—Hola, Blackie. —El hombre mayor levantó la mirada desde el lugar en que estaba amarrado, en la silla del integrador—. He estado comprobando sus correcciones para las aceleraciones durante los turnos de comida.
—Es molesto tener a bordo a un montón de marineros de agua dulce, señor.
—Sí, lo es, pero debemos darles la oportunidad de comer, o serán inútiles cuando lleguemos allí. Bien, quiero desacelerar a partir de las diez en punto, según el horario de la nave. ¿Cuáles son nuestras coordenadas y velocidad a las ocho en punto?
El oficial de navegación extrajo un cuaderno de su túnica.
—Quinientos setenta y tres kilómetros por segundo. Curso de ascensión en quince horas, ocho minutos, veintisiete segundos. Declinación menos siete grados, tres minutos. Distancia solar trescientos siete millones novecientos sesenta y ocho mil kilómetros. Nuestra posición radial es de doce grados sobre el curso, y casi ajustados al ecuador celeste. ¿Quiere saber las coordenadas del Sol?
—No, por el momento.
El capitán se inclinó sobre el ordenador, frunció el entrecejo y se mordió la lengua mientras manejaba los controles.
—Quiero que disminuya la aceleración cuando estemos a un millón seiscientos mil kilómetros de la órbita del ochenta y ocho. No me gusta desperdiciar el combustible, pero el anillo está lleno de chatarra y esta maldita roca es tan pequeña que nos obligará a tomar una órbita de búsqueda. Desacelere durante veinte horas y empiece a cambiar el curso al cabo de otras ocho. Utilice un acercamiento asintótico normal. Mantenga la nave en una trayectoria circular alrededor del ochenta y ocho, de forma que estemos paralelos a su órbita mañana a las seis en punto. Quiero que me llamen a las tres.
—Perfecto, señor.
—Déjeme ver sus cifras cuando las tenga. Mandaré las órdenes arriba más tarde.
La nave de transporte aceleró según lo previsto. Poco después de las tres de la mañana el capitán entró en la sala de mandos y entornó los ojos en la oscuridad. El sol aún se hallaba oculto por el casco de la nave y la negrura de la medianoche sólo quedaba alterada por el azul pálido de los instrumentos indicadores y la luz que brotaba sobre la carta de navegación. El oficial de navegación se volvió ante la silueta familiar.
—Buenos días, capitán.
—Buenos días, Blackie. ¿Ya a la vista?
—Aún no. Hemos topado con media docena de rocas, pero ninguna conocida.
—¿Hemos estado muy cerca de alguna?
—Sin peligro. Hemos levantado un poco de arena, eso es todo.
—Eso no puede perjudicarnos, al menos mientras sigamos la estela de nuestro objetivo. Si los pilotos creyeran que los asteroides se desplazan en direcciones determinadas y a velocidades constantes, no pasaría nunca nada. —Hizo una pausa para encender un cigarrillo—. La gente dice que el espacio es peligroso. Claro, suele serlo. Pero no conozco un solo caso en los últimos veinte años que no pueda ser achacado a alguna imprudencia temeraria.
—Tiene razón, capitán. Ah, hay café debajo de la carta de navegación.
—Gracias. Tenía una taza ahí debajo.
Paseó por entre las pantallas de los estereoscopios y del radar y contempló la oscuridad salpicada de estrellas. Tres cigarrillos después, el estereoscopio más cercano se iluminó.
—¡Objeto a la vista!
—¿A qué distancia?
Su compañero leyó los indicadores externos del estereoscopio.
—Más cero punto dos, uno punto tres a popa, ligero desplazamiento hacia atrás. —Se movió hacia el radar y añadió—: Distancia siete nueve… cuatro tres.
—¿Concuerdan esos datos?
—Es posible, capitán. ¿Cuál es su contorno? —preguntó con voz apagada el oficial de navegación.
Los controles de la primera pantalla empezaron a ser manipulados, pero el capitán le empujó a un lado.
—Yo lo haré, muchacho.
El capitán miró a través del binocular y examinó una pequeña esfera plateada, una luna en miniatura. Con mucho cuidado, centró la imagen bajo una finísima trama iluminada, hasta que los bordes de ésta fueron exactamente tangente de los extremos superior e inferior de la esfera.
—¡Lectura!
La observación fue anotada y pasada al oficial de navegación que se había apartado durante un instante, con evidente cansancio.
—Es el nuestro, capitán.
—Bien.
—¿Debo hacer una triangulación óptica?
—Que lo haga el oficial de guardia. Vaya abajo y descanse. Yo lo iré siguiendo hasta que podamos usar el buscador óptico.
—Se lo agradezco.
Al cabo de pocos minutos, toda la nave se enteró de que se había localizado al ochenta y ocho. Libby, apretujado entre el tropel de excitados compañeros en la cubierta de estribor, intentó vislumbrar su futuro hogar desde una portilla. McCoy enfrió su excitación.
—Cuando esa roca sea lo bastante grande como para que la veamos a simple vista, estaremos todos en nuestras posiciones de aterrizaje. El asteroide tiene únicamente ciento sesenta kilómetros de diámetro, ¿lo sabíais?
Y así fue. Muchas horas después el altavoz de la nave anunció:
—¡Atención todos! Ocupen sus posiciones de aterrizaje. Cierren todos los compartimentos estancos. Permanezcan atentos para desconectar los extractores cuando se ordene.
McCoy les obligó a tumbarse durante las dos horas que siguieron. Los ligeros estremecimientos del cohete se alternaron con las nauseabundas pérdidas de peso. Luego se detuvieron los extractores y se dispararon los cierres de seguridad de todos los asientos. La nave cayó libremente durante algunos momentos, hubo una ligera sacudida final, otros cinco segundos de caída, y un choque breve, suave y ruidoso. En el altavoz sonó una solitaria nota de atención, y los extractores volvieron a zumbar.
McCoy se puso en pie tambaleándose hasta que pudo asegurar su equilibrio.
—Todos afuera, muchachos —dijo—. Hemos llegado al final.
Un mozalbete bajito y rechoncho, más joven que la mayoría, le imitó con torpeza, saltando hacia la puerta.
—¡Adelante, compañeros! —gritó—. ¡Salgamos afuera y veamos lo que hay!
El oficial le hizo callar.
—No tan deprisa, chico —le advirtió—. Aparte de que ahí afuera no hay aire, puedes salir si quieres. Hervirás y te morirás de frío al mismo tiempo, y explotarás como un tomate maduro. Jefe de escuadra, elija seis hombres para repartir los trajes espaciales. Los demás, seguid aquí y esperad.
Los hombres seleccionados volvieron en seguida cargados con un montón de voluminosos envoltorios. Libby soltó los cuatro paquetes que llevaba y contempló cómo flotaban hacia la cubierta. McCoy abrió con un gesto enérgico la envoltura de uno de los trajes, y empezó a darles instrucciones.
—Se trata de un modelo normal, el Mark IV en su segundo diseño. —Asió el traje por los hombros y lo agitó de forma que colgara, semejando una prenda interior para climas fríos muy rigurosos, con el casco colgando fláccidamente entre las hombreras—. Se autoabastece durante ocho horas, disponiendo de una reserva de oxígeno para ese período. También posee un tanque de nitrógeno y un filtro de dióxido de carbono y vapor de agua.
Siguió hablando con un tono monótono, repitiendo prácticamente al pie de la letra la descripción e instrucciones dadas en las normas de entrenamiento. McCoy conocía estos trajes tan bien como su lengua conocía su paladar. Este conocimiento le había salvado la vida en más de una ocasión.
—El traje está hecho de fibra de vidrio laminada con celulita de amianto. La tela resultante es flexible y muy duradera. Rechaza todas las radiaciones normales más allá de la órbita de Mercurio. Se utiliza encima de la ropa normal, pero fijaos en estos pliegues en las principales junturas. Su finalidad es mantener casi constante el volumen interno del traje cuando se mueven los brazos o las piernas. De otra forma, la presión interior tendería a inflar al máximo el traje, manteniéndolo en una posición forzada, y los movimientos se harían dificultosos.
»El casco está construido de silicona transparente, preparado y polarizado para resistir una radiación demasiado potente. Se adapta a visores externos de cualquier tipo que se precise. Las órdenes señalan que hay que usar, como mínimo, un ámbar número dos sobre este espesor. Además, una placa de plomo cubre el cráneo y se extiende por toda la parte de atrás, tapando completamente la columna vertebral.
»El traje está equipado con dos sistemas telefónicos. Si la radio falla, como suele ocurrir, podéis hablar poniendo en contacto vuestros cascos. ¿Alguna pregunta?
—¿Cómo se come y se bebe durante las ocho horas?
—No estaréis ocho horas con el traje puesto. Podéis llevar terrones de azúcar en un artilugio del casco, pero vosotros, muchachos, siempre comeréis en la base. En cuanto al agua, hay una tetilla en el casco, cerca de la boca, a la que podéis llegar volviendo la cabeza hacia la izquierda. Está conectada a un depósito interior. Pero bebed sólo la justa cuando llevéis el traje puesto, porque no hay ningún desagüe.
Cada hombre recibió su traje y McCoy les enseñó a ponérselo. Extendió boca arriba uno de los trajes, abrió la cremallera frontal, que se extendía desde el cuello a la bragadura, y se sentó dentro de esta abertura una vez la parte inferior estuvo plegada como si fueran unas medias. Con un culebreo de los brazos llegó hasta las manoplas, flexibles y pesadas, desarrugándolas y ajustándolas en su lugar. Por último, un encogimiento del cuello, con los hombros encorvados, le permitió meter la cabeza dentro del casco.
Libby siguió los movimientos de McCoy y se levantó con el traje puesto. Examinó la cremallera que cerraba la única abertura. Estaba montada sobre dos rellenos muy suaves, que se ponían en contacto al cerrar la cremallera y que quedaban asegurados por la presión interna del aire. Dentro del casco había una pieza bucal, conectada con el filtro, para permitir la respiración.
McCoy se paseó de un lado a otro, observando lo que hacían, apretando un cinturón de vez en cuando, instruyéndoles en el uso de los controles externos. Con satisfacción, informó a la sala de navegación que su sección recibió la instrucción básica y estaban preparados para desembarcar. Inmediatamente llegó el permiso para que salieran al exterior durante un período de treinta minutos de aclimatación.
De seis en seis, los fue llevando afuera, pasando por el compartimento presurizado. Libby entornó los ojos ante el desacostumbrado resplandor del sol sobre la roca. Aunque el sol se hallaba a más de trescientos veinte millones de kilómetros y bañaba el asteroide con una radiación sólo una quinta parte de la que recibía la madre Tierra, la falta de atmósfera producía un brillo que le obligó a mirar de soslayo. Se alegró de estar protegido por su visor ámbar. Por encima suyo, reducido al tamaño de un penique, el sol brillaba en el centro de un cielo oscuro en el que las estrellas, sin centelleos, se apretaban unas contra otras y contra el mismo sol.
Libby escuchó la voz de un compañero por sus auriculares.
—¡Jeepers! —decía—. Ese horizonte parece estar muy cerca. Apostaría a que está a menos de dos kilómetros.
Libby miró hacia el fondo de la lisa y desnuda llanura y calculó inconscientemente la distancia.
—Aún menos —comentó—. Menos de quinientos metros.
—¿Qué diablos sabes tú de esto, Pulgarcito? Y, además, ¿quién te ha preguntado tu opinión?
—En realidad —respondió Libby, a la defensiva—, son quinientos nueve metros, suponiendo que mis ojos se hallen a metro sesenta del suelo.
—¡Castañas! Pulgarcito, siempre te gusta demostrar lo mucho que crees saber.
—No es cierto —protestó Libby—. Si el asteroide tiene ciento sesenta kilómetros de diámetro y es tan redondo como parece, por lógica el horizonte debe estar precisamente a esa distancia.
—¿Quién lo dice?
McCoy interrumpió la discusión.
—¡Basta ya! Libby tiene mucha más razón que tú.
—Tiene toda la razón —intervino una voz extraña—. Debí preguntarlo al oficial de navegación antes de abandonar los controles.
—¿Es cierto? —volvió a intervenir McCoy—. Si el jefe de brigadas dice que tienes razón, Libby, es que la tienes. ¿Cómo pudiste saberlo?
—Yo… no lo sé —respondió aturdido Libby—. No tengo ninguna explicación.
El ayudante del capitán y el sargento se quedaron mirándole fijamente, pero no insistieron en el tema.
Al final del «día» (según el horario de la nave, porque el ochenta y ocho tenía un período de rotación de ocho horas y trece minutos), el trabajo estaba muy adelantado. La nave de transporte había aterrizado muy cerca de una serie de colinas. El capitán eligió una depresión entre ellas, de unos trescientos metros de largo y la mitad de ancho, para establecer un campamento permanente. Había que construir un techo, una pared a su alrededor, y crear una atmósfera en el interior.
En la colina que se hallaba entre la nave y el valle tenían que construirse los cuarteles; dormitorios, comedores, sala de oficiales, enfermería, sala de diversiones, oficinas, almacenes, etc. Había que taladrar un túnel en la colina, conectando los emplazamientos de todos los locales, y enlazarlo con un tubo metálico y hermético, de unos tres metros, empotrado en el compartimento estanco de babor de la nave. Tanto este tubo como el túnel debían ser equipados con una cinta transportadora apta para personas y cargamento.
Libby fue asignado al grupo del techado. Ayudó a un fundidor a subir la colina con su herramienta atómica, difícil de manejar porque teniendo una masa de trescientos sesenta kilos aquí sólo pesaba siete. El resto del destacamento encargado del techado extendió y se preparó para trasladar manualmente la enorme tela translúcida que sería el «cielo» de aquel pequeño valle.
El fundidor localizó una marca horizontal hecha en la falda interior del valle, puso en acción el calentador, y empezó a cortar un saliente o peldaño rocoso muy notable. Mantuvo la máquina siempre al mismo nivel, siguiendo la señal de tiza trazada a lo largo de la pared rocosa. Libby se interesó por la forma en que el trabajo había sido tan rápidamente preparado.
—Muy fácil —le respondió el otro—. Dos de los sargentos acoplaron un proyector lumínico a un teodolito ajustado a quince metros sobre el suelo del valle. Luego uno de ellos corrió a toda velocidad alrededor del borde, señalando con tiza la altura que iba recorriendo el rayo de luz.
—¿El techo tendrá precisamente quince metros de alto?
—No, tal vez alcance los treinta. La presión del aire lo combará hacia arriba en el centro.
—¿La presión normal terrestre?
—La mitad.
Libby se concentró por un instante. Después pareció sorprendido.
—Escuche —prosiguió—. Este valle mide trescientos metros de largo y más de ciento cincuenta de ancho. A la mitad de un kilo por centímetro cuadrado, y sin tener en cuenta el arco del techo, será una carga de cuatrocientos cincuenta millones de kilos. ¿Qué material puede resistir eso?
—Las telarañas.
—¿Las telarañas?
—Sí, las telarañas. El material más fuerte del mundo, más que el acero de mejor calidad. Tela de araña sintética. Esta tela que utilizamos para el techo tiene una resistencia a la tensión de setecientos kilos por centímetro.
Libby vaciló un momento antes de replicar:
—Comprendo. Con un contorno de unos siete mil metros, la tensión máxima en el punto de amarre será de ciento diez kilos por centímetro. Un excelente margen de seguridad.
El forjador se inclinó sobre su herramienta y asintió.
—Algo así —dijo—. Eres muy rápido con los números, ¿eh?
—Me gusta tener las cosas claras —contestó Libby, medio asombrado.
Trabajaron con rapidez en torno a la ladera, abriendo un surco liso y perfecto que permitiría amarrar y afirmar la «telaraña». La roca arrancada, en forma de lava, se deslizó lentamente por la falda de la colina. Un vapor castaño surgió de la hirviente superficie de la roca fundida, se levantó un metro en el aire y se solidificó de repente en el vacío, cayendo al suelo en forma de polvo. El fundidor señaló hacia ese polvillo.
—Esto podría causarnos silicosis si lo dejáramos ahí y lo respiráramos más tarde.
—¿Y qué piensa hacer? —preguntó Libby.
—Eliminarlo con los extractores de la planta de aire acondicionado.
Libby aprovechó para preguntar otra cosa.
—Señor… —empezó.
—Mi nombre es Johson. Lo de señor no es necesario.
—Bien; Johson, ¿de dónde vamos a sacar el aire para llenar todo este agujero, por no hablar también de los túneles? Supongo que necesitaremos sesenta millones de decímetros cúbicos o más. ¿Lo fabricaremos?
—No, es demasiado complicado. Lo trajimos con nosotros.
—¿En la nave?
—Ajá, a cincuenta atmósferas.
—Entiendo… —Libby pensó en torno al problema—. De esa forma podría ir en una habitación de veinticuatro metros de ancha.
—La verdad es que se halla en tres recipientes especialmente construidos… tres botellas gigantes. Esta nave llevó oxígeno a Ganimedes. Yo estaba a bordo entonces; como recluta, pero también en el pelotón de superficie.
El campamento quedó listo para su ocupación al cabo de tres semanas, y la nave de transporte quedó liberada de su misión. Las salas de almacenaje quedaron repletas de herramientas y suministros. El capitán Doyle trasladó sus oficinas administrativas bajo tierra, firmó sus órdenes al primer oficial, y le dio permiso para proceder con la «tarea asignada», en este caso volver a la Tierra con una tripulación reducida al mínimo.
Libby contempló el despegue desde su privilegiada posición en la colina. Una nostalgia irresistible se adueñó de él. ¿Volvería al hogar alguna vez? Creyó con toda sinceridad que llegaría un momento en el que cambiaría el resto de su vida por treinta minutos con su madre y con Betty.
Descendió por la colina, dirigiéndose hacia la compuerta del túnel. Por lo menos la nave llevaba cartas para ellas, y con algo de suerte pronto vendría el capellán con cartas de la Tierra. Pero mañana y los días que siguieran no iban a ser muy divertidos. Le había gustado formar parte del pelotón de superficie, pero mañana debía volver al suyo propio. Y esta idea no le seducía. Los chicos de su pelotón eran buena gente, suponía, pero él no encajaba allí.
La compañía del Cuerpo de Construcción Cósmica empezó su tarea más grandiosa; llenar al asteroide ochenta y ocho de cohetes, de tal forma que el capitán Doyle pudiera empujar aquella bola de ciento sesenta kilómetros fuera de su órbita y colocarla en una nueva entre la Tierra y Marte. El ochenta y ocho sería usado entonces como estación espacial: un refugio para naves en apuros, un asilo para lanchas salvavidas, un lugar donde reponer combustible, una avanzadilla naval.
A Libby le correspondió un trabajo como fundidor en el pozo H-16. Su tarea consistía en taladrar los emplazamientos cuidadosamente calculados en los que, después, los dinamiteros colocarían las pequeñas cargas que efectuarían la mayor parte del trabajo de excavación. Fueron asignados dos pelotones al H-16, bajo la supervisión general de un veterano artillero. Este último solía sentarse en el borde del pozo, manoseando los planos y haciendo cálculos de vez en cuando con una regla circular, que colgaba de una correa alrededor de su cuello.
Un día, cuando Libby acababa de hacer un taladro triple para una coladura y estaba esperando a los barreneros, sus auriculares recogieron las instrucciones del artillero en cuanto al tamaño de la carga. Apretó el botón de comunicación.
—¡Señor Larsen! —gritó—. ¡Ha cometido un error!
—¿Quién ha dicho eso?
—Soy Libby. Se ha equivocado con la carga. Si hace estallar esa carga no va a quedar nada del pozo ni de nosotros.
El artillero de marina Larsen desplazó la reglilla de su instrumento antes de replicar.
—Te estás preocupando por nada, hijo. Esta carga es correcta.
—No es cierto, señor —insistió Libby—. Ha multiplicado en lugar de dividir.
—¿Has tenido alguna experiencia en este tipo de trabajo?
—No, señor.
—Coloquen la carga —ordenó Larsen a los barreneros.
Empezaron a hacerlo. Libby tragó saliva y se mojó los labios con la lengua. Sabía lo que tenía que hacer, pero le daba miedo. Con dos alocados saltos se plantó junto a los barreneros, los apartó, y arrancó los electrodos del detonador. Mientras lo hacía, una sombra se abalanzó sobre él, y Larsen cayó flotando a su lado. Una mano le asió el brazo.
—No deberías haber hecho eso, muchacho —le dijo—. Esto es una clara desobediencia. Deberé dar parte.
Larsen empezó a recomponer las conexiones y Libby sintió que se sonrojaba hasta las orejas, pero contestó de nuevo con el coraje de un tímido acorralado:
—Debí hacerlo, señor. Insisto en que está equivocado.
Larsen se detuvo y observó aquel terco rostro.
—Bien —respondió—, estamos perdiendo el tiempo, pero no quiero que estés delante de una carga que te da miedo. Volvamos a efectuar los cálculos juntos.
El capitán Doyle estaba sentado cómodamente en su despacho, con los pies sobre el escritorio. Contempló fijamente un vaso vacío que tenía cerca.
—Es una buena cerveza, Blackie. ¿Supone que podremos hacerla nosotros cuando se termine?
—No lo sé, capitán. ¿Trajimos levadura?
—Averígüelo, ¿quiere? —Se volvió hacia un corpulento hombre sentado en una tercera silla—. Bien, Larsen, me alegra que no fuese peor de lo que ha sido.
—Lo que me inquieta, capitán, es pensar cómo pude cometer un error así. Hice dos veces los cálculos. Si hubiera sido nitroglicerina, me habría enterado del error demasiado tarde. Y si este chico no hubiera tenido un presentimiento, la habría hecho explotar.
El capitán Doyle dio una palmada en el hombro al viejo oficial.
—Olvídelo, Larsen. No habría herido a nadie, por eso ordené que se evacuaran los pozos incluso para pequeñas voladuras. Estos isótopos explosivos son un peligro en el mejor de los casos. Recuerde lo que pasó en el pozo A-9. Diez días de trabajo perdidos con una carga, y fue el mismo oficial artillero el que dio la orden. Pero quiero ver a ese chico. ¿Cómo dijo que se llamaba?
—Libby, A. J.
Doyle tocó un botón de su escritorio. Llamaron a la puerta. Un sonoro «¡Entre!» hizo aparecer a un mozalbete luciendo el brazal de asistente del Cuerpo.
—Haga que se presente el recluta Libby.
—A la orden, señor.
Pocos minutos después Libby fue introducido en la cabina del capitán. Miró intranquilo a su alrededor, y observó la presencia de Larsen, algo que no contribuyó a calmarle.
—Recluta Libby, señor —se presentó, con una voz apenas audible.
—Bien, Libby —dijo el capitán mientras le observaba—, he sabido que tú y el señor Larsen tuvisteis diferencia de opiniones esta mañana. Infórmame sobre eso.
—Yo… yo no quería causar problemas, señor.
—Claro que no. No estás metido en ningún problema. Nos hiciste un buen servicio esta mañana. Dime, ¿cómo supiste que el cálculo era erróneo? ¿Tenías alguna experiencia en minería?
—No, señor. Sólo me di cuenta de que él se había equivocado.
—Pero ¿cómo?
—Bueno, señor —Libby se removió intranquilo—, parecía equivocado… No encajaba.
—Un momento, capitán —intervino el teniente de navío «Blackie» Rhodes—. ¿Puedo hacer un par de preguntas a este joven?
—Claro que sí, adelante.
—¿Eres tú el recluta al que llaman «Pulgarcito»?
—Sí, señor —fue la avergonzada respuesta.
—He oído algunos rumores sobre este muchacho. —Rhodes se levantó de la silla, se dirigió hacia una estantería, y extrajo un grueso libro. Lo ojeó, se detuvo en una página, y preguntó a Libby—: ¿Cuál es la raíz cuadrada de noventa y cinco?
—Nueve coma siete cuatro siete.
—¿Y la raíz cúbica?
—Cuatro coma cinco seis tres.
—¿Cuál es su logaritmo?
—¿Cómo dice, señor?
—¡Dios mío! ¿Cómo puede haber salido un joven de la escuela hoy en día sin saberlo?
—No tuve mucha educación, señor —repuso Libby, sintiéndose cada vez más nervioso—. Mis padres no aceptaron el Convenio hasta que mi padre murió, y sólo entonces fui a la escuela.
—Comprendo. Un logaritmo es una potencia a la que se eleva un número dado, llamado base, para obtener el número cuyo logaritmo es, precisamente, esa base. ¿Está claro?
Libby pensó en la explicación.
—No lo acabo de comprender, señor —respondió por fin.
—Lo intentaré de nuevo. Si elevas diez a la segunda potencia, al cuadrado, el resultado es cien. Por tanto, el logaritmo de cien en base diez es dos. En la misma forma, el logaritmo de mil en base diez es tres. ¿Cuál es, pues, el logaritmo de noventa y cinco?
Libby permaneció confuso por un momento. Luego respondió:
—No puedo decirlo muy exacto, es una fracción.
—Perfecto.
—Entonces, es uno coma nueve siete ocho, aproximadamente.
—Creo que esto lo confirma, señor —se dirigió Rhodes al capitán.
—Sí —asintió pensativamente Doyle—. El muchacho parece poseer un conocimiento intuitivo de las relaciones aritméticas. Pero veamos qué otras cosas sabe.
—Me temo que deberemos devolverlo a la Tierra para averiguarlo con exactitud.
Libby captó el significado de esta última opinión.
—Por favor, señor —intervino—, ¿no me mandarán otra vez a casa? Mi madre se enfadaría mucho conmigo.
—No, no, nada de eso. Cuando llegue el momento, quiero que te hagan una prueba en los laboratorios psicométricos. Mientras tanto, no me desprendería de ti ni por el doble de mi paga. Preferiría dejar de fumar. Pero veamos qué otras cosas puedes hacer.
En la hora siguiente, el capitán y oficial de navegación examinaron a Libby: deducción del teorema de Pitágoras, deducción de las leyes del movimiento de Newton y de las leyes planetarias de Kepler a partir de las condiciones en que ellos las obtuvieron, indicación a simple vista, con error mínimo, de longitud, superficie y volumen. Durante las preguntas, Libby fue conociendo la idea de la relatividad y del continuo espacio-tiempo no rectilíneo, y empezó a desarrollar pensamientos más rápidos que su lenguaje. En ese momento, Doyle levantó una mano.
—Ya es suficiente, hijo. Vas a ponerte enfermo. Vete derecho a la cama, y ven a verme por la mañana. Quiero decir, fuera del trabajo normal.
—Sí, señor.
—¡Ah!, ¿cuál es tu nombre completo?
—Andrew Jackson Libby, señor.
—No, tus padres no habrían firmado el Convenio. Buenas noches.
—Buenas noches, señor.
Cuando se hubo ido, los dos hombres discutieron su descubrimiento.
—¿Qué le parece, capitán?
—Bien, es un genio, por supuesto… uno de esos talentos innatos que aparecen una vez cada siglo. Voy a meterlo de lleno con mis libros y ya veremos el resultado. No me sorprendería que pudiera leer una página en un segundo.
—Lo que me extraña es que lo hayamos encontrado entre esta gente… y no entre los que están normalmente en la Tierra.
—Sí —asintió Doyle—, ése fue el problema con estos chicos. Nadie les necesitaba en la Tierra.
El asteroide ochenta y ocho se desplazaba a cientos de miles de kilómetros del sol. Su superficie fue llenándose de perforaciones cada vez más numerosas, que fueron revestidas con durita, ese extraño producto sintético de laboratorio que, normalmente, podría resistir hasta la desintegración atómica. Más tarde, el ochenta y ocho recibió una serie de suaves empujones, siempre en contra de su curso normal. En pocas semanas las explosiones de los cohetes cumplieron su cometido y el asteroide se precipitó en una órbita hacia el sol.
Cuando llegara a una distancia tres décimos superior a la existente entre la Tierra y el sol, otra serie de explosiones lo situarían en una órbita circular. A partir de entonces sería conocido como la T-M3, la Estación Espacial Fija Tierra-Marte número tres.
A millones de kilómetros de distancia, otras dos compañías del Cuerpo de Construcción Cósmica obligaban a otros dos planetoides a dejar sus antiguos rumbos y deslizarse entre la Tierra y Marte para acabar en órbitas semejantes a la del ochenta y ocho. Uno de los asteroides debía alcanzar una órbita ciento veinte grados avanzada con respecto a la del ochenta y ocho, y el segundo otra con ciento veinte grados de retraso. Cuando las T-M1, T-M2 y T-M3 llegaran a su destino, ninguna nave, recorriendo las rutas entre la Tierra y Marte, se encontraría nunca muy alejada de un lugar donde repostar… o que permitiera su eventual rescate.
En los meses que el ochenta y ocho cayó en vuelo libre hacia el sol, el capitán Doyle redujo las horas de trabajo de su tripulación y la dedicó a la tarea, comparativamente más ligera, de construir un hotel y convertir el pequeño valle con su techo en un jardín. Se eliminó la parte rocosa del subsuelo, se aplicaron fertilizantes, y se plantaron cultivos de bacterias anaerobias. Luego se plantaron semillas, acondicionadas durante treinta generaciones a la baja gravedad de la Luna, y recibieron todos los cuidados posibles. A excepción de la baja gravedad, el ochenta y ocho empezó a parecerse al hogar.
Cuando el asteroide se aproximó a una curva tangente a la hipotética futura órbita del T-M3, la compañía volvió a la rutina de maniobra, guardia tras guardia, y el capitán sorbió café tras café, durmiendo a ratos en la cabina de navegación.
Libby fue asignado al ordenador balístico, una masa metálica de tres toneladas de maquinaria pensante que dominaba la sala de navegación. Le gustaba aquella inmensa máquina. El oficial de control le dejó que ayudara en los ajustes y que se cuidara de ella. Libby llegó a pensar, sin darse cuenta, que aquel aparato era una persona, una persona muy parecida a él.
En el último día de aproximación, las sacudidas fueron muy frecuentes. Libby ocupó la silla derecha del ordenador y fue anunciando con voz monótona las sucesivas explosiones, mientras se deleitaba con la precisión que exhibía la máquina. El capitán Doyle iba de un lado a otro, muy nervioso, deteniéndose de vez en cuando para atisbar por encima del hombro del oficial de navegación. Como era lógico, las cifras eran correctas, pero… ¿y si fracasaba todo? Nadie había movido antes una masa tan inmensa. ¿Y si continuaba adelante, adelante… y adelante? ¡No! No podía suceder eso. Pero estaría muy satisfecho cuando pasasen la velocidad crítica. Un ordenanza le tocó el codo.
—Mensaje de la nave insignia, señor.
—Léalo.
—Nave insignia a ochenta y ocho. Mensaje privado. Capitán Doyle. Espero verle llegar triunfante. Kearney.
Doyle sonrió. Un detalle agradable de aquel vejestorio, pensó. En cuanto aseguraran la órbita estable, invitaría al almirante a que aterrizara para comer y para enseñarle los jardines.
Se oyó otra explosión, más fuerte que ninguna de las anteriores. La sala tembló con violencia. Al instante empezaron a llegar los informes de los observadores de superficie.
—¡Carga nueve, fuera! ¡Carga diez, fuera!
Pero la voz de Libby ya no se oía. El capitán Doyle se volvió hacia él.
—¿Algún problema, Libby? ¿No hay más datos? Llama a las estaciones polares. Debo tener un paralaje.
—Capitán… —La voz de Libby era débil y temblorosa.
—¡Habla de una vez, hombre!
—Capitán… la máquina está averiada.
—¡Spiers!
La grisácea pelambrera del oficial de control apareció detrás del ordenador.
—Voy a comprobarlo, señor. Deme un segundo.
Desapareció de nuevo. Al cabo de dos larguísimos minutos se asomó por segunda vez.
—El giroscopio ha saltado —informó—. El trabajo de ajuste durará doce horas, por lo menos.
El capitán no dijo nada, pero dio media vuelta y caminó hasta el extremo opuesto de la sala. El oficial de navegación le siguió con la mirada. El capitán rehízo el camino, contempló el cronómetro, y se dirigió al oficial de derrota:
—Bien, Blackie, si no disponemos de esos datos de disparo en siete minutos, nos vamos a pique. ¿Alguna sugerencia?
Rhodes negó con la cabeza, sin decir una sola palabra.
—¿Capitán? —pregunto con timidez Libby.
—¿Sí? —Doyle se volvió automáticamente.
—Los datos de disparo son: carga trece, siete punto seis tres. Carga doce, seis punto nueve cero. Carga catorce, seis punto ocho nueve.
—¿Estás seguro de eso, hijo? —preguntó Doyle, mientras estudiaba su cara.
—¡Tiene que ser así, capitán!
Doyle permaneció unos instantes sin moverse. Esta vez no miró hacia Rhodes sino a un punto indefinido. Aspiró con fuerza el humo de su cigarrillo.
—Apliquen esos datos —dijo con voz firme—. Disparen cuando se ordene.
Cuatro horas después, Libby continuaba recitando datos, con la cara pálida y los ojos cerrados. Se había desvanecido una vez, pero cuando le reanimaron todavía estaba pronunciando cifras. De vez en cuando el capitán y el oficial de navegación se fueron relevando, pero no hubo relevo para él.
Las explosiones fueron oyéndose cada vez más seguidas, pero las sacudidas fueron haciéndose más suaves. Tras una de ellas, Libby se quedó mirando el techo.
—Eso es todo, capitán —dijo.
—¡Llame a las estaciones polares!
Los informes llegaron en seguida:
—Paralaje constante, relación solar constante.
—Bien, Blackie —dijo el capitán, dejándose caer en una silla—, lo hicimos. ¡Gracias a Libby! —Luego observó el rostro preocupado y pensativo de Libby—. ¿Qué ocurre ahora, muchacho? ¿Nos hemos equivocado?
—Capitán, ¿recuerda que el otro día dijo que le gustaría tener gravedad normal en el jardín?
—Sí. ¿Por qué?
—Si ese libro de gravitación que me prestó está en lo cierto, creo que sé una forma de lograrlo.
—Libby —le respondió el capitán mirándole, como si le viera por primera vez—, ya no me sorprende nada de lo que digas. ¿Puedes parar tu cabeza el tiempo suficiente como para comer con el almirante?
—¡Caramba, capitán, eso sería estupendo!
El circuito de radio de comunicaciones empezó a transmitir.
—Mensaje de la nave insignia: «Bien hecho, ochenta y ocho».
—Es una agradable confirmación —comentó Doyle, mientras sonreía abiertamente a todos.
La radio se dejó oír por segunda vez:
—Mensaje de la nave insignia: «Anulen último mensaje. Esperen corrección».
Un gesto de sorpresa y preocupación emergió en el semblante de Doyle. Luego se oyó de nuevo la radio:
—Mensaje de la nave insignia: «Bien hecho, T-M3».