Casi sin darnos cuenta ya estamos en mayo; el gozoso mes de los pajarillos y las flores, pero también el momento en que los felices retoños de nuestros más altos linajes deciden emparejarse para ofrecernos suculentos chismes. La temporada apenas ha empezado y ya se suceden las noticias de compromisos de boda.
Cuando creíamos que este año «la Alta» iba a estar menos animada a causa de nuestro huidizo monarca, que se ha llevado consigo a toda la corte, resulta que las jóvenes de provincias llegan para animarnos el panorama social madrileño. Es el caso de la, hasta ahora desconocida, señorita Florencia Beatriz Gallardo de la Cruz, única hija del rico terrateniente y criador de caballos, don José Antonio Gallardo Alizábal Q.E.P.D y doña Beatriz Eugenia de la Cruz y Montilla; que contraerá matrimonio el próximo mes de diciembre con el conde de Aranda: Su Ilustrísima, don José Fernando de Manrique y Lara.
El anuncio de este enlace ha sido toda una sorpresa para esta que les escribe; y no por la novia, sino por nuestro querido conde. A ella tuve el gusto de conocerla en una recepción de los duques de Alburquerque hace tres años, antes del triste fallecimiento de su acaudalado y admirado padre, y debo decir que me pareció una muchacha dulce e inusualmente inteligente.
Sin embargo, tras cumplir los cincuenta, a don Fernando ya le habíamos anotado en la lista de los eternos solteros de oro. ¿Qué habrá movido a Su Ilustrísima a renunciar a esa porfiada soltería? ¿Será la urgencia de un heredero o tendremos que dar crédito a quienes aseguran que las arcas del condado ya no están tan boyantes como antaño? ¿Será posible que los aires republicanos hayan entrado con la misma fuerza que la primavera, y los nobles de este país ya miren con ojos casaderos a algunas plebeyas; sin sangre azul, aunque millonarias?
Esperemos que mayo nos ofrezca respuestas, además de flores.
Gaceta de Sociedad de la Señora Balagaster,
1 de mayo de 1873
***
Con la fusta en la mano, Florencia Gallardo recorrió a grandes zancadas la distancia que separaba la casa de su familia del cobertizo. Había llegado el momento de poner al encargado del establo en su sitio de una buena vez. Desde que su padre falleciera hacía un año y ella se hiciera cargo del funcionamiento de la hacienda, no había dejado de tener problemas con Sebastián Expósito, el insolente jefe de las caballerizas. A diferencia del resto de personal de la gran hacienda Gallardo, el señor Expósito no le estaba ayudando en absoluto en su nuevo papel de directora del negocio familiar. Cierto era que la cría y doma de caballos había sido el gran sueño de su progenitor, y que ella apenas estaba llegando a entender lo complicado y exigente que era aquel mundo. Pero las circunstancias eran las que eran y, si no fuera por la inesperada muerte de su padre de un ataque al corazón, ella jamás se hubiera encontrado en aquel puesto. Ahora no solo era responsable del bienestar de su madre y de su tía, sino también de todos los trabajadores de la finca y de las fábricas del grupo Gallardo. Si al menos no fuera hija única y tuviera un hermano en el que descargar aquel enorme peso, o una hermana que pudiera ayudarla con la responsabilidad...
Su padre había sido un hombre de negocios excepcionalmente bueno y sensible a las dificultades personales de cada uno de sus empleados. Fue llorado por ellos y era recordado con admiración. Esa era la razón por la cual todos mostraron tanta indulgencia con su única hija y heredera; todos, excepto el jefe de las caballerizas. Sebastián Expósito compartía la misma pasión por los caballos que su padre y habían sido grandes amigos. Sin embargo, no lograba entender por qué a ella la había tratado siempre con tanta displicencia y antipatía. Tal vez fuera porque era una mujer y la creía demasiado estúpida como para entender la compleja tarea de dirigir una hacienda, pero el caso era que no encontraba la forma de ponerse de acuerdo con él en nada.
Florencia todavía recordaba el día en que les presentaron, dos veranos atrás. Era la primera vez que volvía a casa tras dos años en el internado de Madrid. Aquel día, ella entró al despacho de su padre esperando poder pasar un rato con él, y allí se encontró al señor Expósito tratando temas de las caballerizas con su jefe.
―Oh, lo siento papá, no sabía que estabas ocupado ―dijo cuando, tras llamar y meter la cabeza por la puerta, descubrió que su padre no estaba solo―. Volveré más tarde.
Sentado tras la gran mesa del despacho, don José Antonio le sonrió ampliamente, como siempre hacía cuando la veía.
―No estoy ocupado ―respondió, haciéndole un gesto con la mano para que entrara―. Pasa, Florencia, quiero presentarte a uno de los responsables del éxito de esta hacienda: el señor Sebastián Expósito.
Entonces, el hombre alto y corpulento que se encontraba de pie frente al escritorio se volvió hacia ella.
―Sebastián, esta es mi hija Florencia.
Sus ojos grises se agrandaron por la sorpresa, pero el efecto apenas duró un segundo, tras el cual su mirada se tornó fría y distante de nuevo.
―Tanto gusto, señorita ―dijo, con una ligera inclinación de cabeza.
Florencia correspondió con el mismo gesto, además de una sonrisa sincera y amplia. Pues todas las personas que gozaban de la simpatía de su padre tenían también la suya, aunque al principio no fueran muy cordiales.
―Debo darle las gracias, entonces.
El señor Expósito pestañeó varias veces, perplejo.
―Por contribuir a nuestro éxito ―explicó Florencia―. Dígame entonces ―continuó, sin poder evitar otra sonrisa ante el desconcierto del hombre―, ¿de qué forma favorece usted a esta hacienda, señor Expósito?
Él volvió los ojos a su padre, que parecía regocijado con su conversación, para volver a observarla de nuevo con dureza.
―No hago nada excepcional ―gruñó, apartando la mirada―. Solo me encargo de los caballos.
―Bueno, eso quiere decir que cuida usted del alma de la casa.
Florencia empleó un tono jovial; no solo porque creyera que los caballos eran la auténtica esencia de la hacienda, sino para romper un poco el hielo que parecía instalado en la conversación. No obstante, el efecto en el hombre pareció ser justo el contrario: su rostro se volvió duro como el granito, antes de farfullar una despedida y salir a toda prisa del despacho.
―¿Es siempre tan simpático? ―preguntó Florencia con ironía cuando se hubo retirado.
Su padre se levantó y rodeó el escritorio para abrazarla.
―La gente no se le da bien ―contestó antes de inclinarse a besarla en la mejilla―, pero deberías verlo con los caballos: le siguen como si fuera uno de ellos.
Hacía dos años que Florencia no regresaba a casa y lo cierto era que muchas cosas habían cambiado allí. Los espacios en los pastos estaban mejor distribuidos y los cercados para los caballos renovados. Incluso se habían pintado las caballerizas del mismo color blanco que la casa, ofreciendo al conjunto de edificios una sólida y elegante armonía. Según parecía, el jefe de cuadra hacía bien su trabajo, a pesar de no ser muy sociable.
―Me alegro entonces de que el señor Expósito esté con nosotros ―fue su sincera respuesta.
***
El sonido de un acordeón la hizo detenerse en seco y regresar al presente. Florencia recordó entonces que, al final de la jornada, los trabajadores solían reunirse en torno a una hoguera a las puertas de los establos para charlar, jugar a las cartas, o tocar algún instrumento. Se dirigía a las caballerizas para discutir la alimentación de los caballos otra vez con aquel hombre insufrible, pues no había tenido ningún reparo en suprimir los piensos sin tan siquiera consultárselo. Miró al cielo de aquella noche de verano, la cúpula de brillantes estrellas y el sonido de la dulce melodía del acordeón lograron serenar un poco su alterado estado de ánimo.
Si alguna vez se había alegrado de que el jefe de caballerizas trabajara para ellos, ahora maldecía la hora. Cierto era que tenía una manera poco usual de tratar a los animales de la hacienda y que estos le seguían a todas partes como si fuera su guía. Jamás usaba ningún castigo con ellos y había prohibido los látigos, las fustas y las espuelas. Sebastián Expósito solo parecía relajado en compañía de los animales. Ella le había observado en numerosas ocasiones desde la ventana de su cuarto mientras se hallaba en los potreros. Su postura rígida y altiva solo se relajaba con los caballos. En alguna ocasión incluso le había visto reír. Aturdida por la sorpresa, Florencia se permitió fijarse en lo atractivo que era cuando sonreía. Su cabello castaño se desordenaba en numerosos remolinos mientras la blanca hilera de dientes aparecía, contrastando con su piel bronceada y provocando que sus ojos brillaran de una forma casi irreal. No obstante, aquel efecto solo acontecía en compañía de cualquier ser viviente que no fuera ella, de quien parecía huir como de la peste.
No le había despedido porque era muy bueno en su trabajo y sabía cuánto afecto le había tenido a su padre. De hecho, el día de su entierro le había visto en el cementerio observando al cortejo fúnebre desde lejos, a pesar de que su madre había prohibido la asistencia de empleados al funeral; claro que seguir las reglas nunca había sido el fuerte del señor Expósito.
Por otro lado, el día en que su yegua Cleo se asustó en los potreros y la tiró de su montura, el comportamiento de él la sorprendió; pero para bien. Aquella mañana estaba demasiado cansada de estudiar balances y facturas y decidió que le haría bien montar un rato. Sabía que se avecinaba una tormenta y por eso decidió no alejarse de la finca. Sin embargo, no contaba con que Cleo se encabritaría con el primer trueno. La yegua se puso vertical y Florencia cayó al suelo. Se dio un fuerte golpe en la espalda que la dejó sin respiración durante un momento, además de sufrir una torcedura en el tobillo que le iba a impedir caminar hasta la casa. Tras evaluar la situación, se sentó en el suelo y rogó para que su yegua regresara a las caballerizas y alguien saliera a buscarla. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando, tan solo unos segundos después de su caída, vio que un jinete cabalgaba a toda velocidad hacia ella. Y su mandíbula casi se desencaja al contemplar a Sebastián Expósito saltar de su purasangre para arrodillarse a su lado.
―¿Se encuentra bien? ―preguntó, con el ceño más fruncido que ella había visto nunca.
Era un hombre tan grande que, incluso de rodillas, Florencia tuvo que alzar la cabeza para mirarle a la cara.
― Solo me he torcido un tobillo ―informó, antes de tenderle las manos―. Ayúdeme a levantarme, a ver si puedo andar.
El señor Expósito la tomó por las muñecas y tiró de ella. Pero el agudo dolor que le atravesó el pie la hizo doblarse al momento y volver a sentarse.
―No puedo.
―¡Maldita sea! ―gruñó él mientras arrojaba su sombrero al suelo y volvía a arrodillarse a su lado―. ¿A qué clase de estúpido se le ocurre salir a cabalgar bajo la tormenta con una yegua asustadiza?
Florencia le fulminó con la mirada y a punto estuvo de decirle dónde se podía meter su ayuda, cuando él comenzó a levantarle la falda del traje de montar.
―¿Qué está haciendo? ―jadeó, tratando de detenerle.
―No se haga ilusiones ―contestó irónico―, solo quiero ver si se ha roto el pie.
A punto de resoplar de puro bochorno, Florencia dejó de forcejear. Al momento, sus mejillas se incendiaron como nunca lo habían hecho. Aquel hombre era exasperante; cuando no era su indiferencia, su insolencia hacía el trabajo de sacarla de quicio.
Contuvo la respiración cuando notó cómo le sacaba la bota. Observando la oscura cabeza inclinada sobre su pierna, sintió una especie de calor extenderse por todo su cuerpo. En aquel momento agradeció haberse puesto unas medias gruesas bajo las botas. Pero aún así, cuando sus largos dedos se cerraron en torno a su pantorrilla, un largo suspiro escapó de su garganta.
―¿Duele? ―preguntó él, observándola mientras continuaba palpándole la pierna con una lentitud angustiosa.
Florencia pestañeó nerviosa al notar su mirada gris clavada nuevamente en ella.
―Sí ―mintió, porque de lo contrario tendría que reconocer que su cercanía la sofocaba.
Él volvió a arrugar el ceño.
―No está roto, pero sí un poco hinchado ―murmuró, colocándole otra vez la bota y bajando su falda con cuidado―. Será mejor llevarla a casa cuanto antes y que guarde reposo durante un par de días.
―No puedo permitirme el lujo de guardar...
Las palabras se perdieron en su garganta cuando se agachó a su lado y la levantó en brazos, con tanta facilidad como si fuera de papel. Su costado y su cadera izquierda quedaron pegados al hercúleo torso del señor Expósito. Un tanto aturdida, se sujetó al fuerte cuello masculino.
―¿Qué está haciendo?
Él volvió la cara en aquel mismo instante y sus miradas se encontraron a tan solo un palmo de distancia. Florencia se dio cuenta de que sus ojos no eran del todo grises, sino que unas pequeñas motas doradas brillaban muy cerca de sus pupilas. Sus dedos se entrelazaron detrás del fuerte cuello masculino y, sin apenas darse cuenta, paseó la mirada por su rostro. Su nariz, larga y recta, estaba bañada por pequeñas pecas doradas, fruto del tiempo pasado bajo el sol. Tenía unos labios gruesos que casi siempre estaban fruncidos en un gesto de concentración. Sus rasgos eran tajantes y contundentes, como si hubieran sido cincelados en mármol. Estaba segura de que no era mucho mayor que ella y, sin embargo, sus ojos parecían afectados por una especie de gravedad propia de quien ha contemplado de frente el dolor.
―¿Cuántos años tiene? ―preguntó, permitiendo que su curiosidad le ganara la partida a la prudencia.
Su mirada paseó por su cara; la estudiaba, al igual que había hecho ella. Pestañeó algunas veces antes de tragar con dificultad, como si la pregunta le hubiera puesto nervioso. Aunque su expresión se relajó, tras unos segundos dubitativo.
―Veintisiete ―respondió―. ¿Algún interés personal al respecto?
―Parece mayor ―musitó, pasando por alto su inoportuna pregunta.
El señor Expósito la alzó sin esfuerzo sobre la montura de su caballo, en donde quedó sentada a horcajadas. Acto seguido montó detrás de ella y tomó las riendas, rodeándola con sus brazos.
―¿Cuántos tiene usted?
Su voz sonó tan cerca de su oreja que el aliento le hizo cosquillas en la piel.
―Señor Expósito, a una dama no se le pregunta la edad ―contestó irritada, girando apenas la cabeza, temerosa de que sus caras fueran a chocar por lo cerca que estaban.
―Pues menuda tontería.
―No es tontería, es cortesía ―corrigió.
Él murmuró algo entre dientes y agitó las riendas. El caballo se puso en marcha y Florencia estuvo a punto de resoplar cuando su trasero se resbaló en el cuero de la silla, hasta aplastarse contra la entrepierna del señor Expósito. El hecho de que su traje de montar no llevase polisón le permitió tomar conciencia de la destacada prominencia de aquella parte de su anatomía. Menos mal que él no podía verle la cara, porque en aquel momento era posible que se hubiera puesto de color escarlata. Los enormes brazos rozaron de nuevo sus costados cuando volvió a agitar lar riendas. El caballo comenzó a trotar suavemente, y el movimiento la hizo caer una y otra vez contra él. En aquella posición su cuerpo quedaba abierto e indefenso. Entonces, una extraña y agradable sensación fue propagándose por su vientre. La respiración se le agitó y su corazón comenzó a bombear sangre muy deprisa. Jamás había sentido nada parecido. Era como si algo hubiera encendido una llama en su interior que la hacía desear volverse y pegarse completamente a él. «Oh, por favor», sus labios dibujaron aquellas palabras mientras cerraba los ojos y bajaba la cabeza, deseando llegar a la hacienda cuanto antes.
La pesadilla terminó varios minutos después, cuando él detuvo el caballo frente a la casa. Desmontó y alzó los brazos hacia ella para ayudarla a bajarse. Todavía agitada, Florencia le observó con curiosidad. Acababa de descubrir que él evitaba su mirada porque también se había turbado. Aquella revelación era toda una sorpresa por una doble razón; no sabía que los hombres se turbaran, y mucho menos que ella fuera capaz de alterar un ápice al inmutable Sebastián Expósito.
Absolutamente regocijada con la idea de poseer el poder de aturdir a un hombre, Florencia se dejó caer en sus brazos. Él volvió a alzarla y la condujo hasta la casa.
El anciano mayordomo abrió la puerta en cuanto atravesaron el porche.
―¿Qué le ha ocurrido, señorita?
Florencia le sonrió al criado.
―No es nada, Bautista, solo una pequeña torcedura.
Su tía y su madre no tardaron ni un minuto en presentarse en el vestíbulo para cacarear a su alrededor, insistiendo en que la bajara al suelo. Sin hacer el menor caso, el señor Expósito se encaminó hacia la escalinata que subía caracoleando al primer piso. Extrañamente divertida, Florencia se dejó guiar a través de los corredores del ala privada de la familia. Con las manos alrededor de su cuello observó el perfil concentrado de él, sin darse cuenta de que la conducía directamente a la puerta de su dormitorio.
―¿Cómo sabe cuál es mi cuarto? ―preguntó, frunciendo el ceño.
Él la miró por primera vez desde que había bajado del caballo. Sus ojos brillaron antes de estrecharla con más fuerza, a pesar de que no se estaba cayendo.
―Si no se pasara el día controlándome como un vigía desde su torre, no tendría ni idea de dónde duerme, señorita.
Florencia abrió la boca para responder pero, al no encontrar una buena réplica, volvió a cerrarla. Nunca creyó que él fuera consciente de que le observaba trabajar con los caballos desde su ventana, pues jamás mostró ningún signo de haberla visto.
Girando el pomo de la puerta, el señor Expósito cruzó el umbral de su cuarto con ella en brazos. Atravesó la estancia a grandes zancadas y la depositó con mucho cuidado sobre la colcha de su cama. Florencia levantó los ojos y le miró de arriba abajo. Allí, con su gabán oscuro y sus botas de montar cubiertas de barro, enorme y rudo, se veía encantadoramente ajeno a su mobiliario francés, al papel de flores pintadas a mano de la pared, y a la seda blanca del dosel. Los dos se miraron intensamente durante unos segundos que parecieron detenerse en el tiempo, hasta que las voces de su madre y su tía acercándose por el pasillo les devolvieron a la realidad.
―Bueno ―murmuró él dando un paso atrás―, creo que mi trabajo aquí ha concluido.
Florencia se dio cuenta de que su mandíbula se contraída varias veces antes de girarse y encaminarse a la puerta.
―Gracias por ir en mi ayuda.
Sus palabras le hicieron detenerse bajo el umbral. Los anchos hombros de él cayeron, como si hubiera exhalado un largo suspiro.
―Siempre estoy dispuesto a ayudarla, aunque no se dé cuenta ―respondió, mirándola por encima del hombro.
Acto seguido bajó la cabeza y se marchó.
La intensidad en su mirada le indicó que hablaba en serio. Sin saber muy bien por qué, su respiración se agitó como si hubiera subido corriendo las escaleras. Florencia permaneció observando la puerta hasta que su madre y su tía aparecieron, para no permitirle pensar nada más durante las siguientes horas.
Aquella noche apenas logró dormir; y no porque el pie le doliera, sino porque su cabeza no dejaba de dar vueltas a lo ocurrido durante el día. Por un lado estaba el hecho de que el señor Expósito la hubiera encontrado tan rápido después de caerse; antes de que su yegua regresara a la cuadra, y mucho antes de organizar una búsqueda. Él había aparecido en el lugar preciso en el que estaba, lo cual le indicaba que la había seguido en su paseo. Tal vez preocupado ante la perspectiva de la tormenta, y conociendo el carácter temeroso de Cleo, la había observado a distancia. Aquella idea le provocó una especie de cosquilleo muy agradable en el estómago; que Sebastián Expósito se preocupara por ella le producía una extraña alegría difícil de identificar.
Por otro lado, sus palabras no dejaban de acudir una y otra vez a su mente. «Siempre estoy dispuesto a ayudarla, aunque no se dé cuenta». ¿Qué podía significar aquello? A lo mejor que había tratado de acercarse y que ella, en su deseo por ser tan buena dirigente como su padre y controlarlo todo, no le había permitido ofrecerle su ayuda. ¿Sería posible que fuera ella quien hubiera levantado barreras a su alrededor, impidiendo a los demás acercarse?
Las respuestas a todas sus preguntas no tardaron en llegar: tan solo dos días, justo el tiempo que le llevó curarse de la torcedura y regresar a sus tareas en la hacienda. Se sorprendió a sí misma deseando volver a ver al jefe de cuadras y averiguar el significado de sus palabras. Sin embargo, Florencia pronto se dio cuenta de que las cosas no habían cambiado ni un ápice entre ambos: él seguía evitándola como la peste, incluso con más ahínco aún que antes, e impugnando cada una de sus órdenes sin la menor transacción. Estaba frustrada y enfadada, sobre todo consigo misma, por haber llegado a considerar la idea de llevarse bien con él, o hasta de que pudieran ser amigos.
Florencia se dio cuenta de que él solo la veía como una tonta muchacha de veintitrés años incapaz de gobernar su propia vida. Aquella revelación la mantuvo varios días pensativa, preguntándose hasta qué punto la idea del señor Expósito no sería cierta. Jamás la habían preparado para la responsabilidad de conducir una hacienda, ni ninguna otra empresa. Había sido educada en un colegio de señoritas de la capital en donde los conocimientos adquiridos estaban más relacionados con gobernar una casa que un negocio. Tratando de ponerse al día, se pasaba las noches en el despacho de su padre con la cabeza enterrada en balances y estudios empresariales. Tal vez por ese motivo no había sido más tajante ante la insistencia de su madre por concertar su casamiento con el conde de Aranda.
Don José Fernando de Manrique y Lara era un conocido de su familia que, tras la muerte de su padre, se había ofrecido a ayudarles en todo lo que estuviera en su mano. Y su madre le tomó la palabra, y la mano entera; pues no tardó en fijarse en don Fernando como futuro yerno, a pesar de ser muchísimo mayor que ella. Así, una vez que el luto familiar hubo concluido, su madre se lanzó a una tenaz insistencia para que accediera a casarse. Y ella había terminado cediendo para que la dejaran en paz y, porque en el fondo, precisaba de un compañero que la ayudara con su pesada carga. Aunque no había tardado en arrepentirse de tal decisión; por un lado porque el conde había demostrado ser un pésimo gestor con sus propias finanzas, y dudaba que lo fuera a ser mejor con las suyas, y sobre todo porque la idea de compartir la intimidad con don Fernando le producía un rechazo físico atroz.
Haciendo un esfuerzo por sacudirse de la mente todos aquellos pensamientos desagradables, Florencia regresó al presente. Sí, cierto era que debía terminar con aquella situación y ordenar su vida, aunque por donde iba a empezar a poner orden era por las caballerizas.
La música del acordeón cesó, indicándole que había llegado el momento de interrumpir la reunión de sus empleados. Inspirando con fuerza el fresco aire de la noche, golpeó la fusta contra la palma de su mano y reanudó su marcha hacia las cuadras. Los caballos comerían pienso porque ella era la jefa y así lo consideraba. Estaba decidida a tomar las riendas de una buena vez y, si su antisocial jefe de cuadras tenía algún problema con aquella decisión, podía largarse por donde había venido.
***
Sebastián Expósito sonrió por el comentario subido de tono que uno de los mozos acababa de hacer. Aquel era uno de sus momentos favoritos del día; cuando todo el personal del exterior de la hacienda Gallardo se reunía en torno a una hoguera a la entrada de las caballerizas. Los hombres se sentaban alrededor del fuego para calentarse, al mismo tiempo que compartían historias y algún pésimo licor. Además, si había suerte y estaba de humor, Miguel, el anciano aperador, les tocaba alguna pieza con su viejo acordeón; justo como lo hacía aquella noche.
Sebastián dio un sorbo al fuerte licor y volvió a sonreír. No sabía si era la sensación de pertenecer a un sitio o tal vez el fuerte brebaje, pero sentía que si la felicidad existía debía parecerse a aquel momento. Nunca había formado parte de nada hasta que llegó a la hacienda. Don José Antonio Gallardo no solo le había permitido encargarse de sus caballos, en lo que sin duda era el mejor empleo del mundo, sino que le había tratado siempre como a un hijo. Y aquello, para alguien que se había pasado la vida saltando de un orfanato a otro, era algo de un incalculable valor.
La pieza que Miguel tocaba se terminó y todos aplaudieron. De pronto, el silencio se extendió por todo el grupo, las risas se apagaron y sus caras se tornaron serias. Sebastián regresó al presente y miró en la misma dirección que sus compañeros. Entonces la vio aparecer, con varios de sus mechones negros ondeando al viento y sus ojos azules brillando de ira, y supo que la noche acababa de estropearse. Apretó los dientes y dio otro trago al vaso de ardiente líquido.
―Muchachos, ¿podéis dejarme a solas con el señor Expósito, por favor? ―dijo la señorita Gallardo, sin apartar los ojos de él. Aunque lo pidió con cortesía, todos sabían que era una orden.
Los hombres dirigieron sus inquietas miradas de uno a otro, pues estaban al tanto de la tensa relación entre la hija del patrón y el jefe de cuadras. Sin embargo, ninguno objetó nada antes de levantarse y marcharse a sus aposentos.
Sebastián se quedó sentado mirando al fuego.
―¿Por qué has dado orden de suspender el pienso?
No la miró ni por un segundo. Hacía semanas que aquella muchachita buscaba una buena pelea, y él no se la iba a dar aquella noche; no se la iba a dar nunca, en realidad. Simplemente porque había descubierto un extraño placer cuando la tenía frente a él, enojada y apasionada. Y después del paseo a caballo con sus seductoras curvas pegadas contra él, no estaba dispuesto a seguir jugando con fuego. Pues la hija del patrón quedaba muy, pero que muy, lejos de su alcance.
―A los caballos les sienta mal ―contestó con calma.
La muchacha se acercó a él con dos largas zancadas. Llevaba una sencilla blusa blanca y la falda gris de su traje de montar ajustada a su cintura con un cinturón negro. Su larga melena oscura iba recogida en un sencillo moño del que se soltaban algunos mechones que le enmarcaban el rostro. Parecía una visión quimérica: con su pálida piel bañada por las sombras de las danzantes llamas, y sus ojos azul cobalto centelleando de furia.
―He dado orden de reponerlo.
―No ―rebatió él, sosegadamente. Y con la misma tranquilidad se levantó, decidido a marcharse y a dejarla sola. «Dos no discuten si uno no quiere», era una gran verdad que Sebastián llevaba tiempo practicando con la señorita Gallardo. Tiró el resto del licor a la hoguera antes de dejar su taza en el asiento. Por él ya podían irse todos al mismísimo infierno: ella, su madre, su tía, y toda la familia; incluido el pobre cretino con quien la habían prometido.
En cuanto le volvió la espalda, algo explotó dentro de Florencia. Sin pensar en lo que hacía levantó la fusta sobre su cabeza y se abalanzó sobre él.
El afilado silbido de la vara de cuero hizo que Sebastián se girase de inmediato. Con un rápido movimiento detuvo la mano de ella mientras con su brazo libre la aprisionaba por la cintura. La inmovilizó contra él, y en dos pasos la arrinconó contra la pared de la caballeriza.
―Suéltame o… ―balbuceó Florencia con una extraña sensación de aturdimiento.
Sebastián bajó la cabeza a un palmo de la de ella.
―¿O qué?
―Te despido.
Una carcajada ronca escapó de su garganta en cuanto la observó alzar el mentón, orgullosa.
―Ahórreselo, porque dimito.
Florencia puso las manos sobre su pecho y le empujó con todas sus fuerzas. Pero no logró moverle en absoluto. Había enojo en los ojos que la miraban, y furia en el cuerpo que la aplastaba con dureza contra la pared.
―Y ahora que ya no soy su empleado, voy a darle exactamente lo que quiere ―continuó, acercando aún más su cara a la de ella―. Porque no crea ni por un instante que no es esto lo que quiere, señorita.
Florencia supo que estaba en peligro en cuanto vio el acerado brillo diabólico en sus ojos. Intentó protestar, forcejear para apartarle y escabullirse. Pero entonces él la sujetó por la nuca y aplastó la boca contra la suya. Ella abrió mucho los ojos por la sorpresa. El beso comenzó de una forma feroz, aunque al momento se tornó apremiante y apasionado. Ella cerró los ojos, exhalando un largo suspiro. Sus cálidos labios se movían ahora de una forma deliberadamente lenta, instándola a que abriera la boca.
La fusta cayó a sus espaldas y un rendido suspiro escapó por su nariz. Florencia cedió al agradable cosquilleo que sentía en su estómago e hizo justo lo que le pedía el cuerpo: le rodeó el cuello con los brazos para apretarse más contra él, e introdujo los dedos en los desordenados mechones de su nuca. Entonces abrió la boca, respondiendo a aquel beso con toda el alma.
Nada de aquello debería estar pasando. Él debería estar dándole una lección para que entendiera de una buena vez que era peligroso, y que le convenía dejarle en paz. Sin embargo, la señorita Gallardo tampoco debería pegarse contra él como si la estuviera salvando de un profundo abismo, ni mucho menos responder a sus besos de la forma en que lo hacía. Sebastián nunca había saboreado nada tan dulce, jamás había acariciado una piel tan sedosa ni había experimentado un deseo más intenso. Un gemido escapó de la garganta de ella y eso le bastó para perder el control. La tomó en brazos sin dejar de besarla por un momento y la condujo escaleras arriba hasta la puerta de su pieza. La bajó despacio, dejando que su cuerpo resbalara a lo largo del suyo. Ella apartó la cara y miró a su alrededor, sorprendida de encontrarse en la parte alta del cobertizo.
Sus respiraciones estaban igual de agitadas. Por un instante, Sebastián recuperó la noción de la realidad y dejó caer la cabeza hasta posar su frente en la de ella.
―Márchese a casa ―susurró, apartándole las manos de su cuello―. Márchese ahora, o no responderé de mis actos.
Florencia escudriñó su rostro. Parecía afligido, pero sabía que estaba tan excitado como ella. Aquel hombre le gustaba mucho, la enloquecía por completo, en realidad. Acababa de desordenar su vida como un huracán y no le iba a permitir marcharse. Volvió a levantar las manos y comenzó a desabotonar su chaleco. El amplio pecho masculino subía y bajaba con largas respiraciones mientras sus ojos grises le recorrían el rostro. Continuó entonces con los botones de la camisa. Los anchos músculos cubiertos de fino vello negro aparecieron frente a ella y el deseo de acariciarlos sobrepasó cualquier remilgo.
―Déjame entonces las respuestas a mí ―contestó ella, introduciendo la mano bajo su camisa y acariciando su piel, caliente y tersa. Sintió entonces los violentos latidos de su corazón contra el pecho y supo que ya no había vuelta atrás.
La fuerte mandíbula de él se contrajo y su garganta tragó con dificultad. Guiada por una osada emoción, Florencia se puso de puntillas y posó sus labios en el latente pulso de su cuello. Él exhaló un largo y entrecortado suspiro antes de tomarla en brazos e introducirla en su cuarto.
En cuanto sintió la suavidad de sus labios en el cuello, Sebastián supo que ya no podría detenerse. Cerró la puerta de un puntapié y la bajó al suelo. Sin apartar los ojos de su cara comenzó a quitar uno a uno los botones de su camisa. Estaba sonrojada y se mordía el labio inferior en un gesto endiabladamente seductor. Sus pechos aparecieron redondos y plenos, cubiertos solo por la camisola interior, y oprimidos por el corsé. Él la había imaginado así cientos de veces, silenciosa y expectante. Pero aquella imagen sobrepasaba cualquier fantasía. Era lo más hermoso que había visto jamás. Pasó la yema de los dedos sobre su escote y ella gimió, inclinando la cabeza hacia atrás. Sebastián aprovechó aquel movimiento para besarla en el cuello y empujarla hasta su catre, donde los dos cayeron enredados sobre el jergón.
Mientras le quitaba la ropa, Florencia sintió una repentina falta de equilibrio. Su mundo había comenzado a dar vueltas en una desconocida espiral de placer que no deseaba detener. Era como si hubiera perdido el sentido de la realidad, como si solo existiera el allí y el ahora. Él deslizó su boca por su cuello y con deliciosa languidez tomó uno de sus pechos entre los labios. Florencia le agarró la cabeza con las manos y se arqueó contra él buscando un mayor contacto; quería tocarlo por todas partes, ansiaba aferrarse a su fuerza y fundirse para siempre en él.
Las prendas de ropa fueron desapareciendo una a una y mezclándose en el suelo del cobertizo. Las manos de Sebastián trataban de abarcar cada porción de tersa y cálida piel. La acariciaba con una seriedad reverente, disfrutando de cada gemido de placer que escapaba de la garganta femenina. Estaba tan excitado que podría estallar con el mínimo roce. Las pequeñas manos de ella recorrían frenéticas su pecho y sus brazos. Se contorneaba contra él, tratando de abrazarle con pasión. Nerviosa, ella se mordió el labio inferior, y aquel gesto le volvió loco otra vez. Con un ronco gruñido, Sebastián reclamó su boca con un húmedo y hambriento beso. Introdujo una mano entre sus muslos y comprobó que estaba tan preparada como él.
Se alzó sobre ella apoyando las manos a ambos lados de su cabeza para no aplastarla con su peso. Su pequeño y cálido cuerpo temblaba y se retorcía debajo del suyo exigiéndole satisfacción. Con los ojos centelleantes de anhelo, Sebastián observó su rostro detenidamente.
―Dime que pare ―susurró, jadeante―. Dime que pare, y lo haré.
Con un tembloroso suspiro, Florencia levantó la cabeza y le besó de forma apasionada.
Apretando los dientes, Sebastián la tomó por las caderas y la penetró lenta y firmemente. Una a una fue traspasando las barreras de su inocencia, hasta que los dos terminaron meciéndose en el estrecho límite en donde el corazón mandaba y la razón cesaba. El mundo entero acababa de cambiar: el de Sebastián, que no podría detenerse hasta reclamar para sí lo que más anhelaba; y el de Florencia, que acababa de descubrir que aquel momento junto él era todo cuanto necesitaba.
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Mi época favorita del año ha llegado. Al fin estamos en diciembre, y no es ningún secreto que adoro la Navidad y todo lo que significa: luz, amor y paz. Es el momento de volver a empezar, de redimir nuestros errores y de perdonar los ajenos. Pese a que los seres humanos deberíamos ser siempre amables, me alegra que exista un tiempo en el que estemos obligados a amar. Y a los que más conviene recordar este deber es a nuestra clase alta, no muy dados a preocuparse por los problemas de sus semejantes.
Sin embargo, en esta ocasión debemos lamentar que uno de los miembros más destacados de «la Alta» lo esté pasando mal. Nuestro estimado conde de Aranda, don José Fernando de Manrique y Lara, ha tenido que alquilar su palacio en la capital y trasladarse a su propiedad de Valladolid, apremiado, según las malas lenguas, por sus apuros económicos. Desde que la señorita Florencia Beatriz Gallardo de la Cruz cancelara su compromiso a principios de verano, Su Ilustrísima parece no levantar cabeza.
Mientras su ex-prometido se refugia en el bello paisaje de la meseta, las noticias que nos llegan de la señorita Gallardo no podrían hacernos más felices. Si alguien se preguntaba si los aires republicanos llegarían hasta las elevadas cumbres sociales, nuestra estimada heredera nos demuestra que no solo han llegado, sino que les han calado hasta los huesos. Según se rumorea, doña Florencia se casará en una ceremonia íntima el próximo día de Nochebuena con don Sebastián Expósito, un apuesto empleado de su hacienda. Hasta ahora conocíamos las románticas historias de los folletines en las que el señor se enamora y se casa con la sirvienta, pero ¿podría ocurrir esto en la vida real? Y lo que es aún más arrebatadoramente interesante, ¿podría suceder a la inversa?
Esperemos que el año nuevo nos regale respuestas y muchas más noticias extraordinarias. Hasta que llegue el momento, a esta que les escribe tan solo le queda desearles una feliz, y muy romántica Navidad.
Gaceta de Sociedad de la Señora Balagaster,
1 de diciembre de 1873