EL AGOTAMIENTO que supone estar obligado a ser George Harrison, un tipo que sólo escribe canciones, lo liberaba entre la codeína y lo místico de sus creencias.
El portátil y minúsculo jardín zen, calmado, austero, aprecia la frialdad del sitio. La habitación mantiene su espíritu sobrio. Aséptica y objetiva elude las emociones, las intimidades. El hospital, con su noche mecanizada, soñoliento hacia el cambio de turno, clasificó narcotizado, robóticamente, otra herida: A. J., varón blanco. El oxígeno de imitación y la máquina que le proporciona respirar se adaptan obedientes e hipócritas a su organismo. Dudan, sufren…
La frase con la que Lennon puso fin a la espiritualidad continúa dividiéndose, presionada por la mano sobre la arena, convaleciente, multiplicando las posibilidades del dolor.
El Flower Power, ahora legalizado y bendecido, la Gran Madre Farmacéutica cuida de Occidente, industrial se reproduce en píldoras y salud. Felices los enfermos, felices quienes abandonan el electroshock nihilista, su calma ególatra, su pánico. El Flower Power, recetado por el frecuente Shivá, nieto de algún Maharishi Mahesh, quien le cuenta sus amoríos hindúes con las gopis, las púberes, las nupciales adolescentes de su antifonético y mierdoso pueblo de moscas, le libera, recolocándole el aire, le limpia el Caravaggio que son sus pulmones. A la búsqueda de un día que atraviesa Delhi, el dandy Gunga Din, el diminuto kamasutra moreno, el estudiante de último curso para ser Hipócrates, uno de tantos, pronuncia una palabra inhóspita, subdesarrollada, inútil: Braj. Es el camino hacia la destrucción del cuerpo, la ruta que las familias de los inferiores sueñan, la California de la India, en la que una vaca invierte el hambre trágica del Minotauro, en la que Nandi, el toro al que Shivá monta yendo hacia la guerra, es Dios y más que el hombre. Más que el hombre, pues los que nacen del polvo de los pies de Dios deben sentirse privilegiados, bendecidos. La ciudad confluye y limita entre mudos santones, varias lápidas de Kipling, elefantes convertidos en pequeños Taj-mahales de marfil, curry, sesos de mono, neohippies de visiones sicodélicas compradas en altas dosis de fe por gramo, algún safari a la caza del tigre turístico y lugares en los que por unos imperialistas chelines o unas dóciles rupias se desvirga cualquier cosa.
La voz hindú y los calmantes mezclan su voluntad somnífera. Una chica ha grabado el rostro de George Harrison-Jorge Arias entre sus senos: el Paño de la Verónica de Sunset Boulevard. Los pezones que captura el circuito de vídeo de su cuarto son imágenes repetidas de conciertos y conos. Serigrafiada en camisetas, los fanáticos reducen su biografía en una línea: here comes the sun. Los periódicos capturan interviús, cada órgano que muere, y seguidores calvos, anaranjados, epilépticos de monosílabos insistentes, de monosílabos de asedio, cultivadores universitarios de costo, católicas de braguitas desfloradas por el rock and roll, groupies de Wonderland y Pussy Willow, flageladas de Dakota, chicas de cincuenta y canciones de veinticinco, chicas de paz autoinducida, medicada, seguidoras de la filosofía nudista griega, de la masturbación, del matrimonio abierto, de los maricas, de Kinsey, melenudos químicos caseros, drogotas vitalicios, un suburbio de Bollywood, alguien de Long Binh Jail, federales camuflados en la escucha, presumen, se autobiografían, de haberle conocido en un viaje iniciático que les llevó de las tierras de los Hopi al Medio Oeste y al New Deal.
Aquella luz de la quimioterapia bautismal, la epifanía de su radiación, le recordaba el sol fragmentado de los conciertos, una multitud de soles pequeñitos, manuales. Interpretando las primeras imágenes del hombre en la Luna, el feto que unido temblorosamente al cordón umbilical de la nave nodriza, desorientada su forma de vivir, amniótica, ignorante, invadido por rayos gamma, electrones, protones, núcleos atómicos, disturbios, enmudece. La piel de George recibe una luz astronauta en conflicto con la atmósfera. El tratamiento es una carga de flashes. Los flashes oncólogos se apropian de su piel, se mimetizan en ella, azul grisácea. El hospital, sin perder la concentración —automática, inequívoca— hiperactivo controla desde el silencio hasta la temperatura. Había un Paul y al lado suyo había otro Paul. Hay gritos coitales a las puertas de la clínica. Las letras se iban quedando sin oxígeno, desarticuladas, incómodas, en algún lugar primario, en el origen tosco entre la articulación del lenguaje y sus inútiles ancestros paleolíticos. La descripción de la realidad era una oración atómica, un predicado múltiple que se ramificaba sin conseguir tener la plenitud o las características perfectas de lo que tenía que transformar en mundo. La existencia, el pronunciamiento, vino repentinamente en una iluminación, las sensaciones mutaban en fonemas: Buda, Aristóteles, el único animal que posee la palabra para comunicarse. Trató con el movimiento de su lengua en el aire y no escuchó sonidos. La concordia de Buda recorría cada órgano, la sustancia de Harrison. La voluntad de la vida estaba muriendo. Pensó, como el hombre de las cavernas, las expresiones de los músculos faciales, a la caza de la producción del habla, en dominar la idea. Las sílabas, dibujos en su mente, habían olvidado cómo reproducirse, necesitaban abandonar sus costumbres neandertales, a la búsqueda de la supervivencia de la especie. El hombre de Cromañón recuperó el hábitat de su cerebro con un gruñido inteligente. El mantra Sapiens debía de fabricar y producir lo necesario para protegerlo de los espíritus malignos que le estaban robando el habla. Desde la captura de las ideas en las rocas, el hombre, dominador del mundo, definía la sentimentalidad propia y la de sus alrededores, lo que le era querido o ajeno.
Entonces Harrison se reconoció: solamente era George Harrison, no tenía por qué ser otro. Restos de luz acuchillan desde un túnel la ventana de su habitación hospitalaria. El tren subterráneo celebra su trayectoria de año chino sobre los raíles.
Harrison-Jorge Arias, Paul-Campbell-Shears, la indolencia de Lennon, sir John Winston Lennon-Winston O’Boogie-Mel Torment-The Reverend Fred Gherkin, practicante del culto de los envidiosos, de una plegaria bipolar y activista que salmodia la chica que compuso canciones que sólo existían en su mente y que organizó conciertos en los que el público tenía que imaginar por sí mismo la música de la actuación, la puta asiática del show-business, la hortera joyería de Ringo, a juego con su alma, y Krisnamurti, el San Agustín del Ganjes, príapo compulsivo, descubridor de Occidente y converso fan de la mística, de la mística financiera del espíritu, se reúnen para discutir lo que hacer con George. Un Sansón maligno está derribando las columnas de sus pulmones. En los ensayos de Let It Be, George dijo la frase más triste de la música. Pasaba de ser un amigo a un empleado: «… OK, sólo soy tu guitarrista, Paul y no voy a discutir contigo sobre mi forma de tocar. Dime lo que quieres que toque y eso es lo que haré».
Sean y Julian le estaban cuidando una pequeña plantación doméstica: el sueño. La yerba le bendecía como antiguamente, igual que un digestivo mantra, en St. John’s Wood, no lejos de Abbey Road, no lejos de 1966. En la televisión, la joven e inexperta BBC incomoda al grupo. Londres era una ciudad maravillosa en aquel tiempo: los maricas podían seguir ejerciendo de Wilde y Brian Epstein, negándose a ser Epstein, el origen. La policía dejaba que se arrestase al obtener cariño y sustancias a cambio de libras. El amor se había vuelto ilegal, tu propio cuerpo seguía siendo ilegal. Lonnie Trimble, un mayordomo negrito y mariconazo, cuidó de Epstein para escribir su propia vida. John, en Barcelona, le manoseaba comunicándole su asco, tímido. Al creador del grupo tampoco le hizo El Cordobés ni una adolescente caricia, El Cordobés, que era su amor platónico, que reinaba fotográficamente en el cuarto de baño del quinto beatle. Epstein descubre lo mediterráneo y el culto táurico. Zeus, el del salto de la rana, Zeus, El Cordobés, montaría y se dejaría montar por la princesa musical de Europa, Epstein. Harrison babeó sobre Olivia que Stigwood le jura que «Brian pretendía ser apoderado». Dicen que en lugar del traje de faena de caballero inglés, el del pulcro e inocuo sir David Niven, pañuelo y batín de lord asexuado, recibía en una imitación barata, un disfraz de traje de luces entallado en una taleguilla entre el My fair lady de Rex Harrison y la Vivian Leigh de Gone with the Wind.
En el 65, el difuso y azucarado Nat King Cole, que susurraba en un Gonzalo de Berceo sumiso y negroide, dejó de cantar boleros en los guateques de Paco Martínez.
Ringo chasqueó su polla, le gustaba que sonase al hit-hat de su batería, en un redoble pastoso, rutinario. «No se debe olvidar que nuestras primeras canciones eran de amor: “Love Me Do”, “I Want to Hold Your Hand”, “Please Please Me”, etc., y de repente hacemos “I Am the Walrus” con: “You let your knickers down ”. (“Te dejaste bajar las bragas”)».
Ringo-dedosdeboladediscotecadelosBeeGees estrechaba la mano de George.
Brian Epstein: homosexual, lo dije. En Inglaterra comenzaron a darse, libremente, por el culo a fines del 67. Brian murió en agosto. En septiembre hubiera podido ser Brian Epstein en su propia casa, en su país, en los dominios del marica Ricardo Corazón de León y la hermandad progay de los Caballeros de la Tabla Redonda. En el 67 darse por el culo ya no era delito en los dominios de Su Graciosa Majestad.
El verano del amor libre, el verano de las minifaldas, en su mente un sol arcoiris, era una gira sentimental, llorona. Cuenta a los policías cómo los persas atacaron a los griegos, a quienes consideraban débiles porque «perdían el tiempo exhibiéndose desnudos, escuchando ideas idiotas sobre la igualdad y la libertad de los ciudadanos». Hablaba sobre las mujeres y sus derechos, contra la carga policial hacia las adolescentes sin ropa cuyos labios imitaban su nombre a través del monitor televisivo de la habitación de la clínica, sobre cómo Plutarco defendía su desnudez, sobre cómo Onesicritus estudió a los hombres santos hindúes, los Digambaras, «los vestidos con el cielo», los gimnosofistas, sobre la tradición de la belleza, los filósofos desnudos, sobre Pirrón de Elis, sobre cómo los del Indo buscaban desnudarse para «ser con el universo, la iluminación», sobre cómo los de la Hélade asumían lo placentero o el vivir mostrando la piel y su materia. La poli de California retrasó un poco el arresto de las chicas en top-less. George les confiesa que en el templo de Khajuaco las figuras humanas, las animales, cumplen la visión, las uniones de los distintos sexos, que en las tierras sagradas donde Konarak y Ellora las esculturas eróticas explican el aprendizaje de la comunidad. Entonces Harrison murmuró ahogado en saliva: «“You let your knickers down”, puta frigidez victoriana».
A las puertas de la clínica, a dos años del cáncer, Harrison va liberándose del mundo. Al gurú de los tiempos místicos le hacía gracia el eslogan de la camiseta de McCartney: Welcome the Rolling Stones. Shivá ve lo que fue, lo que nos ocurre ahora y lo que sucederá. Es azul grisáceo, de un azul profundo su garganta, reencarnación del cancerígeno Harrison-Arias. La iluminación y la pureza, en las santidades católicas, se transmite por la blancura, estigma y símbolo de los no martirizados. La India sabe que es luz y en la Hélade fue duelo. Hubo comenzado a pedir que le blanquearan su ropa a la década de lo del Himalaya, los inciensos y las meditaciones retransmitidas por la televisión mundial. Un Lennon pacificador y vietmanita, mesíanico, se encamaba en sociedad en Occidente.
—Richard Starkey, en tus dedos brillan los focos de un campo de exterminio —le sonrió Harrison.
El puñal, colocado, frenético, rompía lo que era aquello llamado George. Con la voz deshidratada, Harrison repite la transmisión del Dakota building: una rompe sus latidos, el brazo se desvanece, la sangre, convulsionada, sin respiración. Sus pulmones mineros se asfixian con la pólvora de un par de proyectiles. Su columna, cae demolida semejando un edificio inútil. Heridas múltiples sobre el hombro izquierdo. La sangre latía pálida, los músculos huyendo hacia el corazón. El cerebro interpreta erróneamente estar vivo. Lennon ha muerto. La melancolía de Lennon, su biológica tristeza, salta por sus párpados igual que un clavadista prematuro.
George hizo la India. No fue Mahatma Gandhi o los soldaditos de plomo de las maquetas del Foreing Office los que la descubrieron al mundo. Fueron él y su maestro Ravi Shankar. Happy cows. Los creyentes hindúes tienen un concepto esperanzador del tiempo ya que la palabra kal significa a la vez «hoy» o «mañana». Se veía en Madrid, vestido de pseudomatador de toros, veinte años atrás, tirando unas monteras al público y varios presuntos compases flamencos. McCartney y Starr habían pasado por su habitación ayer.
Torrebruno, en la de Castilla de Mío Cid lengua, detalle en cuneiforme garabato de Per Abat, Glosa Emilianense en dulcificación al itálico modo de Nicola Di Bari, Garcilaso de la Vega, Umberto Tozzi, Boscán, Torrebruno, el «Joselito de San Remo», lengua entre Ovidio y Rafaella Roberta Pelloni-Raffaela Carrá, Torrebruno, que cantó desde París a Marruecos, iniciado en una sala de fiestas de Casablanca, Torrebruno, Roma, 28 de agosto de 1936, Madrid, 12 de junio de 1998, Rocco «Walter» Torrebruno Orgini, showman, exilio en las programaciones de la infancia, melódico insatisfecho, en una lengua de xilófono castrati, salpicada con algún emboscado yes o really o sure, presentador telonero de los Beatles en la matritense plaza de Las Ventas silba en el camerino «Tigres y leones, todos quieren ser los campeones». McCartney, entusiasmado, le nombra el James Brown infantil.