País Relato - Autores

raquel campos

anclada a ti

La famosa tienda del señor Peterson estaba repleta de cachivaches e inventos de todas las formas y de todos los ámbitos que se podían conocer. Leila sentía escalofríos cada vez que posaba sus pies en esa tenebrosa e inhóspita tienda, pero Derek, su hermano, se empeñaba en ir de vez en cuando, y podía ser muy persuasivo cuando quería algo. Él amaba mirar todos esos inventos y se pasaba las horas dentro. Leila solía esperarlo sentada junto a la ventana. Allí, compuesta con su pequeño sombrerito y su sombrilla apoyada en una de las paredes, mantenía la cabeza baja rezando para que su querido y raro hermano terminara pronto. A veces se llevaba con ella algún libro para distraerse un rato.
Lo que nadie sabía, y menos aún su irreflexivo hermano, era que le encantaba mirar esos objetos. Claro que lo hacía de forma disimulada para que nadie se diera cuenta. Sería un escándalo si la hija del Doctor Stonner llegara a ser encontrada en semejante lugar.
Nunca nadie se había dirigido a ella y siempre se encontraba sola, pero esa tarde se acercó hasta ella un pequeño muchacho. ¿Sería el hijo del dueño? Era muy pequeño y llevaba un libro en las manos. Leila sintió curiosidad por ese niño y le sonrió. El jovencito se acercó a ella con una sonrisa confiada en los labios.
―Hola. ―El niño nunca había visto una dama tan bonita como esta y le enseñó su libro―. Yo también tengo un libro. Mire qué bonito.
Leila lo cogió y pasó las hojas, se sorprendió de su belleza, tenía unas ilustraciones preciosas de inventos y científicos.
―Es un libro fantástico. ―Una sonrisa nació en el rostro del pequeño que la miraba arrobado―. ¿Te lo has leído?
―Soy muy pequeño, mi papá me lo lee por las noches antes de dormirme. ―Leila le señaló al estrambótico hombre que en esos momentos hablaba con su hermano, el niño sonrió―. Ese es mi abuelo Conrad, mi papá es más joven.
Desde el interior, Carmichael oía la voz de Hughes, ¿con quién estaba su pequeño hijo? No era normal que hablara con la gente que entraba en la tienda de su padre, siempre habían sido algo raros y la sociedad no los estimaba en absoluto. La vida, para ellos, no había sido nada fácil. Se asomó a la puerta que comunicaba con la vivienda y vio a su hijo conversando con una mujer joven. Ella miraba al niño con auténtico deleite y le sonreía. ¿Quién sería?
Era preciosa, su porte denotaba que pertenecía a una familia importante. Toda ella derrochaba frescura y simpatía, dadas las risas de su hijo. Hacía mucho tiempo que no le oía reír tanto, y sería dantesco de su parte destrozarle esa incipiente felicidad. Desde donde estaba, no apreciaba los rasgos de la dama, pero parecía un ángel.
Su padre estaba con ese muchacho que les visitaba de tanto en tanto, ¿había venido ella alguna vez y no había reparado en su presencia? Su hijo comenzó a saltar y a gritar.
―¡¡¡Papá!!! ―El niño llegó donde se encontraba y le miró con rostro pleno de felicidad―. He conocido a una señora muy simpática, le ha gustado mucho el libro. ¿Verdad que es especial, papá? Ella dice que es el libro más bonito que ha visto nunca.
―Ve y dale las gracias, tienes que ser educado. Es una dama importante.
―Es hermosa, padre, parece el ángel de la anunciación que ha bajado del cielo. ―Esa efusividad no era normal en su hijo, esa mujer había dejado encantado al pequeño.
―Ve y sé educado, que no tengan nada que decir de mi pequeño mozalbete.
El niño se enredó en el cuello del hombre y volvió a salir, corriendo, hasta donde ella estaba.
La joven buscaba al niño, pero no le veía, qué pena, lo había pasado muy bien con él. Se hacía tarde y su hermano la estaba esperando para marcharse. Una manita la sorprendió y se giró, el niño le hizo una reverencia perfecta.
―Mi papá dice que tengo que ser educado pues usted parece una dama importante, y debe serlo porque es muy guapa.
Leila sonrió de pura dicha, el niño se expresaba con garbo y el piropo le había encantado.
―Luego le dices que eres todo un caballero y que ha sido un honor para mí charlar contigo. Espero volver a verte.
―Yo también, señora, otro día le traeré otro libro que tengo.
―Me encantará verlo y conversar contigo. ―El niño se fue y ella miró a su hermano, que llevaba un sombrero con unos extraños anteojos―. ¿Vas a salir así a la calle?
―Perdón, no me acordaba de que lo llevaba puesto. ¿A que es un objeto curioso?
Su hermana le miraba y al final empezó a reír a carcajadas.
―Espero que no te lo vean mamá y papá, o te reñirán.
Él le sacó la lengua.
―Sí, pero como tú no les vas a decir nada de nada… ¿Verdad?
Ella sonrió de nuevo mientras le alborotaba el pelo sabiendo que no le gustaba.
―¡Cómo me conoces! Pero piensa qué vas a hacer para recompensarme esta vez.
El muchacho dudó, ahora sí que estaba en un apuro.
Los hermanos se marcharon de la tienda, Carmichael salió de su escondrijo y todavía pudo escuchar la carcajada de la muchacha. Había dejado el aire impreso con su suave fragancia y él no pudo menos que marearse por el rumbo de sus pensamientos. No se dio cuenta de que su padre estaba a su lado.
―Una dama preciosa de verdad y un joven muy curioso.
―¿Quiénes son?
―Vienen de vez en cuando, a él le gustan los objetos… parece que ella te ha causado buena impresión.
―¿Qué dices? Es una dama, nada tiene que ver con nosotros.
Unos días más tarde, Carmichael andaba deprisa hacia la tienda, a pesar de no querer llamar la atención, lo hacía allá donde iba. Sus ropas eran una de las cosas que incitaban a la curiosidad, sus botas altas y su gabardina beige larga le daban un aire de aventurero que a las mujeres sobre todo les daba algo de pavor. Esa mañana no era distinta a otras, había ido a mandar una carta porque necesitaban unas piezas con urgencia para un pedido. Volvía a la tienda, cuando al pasar por la puerta de la librería, sintió que algo caía sobre él.
Se aprestó con ligereza a ayudar a la desafortunada que había chocado de esa forma con su cuerpo y, cuando alargó la mano, unos ojos preciosos le miraban con curiosidad.
Leila no pudo evitar mirar al desconocido y ahogarse ante tal figura, parecía un aventurero como los que salían en los libros de Julio Verne que ella había devorado hacía pocos años.
―Perdone, Milady. No ha sido mi intención que cayera…
―No pasa nada, la culpa es mía, que salía sin mirar. ―La joven miraba esa mano grande y curtida y, cuando dejó caer la suya, no pudo evitar comparar el tamaño de ambas y notar la calidez que emanaba de la masculina. Se vio alzada sin el menor esfuerzo y cuando estuvo delante de él, se recompuso el vestido alisando su falda para hacer desaparecer las posibles manchas y así disimular su turbación.
La joven estaba nerviosa o se lo parecía a él, se atusaba el vestido como si lo tuviera manchado de algo que no existía.
―De todas formas, perdone. ¿La puedo ayudar en algo?
Leila le miró a los ojos y descubrió que eran azules como el cielo de verano.
―Muchas gracias por su ofrecimiento, marchaba hacia la tienda del señor Peterson.
Carmichael enarcó una ceja.
―Puedo acompañarla, voy al mismo sitio.
«Vaya casualidad», se dijo Leila. ¿Quién sería el desconocido? Nunca lo había visto por el barrio y se daba cuenta del estupor que levantaba en todas las mujeres que se cruzaban con ellos.
―Estaría encantada, gracias, pero no le conozco a usted de nada.
El joven se alejó un poco y le dedicó una amable reverencia.
―Perdone, me llamo Carmichael Peterson.
El apellido extrañó a Leila.
―¿Es usted pariente del dueño?
―Soy su hijo, hace unos días estuvo usted hablando con mi pequeño Hughes.
Ahora la sorprendida fue ella, sonrió ante el parentesco del niño, sin dudarlo, se parecía a ese hombre.
―Un niño muy inteligente y amable. Debe estar orgulloso de él. ―La joven dudaba si mirar a ese hombre a los ojos y mantenía su mirada hacia delante.
―Lo estoy y mucho, es lo único que me ancla a esta vida.
Esa afirmación enervó a Leila, que no pudo evitar mirar al hombre y ahogarse en el azul de sus ojos. Su mirada triste y melancólica le llegó al corazón. Un silencio se empastó en torno a ellos y caminaron, Leila estaba un poco nerviosa, había burlado a la señora Doms para escabullirse a la tienda y ahora caminaba junto a un hombre sin carabina. Era una situación delicada, y más si la veía alguien conocido.
―Perdone si le molesta mi pregunta. ¿Por qué va a la tienda?
Se puso roja del bochorno que le entró.
―Eh… me dejé la sombrilla. ―No era muy usual que una dama se dejara sus cosas por ahí, pero así era ella, despistada por naturaleza, sobre todo si estaba entretenida. Se giró y miró al hombre, que la observaba con detalle―. He burlado a la señora Doms, si se da cuenta de que he venido a la tienda, me meteré en un problema y… ―El rostro de él se ensombreció y apartó la vista, miraba más allá de la calle donde la gente paseaba―. Perdone, no quería decir eso… Yo…
―No hace falta que se excuse, las damas como usted no van a sitios así. Si me perdona, he recordado que tengo que recoger un paquete. ―El hombre hizo una reverencia y se marchó en sentido contrario.
Leila se quedó parada en la calle observando sus andares.
Se encontraba cerca de la tienda cuando vio a la señorita Craven doblar la esquina. Se metió dentro cuidando de no ser vista por la joven más cotilla de la ciudad.
―Perdone, ¿desea algo, señorita?
La joven se giró hacia la voz y se tropezó con una versión más mayor de Carmichael y Hughes, era notable el parecido entre los tres varones a pesar de los años que se llevaban. Los ojos azules del hombre la miraban con amabilidad.
―Buenos días, perdone que le moleste. Hace unos días me dejé la sombrilla justo aquí al lado. ―Miró el sitio donde tendría que estar y no la halló―. No lo entiendo, la dejé justo ahí, apoyada junto a la pared.
―Espere un momento, por favor, voy a hablar con mi nieto.
Leila asintió; mientras el hombre cruzaba la puerta, ella quedó encantada con todo. Era imperdonable que antes no se hubiese dado cuenta. Se permitió acercarse hasta las estanterías ahora que nadie la veía y así satisfacer su interés. Delante de su hermano hacía como si todos esos cacharros no le importaran, pero en su fuero interno le encantaban.
Se paseó entre los cachivaches y trastos admirando cada objeto y mirando todo con suma curiosidad. Todo le llamó la atención, pero, sobre todo, un pequeño objeto captó toda su mirada. Era una réplica a escala del vagón de una locomotora, era perfecto y parecía de verdad, tal era su esmero en los detalles. Cuando más interesada estaba en el objeto, una voz la sacó de sus pensamientos.
―Es una réplica del primer vagón de locomotora que se inventó. ―Leila conocía esa voz. A pesar de haberla escuchado muy poco, conocía esa tristeza al hablar―. ¿Le interesa el objeto?
La joven se giró para encarar de nuevo al hombre.
Carmichael se quedó de piedra cuando vio la mirada de la joven, estaba llena de luz, sus ojos bailaban acompañando a su sonrisa. Sin decir nada, supo que esa imagen jamás le abandonaría.
―Es un objeto muy interesante. No había mirado nunca y…
―Me enorgullezco de no ser de su clase, no podría vivir de forma tan reprimida.
Leila se paró frente a él un poco molesta.
―Yo no vivo de forma reprimida, soy muy feliz y…
―Entonces, ¿qué hace aquí?
Él tenía razón, nada la excusaba a estar allí cuando no era lo correcto. Leila salió de forma improcedente de la tienda, dejando al joven anclado en el sitio y sorprendido. Su padre y su hijo se acercaban.
―¿Dónde ha ido?
―Se ha marchado cuando se ha dado cuenta de lo inadecuado de su visita.
―Por Dios, Carmichael, ¿qué le has dicho?
―Nada, todo lo ha dicho ella. Hughes, entra dentro, ahora voy a leer contigo.
El niño miraba a los dos con los ojos muy abiertos, había pensado ver de nuevo a la simpática dama. Hizo caso a su padre. Cuando se aseguraron de que había entrado, el señor Peterson se encaró a su hijo.
―¿Crees que no me he dado cuenta de nada?
Carmichael miró a su padre.
―No te entiendo, padre.
―Es la primera mujer a la que te acercas, después de lo que pasó. Puedo sentir tu admiración por ella en tu mirada y eso que no está.
―Nunca, ¿me has oído?, nunca volveré a dejar mi vida en manos de una mujer, y menos de esa clase.
Leila caminaba deprisa hacia su casa, cuando la señora Doms le salió al paso.
―¿Dónde se había metido, señorita Leila?
―Oh, perdóneme, señora Doms, alguien me entretuvo en la librería y cuando salí… no la vi.
―¡Me asusté al no verla!
―Vamos a tomar un té, vengo un poco cansada. ―No podía decir que venía alterada por lo que ese hombre le había dicho, pues se había dado cuenta de que era verdad. No era libre. Vivía su vida anclada a unas normas y a un protocolo. Y eso que no eran una de las familias más importantes.
De pronto, todo se le antojó falso. No podía decir a nadie que había leído a Julio Verne y a H.G. Wells. Para ella, esas aventuras se mantenían vivas en su imaginación desorbitada.
No quiso bajar a cenar con todos, alegó un intenso dolor de cabeza y nadie fue a ver cómo se encontraba, así que cenó sola en sus aposentos y se dedicó a pensar en todo lo que había hablado con ese hombre. Su mente estaba llena de su imagen, nunca un hombre le había llamado tanto la atención, y pensaba explicarle unas cuantas cosas a ese engreído al día siguiente. Con ese pensamiento se quedó dormida.
Carmichael se arrepentía de lo que le había dicho, la joven parecía sincera y feliz. Y destruyó su felicidad con la cruda realidad. Hughes se quedó dormido enseguida y él estuvo dando vueltas a todo y maldiciéndose por haberla conocido.
Leila se levantó temprano, quería ir a la tienda a primera hora y decirle unas cuantas cosas a ese hombre. Le iba a dejar claro quién era Leila Stonner. Se vistió deprisa y bajó intentando no ser vista, a esas horas de la mañana era muy difícil que la viera alguien de su entorno y quería llegar temprano a la tienda. Su sencillo vestido de algodón y su cabello, solo sujeto por una cinta, le daban un aire más humilde, y de esa forma tan cómoda marchó a buen paso al encuentro de ese misterioso hombre que le había robado la tranquilidad.
El tintineo de la campanilla les sorprendió mientras desayunaban, todos se miraron extrañados, pues tan temprano no acudía nadie. Carmichael se iba a levantar cuando la cortinilla que separaba la vivienda de la tienda se abrió de forma rápida. La figura que apareció dejó a todos sorprendidos. Leila se paró al ver a los hombres desayunando, y recordó que, con las prisas, ella no lo había hecho.
―Perdonen mi intrusión, deseaba hablar con el señor Carmichael, pero desayunen, por favor.
El señor Peterson miró a la joven, era muy temprano y su atuendo no era el adecuado a una dama.
―¿Ha desayunado, jovencita?
―No, quería venir temprano.
El hombre se levantó y le ofreció un asiento cerca de Hughes, que resplandecía al verla de nuevo.
―¿Quieres ver mi libro?
La joven miró al pequeño con profundo amor en su mirada y le sonrió.
―Claro, me dijiste que era un bonito libro. ―Se puso a leer con el pequeño bajo la atenta mirada del padre, que no podía apartar sus ojos de la joven. Leila miraba el libro con el niño, sentía la mirada del hombre sobre ella y entonces abrió los ojos sorprendida―. ¡Hughes, tu libro es una versión de «Viaje al centro de la Tierra»!
Carmichael se atragantó con el café. ¿Cómo demonios conocía ese libro?
―¿Es una de las lecturas dictadas a las damas?
Leila se ahogó ante el comentario despectivo, y el señor Peterson no entendía por qué su hijo se comportaba con ella de esa forma, quizás…
―No, señor, tuve el placer de leer al señor Julio Verne hace unos años y me sentí intrigada por su obra. Así que decidí leer todos sus libros.
―Querida señorita, ¿los ha leído todos?
―Sí, mis preferidos son «Viaje al centro de la Tierra» y «Veinte semanas en globo», son unas aventuras fantásticas.
―Dudo que una dama de buena cuna como usted conozca lo que es una aventura fantástica.
―¿Es usted siempre tan cínico? ¿O es que se siente desplazado en este momento?
Carmichael se levantó y Leila no movió ni un músculo a pesar de estar algo cohibida por la altura del hombre.
―Soy tan cínico como usted tan dama. ¿Qué se supone que hace aquí?
―¡Por Dios, Carmichael, no seas tan grosero! ―El hijo dirigió una mirada al padre y este se abstuvo de decir algo más.
Leila se levantó con el poco decoro que le quedaba.
―Me ha gustado mucho ver el libro contigo, Hughes, pero me tengo que marchar. Gracias por su amabilidad, señor Peterson.
La joven salió otra vez de forma rápida sin tan siquiera dirigirle una mirada de reproche, por lo que él supo que esta vez la había lastimado, y no pudo menos que seguirla.
Leila sintió cómo la atrapaban de un brazo.
―Suélteme ahora mismo, bruto.
―Esas no son palabras para una dama…
―¡Deje de decirme lo que es correcto y lo que no!
Esa joven tenía carácter, vaya que sí, y Carmichael no podía evitar sentir que cada vez le gustaba más pelearse con ella. Al cogerla del brazo había sentido cómo cada poro de su piel estallaba en una fiera batalla contra la barrera que él mismo había colocado en su corazón. Sentía que esa joven lo desarmaba de una forma sencilla, le había trastocado la vida tan solo con su mera presencia.
―Perdóneme, por favor. Es verdad que por un momento me sentí desplazado, jamás he visto a Hughes sonreír como lo hace cuando está con usted. Como padre, me duele no saber cómo reponer esa alegría que ha perdido desde que su madre nos abandonó.
Esa declaración derribó todo lo que Leila había pensado sobre ese misterioso personaje. Un hombre como él abandonado por su mujer… Sin girarse para no delatar sus incipientes sentimientos por ese desconocido, le habló.
―Es un niño inteligente y lo superará. Pero me parece que usted no va a superarlo nunca, ¿verdad? ¿Odia a las mujeres?
Un largo suspiro fue la respuesta de ese hombre. Su brazo quedó libre y sintió cómo se alejaba.
―Ella era como usted, pertenecía a una familia bien y yo era un don nadie. Me engañó y me dijo que me quería. Tan solo quería escapar de su familia y su deber para vivir libre de la opresión que obcecaba su vida. Mientras estuve fuera, en la guerra, cuidó del niño, pero cuando volví, encontré a mi hijo con mi padre y ni una palabra de ella. Nos dejó para seguir su vida y ser libre.
―Una mujer con principios nunca haría una cosa así.
―Ella no los tenía.
―¿Y cree que todas las mujeres somos iguales?
―¿Se incluye en el grupo, Milady?
―Como mujer sí, porque estoy segura de que no haría una cosa tan vil. Primero, no engañaría a un hombre dándole un amor falso; y segundo, nunca abandonaría a mi hijo, sangre de mi sangre.
―Sus palabras son loables, señorita, y sinceras. La felicito, porque el hombre que sea su esposo será un hombre feliz.
―Buenos días, señor. ―Leila se escabulló de la mirada de ese hombre y de su dolor, jamás había conocido a uno con tanto sufrimiento hacia algo. Eso acabaría con su vida y arruinando la del pequeño.
No sabía por qué, pero le había llegado al alma esa confesión, y durante todo el día estuvo pensativa y huraña. Nunca nadie la había visto en ese estado, y todos se preguntaban qué pasaba por la mente de la joven.
Las semanas volaron y con ellas la amargura de Carmichael se fue convirtiendo en un anhelo desesperante de volver a verla. Había vuelto a caer como un quinceañero ante las artes de una mujer y se maldecía mil veces por ello. No podía evitar pensar en su sonrisa, en sus ojos y en su manera de hablar cuando se enfadaba. Los síntomas eran claros, y ante tal avalancha de sentimientos, decidió marcharse lejos de allí.
―Esa no es la solución, hijo. Debes enfrentarte a lo que sientes. ―El hombre se daba cuenta del dolor en el rostro de su hijo.
―No soportaría otra traición.
―Ella no es así, si hasta tu hijo lo ha notado. ¿No ves cómo sonreía a su lado?
―¿Y qué hago, padre?
―Ve a verla y dile lo que sientes, luego, su corazón decidirá por los dos. Voy a buscarte la dirección, su hermano tiene ficha de cliente.
Leila parecía una autómata, las semanas habían pasado y con ellas había crecido algo desesperante en su corazón. No sabía cómo había sucedido, pero allí estaban esos sentimientos que le hacían imposible apartarlo de su mente.
Su madre la miraba con preocupación. Algo le pasaba a su pequeña y tenía que averiguar lo que era.
―Leila, hija, te he llamado dos veces.
La joven pareció salir de un sueño y miró a su madre.
―Perdona, madre, estaba distraída.
―Estas últimas semanas estás como en otro mundo. Me puedes contar lo que pasa por tu cabeza, hija. ¿Estás enamorada? ―Ahí estaba la palabra que ella no había sabido encontrar para definir lo que sentía.
―¿Y si fuera así? ¿Qué pasaría?
―Pues me agradaría saber quién es él.
―¿Y si no fuera nadie?
―¿A qué te refieres, hija?
―Me refiero a si no fuera de nuestra clase. ¿Pasaría algo, madre?
―Esta casa se ha regido por los matrimonios concertados, debes saberlo por tus hermanos. Pero yo no quiero eso para ti, deseo que conozcas el amor.
―¡Oh, madre! Estoy en una encrucijada en la que no encuentro mi camino. Pensé que era arrogante y descortés, pero me he dado cuenta de que no verlo me duele más si cabe que discutir con él.
―Hija, sentimientos muy dispares, pero creo que todo eso lo induce el amor que sientes hacia ese desconocido.
La campanilla les interrumpió. La doncella entró para decirles que había un hombre que quería ver a la señorita. Las dos mujeres se miraron y el corazón de la joven comenzó a galopar con fuerza. ¿Podría ser…?
―Haz pasar al caballero, le atenderemos aquí mismo. Tráenos un té y unas pastas. ―La mujer miró a su hija, que caminaba de aquí para allá hecha un manojo de nervios―. ¿Esperas a alguien?
―No, madre, ojalá fuera él.
En un momento, la doncella abrió la puerta y apareció la figura alta y desgarbada de Carmichael. No se había cambiado de ropa para la visita y eso quería decir que no iba a dejar su identidad por nada del mundo.
―Señora Stonner, señorita Stonner. ―Leila ahogó un gemido al sentir su nombre, ¿cómo lo sabía él?―. Me llamo Carmichael Peterson.
―Dígame, señor Peterson, ¿cuál es la causa de su visita sin conocerlo?
―Si me permite decirlo, señora, su hija. ―El corazón de Leila martilleaba sobre su pecho de forma desbocada―. ¿Me permitiría hablar con ella a solas unos minutos?
La mujer miró la cara de profundo tormento de su hija y supo que ese era el hombre que amaba. Él, venciendo el temor de no ser admitido en la casa, había ido a buscarla.
―Os dejaré solo unos minutos, Leila. La puerta estará abierta, señor Peterson.
―Gracias, señora Stonner. ―Cuando la amable mujer los hubo dejado solos, se acercó un poco más a ella.
―¿Qué hace usted en mi casa?
―He venido a preguntarle algo. ―Ella le miró a los ojos―. ¿Amaría a un hombre que tiene un pasado difícil? ¿Aceptaría su amor, aunque fuera inferior a usted?
―Está hablando en un acertijo, no le entiendo.
―Desde que la conocí, no he podido evitar sentir cómo mi admiración hacia usted pasaba de la mera formalidad a un sentimiento casi rayando en la locura. Estas semanas sin lidiar con usted han sido horribles.
―¿Me está diciendo que le gusta discutir conmigo?
―Eso y mucho más. Adoro verla sonreír, sobre todo cuando sus ojos bailan con su sonrisa una fiel danza de luz, adoro charlar con usted e intercambiar opiniones, adoro y admiro su amor por los libros de Julio Verne, y adoro el amor que siente por mi hijo.
Los ojos de Leila se ensombrecieron unos instantes, su corazón no cabía en sí de puro gozo.
―Señor, admiro su coraje ante la vida y la forma de criar a un niño pequeño, adoro su forma de reír, aunque he disfrutado poco de sus sonrisas, adoro su manera de comportarse y, sobre todo, adoro el modo en el que me hace sentir.
Por unos instantes, ambos se quedaron anclados en el sitio sin poder moverse, tal era la emoción que sentían ante lo que acababan de decir.
―¿Crees que tu familia me permitirá visitarte?
―Ellos quieren mi felicidad, y solo soy feliz cuando estoy contigo.
El joven ya no pudo estar por más tiempo lejos de ella, se acercó y le cogió las manos, besándolas de forma correcta.
―No sé cuándo este sentimiento se hizo tan fuerte en mi corazón, pero solo sé que te amo y me gustaría que estuvieras siempre a mi lado. ―Una lágrima rodó por la mejilla de Leila y se vio detenida por una caricia―. Mi intención no era que lloraras.
―No lo puedo remediar, ¡soy tan feliz y te amo tanto!