País Relato - Autores

raquel campos

al límite

Marta y un grupo de amigos habían ido a pasar unos días de acampada. Iban a visitar un enclave precioso con muchos senderos para pasear y un gran lago. Tuvieron que acampar en la zona específica, les dieron planos para no perderse y se internaron en el bosque para intentar llegar al lago a mediodía. Sería el sitio perfecto para comer y refrescarse del calor.
A medida que avanzaban, algo siniestro ocurría en otra parte del bosque. Un incendio descomunal empezó a abrirse paso a través de los árboles.
Los jóvenes andaban en armonía, las chicas decían que hacía mucho calor y se iban a bañar. A Marta no le gustaba la idea de nadar en aguas donde no pudiera ver el fondo, les tenía terror desde que de pequeña se cayó a un pozo.
―Eres una quejica, Marta.
―Podéis decir lo que queráis, yo me quedaré en la orilla cuidando las mochilas.
Los demás rieron, sabían que no la iban a convencer. Tenía carácter y sabía muy bien lo que hacía. Algunos de los chicos habían intentado coquetear con ella, pero enseguida les paraba los pies y les dejaba bien claro que solo eran amigos.
Marta los observaba mientras se bañaban, con solo verlos dentro del agua ya sentía escalofríos. Estaba tumbada cuando oyó un fuerte ruido y se sorprendió al ver un avión que volaba muy bajo.
***
―Atención: hay un grupo de gente en el lago. Repito: hay gente en el lago. Manden una patrulla.
Adrián estaba preparado, había visto la alerta de fuego inmediato. Estaba sentado en la cafetería de la Base, llevaba el uniforme medio desabrochado revelando un musculoso torso. Tomaba café con las piernas cruzadas encima de la mesa mientras observaba a su amigo. Marcos fumaba un pitillo, siempre decía que le tranquilizaba hacerlo antes de entrar en acción.
Los incendios en los bosques eran cada vez más peligrosos, ya que la sequedad del ambiente hacía que el fuego se propagara de forma rápida y peligrosa. Adrián miró la taza que tenía delante de él y luego a su amigo. En ese momento, un hombre de edad media, pero alto y fornido, entró en la sala.
―Venga, chicos. Hay un grupo de gente en el lago. Hay que sacarlos de allí de inmediato.
―¿Allí? ¿A quién se le ocurre meterse en esas aguas? ―Adrián no pudo remediar sentir un escalofrío. Se levantó de golpe para ponerse en marcha.
Un helicóptero los dejó en un claro cerca del lago, pero el piloto les dijo que ahí no podía volver a aterrizar ya que las llamas iban hacia ese punto.
―Ya nos pondremos en contacto. Pero lo más seguro es que vayamos al refugio, allí hay otro claro.
―Que tengáis suerte.
Los dos amigos cogieron las mochilas con el equipo de salvamento y el de prevención de incendio.
***
―¿Podríais salir ya?
―¿Salir? No seas aguafiestas; hace calor y se está de maravilla.
Marta hizo un gesto de fastidio, siempre pasaba lo mismo. Raúl era un poco prepotente y lo tenía que demostrar en cualquier ocasión. Todo porque ella le había dado calabazas, y cada vez se alegraba más de ello.
―Venga, anímate ―dijo Esther.
Ella no era mala chica pero se dejaba influenciar por las tonterías de los demás. Marta llevaba el bikini debajo del short y la camiseta, pero no tenía ninguna intención de meterse. Al final los dejó por imposibles y se fue.
***
Cuando Marcos y Adrián se acercaron, se dieron cuenta de la fiesta: un grupo de jóvenes se bañaba en la orilla del lago. No paraban de reír y gritar. Había alguien que permanecía vestida y parecía que hablaba con ellos. Al fin, se alejó de la orilla, recogió algo del suelo y se dirigió hacia donde ellos estaban.
Marta estaba enfadada. ¿Por qué se habría ido de acampada con un grupo de inconscientes que no veían peligro alguno? Cogió la mochila y se dirigió hacia los árboles, se sentaría a la sombra hasta que terminaran. Entonces, entre la espesura vio a dos hombres uniformados y se sobresaltó.
―No se asuste. ―Marcos se adelantó un poco―. Somos de la patrulla forestal. Tenemos que salir de aquí de inmediato.
―¿Pasa algo grave? ―Marta se acordó del avión―. Ha pasado hace un rato un avión. ¿Hay un incendio? ―Llevaban unos trajes pesados y ambos la miraban preocupados. El más joven la sondeó con sus ojos oscuros.
―Sí. No hay que entretenerse, hay fuego cerca y tienen que salir del agua ―informó Adrián tratando de conservar la calma.
―Yo les avisaré. No quiero que se asusten ―dijo algo nerviosa girándose para ir de nuevo al lago―. Chicos, tenéis que salir, hay un incendio. Ha pasado un avión y han venido…
―No seas paranoica ―acusó Raúl.
Adrián se acercó a la orilla cuando escuchó el comentario.
―No está paranoica, salid del lago ahora mismo y vestíos. Tenemos que irnos de aquí antes de que el fuego se extienda.
Las chicas gritaron y salieron despavoridas, los chicos las siguieron. Se vistieron rápidamente y cada uno cogió su mochila.
―Menos mal que llevan buen calzado ―repuso Marcos―. Hay que darse prisa.
―¿Cómo ha ocurrido? ¿Qué ha pasado? ―Las chicas estaban nerviosas. ¿Quiénes eran ahora las paranoicas?
―No disponemos de esa información, solo sabemos que el incendio se acerca.
―¿No están intentando apagarlo? ―Raúl era el típico guaperas, rubio y con los ojos azules.
―Mira, chico ―vociferó Adrián bastante cansado de ese niñato.
Marcos se adelantó porque sabía que a Adrián se le agotaba la paciencia pronto.
―Un fuego en el bosque es muy peligroso. Ahí fuera hay mucha gente arriesgando su vida por intentar extinguirlo.
Raúl se calló y agachó la cabeza.
―Bien, vamos a tratar de llegar a un refugio. Allí hay un pequeño claro donde os recogerá un helicóptero ―dijo Adrián.
Marta se quedó blanca, lo decía tan tranquilo y ellos… ¿irían o se quedarían? Ahora se daba cuenta de que había humo y que el peligro estaba allí, muy cerca. Se atrevió a preguntarle:
―¿Está muy extendido?
Él se giró. Esa chica tenía coraje y no podía mentirle.
―Sí, donde nos dejaron ya está cogido. Tenemos que ir en dirección contraria y rezar para que el fuego no sea muy rápido.
―Mirad las mochilas, solo cargad con lo imprescindible. Cuanto más ligeros, más rápido andaremos y antes llegaremos ―les aconsejó Marcos.
Marta los volvió a mirar, sus equipos debían pesar muchísimo pero estaban entrenados para esos casos. Abrió su mochila y miró lo que llevaba: una cantimplora, una brújula, un pequeño botiquín, un bote de crema para sol y otro para las picaduras, unas barritas de cereales, una camiseta limpia, un par de calcetines y una pequeña navaja de esas multiusos. Desechó los botes, cerró de nuevo la mochila y se la colgó al hombro.
Adrián la observaba, había terminado enseguida y no perdió tiempo en estar lista. Era algo asombroso en un momento como el que estaban viviendo.
―Marta, ven por favor.
La observó que se acercaba algo sonrojada hasta una chica.
―Esto no lo puedo llevar ―dijo temerosa la chica.
Marta miró el interior. Llevaba otro bikini, crema solar, maquillaje, una botella de agua y unos calcetines limpios.
―No lo necesitas, coge la botella de agua y el par de calcetines. El resto tíralo.
En un momento dejaron un montón de cosas inútiles en la orilla del lago. Estaban listos para empezar la marcha.
―Bien, nos presentaremos para que no haya duda de quiénes somos. Yo soy Marcos y él es Adrián. Somos de la patrulla forestal.
―¿Y por qué no están en el incendio? ―increpó Raúl con arrogancia.
Adrián suspiró, ese tipo empezaba a tocarle las narices. Marcos se dio cuenta y Marta también. Ninguno pudo evitar que saltara a la defensiva.
―Mira, es igual de peligroso estar aquí. O quizás más, porque os tenemos que poner a salvo y siempre hay algún impertinente como tú que no tiene ni puñetera idea del peligro que corremos mientras estamos hablando como gilipollas.
―Te podías guardar tus comentarios. Esto es serio, Raúl ―dijo Marta, apoyando las palabras de su amigo.
Raúl miró a Marta con rencor.
―Claro que sí, superwoman. ―No pudo decir nada más porque Adrián le soltó un guantazo.
―Podrías ser más educado con tus amigos. Como ha dicho Marta, esto es serio. Vuestra vida está en juego. ―Adrián no quería ser duro, pero ese chico necesitaba que le metieran miedo en el cuerpo.
―Tenemos que ponernos en marcha. ―Cuando Marcos decía eso, era porque el fuego se estaba acercando.
Al pasar junto a Marta, Adrián no pudo reprimirse en preguntarle:
―¿Qué haces con un grupo tan variopinto?
―Mejor esto que estar sola y…
―Pues yo preferiría estar solo. Menudo gilipollas.
Se pusieron en marcha y se adentraron en el bosque, todo parecía en calma. Marcos abría la marcha y Adrián la cerraba.
―¿No será peligroso adentrarse en el bosque? ―ironizó Raúl y ahora había miedo en su voz.
―¿Ahora nos vas a decir cómo hacer nuestro trabajo?
―Tío, calla ya, ellos son forestales y se conocerán el bosque como la palma de su mano.
―Menos mal que alguien tiene sentido común ―dijo Marta.
El chico que había hablado se acercó a Marta y estuvieron hablando unos minutos. ¿Estarían juntos? ¿Por qué se preocupaba por eso en esa situación? Esa chica era preciosa y lista, además de tener más coraje que todos sus amigos juntos.
Marta no quería alentar a Sergio, porque sabía que le gustaba, pero ella no le correspondía. Para ella era solo un buen amigo.
Llevaban dos horas de marcha cuando una chica se paró.
―No puedo más, me duelen los pies.
Marta se acercó a ella.
―Esther, no podemos parar. El fuego nos puede alcanzar.
La chica la miró con lágrimas en los ojos.
―Lo siento, me arden los pies. No puedo dar un paso.
Marcos se giró para observar a las dos jóvenes. Qué bien estaría en su casa con Gloria, esperaban un bebé y le encantaba estar con ella y acariciarle la barriga para sentir a su hijo.
―Vamos a descansar unos minutos.
Adrián se acercó a él.
―Voy a echar un vistazo a los alrededores. Ese tío me está sacando de mis casillas.
―Es un crío, no le hagas caso, no tiene ni idea. Nos queda poco para llegar a la cabaña. Mira a ver cómo está la zona.
Adrián asintió y observó a Marta, estaba ayudando a la chica a quitarse las botas. Como si le hubiera sentido, ella se giró y alzó los ojos. Lo miró durante unos instantes. Pero enseguida él siguió el camino y se perdió en la espesura del bosque.
Había algo en él que hacía que su corazón galopase. Nunca había sentido nada igual y no era por el peligro, era por esa mirada oscura.
A los cinco minutos volvió más preocupado que antes, Marcos le observó.
―El fuego intenta rodearnos, vamos derechos a él. Hay que cambiar el rumbo un poco. El refugio está intacto todavía.
―Podríamos habernos quedado en el lago ―dijo Raúl.
Adrián se acercó a él preso de la furia.
―Mira, listillo, el lago no es seguro. Si los árboles de alrededor ardiesen te verías obligado a meterte en sus aguas, y créeme cuando te digo que esas aguas son traicioneras y turbias. Pero eres libre de ir.
El chico se quedó blanco.
―Adrián, sabes que no puede, tenemos que ponerlos a salvo a todos ―agregó Marcos también algo alterado.
Adrián se quitó el casco exasperado, su pelo negro se le pegaba a la cabeza por el sudor.
―Pues que se calle. El fuego nos acecha y más cerca de lo que creéis. Hay que darse prisa. ―Se puso primero y miró a su amigo―. Cierra tú la marcha y aguanta a ese tipejo.
Marta le observaba con disimulo, era muy atractivo. Y tenía razón, Raúl a veces se comportaba como un prepotente. Se dio prisa y se colocó detrás de él.
―Perdona, ¿de verdad está cerca el fuego?
Él asintió.
―Está justo detrás de estos árboles que estamos sobrepasando. Tenemos que cambiar de dirección. Lo más peligroso es que nos rodee.
―El helicóptero, ¿cuántas plazas tiene?
Era lista y perspicaz.
―Seis plazas. ―Eran ocho. Él se dio cuenta de que pensaba en el número―. Nosotros nos quedaremos.
Adrián llevaba un paso muy rápido y Marcos no podía menos que admirar a su compañero, tenía los nervios de acero. Las chicas iban cansadas y tenían miedo; los chicos se limitaban a avanzar. La única que parecía serena era esa chica, Marta. Ahora iba detrás de Adrián y estaban charlando, y por la cara de su amigo no parecía molestarle su compañía.
―¿Queda mucho camino?
Adrián se giró y la miró, no parecía cansada, sino más bien preocupada.
―Estamos a una hora más o menos.
―¿Crees que podrá aterrizar el helicóptero?
Él se encogió de hombros.
―Eso espero. ―El walkie que llevaba sonó―. Perdona. Aquí la Patrulla de rescate, tenemos al grupo de jóvenes. Vamos a intentar llegar al refugio tres, el fuego intenta rodearnos ―se giró hacia Marcos y este asintió con la cabeza.
―Perfecto. Mandamos un halcón de rescate. ¿Cuándo llegaréis?
―En una hora más o menos ―respondieron al otro lado de la línea.
―Allí nos vemos, patrulla. Id con cuidado, hace mucho viento y el fuego es muy traicionero.
Marta lo miraba embelesada; cuando se dio cuenta, apartó la vista.
―¿Qué hacíais en el bosque?
―Íbamos de acampada y decidimos ir a hacer un poco de senderismo. No sabía que se querían bañar.
―¿Vives cerca de aquí?
―No, vivo en una gran ciudad y buscaba relajarme del agobio.
―Vaya, y te has metido de lleno en un incendio.
―Tú… ¿vives aquí?
―Sí, vivo cerca de la Base forestal.
―Es un lugar precioso, y una pena que ocurran estas cosas.
―Sí, todos los años se repite, y más en verano. Pero las proporciones de este son grandes.
―Atención, localizado foco del incendio. Vamos a tratar de extinguirlo. Necesitamos ayuda. Repito: ayuda.
Un avión sobrevoló sus cabezas y dejó una rociada de agua sobre los pinos cercanos a ellos.
―Lo tenemos muy cerca, ¿notas el olor? ―Ella asintió―. Si te resulta difícil respirar, anúdate un pañuelo al cuello. ―Notó cómo ella se estremecía de miedo―. Tranquila, pronto estarás en tu casa descansando.
―Y tú, ¿qué harás?
La pregunta le llegó al alma.
―Intentar sobrevivir.
De pronto algo en ella cambió.
Marcos era consciente del peligro y maldijo por lo bajo. Iba a ser difícil salir ileso de ese infierno. Adrián miraba a su amigo, sabía en lo que estaba pensando. Enseguida vieron a los lejos la silueta de una cabaña y todos suspiraron de alivio. Adrián se acercó a su amigo.
―¿La has llamado?
Marcos le miraba espantado.
―¿Para qué? No quiero preocuparla más de lo que ya estará.
―Adrián, ¿pasa algo grave? ¿A quién tiene que llamar Marcos? ―dijo Marta preocupada cuando su amigo continuó la marcha.
Él dudó unos instantes antes de decirle algo. Esa mujer le provocaba cosas que hacía tiempo que no sentía y le daba pánico. Marcos entró en el refugio a llamar por radio para avisar de que estaban allí.
―Él y su mujer esperan un hijo. No quiere preocuparla porque no sabemos qué pasará cuando estéis a salvo.
Adrián observó e hizo señales al helicóptero, que ya se vislumbraba, para que aterrizara. Marta se marchó hacia el refugio aterrada por lo que le había dicho. Sabía que tenía que hacer algo, se lo decía su propio corazón y hasta su alma le gritaba. Entró decidida y con la esperanza de conseguirlo.
Al rato, todos salieron. Marta se fue con sus amigos y Marcos se acercó a su amigo.
―Adrián, esa chica vale. Me ha dicho que me vaya, dice que mi mujer no puede estar con la incertidumbre de cómo estaré en su estado. Me ha dicho que mi lugar está a su lado.
―Pero… ella no puede… ―Era horrible, ella no podía sacrificarse.
―Amigo, me parece que no la vas a hacer cambiar de idea. Te gusta, ¿verdad?
Adrián asintió.
―No te lo puedo negar, pero no quiero volver a ver a alguien en peligro y no poder ayudarle.
―Ella no es… Confía en ella, es fuerte.
―He pensado volver al lago, allí esperaremos ayuda.
―Sí, pero coge un par de chalecos. Las aguas son turbias. Espero verte pronto, y suerte. ―Los dos hombres se abrazaron.
Las chicas subieron sin decir nada a Marta, solo querían estar a salvo y les daba igual lo que ella hiciera. El helicóptero despegó con seis personas, seis fuera de peligro. Ahora eran dos y su misión era sobrevivir.
―Vamos a comer algo rápido, necesitaremos las fuerzas ―dijo Adrián mirándola de reojo.
Ella asintió y se sentaron a comer unas latas frías para no perder tiempo.
―Tenías que haber dejado a Marcos, él tiene más experiencia y…
―Prometo que no seré una carga. Él se merece estar con su mujer. No quiero pensar en ella si a él le hubiera pasado algo. ―Se le escapó un sollozo―. Lo siento, soy demasiado sensible.
Él le puso las manos sobre los hombros.
―Eres la mujer más fuerte que he conocido. Nadie hubiera hecho lo que tú.
Ella le miró a los ojos.
―Nunca me he encontrado en una situación tan al límite. Espero no perder los nervios.
―Estaré a tu lado para ayudarte. ―Cuanto más la miraba, más se perdía en ella―. Tenemos que irnos, ¿estás lista para una marcha ultrarrápida?
―Me parece que sí.
Siguieron la misma ruta por la que habían llegado hasta allí, pero era diferente porque el fuego había empezado a hacer brechas en los árboles y les llovía una mezcla de hojas, ramas y cenizas. Marta se colocó la camiseta que llevaba en la mochila en el pelo, no quería quemarse. Él admiró su inteligencia. A mitad del camino se pararon a beber agua.
―No estamos muy lejos.
Ella observaba el bosque, lo que antes parecía apacible ahora era un infierno, sus ojos se nublaron de lágrimas.
―Qué lástima, cuánto daño. ¿Ha sido provocado?
Él asintió.
Las ramas caían con más fuerza, tenían que salir de allí enseguida. Una de las ramas golpeó a Adrián en la cabeza y le abrió una brecha en la ceja.
―Espera, hay que lavarla.
Él la cogió de la mano y la guió hasta una zona un poco menos peligrosa.
―Tenemos que salir de aquí…
Cuando pararon, Marta le echó un poco de agua sobre la herida y entonces recordó algo, rebuscó en la mochila y orgullosa de su proeza, sacó un pequeño botiquín.
―Menos mal que no lo tiré en el lago. ―Le puso dos tiritas juntas para que por lo menos no se le infectara.
Él la miraba asombrado.
―Eres maravillosa. ―No pudo remediar poner sus labios contra los suyos en un tierno y casto beso―. Continuemos. ―La volvió a coger de la mano como si fuera lo más natural.
Marta aguantaba la emoción, este hombre fuerte y tierno se le estaba metiendo en el corazón. Antes de llegar al lago, una multitud de troncos cortaban el camino. Adrián se quedó pensativo.
―Lo mejor sería cambiar de dirección otra vez, pero perderemos tiempo.
―Yo no sé ni por dónde voy, ¿cómo lo haces?
Él se rio.
―Es cuestión de haber pasado muchas veces por el mismo sitio. Conozco el bosque muy bien. Cuando era pequeño, solía venir con mi hermano y…
Marta lo miró, por el deje de su voz...
―¿Os pasó algo?
―No hablo a menudo, no de eso. Nos gustaba pasear y nos perdimos. Mi hermano era mayor que yo y aun así no sabía por dónde íbamos. Se cayó y se rompió la pierna. Estuve con él todo el rato, no podía hacer nada más. Y yo hice una promesa, nunca me volvería a perder en un bosque.
Marta le echó los brazos al cuello y le abrazó. Se había enamorado de ese hombre tierno y no sabía cómo había sucedido en tan pocas horas que lo conocía.
―Eras solo un niño, no pudiste hacer nada. Lo más importante es que estuviste con él y eso nunca lo podrá olvidar.
―¿Dónde has estado todo este tiempo? ―Adrián alzó la vista y la abrazó más fuerte. La besó con todo lo que tenía dentro guardado.
―Me parece que muy lejos de ti ―ella lo dijo en broma.
―Espero que cuando esto termine, quieras cenar un día conmigo y podamos conocernos mejor.
―Eso suena muy bien. ―Continuaron abrazados durante unos segundos.
―Estoy en el cielo, pero debemos continuar. ―Ella asintió y notó cómo él le agarraba de la mano―. No me gustaría perderte en este infierno.
―No me vas a perder. ―Para ella era como un sueño y no quería separarse de él.
Intentaron cruzar por en medio de los troncos, para atajar camino, y Marta se hizo un profundo corte en una pierna. Pararon un momento y Adrián hizo un gesto de preocupación, le sangraba mucho y no se paraba.
―Es un poco profundo. Voy a hacerte un torniquete.
―¿No dicen que es peligroso?
―Lo es si no sabes hacerlo. No te preocupes, soy un experto. ―Se quitó la mochila y rebuscó dentro, de donde sacó una venda blanca y una tela―. Espero que no te quede señal, tienes unas piernas muy bonitas. ―Ella se sonrojó y él se puso serio.
A ella le encantaban sus cambios de humor, lo mismo estaba contento y relajado, que se ponía serio y tenso. Estaba enamorada de él como nunca antes lo había estado. Se mareó un poco y dejó caer sus manos en los hombros de él.
―Tranquila, casi está. Recuéstate un poco. ―La ayudó.
Marta estaba mortificada, era una posición muy íntima. Él le rozaba el muslo y para ella era algo sumamente erótico.
El verla tan sumisa y relajada le robó el corazón. No entendía lo que le pasaba con ella, le había contado algo que nadie sabía. Y sus besos le habían puesto al límite de sus fuerzas.
Dios, la deseaba, pero no solo en su cama. La deseaba en su vida, alegrándole con esa dulce sonrisa. Quería conocer sus gustos, dónde vivía, qué hacía; lo quería saber todo de su vida.
―Ya está, ahora voy a vendar un poco la herida para que no se infecte.
―Me siento de pronto cansada.
Era normal, había perdido bastante sangre.
―Estamos casi en el lago. Voy a llamar a la Base, descansa.
―No me dejes sola, me da pánico.
Él se acercó y la abrazó contra su cuerpo.
―Aquí patrulla de rescate ―pronunció sin separarse de ella con el walkie ya en la mano―. Soy Adrián, estoy cerca del lago. Mi acompañante está herida en la pierna. Necesitamos ayuda. Repito: necesitamos ayuda.
―Aquí Base: recibido. Mandamos hidroavión. En unos minutos estaremos allí.
―Marta, escucha, ya vienen. Tenemos que ir hacia el lago.
―No puedo, lo siento, no tengo sensibilidad en la pierna.
Adrián sintió un súbito pánico, eso era una mala señal.
La cogió en brazos, quedaba muy poco y la llevaría aunque le costara la vida. No la abandonaría por nada. Los últimos metros fueron duros, a parte del equipo que llevaba, el cargarla a ella era demasiado para él. Marta notaba que volaba, la llevaba en brazos. Abrió los ojos y vio el lago cerca.
―Adrián, espera. Me encuentro mejor ―susurró sintiéndose muy débil.
Él la miró, ya no estaba tan pálida. La bajó y la mantuvo abrazada a él.
―¿Seguro? No me cuesta nada llevarte. Para mí es un placer ―dijo Adrián sonriéndole.
Ella miró las aguas del lago y no pudo evitar estremecerse.
―¿Qué vamos a hacer?
―Me temo que tenemos que meternos, el hidroavión para en medio. He traído dos chalecos. ―Adrián se dio cuenta de que le cambió la cara, estaba aterrada.
―No, eso no. No te das cuenta de que no estaba dentro bañándome. Me da pánico, no ver el suelo y…
―A mí tampoco me hace mucha gracia, pero tenemos que hacerlo. Los chalecos nos mantendrán a flote.
Ella se puso más pálida todavía.
―Marta, ¿qué pasa? ¿Tienes miedo?
―Sí, yo… cuando era pequeña me caí a un pozo. Sus aguas estaban frías y oscuras y no podía ver nada. Desde entonces me da pánico. ―Enterró su cara en las manos y sintió los brazos de él en torno a su cuerpo.
―Los dos tenemos fantasmas, pero juntos los vamos a vencer. No te voy a dejar. Dentro de unas horas nos reiremos frente a un buen plato de comida y…
―No, ante un buen baño. Me siento andrajosa ―dijo recuperando un poco el humor.
Él rio.
―Bueno, pues te reirás ante buen baño.
―¿No me dejarás?
―Nunca. ―Le terminó de atar el chaleco y se puso el suyo―. Adelante.
La cogió de la mano y empezaron a entrar en el agua. Ella se aferraba a su mano como queriéndole decir que no quería perderlo. Poco a poco avanzaron hasta que sus pies no tocaban suelo, pero gracias a los chalecos se mantenían a flote. Ella dio un respingo, él la cogió de la cintura y la acercó a su cuerpo.
―Tranquila. Estoy aquí.
―Me da pánico, no puedo.
Él se separó y la besó con todo el amor que sentía.
―Sí puedes. Eres una mujer fuerte y yo estoy a tu lado. ―Se quedaron abrazados en medio del lago, esperando.
El hidroavión voló sobre sus cabezas.
―Marta, ya está aquí. Estamos a salvo. ―El cuerpo de ella estaba laxo―. No te duermas, cariño. Te quiero, te necesito en mi vida. ―Pero ella ya no oía, se había desmayado.
El aparato amerizó y Marcos salió, les miró atemorizado cuando vio que ella estaba inconsciente.
Dentro del avión le pusieron una manta, Adrián estuvo a su lado durante todo el trayecto. Cuando llegaron al hospital le pusieron dos inyecciones: una para la hipotermia y otra de antibiótico.
Marta no sentía nada, solo una voz que le hablaba y una mano que cogía la suya. Había escuchado que él le decía que la quería, ¿lo habría soñado? Se estaba tan bien allí, sin dolor. Pero tenía que volver con él.
Adrián se paseaba por la habitación. No había descansado desde que habían llegado. Solo se había permitido cambiar su equipo por la ropa que Marcos le había llevado.
No podía dejar de pensar en lo que haría sin ella. Ahora que la había encontrado, no quería estar solo. Se sentó en la silla, al lado de su cama.
―¿Adrián? ―No había nadie, estaba sola, pero notó una mano que le acariciaba la mejilla.
―Estoy aquí, cariño. ¿Cómo te encuentras?
A Marta no se le escapó el apelativo cariñoso que le había dirigido.
―Me encuentro un poco débil. Me duele… ¿el trasero? ―Él se rio, era increíble su risa. Marta creyó que se desmayaría de nuevo.
―Te han puesto dos inyecciones. Una de medicina y la otra por la hipotermia.
Ella enarcó una ceja algo disgustada.
―Se han ensañado y les has dejado.
―No sabes cuánto lo siento. Pero era lo mejor ―reconoció Adrián haciendo un mohín.
Ella lo miró, se había quitado el uniforme y llevaba unos vaqueros y una camiseta negra. Si ya le había parecido atractivo con el uniforme, con esa ropa le resultó demoledor. Entonces se acordó de algo y sonrió de forma pícara.
―Me debes un baño ―dijo mirándolo a los ojos.
Él rio a carcajadas y ese sonido llenó el corazón de Marta de amor.
―En cuanto salgas de aquí, cumpliré mi promesa.
―¿Y el trabajo?
Él la miró fijamente.
―Merezco unas vacaciones después de haber salvado a una mujer muy valiente. Eso si quieres estar conmigo.
―Sería fantástico, me parece que me he hecho dependiente a ti. ―Marta sintió su mirada oscura llenándola por completo―. Además, me parece que he soñado algo.
―¿Qué has soñado? ―Él enarcó una ceja. Sabía lo que iba a decirle.
―He soñado que antes de subir al avión me decías que me querías ―susurró Marta poniéndose roja como un tomate.
Él sonrió cuando notó que se sonrojaba.
―No lo has soñado, lo dije de verdad. Estoy loca, perdida y completamente enamorado de ti. Espero que te lo creas, aunque solo nos conozcamos de poco menos de un día ―confesó Adrián con pasión.
Ella sonrió, no le parecía raro porque ella sentía lo mismo por él.
―Te quiero, Adrián, y no quiero separarme de ti nunca.
***
A las pocas horas le dieron el alta y se fueron a la vivienda de él. Era una casa bonita con un pequeño jardín en la parte trasera. Él estaba contento, por fin su casa sería un hogar verdadero.
―¿Te gusta? ―Adrián había sentido su nerviosismo durante el camino―. Espero que quieras vivir aquí conmigo, porque es lo que más deseo. No sé si podrás dejar tu trabajo y…
―Oh, Adrián, jamás imaginé esto. Estoy tan feliz. Me encantaría vivir en tu casa. Por el trabajo no me preocupo, puedo buscar algo aquí. Soy maestra.
Él la miró lleno de felicidad.
―Mi casa, no, cariño. Nuestro hogar. ―Esas palabras se clavaron en su alma―. Ahora me parece que te debo un baño, y yo cumplo mis promesas.
El baño estaba en la planta de arriba y cuando entró, se sorprendió. La bañera estaba cubierta de velas que él había encendido y llena de agua caliente. Dejó caer un frasco, y un suave olor a jazmín le inundó los sentidos. Era un ambiente íntimo y relajado.
―Ahora disfruta de tu baño con tranquilidad. Te dejo a solas…
―Espera. ―Ella se mordió el labio, era la hora de demostrar sus sentimientos―. Nunca me imaginé un baño individual. ―Se giró para mirar la bañera y luego le miró a él―. Cabemos los dos.
Era lo más íntimo que le había dicho una mujer. La miró embelesado.
―¿Estás segura? ―dijo atascándose con las palabras.
Ella asintió mientras se acercaba a él. Sus manos se posaron en su pecho y empezó a desabrocharle los botones de la camisa blanca que llevaba.
―No hay nada que desee más que estar contigo.
―Escucha, si me meto en esa bañera contigo, no me voy a estar quieto. Te deseo tanto que me duele.
―Yo no he dicho lo contrario. También te deseo.
Sus ropas desaparecieron enseguida, ansiosos ambos por sentirse y acariciarse. Pronto fueron dos personas amándose como nunca antes lo habían hecho. Fue una experiencia íntima, erótica y con mucho amor. Sobre todo amor, porque ambos se habían encontrado.