País Relato - Autores

ramón san miguel coca

lidia y los hombres feos

A última hora de la tarde, mi puñetero jefe me entretuvo más de la cuenta con una de esas reuniones que luego no sirven para nada, por lo que salí tarde, cansado y cabreado de la oficina. Siempre pasa en agosto. Como no hay nada que hacer, el hombre se inventa reuniones tontas para mantenernos ocupados y fastidiarnos la tarde. En fin. Bueno, menos mal que yo vivo cerquita, justo al otro lado de ese parque tan bonito que nos han construido y en un rato, paseando, puedo llegar a mi sacrosanto hogar. Lo sentía por mis padres, que habían venido a pasar unos días, y sólo me veían un ratito por la noche...
Como es habitual por estas fechas, la ciudad estaba prácticamente vacía, con toda la gente de vacaciones en la playa. Y, por supuesto, hacía un calor de morirse. Pero yo no me quejo. Después de todo prefiero tomarme mis vacaciones en septiembre, cuando los lugares que me gustan ya no están tan llenos de multitudes ansiosas de sol y mar...
Mi camino habitual me llevaba atravesando el parque. Sin embargo, ese día dudé. Quería ir a comprar el libro ese tan comentado en Internet, aunque el recorrido fuese algo mas largo. Nada, nada, que mis padres esperen un poco más. Rodearía el parque y me lo compraría...
No había ni comenzado a andar, cuando me sobresaltó un grito procedente del interior del parque...
* * *
...cuando me sobresaltó un grito justo frente a mí. Allí, en la placita central del parque dos tipos muy raros acosaban a una mujer, casi una chiquilla. Menos mal que había decidido pasar de buscar el libro ese y atravesar el parque para ir a casa y cenar tranquilo con mis padres. La chica parecía estar a punto de ser atracada o violada. No suelo ser un tipo violento, ni mucho menos, de hecho siempre he sido un poco cobardón. Pero había algo en el rostro de la chica, una mirada de súplica, que me decidió a actuar. Sin pensarlo más, salté hacia ellos como un resorte, gritando a todo pulmón. Si consiguiera que se asustaran y se largaran...
—¡Dejad a la chica, hijoputas, cabrones! —aullé.
Se volvieron hacia mí. Vi entonces que estaban armados con navajas, y me acojoné un poco, claro. Me detuve en seco.
—¡Pírate, tío! —me dijo uno de los sujetos—. ¡Pírate o te rajamos a ti también!
Trague saliva. Retrocedí...
* * *
—¡...a ti también!
No hice caso de la advertencia. Siempre había sido un tipo lanzado, y ahora no me volvería atrás. No podía dejar a la chica en su poder. Caí sobre el primero de ellos y le solté un empujón que le hizo caer al suelo. Me volví hacia el otro. Pero el hombre había dejado caer la navaja y había echado a correr.
—¿Estás bien? —pregunté a la chica. No me respondió. Puso cara de horror, y comprendí que había cometido un error fatal al descuidar al caído asaltante cuando noté la punta de su navaja rasgando mi espalda y entrando en mi carne...
* * *
Puso cara de horror, y comprendí. Me giré con la rapidez que me da el entrenamiento diario en el gimnasio, justo a tiempo de esquivar el navajazo del cabrón, que sólo me rasgó la sudada camisa que llevaba. Le golpeé con el canto de la mano justo en el cuello. El tipo gritó y volvió a caer.
—¡Lárgate, idiota de los cojones, o te rompo la cara! —le espeté. El hombre se medio arrastró con los codos hacia atrás, se levantó y echó a correr en pos de su coleguilla, mirando de vez en cuando hacia mí con cara de miedo...
Resoplé, aliviado. Recuperé la respiración y me quité el sudor que caía a chorros por mi cara.
La chica me miraba con ojos de carnero degollado. No parecía estar nerviosa en absoluto, lo que contrastaba con sus gritos anteriores. Era linda, con grandes ojos oscuros que miraban con una cierta inocencia en ellos. Me di cuenta enseguida de que no era normal...
—¡ Gacias...! —me dijo con una voz algo estrangulada—. Eres bueno... ayudaste a Lidia... Esos hombres son malos, como los feos...
—Ya pasó, chica. No creo que vuelvan. ¿Qué hacías tan sola en el parque?
—Me persiguen. Los hombres feos. Me quieren hacer algo, pero no les dejo...
Menee la cabeza.
—No temas, ya pasó todo. Ahora no te harán daño.
—¡No! Volverán los hombres feos. Por eso te llamé, te ayudé... Tú me salvas...
—Está bien, está bien —dije, sin entender nada de nada. No insistí, me venía el bajón tras el subidón de adrenalina anterior. Y tenía sed, mucha sed. Si lo llego a saber, hubiera traído una botellita de agua de la oficina—. Oye, ¿no llevarás agua en tu bolso, no? Este parque no tiene ni una miserable fuente para echar un trago, el que lo diseñó debe odiarlas...
* * *
Estaba tan sediento que me acerqué a la fuentecilla que había en un lado de la placita. El diseñador había puesto fuentes de agua por todos lados. Debía estar obsesionado con ellas... Eché un largo trago y me refresqué. Acabé con toda la cabeza y parte de mi ropa mojada...
—Bueno, y ahora... ¿Qué hago contigo? Es ya casi de noche y no te voy a dejar sola... ¿Te llevo a algún lado?
—Lidia está sola, no tiene familia ni casa, no tiene sitio para dormir... ¿Lidia se va contigo? ¿A tu casa?
La miré con pena.
—No puede ser, Lidia, cariño —le dije, apesadumbrado—. Te llevaré con alguien que pueda cuidarte. La policía puede...
—¡NO! Tú eres mi protector... Para cuando lleguen los hombres feos. Siempre vienen. Puedo echarles, pero siempre vienen. Tú me proteges cuando duerma ¿Sí?
—Mira Lidia... la policía sabe como tratar estas cosas. Ellos te llevarán a algún lugar de acogida, un sitio con otra gente como tú...
—No hay nadie como yo. Soy especial... por eso me buscan los hombres feos.
—Pues no sabes como lo siento, pero no va a poder ser, Lidia. En mi casa están mis padres, que han venido a pasar unos días, y no tengo sitio para ti.
* * *
—Mira, va, vale, está bien —me rendí ante su suplicante mirada—. Tienes suerte de que mis padres terminaran ayer sus vacaciones y se hayan marchado, si no, no hubiera tenido sitio para que te quedaras. Haremos una cosa. Hoy vienes a mi casa conmigo, y mañana me tomo el día libre para ayudarte a encontrar un sitio adecuado donde puedan atenderte en lo que necesites, ¿te parece bien?
La chica sonrió de una forma encantadora. Por supuesto que le parecía bien... Me cogió del brazo y comenzamos a caminar. Durante el recorrido, me dijo que siempre había estado sola. No recordaba haber tenido familia ni casa. Vagaba por ahí, sin más. No cuestioné su historia. Aunque realmente extraña, me pareció que estaba divagando, que era una enferma mental escapada de algún sitio, y que mejor no contradecirla para evitar problemas. Al día siguiente la llevaría con la policía y ellos se encargarían...
No nos cruzamos con nadie en todo el camino hasta llegar a mi casa.
La chica estaba encantada con el lugar. Lo miró todo, con una curiosidad infantil que despertaba en mí unos extraños sentimientos de protección. Incluso saltó de alegría y dio palmas cuando le enseñé el que iba a ser su cuarto.
—¿Y tú? ¿Estarás aquí también? —me preguntó.
—No, claro. Yo duermo en mi cuarto, justo enfrente.
Aquella respuesta pareció inquietarla.
—No, no. Tú eres protector. Hice que vinieras a mí. Te mostré tu tarea haciendo que me salvaras de los hombres malos del parque. Tú estás en mi cuarto de noche, vigilas, me proteges cuando vengan mientras duermo. Siempre es así.
—¿Siempre es así? —repetí confundido por sus crípticas palabras.
—¡Claro! —respondió con toda naturalidad—. Cada vez que duermo. Entonces no controlo y si vienen no puedo echarlos...
No entendía nada. ¿De que estaría hablando? Empezaba a pensar que la chica no solo era infantil, sino que encima estaba completamente paranoica por algún motivo. ¿De donde habría salido?
—Pero Lidia... ¿Quién va a venir aquí? Es mi casa. Estas a salvo. Nadie te encontrará, ya que nadie sabe que estás aquí.
—Sí. Los hombres feos lo saben. Siempre me encuentran. ¡Mira! ¡Ya están aquí! —gritó abriendo los ojos.
En mi mente comencé a escuchar un zumbido. Una luz azulada al parecer salida de la nada, iluminaba el recibidor. En su interior, unas sombras altas y grises comenzaban a materializarse...
—¡Los hombres feos! —gritó Lidia, señalando—. ¡Fuera! ¡Marchaos!
* * *
—¿Ves? Lidia te lo dijo —insistió— Siempre me encuentran.
—Pero ¿quién? ¿De que hablas? Aquí no hay nadie... —repuse.
—Tú no te acuerdas. Siempre pasa. Las cosas cambian, ellos se van y nadie se acuerda de nada. Porque yo controlo. Pero si me duermo, ya no controlo y se me llevarán. ¿Lo entiendes?
—Ni papa, tía —contesté, algo malhumorado. Estaba un poco harto, así que cedí de nuevo—. Mira, está bien. Me quedaré sentado aquí y te vigilaré toda la noche. ¿Te parece mejor?
De nuevo se iluminó su rostro... ¡Coño! Cada vez que sonreía de esta manera, no podía evitar sentirme como un caballero andante. Suspiré. Me aguardaba una larga noche. Le había prometido que velaría por ella, y lo cumpliría.
Preparé una cena rápida a base de tortillas...
* * *
Le encantaron los macarrones que había preparado para cenar. Yo sólo sé cocinar dos cosas: huevos y pasta. Menos mal que se me ocurrió pensar que con su carácter infantil preferiría la pasta... Luego me dijo que no soportaba los huevos en ninguna forma.
Lidia estaba cansada, después de tantas emociones, y quiso acostarse pronto. Le presté una de mis camisetas, y se fue a la cama tras darse una ducha...
Tomé el libro y me puse a leer.
No sé que me ocurrió. De verdad. Los acontecimientos de esa noche permanecen algo confusos en mi mente. Creo que entre el cansancio acumulado, y que el libro era bastante aburrido, pues me dormí. No se cuanto tiempo estuve durmiendo, pero el caso es que me sobresaltó un curioso zumbido que se te metía hasta los mismos huesos, y de repente me vi envuelto en una luz brillante azulada. Dos altas figuras grises se alzaban frente a mí. Eran feos, calvos, con una extraña nariz en forma de trompa y unos grandes ojos redondos que no parpadeaban nunca. No me cabía duda. Eran los Hombres Feos a los que Lidia parecía temer tanto.
Me levanté lo más rápido que pude y quise gritar, advertir a Lidia. Pero una voz en mi cabeza me detuvo en seco.
—No lo hagas, terrestre. El destino del Universo depende de que nos dejes hacer lo que debemos.
No me enteraba de nada. Era curioso, pero no sentía el menor miedo. Sólo curiosidad. ¿Quiénes eran esos seres? ¿Y que tenía que ver Lidia con el destino del Universo? Debieron leer las preguntas en mi mente, porque uno de ellos permaneció a mi lado y me «habló» directamente dentro de mi cabeza.
—Mereces respuestas. Eres el primero que conseguimos que nos escuche mientras ella duerme. Los otros que ella busca siempre la despiertan, y entonces lo vuelve a cambiar todo.
—¿Cambiar todo?
—Es un ser especial. Capaz de rehacer la realidad a su antojo. Si algo no le gusta, o no se ajusta a sus pensamientos, cambia la realidad de algún modo que no alcanzamos a comprender. Eso está afectando a todo el cosmos, no solo a este planeta perdido. Sus continuas manipulaciones han causado que ya hayan desaparecido razas inteligentes enteras de las que solo nosotros somos conscientes de que existieron alguna vez, en algún sitio. Si no la detenemos, llegará el día en que la realidad cambie tanto que nuestro universo se convierta en algo completamente diferente, con otras leyes naturales. O simplemente, si lo decide, puede hacer que este universo no haya albergado vida nunca... Comprenderás que debe ser detenida y tanto ella como el Universo protegidos contra su extraordinario poder. Nosotros, los Thorbitas podemos hacerlo. Por suerte nuestra avanzada técnica detectó su existencia y lo que estaba haciendo. Llevamos mucho tiempo tratando de detenerla... por su propio bien.
Era muy raro. Les creía. De alguna forma, sabía que decían la verdad.
—Pero... eso que dices... es como si ella fuera Dios... —atiné a decir.
—Ese concepto me es ajeno, terrestre. Pero su ilimitado poder la pone por encima de cualquier otro ser viviente del cosmos, sí. Por suerte, tenemos los medios para contenerlo. Así que ahora nos la llevaremos a un lugar lejano donde estará a salvo y ya no podrá afectar al destino del Universo. No sufrirá daños, no temas. Vivirá una vida digna, aprenderá, será feliz... Somos benévolos...
La segunda figura gris apareció llevando en brazos a Lidia. En su cabeza había colocado un casco de aspecto complejo, lleno de tubitos y cables.
—Ahora ya no puede hacer nada. Adiós, terrestre. Has fallado como su protector, pero has salvado el Universo.
Las figuras desaparecieron, y la luz que les envolvía desapareció con ellas...
Me quedé en pie, solo y confuso, sin saber que pensar. Sin embargo, mi confusión no duró mucho, pues me invadió un dulce sopor. Seguro que era algo que debieron hacerme en la mente esos extraños tipos... Caí dormido sobre la misma cama que un rato antes ocupaba Lidia.
Al día siguiente desperté aún más confuso. Intenté repasar los acontecimientos de la noche. De alguna forma, la ausencia de Lidia, de su sonrisa, me perturbaba. ¿Estaría bien? Esos ¿thorbitas? Me parecieron completamente sinceros... pero... me incomodaba pensar lo que harían con la chica. Su gran poder podía ser una tentación, si aprendían a manipularlo gentes sin escrúpulos. Y eran unos expertos en el dominio de la mente. Podían haberme manipulado para que les creyera sinceros. Cada vez más, me iba convenciendo de que de alguna manera yo había sido engañado. A ver si...
* * *
Meneé la cabeza. El sol entraba por la ventana, iluminando todo el cuarto. Deseché todo pensamiento oscuro y me asomé al exterior de mi cubículo. Otro día de verano, radiante y soleado, que prometía tanto calor como el anterior. Pero yo me notaba refrescado y descansado, después de haber dormido perfectamente durante las ocho horas de reglamento. Estaba listo para emprender una nueva jornada de duro trabajo. En la calle la actividad ya había comenzado, al igual que otros días, sin importar que fuera verano o invierno. Los aerocoches zumbaban, mientras que la gente, formada en apretadas y alegres filas, se dirigía ordenadamente hacia su trabajo, guiados con la firmeza habitual por sus amos grises...
Sonreí. Al igual que millones de personas en la Tierra y de incontables seres en las remotas estrellas, me esperaba un nuevo y brillante día de servicio y gloriosa sumisión bajo el imperio de nuestros sabios y benévolos amos thorbitas, la raza superior destinada a gobernar desde siempre y para siempre el Universo entero...