Consciente del momento, el doctor Wells asumió una pose grave e hizo un gesto con la cabeza hacia los congregados, todos ellos eminentes físicos y científicos que le miraban con desaprobación, antes de mirar a las cámaras que recogían en directo el acontecimiento para transmitírselo al mundo. Que le importaba que sus pares creyeran vana esta exhibición ante tal experimento. Iba a ser el más famoso científico de todos los tiempos. Sonrió al pensarlo.
—Asisten ustedes a un momento clave en la historia de la ciencia —dijo ampulosamente—. Por primera vez, damas y caballeros, un hombre, un ser humano, va a cruzar la barrera del tiempo. ¡Este hombre! —señaló dramáticamente al joven estudiante vestido con mono y casco, que aguardaba, algo nervioso, junto a la portezuela de la cápsula temporal— Sí, este ser humano, en representación de la Humanidad, hará un viaje más importante que el de Colón a América, o el de Armstrong a la Luna. Pues viajará a donde nadie ha ido antes... ¡al pasado! Hoy es posible un viejo sueño de la humanidad... Desde este momento el pasado y su historia, o el futuro y sus misterios quedarán abiertos a la experiencia humana directa —durante media hora más el doctor continuó su rimbombante discurso pero al ver que el realizador le hacía una seña impaciente, decidió terminar—. Y ahora, aunque tenemos al propio tiempo en nuestras manos, el momento de hablar se está acabando... Así que nuestro valiente pionero comenzará ya su extraordinario viaje, yendo exactamente mil años atrás, y regresará para contárnoslo. ¡Adelante, valiente! —concluyó.
En medio de toda la expectación creada, el viajero abrió la puerta con un gesto muy ensayado, se introdujo en la cápsula, un artefacto de la forma y tamaño de una antigua cabina telefónica, y sonrió, saludando con la mano antes de cerrar. Pasaron unos minutos, y entonces, por megafonía, sonó su voz hablando desde el interior del vehículo temporal.
—¡Todo listo! ¡Indicadores en Verde! Partida en 10... 9....
El doctor Wells tragó saliva. Aunque los experimentos previos habían ido bien, y confiaba plenamente en su artilugio hasta el punto de preparar el espectáculo que estaban viviendo, no podía evitar cierta sensación de que algo iba a ir mal.
—5... 4... 3... 2... —proseguía la cuenta atrás.
La cápsula comenzó a vibrar y emitir un ruidito como un zumbido. Destellos de luz y chispas cruzaron el casco... y al oírse un vibrante ...0 con un estampido la nave titiló... desapareció... y volvió a aparecer, casi sin solución de continuidad. El zumbido se apagó, así como las luces, y todo quedó en calma. ¿Qué había pasado? ¿Había fallado el viaje? Un murmullo recorrió la audiencia de sabios...
—¡No teman! Todo ocurre como estaba previsto... —exclamó Wells ante el micrófono, atrayendo la atención de la gente—. Pudiendo regresar a cualquier momento, decidimos hacerlo solo unos microsegundos después de la partida. Ahora, la puerta se abrirá y... ¡miren!
En efecto, la puerta se abrió. Un suspiro colectivo de alivio fue exhalado por los nerviosos asistentes, cuando comprobaron que era el joven viajero el que salía de la capsula. Pero... algo no debía ir bien: no sonreía, sino que su cara mostraba preocupación y nerviosismo, y agitaba en su mano un papel amarillo. Al salir, tropezó por la precipitación.
El doctor, micrófono en ristre, saltó hacia el joven, dispuesto a seguir siendo el conductor del show y atenerse al guión que tan meticulosamente se había trazado, con la mente más puesta en las cámaras que en el nervioso joven que tenía ante sí.
—¡Un éxito total! —dijo a las cámaras— Y ahora, aunque todo el viaje ha sido grabado y lo podrán ver ustedes cuando haya sido analizado, nuestro bravo viajero compartirá con nosotros su inigualable experiencia ¿Cómo ha sido tu viaje, valiente crononauta?
El joven miró a uno y otro lado, reluctante, pero ante la mirada de Wells comenzó a hablar.
—Bueno, es verdad que el viaje ha sido un éxito —dijo como comienzo—. La cronocapsula funciona bien. Pero... —hizo una significativa pausa mirando primero a Wells y luego al papel amarillo.
—Vamos amigo, cuéntenos lo que ha visto en el remoto pasado —le apremió el doctor, ajeno a la renuencia del crononauta a contar lo ocurrido.
—En realidad, no he llegado al destino previsto —dijo el joven. Wells dejó escapar un grito de sorpresa, pero el joven, ahora lanzado, prosiguió—. El viaje empezó como estaba planeado. Me introduje en la corriente temporal sin más. A mi alrededor, las pantallas mostraban las fluctuaciones del espacio tiempo, una especie de éter brillante lleno de manchas que se movían hacia mí y pasaban a mi lado a gran velocidad... Durante una media hora continué viajando, sin incidencias. Me acercaba ya a lo que sería mi destino, cuando ocurrió... Algo se materializó exactamente delante de la cronocapsula... —Un grito de sorpresa se elevó de la concurrencia al oírlo— Si, es verdad. No era yo el único viajero. Lo que tenía delante era otra nave cronal, pero mucho más avanzada que este miserable prototipo. Destellaba en colores azules, rojos y amarillos, y me envolvió en una especie de burbuja atemporal. Fue como si el tiempo se hubiera detenido del todo a nuestro alrededor. Entonces algo salió de la otra cápsula....
—¡Un contacto! ¡Has tenido un contacto con una entidad alienígena! —gritó sin poder contenerse el Doctor Wells.
—No. Era un ser humano, como usted o yo. Solo que... en fin, que me miró, y me instó en correcto inglés a regresar de inmediato aquí. Cuando me iba me dio esto... —mostró el papel a las cámaras.
—¡Un mensaje! ¿Qué nos dicen? ¿Qué importante comunicado nos mandan otros viajeros temporales? ¿Acaso una invitación a pertenecer a su hermandad de viajeros...?
—Me temo que no... —dijo compungido el crononauta— Era un policía. Esto es una multa de cien mil créditos por viajar en contra dirección por la cronovía, y conducir una máquina del tiempo sin carné...