—A mi burro, a mi burro
Le duele la garganta
Y el médico le manda
Una bufanda blanca.
David tenía cuatro años y era hijo único. Mientras canturreaba la canción recién aprendida en el colegio, jugaba tumbado sobre la alfombra. Su madre estaba sentada cerca del niño y leía una novela. Cuando la estrofa hubo percutido su cerebro por enésima vez, levantó la vista del libro.
—David, canta otra cosa, por favor. Y además no te revuelques así por la alfombra, que te estás poniendo perdido.
Y volvió a la novela, sin esperar el resultado de su amonestación.
El niño se calló y siguió jugando.
Con su mano derecha hizo avanzar los restos de un camión de plástico barato, mientras con la boca imitaba un sordo rugido que hacía pensar en un estertor de agonizante. Con su mano izquierda condujo un Renault 4-L en modelo reducido.
El coche y los restos del camión chocaron.
—¡PUMBA! ¿Ves, mamá? El apapanto tiene más fuerza que el cuatrele y lo puede. El camión era un apapanto y es enorme. ¿Verdad, mamá, que los apapantos son enormes?
—Enormes, sí —contestó la madre sin levantar la vista de la novela. Hércules Poirot estaba a punto de descubrir al asesino del Conde.
—Pero ¿a que Chercán puede a un apapanto? Claro que sí. Pero el apapanto era mágico y se va vuelando como Maripopis. ¡BRRRRRUUMMMM!
Y, para huir del tigre, el hipopótamo-camión se elevó por los aires con estruendo de jet. Luego, David cogió un trozo de plastilina negra y modeló una especie de ameba con dos largos brazos. La ameba se lanzó sobre un guerrero medieval montado sobre un caballo verde que anteriormente había tirado de una carreta del Oeste y lo englobó en su sustancia. Del desdichado caballero sólo emergieron los pies pintados de purpurina plateada.
—Y, ¡pumba!, va y se lo come. ¿Verdad, mamá, que se lo come? Porque era tan malo que se lo come. Y se ha comido ya lo menos a treintaidiez y veintinueve ochenta. Pero a mí no me come porque yo también soy bueno, pero no me come porque tengo a mi amigo, ¿verdad, mamá?
—Sí, hijito, sí —repuso su madre. ¡Ya estaba el niño con sus amigos imaginarios!
—Mamá, ¿verdad que amigu quiere decir que es amigo mío? Pero si se llama Ramigu es que es requeteamigo mío. Pero Amigu es que es bueno y Ramigu es que da mucha luz. Pero yo juego a que es amigo mío porque se llama amigu. Y por eso no me come el malo, ¿verdad mamá?
—…
—¿Verdad, mamá? ¿Verdad que es amigo mío?
—Sí, sí, claro que sí. —Estaba segura de que el asesino era Huntington, pero en estas novelas nunca se sabe.
—Y a ti tampoco te come porque eres mi mamá.
—Claro que no.
—Y a papá tampoco le come porque es mi papá. Y además cuando volva de la ofifina me va a traer un coche que se llama ochocientos cincuenta pesetas y Julito no tiene un ochocientos cincuenta pesetas porque es malo y los Reyes le han mechado carbón.
—Claro que sí.
—Y ahora se baja Dunagu del caballo y dice: «que voy a pelear al malo». Y llega: ¡que viene el malo! ¡Pum-pum-pum! «¡Te voy a pelear!». Conque se lo va a comer. ¿Ves, mamá, cómo se lo va a comer? ¿Lo ves, lo ves?
—¡Huy, qué miedo! —La madre levantó la vista durante una fracción de segundo. La masa de plastilina negra se acercaba ominosamente a otro caballero medieval, desmontado éste, que poseía unas piernas arqueadas entre las que colgaba un extraño órgano plateado y que iba armado de una espada y de un escudo.
—A mi burro, a mi burro
le duele la garganta
y el médico le manda
una bufanda blanca…
La madre prefirió no darse por enterada de la monótona cancioncilla que le acababa de prohibir. Un rayo de sol caía sobre la alfombra. El niño seguía jugando en el suelo y mascullando para sus adentros.
—¿Verdad, mamá, que tiene mucha fuerza?
—Claro que sí.
—Porque así le llamo para que le ayude, y como es amigo mío, pues le ayuda porque yo le llamo y como tiene mucha fuerza porque es mágico él me oye y viene y le ayuda y Dunagu es bueno y el malo se lo quiere comer porque es más malo que un apapanto. Pero no había apapantos ni tampoco sindios, ¿verdad que no había apapantos ni tampoco sindios? ¡Claro que no! Pero tiene mucha fuerza y él lo oye y viene. Pero la Princesa tampoco estaba. Y llegó el malo que se lo iba a comer. Pero tiene muchísima fuerza y mi amigo que se llama requeteamigo tiene que venir y le va a ayudar, o sea que le va a rolduer. Como me has dicho que me callo, no lo ha oído y el malo se los ha comido, pero ahora viene Dunagu que es el más bueno de todos y es un hére y tengo que llamar a mi amigo que se llama requetequeteamigo y por eso tengo que llamarlo para que ayude a Dunagu que es un hére. ¿Y verdad que me dejas que lo llame? Porque si no, se lo come. Y tiene muchísima fuerza para llamarlo porque es mágico. ¿Verdad, mamá, que tiene muchísima fuerza?
—¡Ya lo creo! ¿Quién tiene muchísima fuerza?
—La canción:
»A mi burro, a mi burro
le duele la garganta
y el médico le manda
una bufanda blanca.
Ilustración
Muy lejos de allí, o tal vez muy cerca, en otro mundo, en otro plano, en otra dimensión o en otra galaxia, acaso en el pasado o en el futuro, quizá en otro presente o sólo en la fantasía de un niño, nubes de tormenta se reunían, amenazadoras, sobre la llanura gris. La maldición de los dioses de las tinieblas habíase abatido sobre el país de Laragháun. Más de cien guerreros habían sido devorados por el Negro Señor de la Noche.
Decíase que el Negro Señor de la Noche había llegado al país de Laragháun desde una región arcaica y remota, perdida en un repliegue del espacio y olvidada por el tiempo en su devenir. Moraba en una caverna tenebrosa abierta al pie de una montaña y sus salidas en busca de presa eran precedidas por un oscurecimiento del sol. De la boca de la cueva emanaban entonces las sombras como en un crepúsculo precoz e inesperado. Cuando toda la llanura se había vuelto lúgubre y desolada y negra, aparecía en la boca de la cueva una masa de tinieblas enroscadas que era como un pulpo de sombras concentradas, como un núcleo de no-luz y de no-vida.
Los más poderosos guerreros, armados con espadas luminosas y lanzas de fuego, habían combatido al Negro Señor de la Noche, pero habían sido vencidos y devorados. Así habían caído Bran-udh ’Eadháun, los hermanos Eomund y Gael de Dunnéd y el gigantesco Kormak-udh ’Gáeledáin. Cuando las tinieblas se retiraban de nuevo a la caverna, quedaban en el suelo sus cuerpos marchitos, extrañamente momificados, quebradizos como una hoja seca. La hierba se había agostado y los árboles, secos, se deshacían en polvo al tocarlos. La misma llanura se había vuelto gris. Y el Negro Señor de la Noche cada vez se volvía más poderoso y cada vez extendía más el radio de su acción, pues era una forma de no-vida que se nutría de vida.
Aquella tarde, desde el mediodía, bajo nubes de tormenta, sólo en la llanura gris y armado con su refulgente escudo Colemán y su espada Talméd, el caballero Dunnagh-Udh’Falágháun —es decir, Dunnagh, señor de las tierras de Falágh— esperaba la salida del Señor de las Sombras. En él estaban puestas las últimas esperanzas del fabuloso país de Laragháun, antaño deslumbrante y hoy invadido por la ruina y la muerte. En el Castillo de Laragh, que pronto sería alcanzado por las sombras si no se detenía su avance inexorable, la Princesa se retorcía las manos, presa de una doble ansiedad: por la suerte de su reino y por la del noble caballero Dunnagh, de las tierras de Falágh.
Cuando las sombras comenzaron a brotar de la caverna, Dunnagh levantó al cielo su escudo Colemán y su espada Talméd para que se impregnaran de la luz del Sol, y los mantuvo alzados hasta que las sombras se condensaron y dos negros tentáculos de tinieblas surgieron de la cueva, tanteando torpemente hacia él, obscuramente atraídos por la luz y por la vida. El Negro Señor de la Noche apareció en la caverna y avanzó a tientas hacia el caballero deslumbrante.
Bañándose en el último rayo del Sol ahogado entre nubes y sombras, el héroe invocó fieramente al Señor de la Luz:
—¡Raméagh-Udh, Señor de la Luz! ¡Ven a mí, que lucho por ti! ¡Ayúdame, Améagh-Udh, Señor del Bien!
Durante largas horas Dunnagh combatió como un héroe o como un santo contra las fuerzas del Mal. Los destellos de su escudo Colemán rechazaron las tinieblas, y su espada Talméd, como un rayo luminoso, cortó tentáculos de sombra que cayeron retorciéndose al suelo. Mas eran muchos los brazos del Señor de la Noche y el caballero, agotado al fin, sintió llegada su última hora.
Pero en ese momento rompió el silencio una voz de bronce venida de los cielos:
—¡Raméagh-Udh, Señor del Bien y de la Luz, ha oído tu llamada!
Y en las alturas, desgarradas las nubes, refulgió un millón de soles nuevos. Sus rayos luminosos se quebraron en la pedrería del escudo Colemán y en el acero de la espada Talméd y de ellos nacieron mil rayos de colores que horadaron las tinieblas. Sintiéndose poseído por el dios, Dunnagh luchó con renovado ardor, y su brazo hizo describir a Talméd amplios círculos de luz que dejaron en el aire sombrío como una estela de gemas refulgentes.
Y de pronto el Negro Señor de la Noche estalló en un caos de luz. Su misma silueta negra y amorfa salió disparada hacia el cielo a mayor velocidad que el más veloz cohete, y en las radiantes alturas se desintegró en mil fragmentos de no-luz que fueron atraídos y disueltos por la luz cegadora de los soles nuevos.
Bañado en un resplandor glorioso, Dunnagh-Udh’Falágháun se hincó de rodillas y rindió homenaje a Raméagh-Udh. La llanura ya no era gris, pues la luz despertaba las chispas de colores que antes dormían en los mismos guijarros del suelo. Al fin había sido vencida la maldición del país de Laragháun.
La madre de David terminó la novela y la echó a un lado con la vaga impresión de haber sido estafada. El asesino del Conde había resultado ser el propio Conde. Lanzó un hondo suspiro y dirigió la vista distraídamente al niño.
La bola de plastilina había sido arrojada al fondo del cajón de los juguetes. El desmontado caballero de armadura daba volteretas, al parecer de júbilo, en el cuadrado de sol que caía sobre la alfombra. David seguía cantando la eterna y obsesionante canción infantil. Y, de pronto, su madre tuvo una sensación extraña y súbita, como si toda aquella escena que se desarrollaba ahora ante sus ojos ya hubiera sucedido en otra ocasión, acaso en otro lugar o en otro tiempo muy lejanos y muy próximos a la vez. Y sintió como si recuerdos importantes de hechos quizá nunca acaecidos pugnaran por salir del olvido. La habitación donde estaba le pareció de repente cambiada, como si nunca la hubiera visto así. El universo cotidiano quedó en suspenso durante unos segundos. Por un instante, todo fue distinto, primordial, inédito, inquietante y maravilloso a la vez. Y en ese instante transfigurado se dio cuenta de que la letanía que David seguía canturreando no tenía el sentido que ella había creído. La canción era la misma que le habían enseñado en el colegio, pero para el niño tenía un significado completamente distinto, un significado oculto que nada tenía que ver con las anginas de ningún borrico. La musiquilla era la misma, la letra aparentemente también, pero las palabras que realmente pronunciaba David eran nuevas, sonoras, exóticas, rotundas y desconocidas y sonaban a algo así como:
—¡Amigú Ramigú!
¡Roldué Laragán,
Talméd y Colemán,
Dunagu Falagán!