I
La Flota Corsaria llegó justo antes del amanecer. Desde su altura, a mil quinientos metros, la tierra se veía de un color gris azulado, neblinoso. Los canales de irrigación reflejaban las primeras luces como si estuviesen llenos de mercurio. Hacia el oeste brillaba el océano, que se disolvía a lo lejos en una masa púrpura moteada de unas pocas estrellas.
Loklann sunna Holber se empinó sobre la baranda del puente de su nave almirante y enfocó un telescopio hacia la ciudad. Un conglomerado de paredes, techos planos y cuadradas torres de vigía saltó hacia su vista. Las espiras de la catedral estaban teñidas de rosa por el aún oculto sol. No había en el aire ningún globo de barrera; debía ser cierto el rumor que decía que el Perio había abandonado sus provincias fronterizas a su suerte. Así que toda la riqueza transportable de Meyco debía haber sido llevada a S’Antón para su custodia, lo cual significaba que el lugar bien valía un ataque. Loklann sonrió.
Robra sunna Stam, el primer oficial del Buffalo, habló:
—Será mejor que bajemos a setecientos metros —sugirió—, para estar seguros de que los hombres no serán empujados por el viento fuera de las murallas al saltar.
—Sí —el capitán asintió con un gesto de su cabeza—. De acuerdo, a setecientos.
Sus voces parecían extrañamente fuertes allí arriba, donde tan sólo el viento y los crujidos del aparejo rompían el silencio. El cielo, alrededor de los corsarios, era una inmensidad oscura tachonada de color oro-rojizo hacia el este. Sobre la cubierta se había formado escarcha. Pero cuando las largas cornas de madera hicieron oír sus señales, no sonaron a interrupción, ni tampoco lo fue el distante griterío de órdenes desde las demás naves, ni el sonido de los pasos de las tripulaciones, ni el ruido de las cabrias y las bombas compresoras manuales. Para un Hombre del Aire, estos sonidos pertenecían a las alturas.
Los cinco grandes navíos bajaron en suaves espirales. Los primeros rayos del sol reverberaron en los dorados de los mascarones de proa, atrevidamente colocados sobre puntiagudas proas de góndola, y juguetearon por los extravagantes diseños pintados en las telas de los globos. Las velas y los timones se veían increíblemente blancos entre las últimas oscuridades del oeste.
—Mira ahí —dijo Loklann. Había estado estudiando el puerto a través de su telescopio—. Algo nuevo. ¿Qué podrá ser?
Ofreció el tubo a Robra, que se lo llevó a su único ojo. Enmarcado por el círculo de cristal se encontraba un muelle de piedra, y tinglados viejos de siglos, reliquia de los días de grandeza del Perio. Ahora eran usados en menos de un cuarto de su capacidad. La masa normal de pequeños y maltrechos barquitos de pesca, un solitario velero de cabotaje… ¡y sí, por Oktai, el que manda las tormentas; una cosa monstruosa, mayor que una ballena, siete mástiles que eran imposiblemente altos!
—No sé —el primer oficial bajó el telescopio—. ¿Un extranjero? ¿Pero de dónde? No puede ser de ninguna parte de este continente.
—Nunca he visto un velamen como éste —dijo Loklann—. Velas cuadradas en el palo mayor, triangulares en el trinquete y mesana… —Acarició su corta barba, que brillaba como cobre trenzado a la luz del amanecer. Era uno de esos hombres de cabello rubio y ojos azules tan raros aún entre el Pueblo del Aire, y desconocidos en cualquier otra parte—. Naturalmente —dijo—, no somos expertos en navíos de superficie. Tan sólo los vemos pasando.
En sus palabras se notaba un desprecio teñido de una cierta comprensión; por lo menos, los marinos eran buenos esclavos, aunque naturalmente el único vehículo digno de tal nombre para un guerrero era un dirigible corsario en las expediciones y un caballo en el hogar.
—Probablemente es un comerciante —decidió—. Si es posible lo capturaremos.
Fijó su atención en problemas más urgentes. No tenía mapa de S’Antón, y nunca antes lo había visto. Aquello era lo más hacia el sur a que el Pueblo del Aire había llegado en sus correrías, y casi lo más lejano que alguno de ellos había visitado nunca, ya que en épocas anteriores los aparatos aéreos eran todavía demasiado primitivos, y el Perio demasiado fuerte. Debido a esto, Loklann debía estudiar la ciudad desde arriba, a través de las errantes masas de vapor, y preparar sus planes sobre el campo. Estos planes no podían ser demasiado complicados, pues tan sólo disponía de las banderas de señales y de un pregonero con un megáfono para transmitir sus órdenes a los otros navíos.
—Esa gran plaza frente al templo —murmuró—. Nuestro contingente tomará tierra ahí. Los hombres del Stormcloud se ocuparán de ese gran edificio al este de la plaza… míralo… parece que sea la residencia del jefe. Allí, a lo largo de la muralla norte, se ven cuarteles y patios de armas: el Coyote puede entendérselas con los soldados. Que los hombres del Witch of Heaven aterricen en los muelles, ocupen los emplazamientos de la artillería de costa y ese extraño navío, y luego se unan al ataque a la guarnición. La tripulación del Fire Elk’s deberá descender frente a la puerta de la muralla este, y enviar un destacamento a la puerta del sur para embotellar a la población civil. En cuanto yo haya ocupado la plaza, enviaré refuerzos a cualquier parte donde sean necesarios. ¿Está todo claro?
Se sacó los anteojos protectores. Algunos de los hombres que se apiñaban a su alrededor vestían cotas de malla, pero él prefería una coraza de cuero endurecido, al estilo mong: era casi tan resistente, y mucho más ligera. Iba armado con una pistola, pero tenía mucha más fe en su hacha de combate. Un arquero podía disparar casi tan deprisa como un hombre con un arma de fuego, con la misma certeza, y además las armas de fuego se estaban volviendo fabulosamente caras de mantener en funcionamiento a medida que disminuían las fuentes de azufre.
Notaba una sensación que era como volver a ser de nuevo joven, abriendo los regalos en la Mañana de Pleno Invierno. Tan sólo Oktai sabía qué tesoros encontrarían, oro, telas, herramientas y esclavos, qué batallas, y hechos heroicos, y fama eterna. Posiblemente la muerte. Algún día era seguro que moriría en combate: había sacrificado tanto a sus dioses protectores que no creía que le pudiesen negar una muerte en batalla y la posibilidad de volver a renacer como un Hombre del Aire.
—¡Vamos! —gritó.
Saltó por encima de la baranda. Por un momento el mundo giró; tan pronto la ciudad estaba en lo alto como su Buffalo pasaba de nuevo por encima de él. Entonces tiró de la anilla y su arnés dio una sacudida, estabilizándolo. Alrededor suyo florecían paracaídas escarlatas. Calculó la velocidad del viento y tiró de una cuerda, dirigiendo su descenso.
II
Don Miuel Carabán, calde de S’Antón d’Inio, preparó una fastuosa fiesta para sus huéspedes Maurai. No era tan sólo porque ésta fuera una ocasión histórica, que tal vez señalase un punto de cambio en el largo declive. (Don Miuel, siendo esa rara combinación, un hombre práctico que al mismo tiempo podía leer, sabía que la retirada de las tropas del Perio a Brasil hacía veinte años no era un «ajuste temporal»: nunca volverían. Las provincias fronterizas estaban abandonadas a su suerte). Los extranjeros debían ser convencidos de que habían encontrado una nación rica, fuerte y básicamente civilizada: que era fructuoso visitar las costas Meycanas para comerciar e incluso concertar una alianza contra los salvajes del Norte.
El banquete duró hasta cerca de medianoche. Aunque algunos de los viejos canales de irrigación se habían cegado y nunca habían sido reparados, de tal forma que los cactus y las serpientes de cascabel ocupaban los pueblos abandonados, la provincia de Meyco todavía era fértil. Los jinetes de ojos oblicuos, los Mong de Tekkas, habían matado a innumerables peones cuando sus correrías de hacía cinco años —las horcas de madera y las guadañas de obsidiana eran una débil defensa contra sables y flechas—, de modo que pasaría otra década antes de que la población volviera a su nivel normal y reapareciesen las hambres periódicas. Así, pues, Don Miuel ofreció numerosos platos: ternera, jamón curado, olivas, frutos, vinos, nueces, café (este último desconocido para el Pueblo del Mar y que no había sido de su agrado), etc. A continuación vinieron las diversiones: música, juglares, una exhibición de esgrima realizada por algunos de los nobles más jóvenes.
Llegado este momento, el cirujano del Dolphin, que estaba bastante ebrio, se ofreció a ejecutar una danza de las Islas. Musculoso bajo sus tatuajes, su bronceada silueta efectuó una serie de contorsiones que hicieron aparecer rictus en los labios de los dignificados Dones. El mismo Miuel comentó:
—Me recuerda en algo a los «ritos de fertilidad» de nuestros peones —y lo dijo con una cortesía forzada que sugirió al capitán Ruori Rangi Lohannaso la idea de que los peones debían tener una cultura completamente distinta y no demasiado refinada.
El cirujano echó hacia atrás su coleta y rió.
—Ahora traigamos a tierra a las wahines y demostremos lo que es un buen hula —dijo en Maurai-Ingliss.
—No —contestó Ruori—. Me temo que ya debemos haberles causado mala impresión. El proverbio dice: «Cuando estés en las islas Solmón oscurece tu piel».
—No creo que ellos sepan cómo divertirse realmente —protestó el doctor.
—Todavía no sabemos cuáles son sus tabús —avisó Ruori—. Portémonos, pues, con gravedad, como esos hombres de barba puntiaguda, y no riamos o hagamos el amor hasta que estemos de vuelta a bordo entre nuestras wahines.
—¡Pero esto es estúpido! Que se me trague Nan, el de dientes de tiburón, si hago…
—Tus antepasados se avergüenzan —le dijo Ruori. Era una respuesta tan ofensiva como la que se puede dar a un hombre con el que se trata de entablar una pelea. Dulcificó el tono de su voz para quitarle algo de mordiente, pero el doctor debía de callarse. Lo cual hizo, murmurando una apología y retirándose ruborizado a un oscuro rincón, debajo de unos despintados murales.
Ruori se volvió hacia su anfitrión.
—Le ruego me perdone, S’ñor —dijo, usando la lengua local—. La maestría de mis hombres en el spañol es aún inferior a la mía.
—Naturalmente —la delgada figura enfundada en negro de Don Miuel hizo una pequeña y envarada reverencia. Al hacerlo, su espada se levantó, apareciendo ridículamente como una cola. Ruori oyó una mal contenida risa de uno de sus oficiales. Y sin embargo, pensó el capitán, ¿eran peores los pantalones largos y las camisas de volantes que los sarongs, sandalias y tatuajes de clan? No eran sino costumbres distintas. Uno tenía que navegar a lo largo de la Federación Maurai, desde Awaii hasta su N’zealann natal, y al Oeste hacia Mlaya, para poder comenzar a apreciar cuán grande es ese planeta y cuanto de él es un misterio.
—Usted habla nuestro lenguaje excelentemente, S’ñor —dijo Doñita Tresa Carabán sonriendo—. Tal vez mejor que nosotros mismos, ya que usted estudió textos viejos de siglos antes de embarcar, y el spañol ha cambiado mucho desde que fueron escritos.
Ruori le devolvió la sonrisa. La hija de Don Miuel lo merecía. El rico vestido negro acariciaba una figura tan hermosa como cualquier otra que él hubiera podido ver en el mundo; y aunque el Pueblo del Mar prestaba poca atención al rostro de una mujer, se daba cuenta de que el de ella era digno y bien formado, con la nariz de águila de su padre dulcificada por una curva suave, los ojos luminosos y el pelo del color de los océanos a medianoche. Era una pena que esos Meycanos, por lo menos los nobles, pensasen que una muchacha debía ser reservada tan sólo para el marido que eventualmente escogiesen para ella. Habría sido dichoso de haber podido cambiar sus perlas y plata por un lei y partir en una canoa del barco, tan sólo ellos dos, para contemplar la salida del sol y hacer el amor.
Sin embargo…
—En tal compañía —murmuró—, me siento estimulado a aprender el lenguaje moderno tan rápido como me sea posible.
Ella evitó el coquetear con su abanico, un hábito local que el Pueblo del Mar encontraba a veces hilarante y a veces enojoso. Pero sus párpados aletearon. Las pestañas eran muy largas, y sus ojos, él podía verlos, eran de un color verde moteado de oro.
—Usted está también aprendiendo las maneras de un cab’llero con la misma rapidez, S’ñor —dijo ella.
—No llame a nuestro lenguaje «moderno», se lo ruego —interrumpió un hombre de aspecto estudioso vestido con una larga túnica. Ruori reconoció al Bispo Don Carlos Ermosillo, un alto sacerdote de aquel Esu Carito que parecía emparentado con el Lesu Haristi de los Maurai—. No es moderno, sino corrompido. Yo también he estudiado los antiguos libros, impresos antes de la Guerra del Juicio. Nuestros antepasados hablaban el verdadero spañol. Nuestra versión del mismo está tan distorsionada como nuestra sociedad de hoy en día —suspiró—. Pero ¿qué puede uno esperar, cuando aún entre los bien nacidos no hay uno entre diez que sea capaz de escribir su propio nombre?
—Había más cultura en los días de gloria del Perio —dijo Don Miuel—. Debería usted habernos visitado cien años atrás, S’ñor Capitán, y haber visto de lo que era capaz nuestra raza.
—Y sin embargo, ¿qué era el Perio en sí mismo sino un estado sucesor? —preguntó amargamente el Bispo—. Unificó una amplia área, dio ley y orden durante un cierto tiempo, pero ¿qué es lo que creó de nuevo? Su historia fue el mismo triste cuento de un millar de reinos anteriores, y el mismo juicio ha caído sobre él.
Doñita Tresa se santiguó. Hasta Ruori, que poseía un diploma de ingeniería, así como en navegación, se asombró.
—¿Acaso atómicas? —exclamó.
—¿Cómo? Oh, las antiguas armas que destruyeron el viejo mundo. No, naturalmente que no —Don Carlos agitó la cabeza—. Pero en nuestra forma más limitada hemos sido tan estúpidos y pecadores como los legendarios antepasados, y los resultados han sido paralelos. Puede usted llamarle ambición humana o castigo divino; yo creo que las dos cosas se asemejan mucho.
Ruori observó fijamente al sacerdote.
—Me gustaría hablar más con usted, S’ñor —dijo, esperando que fuera éste el apelativo correcto—. Los hombres que conocen la historia en lugar de los mitos son raros en estos días.
—Por supuesto —dijo Don Carlos—. Me consideraré honrado.
Doñita Tresa se removía nerviosamente en su asiento.
—Es costumbre el bailar —dijo.
Su padre rió.
—Ah, sí. Las jovencitas se están poniendo nerviosas, estoy seguro. Habrá tiempo suficiente para reiniciar las conversaciones formales mañana, S’ñor Capitán. ¡Ahora, que empiece la música!
Hizo una señal. La orquesta inició unos acordes. Algunos instrumentos eran bastante similares a los de los Maurai, y otros completamente desconocidos. La misma escala era distinta. Tenían algo similar a esto en Stralia, pero…
Una mano se apoyó en el brazo de Ruori. Su mirada tropezó con la de Tresa.
—Ya que usted no me pide un baile —dijo ella—, ¿podría ser tan inmodesta como para pedírselo yo?
—¿Qué significa inmodesta? —inquirió él.
Ella enrojeció y trató de explicárselo sin obtener demasiado éxito. Ruori decidió que era otro concepto local que faltaba en el Pueblo del Mar. Por aquel entonces las muchachas Meycanas y sus caballeros ya habían salido a la pista de baile. Los estudió durante un momento.
—Los movimientos son desconocidos para mí —dijo—, pero creo que podré aprenderlos pronto.
Ella se deslizó entre sus brazos. Era un contacto placentero, aunque nada fuese a salir de él.
—Lo hace usted muy bien —dijo ella después de un momento—. ¿Toda su gente es tan hábil en el baile?
Sólo más tarde se dio él cuenta de que era un cumplido por el que debería haber dado las gracias, pero siendo un habitante de las Islas lo tomó literalmente como si fuera una pregunta y contestó:
—Muchos de nosotros pasamos una gran parte de nuestro tiempo en el mar, por lo que debemos desarrollar un sentido del balanceo y del ritmo, o de lo contrario es muy posible que caigamos al agua.
Ella hizo un mohín.
—Oh, basta —rió—. Es usted tan solemne como S’osé en la catedral.
Ruori le devolvió la sonrisa. Era un joven alto, moreno como toda su raza, pero con los ojos grises que muchos conservaban en memoria de sus antepasados Ingliss. Siendo un N’zealanner, él no iba tatuado tan profusamente como algunos hombres de la Federación. Por otra parte, se había puesto en su coleta una filigrana de hueso de ballena, su sarong era batik de mayor calidad y además se había puesto una camisa a rayas. Su cuchillo, sin el cual un Maurai se encontraba obscenamente indefenso, era, en contraste, viejo y gastado hasta que uno veía la hoja, una perfecta herramienta.
—Yo querría ver a ese dios S’osé —dijo—. ¿Me lo enseñará? O no. No tendría ojos para una simple estatua.
—¿Cuánto tiempo estará aquí? —preguntó ella.
—Tanto como podamos. Se supone que tenemos que explorar toda la costa Meycana. Hasta ahora el único contacto Maurai con el continente Meriken ha sido un viaje desde Awaii a Calforni. Encontraron el desierto y un puñado de salvajes. Hemos oído de unos comerciantes okkaidan que hay bosques mucho más al Norte, donde hombres blancos y amarillos luchan unos contra otros. Pero lo que existía más al Sur de Calforni era desconocido para nosotros hasta que se envió esta expedición. Tal vez ustedes puedan decirnos qué es lo que encontraremos en Su-Merika.
—Ahora ya muy poco —suspiró ella—. Aún en el mismo Brasil.
—Ah, pero en Meyco florecen bellas rosas.
El buen humor de ella retornó.
—Y piropos en N’zealann —sonrió.
—En absoluto. Somos notoriamente poco dados a las florituras. Excepto, naturalmente, cuando rememoramos los viajes que hemos hecho.
—¿Y qué contará acerca de éste?
—No mucho; de lo contrario, todos los jóvenes de la Federación vendrían a apiñarse aquí. Pero yo la llevaré a bordo de mi nave, Doñita, y le mostraré el compás: de ahora en adelante siempre señalará hacia S’Antón d’Inio. Usted será, por así decirlo, mi rosa de los vientos.
De una forma sorpresiva para él, ella le comprendió y sonrió. Condujo su baile a lo ancho de la pista, flexible entre sus brazos.
Luego, a medida que transcurría la noche, bailaron juntos tanto como permitía la decencia, o tal vez un poco más, y pequeños secretos que no concernían sino a ellos se cruzaron entre los dos. Hacia el anochecer, la orquesta fue despedida y los huéspedes, escondiendo bostezos tras bien educadas manos, comenzaron a partir.
—Cuán cansado es estar recibiendo despedidas —murmuró Tresa—. Dejemos que piensen que ya me he ido a la cama.
Tomó la mano de Ruori y se deslizó tras una columna, y luego, fuera, a un balcón. Una vieja sirvienta, colocada para servir como dueña para las parejas que se aventuraban fuera, se había envuelto en su manto para protegerse del frío y se había quedado dormida. Aparte esto, los dos estaban solos entre los jazmines. La niebla flotaba alrededor del palacio, ocultando la ciudad. A lo lejos sonaba el «todosbien» de los piqueros patrullando las murallas exteriores. Hacia el oeste el balcón daba a las sombras, donde brillaban las últimas estrellas. Los siete altos mástiles del Maurai Dolphin recibían el naciente sol y resplandecían.
Tresa se estremeció y se acercó a Ruori. Permanecieron silenciosos durante un momento.
—Recuérdenos —dijo ella finalmente muy bajito—. Cuando esté de vuelta con su pueblo, más alegre, no nos olvide a los de aquí.
—¿Cómo podría? —contestó él muy seriamente.
—¡Ustedes tienen tanto más que nosotros! —dijo ella anhelante—. Usted me ha dicho cómo sus naves pueden deslizarse increíblemente rápidas, casi en alas del viento; cómo sus pescadores siempre llenan sus redes; cómo sus pastores de ballenas tienen rebaños que oscurecen el agua; cómo ustedes llegan hasta a cultivar el océano para obtener alimentos y tejidos, y… —palpó el reluciente material de su camisa—. Usted me ha dicho que esto fue fabricado partiendo de espinas de pescado, usted me ha dicho que toda familia tiene su propia y espaciosa vivienda, que casi cada miembro de la misma tiene su propio bote…, que aún los niños, en la isla más perdida, pueden leer y poseer libros impresos; que ustedes no sufren ninguna de las enfermedades que nos destruyen a nosotros…, que nadie pasa hambre, que todos son libres. ¡Oh, no nos olviden ustedes, a los que el Dio ha sonreído!
Se detuvo turbada. Ruori podía ver cómo su cabeza se alzaba y las ventanillas de su nariz se dilataban, como si estuviese resentida con él. Después de todo, pensó, ella descendía de una estirpe que durante siglos había dado, y no recibido, caridad; así que escogió sus palabras con cuidado:
—Esto es menos consecuencia de nuestra virtud que de nuestra suerte, Doñita. Sufrimos menos que la mayoría en la Guerra del Juicio, y el hecho del Juicio y el hecho de que nosotros éramos sobre todo isleños impidió que nuestra población superase la rica habilidad del mar en alimentarnos. Así que nosotros… no, no retuvimos ninguna de las perdidas artes ancestrales. No nos queda ninguna, pero recreamos una actitud antigua, una forma de pensar que es lo que nos hace diferentes: la ciencia.
Ella se santiguó.
—¡El átomo! —exclamó, apartándose.
—No, no, Doñita —protestó él—. ¡Tantas naciones que hemos descubierto últimamente creen que la ciencia fue la causa de la ruina del viejo mundo, o en cambio piensan que fue una colección de fórmulas que servían para construir altos edificios y para hablar a distancia! Pero ninguna de estas dos creencias es verdadera. El método científico es solamente una forma de aprender. Es… un comenzar de nuevo perpetuo. Y esto es por lo que ustedes aquí, en Meyco, pueden ayudarnos tanto como nosotros podemos ayudarles a ustedes, por lo que les hemos buscado, y volveremos de nuevo, esperanzados, a llamar a sus puertas en el futuro.
Ella frunció el entrecejo, aunque algo comenzó a brillar en su interior.
—No comprendo —dijo.
Él buscó un ejemplo. Finalmente apuntó a una serie de pequeños agujeros en la balaustrada del balcón.
—¿Qué es lo que había aquí? —preguntó.
—Bueno…, no lo sé. Siempre ha estado así.
—Creo que yo puedo decírselo; he visto una cosa similar en otras partes. Era una celosía de hierro forjado. Pero fue arrancada hace tiempo y convertida en armas o herramientas, ¿no?
—Es muy posible —admitió ella—. El hierro y el cobre se han vuelto muy escasos. Tenemos que enviar caravanas a través de todo el país, a las ruinas de Támico, con gran peligro por los bandidos y bárbaros, a recoger metal. Hubo un tiempo en que había raíles de hierro a un kilómetro de este lugar. Don Carlos me lo ha dicho.
Él asintió.
—Justamente. Los antiguos dejaron el mundo exhausto. Extrajeron los minerales, quemaron el petróleo y el carbón, erosionaron el suelo hasta que no quedó nada. Exagero, naturalmente; todavía hay depósitos minerales aquí y allá, pero no los suficientes. La antigua civilización usó todo el capital, por decirlo así. Ahora han crecido los suficientes bosques y se ha regenerado lo bastante el suelo como para que el mundo pueda tratar de reconstruir la cultura de la máquina… si exceptuamos que no hay suficientes minerales y combustibles. Por siglos, los hombres se han visto obligados a aprovechar los antiguos artefactos, si es que querían usar algún metal. En su mayoría, los conocimientos de los antiguos no se han perdido; simplemente se han convertido en algo inusable, porque somos mucho más pobres que ellos.
Se echó hacia adelante ansioso.
—Pero el conocimiento y los descubrimientos no dependen de la riqueza —dijo—. Tal vez porque no teníamos tanto metal para desguazar en las islas tuvimos que buscar otras soluciones. El método científico se puede aplicar tanto al viento y al sol y a la materia viva como lo fue al petróleo, el hierro o el uranio. Estudiando genética aprendimos cómo crear algas, plancton, peces que sirven para nuestros propósitos. Una administración científica de los bosques nos da la madera adecuada, las bases para una síntesis orgánica y algún combustible. El sol derrama energía que sabemos cómo concentrar y usar. La madera, la cerámica y aún la piedra pueden reemplazar al metal en muchas necesidades. El viento, a través de principios tales como la ley de Venturi o el tubo de Hilsch, suministra fuerza, calor, refrigeración; las mareas pueden ser aprovechadas. Aún en su presente estado primitivo, la psicología paramatemática ayuda en el control de la población, así como…
»No, ahora estoy hablando como un ingeniero, expresándome en mi propio lenguaje. Pido excusas. Lo que quería decir es que, si podemos tener la ayuda de otras gentes, tales como ustedes, a una escala mundial, podremos igualar a nuestros antecesores o sobrepasarles… no en su propia manera, que a menudo fue miope y derrochadora, sino en realizaciones únicamente nuestras…
Su voz se quebró. Ella no estaba escuchándole. Miraba sobre su cabeza, hacia el aire, y el horror se pintaba en su rostro.
Entonces chillaron las trompetas en las almenas, y las campanas de la catedral cobraron vida.
—¡Por los nueve demonios! —Ruori dio la vuelta y miró también hacia arriba. El cénit se había vuelto de un color azulado. Cansinamente, sobre S’Antón, flotaban cinco formas similares a orcas. El sol naciente alumbraba la heráldica pintada en sus flancos. Estimó asombrado que cada una de ellas debía de tener un centenar de metros de largo.
Unos objetos como pétalos del color de la sangre surgían bajo ellas y descendían sobre la ciudad.
—¡El Pueblo del Aire! —exclamó una pequeña vocecilla tras él—. ¡Sant’ísima Marí, ruega ahora por nosotros!
III
Loklann golpeó sobre las losas, rodó sobre sí mismo y saltó en pie. Ante él, un jinete esculpido presidía las aguas de una fuente. Durante un instante admiró la piedra, casi viva; no tenían nada como esto en Canyon, Nona, Corado, ni en cualquiera de los reinos de la montaña. Y el templo frente a la plaza se alzaba al cielo en su blancura.
La plaza había estado concurrida: campesinos y artesanos preparando sus puestos para un día de mercado. La mayor parte de ellos se disolvió en un pánico bullicioso. Pero un hombretón rugió, alzó un mazo de piedra y saltó envuelto en sus harapos para enfrentarse a Loklann. Estaba cubriendo la huida de una mujer joven, probablemente la suya, que llevaba a un niño en brazos. A través de la informe ropa de arpillera Loklann vio que la figura de ella no era mala: alcanzaría un buen precio cuando el traficante de esclavos Mong visitase próximamente Canyon. También podría haberlo alcanzado su marido, pero no había tiempo ahora, mientras todavía estaba impedido por el paracaídas. Así que sacó su pistola y disparó. El hombre cayó sobre una rodilla, miró asombrado la sangre que brotaba entre los crispados dedos que apretaban su estómago, y se desplomó. Loklann se desembarazó del arnés. Sus botas resonaron mientras corría tras la mujer. Ella gritó cuando la ruda mano se cerró sobre su brazo y trató de rehuirle, pero el niño impedía sus movimientos. Loklann la empujó hacia el templo. Robra ya le seguía.
—¡Coloca un guardia! —gritó el capitán—. ¡Meteremos aquí a los prisioneros hasta que estemos listos para el saqueo!
Un viejo con ropajes de sacerdote apareció en la puerta. Agitaba en lo alto uno de los dioses Meycanos en forma de cruz, como tratando de bloquear el camino. Robra le partió la cabeza de un hachazo, echó el cuerpo escaleras abajo de una patada y empujó a la mujer hacia el interior.
Del cielo llovían hombres armados. Loklann tocó su cuerno de toro llamándolos. En cualquier momento podía esperarse un contraataque… Sí, ahora.
Una patrulla de caballería Meycana apareció ante su vista. Eran jóvenes altaneros, vestidos con pantalones anchos, peto de cuero y casco emplumado, con la capa al viento, lanzas de madera endurecida al fuego y sables de acero. Muy similares a los nómadas amarillos de Tekkas, con los que habían luchado durante siglos. Pero también lo había hecho el Pueblo del Aire. Loklann se dirigió a la cabeza de la línea, donde su portaestandarte había alzado ya la Bandera del Rayo. La mitad de la tripulación del Buffalo montó secciones de picas rematadas, con puntas de cerámica, hincó en tierra el pie y esperó. La carga cayó sobre ellos. Las picas se hundieron en tierra. Algunos caballos se empalaron ellos mismos y otros retrocedieron relinchando. Los piqueros atacaron a los jinetes. La segunda línea de paracaidistas saltó hacia adelante con hachas y espadas y cuchillos. Durante unos pocos minutos la muerte entró en ebullición. Los Meycanos rompieron filas. No huyeron, pero retrocedieron en confusión. Y entonces los arcos de Canyon comenzaron a sonar.
Luego, tan sólo los muertos y los heridos quedaron en la plaza. Loklann se movió rápido entre estos últimos. Los que no estaban malheridos fueron llevados al templo. No era malo recoger todos los posible esclavos e ir seleccionándolos luego.
A lo lejos se oyó un retumbar apagado.
—Cañón —dijo Robra llegando hasta él—. En los cuarteles del ejército.
—Bueno, deja que la artillería se divierta hasta que nuestros muchachos lleguen hasta ella —dijo Loklann sardónicamente.
—Seguro, seguro —Robra se veía nervioso—. De cualquier forma, me gustaría que nos hiciesen saber algo de ellos. El estar simplemente aquí no me agrada.
—No tardarán mucho —predijo Loklann.
Y así fue. Un mensajero con un brazo roto trastabilleó hasta él.
—Stormcloud —jadeó—. El gran edificio contra el que nos enviaste… lleno de espadachines. Nos rechazaron en la puerta.
—¡Uh! Pensé que era simplemente la casa del rey —dijo Loklann. Rió—. Bueno, tal vez el rey estaba dando una fiesta. Ven entonces, iré a verlo yo mismo. Robra, toma el mando aquí.
Su dedo señaló a una treintena de hombres para que le acompañasen. Corrieron por calles desiertas y silenciosas, excepto por sus pisadas y el tintineo de las armas. Los habitantes debían estar acurrucados temblorosamente tras aquellas desnudas paredes. Mucho más fácil para reunirlos luego, cuando la lucha hubiese terminado y comenzase el saqueo.
Se oyó un rugido. Loklann aceleró su carrera, rebasando la última esquina. Frente a él vio el palacio, un viejo edificio con techo de tejas rojas y reblandecidas paredes, y muchas ventanas encristaladas. Los hombres del Stormcloud estaban luchando en la puerta principal. Sus heridos y muertos del último ataque estaban amontonados.
Loklann abarcó la situación de una sola mirada.
—¿No se les ocurriría a esos cabeza de cerdo enviar un destacamento a través de alguna puerta lateral, no? —ladró—. ¡Jonak, coge quince de nuestros muchachos y hundid una puerta lateral para caer por la espalda sobre esta línea! ¡El resto de vosotros ayudadme a mantenerlos ocupados mientras tanto!
Levantó su enrojecida hacha.
—¡A Canyon! —gritó.
—¡A Canyon! —repitieron sus seguidores tras él, y corrieron a la batalla.
La última carga había retrocedido, sangrienta y sin respiración. Media docena de Meycanos estaban en el amplio portalón. Todos ellos eran nobles: austeros hombres con perilla y mostacho, vestidos de negro, con rojas capas enrolladas como un escudo en sus brazos izquierdos y largas y estrechas espadas en sus diestras. Tras ellos se alzaban otros, dispuestos a tomar el puesto de los caídos.
—¡A Canyon! —gritó Loklann mientras se abalanzaba.
—¡Qu’el Dio nos guarde! —vociferó un alto y canoso Don. Una cadena de oro denotando su rango colgaba de su cuello. Su espada saltó hacia delante.
Loklann alzó su hacha y paró el golpe. El Don era rápido y respondió con una finta que terminó en el pecho del atacante. Pero el endurecido cuero de seis gruesos desvió la punta. Los hombres de Loklann se acumularon a ambos lados, sin preocuparse de las acometidas, y atacaron. Golpeó la espada enemiga, que saltó de la mano del propietario.
—¡Oh, no, Don Miuel! —gritó un joven al lado del calde. El viejo bufó, interpuso sus manos y de alguna forma agarró el hacha de Loklann. Tiró de ella con una fuerza descomunal. Loklann leyó en sus ojos la muerte. Don Miuel levantó el hacha.
Loklann sacó su pistola y disparó a quemarropa.
Mientras Don Miuel caía, Loklann lo agarró, le arrancó la cadena de oro y se la echó alrededor de su cuello. Alzándose, detuvo un salvaje ataque. El golpe le arrebató el casco. Recuperó su hacha, plantó firmemente sus pies en el suelo y golpeó.
La línea defensiva onduló.
Tras Loklann se oyó un clamor. Se dio la vuelta y vio brillar armas tras las espaldas de sus propios hombres. Con una maldición se dio cuenta de que había habido más gente en el palacio que aquellos que defendían la puerta. El resto había aparecido por retaguardia y estaba ahora a sus espaldas.
Una punta atravesó su cadera. No notó más que una punzada, pero la rabia oscureció su vista.
—¡Volved a nacer como los cerdos que sois! —exclamó con un grito. Sin casi darse cuenta rehuyó a sus atacantes. De alguna forma limpió el espacio alrededor suyo, se echó a un lado y contempló el desarrollo de la batalla.
Los recién llegados eran principalmente guardias de palacio, a juzgar por sus alegres uniformes rayados, picas y machetes. Pero tenían unos aliados, una docena de hombres como Loklann nunca había visto u oído hablar de ellos. Tenían la piel oscura y el cabello negro de los Injuns, pero sus rostros eran más parecidos a los de un hombre blanco. Unos intrincados dibujos de color azul cubrían sus cuerpos, que estaban vestidos únicamente con unas túnicas sueltas y guirnaldas de flores. Blandían cuchillos y garrotes con una destreza sin igual.
Loklann rompió la pernera de su pantalón para mirar su herida. No era muy grave. Mucho peor era la paliza que estaban recibiendo sus hombres. Vio a Mork sunna Brenn correr con una espada en alto hacia uno de los oscuros extranjeros, un hombretón que había añadido una blusa de rico aspecto a su indumentaria. Mork había matado por lo menos a cuatro hombres allá en su patria, en luchas abiertas, y quién sabe a cuántos en otros países. El hombre moreno esperó con un cuchillo entre sus dientes, las manos colgando. Cuando la espada descendió, el hombre simplemente ya no estaba allí. Sonriendo alrededor de su cuchillo, golpeó el puño que sujetaba la espada con el canto de una mano. Loklann oyó claramente romperse los dedos. Mork aulló. El extranjero le golpeó en la nuez. Mork cayó de rodillas, escupió sangre, se derrumbó y quedó inerte. Otro Hombre del Aire cargó, hacha en alto. El extranjero, de alguna manera, evitó el arma, cogió sobre su cadera el cuerpo en movimiento y lo lanzó. El Hombre del Aire golpeó el pavimento con su cabeza y ya no se movió más.
Entonces Loklann vio que los recién llegados formaban un anillo alrededor de otros que no combatían. Mujeres. ¡Por Oktai y el antropófago Ulagu, aquellos bastardos estaban llevándose a todas las mujeres del palacio! Y la lucha contra ellos había perdido ímpetu; los atemorizados atacantes permanecían apartados cuidando sus heridas.
Loklann se lanzó hacia delante.
—¡A Canyon! ¡A Canyon! —gritó.
—Ruori Rangi Lohannaso —respondió amablemente el alto extranjero. Lanzó una retahíla de órdenes y su grupo comenzó a moverse.
—¡Golpeadles, malditos! —rugió Loklann. Sus hombres se reunieron y se abalanzaron en su persecución. Las picas de la retaguardia los rechazaron. Loklann dirigió una carrera hacia el frente de la plaza.
El hombre alto lo vio venir; unos ojos grises se fijaron en la cadena del calde y se llenaron de hielo.
—Así que mataste a Don Miuel —dijo Ruori en spañol. Loklann lo comprendió, pues había aprendido la lengua de los prisioneros y las concubinas durante muchos ataques más al Norte—. Maldito hijo de un skua.
La pistola de Loklann apareció. La mano de Ruori se hizo confusa por su velocidad. De pronto el cuchillo apareció en el bíceps derecho del Hombre del Aire. Dejó caer su pistola.
—¡Lo recobraré! —gritó Ruori. Luego, dirigiéndose a sus seguidores—: ¡Vamos, al barco!
Loklann se fijó en la sangre que fluía de su brazo. Oyó los ruidos que se producían a su alrededor mientras los refugiados rompían la cansada línea Canyon. El grupo de Jonak apareció en la puerta principal, que estaba ahora vacía, puesto que los defensores supervivientes se habían unido al grupo de Ruori. Un hombre se aproximó a Loklann, que todavía contemplaba su brazo.
—¿Debemos ir tras ellos, capitán? —dijo casi tímidamente—. Jonak puede capitanearnos en su contra.
—No —dijo Loklann.
—Pero deben estar escoltando a un centenar de mujeres, y una buena parte de ellas son jóvenes.
Loklann se estremeció como un perro que acabara de salir de un profundo arroyo helado.
—No. Quiero buscar al médico y que me cosa esta herida. Entonces tendremos un montón de cosas que hacer. Podremos ocuparnos de esos extranjeros más tarde si hay oportunidad. ¡Hombre, tenemos toda una ciudad para saquear!
IV
Había hombres muertos diseminados por los muelles, algunos quemados. Se les veía ridículamente pequeños bajo los tinglados, como muñecos de trapo abandonados por algún niño llorón. El humo de los cañones flotaba en el ambiente, dañando las pituitarias.
Atel Hamid Seraio, el primer oficial, que había permanecido a bordo del Dolphin con la tripulación, mandaba un grupo que había salido en busca de Ruori. Su saludo fue a la manera de las Islas, tan casual que aún en ese momento algunos de los Meycanos se asombraron.
—Estábamos a punto de ir con usted, capitán —dijo.
Ruori miró hacia el bosque que era el velamen del Dolphin.
—¿Qué ocurrió aquí? —preguntó.
—Una banda de esos demonios aterrizó por esos contornos, cerca de la batería. Tomaron los emplazamientos mientras todavía estábamos preguntándonos qué ocurría. Algunos de ellos fueron hacia aquel punto en el lado norte, creo que es donde está el ejército. Pero el resto del grupo nos atacó. Bueno, con nuestro cañón ballenero a tres metros sobre el muelle y nosotros entrenados para repeler a los piratas, no tuvieron demasiada suerte. Les di una buena dosis de llamas.
Ruori volvió a mirar los cuerpos ennegrecidos. Sin duda se lo habían merecido, pero no le gustaba la idea de bombear aceite de ballena hirviendo sobre hombres vivos.
—Lástima que no probaron a atacarnos por el lado del mar —añadió Atel suspirando—. ¡Tenemos una catapulta de arpones tan bonita! Usé una como ésta hace varios años en Hinja, cuando un bucanero sinese se acercó demasiado. Su junco se hundió como una ballena.
—¡Los hombres no son ballenas! —cortó secamente Ruori.
—De acuerdo, capitán, de acuerdo, de acuerdo —Atel retrocedió ante su violencia, un tanto asustado—. No lo dije en serio, en absoluto.
Ruori se recuperó y juntó las manos.
—He hablado con una ira innecesaria —dijo formalmente—. Me río de mí mismo.
—No es nada, capitán. Como le estaba diciendo, los derrotamos, y finalmente se retiraron. Imagino que volverán con refuerzos. ¿Qué debemos hacer?
—Esto es lo que no sé —dijo Ruori en un tono dubitativo. Se volvió hacia los Meycanos, que permanecían con rostros de incomprensión—. Les ruego me perdonen. Dones y Doñitas —dijo en spañol—; tan sólo me estaba relatando lo que había sucedido.
—¡No se disculpe! —Tresa Carabán se adelantó de entre los hombres. Algunos de ellos parecieron algo ofendidos, pero estaban demasiado cansados y atontados como para reprobarle su atrevimiento, y para Ruori era natural que una mujer actuase tan libremente como un hombre—. Usted salvó nuestras vidas, capitán; más que nuestras vidas.
Él se preguntó qué era peor que la muerte, y luego asintió. La esclavitud, naturalmente, las ligaduras y los látigos, el trabajo sin libertad durante toda su vida en una tierra extraña. Sus ojos se clavaron en ella, en su cabello largo despeinado que caía sobre su rostro, en el traje rasgado, en su faz cansada y con huellas de lágrimas. Se preguntó si sabía que su padre había muerto. Se mantenía erguida, y lo miraba con una extraña expresión de desafío.
—Estamos inciertos sobre qué hacer —dijo, violento—. Sólo somos cincuenta hombres. ¿Podemos ayudar en algo a su ciudad?
Un joven noble, alzándose, replicó:
—No, la ciudad está perdida. Pueden ustedes llevarse a estas damas hacia un lugar seguro, esto es todo.
Tresa protestó:
—¿Acaso ya se está usted rindiendo, S’ñor Dónoju?
—No, Doñita —exclamó el joven—. Pero espero poderme confesar antes de volver a la lucha, porque soy un hombre muerto.
—Suban a bordo —dijo cortésmente Ruori.
Abrió camino, subiendo a bordo por la plancha. Liliu, una de las cinco vahines del barco, corrió a su encuentro. Echó sus brazos alrededor de su cuello y gritó:
—¡Temí que habríais sido todos muertos!
—Todavía no —Ruori se soltó tan suavemente como le fue posible. Se dio cuenta de que Tresa lo miraba envarada, con hielo en los ojos. Y entonces se asombró. ¿Es que aquellos curiosos Meycanos suponían que una tripulación se iba a embarcar en un viaje de meses de duración sin llevar a bordo a unas cuantas muchachas? Entonces decidió que lo que ocurría era que, siendo la ropa de las vahines muy similar a la de los hombres, iba en contra de las costumbres locales. Que Nan se llevase sus malditos prejuicios.
Pero le dolía que Tresa se apartara de él.
Los otros Meycanos curioseaban a su alrededor. No todos habían visitado el barco a la llegada de éste. Observaban asombrados las cuerdas y las lanzas, desde los puentes bajos hasta la catapulta de arpones, los cabrestantes y los baupreses, y por último a los marinos. Los Maurai sonreían para darles ánimos. Por ahora la mayor parte de ellos veían lo ocurrido como un incidente. Los hombres que bucean tras los tiburones por pura diversión, o que navegan en canoas, solitarios, a través de un millar de millas náuticas para efectuar una visita, no se asustan por una pequeña lucha.
Pero ellos no habían hablado con el grave Don Miuel ni con el alegre don Uan, ni con el culto Bispo Ermosillo, ni habían luego visto a todas estas personas muertas sobre la pista de baile, pensó Ruori amargamente.
Las mujeres Meycanas estaban apiñadas, damas y sirvientas, llorando unas en brazos de otras. Los palaciegos formaban una sólida muralla a su alrededor. Los nobles y Tresa siguieron a Ruori hacia el castillo de popa.
—Ahora —dijo él—, hablemos. ¿Quiénes son esos bandidos?
—El Pueblo del Aire —murmuró Tresa.
—Eso puedo verlo —Ruori echó una mirada a los navíos aéreos que patrullaban por encima de la ciudad. Tenían la siniestra belleza de otras tantas barracudas. Aquí y allí, varias columnas de humo se alzaban a su encuentro—. Pero ¿quiénes son ellos? ¿De dónde vienen?
—Son Nor-Merikans —contestó ella en una vocecilla seca, como asustada de sus propias palabras—. De las mesetas salvajes alrededor del río Corado, del Gran Canyon que éste ha labrado: montañeses. Hay una historia que dice que fueron expulsados de las llanuras del este por invasores Mong, hace mucho tiempo; pero ellos volvieron a hacerse fuertes en las colinas y en los desiertos, así que han derrotado a algunas tribus Mong, y entablado amistad con algunas otras. Durante un centenar de años han molestado nuestra frontera norte, pero ésta es la primera vez que se han aventurado tan al sur. Nunca los habríamos esperado. Supongo que sus espías se enteraron de que la mayor parte de nuestros soldados están hacia el río Gran, persiguiendo una fuerza rebelde, así que se vinieron hacia el suroeste —se estremeció.
El joven Dónoju escupió:
—¡Son perros paganos! ¡No saben hacer otra cosa que robar, y quemar, y asesinar! —flaqueó—. ¿Qué les hemos hecho para que caigan sobre nosotros?
Ruori se rascó la barbilla pensativo.
—No pueden ser tan salvajes —murmuró—. Esos dirigibles son mejores que cualquier cosa que mi propia Federación haya tratado de hacer. La tela… ¿quizá sea algún sintético? Debe serlo, o de lo contrario no contendría al hidrógeno durante tanto tiempo. ¿O acaso estarán usando helio? Porque para una producción de hidrógeno en tan gran escala se necesitará poseer una industria. Por lo menos, una buena química empírica. Quizá hasta lo obtienen por electrólisis… ¡buen Lesu!
Se dio cuenta de que se había estado hablando a sí mismo en su propio idioma.
—Ruego su perdón —dijo—. Estaba preguntándome qué es lo que deberíamos hacer. Este buque no lleva navíos voladores.
De nuevo miró hacia arriba. Atel le pasó sus prismáticos. Enfocó al dirigible más cercano. El gran globo y la góndola debajo, en sí misma tan grande como muchos de los barcos Maurai, formaban una unidad aerodinámicamente limpia. La góndola parecía ser ligera, de cañas entrelazadas alrededor de un esqueleto de madera, pero resistente. A intervalos a lo largo de su barandilla había máquinas movidas a mano. Algunas debían ser para elevar objetos, pero otras sugerían catapultas. Así que los dirigibles de los diversos jefes debían luchar unos con otros en los reinos del norte. Sería bueno conocerlo. Los psicólogos políticos de la Federación eran duchos en el arte del divide y vencerás. Pero por ahora…
La fuerza motriz era extraordinariamente interesante. Cerca de las proas de las góndolas surgían dos vergas laterales largas de unos veinte metros, una encima de la otra. Soportaban dos artefactos sobre pivotes en cada lado, a los que estaban unidas velas cuadradas. Otro par similar atravesaba la parte posterior del casco: en total, ocho velas. Sobre el depósito de gas se encontraban unas superficies de control similares a aletas de tiburón. Debajo de la góndola había un par de pequeñas aspas de viento que podían pivotar y girar, evidentemente haciendo el servicio de una falsa quilla. Las velas y los timones eran controlados por cables que pasaban a través de jarcias y aparejos hasta las cabrias de los costados del puente. Alterando su situación, debería ser posible cambiar el rumbo por lo menos en diversas direcciones siguiendo al viento y, naturalmente, el aire se mueve en distintas direcciones a diferentes niveles. Un dirigible podía descender bombeando el suficiente gas fuera de las células de sus depósitos, comprimiendo el hidrógeno dentro de depósitos de almacenamiento; y podía elevarse reinflándose o echando lastre, aunque seguramente esta última maniobra debía ser reservada para los viajes de retorno, cuando las pérdidas hubieran hecho disminuir las existencias de gas. Entre las velas, timones y su habilidad para encontrar un viento razonablemente favorable, un tal dirigible debía de poder vagar a través de muchos miles de kilómetros con una carga útil de no pocas toneladas. ¡Oh, un maravilloso aparato!
Bajó sus prismáticos.
—¿No ha construido el Perio ninguna nave aérea para defenderse? —preguntó.
—No —murmuró uno de los Meycanos—. Lo único que hemos tenido han sido globos. No sabemos cómo fabricar un tejido que mantenga el gas durante el suficiente tiempo, o cómo controlar el vuelo, así que… —su voz se quebró.
—Y siendo una cultura acientífica, nunca han pensado ustedes en efectuar una investigación sistemática para aprender esos trucos —dijo Ruori.
Tresa, que había estado contemplando su ciudad, giró bruscamente para enfrentársele.
—¡Es muy fácil para usted! —gritó—. Usted no ha tenido que luchar contra los Mong en el norte y los Raucanos en el sur, siglo tras siglo… Usted no ha tenido que gastar veinte años y diez mil vidas construyendo canales y acueductos, para que así unas cuantas personas menos terminaran muriendo de hambre cada año… Usted no está sujeto por una mayoría de peones que tan sólo pueden trabajar la tierra, que no pueden cuidarse a sí mismos, porque nunca se les ha enseñado cómo, porque su existencia es una carga demasiado grande para nuestro país como para poderlo permitir… ¡Es muy fácil para usted el correr por ahí descamisado y burlarse de nosotros! ¿Qué es lo que usted habría hecho, S’ñor capitán omnisapiente?
—Cállese —reprobó el joven Dónoju—; él salvó nuestras vidas.
—¡Hasta ahora! —dijo ella, entre dientes y lágrimas. Unas pequeña zapatilla de baile golpeó la cubierta.
Por un asombrado momento, Ruori se preguntó qué quería decir descamisado. Sonaba poco favorecedor. ¿Acaso se refería a las vahines? Pero ¿había un camino más honorable para una mujer que pasar su vida, arriesgándola, al lado de los hombres de su pueblo, en una misión de descubrimiento y civilización? ¿Qué era lo que esperaba contar Tresa a sus nietos en las noches lluviosas?
Entonces se asombró aún más, preguntándose por qué ella le preocupaba tanto. Se había dado cuenta, anteriormente, en alguno de los Meycanos, de la existencia de una intensidad entre hombre y mujer casi aterradora, como si una esposa fuese algo más que un amigo y compañero respetado. Pero ¿qué otra forma de relación era posible? Un especialista psicólogo tal vez la conociese. Ruori se encontraba completamente perdido.
Agitó su irritada cabeza para aclararla, y dijo con voz fuerte:
—Éste no es momento para descortesías —tuvo que usar una palabra spañola que no significaba lo mismo que en su idioma—. Debemos decidir. ¿Están ustedes seguros de que no hay esperanzas de repeler a los piratas?
—No, a menos que el mismo S’Antón haga un milagro —dijo Dónoju con una voz muerta.
Luego, irguiéndose:
—Tan sólo hay una cosa que puede usted hacer por nosotros, S’ñor. Si usted parte ahora, con las mujeres… hay damas de alta cuna entre ellas, que no deben ser vendidas en cautividad y desgracia… llévelas al sur, hasta Puerto Uanauato, donde el calde cuidará de ellas.
—No me gusta huir —dijo Ruori, mirando a los hombres caídos en los muelles.
—¡S’ñor, éstas son damas! ¡En el nombre de Dio, tenga piedad de ellas!
Ruori estudió los severos y barbudos rostros. Les debía bastante hospitalidad, y no veía otra forma en que pudiese nunca pagársela.
—Si ustedes lo desean así —dijo lentamente—. ¿Y ustedes?
El joven noble le hizo una reverencia, como a un rey.
—Nuestras gracias y nuestras oraciones irán con usted, caballero capitán. Nosotros, naturalmente, volveremos ahora a la batalla. —Se irguió, y gritó con una voz militar—: ¡Atención! ¡Formen filas!
Unos pocos besos rápidos se cruzaron en la cubierta principal, y luego los hombres de Meyco cruzaron la plancha y bajaron a su ciudad.
Ruori golpeó el pasamanos con un puño cerrado.
—Si hubiera alguna forma —murmuró—. ¡Si pudiera hacer algo! —y casi esperanzado—: ¿Cree usted que los bandidos puedan atacarnos?
—Tan sólo si usted permanece aquí —dijo Tresa. Sus ojos eran pedazos de hielo verde—. Plugiera a Marí que usted no se hubiera comprometido a izar velas.
—Si ellos vienen tras de nosotros al mar…
—No creo que lo hagan. Usted lleva tan sólo un centenar de mujeres y unos pocos géneros que puedan comerciar. El Pueblo del Aire podrá escoger entre diez mil mujeres, otros tantos hombres y todas las riquezas de la ciudad. ¿Por qué deberían tomarse la molestia de perseguirle?
—Sí… sí.
—Vaya —dijo ella fríamente—, si es que no se atreve a retrasar la partida.
Se enfrentó a ella. Había sido como un golpe.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó—. ¿Cree usted que los Maurai son cobardes?
Ella dudó. Luego, con una testaruda y reluctante honestidad:
—No.
—Entonces, ¿por qué me ataca?
—¡Oh, váyase! —se arrodilló al lado de la barandilla, inclinó la cabeza y los brazos, y se sumergió en sí misma.
Ruori la abandonó y dio sus órdenes. Los hombres treparon por el cordelaje. Las lonas recogidas se desenrollaron y chasquearon en el joven viento. Más allá de la escollera, el océano brillaba azul, con pequeñas olas de espuma; las gaviotas planeaban a través del cielo. Pero Ruori tan sólo veía el recuerdo de las escenas contempladas antes, mientras dirigía la retirada del palacio.
Un hombre desarmado, yaciendo con su cabeza abierta. Una muchacha de escasamente doce años, que chillaba mientras dos asaltantes la llevaban a un callejón. Un viejo huyendo aterrorizado, zigzagueando, mientras cuatro arqueros hacían puntería sobre él y estallaban en carcajadas mientras caía atravesado y se arrastraba penosamente. Una mujer sentada alucinada en la calle, con sus ropas desgarradas, al lado de un niño cuyo cerebro había sido arrancado de cuajo. Una pequeña estatua en un nicho, una imagen sagrada, con un ramillete ajado de violetas a sus pies, decapitada por el golpe casual de una maza de combate. Una casa que ardía, y aullidos en su interior.
De repente, los aparatos que había en el aire no le parecieron tan bellos.
¡Si pudiese alcanzarlos y arrancarlos del cielo!
Ruori se detuvo en seco. La tripulación lo envolvió. Oyó una cantinela de trabajo, graves voces jóvenes con la alegría de haber sido siempre libres y no haber conocido nunca las privaciones, pero tan sólo encontraba eco en un lejano rincón de su cerebro.
—¡Izad velas! —cantó el primer oficial.
—¡Todavía no! ¡Todavía no! ¡Esperad!
Ruori corrió hacia la popa, subió la escalera y, dejando atrás al timonel, se dirigió hacia Doñita Tresa. Ésta se había alzado de nuevo y estaba con la cabeza inclinada, por lo que el cabello le cubría el rostro.
—Tresa —jadeó Ruori—. Tresa, tengo una idea. Pienso… quizá exista una posibilidad. Después de todo, quizá podamos combatirlos.
Ella alzó la vista, mirándole. Sus dedos se clavaron en su brazo, hasta que él notó cómo surgía sangre.
Las palabras salieron apresuradas de su boca:
—Dependerá… de atraerles… hacia nosotros. Por lo menos un par de sus naves… deben seguirnos… al mar. Creo que entonces, no estoy seguro de los detalles, pero podría ser… Podremos luchar… quizá hasta rechazarlos.
Ella seguía mirándole todavía. Él notó una duda.
—Naturalmente —dijo—, podemos ser derrotados. Y tenemos a muchas mujeres a bordo.
—Si perdemos —dijo ella con una voz tan débil que casi no podía oírla—, ¿moriremos, o seremos capturados?
—Creo que moriremos.
—En este caso bien —asintió ella, estremeciéndose—. Sí. Luche entonces.
—Tan sólo hay una cosa de la cual no estoy seguro: cómo hacer que nos persigan —hizo una pausa—. Si alguien se dejase… se dejase capturar por ellos, y les dijese que nos llevamos un gran tesoro, ¿se la creerían?
—Es muy posible que lo hiciesen —la vida había vuelto a su voz, y hasta una cierta ansiedad—. Digamos que se trata de la fortuna del calde. Nunca existió, pero los ladrones creerán que los sótanos de mi padre estaban llenos de oro.
—Entonces alguien tiene que ir hasta ellos —dijo Ruori. Le dio la espalda, juntó los dedos, y llegó a una conclusión que no deseaba—. Pero no puede ser cualquiera. Ellos llevarían a un hombre con los demás cautivos, ¿no es así? Quiero decir, ¿es que acaso le iban a escuchar?
—Probablemente no. Muy pocos de ellos saben spañol. Para cuando el hombre que hablase del tesoro fuese comprendido, es muy posible que ya estuviesen en el camino de regreso. —Tresa se enfurruñó—. ¿Qué es lo que vamos a hacer?
Ruori veía la respuesta, pero no podía salir de sus labios.
—Lo siento —murmuró—. Mi idea no era tan buena, después de todo. Partiremos.
La muchacha le bloqueó el paso contra la barandilla, colocándose frente a él como si de nuevo danzasen. Su voz era ya firme.
—Usted conoce una solución.
—No.
—En una noche, he llegado a conocerle bien. Es usted un mal embustero. Dígamelo.
Él apartó la vista. En alguna forma, logró decir:
—Una mujer… no cualquier mujer, sino una muy hermosa, ¿no sería llevada enseguida a su jefe?
Tresa se echó hacia atrás. El color abandonó su rostro.
—Sí —dijo finalmente—. Así lo creo.
—Pero quizá —dijo Ruori, descorazonado— la maten. Estos hombres matan por placer. No puedo dejar a nadie que haya sido confiado a mi protección arriesgarse a ser muerto así.
—¡Tonto pagano! —dijo ella entre labios apretados—. ¿Cree que la posibilidad de ser asesinada me preocupa?
—¿Qué otra cosa podría ocurrir? —preguntó sorprendido. Y entonces—: Oh, sí, naturalmente. Podría convertirse en una esclava si perdiéramos luego la batalla. Aunque me imagino, si ella es hermosa, que no sería maltratada.
—¿Y esto es todo lo que se le…? —Tresa se interrumpió. Él nunca hubiera supuesto que una sonrisa pudiese esconder un sentimiento de total ofensa—. Naturalmente, me debería de haber dado cuenta. Su pueblo tiene otra manera de pensar.
—¿Qué quiere usted decir? —tartamudeó él.
Durante otro largo momento, ella permaneció con los puños apretados. Luego, medio diciéndoselo a sí misma:
—Ellos asesinaron a mi padre, sí. Lo vi muerto en el umbral de la puerta. Ellos dejarán mi ciudad convertida en una ruina habitada por cadáveres.
Su cabeza se alzó.
—Iré —dijo.
—¿Usted? —Ruori la tomó por los hombros—. ¡No, seguro que usted no! Una de las otras…
—¿Debo acaso enviar a otra? Yo soy la hija del calde.
Se debatió para liberarse, y se apresuró a través de la cubierta, bajando por la escalerilla hasta la plancha. Su cabeza no se volvió hacia atrás.
Algunas palabras llegaron hasta Ruori, traídas por el viento:
—Después, si es que hay un después, siempre queda el convento…
Él no lo comprendió. Se quedó en la popa, viéndola alejarse y maldiciéndose a sí mismo hasta que se perdió de vista. Entonces dijo:
—Levad anclas —y la nave salió al mar.
V
Los Meycanos lucharon obstinadamente, calle por calle, casa por casa; pero tras un par de horas, sus soldados sobrevivientes habían sido acorralados en el rincón oeste de S’Antón. Ellos mismos no lo sabían, pero un jefe del Aire tenía una visión de la lucha desde arriba: una de las naves estaba ahora anclada a la catedral, con una escalerilla de cuerdas por la que los hombres subían y bajaban, y otra nave, con una tripulación reducida al mínimo, le traía noticias.
—Es suficiente —dijo Loklann—. Los tendremos acosados con un cuarto de nuestras fuerzas. No creo que efectúen una salida. Mientras tanto, el resto de nosotros podremos organizar las cosas; no debemos dejar mucho tiempo para que estos individuos se escondan, ellos y su plata. Al atardecer, cuando hayamos descansado, podemos lanzar paracaidistas tras las tropas de la ciudad, empujarlas hacia nuestras líneas y destruirlas.
Ordenó que aterrizase el Buffalo, para así poder embarcar el botín más precioso inmediatamente. Los hombres, en su mayoría, eran demasiado rudos; buenos chicos, pero igual podían dañar un ropaje precioso, o una copa, o una cruz enjoyada, en sus prisas. Y, a veces, esas cosas Meycanas eran demasiado bellas para regalarlas, y menos aún para venderlas.
La nave almirante descendió tanto como era posible. Todavía se encontraba a unos trescientos metros, porque las bombas manuales y los tanques de aleación de aluminio no permitían mucha compresión al hidrógeno. En un aire más frío y denso todavía habría estado suspendida a más altura. Pero desde ella fueron lanzadas cuerdas a un equipo de tierra reunido con prisas. En casa había cabrestantes en el exterior de cada vivienda, de tal forma que tan sólo cuatro mujeres podía hacer descender a una nave. Uno odiaba el procedimiento de emergencia de expulsar gas, pues los Mantenedores casi no podían suplir a las demandas, a pesar de la nueva unidad de energía solar añadida a su estación hidroeléctrica, y en consecuencia aumentaban los precios. O por lo menos, eso era lo que decían los Mantenedores, pero tal vez sólo estuviesen tomando ventaja del hecho de ser inviolables, por encima de todos los reyes, para subir los precios. Algunos jefes, incluyendo Loklann, habían empezado a experimentar la producción de hidrógeno por sí mismos, pero era cosa lenta el jugar con un arte que los mismos Mantenedores sólo comprendían a medias.
Aquí, los suficientes hombres fuertes reemplazaban a la maquinaria. El Buffalo estuvo pronto anclado a la plaza de la catedral, que llenaba casi por completo. Loklann inspeccionó cada atadura por sí mismo. Su pierna herida le dolía, pero no lo bastante como para impedirle caminar. Más molesto era su brazo derecho, que le dolía más por la sutura que por el corte original. El médico le había advertido que se cuidase. Esto significaba combatir con la zurda, pues nunca podría ser dicho que Loklann sunna Holber se había apartado del combate. Pero tan sólo sería la mitad de lo que había sido.
Tocó el cuchillo que le había herido. Por lo menos, había conseguido una buena hoja de acero a cambio. Y… ¿no había dicho su propietario que se volverían a encontrar, para dirimir quién lo conservaba? Había un presagio en estas palabras. Sería un placer reencarnar a ese Ruori.
—¡Capitán, capitán, señor!
Loklann miró a su alrededor. Yuw Red-ax y Aalan sunna Rickar, hombres de su propio clan, le llamaban. Agarraban los brazos de una joven mujer, vestida con terciopelo negro y plata. La multitud armada que permanecía en la plaza se iba concentrando a su alrededor, y entre los murmullos empezaban a oírse gritos admirativos.
—¿Qué ocurre? —dijo Loklann bruscamente. Tenía mucho qué hacer.
—Esta hembra, señor. Bien parecida, ¿no? La cogimos cerca del muelle.
—Bueno, metedla en el templo con el resto, hasta… Oh. —Loklann giró sobre sus talones, empequeñeciendo los ojos para mantener su verdosa mirada. Ciertamente era bien parecida.
—Ella estaba todo el rato gritando las mismas palabras una y otra vez: Chef, rey, gran ombre. Finalmente me pregunté si no querría decir «Jefe» —dijo Yuw—. Y entonces, cuando ella gritó: khan, estuve bastante seguro de que quería verte.
—¿Aba tu spañol? —dijo la muchacha.
Loklann sonrió.
—Sí —replicó en el mismo idioma. Sus palabras tenían un fuerte acento, pero eran suficientemente comprensibles—. Lo bastante como para saber que me estás hablando de tú —su bien formada boca se convirtió en una línea—, lo que significa que piensas que soy tu inferior… o tu dios, o tu amante.
Ella se sonrojó; echó hacia atrás su cabeza, con lo que el sol corrió entre su cabello color ala de cuervo, y contestó:
—Podrías decirles a estos brutos que me soltasen.
Loklann dio la orden en Angliz. Yuw y Aalan la dejaron ir. Las marcas de sus dedos quedaron impresas en sus brazos.
Loklann se mesó la barba.
—¿Querías verme? —preguntó.
—Si tú eres el jefe, sí —dijo ella—. Soy la hija del calde, Doñita Tresa Carabán. —Brevemente, su voz fluctuó—. Eso que llevas en el cuello es la cadena de rango de mi padre. He vuelto en nombre de su pueblo, para pedir condiciones.
—¿Qué? —Loklann parpadeó. Alguien, entre la multitud de guerreros, rió.
No debe estar acostumbrada a pedir favores, pensó; su tono continuaba siendo altivo.
—Considerando vuestras pérdidas seguras, si lucháis hasta el fin, y la posibilidad de provocar un contraataque contra vuestra patria, ¿no aceptaríais un tributo en dinero y un salvoconducto, a cambio de soltar a vuestros cautivos y cesar en vuestra destrucción?
—Por Oktai —murmuró Loklann—, tan sólo una mujer podría imaginar que nosotros… —se detuvo—. ¿Dijiste que habías vuelto?
Ella asintió.
—En nombre del pueblo. Sé que no tengo autoridad legal para solicitar condiciones, pero en la práctica…
—¡Olvídate de eso! —interrumpió él—. ¿De dónde has vuelto?
Ella vaciló.
—Esto no tiene nada que ver con…
Había demasiados oídos alrededor. Loklann aulló órdenes para que se comenzase un saqueo sistemático. Entonces se volvió a la muchacha.
—Ven a bordo de la nave conmigo —dijo—. Quiero discutir más esto.
Los ojos de ella se cerraron, pero tan sólo un momento, y sus labios se movieron levemente. Luego le miró, y él recordó haber visto una mirada semejante en un leopardo que había atrapado una vez. Después, ella dijo:
—Sí. Tengo otros argumentos.
—Toda mujer los tiene —rió él—. ¡Pero tú más que muchas!
—¡No es eso! —saltó ella—. Quiero decir… No. Marí, ruega por mí.
A medida que él se abría camino entre sus hombres, ella lo siguió. Pasaron al lado de las velas recogidas hacia una escalerilla que descendía del puente. En la cubierta inferior había abierta una compuerta, que dejaba ver una bodega de carga y grilletes de cuero para los esclavos. Unos poco centinelas estaban apostados en la cubierta superior. Se apoyaban en sus armas, sudando bajo sus cascos, intercambiando chistes; cuando Loklann llevó a la muchacha entre ellos, le gritaron su bienhumorada envidia.
Abrió una puerta.
—¿Has visto alguna vez uno de nuestros navíos? —preguntó.
La góndola superior contenía una larga habitación, desnuda excepto por los armazones de las literas, en los que estaban enrollados los sacos de dormir. Luego, una serie de particiones definía unas pequeñas cabinas, una especie de cocina y finalmente, en la misma proa, una habitación con mapas, tablas, instrumentos de navegación y tubos de comunicación. Sus paredes salían tanto hacia afuera que las encristaladas ventanas daban una espaciosa vista cuando el navío estaba en vuelo. En un armario, entre armas almacenadas, se encontraba un pequeño ídolo, con cuernos y cuatro brazos. En el suelo había un jergón enrollado.
—El puente —dijo Loklann— es también el camarote del capitán. —Hizo un gesto señalando a una de las cuatro sillas de mimbre, atadas al suelo—. Siéntate, Doñita. ¿Te gustaría algo para beber?
Ella se sentó, pero no le contestó. Sus puños estaban apretados sobre su regazo. Loklann se sirvió a sí mismo un vaso de whisky, y tragó la mitad de una sola vez.
—¡Ahhh! Más tarde conseguiremos algo de vuestro vino para ti. Es una pena que no conozcáis aquí el arte de destilar.
Unos ojos desesperados se alzaron hacia él.
—S’ñor —dijo ella—. Te ruego, en el nombre de Carito… bueno, en el de tu madre entonces… compadécete de mi pueblo.
—Mi madre se reiría hasta caer enferma si oyese esto —dijo él. Y echándose hacia adelante—: Veamos, no gastemos palabras. Estabas escapando, pero volviste. ¿A dónde escapabas?
—Yo… ¿Acaso importa eso?
Bien, pensó él, estaba empezando a desmoronarse. Volvió a insistir:
—Sí que importa. Sé que estabas en palacio esta mañana; sé que huiste con los extranjeros de tez oscura; sé que su nave partió hace una hora. Debes haber estado en ella, pero la abandonaste, ¿no es así?
—Sí —ella comenzó a temblar.
Loklann dio otro sorbo del fuego líquido y preguntó razonablemente:
—Ahora dime, Doñita: ¿qué es lo que tienes para negociar? No puedes haber esperado que abandonásemos la mejor parte de nuestro botín y una gran cantidad de valiosos esclavos por un simple salvoconducto. Todos los reinos del Aire nos habrían abominado. Venga, debes tener algo más que ofrecer, si es que esperas que aceptemos.
—No… realmente no.
Su mano explotó contra la mejilla de ella de tal forma que su cabeza dio una violenta sacudida por el golpe. Se acurrucó, tocándose la rojiza señal, mientras él chillaba:
—¡No tengo tiempo para juegos, dímelo! Dime en este momento qué pensamiento te trajo de vuelta aquí, abandonando la seguridad, o te echo abajo a la bodega. Alcanzarás un buen precio cuando los mercaderes hagan su próxima visita a Canyon. Hay muchas casas esperando por ti: la cabina de un maderero en Oregón, el yurt de un khan de los Mong en Tekkas, un burdel hacia el lejano este en Chai Ka-Go. Dime ahora y de verdad lo que sabes, y te evitarás todo esto.
Ella miró al suelo y dijo entrecortadamente:
—El buque extranjero está cargado con el oro del calde. Mi padre hacía tiempo que deseaba enviar su tesoro personal a un lugar más seguro que éste, pero no se atrevía a arriesgarlo en una caravana de carretas a través de los campos. Todavía hay muchos fuera de la ley entre aquí y Fortlez d’S’Ernán, y tanto botín podría tentar aún a la misma escolta militar a convertirse en bandidos. El capitán Lohannaso aceptó llevar el oro por el mar hasta Puerto Uanauato, que está cerca de Fortlez. Podíamos fiarnos de él porque su gobierno está ansioso de comerciar con nosotros. Vino aquí oficialmente. El tesoro ya había sido embarcado. Naturalmente, cuando ocurrió vuestro ataque, el buque embarcó también a las mujeres que habían estado en el palacio. ¿Pero no podéis vosotros perdonar sus vidas? Hay más botín en el barco extranjero del que toda vuestra flota pueda llevar.
—¡Por Oktai! —murmuró Loklann.
Le dio la espalda, paseó arriba y abajo, y finalmente se detuvo para mirar a través de la ventana. Casi podía oír las ideas perseguirse en su cerebro. ¡Tenía sentido! El palacio había sido un desengaño… oh, sí, unos damasquinados, y platería, y otras cosas aún, pero nada como en la catedral. O bien el calde era menos rico que poderoso, o escondía su tesoro. Loklann había planeado torturar unos cuantos sirvientes para averiguar cuál de las dos posibilidades era la cierta. Ahora se daba cuenta de que existía una tercera.
Sería mejor interrogar a algunos prisioneros, de cualquier forma, para asegurarse… No, no había tiempo. Dado un viento favorable, ese barco podía distanciar a cualquier navío aéreo sin molestias. Quizá fuese ya demasiado tarde para alcanzarlo. Pero si no… Hummm. El asalto no sería ninguna tontería. Ese delgado y balanceante casco era un pequeño blanco para los paracaidistas, y con tanto velamen… No, espera, los hombres atrevidos siempre encuentran un camino. ¿Qué tal si abordasen las partes altas del navío? Si el esfuerzo partía el cordamen, mejor: una cuerda lastrada daría entonces un buen camino de descenso hacia la cubierta. Por otra parte, si los garfios se mantenían, un grupo de abordaje podría bajar por las cuerdas hacia los mástiles. Sin duda los marinos eran también ágiles, pero ¿acaso habían manejado la vela de un navío aéreo en medio de una tormenta Merikana, a dos kilómetros sobre tierra?
Podría improvisar a medida que se desarrollase la batalla. ¡Por lo menos sería divertido el probar! Y a lo mejor podría volver a nacer como un conquistador mundial, si realizaba una tal hazaña en su vida.
Rió fuertemente, con alegría.
—¡Lo haremos! —gritó.
—¿Perdonará a la ciudad? —suplicó ella entrecortadamente.
—Nunca prometí tal cosa —dijo Loklann suavemente—. Naturalmente, la carga del navío ocupará el sitio que de otra forma habría llenado el botín y las personas. A menos que, ¡hum!, a menos que decidamos navegar el barco hasta Calforni, cargado, y encontrarnos allí con más naves aéreas. Sí, ¿por qué no?
—Perjuro —dijo ella, con un infierno de desprecio.
—Tan sólo prometí no venderte —dijo Loklann, y su mirada la recorrió de pies a cabeza—. Y no lo haré.
Dio un paso al frente, y la atrajo hacia sí. Ella luchó, maldiciendo. Logró sacar el cuchillo de Ruori de su cinto, pero la coraza detuvo la hoja.
Finalmente él se alzó. Ella lloraba a sus pies, con su pecho señalado por la cadena de su padre. Él dijo, más tranquilo:
—No, no te venderé, Tresa. Te guardaré.
VI
—¡Dirigibleeees!
El grito del vigía colgó solitario durante un minuto entre el viento y la amplia mar. Bajó por el palo mayor, e hizo que los tripulantes corrieran a sus puestos.
Ruori forzó su vista hacia el este. La tierra era una delgada línea bajo montañosas nubes cúmuliformes sombreadas de azul. Tardó algo en localizar al enemigo, en todo aquel cielo. Finalmente, el sol hirió sus ojos. Levantó su binoculares. Dos ballenas asesinas pintadas recorrían perezosamente su camino, bajando desde una altura de dos kilómetros.
Suspiró.
—Tan sólo dos —dijo.
—Pueden ser más que suficientes para nosotros —dijo Atel Hamid. Su frente estaba cubierta de sudor.
Ruori echó una aguda mirada a su primer oficial.
—No les tienes miedo, ¿verdad? Me atrevería a decir que ésta ha sido una de sus principales ventajas, la superstición.
—Oh, no, capitán. Conozco el principio de la aerostación tan bien como tú. Pero esa gente de arriba son duros de pelar. Y esta vez no están tratando de asaltarnos desde un muelle; están en su elemento.
—Nosotros también —Ruori dio una palmada en la espalda del otro—. Toma el mando. Tanaroa sabe qué es lo que va a suceder, pero usa tu propio juicio si caigo.
—Desearía que me dejases ir —protestó Atel—. No me gusta estar seguro aquí abajo. Es lo que pueda ocurrir arriba lo que me preocupa.
—No estarás todo lo seguro que desearías —Ruori forzó una sonrisa—, y alguien tiene que gobernar esta bañera hasta casa y entregar todos esos bonitos informes a la Comisión de Investigación Geotécnica.
Bajó por la escalerilla hasta la cubierta principal, y se dirigió hacia los obenques del palo mayor. Su tripulación se amontonaba gritando a su alrededor. Las armas brillaban. Las dos grandes cometas vibraban en su tiesa lona, atadas y esperando. Ruori deseaba que hubiese habido tiempo para construir más.
Aún tal como había sido, se había entretenido más de lo que parecía oportuno, primero dirigiéndose muy hacia el mar, y luego volviendo lentamente, para hacer que el enemigo le buscase mientras se preparaba. Cuando se había despedido de Tresa, sus propias ideas no habían consistido más que en la convicción de que podía luchar. Asumiendo que, después de todo, hubiesen estado tentados a perseguirle, había arriesgado que hubiesen perdido la paciencia y regresado a tierra. Ahora, durante una hora, había hecho tiempo con sólo una pequeña parte del velamen desplegado, esperando que el Pueblo del Aire fuese lo suficientemente ignorante en cosas del mar como para que no sospechase al ver tan poca lona en un tiempo tan bueno.
Pero aquí estaban, y con su llegada terminaban las preocupaciones y el remordimiento por la suerte de cierta muchacha. Tales emociones eran raras en un habitante de las Islas; y encontrarse a sí mismo enfocándolas en una sola persona, de todos los millones de la Tierra, había sido horrible. Ruori trepó rápidamente por las cuerdas, como si huyese de algo.
Los dirigibles estaban todavía muy arriba, pasando por encima llevados por una brisa de nivel alto. Aquí abajo, el viento casi venía del mismo sur. Los navíos aéreos, incapaces de maniobrar en poco espacio, descenderían luego, una vez rebasado el barco, para aproximarse a favor del viento. Aun así, estimó una parte fría de su cerebro, el Dolphin podía haber evitado tan torpe abordaje.
Pero el Dolphin no lo iba a hacer.
El aparejo estaba ahora constelado de marineros armados. Ruori se izó hasta la cruceta del palo mayor y se sentó, balanceando casualmente las piernas. El barco cabeceaba, y él estaba suspendido sobre la inmensidad verde azulada moteada de blanco. Se inclinó, sin apenas darse cuenta, y preguntó a Hiti:
—¿Estáis todos preparados?
—Sí señor —el enorme arponero, una masa de músculos y tatuajes, asintió con su cabeza rapada. Atada a la cuña de mastelero en la que estaba puesto de cuclillas se encontraba la catapulta del barco, montada y cargada con uno de los grandes arpones que podían matar a una ballena de un solo golpe. Un par más de arpones estaban a su lado, alineados en su estante. Los dos ayudantes de Hiti y cuatro marineros más estaban a su alrededor, blandiendo los arpones más pequeños, simples palos de dos metros, que eran lanzados a mano desde un bote. Los cables de todos ellos descendían desde el mástil hasta cubierta.
—Sí, ya pueden venir —Hiti sonrió con toda su cara redonda—. Nan se puede tragar al mundo, pero esto será buen motivo para una danza cuando regresemos a casa.
—Si es que volvemos —dijo Ruori. Tocó la pequeña hacha de bote que se había sujetado a la cintura. Como una cortina, el cegador día parecía velar una visión del hogar, donde los rompientes se deshacían en blanco bajo la luna, las fogatas ardían en la playa, los bailarines estaban alegres, y las palmeras daban sombras a las parejas que se alejaban. Se preguntaba qué opinaría de ello la hija de un calde Meycano… si era que su cuello no había sido cortado.
—Hay una tristeza en ti, capitán —dijo Hiti.
—Algunos hombres van a morir —contestó Ruori.
—¿Y qué? —unos pequeños ojos amistosos lo estudiaron—. Morirán alegres, si es preciso, por la canción que luego será hecha. Tienes otra preocupación más que la simple muerte.
—¡Déjame en paz!
El arponero pareció dolido, pero se retiró en silencio. El viento soplaba y el océano reverberaba a su alrededor.
Los navíos aéreos maniobraron, acercándose. Vendrían uno por cada lado. Ruori aprestó el megáfono que llevaba colgado del hombro. Atel Hamid mantenía al Dolphin en su camino, listo para maniobrar.
Ahora Ruori podía ver el sonriente dios en la proa del navío aéreo de estribor. Pasaría justo por encima de la punta de los mástiles, un poco hacia el lado del viento… Desde los palos partieron impulsivas flechas hacia él, sin efecto; pero nadie estaba lo suficientemente excitado como para malgastar una munición de rifle. Hiti hizo girar su catapulta.
—Espera —dijo Ruori—. Vale más que veamos primero lo que van a hacer.
Sobre la barandilla del dirigible aparecieron cabezas cubiertas por cascos. Un hombre se abocó, otro, y otro, a intervalos. Hicieron girar arpones de tres puntas y los lanzaron. Ruori vio como uno de ellos golpeaba el palo de proa, rebotaba, pegaba contra un foque… El cable que lo unía al dirigible se estiró y vibró, pero no se rompió, pues era de cuero. El foque cedió; se oyó el ruido de la lona cayendo, y golpeó a un marino en el estómago, arrojándolo de su puesto. El hombre se recobró lo suficiente como para estabilizarse y golpear el agua en un limpio salto. Lesu quisiera que viviese… El gancho rebotó, se cogió a una botavara. La madera rechinó… El buque tembló a medida que cable tras cable se tensaban de un tirón.
Se inclinó hacia un lado, empujado por la fuerza que tiraba de él. Las velas restallaron. Todavía no había peligro de hundimiento, pero un mástil podía ser arrancado de cuajo. Y ahora, saltando por encima de la barandilla y cogiéndose a los cables con brazos y piernas, llegaban los piratas. Chillando como chiquillos, se deslizaron hasta los ganchos y se agarraron a cualquier pieza del aparejo que les cayó a mano.
Uno de ellos saltó como un mono a la botavara del palo mayor. Uno de los ayudantes del arponero maldijo, lanzó su arma y atravesó al invasor.
—¡Basta de eso! —rugió Hiti—. ¡Necesitamos esos hierros!
Ruori dio una ojeada a la situación. El otro dirigible estaba aún maniobrando alrededor de su compañero, que estaba siendo empujado por el viento hacia babor. Se llevó el megáfono a la boca y el amplificador de batería solar gritó por él:
—… ¡Oíd, oíd! ¡Incendiad al segundo enemigo ahora, antes de que nos aborde! ¡Cortad los cables al primero y repeled a todos los asaltantes!
—¿Puedo disparar? —gritó Hiti—. Nunca tendré un blanco mejor.
—Sí.
El arponero tiró del gatillo de su catapulta, que se disparó con el ruido de un trueno. El acero dentado golpeó contra la góndola del dirigible al que estaba unido el barco en su parte inferior; la atravesó, y terminó en el otro lado del suelo de madera interior.
—¡Cobrad cuerda! —rugió Hiti. Sus propias manos de gorila ya estaban en la, empuñadura del torno. En alguna forma otros dos hombres encontraron sitio para ayudarle.
Ruori se dejó deslizar por las guarniciones del barraganete, y saltó a la botavara. Otro pirata había aterrizado allá, y un tercero estaba llegando, con dos más deslizándose tras él. El primero de ellos se balanceaba sobre sus pies desnudos tan bien como cualquier marino, y sacó una espada. Ruori se agachó mientras la hoja silbaba sobre él, se cogió a una cuerda de la principal con una mano, y se colgó de allí, golpeando con su hacha de bote al cable del gancho de abordaje. El pirata fintó y le lanzó un puntazo. Ruori pensó en Tresa, le dio un golpe seco en la cara con el hacha, y lo apartó hacia un lado, haciéndole caer en cubierta. Volvió a cortar; el cuero era duro, pero su hoja estaba afilada. El cable se partió y dio un latigazo al aire, alejándose. La botavara colgó libre, dando un tirón que casi hizo saltar los dedos de Ruori. El segundo Hombre del Aire trastabilleó, golpeó contra un saliente de abajo, y quedó inmóvil. Los hombres del cable se deslizaron hacia un inevitable final. Uno de ellos no pudo detenerse, y el mar lo tragó. El otro se destrozó contra la punta del mástil, llevado por el movimiento pendular.
Ruori se soltó de la botavara y se sentó por un momento, introduciendo aire en sus ardientes pulmones. La lucha se arrastraba alrededor suyo, por las guarniciones y vergas, y abajo en la cubierta. El otro dirigible se acercó. Por la popa, elevada por la velocidad del barco moviéndose con el viento, se alzó una cometa. Atel lanzó una orden y el timonel hizo girar la caña. A pesar del lastre que pesaba sobre él, el Dolphin respondió bien. La profunda ciencia de la mecánica de los fluidos había sido empleada en el diseño de la cometa. Empapada en aceite de ballena, se mantuvo en el aire por un tiempo, el suficiente para que unos «mensajeros» de papel ardiendo se elevasen por su cuerda. La cometa saltó en llamas.
El dirigible se apartó, la cometa cayó, su pequeña carga de pólvora explotó sin daño alguno. Atel maldijo y dio nuevas órdenes. El Dolphin cambió de rumbo. La segunda cometa, ya en el aire y en llamas, golpeó a su blanco. Detonó.
El hidrógeno surgió a chorros. No hubo explosión, pero repentinas llamas envolvieron al dirigible. Parecían pálidas al brillo del sol. Comenzó a elevarse humo, a medida que el plástico entre las celdillas de gas se desintegraba. La nave aérea descendió como un lento meteoro al agua.
Su compañera no tenía otra elección razonable sino soltar las amarras no cortadas, abandonando al grupo de abordaje, aún en inferioridad numérica. Su capitán no podía saber que el Dolphin tan sólo había poseído dos cometas. Unas pocas descargas vengativas de catapulta fueron lanzadas desde ella; luego se soltó, deslizándose hacia popa. El buque Maurai se balanceó buscando el viento.
El enemigo podía retirarse o tal vez planear un nuevo ataque. Ruori no quería que ocurriese ninguna de las dos cosas. Dijo a través del megáfono:
—¡Animo, muchachos! ¡Acabemos con esa escoria! —y capitaneó un descenso por las cuerdas hacia la cubierta, donde continuaba el combate.
Por su parte, el grupo de Hiti había acertado a la góndola con tres arpones grandes y media docena de pequeños.
Sus cables se arrastraban en líneas cada vez más tensas desde el dirigible hasta el cabrestante, en los costados. Ya no había miedo de una tensión indebida. El Dolphin, como cualquier otro navío Maurai, estaba proyectado para vivir del mar en sus viajes. Había arrastrado más de una ballena a su costado; un dirigible no era nada a su lado. Lo que contaba ahora era la velocidad, antes de que los piratas se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo y encontrasen una forma para liberarse.
—¡Tohiha, hoiha, itoki, itoki! —el viejo canto de canoa se elevó a medida que los hombres se esforzaban alrededor del cabrestante. Ruori se posó en cubierta, vio a un hombre de Canyon luchando con un marino, espada contra maza, y descerebró al enemigo desde atrás como hubiera acabado con cualquier alimaña. Entonces se preguntó, algo asombrado, qué era lo que le hacía pensar así de un ser humano.
La batalla concluyó rápidamente, los Hombres del Aire se enfrentaban contra una tarea imposible. Pero media docena de ciudadanos de la Federación estaban malheridos. Ruori hizo que los pocos piratas sobrevivientes fueran llevados al dispensario, e hizo bajar a sus propios heridos abajo, a los anestésicos y antibióticos, y a las arrullantes Doñitas. Entonces, rápidamente, preparó a su tripulación para la siguiente fase.
El dirigible había sido acercado hasta casi el costado del buque. Estaba tan decantado que sus catapultas eran inútiles. Los piratas se alineaban en cubierta, gritando y agitando sus armas. Sobrepasaban a la tripulación del Dolphin en tres o cuatro veces. Ruori reconoció a uno de entre ellos: el hombre alto y rubio que había luchado contra él fuera del palacio. Notó un sentimiento extraño.
—¿Los quemamos un poco? —preguntó Atel.
Ruori sonrió.
—Supongo que tendremos que hacerlo —dijo—. Trata de no incendiar la nave. Sabes que la necesitamos.
Una viga movible era levantada y bajada, llevada por fuertes isleños. De una manguera de cerámica surgió un chorro de fuego. El humo y el hedor, y los chillidos que siguieron, y las cosas que pudieron ser vistas cuando Ruori ordenó cesar el fuego, hicieron sentirse un poco mal hasta al más endurecido veterano de las patrullas contra corsarios. Los Maurai eran un pueblo asentimental, pero no les gustaba hacer daño.
—Manguera —carraspeó Ruori. Los chorros de agua que siguieron fueron como una bendición. El mimbre que había comenzado a arder chisporroteó hasta un silencio renegrido.
Los ganchos propios de la nave fueron lanzados. Un par de grumetes se adelantaron a los hombres maduros para ser los primeros en los cables. No encontraron resistencia en la cubierta. La mayoría de los piratas, indemnes, permanecían como atontados, con las armas a sus pies: el espíritu de lucha les había abandonado. Tras los muchachos fueron puestas pasarelas; la tripulación del Dolphin transbordó en masa al dirigible y comenzó a reunir a los prisioneros.
Unos pocos Hombres del Aire se ocultaban tras una puerta, con las armas empuñadas. Ruori vio al rubio alto entre ellos. El hombre tomó la daga de Ruori en su zurda y corrió hacia él. El brazo derecho parecía inutilizado.
—¡A Canyon, a Canyon! —gritaba, el fantasma de un grito de guerra.
Ruori fintó la carga y le zancadilleó. El rubio tropezó. Mientras caía, la parte roma del hacha de Ruori se descargó sobre su nuca. Cayó al suelo, trató de levantarse, se estremeció, y volvió a caer espasmódicamente.
—Quiero mi cuchillo de vuelta. —Ruori se acuclilló, le sacó el cinturón de cuero, y lo comenzó a atar con él.
Unos asombrados ojos azules le miraron como suplicando.
—¿No me vas a matar? —murmuró el otro en spañol.
—Haristi, no —dijo Ruori sorprendido—. ¿Por qué debería hacerlo?
Se alzó. La última resistencia había terminado, el dirigible era suyo. Abrió la puerta de proa, pensando que el equivalente del puente de un barco debería encontrarse tras ella. Luego, durante un momento, no se movió en absoluto, ni oyó otra cosa que el viento y su propia sangre.
Fue Tresa la que finalmente llegó hasta él. Iba con las manos extendidas, como un ciego, y sus ojos veían a través de él.
—Está usted aquí —dijo, con voz vacía y sin entonación.
—Doñita —tartamudeó Ruori. Tomó sus manos—. Doñita. Si hubiese sabido que estaba a bordo, nunca habría… habría arriesgado…
—¿Por qué no nos hizo arder y nos hundió como al otro navío? —dijo ella con voz desmayada—. ¿Por qué debe éste regresar a la ciudad?
Se soltó de él y trastabilleó afuera, hacia la cubierta. Estaba muy decantada y se balanceaba bajo sus pies. Cayó, se volvió a levantar, y se dirigió hacia la barandilla, donde se quedó mirando al océano. Su cabello y su ropa desgarrada ondeaban al viento.
VII
Había una gran parte de técnica en el manejo de una nave aérea. Ruori notaba que los treinta hombres que había puesto a bordo de ésta estaban tripulándola tan mal como era posible. Un Hombre del Aire experimentado sabría qué clase de térmicas y corrientes descendentes esperar, con una simple mirada al agua de abajo; podría estimar el nivel al cual una brisa deseada estaba soplando, y elevarse o descender continuadamente; hasta podría dirigirse en contra del viento, aunque éste debería ser un proceso lento y muy plagado de desviaciones.
Sin embargo, un estudio de una hora demostró los principios básicos. Ruori volvió al puente y dio órdenes por el tubo comunicador. Entonces, la tierra se acercó. Una mirada hacia abajo le mostró al Dolphin con su cargamento de cautivos de guerra, siguiéndole con velas acortadas. Él y sus compañeros aeronautas tendrían que soportar una buena cantidad de bromas acerca de su celestial paso de tortuga. Ruori no sonrió ante ese pensamiento ni planeó sus réplicas, como habría hecho ayer. Tresa estaba sentada tan rígidamente al lado suyo…
—¿Sabe el nombre de este navío, Doñita? —preguntó, para romper el silencio.
—Él lo llamó Buffalo —contestó ella, remota y desinteresada.
—¿Qué es eso?
—Una especie de ganado salvaje.
—Creo comprender, entonces, que él le habló mientras navegaban en mi búsqueda. ¿Dijo alguna cosa de interés?
—Habló de su pueblo. Se vanaglorió de todas las cosas que ellos tienen y nosotros no… motores, energías, aleaciones… como si esto les redimiese de ser una manada de sucios salvajes.
Finalmente, estaba demostrando algo de espíritu. Ruori había temido que ella hubiese comenzado a desear que su corazón se parase. Pero recordó que no había visto evidencias de esta común práctica Maurai aquí en Meyco.
—¿Abusó tan malamente de usted, entonces? —preguntó sin mirarla.
—Usted no lo consideraría abuso —dijo ella violentamente—. ¡Ahora déjeme sola, por favor! —oyó como se alejaba, a través de la puerta, hacia las secciones posteriores.
Bueno, pensó, después de todo, su padre fue asesinado. Esto dolería a cualquiera, en cualquier parte del mundo, pero tal vez a ella más que a él, porque un niño Meycano era educado tan sólo por sus padres; no pasaba la mitad de su tiempo comiendo o durmiendo o jugando con cualquier pariente casual, como la mayor parte de los jóvenes de las Islas. Así que los parientes inmediatos debían tener aquí mayor significativo psicológico. Al menos, era la única explicación que Ruori podía pensar de la súbita oscuridad en el interior de Tresa.
La ciudad apareció ante su vista. Vio los restantes navíos enemigos flotando encima de ella. Tres contra uno… sí, esto se convertiría en una leyenda entre el Pueblo del Mar, si es que tenía éxito. Ruori sabía que él debería haber sentido el mismo placer descuidado que un hombre notaba esquiando sobre las olas, o luchando contra los tiburones, o navegando en un tifón, o en cualquier deporte arriesgado en el que el éxito significase gloria y mujeres. Podía oír a sus hombres cantar afuera, tamborilear ritmos guerreros con sus manos y pies. Pero su propio corazón era el Ártico.
El navío hostil más cercano se aproximó. Ruori trató de enfrentarse a él en una forma profesional. Había disfrazado a su tripulación con ropas capturadas a los Hombres del Aire. Una mirada superficial los confundiría con legítimos Canyonitas, cansados tras una dura lucha pero con el capturado buque Maurai a sus talones.
Mientras los norteños se acercaban en la fácil manera de los navíos aéreos, Ruori tomó su tubo de comunicación.
—Mantenedlo estabilizado. Disparad cuando pasemos por su costado.
—Sí, señor —dijo Hiti.
Un minuto después el capitán oyó rugir la catapulta de arpones. A través de un ojo de buey, vio al proyectil golpear a la otra góndola en el centro.
—Soltad cable —dijo—. Debemos retenerlo para la cometa, pero no quemarnos nosotros mismos.
—Sí, he pescado peces espada antes de ahora —la risa burbujeaba en el tono de voz de Hiti.
El enemigo se apartó frenético. Unos pocos disparos saltaron de sus catapultas; uno acertó, pero una simple celdilla de gas reventada significaba poco.
—¡Estabilizad! —gritó Ruori. No tenía ningún sentido el presentar su costado a una andanada. Ambos navíos comenzaron a derivar en la dirección del viento, con las velas batiendo.
—¡Mantened! —el Buffalo se convirtió en un ancla, reteniendo a su víctima. Y aquí llegó la cometa preparada y enviada desde abajo. Esta vez incluía ganchos. Se agarró y se mantuvo en el globo Canyonita.
—¡Largad! —gritó Ruori. El fuego subió por la cuerda de la cometa. En unos minutos había envuelto al enemigo. Unos pocos paracaídas fueron empujados por el viento hacia el mar.
—Y quedan dos —dijo Ruori, sin que su voz registrase el triunfo que gritaban sus hombres.
Los invasores no eran tontos. Sus otros dirigibles giraron sobre la ciudad, no deseando exponerse a las llamas que subían desde el mar. Uno descendió, lanzó cables y fue rápidamente anclado a la plaza. A través de sus binoculares Ruori vio como hombres armados subían en masa a bordo del mismo. El otro, sin duda con una simple tripulación de patrulla, maniobró hacia el Buffalo, que se aproximaba.
—Creo que éste quiere enfrentarse a nosotros —avisó Hiti—. Mientras tanto el número dos, ahí abajo, tomará a bordo a un par de centenares de soldados, luego se pondrá a nuestro costado y nos abordará.
—Lo sé —dijo Ruori—. Sigámosles la corriente.
Maniobró como si fuera a acercarse al escasamente tripulado patrullero. No la evitó, como había temido que hiciese; la que ocurría era que había una bravura compulsiva en la cultura del Aire. En vez de esto, maniobró para abordar cuanto antes. Esto daría a su compañero una posibilidad de cargar guerreros y elevarse… esto fue casi lo que ocurrió. Ahora vamos a asustarles, decidió Ruori.
—Flechas de fuego —dijo. Fuera, en la cubierta, pistones de madera dura fueron introducidos en pequeños cilindros, haciendo entrar en ignición yescas en el fondo; así fueron encendidas varias flechas mojadas en aceite. Cuando el enemigo estuvo a tiro, de los arqueros del Buffalo comenzaron a salir cometas de fuego.
Si esta tentativa no hubiese funcionado, Ruori habría dado la vuelta. No deseaba sacrificar más hombres en combate cuerpo a cuerpo. En su lugar, habría tratado seriamente de quemar o incendiar el otro buque aéreo desde lejos, como necesitaba su estrategia. Pero el efecto moral de desastre previo estaba muy presente. A medida que las flechas de fuego golpeaban la góndola, una táctica de batalla tan de dos filos que ninguna tripulación norteña estaba ni equipada para ella, los Canyonitas entraron en pánico y se tiraron por la borda. Tal vez, mientras descendían en paracaídas, unos pocos se dieron cuenta de que ninguna flecha había sido dirigida a su depósito de gas.
—¡Cobrad cuerda rápido! —gritó Ruori—. ¡Apagad los fuegos!
Los anzuelos golpearon en su objetivo. Los dirigibles se aproximaron relativamente. Los hombres saltaron a la otra cubierta; los cubos de agua salpicaron.
—Atención —dijo Ruori—. La mitad de la gente, a la presa. Cortad las cuerdas y recogedlas pronto.
Depositó el tubo. Una puerta chirrió tras él. Se giró al tiempo que Tresa entraba en el puente. Todavía estaba pálida, pero en alguna forma había peinado su cabello, y su cabeza estaba alta.
—¡Otro! —dijo, en un tono casi de alegría—. ¡Tan sólo queda uno de ellos!
—Pero estará lleno de sus hombres —protestó Ruori—. Desearía ahora no haber aceptado su negativa a ir a bordo del Dolphin. No estaba pensando claramente. Esto es demasiado peligroso.
—¿Cree que esto me preocupa? —dijo ella—. Soy una Carabán.
—Pero a mí sí me preocupa —respondió él.
La altivez la abandonó; tocó su mano, por un momento, y sus mejillas se colorearon.
—Perdóneme. ¡Ha hecho usted tanto por nosotros! No hay ninguna forma en que podamos agradecérselo nunca.
—Sí, la hay —dijo Ruori.
—Dígalo.
—No pare su corazón tan sólo porque ha sido herido.
Ella le miró con una especie de amanecer en sus ojos.
El contramaestre apareció en la compuerta exterior.
—Todo preparado, capitán. Estamos manteniéndonos a unos trescientos metros, con un hombre al pie de cada válvula de estos dos navíos que tenemos.
—¿Se le ha asignado a cada uno un cable particular?
—Sí, señor —el contramaestre partió.
—Usted necesitará uno también. Venga. —Ruori tomó a Tresa por la mano y la llevó a cubierta. Vieron el cielo a su alrededor, una brisa tocó sus rostros, y la superficie bajo sus pies se movía como una cosa viva. Él indicó una de las muchas cuerdas delgadas de los depósitos del Dolphin atada a la barandilla.
—No vamos a arriesgar tirarnos en paracaídas con hombres inexpertos —dijo—. Pero usted no tiene experiencia en descender por una de éstas. Le haré un arnés que la mantendrá en seguridad. Baje mano sobre mano. Cuando llegue a tierra, corte la cuerda.
Su cuchillo cortó algunos trozos de cuerda y los anudó juntos con la pericia de un marino. Cuando le ajustó el arnés, notó como ella se tensaba bajo sus dedos.
—Pero yo soy su amigo —murmuró él.
Ella se relajó y llegó a sonreír desmayadamente. Él le dio su cuchillo y volvió al interior.
Y ahora, el último buque pirata se alzaba de tierra. Se movía cerca; los dos navíos de Ruori no intentaron huir. Vio cómo la luz del sol brillaba en el metal. Sabía que ellos habían contemplado el fin de sus compañeros y que no serían engañados por la misma táctica. En vez de esto, se acercarían, aunque su navío ardiese a su alrededor, pues por lo menos podrían prenderle fuego a su vez y luego lanzarse en paracaídas hacia la seguridad. No hizo lanzar flechas.
Cuando tan sólo una corta distancia los separaba de su enemigo, gritó:
—¡Abrid las válvulas!
El gas brotó de los depósitos de ambos navíos. Los navíos, unidos, cayeron.
—¡Fuego! —gritó Ruori. Hiti apuntó su catapulta hacia arriba y envió un arpón con un cable de anclaje a través del fondo de su atacante.
—¡Incendiad y abandonad!
Los hombres en la cubierta prendieron fuego al aceite que otros derramaban de jarras. Las llamas se alzaron.
Con el peso de los dos casi desinflados dirigibles arrastrándole hacia abajo, el buque de Canyon comenzó a caer. A ciento cincuenta metros, las cuerdas lanzadas se arrastraron a través de los techos planos y descendieron hasta las calles.
Ruori se tiró por la borda. Se cortó las palmas de sus manos bajando.
Pese a todo, no fue demasiado rápido. El dirigible arponeado ordenó que se soltase el hidrógeno comprimido. El navío se elevó a unos trescientos metros con su carga, buscando espacio abierto. Probablemente nadie había visto todavía que su lastre estaba en llamas. En cualquier caso, no le sería demasiado fácil el cortar o desprender uno de los arpones de Hiti.
Ruori miró hacia arriba. Avivadas por el viento, las llamas no producían humo, eran como un pequeño y violento sol. No había contado con que su fuego tomase a su enemigo totalmente por sorpresa. Había supuesto que saltarían en paracaídas a tierra, donde los Meycanos podrían atacarles. Casi deseaba poderles advertir.
La llama alcanzó al hidrógeno restante de los desinflados globos. Hubo como un suspiro gigante. El navío más alto se convirtió en una pira voladora. El viento lo llevó fuera de las murallas de la ciudad. Unas pocas figuras similares a hormigas lograron liberarse. El paracaídas de una estaba ardiendo.
—Sant’ísima Marí —suspiró una voz. Y Tresa se abrazó a Ruori, y ocultó su rostro en él.
VIII
Tras la oscuridad, se encendieron velas en todo el palacio. No podían ocultar la fealdad de las desnudas paredes y de los ennegrecidos techos. Los guardias que custodiaban la habitación del trono estaban harapientos y cansados. Tampoco el mismo S’Antón se regocijaba todavía; había demasiados muertos.
Ruori se sentaba en el trono del calde, con Tresa a su derecha y Pauolo Dónoju a su izquierda. Hasta que un nuevo grupo de dirigentes pudiese ser escogido, éstos debían tomar la autoridad. El Don se sentaba rígido, no permitiendo que su cabeza vendada cayese, pero de vez en cuando sus párpados se volvían demasiado pesados para continuar abiertos. Tresa miraba con unos ojos enormes debajo de la capucha de una amplia capa que la cubría. Ruori estaba sentado cómodamente; se sentía un poco más contento ahora que la lucha había terminado.
Había sido una cosa desagradable, aún después de que las envalentonadas tropas de la ciudad habían efectuado una salida y arrasado al enemigo ante ellas. Demasiados Hombres del Aire habían luchado hasta la muerte. Los centenares de prisioneros, principalmente procedentes del primer éxito Maurai, probarían ser un peligroso botín; nadie estaba seguro de qué se debía hacer con ellos.
—Pero por lo menos su hueste ha sido batida —dijo Dónoju.
Ruori agitó su cabeza.
—No, S’ñor. Lo siento, pero no se ve el final. Allá en el norte hay millares de esas naves aéreas y un fuerte pueblo hambriento. Volverán de nuevo.
—Nos enfrentaremos a ellos, capitán. La próxima vez estaremos preparados. Una guarnición mayor, globos de barrera, cometas de fuego, cañones que disparen hacia arriba, hasta una fuerza aérea propia… Podemos aprender lo que debemos hacer.
Tresa se movió. Había de nuevo vida en sus palabras, pero una vida que odiaba.
—Al final, llevaremos la guerra hasta ellos. No quedará nadie en todas las mesetas de Corado.
—No —dijo Ruori—. Esto no debe suceder.
La cabeza de ella giró violentamente. Le miró desde la sombra de su capucha. Finalmente, dijo:
—En verdad, estamos obligados a amar a nuestros enemigos, pero esto no se aplica al Pueblo del Aire. ¡No son humanos!
Ruori habló a un paje:
—Traigan al prisionero principal.
—¿Para oír nuestro juicio sobre él? —preguntó Dónoju—. Pero esto debe hacerse formalmente, ante el público.
—Tan sólo para que hable con nosotros —dijo Ruori.
—No le comprendo —dijo Tresa. Su voz le falló, incapaz de demostrar el desprecio que pretendía. Pero las frases surgieron—: Tras todo lo que ha hecho, de repente no hay hombría en usted.
Él se preguntó por qué le dolía el que Tresa dijese aquello. No le hubiera preocupado si hubiese sido cualquier otra persona.
Loklann entró entre dos guardias. Sus manos estaban atadas a su espalda, y en su rostro había sangre seca, pero caminaba bajo las picas como un conquistador. Cuando llegó ante los troncos, se detuvo con las piernas entreabiertas y sonrió a Tresa.
—Bueno —dijo—, así que encuentra a esos otros menos satisfactorios y quiere que vuelva.
Ella saltó en pie y gritó:
—¡Mátenlo!
—¡No! —dijo Ruori.
Los guardias dudaron, con sus machetes a medio desenvainar. Ruori se alzó y cogió la muñeca de la muchacha. Ella luchó, arañando como un gato.
—No lo maten, entonces —asintió finalmente, tan irritada que casi no se la entendía—. No ahora. Háganlo lentamente. Estrangúlenlo, quémenlo vivo, empálenlo con sus lanzas…
Ruori siguió apretando hasta que se calló. Cuando la soltó, ella se sentó y lloró.
Pauolo Dónoju dijo, con una voz que era como acero:
—Creo que entiendo. Ciertamente debe ser inventado un castigo apropiado.
Loklann escupió en el suelo.
—Naturalmente —dijo—. Cuando tienen a un hombre atado hay muchísimos juegos sucios que jugar con él.
—Cállese —dijo Ruori—. No está ayudando a su propia causa. Ni a la mía.
Se sentó, cruzó las piernas y entrelazó los dedos alrededor de una rodilla, mirando ante él, hacia la oscuridad del fondo del salón.
—Sé que todos ustedes han sufrido por culpa de este hombre —dijo lentamente y con cuidado—. Pueden esperar sufrir aún más en manos de sus compatriotas en el futuro. Ellos son una raza joven, irreflexivos como niños, tal como sus antepasados y los míos lo fueron una vez. ¿Creen ustedes que el Perio fue establecido sin daño ni dolor? ¿O, si recuerdo su historia correctamente, que el pueblo Spañol fue bienvenido aquí por los inios? ¿Qué los Ingliss no llegaron a N’Zealann con matanzas y que los Maurai no fueron en otro tiempo caníbales? En una época de héroes, el héroe ha de tener siempre un oponente.
»Su verdadera arma contra el Pueblo del Aire no es un ejército enviado a perderse en montañas ignotas. Sus sacerdotes, mercaderes, artistas, artesanos, modas, costumbres, conocimientos… ¡he ahí la manera para hacerlos caer de rodillas ante ustedes, si saben usarla!
Loklann se estremeció.
—Usted, demonio —murmuró—. ¿Piensa usted en realidad convertirnos a… a la fe de una mujer y a la jaula de una ciudad? —echó hacia atrás su cabello y rugió en tal forma que las paredes resonaron—. ¡No!
—Esto llevará un siglo o dos —dijo Ruori.
Don Pauolo sonrió en su joven y poco poblada barba.
—Una venganza refinada, S’ñor capitán —admitió.
—¡Demasiado refinada! —Tresa levantó su rostro de las manos, tragó aire y alzó su mano engarfiada, dejándola caer en el aire como si fuese en los ojos de Loklann—. Aún si fuese posible hacerlo —se indignó—, aún si tienen alma, ¿qué es lo que nos une a ellos, o a sus hijos, o a sus nietos… con ellos que han matado hoy a nuestros hijos? Ante Dio todopoderoso: yo soy la última Carabán y tendré mis seguidores para hablar por mí en el gobierno de Meyco. ¡Nunca habrá para ellos otra cosa sino exterminio! Lo podemos hacer, lo juro. Habrá Tekkanos que nos ayudarán por el botín. ¡Viviré para ver tu hogar ardiendo, cerdo, y tus hijos cazados con perros!
Se volvió frenética hacia Ruori.
—¿De qué otra forma podemos estar seguros? Estamos rodeados por enemigos. No tenemos otra posibilidad sino destruirlos, o ellos nos destruirán a nosotros. Y somos la última civilización Merikana.
Se sentó y se estremeció. Ruori extendió el brazo para tomar sus manos. Se notaba fría. Por un simple instante, inconscientemente, ella contestó a su presión. Luego se apartó violentamente.
Él suspiró, cansado.
—Tengo que estar en desacuerdo —dijo— y lo lamento. Comprendo cómo se siente.
—No lo comprende —dijo ella entre dientes—. No puede comprenderlo.
—Pero, después de todo —continuó él, forzando un tono seco—, no soy tan sólo un hombre con deseos humanos. Represento a mi gobierno. Debo volver para contarles lo que hay aquí y puedo predecir su respuesta.
»Les ayudarán a repeler los ataques. Ésta es una ayuda que ustedes no pueden rechazar, ¿no es así? Los hombres que sean responsables de todo Meyco no van a declinar nuestra oferta tan sólo por conservar una precaria independencia de acción, no obstante lo que puedan argumentar unos pocos extremistas. Y nuestras condiciones serán muy razonables: no pediremos mucho más que una política que tienda hacia una conciliación y unas relaciones estrechas con el Pueblo del Aire, tan pronto como éste se haya cansado de estrellarse contra nuestra defensa unida.
—¿Cómo? —exclamó Loklann. El resto de los presentes estaban en el más absoluto de los silencios. Bajo las sombras de los cascos brillaban blanquecinos los ojos, clavados en Ruori.
—Empezaremos contigo —dijo el Maurai—. Cuando sea oportuno, tú y tus compañeros seréis escoltados a vuestros hogares. Vuestro rescate será el que vuestra nación permita entrar en su territorio una misión diplomática y comercial.
—No —dijo Tresa, como si hacerlo le causara daño en la garganta—. Él no. Haga regresar a los otros si debe hacerlo, pero no a él… para que pueda vanagloriarse de lo que hizo hoy.
Loklann sonrió de nuevo, mirándola cara a cara.
—Lo haré —dijo.
Ruori sintió que en su interior se encendía la ira, pero mantuvo su boca cerrada.
—No lo comprendo —dudó Don Pauolo—. ¿Por qué favorece a esos animales?
—Porque son más civilizados que ustedes —contestó Ruori.
—¿Qué? —El noble saltó en pie, echando mano a su espada. Luego, envaradamente, se sentó de nuevo. Su tono se convirtió en helado—. Explíquese, S’ñor.
Ruori no podía ver el rostro de Tresa, sumergido en la noche propia de su capucha, pero notaba que se estaba alejando de él más que una estrella.
—Han desarrollado navíos aéreos —dijo, derrumbándose en su silla, agotado y sin ninguna sensación de victoria. ¡Oh gran creador Tanaroa, pensó, concédeme el descanso por esta noche!
—Pero…
—Lo han hecho partiendo de la nada —explicó Ruori—, no como una mera copia de antiguas técnicas. Comenzando como refugiados, el Pueblo del Aire creó un sistema agrícola que puede lanzar guerreros, por millares desde lo que antes era un desierto y, sin embargo, sin necesitar para mantenerlo hordas de peones. Interrogándoles me he enterado de que aprovechan la energía solar y la hidroeléctrica, que tienen una cierta química de síntesis, un arte de la navegación con todas las matemáticas superiores que ello lleva consigo, pólvora, metalurgia, aerodinámica… ¡Oh!, me atrevería a decir que se trata de una cultura desequilibrada, una delgada capa de conocimientos sobre una masa ignorante en su mayoría, pero aún la masa debe de respetar la tecnología, pues de lo contrario ésta no habría llegado tan lejos.
»Resumiendo —suspiró, preguntándose si lograría hacer que ella comprendiese—: el Pueblo del Aire es una raza científica… la única otra, aparte de nosotros mismos, que hemos descubierto hasta ahora los Maurai. Y esto los convierte en algo demasiado precioso para dejar que desaparezca.
»Ustedes tienen aquí mejores modales, unas leyes más humanas, un arte más desarrollado, una visión más amplia, todas las virtudes tradicionales. Pero no son científicos. Ustedes usan el corrompido conocimiento heredado de los antiguos. Como ya no hay combustibles minerales, dependen de la fuerza bruta, por lo que inevitablemente existe una clase de peones, y siempre existirá. Puesto que las minas de hierro y de cobre ya están exhaustas, ustedes desguazan las ruinas antiguas. En su tierra no he visto investigaciones sobre la energía del viento, del sol o de las reservas de energía de la célula viva, y ya no hablemos de la posibilidad teórica de la fusión del hidrógeno sin necesidad de un cebador de uranio. Ustedes irrigan el desierto con un esfuerzo mil veces superior al que necesitarían para cultivar el mar y a pesar de esto nunca han tratado siquiera de mejorar sus técnicas de pesca. Ustedes no han explotado el aluminio que se encuentra abundante en las arcillas ordinarias ni tratado de convertir ese aluminio en aleaciones duras. ¡No, sus campesinos usan herramientas de madera y materias volcánicas!
»¡Oh, ustedes no son ni ignorantes ni supersticiosos! Lo que les falta son únicamente los recursos para adquirir nuevos conocimientos. Son ustedes una buena gente y el mundo es mejor al tenerlos, y yo les aprecio tanto como odio al demonio este que tenemos frente a nosotros. Pero, amigos míos, si se les dejase a sus propios recursos, el resultado final sería que se deslizarían ustedes, elegantemente, de vuelta a la Edad de Piedra.
Una cierta fuerza volvió a él. Elevó su voz hasta que llenó la sala:
—El camino del Pueblo del Aire es el rudo camino hacia delante, hacia las estrellas. En este aspecto, y eso está por delante de cualquier otra consideración, son más semejantes a nosotros, los Maurai, de lo que ustedes puedan serlo. Y no podemos dejar morir a algo que se nos asemeja tanto.
Se sentó entonces, en silencio, frente a la mueca de Loklann y la mirada de Dónoju. Un centinela cambió de pie, con un débil crujido de su arnés de cuero.
Tresa dijo finalmente, con una voz muy baja entre las sombras:
—¿Es ésa su decisión final, S’ñor?
—Sí —dijo Ruori. Se volvió hacia ella. Como se echaba hacia delante, la capucha caía algo hacia atrás, con lo que la luz de las velas le tocó el rostro. Y la vista de los ojos verdes y de los entreabiertos labios le devolvió su victoria.
Sonrió.
—No espero que lo comprenda en seguida. ¿Podría discutirlo de nuevo con usted… a menudo? Cuando haya visto usted las Islas espero que…
—¡Es usted un… un extranjero! —gritó ella.
Su mano golpeó en la mejilla de él. Se levantó y, descendiendo por las escaleras, salió de la sala.
Ruori no se llevó la mano a la mejilla. Siguió a Tresa con la mirada, incluso por un corto espacio de tiempo después de que ella se hubo ido. Entonces se volvió con un esfuerzo hacia Dónoju y dijo:
—Lo siento si les he ofendido. Algunas cosas… —vaciló, por lo que Dónoju hizo una inclinación, con una instintiva cortesía, hacia él— son más importantes que… que la ternura.
Se levantó.
—Ruego que me excusen —dijo—. Estamos todos tan cansados, creo… Desearía retirarme a dormir a bordo de mi buque esta noche.