País Relato - Autores

pilar adón

little frog, little frog

1
ERA el día de su cumpleaños. Los pájaros cantaban para ella. Sus familiares vendrían a casa para estar con ella. Y para ella circulaban los coches que se adelantaban entre sí por las líneas curvas de la carretera ante su ventana. Era su cumpleaños, el decimoquinto, y toda la luz del amanecer se desplegaba en el cielo con el único propósito de que ella, Prudence Farrow, brillara allí abajo, en la tierra.
Planchó la tela de gasa de su mejor vestido, se arregló el pelo, y salió de su habitación dispuesta a recibir los regalos. Preparada para la solemne y festiva entrega de cada uno de ellos en el gran sillón de la sala principal. El gran sillón de flores rojas y verdes, donde iría recibiendo las cajas sobre las rodillas para deshacer con esmero las satinadas lazadas de las cintas de colores. Una sonrisa seguida de otra sonrisa. Una sorpresa y otra sorpresa. Con el viento gimiendo a través de las fisuras abiertas por los rincones de la pared y a través de los vanos de las ventanas; colándose por las grietas de la madera carcomida que constituía la puerta de atrás. Prudence Farrow sonreiría ante la presencia de la música en su fiesta. Ante la llegada de la dicha a su monotonía cotidiana.
La luz del sol caía sobre la sala principal, y ella iba a abrir el primer paquete. Su precioso primer regalo. ¿Qué habría en esa caja de cartón azul, enorme, capaz de esconder en su interior el grueso tronco y las incipientes ramas de un frondoso naranjo en ciernes? ¿Qué delicia se ocultaría bajo la opacidad del envoltorio, que las inquietas manos de la joven Prudence no terminaban de doblegar?
—No se deja abrir —murmuró.
—El regalo es tuyo, cariño —⁠dijo alguien⁠—. Has de abrirlo tú. No podemos ayudarte.
Así que Prudence siguió, disciplinada. Entregada a la que era ahora su muy personal misión. Bajo la atenta mirada de sus acompañantes, y consciente de que aún quedaban muchas cajas. Consciente de que la curiosidad flotaba sobre el ánimo de cada miembro de su familia, de cada ser cercano.
—Quizá con unas tijeras…
Pero nadie se movió. Nadie se acercó al cajón de los cubiertos para sacar las enormes tijeras de abrir el pescado, y ayudar así a la pobre niña Prudence, que trataba con todas sus fuerzas de separar los pliegues de la caja que contenía su primer regalo, y que se resistía y se resistía.
—Deberías probar con otra caja, tal vez —⁠se atrevió a insinuar su hermana. Las manos de Prudence empezaban a temblar y sus brillantes ojos de felicidad se transformaban en los brillantes ojos del vertiginoso momento previo al llanto⁠—. Una caja más pequeña.
—¿Tú crees? Sí… Tal vez.
Prudence respetaba la opinión de su querida hermana Mia porque Mia había sido bendecida con múltiples dones, entre ellos el de la gracia, el de la inagotable capacidad para la seducción de hombres y mujeres, y el de disfrutar de un aspecto de resistente inocencia que quizá pudiera no aportarle un aire de gran inteligencia a la expresión constantemente boquiabierta de su rostro pero que, en cualquier caso, sí lograba que pareciera siempre deliciosa y exquisita y, por tanto, siempre devorable o susceptible de ser devorada.
Dones, todos ellos, para cuyo deleite no había sido concebida Prudence.
Prudence podía aislarse durante horas y llegar a ser profesora de Meditación Transcendental cuando regresara a su hogar. Podía permanecer días encerrada en su bungalow, a oscuras, sin mostrar indicio alguno de que continuaba con vida a los que aguardaban en el exterior a que saliera y jugara un rato con ellos mientras cantaban los pájaros a su alrededor y un tenue viento despeinaba sus cabellos. Podía ser la alumna aventajada del grupo de Rishikesh… Daba lo mismo, porque sería Mia quien acaparara los elogios de todos, quien recibiera las mayores atenciones, quien decidiera qué hacer y qué no hacer, quien desencadenara las tragedias y los triunfos, quien se prestara a pasear con ligeros ropajes de colores orientales, dispuesta a dejarse ver y dispuesta a dejarse admirar con un abandono que no conocía fin.
2
Era el día de su cumpleaños, y creía no estar sola. Su hermana estaba con ella, y alguien cantaba en el exterior, más allá de las paredes que definían su aislamiento. Prudence elevó la mirada y vio en el cielo un número que flotaba luminoso, azul como la caja de su regalo. Curvo y perfecto en cada uno de sus giros de número azul, que poco después se descompondría y caería al suelo en pequeños pedacitos. Era el número 6 fragmentado. Vio que al número 6 le seguía el número 14, que también flotaba en el despejado cielo de la mañana hasta deshacerse y despeñarse sobre el mismo punto al que habían ido a parar los restos del 6. Al 14 le siguieron varios números más, con idéntica fortuna, hasta que Prudence vio ante sí, con la misma claridad y certeza con que veía a su lado el rostro aniñado de su hermana, cómo surgían cientos de números allí arriba, unidos, aunque, a la vez, independientes y airados, para permanecer en el vacío durante unos instantes y, finalmente, desplomarse tal y como les había ocurrido a los anteriores. De un solo golpe y a la vez. Causando un curioso estrépito que hizo pensar a los presentes —⁠a los familiares y a los seres queridos⁠— que las edades futuras de Prudence pasarían rápidas como un ciclón o que, tal vez, ni siquiera llegaran a pasar.
—Es una alucinación —se dijo.
—Los números son infinitos —⁠comentó su hermana.
—Creo que seguiré intentándolo con esta caja. Sé lo que contiene y quiero que sea para mí.
—¿Sabes lo que contiene?
Prudence lo sabía. Era la belleza. Y la quería para sí.
—Todos te estamos esperando.
—Querida. Prudence. ¿No vas a salir a jugar?
—Es sólo una alucinación.
3
A principios de 1968, estar en India y seguir un curso de Meditación Trascendental en Rishikesh era algo que había que hacer si lo que se deseaba más que ninguna otra cosa en el mundo era hallar la paz, la serenidad, la luz interior, el conocimiento pleno y el camino hacia la libertad. Mia y Prudence Farrow estaban allí, buscando sus más elevados niveles de conciencia mediante diversas técnicas de relajación profunda, consistentes en su mayoría en la contemplación y la repetición sistemática de mantras con los que apartar cualquier pensamiento de la cabeza.
Dejar la mente en blanco. No preocuparse por nada. No ver. No oír. No sentir. Lograr el nivel armónico y resplandeciente de la existencia. Crecer. Identificarse con la naturaleza. Alcanzar el estado de iluminación. Aprender que las cosas pueden desaparecer. Saber que un día se tiene algo hermoso, joven y nuevo, y que al día siguiente, sin saber por qué, puede aparecer marchito, sin más posibilidades de deleite, dejando a su pobre poseedor en un estado de incomprensión y pequenez rayano en la enfermedad. Debían estar al tanto igualmente de que el estado triste viene y va, como viene y va el estado contento.
Mia salía y entraba de la oscura cueva en la que practicaba sus sesiones de meditación con los demás miembros del grupo, pero Prudence perseveraba en su encierro. Y nadie sabía qué hacer al respecto. Siempre había sido así: el corazón de Prudence se había acostumbrado a experimentar violentos cambios de humor, y bastaba un nuevo rumbo en la dirección del viento, una pequeña nube que se interpusiera entre ella y el sol, un matiz especial en la voz de alguien o un sonido extraño a su alrededor, para que todo su organismo reaccionara al instante. Podía surgir entonces una sonrisa que revelara un mayor optimismo o, por el contrario, una fuerza desconocida que generalmente empleaba para correr hasta su habitación y, una vez allí, cerrar la puerta y olvidarse de que el exterior existía.
Y eso estaba haciendo: olvidar que el exterior existía. Decidir que no quedaba nada más importante que el silencio. Silencio para pensar, para caminar, para dormir, para observarse los dedos de las manos, para contemplar el movimiento de las hojas en las ramas más accesibles de los árboles, para espiar los gestos más instintivos del perro que algún día tendría.
Pero había quien temía que Prudence pudiera estar deprimida. Demasiado concentrada en la meditación. Que perdiera la conexión con la realidad y cayera en un estado alterado de conciencia. Así que, en el exterior, había quien cantaba para ella y quien deseaba que saliera a jugar y que volviera a sonreír.
The wind is low, the birds will sing
that you are part of everything.
Dear Prudence, won’t you open up your eyes?
Mía estaría allí, con todos los demás.
4
Imaginó una conversación en la que se decían:
Ella: «No me encuentro bien. ¿Por qué no me ayudas?».
Él: «Te estoy ayudando. ¿No lo ves? Te escribo una canción, querida Prudence».
En la que lo único que le pedía era que mirara alrededor y decidiera que el mundo era sublime y la tierra paciente y el día mágico, fuera o no su cumpleaños. Los números danzarían en el cielo y ella no podría atraparlos por mucho que lo intentara.
Todo el grupo esperaba su salida. Y, mientras, en el bungaló, ella pretendía amoldarse al suelo y no mostrar ningún signo externo que delatara lo que le estaba sucediendo. Debía permanecer inmóvil a lo largo de todo el proceso. Sin embargo… Resultaba tan horrible esa quietud y sentir los dedos paralizados. La circulación de la sangre haciéndose más y más lenta por los brazos, esencialmente por el izquierdo, hasta dejarlos casi insensibles. Y los pies: aquellos objetos solitarios y ajenos que se alejaban de sus rodillas, de sus hombros, hasta desaparecer. En su situación sería muy fácil perder el equilibrio. La luz llegaba, crecía hacia la totalidad, y el vuelo, mientras, se desarrollaba con calma. Pero cuando la luz resultara del todo insoportable, entonces, abriría de nuevo los ojos, se mantendría fiel al destello durante un brevísimo instante y, a continuación, se movería un poco. Fin del viaje.
Reconocía la voz que cantaba para ella. Era John quien tocaba la guitarra y quien le pedía que volviera a ser una niñita. Sonriendo entre las nubes. Escuchando el rumor de los árboles. Sin desear venganzas y sin desear humillaciones. Sin pedir disculpas por su comportamiento inexplicable. Buscando la diversión y buscando con curiosidad cualquier senda que pudiera abrirse ante ella, pura y luminosa.
Y eso haría: abrir regalos al despertar. Todos los días.