País Relato - Autores

perla muciño

un amor inesperado

El amor llega cuando menos lo esperas... y de forma extraordinaria
Esta historia de amor es la historia de amor de mis padres. Fue narrada desde mi punto de vista y con algunas aportaciones que en su momento me hicieron saber las partes involucradas. Mi nombre es Elena, mi padre es Carlos y su esposa se llama Sandra.
Cuando mi hermano Manuel y yo teníamos dos y seis años respectivamente, nuestra mamá biológica se separó de mi papá y nos dejó con él. Nunca más volvimos a saber de ella. Mi papá la amaba y la separación le dolió muchísimo, así que entre su duelo personal y la necesidad de más trabajo para mantener a sus dos hijos, mi hermano y yo nos fuimos a vivir un par de años con mi abuela, la mamá de mi papá.
Creo que mi papá desarrollo un trauma severo a partir de su separación. Se prometió a sí mismo no volver a tener una relación seria con nadie, aunque eso nunca fue un impedimento para que buscara compañía femenina. Nos acostumbramos a verlo con parejas diferentes —por lo regular duraba tres meses en promedio con cada una— y, en cada ocasión, mi papá nos decía que nos refiriéramos a ellas como «tía». Cuando veíamos que el romance duraba más tiempo del normal nos emocionábamos, dando por hecho que ella sería la persona elegida, hasta que, por cualquier motivo, terminaban separándose y regresábamos al punto de partida… ¡completa desilusión!
Cuenta mi papá que en una reunión de amigos donde iba acompañado de su novia Guadalupe, conoció a una chica que le pareció especialmente agradable. Platicando con ella se enteró que tenía una hija pequeña de casi tres años y que su matrimonio era un completo desastre, su marido la golpeaba y la maltrataba mucho. Mi papá, en un gesto de amabilidad y empatía, le dijo algo parecido a lo siguiente: «cuando algo se te ofrezca, puedes contar conmigo».
A raíz de esa ocasión, mi papá adoptó la filosofía de no hablar por hablar. Él piensa que, si debe decir algo, no debe ser por pura amabilidad: si lo ofrece es porque está dispuesto a cumplirlo, si no, mejor no lo hace.
Al despedirse intercambiaron números telefónicos y mi papá le dio una dirección de localización —la dirección de mi abuela— y así acabó la reunión. Después de ese día, mi papá siguió con su vida normal, sin imaginarse lo que se le avecinaba...
∞∞∞
Un par de meses después, mientras mi hermano y yo nos encontrábamos con mi abuela, sonó el timbre de la casa y todos salimos a ver quién era. Al parecer no era nadie conocido, se trataba de una mujer con una niña pequeña y tres maletas. Según palabras de mi abuela, pasó lo siguiente:
Cuando abrí la puerta y vi a una mujer con una niña pequeña y un par de maletas, temí lo peor, dije: ¡este cabrón ya la volvió a cagar!, y para colmo, ¡siempre da mi dirección!
Casi con miedo le pregunté en tono cordial a la señora, en que podía ayudarla. Ella, de manera titubeante, me comentó que buscaba a Carlos.
Como ya estaba acostumbrada a las relaciones infructuosas de Carlos, pensé que la señora podría ser una víctima más de la lujuria incontrolable de mi hijo y que había llegado a reclamarle la paternidad.
Tomé el teléfono y, de manera muy tranquila sin despegar los ojos de la que posiblemente fuera mi nieta, le dije cuando contestó:
—Carlos, te necesito aquí inmediatamente. En la puerta de mi casa hay una señora con cara afligida, una niña que se parece a ti y tres maletas que, si no me equivoco, deben contener ropa de ellas.
—¿Queeeeeé? —contestó mi hijo casi gritando—, mamá, yo no sé de qué hab…
—¡Aquí te esperamos entonces! —lo interrumpí, contestándole con mucho aplomo.
Colgué, al tiempo que le sonreía a la señora y a mi posible nieta; las invité a pasar.
—Pasa querida —le dije a la señora mientras tomaba de la mano a su hija y la ayudaba con una de las maletas—, lo esperaremos bebiendo un poco de agua de jamaica que preparé.
Recuerdo que Manuel y yo no le despegábamos la mirada de curiosidad a Irma, la hija de Sandra. Realmente no sé cuánto tiempo pasó, pero siento que en menos de lo que dura una canción en la radio llegó mi papá con la cara descompuesta. Venía agitado y con el cabello alborotado, supongo que vendría manejando a toda velocidad.
Lo siguiente, me lo relató mi papá:
Cuando llegué a la casa de tu abuela, ahí estaban Sandra y su hija, me miraban con temor esperando que no las echara a la calle. Me encontraba atónito y algo presionado por la cara de mi madre que me miraba inquisitivamente. Lo mejor que se me vino a la mente fue decirle:
—¿Qué diablos haces aquí?
—Tú dijiste que si necesitaba algo podía contar contigo —me contestó entre apenada y temerosa—. Mi esposo me pegó hace un par de días y decidí escapar, mi familia no me recibirá y la verdad no sabía hacia donde voltear, estaba muy angustiada. Hoy, seguramente llegará borracho y, por la discusión que tuvimos ese día, tengo la certeza que nos golpeará a ambas. Mi hija está muy asustada y como te dije, no cuento con mi familia en estos casos, entonces me acordé de lo que me dijiste y lo sincero que te escuchaste, así que te tomé la palabra. Te marqué por teléfono en varias ocasiones para no tomarte por sorpresa, pero como no contestaste decidí llegar a la dirección que me habías dado, nunca pensé que molestaría a tu mamá.
En ese momento casi me caigo de espaldas. La mujer se había tomado muy en serio el ofrecimiento que le hice. ¡Solo intentaba ser un poco amable con su desgracia!
—¡No chingues Sandra! —le dije molesto y espantado por el curso que tomaban los acontecimientos—. Mi ofrecimiento no era literal, era mera cortesía, ahora no s…
—¿Por qué no salen a platicar un rato? —interrumpió mi mamá, viendo cómo se estaba escalando la discusión—, mientras lo hacen yo le voy a invitar un caldo de pollo a esta pequeña.
Salimos de casa de mi madre. No tenía ni puta idea de lo que debía hacer, yo tenía a mi novia Guadalupe y estábamos haciendo planes para vivir juntos, ¡no podía pensar con claridad!
—Mira Carlos —comenzó a hablar Sandra—, creo que cometí un error al venir, pero te lo juro, no tengo a dónde llegar y me confié de tus palabras, no tenía idea de que las habías dicho por cortesía. Te pido de favor que me ayudes a encontrar un lugar para quedarme un par de días y trataré de solucionar todo en ese tiempo… ¡Por favor!
¡Ese era el momento! ¡Era el momento clave para salirme del agujero! Pero… ¿qué hice?
—Mira Sandra —le dije de manera automática—, solo por las circunstancias y porque, quizá no debí haber dicho lo que dije, les voy a dar posada en mi departamento solo dos días, ¿sí? ¡Solo dos días!, de otra manera me metería en muchos problemas. ¿Aceptas la condición?
—¡Gracias Carlos! —dijo Sandra, rompiendo a llorar—. ¡Muchas gracias! Te juro que no te ocasionaremos molestias.
Cuenta mi papá que, por razones ajenas a Sandra, Guadalupe y él terminaron su relación ese mismo día.
Sandra y él se llevaban muy bien, así que decidió otorgarle un poco más de tiempo en el departamento para que pudiera buscar un lugar con más calma, después de todo, ya no tenía una pareja que complicara las cosas.
Sandra era muy responsable en su trabajo, y como mi papá no podía cuidar de Irma, Sandra decidió hablar con su mamá y explicarle todos los motivos que la hicieron separarse de su esposo, su mamá lo entendió; también le pidió que se encargara de la pequeña por un par de semanas y su mamá aceptó sin poner objeción.
Algo que siempre admiré de Sandra, fue la determinación que tuvo en esos días para lidiar con la nueva vida que se le presentaba: de lunes a viernes ella trabajaba como administrativa en una dependencia federal de salubridad que estaba en el poblado de Cocotlán, a dos horas de San Isidro —donde vivíamos en ese momento con mi papá—.
La hora de ingreso a su trabajo era a las nueve de la mañana y la hora de salida a las seis de la tarde, por lo tanto, ella salía de casa desde las siete de la mañana para regresar a las ocho de la noche. Todo valía la pena si eso significaba no llegar a una casa donde serían maltratadas ella y su hija.
Transcurrieron dos meses de esa rutina, hasta que mi papá y Sandra hicieron un acuerdo: decidieron vivir juntos sin establecer una relación sentimental seria, así ganarían ambas partes; por un lado, Sandra y su hija tendrían un departamento a donde llegar y, por otro lado, mi hermano y yo podríamos tener algo parecido a una figura materna. Fue de ese modo, como se conformó esta extraña y nueva familia.
Irma regresó a vivir al departamento y fue inscrita a un preescolar de paga cerca de donde vivíamos. Mi hermano y yo también íbamos a una escuela de paga solo que de nivel primaria. En ese entonces, Manuel tenía seis años de edad y yo diez.
Mi papá trabajaba como electricista en una empresa privada, su trabajo era estable y tenía un sueldo decoroso. Todo marchaba adecuadamente y mi papá contrato a Reyna, una niñera que nos cuidaba mientras Sandra y él no estaban. Casi siempre comíamos lo que queríamos porque Reyna siempre nos cocinaba lo que se nos antojara; en resumen, éramos niños felices.
Debo mencionar algo de mucha importancia que es necesario saber para poder entender bien el orden de acontecimientos: al estar mi papá y Sandra enfocados en sus trabajos todo el día, no tuvieron la oportunidad de conocerse a fondo, fuera de su relación íntima, prácticamente eran un par de desconocidos. Por poner un ejemplo:
Acerca de lo que mi papá no conocía de ella:
Mi papá se enteró que Sandra no sabía cocinar hasta un par de años después de que comenzaron a vivir juntos. ¿Cómo fue eso posible? Bueno, generalmente Sandra hacía sándwiches y pequeños bocadillos para almorzar los fines de semana —los días que ambos descansaban—, pasado el mediodía, siempre comíamos fuera de casa. Entre semana Reyna dejaba comida hecha, así que Sandra nunca tuvo la necesidad de cocinar.
Y referente a lo que Sandra no conocía de él:
Mi papá era muy temperamental, todo lo molestaba y tenía muy poca tolerancia a la frustración. Cuando se deprimía, le daba por jugar videojuegos en el ordenador durante horas, y si no tenía cigarrillos a la mano se volvía irritable en exceso; era un adicto crónico al tabaco.
Por algún tiempo llevamos un estilo de vida cómodo, nos podíamos permitir uno que otro lujo de vez en cuando. Sandra pidió una transferencia en su trabajo para dejar de trabajar en Cocotlán y poder hacerlo en San Isidro, si la obtenía, su semana laboral sería más relajada. Para ese entonces Irma estaba a un año de entrar a la primaria y yo a la secundaria. Todo este cambio y las nuevas exigencias familiares comenzaban a pesar, sin embargo, esto apenas estaba comenzando...
∞∞∞
Dos meses después de entrar al nuevo ciclo escolar, nuestro amado automóvil, aquel que nos daba movilidad por todos lados, nos fue robado; era un hermoso auto que mi papá adoraba tanto como a nosotros y que nunca quiso asegurar.
Mi papá se puso triste, enfurecido, frustrado y demás…
Primer Strike.
Casi a la semana del robo del auto, la empresa en la que trabajaba mi papá se metió en problemas de corrupción, lo cual le provocó un fuerte revés financiero. Esta se vio obligada a hacer recortes de personal. Mi papá, al ser empleado de confianza, fue despedido sin miramientos, llevándose como única liquidación la mala reputación de haber trabajado en una empresa corrupta.
Mi papá estaba abatido…
Segundo Strike.
Mi papá siempre fue muy aguerrido y soñaba con montar su propia empresa, así que mientras tuvo el trabajo, estuvo comprando herramientas y materiales para poner en marcha su negocio sin algún día lo necesitaba, y… ¡ese día había llegado!
Rentó un local y lo que en su momento lo tomaba como pasatiempo —arreglar motores, transformadores, lavadoras y electrodomésticos—, ahora lo iba a tomar en serio como fuente de ingresos. Compró una caja fuerte para el local y guardo en ella algunos valores y bienes personales, pensó que ahí estarían más seguros que en casa. A la semana de haber inaugurado, abrieron su local y le robaron hasta el último tornillo... incluida la caja fuerte.
Mi papá estaba derrumbado…
Tercer Strike... ¡Fuera!
∞∞∞
Mi padre estaba devastado, su vida había dado un giro de ciento ochenta grados en menos de dos meses. Fue tan súbito y dramático el cambio que mi papá casi enloquece, había perdido hasta el último centavo que tenía. Él nunca tuvo el hábito del ahorro por dos razones: no confiaba en los bancos y prefería invertirlo en lo que sería su propio negocio, negocio que había perdido por completo.
Sabíamos que nuestro estilo de vida cambiaría, pero nunca imaginamos lo radical que sería. Sandra tenía un sueldo muy bajo como para mantener el ritmo de vida que llevábamos, así que solo nos quedó amarrarnos al barco —más bien ya era una balsa— y soportar de lleno la tormenta que poco a poco se convertiría en huracán.
Recuerdo que mi papá buscó apoyo con todas sus amistades. Necesitaba comprar herramienta, obtener un trabajo o, por lo menos, conseguir una recomendación donde él pudiera colocarse; pero, al parecer, todas sus amistades dejaron de serlo en cuanto cayó en ese revés financiero.
Antes de la desgracia, escuchaba decir a mi papá que tenía bastantes amigos que lo apreciaban mucho. Mi padre tenía la errónea creencia de que, en caso de que surgiera alguna dificultad, cualquiera de sus amigos metería las manos al fuego por él. Vaya sorpresa que se llevó mi papá al ver cómo cada una de esas amistades le cerró la puerta en la cara a la hora de pedirles ayuda.
∞∞∞
Primera semana de crisis…
Despiden a la niñera y cancelan HBO junto con los demás canales de paga, ya no se compran dos cajas de cereales Kellog´s, ahora es una bolsa de cereal de veinticinco pesos el kilo —alrededor de un dólar y medio—.
Dejamos de comer diferentes guisados de carne y postres para sustituirlo por huevos con jamón, sándwiches, quesadillas y chilaquiles cocinados por mi papá porque, justo en esos momentos, se dio cuenta de que Sandra no cocinaba absolutamente nada.
Para ir a la escuela, prescindimos del taxi, a partir de esa semana usamos el servicio público.
Segunda semana de crisis:
Cancelan la televisión por cable y el internet.
Nos sacan de la escuela particular y nos inscriben en una federal.
Santa Claus no llegará ese año con los regalos de siempre, lo explicaba una carta que todos recibimos.
Sandra al fin obtiene la transferencia a San Isidro, pero le hacen un recorte de dos horas diarias, lo que implica un menor sueldo.
Sandra saldrá del trabajo más temprano, pensamos que eso sería bueno porque así mi papá estaría menos neurótico al estar ella más tiempo en casa atendiéndonos; pero nos equivocamos.
La presencia de Sandra en casa empeora la neurosis de mi papá porque ella no hace absolutamente nada: no cocina, no limpia y mucho menos nos atiende. Además, si no hay comida lista cuando ella llega del trabajo, se molesta y prepara un par de quesadillas. Estas deberán alcanzarnos hasta que llegue mi papá por la noche a preparar la cena.
Mi papá sigue buscando trabajo o ayuda de sus amigos… ¡nada llega!
Cuarta semana de crisis:
Aun cuando los gastos se reducen al mínimo posible, la espiral descendente va en picada y la relación de pareja empeora. Mi papá prácticamente obliga a Sandra a cocinar, le enseña cómo debe hacerlo y cómo tiene que limpiar la casa; Sandra aprende a realizarlo.
El dinero ya no alcanza para irnos a la escuela en el servicio público y nos vamos caminando. Mi papá, a menudo, pide prestado para cumplir con nuestras tareas de la escuela o comprar comida.
Sexta semana de crisis:
Mi papá comienza a dormir muchas horas y a jugar videojuegos más tiempo de lo habitual.
Normalmente lo vemos vestido con un pantalón de mezclilla y dos o tres playeras.
Con mucho trabajo se despierta temprano para llevarnos a la escuela y cuando regresa por nosotros, se nota inmediatamente que se acaba de despertar.
Nos da de comer lo que encuentra y se vuelve a encerrar para dormir o jugar.
Tercer mes de crisis:
Las discusiones entre Sandra y mi papá son cada vez más fuertes. Hay gritos, llantos e incluso, empujones de cualquiera de los dos.
Mis hermanos y yo vivimos permanentemente asustados porque a veces mi papá se desquita con nosotros y, otras veces, Sandra no nos da de comer porque está enojada con mi papá.
Faltamos con mayor regularidad a la escuela, ya sea por falta de material para la tarea o por no tener para el almuerzo.
Mi papá prácticamente no se despega del ordenador, juega desde que se despierta hasta que anochece.
Mi papá nos prepara lo primero que encuentra en el refrigerador, sale cada día a la tienda por una soda y un par de cigarrillos. Sandra se molesta con él por esas compras ya que el dinero no alcanza para lo más básico.
Las discusiones entre ellos empeoran.
Sexto mes de crisis:
Nos cambiamos de casa. De estar en una casa donde cabíamos todos de manera cómoda con espacios bien distribuidos, pasamos a una propiedad con dos habitaciones pequeñas y puertas que dan a un corredor que lleva directamente al baño. Este corredor lo utilizamos como comedor a la hora de la comida. No hay cocineta.
Mi papá, con la responsabilidad de cubrir los adeudos que se han acumulado, vende prácticamente todo: la mesa, la sala, la estufa, el refrigerador, el televisor y muchas otras cosas. Nos queda únicamente una parrilla eléctrica, un frigobar del tamaño de una caja para verduras, un ordenador muy viejo, dos camas, una mesa plegable, dos sillas de plástico —de esas que te regalan las refresqueras para promoción— y una bicicleta; eso es todo lo que tenemos en la nueva casa.
La casa no tiene puertas ni ventanas; sus acabados son de cemento pulido, y el acceso es a través de una escalera mal elaborada que tiembla peligrosamente cada vez que subimos por ella.
El predio tiene dos plantas que se rentan por separado, nosotros habitamos la planta alta. Este predio se encuentra dentro de una privada con un acceso tan angosto, que nadie hubiera pensado que había una casa al final. El acceso a la propiedad es un pasillo sin piso —es de tierra suelta que en días de lluvia se enloda completamente—, de dos metros de ancho y quince de profundidad.
La colonia donde está ubicado el domicilio es una de las peores, la peligrosidad de la gente que habita en el entorno es ampliamente conocida.
Mi papá sigue jugando en el ordenador, la barba le crece y no hace el menor intento por arreglarse, rara ocasión sale de su habitación y su humor empeora con los días.
Décimo mes de crisis:
El peor mes de todos...
¡La bomba explota!
¡¡¡Mi papá se entera que Sandra le fue infiel con un compañero del trabajo!!!
∞∞∞
Cuando Sandra y mi padre hicieron el acuerdo de vivir juntos estipularon algunos puntos. Entre ellos, que mi papá las protegería económicamente y, a cambio, Sandra haría el papel de madre con nosotros. No era un pacto de amor, era un pacto de conveniencia para ambas partes.
Al venirse la crisis, Sandra soportó la carga económica de cinco personas. Ya llevaba algunos meses haciéndolo con un sueldo que apenas llegaba a los cuatro mil pesos al mes —alrededor de doscientos cincuenta dólares—. Claramente, esta situación había roto el acuerdo inicial y la armonía.
Sandra no podía más, había ocasiones que, mientras se bañaba, la escuchaba renegar sobre la decisión que había tomado con respecto a mi papá. Algunas veces, la escuchaba llorando por las fuertes discusiones que habían tenido y, otras veces, la veía abrazando a mi papá diciéndole que iban a salir de todo ese embrollo, pero debía dejar esos videojuegos y salir a hacer cualquier cosa que fuera para obtener ingreso: vender pan, bolear zapatos… ¡cualquier cosa!, sin embargo, mi papá siempre anteponía su orgullo a la necesidad.
Creo yo que todos esos altibajos emocionales fueron generando en Sandra un grado de frustración y odio tal, que terminó acostándose con otro. No la justifico, pero viendo las cosas a distancia la puedo entender un poco. ¿Cómo es que se enteró mi papá? No lo sé, pero recuerdo ese día con mucho dolor…
Mi papá la jalaba del cabello mientras le gritaba: ¡maldita ramera!, ¡voy a matar al cabrón con el que te acostaste! Pero si descubro que tú fuiste la ofrecida… ¡también te voy a matar a ti!
Esa noche no dormimos, todo el tiempo escuchamos golpes, lloriqueos, gritos, cosas que azotaban contra el piso y la pared. Pensé que en cualquier momento entraría Sandra por su hija y saldrían de nuestra vida para siempre, o que mi papá en su impotencia y coraje, entraría a golpearnos para aminorar su rabia. Afortunadamente, nada de eso pasó.
Al día siguiente, mi papá nos llevó, a Manuel y a mí, a casa de mi abuela. Allí nos quedamos unos días en lo que mi papá arreglaba sus asuntos. Recuerdo esos días como un paraíso: comíamos distintos guisados en un comedor de verdad; mi abuela tenía un refrigerador suficientemente grande como para meter muchos víveres, no solo un vaso de agua como en mi casa; no había regaños sin motivo; mi tío mayor nos compraba juguetes y golosinas a discreción, y podíamos ver televisión por horas. ¡Nos sentíamos felices y tranquilos!
Unos días después, mi papá fue por nosotros. Cuando llegamos a la casa, Sandra y su hija estaban como si nunca hubiera sucedido nada. Mi hermano y yo, no sabíamos cómo actuar después de la tremenda discusión, así que aparentamos normalidad y no hicimos ningún comentario al respecto.
Debo detenerme en esta parte para aclarar algo…
Posiblemente se pregunten: ¿por qué, mientras duró la crisis económica, mi papá no nos dejó un tiempo con mi abuela o algún familiar como lo hizo en ese momento? Y la respuesta es: ¡Orgullo!
Él hubiera preferido morir, antes que admitir que había fracasado como padre y proveedor, ¡así de necio y orgulloso era!
A la semana de regresar a casa, mi papá nos llevó a la escuela en el servicio público. Al llegar a nuestro destino bajamos del autobús, cuando este se puso en movimiento, la llanta pasó por encima del pie de mi papá que, en un arranque de rabia, pateo al autobús con el mismo pie lastimado.
En México, las autoridades municipales siempre han sido un cero a la izquierda y las leyes no son respetadas. Puede decirse con toda certeza que es una «jungla» donde opera la ley del más fuerte.
La ley, al ser prácticamente inexistente, nunca le hubiera dado la razón a mi papá —por el simple hecho de tener menos dinero que la línea de autobuses—. Así que ni disculpas ni indemnización hubiera recibido por parte de ellos.
Después de ver al doctor —gracias al trabajo de Sandra—, se determinó que el autobús le había lesionado el pulgar de su pie derecho, sin embargo, lo que le ocasionó la fisura fue la patada que dio.
Su recuperación duró cerca de una semana en la que no se pudo levantar de una silla, hasta que el casero le pidió a mi papá que desalojara la casa por falta del pago del alquiler.
No teníamos a donde ir, si nos echaban nos quedaríamos en la calle. Mi papá, al ver la determinación del casero, le suplicó que no nos desalojara, que estaba dispuesto a llegar a un arreglo. El casero, después de pensarlo un poco, le dijo que podía ofrecerle una solución. Él estaba construyendo una casa que necesitaba algunos arreglos eléctricos, si mi papá los hacía, él le descontaría la mitad de un mes de renta que se le debía. Mi papá aceptó y me llevó como su ayudante porque su pie aún no estaba en óptimas condiciones.
Como mi papá había vendido todo, no teníamos más que una maleta negra vieja y rota; unas pinzas de electricista viejas que ya no tenían filo para cortar cable; unas pinzas de punta que ya estaban chatas; un cincel pequeño; dos destornilladores sumamente oxidados: uno de punta plana y otro de cruz; una cinta de aislar negra —de esas baratas que no pegan ni un pedazo de papel—; un multímetro barato, y una bicicleta para movernos; ese era nuestro inventario.
Cuando llegamos a la casa donde íbamos a trabajar, nos dimos cuenta que era una casa en obra negra. Los albañiles, al no tener la capacidad necesaria, habían realizado una instalación de porquería; era completamente inservible. Teníamos que abrir las paredes para encontrar los ductos, muchos de estos se habían llenado de cemento. En pocas palabras, debíamos realizar una instalación eléctrica completa, además de corregir los daños que habían ocasionado los albañiles.
El mes de renta que le debíamos al casero, era de ochocientos pesos, de los cuales nos tomaría a cuenta solo la mitad, o sea, cuatrocientos pesos —alrededor de veinticinco dólares—, cuando el costo real de ese trabajo era no menor a doce mil pesos —alrededor de setecientos cincuenta dólares—.
Mi papá se sintió robado y humillado. El casero se estaba aprovechando de su necesidad con saña; pero mi papá sabía que no tenía otra opción, era eso o irnos a la calle. Mi papá respiró fuerte y fue a pedirle al casero un martillo prestado porque no teníamos uno y necesitábamos ranurar bastantes metros de pared.
El casero le dio el martillo, un martillo tan inservible que la cabeza estaba a punto de separarse del mango. Cuando mi papá lo vio, se rio y dijo: «bueno… esto es lo que hay… y con esto lo haremos». Así que comenzó a martillar, pero por cuidar que no se botara la cabeza del martillo y nos lastimara, no estaba trabajando con eficiencia. Después de una hora, apenas había logrado quitar el yeso con el que se le había dado el acabado a la pared.
Yo ya había visto trabajar a mi papá con sus propias herramientas —aquellas que le robaron—, si las hubiera tenido, él ya habría ranurado varios metros —siempre fue muy eficiente en lo que hacía—, solo que, sin ellas, no podía aspirar a nada con esa instalación eléctrica.
Mi papá estaba muy frustrado y con mucho coraje, le dio tres martillazos a la pared gritando… ¡mierda!, ¡mierda!, ¡mierda!
Se quedó parado un momento, después se sentó mientras se recargaba en la pared, con la cabeza abajo y el martillo fuertemente aprisionado en su mano. Su comportamiento me asustó mucho y tuve la intención de abrazarlo. Cuando me acerqué a él no podía creer lo que estaba mirando… ¡mi papá estaba llorando!
¡Yo jamás había visto llorar a mi papá!, las lágrimas le escurrían por las mejillas y lo único que decía en voz baja era… ¡mierda!, yo no sabía si abrazarlo era lo correcto en ese momento, pero cuando lo hice, también me puse a llorar y le dije:
—No te preocupes papá, vamos a salir de esta, yo te voy a ayudar en todo, ¡ya no llores!
Cuando terminé de decirlo, mi papá lloró aún más fuerte y aventó el martillo lejos de su vista. Lloraba sin poder controlarse, estuvo así alrededor de diez minutos hasta que se calmó, enjugó sus lágrimas, se limpió la nariz, me abrazó y mirándome a los ojos me dijo:
—¡Te prometo que vamos a salir de este maldito agujero de carencia!
Le di el martillo y volvimos a la tarea…
∞∞∞
Hacer ese trabajo nos llevó más o menos diez días porque el casero le consiguió un mejor martillo para trabajar. Al finalizar el trabajo, lo único que esperábamos era que nos condonara la mitad de la renta y ya. Eso por lo menos, nos ayudaría un poco con los gastos.
Cuando el casero revisó el trabajo nos agradeció y le dio a mi papá quinientos pesos —alrededor de treinta dólares—, le agradeció el trabajo y le dijo que el mes que le debíamos y el que venía ya los considerara pagados. Yo casi brinco de la felicidad y mi papá le agradeció mucho el dinero. Mi papá tenía casi un año sin haber trabajado, y no ver un billete de esa denominación para aportarlo al hogar, así que se le notaba una felicidad inmensa.
Lo primero que hicimos, fue comprar unos tacos dorados que costaban «tres tacos por cinco pesos» —alrededor de diez centavos de dólar por taco—. Yo le sugerí que mejor compráramos huevo o que nos comiéramos los tacos junto con toda la familia, pero el insistió en que nos merecíamos ese pequeño premio.
No pude evitar recordar la película de «Macario». Ese hombre que, debido a la pobreza en que vivía, nunca fue capaz de cumplir el sueño de toda su vida: comerse un pavo entero. Y no lo pudo cumplir porque su familia le quitaba, prácticamente de la boca, cualquier alimento. Así que, cuando su esposa se robó un pavo y se lo cocinó para que se diera el gusto, se fue al cerro para comérselo todo y no invitarle a nadie.
A punto de comenzar a comer, aparecieron dos hombres pidiéndole una parte de su pavo, «Macario» se negó rotundamente a compartirlo. Cuando apareció un tercer hombre vestido en harapos y le pidió un trozo de su comida, Macario le invito la mitad, ¡sí!, ¡medio pavo!
El hombre le agradeció y se sentó junto a él a comer. Cuando ambos terminaron, el hombre de negro le preguntó a «Macario» lo siguiente:
—Buen hombre, te agradezco el que hayas compartido tu alimento conmigo, pero, tengo una duda: Se ve que tenías mucha hambre, lo noté en la forma tan rápida y voraz con la que te comiste tu parte, ¿por qué me diste la mitad de todo un pavo, y no solo una pequeña pieza? Así hubieras comido más y hubieras saciado completamente tu hambre.
A lo que «Macario» respondió:
—Te reconocí inmediatamente, tú eres la muerte y has venido por mí. Te di medio pavo para que te tardaras bastante al comerlo y, de esa manera, yo tuviera el tiempo suficiente para comer mi parte. Si no lo hubiera hecho así, tampoco tú me hubieras dejado disfrutar mi comida.
Sigue una trama interesante después de eso, sin embargo, a «Macario» lo encontraron en el cerro un día después, muerto junto a… ¡medio pavo cocinado sin tocar!
Bueno, así me sentí en ese momento que compramos los tacos dorados: como «Macario».
Compramos unos cuantos tacos más para la familia y nos dirigimos a casa muy cansados, pero muy contentos. Sandra se alegró de ver dinero por parte de mi papá y a partir de ese momento, noté un cambio importante: vi un abrazo sincero entre ellos dos.
—¡Te amo! —le dijo Sandra—, vamos a salir juntos de esto, ya verás que sí.
A partir de ese momento, mi papá no dejó de trabajar por mucho que le disgustaran algunos trabajos o por muy poco que le pagaran. Por su parte, Sandra apoyaba a mi papá con compromiso; preparaba muy temprano el desayuno y el almuerzo para llevar. Al llegar, hacía la comida y la cena, nos ayudaba con las tareas, lavaba la ropa a mano, y abrazaba a mi papá cada vez que podía. Le dejaba cartas de amor y obsequios de bajo presupuesto, pero con mucho amor. A mi papá le encantaba la nueva Sandra, y a Sandra el nuevo Carlos.
Así fue como poco a poco fuimos saliendo del pozo.
Tardamos otro par de años en recuperarnos por completo y, durante ese tiempo, mi papá me enseño mucho sobre su trabajo para que no me faltaran conocimientos en caso de emergencia como la que habíamos vivido.
Sandra se convirtió en una figura materna real, cálida, responsable y amorosa; nosotros como hijos, también respondimos mejor. Nos dimos cuenta de que cuando mi papá tenía dinero y armonía en su vida, no nos regañaba o castigaba. Se convirtió en un papá alegre y muy tolerante con todos nosotros, de hecho, admitió haber cometido errores y nos pidió perdón de corazón.
Hoy por hoy, quince años después de que esa mujer con maletas se presentara en la casa de mi abuela, y doce años después de la gran crisis de mi papá; vivimos en una casa con cuatro habitaciones, alberca y una cocina de tamaño excepcional. Tenemos una camioneta para nueve pasajeros y cada año, desde hace cinco años, hemos salido de vacaciones familiares a conocer otros estados de nuestro hermoso país.
Hace dos años, mi papá le pidió matrimonio a Sandra e hicieron una sencilla, pero muy bonita boda. Ambos son felices con su matrimonio y creo que durarán así por el resto de su vida.
¿Hubo consecuencias de la gran crisis? ¡Claro que sí!, sobre todo creo que dejó a mi papá muy afectado, puesto que ahora compra comida por cajas. Tenemos un pequeño armario de piso a techo y de pared a pared que está lleno de comida. Ahí se almacenan: enlatados, cereales, galletas y mucho alimento no perecedero; la alacena parece búnker de supervivencia. Todo es abundante, pero lo que impresiona son los rollos de papel higiénico, hace poco contamos cerca de trescientos; dice mi papá que, en la crisis, hubo un tiempo en que ni para comprar un rollo de papel higiénico les alcanzaba y que jamás piensa volver a pasar por eso, así que se previene con un excesivo número de estos por si acaso.
Su mentalidad sobre el ahorro cambió. Ahora, cada vez que cobra, guarda una parte en una cuenta de ahorro para no pasar penurias; tiene asegurada la casa, los carros y un seguro de accidentes personales para cada uno de nosotros; además, se asegura de tener siempre las mejores herramientas de trabajo.
Actualmente, mi papá tiene una caja fuerte en su recámara, dice que ahí solo guarda la motivación que necesita para nunca volver a caer en una crisis financiera similar. Le pregunté con curiosidad que guardaba ahí y me lo mostró…
Guarda una maletita negra, vieja y rota. Dentro de ella hay unas pinzas, un cincel y un martillo flojo. Le pregunté si el martillo era el de aquella ocasión, me dijo que sí. Se lo había comprado al ex-casero para guardarlo como un recordatorio de lo mucho que se puede hacer con una maleta de herramientas viejas, ganas de crecer y el amor de la familia.