¡Gracias! Eres quien hizo de mi vida...¡algo hermoso!
Ya estoy cansado de llorar, de buscar motivación en libros, seminarios, videos y música. El mundo me parece gris y sin importancia. Todo lo que hago es por obligación y así debe ser, porque de otro modo moriría de hambre o me echarían de la casa. Tengo que soportar cada día el tráfico, los pitidos de claxon, los motores estruendosos… ruidos tan ensordecedores que, a pesar de mantener las ventanas cerradas, siento enloquecer y odiar el mundo que me rodea.
Llegar a la oficina es un suplicio, tengo que ocultar mi fastidio para saludar con cortesía. Cada vez que mis compañeros presumen sus logros, sus vacaciones o su ropa nueva, me gustaría gritarles: ¡Déjenme en paz! ¡Su vida no me interesa!
Estoy cansado de escuchar timbres de teléfono, murmullos en los pasillos, tacones en el piso, chistes gastados, videos estúpidos y muchas otras cosas que ponen a prueba mi paciencia.
Vivir eso todo el día, todos los días y a cada momento, debilita poco a poco mi espíritu. He perdido la cuenta del tiempo que llevo así. A veces, un par de cervezas lo arregla, pero la mayoría de las ocasiones ni ganas de beber me dan.
Cuando llego a casa, boto las cosas en el primer lugar que veo, abro el refrigerador y saco lo primero que se pueda comer: ¿comida rápida y una lata de soda?, ¡por qué no!, ¡todo me da igual! Enciendo el televisor y busco en plataformas de streaming algo diferente para ver: romance, comedia, terror, suspenso, acción, documentales… ¡Diablos!, ¿en serio no hay nada?, ¿las mismas porquerías, los mismos diálogos estúpidos, los mismos efectos especiales, los mismos finales «felices»?… ¡Con un carajo!, eso no pasa en el día a día. ¿Acaso no ven cómo mis vecinos pelean hasta la madrugada por el alcoholismo de él o la obesidad de ella?, ¿qué no ven cómo los recién casados mandan «sexting» a un desconocido o a una vecina nueva?, ¿acaso no me perciben?, ¡estoy en modo soledad!… ¡Malditos guionistas y escritores!, fabrican mundos color de rosa y no hay más que mierda por doquier…
Cansado de tanta porquería me voy a dormir, no tengo ganas de bañarme, estoy tan molesto y apático que, incluso mi cuidado personal ha dejado de interesarme.
Me tiro en la cama con el celular a ver más estupideces de mierda. ¡Malditas redes sociales!, ¿por qué no pueden quitarme este fastidio y esta apatía?… ¡pornografía!, ¡eso ayudará!
Un par de orgasmos después me he agotado lo suficiente para conciliar el sueño.
Ya es jueves y me dirijo al trabajo, estoy tan cerca del fin de semana que el día se me hace eterno: sexo, comida, cerveza, visitas obligadas a la familia, más comida, más sexo y… a dormir. ¡El mismo maldito fin de semana de siempre!
Por fin, he llegado al trabajo.
—¡Hola, Marcos! —me saluda Octavio, dándome un suave golpe en la espalda—, el sábado hay fiesta en casa de Mauricio, habrá cerveza y unas cuantas hembras, ¿contamos contigo?
—¡Sí… claro! ¡Allá los veo! —le contesto con ánimo fingido.
∞∞∞
Despierto, es sábado. Permanezco en cama hasta pasada la una de la tarde, tengo hambre y pienso que un plato de cereal con leche estará bien por el momento. Los trastes están sucios y ya no tengo cucharas limpias para comer, pero… ¿quién me obliga a comer con cuchara? Sorbo del plato, los cereales que se quedaron pegados los alcanzo con los dedos. Otro traste arrojado al fregadero, en algún momento deberé lavarlos, pero no será hoy.
Observo la cama y no estoy seguro de cuando la tendí por última vez, las sábanas ya tienen casi un mes que no las cambio y pienso: ¡qué asco! Finalmente me tiro en ella, prendo la televisión y veo cualquier cosa que se transmite. Vuelvo a dormir un rato más y me despierto con jaqueca, tengo mucha hambre, pero no tengo comida.
Decido comerme una salchicha envejecida y una rebanada de queso que encontré dentro del refrigerador. Acompaño mi menú con unas galletas saladas que ya no crujen. Tengo más hambre, son casi las seis de la tarde y la reunión es hasta las ocho, no creo que allá me inviten de cenar, así que salgo a la calle para buscar algo de comer: una hamburguesa estará bien.
Me dirijo hacia un restaurante que se encuentra a un par de calles del departamento.
—Buenas tardes —saludo de manera mecánica—, una hamburguesa con queso y una soda de cola, por favor.
No tengo ganas de alzar la mirada para ver quién me atiende, me encuentro sumergido en alguna tontería de Instagram o Youtube.
—Enseguida —contesta la mesera.
Unos minutos después llega mi hamburguesa.
—¿Vas a querer algo más? —pregunta la mesera con un tono suave y casi amigable.
Levanto la vista y la observo, ¡me quedo sin palabras!, estoy viendo a una mujer hermosa, con una sonrisa preciosa y una piel que se antoja muy suave; tiene el cabello largo, ondulado, brillante y tan sedoso, que casi puedo sentir su suavidad en mis manos.
—Hola, ¿te puedo traer algo más? —vuelve a repetir.
La verdad es que no pongo atención en lo que me dice, solo quiero escuchar la nitidez de su voz y su timbre tan suave, tan sensible, tan hermoso… No puedo dejar de mirarla a los ojos, unos hermosos ojos cafés con pestañas largas. Y qué decir de sus labios, son carnosos, rosados y naturalmente delineados. No lo puedo creer, es… increíblemente… ¡hermosa!
—N... no, gra… gracias —le contesto tartamudeando.
Mi pecho casi no jala aire, me siento extrañamente torpe y ni siquiera sé lo que quiero o si quiero algo más. No puedo pensar con claridad. ¿Ahora qué hago?, ¿qué le digo?, me repito una y otra vez, sin poder despegar la mirada de sus ojos.
—Bueno, estaré al pendiente por si se te ofrece algo más —comenta divertida—, solo tienes que llamarme.
Y se va, haciendo un mohín coqueto mientras se aleja.
Comienzo a comer un tanto extrañado por mi reacción hacia ella. Entre mordidas a mi hamburguesa y miradas al celular la estoy buscando tras la barra, pienso en cómo hablarle sin verme como un estúpido. ¡Ya sé!, leeré su nombre en el gafete e intentaré iniciar una conversación. Tengo que ver nuevamente esa hermosa sonrisa…
El timbre de mi iPhone me sacó de mis pensamientos.
—Bueno —contesté.
—¿En dónde estás?, —grita Octavio al otro lado de la línea—, vamos a necesitar más cervezas y frituras, ¿puedes traerlas?
—Sí, yo las llevo —respondo de manera seca y cuelgo.
Mientras termino de comer, estoy pensando, de manera cruzada y confusa, en las cervezas que me encargaron y en la sonrisa de ese ángel que acabo de conocer.
Busco con la mirada a la bella mesera y, cuando nuestras miradas se cruzan, la llamo con un ademán.
—¿Te puedo ofrecer algo más? —pregunta, sonriéndome.
—La cuenta por favor —contesto con palabras entrecortadas.
—¡Claro! En un minuto te la traigo —exclama sonriendo.
Al regresar con la cuenta, le pregunto su nombre.
—Me llamo Ariadna, mucho gusto —contesta, al tiempo que me tiende la mano.
—Ariadna… hermoso nombre —declaro, estrechando suavemente su mano—. Mucho gusto Ariadna, soy Marcos.
Ambos sonreímos con franqueza y nos despedimos.
Con su nombre grabado en mi cabeza, me dirijo como un autómata a comprar lo que me habían encargado para la fiesta. Llego, saludo e inmediatamente me pongo a beber como de costumbre, pero esta vez en lugar de flirtear con mujeres y llenarme de alcohol, me sumerjo en el hermoso recuerdo de Ariadna. Mi mente se ha encargado de rebobinar todo nuestro encuentro, una y otra vez, hasta que queda tatuado en mi memoria.
Usualmente, me habría quedado en la fiesta hasta la madrugada, marchándome a mi departamento con una mujer cuyo nombre no hubiera podido recordar; me habría despertado por la tarde, husmeando con desesperación en la alacena buscando con qué aliviar mi resaca… ¡Pero no!, ¡hoy no será así!, hoy no tengo ganas de emborracharme hasta perder el conocimiento. Tampoco me apetece acostarme con cualquiera que se me ponga enfrente. Hoy sólo tengo ganas de pensar en Ariadna, ¡hoy!, solo soy para ella.
Me retiro antes de las once de la noche, pido mi Uber y le doy la dirección de mi departamento. Al llegar, no puedo evitar asquearme cuando miro detenidamente la pocilga en la que vivo. Sacudo un poco mi cama, me quito los pantaloncillos y me meto entre las sábanas… ¡Ariadna!… sólo puedo pensar en ti.
Al día siguiente, como si una fuerza invisible me moviera, me despierto temprano con mucha energía y decisión para arreglar mi departamento a fondo. Salen, una tras otra, bolsas llenas de basura, siento una profunda tristeza y lástima al descubrir que últimamente me he estado alimentando, en su mayor parte, de comida chatarra, soda y cerveza.
¿Cómo pude llegar a esto? ¿Cómo fue que me descuidé tanto? ¿Cuándo fue la última vez que tomé una relación en serio? Creo que mi mente nunca había trabajado tanto como este día.
Durante la faena de limpieza, solo puedo imaginar en cómo le gustaría a Ariadna que se viera el departamento.
Son las cuatro de la tarde, no he comido nada y tengo un hambre increíble; debo llevar la ropa a la lavandería.
Me dirijo al pequeño restaurante… ¡espero ver a Ariadna!
—Hola, Ariadna —la saludo cuando la veo de espaldas.
Ella voltea, me mira y con una hermosa sonrisa responde:
—¡Hola, Marcos!, ¿cómo estás?, ¡me da gusto verte otra vez!, ¿qué vas a pedir hoy?
Pido algo de comer y, muy nervioso, le pregunto si tiene algún tipo de compromiso sentimental con alguien. Para mi buena fortuna contesta que no, y entonces la invito al cine para cuando salga del trabajo. Contra todo pronóstico ella acepta —honestamente pensé que me rechazaría— y le dije que estaría con ella cuando su turno terminara.
Salí disparado a arreglarme. En la calle, la gente se me quedaba mirando: yo iba sonriendo, cantando y haciendo uno que otro paso ridículo de baile.
La cita fue hermosa, nos divertimos mucho y la pasamos muy bien. Al final, la llevé a su casa e hicimos planes para vernos otro día.
∞∞∞
Ya ha pasado un año desde esa ocasión y me siento como una persona totalmente diferente, mi familia y amigos me lo dicen. Los resultados en mi trabajo son mejores y mi departamento ya parece un lugar digno para vivir. Dejé mi vida de promiscuidad y me alejé del alcohol lo suficiente para poder disfrutar de un par de copas… solo con Ariadna… mi novia.
Mi vida se llenó de luz cuando conocí a Ariadna. Me siento mejor, lleno de energía y con ganas de vivir intensamente. Le encuentro el lado más positivo a las cosas, y todo lo puedo resumir en una frase:
¡¡¡Soy endiabladamente feliz!!!
Hoy, la invitaré a cenar a un lugar muy exclusivo y esperaré a que todo salga bien…
Me acerco a ella después de cenar y beber un vino delicioso, estoy un poco nervioso...
—¡Ariadna! —le digo con vehemencia al tomarla de la mano y mirarla fijamente—, puedo jurarte que nunca he sido tan feliz como después de haberte conocido. Te amo y te amaré hasta mi muerte. Tú eres quien ha hecho de mi vida algo hermoso…
—¡Ariadna!… ¿Te gustaría hacerme el hombre más feliz del mundo, casándote conmigo?
Ella me observa con esa sonrisa que me cautivó desde el primer día. Rodea mi cuello, me mira fijamente por un par de segundos y finalmente contesta:
—¡Sí, mi amor! ¡Nada me haría más feliz que ser tu esposa!
Nos besamos y supe, sin lugar a dudas, que lo mejor de mi vida estaba por llegar.