Gracias por contarme tu historia de amor querido amigo... QEPD
Cuando era pequeño, jamás imagine la vida que me tocaría, sin embargo, años después, ahí estaba yo: David contra el mundo.
Nací en una familia de fanáticos religiosos. Fui criado y adoctrinado bajo las más severas reglas católicas y machistas. Como hombre, mi enseñanza y formación debía ser especial: trabajo pesado, sacrificio físico, responsabilidad como proveedor y, cuando alcanzara cierta edad, buscar una mujer para casarme.
Cuando cumplí los dieciséis años debía prepararme para tener mi primer encuentro sexual. Al ser varón y el mayor de los hermanos, las expectativas de mi padre eran muy altas, él decía: «Mi hijo tendrá que ser macho como su padre y ejemplo de sus cuatro hermanos».
Recuerdo que siempre me gustó jugar futbol y leer mucho. Todo el tiempo quería aprender cosas nuevas y ejercitar mi cuerpo. Mi papá era electricista y siempre me causaba un enorme placer acompañarlo a las diferentes obras en construcción para realizar las instalaciones eléctricas. Por lo regular, eran trabajos que exigían mucha demanda física, gracias a todo ese ejercicio, mi cuerpo tenía un aspecto atlético y muy atractivo para el sexo opuesto, muchas amigas decían que me veía muy varonil y eso me llenaba de satisfacción.
Fue por esos tiempos que comencé a notar algo diferente en mí. Antes no tenía noción de las chicas que estaban a mi alrededor y ahora las veía por todas partes. Si tomamos en cuenta que vivía entre futbol, visitas a la iglesia con mi mamá, trabajo con mi papá, escuela, tareas, etc., es de imaginarse que no había reparado mucho en ellas.
La presión social en la década de los ochentas era fuerte, si eras un «verdadero hombre» debías tener tu primera relación sexual antes de cumplir la mayoría de edad; si no la habías tenido para entonces, se prendía una alerta entre los hombres del entorno… posible «marica», «puto», «puñal», «homosexual» o mil sinónimos más.
Yo, nunca había tenido una novia, así que los problemas con mi padre comenzaron, pues se habían propagado algunos «rumores» de que David tenía comportamientos «raros».
En una de las múltiples discusiones que tuve con mi padre, salí de la casa muy molesto y decidí callarle la boca de una vez por todas. Me dirigí a casa de Ana, una amiga que me había propuesto sexo de manera abierta hacía unas semanas. Al llegar, toque a su puerta y en cuanto me abrió le pregunté con determinación y sin recato alguno:
—¡Hola, Ana! ¡Buenas tardes! ¿Sigue en pie tu propuesta de tener un encuentro íntimo conmigo?
Ella puso una cara que no se describir con exactitud. Fue entre sorpresa, miedo, vergüenza, incomodidad y ganas de soltarme un chingadazo.
—¡Hola, David! ¡Buenas tardes! —me contestó—. Pasa por favor, estoy comiendo con mis papás, ¿gustas comer?
Hasta entonces me di cuenta de lo estúpido que había sido. Me sentí como una suela de zapato y traté de componer las cosas.
—¡Oh, disculpa!… yo… no… sabía… ¡perdón!, te veo en otro momento.
Ella me sujetó fuertemente del brazo y me dijo en voz muy baja.
—¡Pendejo!, ¿qué te pasa? ¿quieres que todo el mundo se entere? Pasa a la casa un momento si no mis padres me van a llenar de preguntas. Terminando de comer se van a ir… y sí, si quiero acostarme contigo todavía, pero no son formas… ¡cabrón!
Pasé a su casa con cara de niño regañado, saludé a sus padres, acepté un plato de sopa y al terminar de comer, ellos regresaron al trabajo dejándonos solos.
Cuando sus padres se fueron, Ana me dijo:
—Dame unos minutos por favor, voy a limpiar la mesa, ahorita hablamos.
Ana limpió la mesa y se puso a lavar los trastes, no dijimos nada, había un silencio que me incomodaba mucho. A los diez minutos, Ana terminó sus tareas y se dirigió a mí:
—¡Ahora sí, papacito!, ¿en que estábamos? —me lo había dicho con una mirada encendida—. Ven vamos a mi habitación.
Me llevó a su habitación, nos desnudamos y nos metimos a la cama.
Mi cabeza era un mar de confusiones y pensamientos. Veía a mi padre diciéndome que un hombre, que se digne de ser hombre, sabe complacer a una mujer: «La mujer debe gritar y gemir como loca, si logras eso, estarás cumpliendo tu deber como macho». También veía la cara de mis amigos que me decían: «Entre más rápido y fuerte la penetres, más macho serás». Yo estaba tremendamente nervioso y no sabía qué hacer, además, mi condicionamiento religioso no me permitía aceptar tener una relación «sucia» fuera del matrimonio.
Con ese tipo de pensamientos golpeando mi mente, mi primer acercamiento fue un verdadero desastre; primero, porque no logré una erección digna y, segundo, porque sentí que estaba haciendo la cosa más asquerosa que jamás había hecho.
Cuando terminé, me di cuenta que prácticamente lo había hecho con los ojos cerrados, me sentía asqueado. Algo que impresionó a Ana fue el tiempo que duré, me dijo que eso no era «normal» para un chico que nunca había tenido sexo. Me había tardado casi treinta minutos en eyacular, esos habían sido los treinta minutos más espantosos que había vivido hasta el momento.
Ana me preguntó si me había gustado y lo contesté que sí —qué más le podía contestar—. Ella dijo que había sido toda una experiencia, que jamás había durado tanto tiempo con alguien y que le encantaría repetirlo de nuevo. Yo asentí de forma escueta, pero le dije que tenía que salir en ese momento, que mejor otro día lo intentaríamos.
Cuando me vi con mis amigos, les conté que me había acostado con Ana —esa había sido la razón principal para hacerlo: enterar a todo mundo de que no era un «raro» y me dejaran en paz de una vez por todas—. Comenzaron a bombardearme con todo tipo de preguntas, pedían que les contara mi hazaña con lujo de detalles, pero no era agradable, el simple hecho de recordarlo hacía que mi repulsa volviera. Me escudé con algunos versículos de la biblia para no hacer más comentarios. Reforcé mi postura, argumentando que «un verdadero caballero no tiene memoria».
Respecto a mi padre, se lo comenté y no me hizo preguntas, solo me abrazó y felicitó por haberme convertido en un «hombre». Ese día, me dejó fumar un cigarrillo y beber una cerveza entera delante de él.
Siempre me he preguntado: por qué algunas familias y amistades religiosas —como la mía—, obligan a un hombre a convertirse en una semilla de promiscuidad y pecado. Creo que esa doble moral jamás podré entenderla.
Fui compañero sexual de Ana por cerca de tres meses, lo hacía para evitar el «qué dirán». Quería que todos se enteraran que podía ser todo un hombre a la hora de estar en la intimidad con una mujer, pero la verdad era muy diferente… ¡no me gustaba el sexo con ella!
Cuando mi tolerancia a la farsa que llevaba con Ana llegó a su límite, terminé la relación. A ella le dolió debido a que se había enamorado de mí, pero en lo que a mi concernía, me sentí libre y pleno.
Unos meses después de haber terminado con Ana, conocí a Teresa, una hermosa chica de veintiún años que pertenecía a la célula juvenil de la iglesia. Nos gustamos y nos hicimos novios.
La fama de «macho alfa» que había obtenido con Ana se incrementó con mi novia Teresa. Me había ganado el respeto y la admiración de mis amigos. Mi padre me presumía siempre que podía: «Este si me salió cabrón, apenas tiene diecisiete y ya se está chingando a una de veintiún años… ¡de tal palo, tal astilla!». También les decía a mis hermanos que tenían que ser como yo: un hombre hecho y derecho. Ellos me miraban como si fuera un artista famoso.
En cuanto a mi madre, ella se sentía orgullosa de tener a un hombre completo en casa, pero siempre me recordaba que debía tratar con amor a mis mujeres, no como objetos sexuales. Opinaba que, si antes de casarme solo quería placer carnal, buscara prostitutas con quien desahogarme, que ellas estaban ahí para eso. Me recordaba que yo debía poner el ejemplo a mis hermanos de cómo tratar correctamente a una mujer.
Mi noviazgo con Teresa era maravilloso. Sus padres eran muy cultos y de alto poder adquisitivo. Ella era inteligente, guapa, de excelente figura y muy linda conmigo; sentía hacia ella un gran cariño, pero… no me despertaba ningún tipo de atracción sexual.
Después de un tiempo de noviazgo, como es natural, llegó el momento de tener intimidad. Yo estaba seguro de que esta vez sería diferente, pero no fue así. Me sucedió lo mismo que con Ana, salvo por un detalle que cambiaría mi vida por completo…
Cuando nos estábamos vistiendo, Teresa me abrazó por la espalda y me dijo:
—¡David! Estoy segura de que me quieres, lo puedo ver en tus ojos, pero no me deseas. ¿Acaso no te parezco atractiva?
Su pregunta tenía un tono tan cálido, que me sentí obligado a decirle la verdad, tenía la esperanza de que su reacción no fuera negativa, realmente la amaba y no la quería perder.
Me armé de valor, respiré profundo y comencé a explicarle lo que me sucedía. Conforme le contaba, trataba de leer en su mirada alguna señal, pero no había emociones, era como si estuviera ausente. No sé cuánto tiempo pasó, pero me pareció eterno, ¡necesitaba alguna reacción de su parte! Me sentía muy mal y no sabía que pensar. De repente, Teresa se levantó de la cama y, sin decir nada, se metió al baño cerrando la puerta tras de ella.
—¡Teresa!, por favor dime algo, ¡cualquier cosa! —le suplicaba con preocupación, mientras tocaba suavemente la puerta del baño—. No sé qué me sucede, ¡te juro que te amo!, debo tener un problema de salud. Tal vez deba ir con un doctor o decírselo a mi papá para que me aconseje.
Teresa abrió la puerta estrepitosamente, se acercó rápido hacia mí, me miró a los ojos fijamente y con una vehemencia que no le conocía, dijo:
—¡No vayas a mencionar esto con nadie, David! ¡Con nadie… porque te va la vida de por medio!
Lo que dijo, la velocidad con la que salió y la intensidad con la que me miraba; me asustaron.
—¡Pe… pero!… ¿de qué carajos estás hablando? —exclamé completamente confundido.
—Escúchame con mucha atención David —continuó Teresa con mucha seriedad mientras me tomaba de las manos—. Si le mencionas esto a alguien de tus amigos, te puede ir muy mal; pero si se lo mencionas a tu papá, te golpeará, te correrá de la casa o incluso hasta podría matarte. Soy la única que lo sabe y la única que lo sabrá por ahora.
—No te entiendo. ¿Qué está ocurriendo? —le cuestioné casi gritando—. ¿Por qué dices eso?
—¡David!, cre…creo que eres homosexual —susurró bajando la mirada.
De inmediato me incorporé y comencé a gritarle muy enojado qué estaba loca, que no me ofendiera de esa manera, que era lo peor que podía decirme una persona…
—¡Shhh!, ¡calla David, no lo grites! —repuso.
—¿Cómo no quieres que grite? —aullé—. ¿Te das cuenta de lo que me acabas de decir? ¡Vete al infierno Teresa! ¡Yo no soy ningún «puñal» de esos!
Guardé silencio mientras mis ojos se humedecían, ¡estaba furioso! Me vestí lo más rápido que pude y salí de la habitación dando un portazo.
No volví a verla. Cuando me preguntaban por ella, les respondía que habíamos tenido una discusión seria y que habíamos decidido darnos un poco de espacio —me daba vergüenza decir que mi novia me había acusado de «marica»—. Por una parte, me sentía ofendido por la imputación; pero por otra, comencé a hacerme preguntas incómodas que, muy a mi pesar, apuntaban a la conclusión de Teresa. Pero… aun cuando eso pudiera ser cierto… ¡jamás lo admitiría delante de nadie! Teresa tenía razón… podría irme la vida de por medio.
Desde la discusión con Teresa, la pregunta rondaba mi cabeza a cada momento. Me causaba insomnio y la mayor parte del tiempo no lograba concentrarme en otras cosas: ¿realmente seré un asqueroso homosexual?
Un par de semanas después, Teresa llegó a mi casa. Cuando salí a recibirla yo aún continuaba molesto y confundido, así que le pregunté en un tono seco que necesitaba.
—Perdóname, David —sollozaba—, no debí decir cosa semejante, ¡lo lamento! Por favor, no le menciones a nadie la causa que originó nuestra discusión —añadió bajando la voz.
Le dije que la perdonaría porque en realidad la amaba, pero necesitaba una explicación del motivo que la llevó a pensar así de mí. Ella prometió que hablaría del tema abiertamente y sin rodeos si estaba dispuesto a escuchar, le contesté que sí. Así que entramos a la casa, comimos con mi familia y después nos fuimos a pasear.
Estábamos comiendo un helado, cuando sugirió ir a su casa. Me dijo que no había nadie, que si estaba de acuerdo ahí podíamos platicar de manera libre y tranquila. Asentí. Así que nos encaminamos hacia allá.
Cuando abordamos el tema, me pidió disculpas por lo rápido que llegó a su conclusión. Dijo que lamentaba haberme hecho enfurecer, pero debía entender que, por nada del mundo, ella hubiera hecho algo que de manera consciente hubiera podido ofenderme o lastimarme. Me contó que sus papás tenían amistades homosexuales —hombres y mujeres—, y que las historias que ellos contaban eran demasiado similares a la mía. Me describió algunas historias que conocía de esas amistades y, debo admitirlo, me vi reflejado.
Hablamos de varios temas: las historias de los amigos de sus padres; la posibilidad de aceptar si yo era homosexual; el futuro de nuestra relación como pareja; y del comportamiento social que deberíamos adoptar en caso de que sí lo fuera. El tiempo se pasó de manera rápida y no nos percatamos de la hora hasta que llegaron sus padres. Un poco apenado por estar a solas con su hija, los saludé con respeto, me despedí de ellos y me fui a casa.
Al salir, comencé a ver las cosas con una óptica diferente. Sentía como si me hubieran quitado un gran peso de encima, ya no experimentaba ese enojo desgastante, solo me sentía asustado.
A los pocos días, Teresa y yo nos volvimos a ver y tuvimos la conversación que marcaría mi vida para siempre.
—¿Me amas, David? —preguntó ferviente.
—¡Sí! ¡Sí te amo, Teresa! —contesté— ¡Te juro que sí!
—¡Bien!, porque yo también te amo con mi vida —continuó en un tono muy seguro— y por esa razón te tengo una propuesta…
—Te escucho con atención —exclamé intrigado.
La propuesta consistía en que me presentaría con algunas de sus amistades homosexuales para conocer un poco más sobre el tema. Ella lo mencionaría como una plática casual, pero yo debería poner mucha atención a lo que dijeran, pues esa conversación podría disipar mis dudas. Teresa y yo seguiríamos siendo novios en lo que lograba saber la verdad de mi inclinación sexual.
Me confesó que ella odiaba el sexo, no lo soportaba. Sus motivos no tenían que ver con alguna inclinación sexual, traumas o complejos; simplemente, no tenía apetito sexual.
Me confesó que, cuando supo que yo no le pediría intimidad se sintió aliviada. Entonces, me invito a hacer un pacto de «protección mutua»:
Si resultaba que yo no era gay, podríamos seguir siendo pareja, incluso, podríamos casarnos y tener familia, siempre y cuando yo no le pidiera sexo frecuente y, para que yo cubriera esa necesidad de satisfacción, ella me permitiría salir con otras mujeres a tener sexo, siempre de manera muy discreta y dándole a ella su lugar como esposa.
Ahora bien, si resultaba que yo sí era gay, podríamos hacer exactamente lo mismo, solo que duplicando las medidas de discreción e higiene. Nadie debía enterarse, porque ese si sería el fin para ambos.
Su propuesta me pareció algo extraña, no obstante, parecía que el beneficio sería mutuo —y a la larga así fue—, de modo que acepté de inmediato y echamos a andar nuestro «plan».
Conforme escuchaba lo que decían sus amigos homosexuales en las reuniones que coincidíamos, me fui dando cuenta de que me sentía identificado con ellos, sin embargo, mis paradigmas y educación no me dejaban aceptarlo del todo.
Algunas semanas después, me invitó a la fiesta de cumpleaños de uno de sus amigos, ahí me presentó a Sergio, un hombre gay de veintitrés años. Nos llevamos muy bien y, extrañamente, mis prejuicios ante el homosexualismo se vieron derrumbados. Él era una persona amable, educada y nada que se pareciera a los «maricas» que siempre me desagradaron por su promiscuidad, ofrecimiento y vulgaridad con la que se comportaban.
Mi primera relación sexual gay la tuve con Sergio, con él obtuve el placer que, aparentemente, debí experimentar con una mujer. Él fue muy dulce conmigo, me ayudó a explorar el terreno de manera lenta y sin prejuicios, no fue el caos que yo imaginé que iba a vivir. Siempre lo vi como un gran regalo de cumpleaños… ese día cumplía dieciocho años.
Pasaron dos años más, yo tenía veinte, Teresa veinticuatro, y decidimos casarnos. Tuvimos una boda sencilla, pero muy necesaria para seguir con nuestro acuerdo. Era un paso obligado que no nos pesaba, al contrario, nos hacía felices, por fin lográbamos esa «libertad social» que tanto anhelábamos.
Dentro del acuerdo, establecimos no tener relaciones sexuales entre nosotros como pareja, salvo cuando ambos tuviéramos la disposición, ya que Teresa quería tener un hijo mío y nunca fue un problema para mí que lo intentáramos. Yo quería darle ese hijo, amaba a Teresa con todo mi corazón.
Cuando cumplí veintiséis años, Teresa quedó embarazada y la noticia nos llenó de felicidad. Nació Armando y fuimos la familia perfecta ante los ojos de los demás.
Teresa y yo seguimos viviendo juntos hasta que Armando cumplió dieciocho años de edad, Armando decidió estudiar hotelería y turismo en España, Teresa logró colocarse en una editorial de Estados Unidos y yo, seguía con el mismo trabajo que me apasionaba: vender autos de agencia.
A mis cuarenta y cuatro años, me quedé solo. Alquilé un departamento cerca de mi trabajo para lograr una mayor productividad. La casa donde viví con mi esposa y mi hijo decidí ponerla en alquiler, dado que se encontraba a dos horas de la concesionaria donde trabajaba.
Poco después, mi papá falleció y fueron tiempos difíciles.
Las relaciones que había tenido con mis parejas, generalmente no duraban más allá de dos o tres años. Lamentablemente no había podido enamorarme de nadie, solo obtenía satisfacción sexual.
Uno de esos días, cuando me encontraba decaído e insatisfecho con mi vida… ¡conocí a Santiago!, un guardia de seguridad privada que trabajaba en un supermercado que estaba cerca de mi departamento. En el momento que nos conocimos sentí una punzada en mi corazón, ese hombre me atraía de una manera increíble y, para mi fortuna y regocijo, descubrí que era gay.
Nos identificamos, decidimos entablar una amistad que se transformó en una relación madura, sólida, llena de respeto y amor. Seis años después, justo cuando cumplí cincuenta y un años, Santiago y yo decidimos vivir juntos.
Cuando Santiago y yo comenzamos nuestra vida en pareja, me vi urgido a arreglar una situación que tenía pendiente, y debía hacerlo cuanto antes. Le pedí a Ana y a Armando que vinieran a México, necesitábamos tener una reunión de familia a la brevedad. Teníamos que explicarle a nuestro hijo toda la verdad acerca del «pacto de protección» que habíamos hecho mucho tiempo atrás.
Para proteger a nuestro hijo, Ana y yo habíamos decido ocultarle toda la verdad para no exponerlo a la crítica y condena social de familiares, amigos y entorno en general. Eso había funcionado bien, pero era el momento de decírselo. Yo, había decidido vivir con Santiago y mi hijo no podía enterarse por alguien más, tenía que ser por su madre y por mí.
Cuando abordamos el tema, su cara no mostró ninguna sorpresa y no pude evitar pensar: «tiene el aplomo de su madre». Una vez que terminamos, nos miró, levantó una ceja y nos dijo:
—Su «secreto» lo conozco desde que tenía catorce años —dijo con una voz cálida y un tono serio—, pero no me interesó tocar el tema. Sé que lo hicieron para protegerme y protegerse ustedes. No me siento mal, al contrario, estoy muy agradecido. Ustedes, a pesar de todos los obstáculos que debieron enfrentar, me dieron una vida normal y feliz. Hoy, que conozco los pormenores, me siento orgulloso de ustedes. Tuvieron el coraje suficiente para ocultar durante tantos años, sus inclinaciones, miedos, y rabia ante una sociedad intolerante; una sociedad llena de prejuicios y capaz de crucificar a las personas que no piensan como la gran mayoría. Papá, mamá, gracias por traerme al mundo a pesar de todos los obstáculos, nunca se los podré agradecer lo suficiente.
Teresa y yo nos miramos con una cara que seguramente le hubiera ocasionado risa a cualquier persona.
Armando sonrío y nos abrazó a los dos al mismo tiempo.
Me felicitó por mi relación con Santiago y a Teresa por su trabajo, acababa de ser promovida a editora en jefe en una firma importante de Estados Unidos.
Teresa y Armando conocieron a Santiago. Convivieron los tres un par de horas y se agradaron mutuamente, eso hacía las cosas más sencillas para mí.
Finalmente, Teresa regresó a Estados Unidos con un buen sabor de boca. Armando, consiguió un trabajo como gerente en un hotel de cinco estrellas aquí, en el estado donde residíamos.
Todo fue perfecto durante un tiempo hasta que cumplí la edad de cincuenta y seis años. Comencé, de manera paulatina, con dolores de cabeza, náuseas y mareos; también mi apetito sexual se había ido a cero. Mi rendimiento en el trabajo bajó de manera considerable y yo vivía en un estado de malestar constante.
Un día, me levanté de la cama para ir a vomitar y me desmayé…
Cuando desperté, Santiago estaba dormido en una silla junto a mí. Yo tenía algunas intravenosas en los brazos y no sabía lo que estaba pasando, estaba asustado.
Santiago despertó al escuchar mis movimientos, me miró a los ojos y me preguntó si me sentía bien, llamando de inmediato a una enfermera.
—Tranquilo mi amor —dijo Santiago—, ¡todo estará bien!
—¡Santiago!, ¿qué pasa?, ¿por qué estoy aquí? —le pregunté intranquilo—. ¿qué me pasó?
—¡Te desmayaste en el baño! —contestó, tratando de forzar una sonrisa.
Mi cabeza estaba dando vueltas, la luz de la habitación me irritaba demasiado.
—¡Apaga la luz, por favor! —le urgí con molestia.
A los pocos minutos, una enfermera y un doctor llegaron a la habitación.
—Hola David, soy el doctor Isaías Lozano. ¿Cómo te sientes? —me preguntó mientras anotaba algo en su tabla.
—¿Qué me pasó? —pregunté intranquilo mientras veía a Santiago llorando en la puerta—, me duele demasiado la cabeza.
—Tu compañero te trajo aquí porque te desmayaste —dijo el doctor Lozano contestando mi pregunta.
Cambió el rictus de su cara, tomó un aire de mayor seriedad y añadió:
—Llevas dos días internado. Te hicimos varios análisis y pruebas diferentes... David, lamento mucho informarte que tienes un «Glioblastoma Multiforme» en el cerebro; es decir, un cáncer muy agresivo que está demasiado avanzado para tratarlo con una operación.
Lo escuché como si su voz proviniera de otra habitación y no se estuviera dirigiendo a mí.
—Está bien. ¿Cuándo me puedo ir? —le pregunté tratando de incorporarme.
—No recomendamos que te marches —contestó, tratando de evitar que me levantara—, necesitarás cuidados especiales. Te moveremos de cama a un piso más tranquilo.
Miré al doctor fijamente y le pregunté con una voz que se había hecho grave de repente:
—¿Cuánto tiempo me queda doctor?
Hubo un silencio que me pareció eterno.
—No más de dos meses, David —contestó—. ¡Lo siento mucho!
Realizó otras anotaciones en su tabla, se disculpó y se fue.
Santiago entró para consolarme, pero en realidad no me sentía mal, yo fui quien terminó consolándolo a él. No estoy seguro de cómo me sentía en ese momento, pero no me sentía mal, es más, creo que ni siquiera sentía algo.
Pasamos algunos minutos así hasta que vi en la puerta a Teresa y mi hijo Armando, ambos tenían el rostro desencajado y lloraban. En ese momento, toda mi fuerza desapareció y me quebré… ¡comencé a llorar desconsolado!
Creo que estuvimos así por un lapso de media hora hasta que las náuseas me invadieron y me llevaron al baño a vomitar.
Cuando volví a la cama, sabía que en cualquier momento podía llegar el desenlace fatal, así que decidí despedirme en ese momento de los tres grandes amores de mi vida que había tenido la fortuna de tener:
—¡Teresa!… ¡Mi hermosa Teresa!… Perdóname por no haber sido el esposo perfecto para ti, ojalá hubiera sido mejor. ¡Siempre te amé de esa forma tan especial, y te seguiré amando así hasta que llegue mi hora!
—¡Armando!… ¡Hijo!… Perdóname por todas las fallas que tuve contigo como padre, pero nunca dudes del amor que te tuve desde que naciste, eres sangre de mi sangre y gracias por haberme hecho un padre tan feliz. ¡Te amo hijo! ¡Te amo!
—¡Santiago!… ¡Mi dulce Santiago!… me has hecho el hombre más feliz del mundo, no sabes cuánto te lo agradezco. Mi vida nunca hubiera sido dichosa de no haberte conocido. ¡Santiago!, mi compañero de vida. ¡Te amo con mi vida! ¡Gracias por todo!
Después, lloramos largamente. Yo estaba inconsolable, pero al mismo tiempo me sentía muy agradecido. La historia de mi vida pocas veces la pude contar y me hubiera gustado gritarla a los cuatro vientos sin importarme nada más. Habría sido una historia de amor verdadero.
Yo estaba desahuciado, había mucho dolor físico y emocional, era un dolor que me consumía por dejar el mundo bajo estas circunstancias; sin embargo, por mucho dolor que hubiera, nunca podrá compararse con la cantidad de amor tan especial que viví con mis tres ángeles, un amor como pocos pueden entender, un amor de complicidad, un amor realmente puro…
∞∞∞
David murió un mes después de su diagnóstico. Su familia y nosotros, los que fuimos sus verdaderos amigos, lamentamos mucho su pérdida.
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¡Gracias por todos tus consejos, amigo!
¡Qué en paz descanses!
12/sep/1963 - 23/oct/2019