País Relato - Autores

perla muciño

marissa se va

Cuando el «nido vacío» solo cambia de forma
Mi niña hermosa, ¡no llores!, ¡aquí está papá!
¡Marissa!, ¡si sigues corriendo te puedes caer!
¡No vas a salir con esa falda a ningún lado, jovencita!
Que descanses princesa… te amo.
Enseguida vuelvo, voy a ajustar cuentas con aquél patán.
∞∞∞
—Papi… ¿te gusta cómo se ve?
Su tierna voz me sacó de mis recuerdos. Vi a mi Marissa de cuatro años preguntándome si se veía bien con su traje de hadas, se veía tan bella y tan alegre.
—¡Papá!, ¿estás bien? —preguntó Marissa un poco angustiada—, te noto distraído. ¿Vas a estar bien, verdad papi?
—Sí, mi niña, estoy bien, solo estoy pensando —le contesté con tristeza—, hace apenas unos años usabas vestidos verdes con brillos y mallas amarillas y… ¡mírate ahora!
—Papá, eso fue hace demasiados años —exclamó—, yo tenía entonces cuatro años y era un festival de primavera.
—Sí, lo sé —añadí—, pero no pudimos quitarte esas mallas en varios días porque creías que si te las quitábamos se acabaría la primavera, tu madre tuvo que bañarte con ellas… ¡Sonia! —murmuré con tristeza al recordarla—. Tal vez tu madre estaría llorando ahora mismo si te viera vestida así.
—Papá… —dijo cabizbaja—, mamá nos mira desde el cielo y si te pones triste, ella también lo estará. ¡Ven papi!, vamos por agua, tengo algo de sed.
Nos levantamos, se colgó de mi brazo y caminamos en busca de agua. Yo solo quería alargar el camino, deseaba estar con mi hija el mayor tiempo posible.
—Debo aceptar —confesé—, que no sé cómo reaccionar. Tu madre ya me habría dado algunos consejos para actuar con cordura y superar estos sentimientos tristes, me habría abrazado y me habría contado algún chiste tonto sobre la ocasión, pero no está y no sé cómo sobrellevar esto yo solo.
—Papá —susurró con ternura—, deberías reírte porque tengo dos horas pensando en que mi mamá diría que mi cabello parece un nido de golondrinas o algo parecido.
Reí su observación, sabía que su madre habría dicho algo similar y sería un comentario muy acertado, ese peinado parecía un nido de pájaro.
Mi princesa había heredado el sentido del humor de su madre, así como su calidez y amabilidad. En cambio yo, un viejo de cincuenta y cinco años, estoy amargado por la pérdida de mi amada esposa y, ahora, por la partida de mi hija: mi más hermoso tesoro sobre la tierra, la flor más hermosa de mi jardín.
¿Qué será de mí sin mis dos pilares?
Lo había pensado con tal intensidad, que no me di cuenta que mis pensamientos salieron por mi boca.
—¡Papá! —expresó con cariño mientras me abrazaba—. Yo estaré contigo siempre, y siempre necesitaré de ti. No me iré nunca, sólo estoy creciendo.
Sus palabras sonaban tan cálidas y certeras, que no pude oponerme más. ¡Era verdad lo que ella decía! Mi hija solo estaba creciendo y seguiría su camino como yo lo seguí en su momento… como lo siguió su madre conmigo. Entonces, por qué habría de entristecerme el ver a mi retoño florecer y enraizar en una mejor tierra, por qué debería dolerme su maduración y crecimiento. Eso no tenía ningún sentido.
—Tienes razón mi niña —comenté convencido—, no es una despedida ni nada parecido. ¡Hagamos lo propio!
Tomé su mano, la miré a los ojos, le sonreí y nos dirigimos de vuelta al dormitorio.
—¡Vamos, mi nidito de golondrina! —dije en tono de broma—, ¡tenemos algo pendiente!
Quince minutos después caminábamos hacia «el pasillo de la verdad».
¡Al fin!, ahí estaba yo llevando a mi hija del brazo, caminando en medio de un pasillo flanqueado por personas y, mientras caminábamos hacia el altar, los recuerdos de mi princesa me rondaban por la mente mientras escuchaba la marcha nupcial que, a decir verdad, me sabía más a una marcha fúnebre.
Vi a lo lejos a aquél noño, bobo, pazguato, papanatas que me había arrebatado a mi más hermosa flor. Ahí estaba él, esperando como buitre a que la presa muriera, mirando a mi Marissa con la misma sonrisa de idiota que lo caracterizaba. Y mi hermosa princesa, tan feliz y nerviosa como nunca. Tan bella ella, con ese vestido blanco y ese velo que le cubría la cara evitando que vieran su angelical sonrisa.
¿Qué puedo hacer?, me he prometido no llorar y no maldecir. Solo debo dejar a mi hija seguir su camino con quien ella ha escogido para compartir su vida. Sonreí, respiré profundamente y entregué su mano a él: al maldito nuevo héroe de mi princesa.
¡La fiesta fue un éxito!, mi hija estaba tan feliz como nunca y… si mi hija era feliz… ¡yo también debería serlo!
∞∞∞
Han pasado seis años desde la boda y, como lo prometió en su momento, mi niña nunca me olvidó. Ahora, Fernando, mi yerno, me ha hecho comprender la frase de la que siempre me burlé:
«No pierdes una hija, ganas un hijo».
Él ha sido un excelente compañero de mi amada Marissa, la ha tratado muy bien y que decir de…
—¡Esperen!, ¡qué esperen, les digo!, ¡los atraparé!, ¡ya verán!
Bueno, ustedes me disculparán, pero a estos pilluelos tengo que alcanzarlos…
—¡Manuelín, Yesenia!… ahora que les ponga la mano encima… ¡me los comeré a besos!, ¡ya verán!