Entendí que la libertad siempre estuvo en mi interior
Tengo muchos meses buscando una respuesta a la pregunta más básica del adulto:
¿Soy realmente feliz?
En ocasiones la respuesta es: sí.
Entonces…
¿Por qué sigo experimentando este vacío?, ¿esta sensación que me indica que es un autoengaño?
Me siento impotente y no sé cómo lidiar con eso…
∞∞∞
Mi esposo, a veces se levanta de la cama como si solo existiera él en el mundo, solo en contadas ocasiones me ha preguntado cómo me siento en la casa o cómo les va a lo niños en sus actividades diarias. Aunque es agradable escucharlo, no puedo evitar sentirme triste la mayor parte del tiempo. Probablemente suene cursi, pero hay ocasiones en que me gustaría escuchar algunas palabras románticas de su parte, algo que me haga recordar el porqué elegí esta vida a su lado.
Tengo cuatro hijos que cada vez se hacen más distantes e independientes: Lorena, de quince años, difícilmente logra darme un beso o una muestra de cariño; Santiago, de trece años, ya le avergüenzan mis demostraciones de amor de madre ante sus compañeros; Martha, con nueve años de edad, solo se preocupa por tener las mejores muñecas para presumirlas con sus amigas; y por último, Karina, mi pequeña de casi cuatro años, de ella sí recibo un verdadero afecto, aunque prefiere más la compañía de su papá o de sus hermanos.
¿Será este el destino de la mujer cuando forma un hogar? Me lo pregunto a menudo, algunas veces triste y otras consternada.
Creo que la verdad sobre la maternidad es esa: un marido que está contigo por los hijos, y unos hijos que poco a poco te van relegando de su vida hasta que te vuelves completamente invisible para todos. ¿Será que, yo misma termine por olvidarme de todo y me sumerja de lleno en el abandono personal?
Esto último lo he pensado tan fuerte, que algunas palabras sin sentido salieron de mi boca.
Antonio, mi esposo, me mira y me pregunta con tono de curiosidad:
—¿Qué tienes, Beatriz? Te noto algo ausente y hablando sola otra vez.
—¿Te has puesto a pensar en que algún día los niños nos dejarán y nos quedaremos solos? —le dije con convicción y algo de fastidio—, los niños nos van a dejar. Mira a tu alrededor: Lorena, vive sólo para sus amigos y la escuela, ya ni siquiera me pregunta cómo estuvo mi día; Santiago, cree que mis atenciones hacia él lo hacen ver delicado y quiere ser tratado como hombre; Marta, vive en su mundo de muñecas; y Karina, te sigue más a ti y a sus hermanos que a mí…
—¡Antonio! ¿Me estás haciendo caso? —le reclamé molesta, haciendo un esfuerzo por no alterarme al ver que no me estaba poniendo atención.
—Beatriz, estás dramatizando, ¡tranquilízate! —me contestó en un tono relajado y algo alegre—. Las cosas no son así como las ves. Si hubiera algo de cierto en lo que dices, los niños se drogarían, serían unos completos inútiles; además, tendrían una actitud grosera hacia nosotros. ¡Algo que jamás les permitiríamos!
—¡Pero si ya son unos groseros! —repliqué con enojo y me fui a la recámara sin decir más.
Estaba totalmente enojada, cómo era posible que Antonio no viera lo que estaba sucediendo con nuestros hijos, no podía creer que me lo hubiera dicho en serio; de repente, algo pasó…
Pasé junto al espejo de cuerpo entero que tenemos en nuestra habitación y me detuve abruptamente, vi el reflejo de una persona que no conocí. Había una persona despeinada, con el pijama puesto a las diez de la mañana, ojerosa y con el maquillaje corrido; también, estaba vieja y muy gorda.
Sentí pánico, mucho pánico. ¿Dónde estaba yo? ¿Dónde estaba esa persona que siempre creí que era? ¡¿Dónde?!
En ese estado de shock recordé algo que me había sucedido unos meses antes. Paty, mi amiga, había ido a visitarme, estábamos bebiendo una taza de té y platicando alegremente, cuando en la conversación salió a relucir mi rol de ama de casa:
—Betty, la culpa la tienes tú por haber entregado tanto sin pedir nada a cambio —me dijo Paty, mientras yo veía, con cierta envidia, su esbelta figura y lo impecable de su arreglo personal—. Mira en quién te has convertido… ¡en una ama de casa!
—Bueno —respondí a la defensiva—, eso no tiene nada de malo. Soy feliz con mi familia y el hogar que hemos formado.
—No me mal entiendas Betty —continuó Paty con un tono un poco avergonzado—, no te estoy juzgando, solo que… ¡tenías tanto potencial!, y ¡mírate! No digo que la vida que lleves sea mala, pero, para ser del todo honestas, sabes que podrías haber tenido más. Ahora ni siquiera convives con nosotras, tus amigas de toda la vida.
En ese entonces, pensé que lo que decía Paty era una tontería y una falta de respeto a su familia, ella está casada y tiene dos hijas; pero el caso es que, ahora que el espejo me ha mostrado esta terrible versión de mí, creo que siempre tuvo la razón. Sí, creo que la culpa de la situación en la que estoy ahora es completamente mía. Les he dado cada gota de mi fuerza; les he entregado toda mi atención y todo el amor del que sido capaz de dar, y ¿que he recibido a cambio? ¡Nada!, obligaciones, indiferencia y…
¡Esto no es justo!
Con determinación, le envié un mensaje a Rebeca.
Normalmente, algunas de mis amigas de antaño se reunían con bastante frecuencia —por lo regular en algún restaurante— para platicar y beber café después de llevar a sus hijos al colegio. Siempre habían querido integrarme al grupo, pero yo nunca había aceptado. Les decía que el hogar y mi familia requerían cada minuto de mi tiempo, que se me complicaba mucho acompañarlas. Ellas, terminaron por ya no insistir ante tanta negativa.
En el mensaje le preguntaba dónde estaban reunidas y si podía unirme. Rebeca contestó que por nada del mundo se perderían la oportunidad de poder saludarme.
Me metí a la ducha y tardé treinta minutos bañándome —algo que por los niños y los quehaceres del hogar rara vez me permitía—. Cuando salí, busqué el estuche completo de maquillaje que casi nunca usaba y un vestido con el que pudiera lucir bien. ¡Me peiné, maquillé y vestí! Decidí arreglarme como si fuera a una cita romántica. Tomé mi bolso y me encaminé hacia la puerta. Los niños estaban en la escuela y Antonio descansaba ese día, así que decidí salir y regalarme un poco de tiempo con mis amigas.
Ya estaba por salir de casa cuando escuché a mi esposo decir:
—¡Vaya!… ¡Qué guapa te ves!, ¿a dónde vas?, ¿todo bien?
Giré para mirarlo y, con una sonrisa de satisfacción, le comenté que saldría con mis amigas a la plaza comercial a pasar un buen rato. Le dije que volvería más tarde y le pregunté si no tenía inconveniente en preparar algo de comida para los chicos, que yo pasaría por ellos a la escuela. Él me miró con extrañeza, pero al final sonrío y me dijo que sí, que me divirtiera con mis amigas y me dejó ir sin preguntar más.
Tomé las llaves del auto, cerré la puerta y conduje hacia la plaza.
¡Estaba emocionada! Mientras manejaba iba cantando a todo pulmón y bailando alocadamente cada canción que transmitían por la radio. Asombrada, me percaté que me sentía inmensamente feliz, hacía mucho tiempo que no me sentía así de radiante, de libre, de plena. Ahora tenía sentido el comentario que me había hecho Paty. Así que decidí adoptarlo y pensaría más en mí. Los siguientes veinte minutos estuve pensando en cuánto tiempo había perdido tratando de complacer solamente a mi familia y… ¡cuánto me había olvidado de mí misma!
Al llegar a la plaza, me sentía algo nerviosa. Era muy probable que mis amigas hicieran algunos comentarios burlones o sarcásticos sobre mi aspecto. Me dispuse a preparar mis respuestas, tratando de ablandar un poco mis sentimientos para lograr ser más asertiva al responder. Tomé aire y caminé con paso seguro mientras me aseguraba de que no hubiera nada fuera de lugar en mi atuendo y maquillaje, no quería verme mal después de tanto tiempo.
—¿Hola señoritas?, ¿cómo están? —dije con tono vivaracho al saludarlas.
Todas saludaron efusivas e hicieron los comentarios que había previsto.
—¡Amiga, qué emoción!, ¡tenía tanto de no verte! —dijo Rebeca.
—¿Qué te pasó amiga?, ¿qué hiciste para que tu marido te dejara salir? —Esa era Carla y sus comentarios «graciosos».
—¡Amiga!, ¿subiste de peso? ¡No te preocupes!, ¡yo tengo una dieta buenísima que te da resultados en tres días! —Ella era Madrid, la reina del fitness y las dietas.
—¡Vaya, vaya!, pero miren quién salió de casa —exclamó Paty tocándome el hombro detrás mío—. ¡La Bella, siempre encerrada en su castillo, ha salido y ha visto la luz!
Por un momento me sentí abrumada, incluso algo ofendida, pero entendí que sus comentarios no tenían como objetivo lastimarme, más bien, creo que deseaban apoyarme a «su manera». Después de los saludos obligados, básicamente hablamos de uñas postizas, remedios caseros para el cabello, cremas para la cara y una serie de cosas que ya no recuerdo. El tiempo pasó entre risas, comentarios tontos y chismes entretenidos. Me sentí como en un lugar fresco de donde no quería salir.
—¡Ufff!, Camila ya casi sale de la escuela y debo pasar por ella. —dijo Carla, mirando su reloj y saliendo con prisa después de pagar su cuenta.
Yo la estaba pasando tan bien que no me había percatado de la hora, también tenía que ir por mis hijos y ya se me había hecho tarde. Me levanté de la mesa y entre sonrisas, besos y abrazos, me despedí de las chicas. Me sentía como nueva, como si hubiera respirado una bocanada de oxígeno puro, en medio de un ambiente lleno de esmog.
—¡Beatriz! —me dijo Madrid que también se estaba yendo—. Nos encantó verte aquí, espero que nos acompañes más seguido. Los lunes y viernes nos vemos aquí en la mañana, y los martes y jueves llevamos a los niños al Centro Revolución para sus clases de Tae Kwon Do, eso es por la tarde. Siempre aprovechamos el tiempo para comer algo o platicar, te lo digo por si te interesa venir más seguido con nosotras.
—¡Claro, me encantaría! —le contesté con un tono alegre—, me la pasé muy bien. Voy a poner algunas cosas en orden y dalo por hecho, ¡nos veremos más!
Nos retiramos y me apresuré para llegar por los niños.
Mientras manejaba, estuve pensando en lo bien que se sentía salir con mis viejas amigas, en lo mucho que me alejé de estas agradables reuniones y lo enfadada que estaba con Antonio y los niños por haberme encerrado en sus demandas. Me había estado perdiendo de todo esto con tal de ser la madre ejemplar, la resignada y sacrificada madre que solo vive para hacer feliz a su familia. ¡No, no!, ¡ya no más mamá abnegada!, también tengo derecho a divertirme. No siempre debo ser tan cuadrada con mis deberes a la hora de lavar o cocinar.
Llegué a la escuela diez minutos tarde, pero eso ya no me preocupaba, ¡había adquirido una nueva mentalidad! ¿A quién no se le hace tarde a veces? No por eso se va a acabar el mundo. Lo único que había hecho todo este tiempo era presionarme sin necesidad de hacerlo.
Los chicos entraron al auto y, como siempre, Lorena y Santiago, con los audífonos a todo volumen me dedicaron un saludo escueto y desganado; Marta, me mostraba sus calificaciones, y Karina, los dibujitos que había hecho junto con sus amiguitos. Me alegré por mis niñas pequeñas y les dije que me daba mucho gusto que se sintieran felices.
No podía estar más feliz, venía de relajarme un rato y mis hijos estaban bien.
Arranqué el auto y nos fuimos a casa. Puse algo de música para ambientar, comencé a cantar y mis hijas pequeñas se unieron a mi desafinada voz. Lorena me miró con extrañeza…
—Tenía mucho tiempo que no te veía así mamá. ¿Todo bien? —me lo dijo con una curiosidad tan genuina que hasta los audífonos se había quitado.
—Sí, mi cielo, todo está en orden —le contesté—, solo que hoy me siento particularmente feliz.
—¡Ah!, qué bien mamá, me da gusto por ti —dijo levantando las cejas y en seguida volvió a ponerse los audífonos.
Aunque me hubiera gustado que me preguntaran más, la nueva filosofía que había decidido implementar en mi vida ya no me permitía preocuparme por lo que llegaran a pensar mis hijos de mí; después de todo, si no les importo cuando estoy de mal humor o triste, ¿por qué habría de importarles cuando estoy feliz? Así que, me aguanté las ganas de contarles de mi reunión y seguí cantando hasta llegar a casa.
Al llegar a casa, los niños bajaron rápidamente a dejar sus cosas, saludar a su padre, ver televisión y jugar un poco. Antonio me recibió con un beso y preguntó cómo me había ido en la reunión con mis amigas. Le conté con lujo de detalles mientras él servía los platos para comer. Había preparado bistec a la mexicana y agua de limón. No recordaba la última vez que mi esposo había cocinado para nosotros, pero siempre que lo hacía, le quedaba delicioso. Durante la comida le propuse a Antonio llevar a los niños a clases de Tae Kwon Do los martes y jueves, le comenté que mis amigas llevaban ahí a sus hijos, y que podría ser una gran idea llevarlos, para evitar que se la pasaran pegados a la computadora o al teléfono.
Antonio aceptó de inmediato, estaba convencido que así las pequeñas podrían conciliar el sueño sin tanto problema y a Santiago y Lorena, no les caería mal aprender un poco de defensa personal. Mis hijos grandes, como es natural en los adolescentes, pusieron mil pretextos del porqué ir a clases extracurriculares sería una mala idea: el desempeño escolar no sería el mismo; la concentración para los exámenes bajaría; el cansancio no les permitiría despertar a tiempo... ¡vaya! —pensé—, estos niños serían capaces de vender un riñón con tal de quedarse sentados frente a un teléfono o un monitor de computadora.
Después de comer, como ya es rutina, levantamos la mesa y lavamos los trastes. Después, me dirigí a sacar la ropa de la lavadora y recordé que había llegado tan emocionada que no había metido ropa a lavar. Si la lavo en este momento, la ropa no se secará para mañana —pensé mientras veía el cesto de la ropa sucia—, pero si no la lavo, se acumulará y odio que la ropa se acumule. ¿Qué hago? Estaba deliberando que haría, cuando me vino a la cabeza la voz de Paty diciendo:
¿Por qué te obligas a lavar ropa en este momento?, no le pasará nada a la ropa si no la lavas hoy; además, tendrías que plancharla y estás cansada. Mejor mañana te levantas temprano, la lavas y… ¡asunto arreglado!, nadie morirá por eso.
Haciendo caso a lo que pensé que posiblemente hubiera dicho Paty, dejé la ropa en el cesto y me fui a la sala a ver una película. Me sentí liberada del trabajo que representaba lavar ropa todos los días, era un hábito que me impuse tiempo atrás para que, sin importar la situación, siempre tuviéramos ropa limpia y planchada.
Decidí leer un poco en lugar de ver la película y, unos minutos después, me quedé dormida.
Cuando desperté, mis hijos —con excepción de la pequeña— estaban en la mesa haciendo su tarea.
—¿Y Karina?, ¿dónde está? —les pregunté aún adormilada.
Lorena me miró esbozando una sonrisa y me dijo:
—Está dormida, mi papá la llevó a tomar su siesta. ¿Descansaste? —me preguntó con algo de sarcasmo.
Me sentí muy mal en ese momento. Yo siempre soy la que llevo a mi pequeña niña a dormir su siesta, le leo un cuento corto y se duerme en mis brazos. No podía creer que me hubiera quedado dormida en vez de llevar a mi princesa a su cama. Yo no soy así, jamás lo he sido y no quiero comenzar a serlo. Podré tener mis libertades, pero siempre cumpliendo mi responsabilidad de madre.
Me levanté y me dirigí a la cama de Karina y allí estaba Antonio, dormido junto a ella. Fue algo bello de ver, mas no dejaba de sentir culpa por haberle faltado a mi Karina en ese momento. Salí de la habitación, me dirigí a la cocina, me serví un vaso con agua y me acerqué a mis otros tres hijos.
—¿Cómo va la tarea, en qué les ayudo? —les pregunté con dulzura y mucho interés.
—Estamos bien mamá, no te preocupes —me respondió Lorena, con su típico tono seco y cortante.
Me sentí desplazada y al mismo tiempo libre de esa responsabilidad. Quizá era cierto lo que dijo Carla:
Los hijos pueden vivir sin nosotras, pero somos las madres las que creemos que eso es imposible.
Quizá el hecho de soltar un poco mis responsabilidades los hará responsables a ellos, ya el tiempo me dirá si tuve o no razón.
Ordené algunas cosas de mis proyectos personales y me puse a preparar la cena. Escuché a Karina despertarse y fui rápido a abrazarla. Mi niña preciosa, como siempre tan dulce y cariñosa, me abrazó y me pidió ayuda para su tarea de dibujitos. Cuando terminamos de hacerla cenamos todos juntos mientras veíamos una película. Al terminar de cenar, sin hacer sobremesa, levantamos la mesa y lavamos los trastes.
Antonio se dirigió a su estudio mientras Santiago y Lorena se fueron a su habitación a jugar Fornite. Marta y Karina fueron a su recámara a jugar con sus muñecas y a prepararse para el baño nocturno. Después de hacer toda la rutina de la noche, Antonio y yo nos acostamos para dormir y me hizo un breve comentario acerca de la salida con mis amigas.
—Cariño —dijo amablemente—, puedes hacer lo que hiciste hoy, los lunes que yo descanso, pero por favor, trata de que no se convierta en un hábito, porque a los niños les haces mucha falta… y a la casa también.
Su comentario me molestó. ¿Cómo era posible?, solo me salí unas horas y… ¡¿ya me estaba pidiendo que no lo hiciera un hábito?! No puedo creer que no tenga la libertad de hacer lo que me plazca con mi tiempo libre después de todo lo que hago, ¡es absurdo!
A la mañana siguiente, me levanté un poco tarde y no alcancé a preparar el refrigerio para los niños, así que les di un poco de dinero para que compraran su almuerzo. Después de dejar a los niños en la escuela, fui al centro Revolución para hacer la inscripción de los niños a Tae Kwon Do. Pasé al supermercado a comprar insumos para la comida y, al terminar las compras regulares, aproveché para comprarme un par de zapatos para la reunión con mis amigas.
Al llegar a casa, rápidamente me puse a cocinar, lavé una carga sencilla de ropa y ordené la casa de manera superficial; algo que normalmente no hacía.
En la reunión con mis amigas, recuerdo que tocamos el tema del aseo de la casa: que cada cuando deberíamos hacerlo, que si mejor contratábamos mujeres para el aseo —en lo personal siempre fui de la idea de no permitirle a nadie, en especial a una mujer extraña, que metiera mano en las labores de mi casa, siempre me he considerado muy celosa en ese renglón—. Concluimos en que no deberíamos tener vida de sirvientas y que las labores domésticas no deberían quitarnos tantas horas al día —lo cierto era que casi todas mis amigas contaban con mujeres de servicio doméstico para el aseo de su hogar y, si he de ser del todo franca, creo que yo era la única excepción—.
En cada reunión que teníamos, se trataba el tema de «la libertad» de ser mujer. Yo era juzgada duramente por ellas ya que consideraban que me sometía a mi esposo y mis hijos. Por ejemplo, decían que lavar la ropa de los niños pequeños era parte de nuestra responsabilidad como madres, si es que no tenías personal doméstico, pero la ropa de los demás «incluyendo la del esposo», debería ser responsabilidad de cada uno por ser cosas personales.
Yo no compartía del todo sus ideas porque para mí era importante llevar por completo las riendas de mi hogar, por otra parte, tenía que admitir que había mucha razón en lo que decían: la casa era una responsabilidad compartida y no debía cargar yo sola con todo el peso.
Con los niños en las clases de Tae Kwon Do, yo asistía religiosamente a las reuniones con mis amigas, así estuve durante casi seis meses. En ese lapso, Antonio y yo discutíamos constantemente, incluso tuvimos peleas tan fuertes, que pensé que nos costarían el matrimonio.
La convivencia con los niños fue disminuyendo drásticamente: Karina, estaba más tiempo con su papá que conmigo, aun cuando yo pasaba más tiempo en casa que Antonio; Martha, se la pasaba en su computadora hablando de moda con sus amigas; mis hijos grandes estaban más distantes que nunca y, por si fuera poco, mi hogar se veía muy descuidado.
Yo buscaba hasta el menor de los pretextos para no estar en casa porque me sentía molesta. Mis amigas me decían que esa sensación era normal cuando llegaba el momento de abrir los ojos. Aun así, cada día que pasaba, en lugar de sentirme mejor, las cosas empeoraban. ¡Ya estaba harta!, ¡sentía que estaba perdiendo la razón!
Un domingo por la noche, cuando los niños ya estaban dormidos, me acerqué a Antonio para conversar. Él dejó de leer, me miró completamente sereno, me puso toda su atención y me invito a hablar.
—Antonio, me siento triste —dije con voz baja—, siento que estoy perdida. Los niños ya no me hablan como antes, me siento más irascible que nunca, tú y yo peleamos demasiado y la casa no se ve igual. Entro y ya no siento como si fuera mi palacio real, siento como si fuera una casa del montón. ¿Qué me está pasando? —le pregunté con preocupación—, la verdad es que tengo un par de semanas sintiéndome muy incómoda. Creo que todo se origina por las reuniones que tengo con mis amigas, no sé exactamente el como sucede, pero creo que es por eso. ¡Ayúdame!, dame tu opinión, por favor.
—Beatriz —me contestó Antonio con tristeza y reproche en su voz—, cambiaste… y cambiaste mucho. La mujer que eres ahora no la conozco. Antes no te enojabas por todo, te veías alegre, cuidabas de tu casa y de nosotros como nadie más podía hacerlo. Un buen día, simplemente dejaste de sonreír, comenzaste a hacer todo de mal humor y los niños percibieron eso. De la nada, comenzaste a frecuentar cada vez más a tus amigas. Las primeras semanas que lo hiciste te veías feliz, pero eso cambió, te hiciste intolerante a todo y dejaste de cuidarnos como siempre lo hacías. Muchas veces tuve que hacer yo la comida y cuidar a mis hijos, y no lo digo porque me pese hacerlo, sino porque nunca me habías dejado hacerlo tanto. De un día a otro comenzaste a llevar ropa a la lavandería, te desligaste por completo de esa tarea; descuidaste a los niños y los dejaste jugar más de la cuenta en los teléfonos, computadoras o televisor. En resumen, un día dejaste de hacer todo aquello que te encantaba hacer, eso por lo que siempre peleaste, y te transformaste en una persona diferente, eso fue lo que pasó.
—¡Tienes razón! ¡Cambié! —le dije pensativa y molesta.
Me levanté rabiosa, me fui al baño y me metí a bañar.
Dentro de la ducha, mis pensamientos giraban sin control y con mucha fuerza. Yo siempre había luchado por mi casa de revista, por hijos responsables y una vida relativamente perfecta, ese había sido mi sueño desde niña. Un día, simplemente me miré en el espejo y decidí que no era feliz. En lugar de hacer lo necesario para cambiar, para no verme gorda y descuidada, quise adoptar una personalidad que no empataba con mi esencia. Me dejé deslumbrar por la vida «plena y libre» de mis amigas y permití que me atraparan en su filosofía de mujeres «exitosas y liberadas del yugo familiar». No quise reconocer que sus vidas giraban en torno a la despreocupación y a la vida de completa comodidad que sus esposos les proporcionaban. ¡Tonta de mí!, yo que tenía mi hogar perfecto, ahora lo había convertido en una fría casa, impersonal, sin amor impregnado en cada detalle, una casa como la de ellas… sin el sello personal que la convertía en… ¡mi hogar!
Entre cavilaciones y soliloquios caí en cuenta que el problema nunca fue mi casa, mis hijos o mi esposo, el problema fue mi falta de amor propio. Con el tiempo fui perdiendo poco a poco la autoestima, fui metiéndome en la cabeza —yo solita, nadie me ayudó—, que yo era una sirvienta, que no tenía caso que me arreglara para lavar los trastes, para barrer o sacudir el polvo.
Recuerdo bien, como poco a poco fui guardando en el fondo del closet la ropa hermosa. Comencé a usar de manera cotidiana, pantalones viejos y blusas decoloradas, puesto que, según mi razonamiento, eso era lo más adecuado para andar de «sirvienta».
Llegué al punto de culpar a mi esposo y mis hijos por los deberes de madre, esposa y ama de casa que había adquirido con el paso del tiempo y por convicción propia.
Les eché la culpa a ellos cuando la culpa la tuve siempre yo, y cómo es más fácil culpar a otros que a uno mismo, traté de buscar la solución en el exterior en lugar de plantearme la posibilidad de que todo podía resolverse con un simple cambio de actitud. En lugar de eso, me refugié con mis amigas tratando de justificarme.
Tontamente tomé la peor decisión al buscar el núcleo de amigas «exitosas» con las que nunca tuve la mejor empatía, dejé de lado a un grupo más adecuado para mí: esposas y amas de casa. Todas ellas eran mujeres trabajadoras y con el común denominador de sentirse orgullosas de sus hogares. Este grupo de amigas —las que estúpidamente consideraba mujeres aburridas—, tenían familias unidas y armoniosas, sus casas siempre estaban impecables y, por si fuera poco, ellas siempre se daban el tiempo para verse arregladas y bonitas.
Salí del baño y me metí a la cama en completo silencio, Antonio ya se había dormido.
Al día siguiente me levanté más temprano que los demás, preparé el refrigerio de todos, saqué uno de mis vestidos del fondo del armario y me maquillé lo más hermosa que pude. Puse música alegre para despertar a los demás y, con besos y abrazos, desperté a cada uno de mis hijos y a mi querido esposo. Era lunes, llevé a mis hijos al colegio y, en vez de irme con mis amigas, regresé a mi hogar a ordenarlo como siempre me ha gustado. Preparé un rico almuerzo y desayuné con mi amado Antonio. Miré divertida su expresión, una mezcla de alegría y asombro.
Al terminar de almorzar, iba a meter la ropa a la lavadora cuando sentí un fuerte abrazo por detrás. Antonio, de manera traviesa me besó y me llevó a la alcoba donde hicimos el amor durante bastante tiempo, ya tenía mucho tiempo que no experimentaba tal plenitud.
Ese día, en nuestra alcoba nupcial volvimos a renovar nuestros votos y juramos llevar una vida más en pareja. Establecimos no dejarnos absorber tanto por el trabajo, los deberes del hogar y los hijos. Decidimos volver a ser novios y buscar agradarnos en todos los sentidos. Puedo asegurar que fue uno de los mejores días que he vivido en muchos años.
Metí a lavar la ropa sucia y me puse a cocinar lasaña, la comida favorita de toda la familia. Salimos por nuestros hijos, y de regreso nos vinimos platicando ávidamente sobre la escuela y demás cosas propias de los niños.
Cuando llegamos a casa, la cara de alegría de mis niños al oler la lasaña fue algo maravilloso, hacía tanto que no les cocinaba algo tan elaborado. Puse el servicio de la mesa con mucho esmero y tuvimos una conversación familiar maravillosa. Ahí me sentí con un amor impresionante hacia mi familia, pero principalmente, hacia mí misma.
El amor que ahora me tengo se ve reflejado en mis hábitos, en los detalles, en las sonrisas de mis hijos, en los besos de mi esposo, en el jardín verde y en la casa aromatizada.
¡No soy una sirvienta!…
Soy, y siempre seré «la dueña y señora de mi hogar», y nada me hace sentir más orgullosa que serlo.