La pregunta no era ¿quién?... la pregunta era ¿cómo?
Mis padres ya están hartos de escucharme decir, una y otra vez, que quiero estudiar en el extranjero. Siempre he pensado que hay cosas mejores en otros lugares. Conocer otras culturas es una experiencia que nadie debería prohibirse.
No tengo novio y no es porque sea fea, más bien diría que se debe a que nadie me ha llamado la atención hasta el momento. Hace como cuatro años tuve uno, pero no salió como yo hubiera querido. En fin, creo que eso del amor no es para mí.
Mis amigas dicen que espero demasiado de una persona y que soy una tonta por creer en el amor a primera vista, yo creo que no, creo que cuando conozca al chico ideal sabré que es el indicado por cómo me haga sentir. Como sea, quiero viajar, y quizá logre enamorarme de un lindo europeo, algo que no he podido lograr aquí, en mi tierra natal.
A mis padres no les parece bien la idea de que me vaya a Londres a estudiar mi postgrado, dicen que está muy lejos, que intente en Estados Unidos o Canadá, pero tengo la corazonada de que no es en esos países donde yo podría encontrar la felicidad. Londres es el lugar perfecto para mí: tiene el clima ideal, las personas son sofisticadas y en sus universidades no ponen tantas trabas para admitir extranjeros; además, tengo calificaciones excelentes, una conducta impecable y cero vicios. Creo que, con estos atributos sumados a mi recomendación escolar, tendría una excelente oportunidad de lograr establecerme en una universidad londinense. Por otro lado, mis papás pueden estar tranquilos respecto a mí: nunca he sido de fiestas, alcohol, tabaco, drogas o promiscuidad.
Bueno, dejaré de pensar por un momento en la escuela y me enfocaré en la boda. ¡Por Dios!, mañana se casa mi amiga y no puedo creer que lo haga tan pronto. Tiene solo tres años de conocer a su novio y ¿ya se van a casar?, ¡es absurdo!, además… ¡basta!, creo que en realidad estoy celosa de ella. Si debo ser honesta —por fortuna nadie escucha mis pensamientos— me encantaría vivir algo así, aunque… creo que eso no sucederá nunca.
¿Qué debería hacer para encontrar a mi verdadero amor?, una pregunta para la que no tengo respuesta. Cuando pienso en eso, una serie de sentimientos encontrados me confunden: por un lado, tengo muchas ganas de presenciar lo que yo considero un acto de amor verdadero y, por otro lado, deseo no presenciarlo porque me pone triste y me provoca mucha envidia. ¡Yo quisiera vivir algo así!
Por fin estoy en la tan esperada boda, veo a mi amiga tan feliz y dichosa que siento un vacío en el estómago por la emoción; algunas amigas miran a sus novios con ojos de: «¿y tú, cuando piensas proponerme matrimonio?», y eso me provoca un sentimiento de mayor soledad.
A pesar de estar rodeada de tantas personas que conversan de cualquier tontería, no me integro a su plática, mi mente se autogobierna y comienza a pensar lo siguiente:
En cualquier momento aparecerá un chico guapo de entre los invitados y me invitará a bailar. Ese chico será tan atractivo que mis amigas me envidiarán, y lo harán aún más cuando observen que nuestras manos se toman con fuerza y nuestras miradas no se separan. Todo esto ocurrirá al tiempo que mil mariposas de colores invaden el jardín donde nos encontramos.
Verán que su conversación es tan amena y divertida que no paro de reír mientras bailo con él. Después, saldremos de la pista de baile para buscar un lugar más íntimo, un lugar donde podamos mirar las estrellas con tranquilidad. Ahí, solos los dos, me declarará su amor, un amor que ha tenido dentro de su corazón por bastante tiempo; me dirá de una manera nerviosa que está perdidamente enamorado de mí y que no puede esperar más para pedirme que sea su esposa. Yo le contestaré que sí y planearemos en ese mismo instante nuestra boda.
Mis padres y los suyos estarán completamente de acuerdo, recibirán la noticia con inusitada alegría y planearán una gran boda con todos los parientes y amigos. Al nacer nuestro primer hijo, seremos inmens…
Un fuerte tirón en mi brazo me sacó de la auto hipnosis que me estaba administrando. Susana me arrastraba a la pista de baile al tiempo que me rogaba que fuéramos porque le daba vergüenza que la vieran sola. Así, de un solo golpe, terminó la felicidad que al fin había encontrado con mi príncipe azul.
Llegamos a la pista y comenzamos a bailar, evitaba a toda costa hacer el ridículo por si se materializaba mi sueño y algún chico lindo me miraba; pero no, nadie se me acercaba. Traté de darle una oportunidad más por si estaba distraído o se le había hecho tarde para llegar, pero honestamente, ya estaba cansada de bailar y esperar, así que decidí sentarme y tratar de continuar mi sueño donde lo había dejado, pero no lo logré. Cuando pasó el protocolo y bailé un rato más pensé que era hora de irme, así que me despedí de todos, dejé el jardín y pedí mi Uber. Casi deprimida me fui a casa.
Estaba algo triste y decepcionada por no haber encontrado al amor de mi vida, pienso que posiblemente lo encontraré en otro lugar, en otro momento. Mi mamá dice que esa clase de amor llega a nosotros en los momentos menos esperados, y mi papá dice que esa clase de amores no existen. Él piensa que es una simple atracción física, un jugo de químicos potentes haciendo de las suyas con alguien con quien químicamente empatamos. Sea que tenga razón o no, me siento frustrada y decido textear un rato con Susana que sigue en la fiesta.
Hace como dos años estuve tan obsesionada con eso del amor verdadero y a primera vista, que logré sacar a mi papá de sus casillas, desesperado salió de salió de la casa y regresó una hora después con unas hojas engargoladas que me entregó en la mano. El título de la primera hoja decía: «Hija, te amo, pero debes leer esto». Naturalmente, me intrigó y pensé en lo peor. Mi papá me sugirió que me fuera a mi recámara a leerlo y eso hice.
Cuando abrí el documento comencé a leer una serie de estudios e investigaciones resumidas sobre temas relacionados con la atracción, el amor, el afecto, la seducción, etcétera. Era un compilado de explicaciones científicas del enamoramiento y todo lo que gira a su alrededor. Estas explicaciones argumentan que el enamoramiento es una simple combinación de jugos químicos que generan empatía entre dos personas y que, al combinarse con ciertos juegos mentales, dan como resultado una atracción que facilita la reproducción, incluso recuerdo uno en especial que explicaba que era una cuestión de genética. Exponía que lo que llamamos amor a primera vista, no es más que la genética empatando facciones, caracteres especiales, aromas imperceptibles y una serie de códigos que tienen como objetivo la reproducción certera de la especie humana, algo así como que vamos por la calle y nuestro cerebro reptil va escaneando rostros, cuerpos y hormonas para encontrar el emparejamiento perfecto.
Mi papá hizo todo lo que estaba en su poder para quitarme esas cursilerías de la mente, pero aquí sigo dos años después, creando escenas tontas en todos lados: en la cafetería de la escuela, en la boda de mi amiga o hasta en el autobús. Sigo imaginando historias cursis y tontas acerca de cómo podría encontrar al amor de mi vida; de cómo nos miraríamos y caeríamos rendidos ante el amor a primera vista; de cómo después de casarnos y tener dos hijos construiríamos nuestros recuerdos en una hermosa casa; de lo fuerte que sería nuestro amor; de que nada tendría más importancia que el estar juntos.
Con este tipo de pensamientos me he quedado dormida varias veces —soñando con mi príncipe azul y viviendo felices para siempre—, que hasta lo he catalogado como un sueño recurrente.
∞∞∞
Ha pasado un año y sigo soltera. No he tenido la suerte de encontrar a mi amor perfecto y, si debo ser honesta, creo que nunca lo encontraré. Sin embargo, debo admitir que esos pensamientos pasaron a segundo término porque… ¡logré convencer a mis padres de irme a estudiar a otro país!, ¡en tres días me voy a Londres!, ¡tengo una felicidad que no me cabe en el pecho! Ya arreglé mis maletas y tengo todo listo: estoy inscrita, renté mi habitación y mi compañera de cuarto ya está allá.
Estoy lista para partir de casa. Mis papás parecen no estar muy de acuerdo, pero me apoyan. Saben que esto es un paso hacia adelante y que me hará mucho bien conocer y tener otras oportunidades de aprendizaje, mi beca es completa y eso ayuda a que no sientan la carga de los gastos. Mi papá solo me implora que no termine embarazada, que no me deje deslumbrar por los chicos extranjeros y, como contraparte, mi mamá cree que me casaré con un londinense. Por fortuna para mí, en lo último que pienso es en el amor y esas cosas, supongo que este llegará cuando deba llegar. Ya no me preocupo por ello.
Por fin, el día esperado. El aeropuerto está frío y lleno de gente, mi familia está aquí para despedirme y mis padres parecen haberse resignado. Mi mamá no deja de recordarme que me desheredará si no le hablo todos los días; mi papá sólo me pide que no me meta en problemas, que no les haga caso a los chicos, que soy carne fresca para ellos y que no debo caer en sus juegos; mi abuela, me obliga a ponerme el suéter, me ruega que no olvide mis modales y que siempre recuerde lo mucho que me ama. Pienso en lo afortunada que soy: tengo una familia adorable que solo merece respeto y amor de mi parte.
Ya es hora de entrar al avión, ¡qué emocionada estoy!
Guardé la bolsa de mano y no pude evitar ver el maletín que estaba en el compartimiento contiguo, estaba muy maltratado, pero se veía hermoso, parecía una reliquia.
Al tomar mi asiento, choqué accidentalmente con el dueño del maletín, un señor de unos treinta y cinco años que, al parecer, me estaba observando desde que guardaba mi bolso. Cuando lo miré a los ojos me di cuenta que era un hombre muy atractivo. Y entonces, con una gran sonrisa que mostraba sus blancos dientes me dijo:
—Espero que no te hayas lastimado.
—¡Oh, claro que no! —respondí apenada—, creo que yo fui la culpable.
—Hola, me llamo Francis Gothe —me dijo con una voz grave y ronca.
No tenía intenciones reales de hablar con él, no lo conocía. La verdad, no sé de qué se puede hablar con una persona de su edad —tengo veintitrés años y no creo que empatemos demasiado conversando—, así que le di una breve respuesta y cerré la boca; pero al parecer, este señor quería hablar más. Como no quería ser grosera manteniéndome callada las siguientes diez horas, continué con la plática. Entre tonterías y curiosidades transcurrieron las diez horas, se fueron como agua entre las manos.
Parecerá una tontería, pero nunca pensé que me fuera a gustar tanto una persona como Francis. La verdad es que me cautivó por completo y me encantaría poder llegar a más con él. Sé que es una tontería porque apenas lo conozco, él qué podría sentir hacia mí. No obstante, pensar en la idea me fascina.
Intercambiamos números telefónicos para poder continuar nuestra conversación más adelante y nos despedimos sin muchas ganas de hacerlo. Sé que a pesar de lo que dijimos no volveremos a vernos, seguramente no existirá otra oportunidad como esta y, por raro que parezca, admito que nunca me había sentido tan enamorada. Ahora comprendo que no estaba tan errada con respecto al amor a primera vista, pero como dijo mi padre: «ubícate en la realidad, no puedes ir por la vida creyendo que la primera persona que te gusta será tu amor eterno».
¡Ahora lo entiendo!
Ese momento de «amor a primera vista» ¡es un mensaje!
Te muestra cómo debes sentirte el día que te enamores de verdad y… debo aceptarlo… ¡hoy lo supe!