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Porque solo el amor inspira... ¡el perdón!
Me llamo Adrián y mi historia comienza cuando tenía la edad de veintiún años y me casé con una joven de diecinueve. Vivimos bien por un tiempo, pero como era de esperarse: nuestra juventud, mi alcoholismo y un bebé, acabaron con esa relación un par de años más tarde.
Después de la separación regresé a vivir a casa de mi madre, una señora maravillosa que vivía separada de mi padre desde hacía más de siete años. Su casa era grande y estaba ubicada en el municipio de Tecnopan —a una hora de la capital del estado—. Cuando supo que estaría nuevamente con ella se alegró mucho y trató de hacer mi vida más cómoda.
Al separarme, mi vida dio un giro radical, la tristeza y la antipatía carcomían mi alma, me había dolido muchísimo la separación de mi hijo y esa fue la justificación que utilicé para escalar mi problema de alcoholismo. A las mujeres las miraba con resentimiento, con ganas de vengarme de todas ellas por el dolor que sentía. Mi apatía había hecho estragos con mis amistades, los pocos amigos que me quedaban me escuchaban solo porque podía invitarles la parranda. En resumen, mi vida se reducía a comprar alcohol para olvidar, y trabajar para comprar alcohol. Viví ese infierno cerca de dos años.
Un día fui a visitar a un amigo, él vivía al lado de una refaccionaria automotriz donde trabajaba una chica que me presentó. Ella se llama Carla y tenía casi dieciséis años. Mi impresión inicial fue: bonita de rostro y un cuerpo demasiado desarrollado para su edad; una complexión naturalmente voluptuosa, más alta que el promedio, senos grandes, cintura pequeña, nalgas grandes, piernas torneadas y una tez tan blanca que impresionaba; su cuerpo me gustó desde el primer momento que la vi. Parecía una mujer de entre veinte y veinticinco años, pero sus facciones la delataban, emanaba ternura propia de su edad. A partir de ese momento y bajo cualquier pretexto visitaba a mi amigo con regularidad, pues necesitaba ver a Carla.
Con el paso de los días nació una amistad que se fue fortaleciendo, además de gustarme físicamente, admiraba su personalidad. Ella era por completo social, tenía amigos por todos lados y conocía casi a todo el pueblo. Cuando conocía a alguien, bastaban minutos para que parecieran amigos con mucho tiempo de conocerse; sin embargo, eso también tenía su desventaja. Era muy ingenua y carecía de cualquier tipo de malicia; nunca pensaba mal de nadie y mucho menos se imaginaba que alguien quisiera hacerle daño. Odiaba confrontarse cuando surgía algún problema, era de las que se aguantaba el enojo y se resignaba, buscaba cualquier otra solución para evitar discutir.
Poco a poco comenzamos a frecuentarnos con regularidad, ella dirigía el periódico escolar y a veces pedía mi ayuda para realizarle alguna corrección menor. Me gustaba ayudarle, le daba un poco de quehacer a mi vida porque, aun cuando mi trabajo me absorbía, esos momentos me proporcionaban una sensación de serle útil a alguien más; además, esa ayuda le daba un mayor prestigio al periódico y, en consecuencia, Carla se hacía más popular y admirada. Verla así de satisfecha y feliz, me encantaba.
Algunos días después, Carla me contó que estaba triste porque iba a cumplir dieciséis años y, debido a algunos problemas económicos en su familia, no le podrían celebrar su cumpleaños como en otras ocasiones, de manera que le ofrecí mi casa y el apoyo necesario para hacerle su fiesta. Por alguna razón que no entiendo, siempre me he sentido obligado a proteger a las mujeres en desgracia, me siento obligado a ser su héroe y sacarlas de donde están; eso me sucedió con Carla.
Un par de días antes de la fiesta, Carla y yo estábamos arreglando la casa de mi madre. Había sido un largo día y necesitábamos un descanso. El sol se ocultaba y bebíamos un refresco en la terraza, estábamos solos. Nos miramos y, sin decir nada, nos acercamos para darnos un beso; no fue planeado, solo surgió. Carla me parecía muy atractiva y ella tuvo la disposición de besarme, así pues, de un momento a otro, todo se revolvió en mi interior. Debo aclarar que nunca me habían atraído mujeres de tan pequeña edad, sin embargo, el cuerpo que ella tenía no ayudaba mucho… ¿realmente me gustaba!
Después del beso, no tocamos el tema, creo que ambos nos sentíamos apenados y lo dejamos pasar como si no hubiera sucedido nada.
Al día siguiente del festejo, Carla me ayudó a levantar todo el desastre que había quedado en casa de mi madre —nuevamente nos encontrábamos solos—. Conversábamos acerca de la fiesta, de lo mucho que gustó y de lo rico que había estado la comida; cuando de repente, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, nos quedamos callados y volvimos a besarnos, pero no fue con la ternura de la ocasión anterior, esta vez fue con una pasión desbordante, estábamos frenéticos, la excitación nos dominó y terminamos en la cama.
Cuando estábamos en el acto me percaté de algo, ella se tapaba la cara con el brazo como si estuviera avergonzada o el sexo no fuera de su agrado, así que paré de inmediato. Le pregunté si estaba todo en orden y ella, muy apenada, me confío que alguna vez tuvo una experiencia desagradable con un chico y no se sentía muy cómoda en ese momento.
Entendí por lo que estaba pasando y le dije que no debía sentirse así conmigo, yo la respetaría y no me comportaría de manera egoísta. Le dije que, si no se sentía a gusto, podíamos parar y yo lo entendería totalmente, me separé de ella y comenzamos a hablar como buenos amigos. Al cabo de un rato, ya más tranquila, me dijo:
—Está bien, podemos seguir, contigo me siento bien —lo dijo mirándome a los ojos con una expresión de seguridad—, no lo mal interpretes por favor, me gustas, me excitas y me encanta como me haces el amor, solo que el recuerdo llegó de repente y no pude ni quise disimularlo.
—¿Estás segura que quieres continuar? —le pregunté con toda honestidad—, no te sientas presionada, puedo entenderlo.
—¡Claro que quiero continuar! —lo dijo sonriendo y arrojándome a la cama—, sigamos en donde nos quedamos.
Haciendo el amor, descubrí en ella a una mujer entregada y muy complaciente.
Quizá algún tiempo atrás, me habría comportado como el resto de mis amigos: un par de veces más de sexo y adiós a la relación sin importarme sus sentimientos, mas no fue así, me agradaba mucho estar con ella. Disfrutar su carácter jovial y alegre, tener esas conversaciones largas y tan llenas de vida, y el delicioso sexo que nos dábamos, hicieron que poco a poco y sin darme cuenta…
¡Me enamorara de ella perdidamente!
Me sentía un poco avergonzado por lo que pudiera opinar mi familia y amigos por estar con una mujer tan joven. Ella apenas estaba estudiando la escuela media superior, y yo ya había tenido un matrimonio y un hijo. ¡Le llevaba diez años de ventaja! Por su parte, ella pasaba la misma situación con sus amistades, estaba saliendo con un hombre mucho más grande y más experimentado. Todos le aconsejaban que me dejara, decían que lo único que yo quería de ella era usarla hasta que me aburriera, lo que terminaría lastimándola. Respecto a su familia, no sabían nada y eso me preocupaba un poco.
Ambos hicimos caso omiso a los comentarios y nuestro amor se fue fortaleciendo. Seis meses después de haber comenzado con Carla, decidí llevar la relación al siguiente nivel: le pedí a sus padres, Regina y Rubén, el permiso para ser novio de su hija. Yo quería que ellos supieran que su hija era importante para mí y que no pretendía jugar con ella.
Como yo era un hombre mayor y divorciado, y sus padres muy conservadores, al escuchar mi petición pusieron una cantidad de objeciones impresionantes, incluso, me pidieron mi acta de divorcio para demostrar que no iba a afectar la reputación de su hija. Recuerdo algo muy gracioso que sucedió en esa ocasión:
Un día después de que me piden que les lleve mi acta de divorcio, llego a la casa de Carla con el documento. Sus papás me reciben y me piden inmediatamente el acta para ver si yo era un hombre de palabra. Su papá miró con cuidado el acta y me dijo molesto:
—¡No Adrián!, tú no estás divorciado, permíteme un minuto —se levantó de la mesa y se dirigió a su habitación.
En ese momento no supe que pensar, Carla y su mamá se miraban extrañadas, yo me sentía muy incómodo y puedo confesar que hasta sentí un poco de miedo, pensaba que su padre regresaría con un arma o algo similar.
A los dos minutos regresó con unos documentos en la mano…
—Esto es lo que debiste traer —dijo con enfado alargándome un documento—, no esa simple hoja.
Cuando comencé a leer el documento hice un esfuerzo sobrehumano para no soltar la carcajada. Resulta que los padres de Carla se habían «divorciado», sin embargo, por «el bien de los hijos» habían decidido seguir viviendo juntos. Así que Rubén guardaba celosamente un documento que tenía la palabra «Divorcio» y dónde se especificaban los motivos y argumentos, muy detallados, acerca del porqué deseaban separarse.
Recuerdo que les dije:
—No señor, mire… mi documento dice «Acta de Divorcio», que es el documento oficial que expide el gobierno una vez que se disolvió el matrimonio. Y aquí, en su documento dice «Demanda de Divorcio», que es el proceso que se lleva a cabo para disolver el matrimonio, pero está inconcluso. De modo que… ¡son ustedes lo que no están divorciados!
Rubén, con la cara pálida miró ambos documentos y los leyó por un buen rato. El ambiente de tensión y el silencio podían cortarse con un cuchillo.
Al cabo de unos minutos, Rubén volteó a ver a su esposa y le dijo casi susurrando:
—¡Vieja… no estamos divorciados! ¡Seguimos casados para tu buena suerte!
—¿Para mi buena suerte?, ¡Será para la tuya! —contestó Regina a la defensiva—. Todo este tiempo creyendo que estábamos divorciados y tú… ¡completamente equivocado!
—Es que yo estaba seguro que el abogado nos había divorciado —seguía diciéndole Rubén a su esposa todo nervioso—, pero creo que no terminó porque ya no me avisó después del último pago que le hice.
—¡Si serás bruto! —le recriminó Regina—, se fue con el dinero y yo… ¡tengo años creyendo que estoy divorciada!
—¡Pues yo también, vieja! —contestó Rubén apenado.
En ese momento Regina y Rubén se acordaron que estábamos ahí, nos miraron y vieron nuestra cara de bobos. Sin proponérnoslo y al mismo tiempo, todos nos echamos a reír.
Después de asegurarse que estaba siendo sincero y que mis intenciones no eran las de lastimar a su hija, aceptaron de buen agrado que tuviéramos un noviazgo formal. Como es de imaginar, nos condicionaron con estrictas reglas que no debían romperse y que con mucho orgullo puedo decir que jamás rompí; por ejemplo, si su papá decía, «La quiero a las nueve de la noche en la casa», así estuviéramos a media película en el cine o a media cena, interrumpíamos lo que fuera para estar en casa de Carla cinco minutos antes de lo estipulado. Yo quería que sus padres se dieran cuenta del grado de compromiso que tenía para ese noviazgo, ellos lo vieron y nos otorgaron su completa confianza, gracias a eso tuvimos una relación estable y armoniosa.
Los primeros tres años de nuestra relación fue muy buena, después de ese tiempo, hubo muchos altibajos, principalmente por mi alcoholismo. Carla me había conocido como un borracho, pero no al grado que llegué después de esos tres años. Ella me perdonó muchas borracheras porque a veces también tomaba conmigo; sin embargo, mientras ella se tomaba tres cervezas, yo bebía veinte y terminaba algunas veces inconsciente. Un día me puse tan borracho, que mi mamá y Carla fueron a recogerme a una esquina cerca de mi casa, yo estaba encima de un montón de basura porque me había quedado dormido ahí. Sobra decir que Carla ya estaba pensando seriamente en dejarme.
Después de esa ocasión, tomé con mucha seriedad alejarme del alcohol. Unas semanas después de haberles prometido que no volvería a beber, ¡lo volví a hacer! Mi problema era tan grave que ya llevaba tiempo que no podía controlar mi manera de beber, así que, lleno de rabia, corrí al teléfono a pedir ayuda profesional. Por razones que ellos argumentaron, no me brindaron la ayuda que necesitaba —pero eso es historia para otro libro—. Al saberme solo en esta lucha algo me pasó, me quebré emocional y espiritualmente y, sin darme cuenta, el milagro se había realizado; sabía que no volvería a beber y lo hice justo a tiempo…
Ya le había prometido a Carla que no volvería a beber, así que cuando se enteró, tomó la decisión de terminar la relación. Al llegar a casa de mi madre, me encontró en pleno quiebre emocional-espiritual, se espantó porque vio algo diferente en mí, me abrazó y dijo:
—Adrián, te amo y lo sabes de sobra. Sé que este pinche alcoholismo nos está jodiendo a los dos, pero lo que hoy veo en tus ojos es algo que no había visto antes, si me necesitas cariño, aquí estoy y te acompañaré para que logremos vencer juntos a esta maldita enfermedad.
Yo le contesté entre espasmos y sollozos que ya lo había dejado, que la borrachera de esa noche había sido la última de mi vida y que esta vez podía confiar en mí. Le conté que algo muy fuerte me había pasado y que por favor esta vez sí me creyera… y así fue… hasta la fecha… ¡no he vuelto a beber!
Al poco tiempo de mi sobriedad, Carla se mudó a un departamento en la capital para continuar con sus estudios como maestra de inglés, cosa que le apasionaba, así que ella se quedaba allá entre semana y nos veíamos en Tecnopan los fines de semana.
Una ocasión en la que tuve que ir a la capital a realizar un trámite muy importante, debía conducir por las calles del centro, cerca de la escuela de Carla. Existía la posibilidad de encontrarnos, pero era poco probable. Así que di por hecho no verla ese día, pues tenía que regresar inmediatamente a Tecnopan.
Cuando iba manejando por el centro, le di el paso a un grupo de estudiantes que pretendía cruzar la avenida. En el momento en que el grupo pasó frente a mí, descubrí con sorpresa que entre ellos iba Carla tomada de la mano con un tipo. Cuando ella volteó a ver si el conductor —o sea yo— les daría el paso, me vio. En ese momento vi cómo palideció e inmediatamente soltó la mano del hombre que la acompañaba. Por desgracia para mí, debía seguir manejando dado el tráfico que existía en ese momento, estaba en una avenida principal y no había manera de estacionarme; de modo que, con toda la rabia que podía experimentar, seguí mi camino.
¡Estaba frenético! Mis pensamientos corrían a una velocidad vertiginosa. ¡Era lógico que se acostaban! Ella se estaba acostando con otro cabrón mientras me decía que yo era el único amor de su vida y que jamás me lastimaría con una infidelidad. ¡Puras pinches mentiras! Ella soltó la mano de ese cabrón cuando me vio y, para su mala suerte, ¡yo la había descubierto!… ¡nadie me lo contó!… ¡la pesqué in fraganti!… ¡la había mirado con mis propios ojos!…
¡Ella se acuesta con ese maldito!
∞∞∞
En cuanto terminé mis asuntos, me dirigí al departamento que ella rentaba. Cuando me abrió, la empuje hacia dentro y le escupí en la cara toda mi rabia. Le gritaba, la ofendía y ella solo lloraba repitiendo una y otra vez que jamás se había acostado con él ni con nadie; que solo era un amigo y que jamás volvería a suceder algo similar; que por el amor que había entre nosotros le creyera y la perdonara.
Yo la amaba, la amaba tanto que no podía imaginarla acostándose con otro hombre. ¡No! ¡No, ella! Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para callar mi mente y mis pensamientos negativos. Puse todo en balanza y decidí perdonarla. La perdoné porque vi en su mirada honestidad y arrepentimiento; además, las palabras con las que negaba la infidelidad, las decía con la misma vehemencia con las que me juraba su amor. Esa noche tuvimos un sexo frenético y más apasionado de lo normal, no obstante, a pesar del perdón y nuestra reconciliación, noté que algo se había roto dentro de mí. Casi un mes después de ese día, nos fuimos a vivir juntos a insistencia de ella.
Dos años después, comencé a notar en Carla una transformación que no me gustó. ¡Comenzó a celarme cada vez más! —fuera de aquel desagradable incidente, que ya estaba sepultado en el olvido, Carla y yo nunca tuvimos problemas por celos o desconfianza—. Carla comenzó a dar muestras de celos infundados, al principio eran simples comentarios inocentes, pero con el paso del tiempo, se hicieron más frecuentes e incisivos, casi absurdos. Las discusiones por este motivo se tornaban cada vez más frecuentes e intensas… ¡Nuestra relación comenzaba a enfrentar un reto más!
En esos tiempos, un socio y yo estábamos iniciando un proyecto que nos permitiera trabajar y vivir de lo que más amábamos: la música. Intentábamos crear un grupo de eventos sociales de primer nivel que pudiera competir con los mejores grupos musicales de la región. Eso no era tarea fácil, había grupos de abolengo con una tradición de más de tres décadas y con una cartera de clientes muy importante, asimismo, la región era semillero de grandes ejecutores de la música lo cual complicaba en extremo el proyecto que pretendíamos y Carla tuvo un papel predominante en todo esto.
Mi socio y yo habíamos renunciado a nuestros trabajos como músicos en nuestros respectivos grupos de eventos sociales, eso acabo con nuestros ahorros en muy poco tiempo. Fue en ese momento donde Carla jugó un papel importante, buscó un trabajo con el único objetivo de poder mantener los gastos de nuestro hogar. Nosotros, por nuestra parte, tendríamos que enfocarnos completamente para obtener ese grupo en el menor tiempo posible.
El proyecto era muy demandante, mi socio y yo dormíamos solo cuatro horas al día para crear todo el contexto que acompañaría al grupo: planeación, contratación de músicos, compra de equipo musical, cableado especial, mercadotecnia, impresión de carpetas de ventas, creación de discos interactivos y un largo etcétera. Esa demanda de tiempo me obligaba a estar fuera de casa y Carla pensaba que yo tenía múltiples aventuras, esto propiciaba discusiones de gran intensidad que cada vez eran más frecuentes y desgastantes.
Antes no existía la tecnología que hoy disfrutamos. Si hoy quieres promocionarte, lo haces muy rápido mediante redes sociales y medios electrónicos que se tienen al alcance de la mano. En aquel entonces, casi todo se hacía «artesanal»; las fotografías, las imprimíamos para nuestra carpeta de ventas; los contenidos multimedia, se quemaban en discos compactos que entregábamos a nuestros prospectos; el sitio web, era muy limitado y no podías mostrar todo lo que ahora muestras, y mil bellezas más que te ofrecía el mundo análogo.
El estrés por el que yo estaba pasando era casi mortal; el trabajo, el poco dinero para vivir, poco capital para el proyecto, búsqueda de clientes, desvelos, peleas con Carla y otras muchas cosas, me causaron lo que yo creía imposible hasta ese momento… «impotencia sexual».
Mi inapetencia sexual era tal, que durante casi un año no tuve una erección digna, mucho menos una relación sexual placentera con mi mujer. Carla estaba acostumbrada a tener intimidad todos los días y a mí me agradaba bastante el sexo que teníamos, ella estaba acostumbrada a mi disposición para complacerla cuando ella lo deseara, pero ahora, no podía por más que me esforzara.
Estaba aterrado, apenas tenía treinta y tres años y ya sufría de disfunción eréctil. Carla, por supuesto, no creía ni una palabra de lo que yo le decía, ella se lo atribuía a que dormía con otras, algo que en realidad nunca fue cierto.
Un año después de iniciado el proyecto, el esfuerzo daba sus frutos, comenzamos a tener muchos eventos sociales. Por fin descansábamos de la presión emocional de montar una empresa, pero el desgaste físico era aún mayor. Me levantaba muy temprano para afinar los detalles de nuestros eventos en puerta. La hora de dormir, se extendía hasta que consideraba que las cosas estaban bien por ese día, normalmente era entrada la madrugada.
Un sábado que no trabajamos —yo aún con mi problema sexual—, fui con algunos amigos a un bar a festejar el cumpleaños de una de nuestras cantantes —Carla no me acompañaba porque los fines de semana iba a Tecnopan a visitar a sus papás—. Esta cantante llamada Fabiola tenía dieciocho años y una reputación de mujer promiscua. Ella tenía novio y también fue al bar en el que estábamos festejando. Aunque a muchos les parecía atractiva, a mí no me gustaba en lo absoluto —era muy flaca, joven, boba y promiscua para mi gusto—. Cuando fue mi turno de bailar con ella tocaban música de cumbia y de repente cambiaron a ritmo de merengue.
Una de las formas en que bailamos el Merengue es juntando los cuerpos, estos se balancean hacia un lado y otro con la mujer de frente o de espaldas. Este movimiento roza y presiona la entrepierna del hombre. ¡Es un baile muy sensual!
Mientras bailábamos todo era diversión hasta que… ¡Pum!
Como si fuera un adolescente de catorce años, tuve una erección tan fuerte que no la pude controlar en absoluto. Separé a Fabiola de mi cuerpo y me retiré un momento fingiendo una llamada. ¡No daba crédito a lo que me estaba sucediendo! Después de casi un año y medio de no poder lograr una erección real, ¡sucedía esto! De la nada, tenía la libido al mil por ciento y lo primero que pensé fue… ¡carajo Carla!… si estuvieras aquí te demostraría lo mucho que te extraño.
Al otro día, Carla llegó a la casa y la urgí para hacer el amor. Para mi desgracia, en pleno acto sexual volvió a bajar mi erección y no pude hacer nada al respecto. Carla se molestó y, en vez de valorar el esfuerzo que estaba haciendo, pensó que seguramente alguna de mis amantes me dejó plantado y por eso necesitaba sexo, pero como no era la amante que yo quería, mi cuerpo no respondió. No podía creer lo harto que me tenía con sus malditos celos y argumentos tan estúpidos.
En algún momento traté de terminar la relación con Carla, sus celos eran enfermizos y ya nos estábamos dañando. Sin embargo, cuando llegaba el momento de tomar una decisión seria, ella se aferraba a nuestra relación y me amenazaba con todo tipo de chantajes, incluso con arrebatarse la vida si yo la dejaba. Por un lado, mi temor y estupidez ante sus chantajes y, por otro lado, el amor y todo lo que habíamos vivido juntos, lograron convencerme de continuar y terminé cediendo.
Un par de semanas después del festejo, Fabiola se me insinuó de una manera abierta y vulgar, se había percatado de mi erección la ocasión que bailamos. De manera divertida habló del incidente y me invitó a tener sexo con ella. Quise ignorarla por completo, pero su cercanía me seguía produciendo erecciones muy fuertes. Le pedí un momento y fui al baño. Cuando me aseguré de estar solo, me coloqué frente al espejo y le dije a mi reflejo:
—Adrián, deja de pensar pendejadas. Meterte con ella es comprar más problemas de los que ya tienes con Carla, además… ¡no te gusta! Piensa que, así como se te ofrece a ti, se le ofrece a varios, y no te olvides de la fama de promiscua que tiene... ¡piensa cabrón!
Me sentía como esa caricatura donde habla un pequeño diablillo en uno de los oídos, mientras que, en el otro, habla un pequeño angelito… ¡así de confundido me sentía!
—Bueno, aquí estas como todo un idiota tratando de no herir los sentimientos de Carla, ¡y ella qué!, ¿no piensa en tus sentimientos? ¡Eres un estúpido! Te adjudica más amantes de las que podrías llevarte a la cama en toda tu vida, te acusa categóricamente de que follas con todas; es más, de cariño te dice… ¡Infieliz!… y tú todavía le ríes la broma. ¡No seas pendejo! ¡Acuéstate con esa mocosa ofrecida y dale gusto al cuerpo! Total, te portes bien o mal te van a achacar el milagrito… ¡Fóllatela de una vez!
Sobra decir que el diablillo fue mejor vendedor.
Acepté la insinuación de Fabiola y comenzamos un amorío clandestino. Ella me daba el placer que no obtenía con Carla y terminé obsesionándome. Teníamos relaciones todos los días, incluso más de dos veces al día. Yo parecía un perro hambriento al que le habían soltado la correa. Creía que esa terapia sexual intensiva iba a despertar mi libido con Carla, pero no lograba ninguna reacción con ella.
Cuatro meses después de comenzar mi aventura con Fabiola, Carla nos encontró en el hotel, alguien le había avisado. Nos había seguido de manera sigilosa en un taxi. Tuvo mucho cuidado en no dejarse ver hasta que logró meterse a la habitación donde acabábamos de llegar Fabiola y yo. Ahí estábamos los dos amantes, frente a una mujer colérica y brutalmente celosa.
Carla se dirigió a Fabiola y la empujó con tal fuerza que la hizo trastabillar y caer de cabeza. Una línea de sangre salió de su cráneo.
Yo estaba atónito, en un verdadero estado de choque.
—¡Hijo de puta! —gritaba llena de ira, con el rostro desfigurado y golpeándome con lo que encontraba—. ¿Por qué maldito?, ¿por qué? Yo sabía que eras un maldito infiel y todos estos años lo negaste, ¡miserable!
Yo no hacía más que defenderme y gritarle que se detuviera. No quería lastimarla, pero las cosas se estaban saliendo de control. Tomó el teléfono fijo del hotel, lo arrancó de un jalón y me dio de lleno con él en la cabeza. Yo me defendí empujándola fuertemente y ella se golpeó la cabeza con la pared. Estábamos cansados y nos detuvimos mirándonos con odio, ella se sentó en una silla y yo en la orilla de la cama.
Fabiola había salido corriendo de la habitación mientras estaba la pelea en todo su apogeo, al parecer el golpe y la herida no habían sido de mucha importancia. Fabiola, ya no era visible para Carla, eso me daba cierta ventaja para tratar de calmar las cosas un poco.
Del rostro de Carla escurrían lágrimas de odio, me miraba como si la pelea fuera a iniciar de un momento a otro. Yo me encontraba alerta.
—¡Te odio, maldito! —me gritó con todas sus fuerzas mientras sus ojos no dejaban de llorar—. ¡Te odio con toda mi alma!
Se acercó a mí y me lanzó un golpe que no conectó, tomé con fuerza su brazo, la volteé de espaldas y le tomé ambos brazos con todas mis fuerzas tratando de inhabilitarla, ella cabeceó hacia atrás rompiéndome los labios.
Sentía su forcejeo y sus gritos casi ahogados por el llanto, yo solo la abrazaba fuertemente mientras también lloraba. ¡Estaba arrepentido! Quería gritarlo, pero mi llanto me quebraba la voz. Cuando por fin pude articular algunas palabras le grité:
—¡Perdóname Carla!… ¡por favor, perdóname!
Se lo dije tantas veces que perdí la noción del tiempo.
Cuando dejó de forcejear y solo se escuchaban los sollozos, dejé de someter sus brazos y solo la abracé con fuerza. Una parte de mí quería soltarla para que viera lo terriblemente arrepentido que me sentía, y la otra parte tenía miedo de soltarla por temor a que me matara.
Después de un tiempo que nunca pude calcular, ella me dijo con una voz helada y muy calmada.
—¡Suéltame Adrián! Es suficiente.
—¡No puedo hacerlo, Carla! Necesitamos hablar y pienso que podríamos lastimarnos si te suelto.
—¡Descuida, no pasará! —me lo dijo con una voz tan calmada que más miedo me dio—, te prometo que esto ya se terminó. ¡Suéltame!, me voy de tu vida para siempre y tú te irás de la mía. Solo hazme el favor de llegar a la casa hasta mañana ¡Hoy sacaré mis cosas!
La solté. Y sin dirigirme una palabra más, salió de la habitación.
Yo solo podía pensar en lo estúpido que había sido al acostarme con otra mujer, y en el terrible daño que le había causado al amor de mi vida. No me podía perdonar el haberle provocado tanto dolor. Carla, siempre fue la mujer perfecta para mí, sabía que sin ella mi mundo se caería a pedazos. Ella, la mujer que más había amado en mi vida… ¡la había perdido para siempre!
Ese día Carla se fue a casa de sus padres. Yo me quedé en nuestro apartamento totalmente despojado de energías y con mucha incertidumbre.
Tres días después, Fabiola me buscó en mi casa. Me propuso llevar una relación estable porque, según ella, se había enamorado perdidamente de mí. Decía que debía agradecerle al destino lo que había pasado porque de otra manera nunca hubiera tenido el valor de dejar a Carla. También me dijo que pensaba hablar con su novio para decirle que nos amábamos y… ¡asunto arreglado! Nada se interpondría en nuestra relación y podríamos ser felices. No sabía si ahorcarla en ese mismo instante o romper en una carcajada de dolor, solo le dije que quería estar solo, que se fuera y yo la buscaría en su momento.
Pensar en Fabiola me producía náuseas, de modo que tomé la determinación de despedirla en el siguiente evento, no quería verla nunca más.
Unos días después de la pelea, mi socio me llamó para platicar. Nos vimos en un restaurante y me dijo:
—Adrián, me enteré del incidente del hotel con Fabiola.
—Sí. Fue muy desafortunado —añadí un poco molesto por el tono que había utilizado para decirlo—, pero ya se arregló.
—¿Sabes? —continuó, mientras tomaba una actitud más seria—. La conducta moral que tuviste puede perjudicar la reputación del grupo. Por lo tanto, he decidido que te salgas del grupo y de la sociedad.
—¿Lo has decidido? —repetí su frase con tono de burla—. ¿Y cuándo se acordó que tomas las decisiones solo?
—Tienes que abandonar el grupo Adrián —lo dijo temeroso—, si no lo quieres hacer por las buenas, entonces se hará por la vía legal.
Supe que estaba en sus malditas manos por una razón: cuando decidimos hacer la sociedad era tanto el trabajo en el que nos sumergimos, que no alcanzamos a formalizarla. Como la situación fiscal no era apremiante —porque trabajábamos a particulares sin expedición de recibos fiscales—, descuidamos ese renglón.
El trato inicial es que las compras las iba a realizar mi socio a su nombre, mientras yo iba a generar los contratos con los clientes, dicho de otra forma, él era operativo y yo era ventas.
¡No tenía ningún respaldo legal con el cual ampararme!
—Te daré una indemnización simbólica —continuó—, pero no puedo hacer más.
No podía creer lo que me estaba sucediendo, este maldito se había querido deshacer de mí desde hacía meses y me atacó justo en el momento más vulnerable. Ya me habían comentado algunas personas —pero nunca quise creerlo—, que mi socio estaba profundamente enamorado de Fabiola; sin embargo, nunca pensé que me fuera a atacar de esta manera. Habíamos formado el mejor grupo de eventos sociales de toda la región, lo habíamos creado de la nada y me estaba dando una puñalada por la espalda.
—Si bien es cierto que tú tienes el equipo a tu nombre —continué con mi defensa—, yo tengo los contratos al mío, además, los músicos, banqueteros y clientes han hecho siempre los tratos conmigo, así que no creas que tienes la sartén por el mango.
—Te equivocas Adrián —continuó, dibujando una sonrisa en su rostro—, sí tengo la sartén por el mango. Mientras tú vivías tu estúpido romance con Fabiola, hablé con todos para comunicarles que posiblemente habría una ruptura en nuestra sociedad. Como estabas muy concentrado en tu aventura, logré convencerles de que yo era la mejor opción para ellos, la gran mayoría aceptó. Así que tú decides si lo hacemos por la buena o nos vamos a pleito legal.
Mi cabeza daba vueltas, no podía ni articular las palabras adecuadas y lo mejor que pude decir fue:
—¡Vete a la mierda! ¡Enano hijo de puta!
Y me retiré sin más.
Regresé a casa totalmente deshecho, mi mundo se había caído a pedazos de una manera caótica y estrepitosa. No podía quitarme de la cabeza los recuerdos: Carla llorando y maldiciéndome, mi socio pidiéndome que dejara el grupo y la absurda propuesta de Fabiola.
Abatido, dejé mi abrigo botado en la sala y al abrir la puerta de la habitación, un frío me recorrió desde la espalda hasta la nuca…
¡Ahí estaba Carla!, sentada en la orilla de la cama, sosteniendo una foto nuestra. Busqué desesperadamente algún arma oculta junto a ella.
—No sé si puedo perdonarte Adrián —dijo mientras miraba la foto—, sé que yo también puse mucho de mi parte para que esta relación se fuera a la mierda. Cometí errores de los que no me había percatado —susurró mientras lágrimas rodaban por sus mejillas—, así que no te culpo del todo.
Yo solo escuchaba con atención, sin dar crédito a lo que en esa habitación ocurría.
—No sé qué fue lo que me sucedió —continuó—, los celos me invadieron, me hice tóxica e insoportable y te pido que me perdones por eso. Tú quisiste poner punto final en varias ocasiones y yo no lo permitía, entonces, ¿por qué sentirme sorprendida?
Ella lloraba desgarradoramente y yo no podía evitar hacerlo de la misma manera.
—Perdóname Adrián, te ruego me perdones. Si lo haces, dedicaré hasta mi último aliento para cambiar el monstruo en el que me he convertido, prometo volver a ser esa persona de la que te enamoraste. Por favor, perdóname. ¡Te amo!
Yo no daba crédito a sus palabras. Mi sorpresa, tristeza y duda de que en realidad esto estuviera pasando, era total. Las lágrimas y el golpe de la sorpresa no me dejaban pensar con claridad.
—¡Carla, mi amor! —la interrumpí— ¡Perdóname también! Te prometo que jamás volverá a suceder algo como esto, me dedicaré en cuerpo y alma a ser la mejor pareja que puedas tener, te dedicaré más tiempo de calidad y podrás estar segura de que eres la única mujer que amo y amaré por siempre. Te perdono Carla, pero necesito que tú también me perdones —Se lo dije mientras la tomaba de las manos y la miraba a los ojos—… ¡por favor!
Lloramos juntos, nos abrazamos, nos hicimos saber lo mucho que lamentábamos todo y lo mucho que nos amábamos. ¡Nos perdonamos! Y ahí volví a recuperar a mi mujer. Sabía que ella fue honesta al decir todo aquello y, por supuesto, yo también lo fui. Ese día… ¡me curé! Hicimos el amor toda la noche y en más de una ocasión. Mi deseo hacía ella había vuelto con una fuerza vigorizante, me prometí que pondría todo de mi parte para que esta relación mejorara de manera excepcional.
Al día siguiente, le platiqué lo que había sucedido con mi socio. Ella me escuchó con mucha atención y se levantó de un salto…
—No mi amor, este grupo musical es tan tuyo como de él —exclamó furiosa—. Ese cabrón no se saldrá con la suya. Tienes todo mi apoyo Adrián, venderé tortillas en la calle si es necesario, pero tú recuperarás el grupo por el que tanto trabajaste. De que lo recuperas ¡lo recuperas!
¡Esa era mi mujer!… ¡Mi hermosa Carla!
Hicimos un esfuerzo extraordinario por recuperar legalmente el grupo. Mi gente me siguió como antes solía hacerlo y logré salvar la buena reputación que tenía —esa que, con tanto esmero, aquel enano maldito me había querido arrebatar—. Carla y yo asistimos casi de inmediato a terapia de pareja y mejoramos mucho, al punto de tener una mejor relación que cuando iniciamos.
Un año después de mi reconciliación con Carla, logramos recuperar el grupo por completo. Le mostré a Carla los documentos que me acreditaban como dueño absoluto del grupo y todos los contratos a mi nombre, le dije que mirara los documentos con calma y le di la carpeta que los contenía.
En medio de la carpeta encontró un anillo de compromiso y una pequeña nota que decía:
Esto nunca lo hubiera logrado sin ti cariño, eres una mujer maravillosa, integra y muy valiosa. Te amo y te amaré por siempre.
¿Amor, me concederías el honor y la felicidad de hacerte mi esposa?
Al ver el anillo y leer la nota, Carla se puso a llorar de felicidad y aceptó de inmediato. Un año después, Carla y yo nos casamos.
Han pasado dieciséis años desde nuestra boda y hoy tenemos dos hermosos hijos: Carolina y Arturo; nuestras adoraciones.
Hicimos tres franquicias del grupo y las vendimos hace cinco años, con el dinero pusimos dos exitosas academias: una de música y otra de inglés.
Hoy día me pregunto:
¿Qué habría sucedido si hubiera decidido aceptar la propuesta de Fabiola? ¿Qué calamidades hubiera tenido que soportar por esa decisión? ¡No lo sé!, pero de seguro esta historia giraría alrededor de la desdicha y el infortunio.
Como dicen por ahí…
¡Mejor no invoco al Diablo!