Pensar que no me di cuenta...¡hasta que casi te perdí!
Era una mujer con una sonrisa muy hermosa por fuera, pero con una tristeza muy profunda por dentro. Se vestía, maquillaba y comportaba para agradarle a los demás. Presumía que la mejor manera de ser feliz era estando soltera, de esa manera no se exponía a ninguna traición o sufrimiento sentimental. Recomendaba abiertamente tener el mayor número de amantes —de ser posible uno en cada ciudad a la que se visitara con regularidad—, para que al viajar hubiera alguien «seguro» con quien disfrutar y evitar el cansado y gastado ritual de la seducción; su nombre… ¡Minerva!
A pesar de que Minerva tenía muchas personas para compartir, solo tenía a una persona a la que podía llamar un verdadero amigo: Ulises. Ellos acostumbraban salir juntos con bastante frecuencia. Los momentos en que más disfrutaban de su compañía era cuando podían ir juntos al cine, disfrutaban de las mismas películas y podían discutirlas a profundidad.
Tenían quince años de amistad y se conocían demasiado bien, habían compartido de todo: alegrías, tristezas, frustraciones, alimentos, enfermedades e incluso hasta la misma cama, pero eso sí, solo como amigos.
Ulises de repente la llamaba «La bruja de hielo», debido a que cada novio que él consideraba buen partido para ella, terminaba alejándose. Minerva siempre era la que terminaba con la relación cuando uno de los dos comenzaba a involucrarse emocionalmente de más.
Ulises consideraba a Minerva una increíble mujer en muchos aspectos, pero demasiado promiscua para ser una buena esposa. Él sabía que tratar de «corregir» a su amiga no era posible —ya lo había intentado algunas veces sin éxito—, así que solo la llamaba «La bruja de hielo» cuando quería hacerle notar que reprobaba la manera tan ligera de terminar una relación que posiblemente hubiera funcionado. Él sabía que, con solo hacer un pequeño esfuerzo para deshacerse de su vida licenciosa, Minerva podía ser una excelente pareja para cualquier hombre que la pretendiera.
Ulises había terminado una relación de cuatro años de noviazgo con Rocío —ya hacía dos años de eso— y sentía que la herida, de vez en cuando, volvía a sangrar. Él siempre creyó que era la mujer con la que compartiría su vida.
Minerva, en su afán de ayudarlo, nunca perdió la oportunidad para recordarle que la estrategia que ella implementaba era la más efectiva para no sufrir en el amor. Ulises terminó por ceder y comenzó a salir con varias mujeres, poniendo mucha atención en no involucrarse emocionalmente.
Minerva y Ulises eran una pareja de amigos que compartían la misma filosofía de relaciones sin compromiso. Salían a divertirse cada que podían y cambiaban de pareja cuando el asunto se ponía más serio. Así vivieron por algún tiempo, hasta que la noticia llegó.
∞∞∞
A Ulises le diagnosticaron cáncer de garganta en fase dos, producto de fumar en exceso.
—Será muy difícil —le dijo el doctor—, la enfermedad ha avanzado tan rápido que usted ni cuenta se dio, sus síntomas debieron alertarlo y pudo buscar ayuda médica en un mejor momento.
—Nunca me sentí realmente mal —comentó Ulises.
Minerva estaba destrozada, su mejor amigo tendría que luchar con una enfermedad terrible y ella no podía hacer nada al respecto, solo podía brindarle su apoyo para seguir adelante.
El tiempo siguió su curso y Minerva le hacía una visita a Ulises todos los días, después de salir del trabajo se quedaba hasta muy tarde con tal de generar las mayores comodidades para él. Ella le hacía de comer y le ayudaba con los deberes cotidianos aun cuando su amigo insistiera en que no era necesario tomarse tanta molestia.
Cuando llegó el momento, la familia de Ulises estuvo acompañándolo en cada una de las quimioterapias que le administraron; a su vez, Minerva lo visitaba cada noche para auxiliarlo con los síntomas adversos del tratamiento.
Minerva tomó tan en serio el cuidado de su amigo, que se olvidó por completo de la diversión, la socialización y, por supuesto, sus amantes. Dejó a un lado su ideología, esa que condenaba a una mujer —etiquetándola como servil o débil—, si se atrevía a asistir a un hombre. El estado de su amigo la estaba sacudiendo de tal manera, que frases como: «Una mujer empoderada jamás servirá a un hombre», ahora parecían completamente absurdas. La vida le estaba dando una lección dolorosa.
Al mes de haber comenzado con la medicación, descubrieron que no se estaban obteniendo los resultados deseados, así que decidieron aumentar el tratamiento inicial: más sesiones de radiación y más quimioterapia. Este aumento supondría un mayor cuidado a Ulises, ya que las molestias serían mayores y necesitaría de un mayor apoyo y cuidado; por consiguiente, Minerva tomó una decisión desesperada…
Minerva le sugirió a su amigo vivir en una sola casa, ya que de esta forma ella podría cuidarlo de tiempo completo. Los ahorros de ambos podrían permitirles no trabajar por alguna temporada; además el seguro de gastos médicos mayores aunado a la prestación de salud del Estado absorberían los gastos directos de la enfermedad.
Ulises accedió y Minerva se fue a vivir a casa de su amigo.
Minerva, diligente y responsable, se estaba dedicando en cuerpo y alma a cuidar de Ulises. Hacía mucho que no estaba así de triste, así de preocupada, pero tampoco así de comprometida y feliz por sentirse útil para alguien más.
El tiempo continuó su curso y el tratamiento seguía sin dar resultado, Minerva estaba intranquila. Un buen día, sin proponérselo, comenzó a llorar sin parar, había cedido a la presión. Abrazó fuertemente a su amigo y le pidió, casi con desesperación, que luchara con toda su fuerza, que no se rindiera. Ulises la abrazó y le dijo que contara con ello, que él iba a pelear esa batalla con todo lo que le quedara de energía; pero a cambio, ella debía mantener la calma y pensar en positivo. Ambos se acostaron juntos y, después de llorar unos cuantos minutos abrazándose, se quedaron en silencio, compartiendo un momento de paz y tranquilidad que no habían experimentado desde hacía mucho.
Conforme los días transcurren, ambos se observan con mayor detenimiento que antes. Dirigen sus miradas más allá de lo físico y comienzan a ver al ser humano que se encuentra en el fondo, en ese lugar al que solo se puede llegar cuando el corazón mira fijamente. Minerva y Ulises ya no se miran como amigos: la cercanía, el constante contacto, el desnudar sus almas… todo influye para que se vean con otro tipo de amor. Pero eso no es suficiente para hablarlo, todavía guardan su distancia. Y no es para menos, siempre manejaron una filosofía de libertinaje tal, que sus palabras parecerían huecas, carentes de sentido; además, el temor de no corresponderse el uno al otro los hace callar. La ironía de la vida se hace sentir con toda su fuerza.
Ulises ha perdido todo el cabello, además de varios kilos de peso; muy poco se puede reconocer de él. La medicina y la enfermedad lo están consumiendo más rápido de lo esperado. Minerva sufre, se siente impotente, está frustrada y angustiada.
Los amigos valoran cada día que pasan juntos y, aunque no lo mencionan, ambos sospechan que se aman; entre plática y plática dejan que se asome un poco de esa verdad.
Un día, Minerva siente tanto dolor al pensar que puede perderlo en cualquier momento, que decide no esperar más. Ella está dispuesta a desnudar su corazón ante Ulises, decirle lo mucho que lo ama y lo difícil que sería estar sin él. Le dirá que jamás se sintió tan enamorada como ahora y que tiene la certeza, porque su corazón se lo dice en cada latido, de que nunca podrá amar a alguien que no sea a él. Así que espera a que salga del baño para iniciar la conversación.
—Ulises, necesito decirte algo muy importante —dice Minerva mientras se retuerce las manos—, hace ya algún tiem…
Ulises se desvanece. Ha caído al piso cinco minutos después de haber vomitado por cuarta ocasión. Minerva siente que algo anda muy mal.
—¡Ulises! —grita Minerva al tiempo que corre hacia él. ¡Ulises! ¡Dios mío! ¡Por favor cariño! ¡Respóndeme!
Minerva no sabe que debe hacer y entra en pánico. Toma el celular, llama a la ambulancia y pide un traslado de emergencia para un paciente con cáncer.
—¡Ulises, mi amor! —le grita, mientras lo abraza en el suelo humedeciéndole la cara con sus lágrimas—. ¡Quédate conmigo, por favor! ¡Te amo! ¡Carajo! ¡Te amo con toda mi alma! Jamás había querido a alguien como te quiero a ti. ¡No quiero perderte! ¡No! Estoy tan arrepentida de no habértelo dicho, siempre actué como una estúpida soberbia creyendo que ser una maldita puta me daba libertad y poder sobre los hombres y… ¡Ahora que me doy cuenta de todo lo que te amo! ¡Te estoy perdiendo! Fui tan orgullosa y tonta que me da tanta rabia y tanta impotencia. ¡Por favor, Ulises! ¡No te vayas! ¡No renuncies! ¡No me dejes! ¡Pelea, maldita sea! ¡Te necesito a mi lado!
Minerva ruega por la vida de su amor y rompe en un llanto convulsivo…
∞∞∞
Ulises despierta en la cama del hospital, está completamente desorientado y su mano está entrelazada con la de Minerva. Ella ha estado a su lado dos días completos sin apartarse un solo momento de él. Ulises no logra recordar nada, pero se siente feliz de estar vivo y junto a ella. Los acontecimientos lo impulsan a tomar una decisión: le confesará a su amiga todo el amor que siente por ella. Se lo confesará aun sabiendo que posiblemente «La bruja de hielo» no tome ese tipo de sentimiento con seriedad. Sabe que, una cosa es el cariño de amigo que ella le tiene, y otra muy diferente, el tener un romance con alguien que está a punto de morir. Sin embargo, le importa un comino, quizá no tenga un mejor momento para decírselo.
Minerva despierta al sentir un movimiento en su mano. Sus ojos se dilatan y reflejan toda su alegría… ¡Ulises despertó!
Se levanta de la silla, lo mira fijamente, sonríe, y sin decir nada… lo besa. Por fin, ahora siente ese beso de amor que nunca encontró en los labios de otro hombre.
Ulises está atónito, no esperaba tal demostración de afecto. Las palabras que pensaba decirle a Minerva se esfuman de su mente y… simplemente… corresponde el beso.
Un minuto después, mirándolo a los ojos, Minerva sonríe y le cuenta lo mucho que lo ama, lo arrepentida que está por no haberlo dicho antes, y lo feliz que se siente con la vida por haberle permitido confesar ese amor que inundaba su alma.
Minerva se siente extraña al saberse capaz de amar a alguien con tal intensidad. ¡Es hermoso! —piensa—. Ahora solo espero que Ulises pueda corresponderme, aunque lo haga en menor medida.
Los pensamientos son interrumpidos por el doctor que entra a la habitación seguido de los familiares de Ulises.
—Su desvanecimiento fue ocasionado por debilidad —explica con mucha seriedad el doctor—. La falta de nutrientes y la presencia de tantos medicamentos en la sangre lo han debilitado demasiado; pero contra cualquier pronóstico, el cáncer está disminuyendo y el tratamiento está dando resultados completamente inesperados, muy por encima de cualquier expectativa optimista. Si sigue las instrucciones y los cuidados al pie de la letra, el cáncer podría desaparecer con el paso del tiempo.
—¿Doctor, está usted seguro? —preguntó Ulises completamente anonadado.
—El tratamiento deberá continuar —añade el doctor—, pero ahora usted tiene una garantía: la garantía de que la enfermedad irá disminuyendo. Además, de manera paulatina y con los cuidados que le indique, podrá recuperar completamente su salud en algunos meses.
Ulises suelta el llanto, se siente agradecido. Es portador de un sentimiento que solo lo podría comprender un condenado a muerte al que se le ha brindado una segunda oportunidad de vivir. Minerva sonríe, lo abraza con ternura y las lágrimas de ambos se mezclan.
Una inmensa alegría se respira en la habitación en ese momento, lágrimas de felicidad y abrazos surgen por doquier. Ulises y Minerva se dirigen miradas de amor, saben que pueden amarse con total libertad, agradecen la felicidad que se dibuja en su horizonte… juntos.
Ulises, semana a semana se recupera y Minerva no deja de cuidarlo, lo motiva a comer, seguir el tratamiento y a caminar más. Han pasado dos meses y medio desde que recibieron la buena noticia, ella ve una extraordinaria mejoría en su amado y nada la hace más feliz.
Ulises, después de comprar un anillo de compromiso, ha llevado a Minerva a cenar a un lugar muy romántico donde le ha propuesto matrimonio. No quiere que se aparte de su vida por ningún motivo, la ama con todo su corazón y la vida sin ella no tendría sentido.
Minerva, entusiasmada acepta el compromiso de unir sus vidas como esposos; ambos se prometen amor, respeto y comprensión por el resto de sus vidas.
Algunos meses después, cuando el cáncer ha desaparecido por completo, Ulises y Minerva, contraen nupcias en una boda sencilla pero muy bonita…
Con cualquier pretexto, Minerva se aleja un momento de la fiesta para hablar con Ricardo, le dice que es momento de contarle la verdad a Ulises, él tiene que saber que hay otro hombre. Minerva sabe que esa relación no podrá ocultarse por más tiempo.
Minerva se acerca a Ulises, le pide alejarse un poco de los invitados y con mucho nerviosismo le dice:
—Estaba esperando el momento oportuno para decirte que… estamos esperando un hijo y me gustaría llamarlo Ricardo.
—¡¿Qué?! ¡Mi amor, me haces tan feliz! —dijo al tiempo que la levantaba del piso y le daba vueltas— ¡Gracias linda! ¡Muchas gracias! ¡Te amo con toda mi alma!
Y ambos sellaron su amor con un beso.