PRIMERA PARTE.
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Nunca había escuchado una leyenda del antiguo Orinoco, donde se dice que hace más de doscientos años existió un indio traído de las entrañas de la selva Guayanesa por su enorme fuerza para liderar los trabajos de construcción de la fundación de “Santo Tomás de la Nueva Guayana de la Angostura del Orinoco” (Ciudad Bolívar). Se llamaba Turémayka, era un hombre guerrero pero que sentía debilidad por la piel clara de las españolas, así que en vez de rebelarse contra los usurpadores europeos, se hizo amigo de ellos, solo para cumplir sus más siniestras fantasías para con las damas españolas.
Siempre llevó un monstruo dentro de sus malditas entrañas, esperando el mejor momento para darse a conocer sin ser visto, para darse a ver sin ser conocido y así mantener en secreto la consumación de sus más oscuros designios cargados de una asesina y febril concupiscencia.
Turémayka después de los trabajos agotadores de la ciudad se escapaba todas las noches para ver a las damas de piel clara bañarse en los patios de aquellas casas coloniales en construcción. Codiciaba a esas mujeres por sus encantos y sentía un desgarrador deseo por descubrir que había debajo de esa bonita piel clara, quería conocer su misterio, deseaba ver el rojo que palpitaba dentro de ellas.
Hasta que una noche logró lo que tanto ansiaba. Turémayka había escogido una noche muy oscura donde la luna había sido velada por la espesura de las nubes tropicales. Esa noche, el indio llevaba botas que le había robado a un soldado español, con las cuales despistaría sus diabólicos actos porque los aborígenes siempre andaban descalzos.
Turémayka había escogido a la joven y tierna esposa del Capitán de la Guarnición, el hombre más temido por los colonos y los esclavos, era un oficial al que apodaban “El Dragón del Dorado”.
Y allí estaba su esposa, en el patio de su casa en construcción para tomar su baño de las nueve de la noche, ni un minuto más, ni un minuto menos, nunca faltaba a ese baño. La joven y tierna esposa del Capitán antes de su baño acostumbraba a quitarse la ropa como si fuese un ritual, pieza por pieza, hasta dejar que su blanca y hermosa piel hiciera contacto con el sereno de la noche y con las brisas que venían del Atlántico. Solo el Capitán y las brisas de la antigua "Ciudad Bolívar" tenían el permiso para tocar esa piel… Turémayka ese día también la tocaría; pero yendo más lejos que solo tocarla, porque quería conocer el rojo palpitar debajo de ella, deseaba descubrir “el secreto” y le carcomía una oscura obsesión.
La joven se empezó a quitar la ropa, después su ropa interior que consistía en un cubre corsé, un fino corsé de seda, ligas, bragas, corpiños y el bloomer de delicado algodón que escondía el sagrado sexo. Ella, conforme se iba quitando su ropa interior, la doblaba pieza por pieza, con imperturbable calma. Turémayka observaba todo con su corazón latiendo a mil por segundos, y acariciaba el filo de su cuchillo, la herramienta del demonio.
La mujer comenzó a bañarse, tomando el agua fresca con una tapara la cual estaba depositada en un barril de madera caoba. El agua empezó a recorrer su cuerpo y a llenar de frescura su piel, su cabello mojado se pegaba a su espalda ondulada y al mismo tiempo Turémayka se acercaba a la joven y bella mujer española. Sus pasos eran como de gato que se acerca a su presa, sin hacer el menor ruido.
La española acariciaba su cuerpo con agua y jabón, limpiándolo del calor sofocante de la ciudad que estaba naciendo, limpiando su piel para entregarla al amor de su esposo. El indio estaba a solo dos metros de aquella mujer, la noche se empezaba a despejar y las nubes le dieron una pequeña oportunidad a la luna para que brillara sobre aquella hermosa piel blanca. Ella recogía agua con la tapara para quitarse el jabón del cuerpo y del cabello, tenía los ojos cerrados para evitar que el jabón entrara en su vista.
Ya aquel asesino estaba justo detrás de ella, respirándole a solo treinta centímetros. Dos fuertes y musculosos brazos del color del cobre atenazaron a la mujer y una mano tapó su boca y nariz. La joven entró en pánico, no podía gritar, no podía respirar, usaba todas las fuerzas de su frágil cuerpo para zafarse; pero era inútil. Lágrimas recorrían sus mejillas, un terror muy grande invadió su espíritu, cada vez necesitaba más aire.
Mientras tanto, su esposo, el Capitán, esperaba en su habitación a su bella mujer, sin saber que ella estaba siendo engullida por un ser siniestro traído del vientre de la selva, un demonio de los que se cuelan en este mundo, “quizás un error de la vida”.
La joven empezó a perder sus fuerzas, se empezaba a apagar, dejaba de resistir. Hasta que…
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…las energías vitales de aquella inocente y hermosa joven se rindieron, entregándose a aquel monstruo, despidiéndose de este mundo con un grito de llanto que jamás pudo expresar.
Turémayka empezó a acariciar aquella piel blanca del cuerpo sin vida. Lo extraño era, que no lo hacía con lujuria, sino que lo hacía como si estuviese examinando la piel. Empezó a explorar con tiernas caricias la parte superior de aquel cuerpo inerte: pechos, brazos, hombros y manos. Trataba de encontrar algo. Siguió examinado, pero esta vez la parte de abajo, palpó el sexo y los muslos como si fuese un médico de nuestros tiempos.
De pronto el indio cerró los ojos, levantó la cabeza hacia el firmamento de la noche, señaló la luna con el cuchillo y empezó a decir algo en su legendario dialecto precolombino. Aquel afilado cuchillo recogía el brillo de la luna. Hasta que sucedió, la tierra de “Santo Tomás de Angostura” era testigo de cómo aquel siniestro indio con la fuerza de un búfalo empezó a atravesar las entrañas de aquella inocente mujer que estaba sin vida. Cortes quirúrgicos realizaba con la mayor delicadeza posible.
Ya Turémayka había entrado en un oscuro trance, presa de su diabólica concupiscencia, parecía estar en un estado de delirio y de excitación, sus ojos estaban perdidos en toda aquella sangre que fluía a cantaros llegando hasta sus rodillas y botas.
Sacó casi todos los órganos, y los examinó uno a uno, oliéndolos con sutil meticulosidad, buscando un misterio, “buscando el secreto” que no podía encontrar.
El Capitán ya no aguantaba esperar tanto en su habitación, se levantó de la cama, encendió una lámpara y fue dirigiéndose al patio.
— ¡Alicia! ¡Por qué te tardas tanto! Sabes que solo tengo pocas horas libres—dijo el Capitán, gritando primero su nombre; pero Alicia no respondía porque estaba sin vida y estaba siendo despojada de todas sus entrañas, de todos sus órganos.
— ¡Alicia!... ¡Alicia!—EL Capitán empezó a gritar con extremo nerviosismo, su piel palidecía, su corazón empujaba sangre con gran intensidad, empezó a imaginar lo peor. Se fue acercando poco a poco hacia el baño.
Ya casi todos los órganos de la mujer estaban fuera de su cuerpo. El indio estaba por irse, ya había consumado su maldita obra. De todos los órganos que sacó se llevaba consigo el corazón y una parte de los órganos reproductivos de la española, los metió en una bolsa de cuero de caimán y se empezó a alejar del baño como un felino, tal como se acercó a Alicia. Él se iba alejando y al mismo tiempo el esposo se iba acercando, sin imaginar lo que vería a continuación.
Turémayka tenía las suelas de las botas empapadas en sangre y fue dejando huellas al irse; pero ya se había perdido en la espesura del monte con el mayor misterioso sigilo, donde la brisa movía más el monte de lo que lo hacía él. “Aquel indio no era un ser común”, conocía la naturaleza, sabía ser parte de ella, “sabía convertirse en ella”.
Al instante se hicieron las diez de la noche en punto y se escuchó por todo Santo Tomás de Angostura un grito de dragón. “¡Nooo! ¡Maldiii-ta-seaa!”… era El Capitán, acababa de encontrar a su Alicia, a su bella Alicia que había sido atacada por un animal de la noche; era lo que había supuesto él, que había sido atacada por una terrible fiera nocturna.
Soldados españoles que estaban de vigilia por las calles de aquella ciudad acudieron a aquel terrible grito. No podían creer lo que estaban viendo, su Capitán estaba arrodillado llorando sin consolación ante los restos de su bella amada. Los soldados pusieron de pie a su oficial, éste se resistía a pararse, hasta que pudo volver en sí porque se percató de unas huellas en sangre hechas por unas botas que se dirigían hacia la espesura del monte.
— ¡Tú Cabo! Sigue esas huellas, y tu soldado, anda y me despiertas a la guarnición entera, quiero los perros aquí también y me llamas al médico ¡Apúrate joder!
***
El soldado salió corriendo hacia la guarnición (Fuerte San Gabriel), conocido hoy como El Mirador Angostura, mientras que El Dragón del Dorado mordía y aguantaba su dolor, después de todo era un dragón y sabía sobreponerse ante las más aterradoras adversidades.
Al rato llegó el médico de la ciudad y uno de los curas de la Misión de Guayana.
—No es bienvenido aquí Padre—dijo García.
—Vine por Alicia, no por usted García—replicó el cura, fijando su vista en el Capitán.
Aquella inquisidora y penetrante mirada del cura solo trajo el recuerdo en García de una maldita frase que él nunca pudo borrar de su memoria “No importa cuánto corras Capitán, al final tus pecados te alcanzarán”. Fue la sentencia moral que le dio el sacerdote que ahora tenía en frente y que no dejaba de sostenerle la mirada. García tampoco cesaba de mirarle, sus ojos estaban encendidos en llamas.
Allí estaban frente a frente dos dragones, uno al servicio del Rey y el otro al servicio de Dios.
— ¡Pues carajo! ¿Qué os pasa a ustedes? ¡Diantre!—intervino el médico de la Ciudad, Don Sebastián de Altagracia, hombre ordinario pero sumamente estudioso, encomendado por el mismo Rey para formar médicos en la Provincia de Guayana.
En eso llegaron tropas a cargo del Sargento González que estaba de guardia, más los perros de caza que se hicieron sentir con fuertes latidos y jadeos. El Capitán fue a su habitación a colocarse las botas y una camisa, tomó su pistola, su espada y partió con las tropas hacia donde se dirigían las huellas del asesino, las cuales apuntaban hacia la laguna del Porvenir.
Minutos atrás, Turémayka al llegar a la laguna se sumergió en ella, lo hizo con suavidad, tal como lo hace la culebra de agua (anaconda). El Cabo que fue en su persecución iba guiado por las huellas, pero iba asustado, sentía su vulnerabilidad, sentía que en cualquier momento iba a ser sorprendido por el asesino.
Siguió las huella hasta la orilla de la laguna, hasta que desaparecieron, estaba con su arcabuz cargado y bayoneta calada, el Cabo sudaba frío, no sabía que hacer, no quería regresar a su Capitán y decirle que perdió el rastro del asesino porque al final le tenía más miedo al Dragón del Dorado que a cualquier otro hombre. Maldijo el momento, maldijo por haber estado de guardia esa noche. De repente algo empezó a moverse en el agua, apuntó con su arcabuz hacia la laguna, salían algunas burbujas y al instante el cabo sintió un movimiento a sus espaldas y cuando volteó…ya era enteramente tarde para él.
García iba al frente de su tropa, los perros iban sumamente alterados como si estuviesen persiguiendo a un jaguar. Seguían dos grupos de huellas que dirigían a la laguna. El Capitán disminuyó el paso cuando divisaron algo a la orilla, los perros se volvieron frenéticos y halaban las correas sujetas a sus cuellos con impresionante fuerza.
En la orilla estaba un hombre tendido sin camisa, parecía que estaba muerto. Todos fueron avanzando cautelosamente y al mismo tiempo la luna se empezaba a ocultar nuevamente detrás de las espesas nubes del trópico.
— ¡Es el Cabo Sánchez!—indicó el Sargento González y al mismo tiempo empezó a revisar al cabo, el cual no parecía respirar; pero sudaba profusamente y su cuerpo estaba caliente como si tuviese una fiebre común.
El Capitán García Del Toro se acercó y presenció aquella extraña escena. El cabo no respiraba; pero parecía estar vivo. Se fijó que en el pecho tenía un número hecho con tizón de carbón, estaba escrito “22”. Notó que las aguas de la laguna estaban apacibles. Los perros dejaron de ladrar y se calmaron por completo, pero olfateaban muy cerca de las aguas. El rastro del asesino terminaba allí, como si estuviese escondido debajo de la laguna.
Siguieron buscando alrededor de la laguna, pero nada, no había rastros y los perros no siguieron olfateando. La impotencia invadió al Capitán y la depresión por la pérdida de su esposa lo empezó a consumir por dentro, pero jamás demostraría debilidad ante sus hombres. Aquel valiente e invicto Capitán tomó su dolor a cuestas, solo estaba perdiendo una batalla y los días para Turémayka estaban contado. El Dragón, el fiel soldado del Rey jamás se rendiría, así tuviese que sacudir toda la selva entera de Guayana.
Aquel hombre con el número 22 en su pecho fue llevado a la casa del médico dónde también estaban los restos de Alicia. Don Sebastián no daba crédito a lo que estaba viendo, había revisado las pupilas del militar e increíblemente no estaban dilatadas, sino totalmente contraídas.
— Hostias, me cago en la puta madre ¡Este hombre está vivo! ¿Y qué demonios significa este número?—inquirió el doctor, quién estaba con su ayudante y en la compañía de dos soldados. –Esta ciudad ha venido huyendo de los piratas y de los corsarios, y ahora esto ¡Diantre!
Al rayar el alba, el río Orinoco empezaba a recoger el brillo del Astro Rey, la creciente y joven ciudad había sido estremecida con aquel asesinato. Los trabajos de construcción empezaron muy temprano como de costumbre. Entre los esclavos estaba Turémayka mezclando adobe y fabricando ladrillos, como si no hubiese pasado nada anoche. Las mismas manos que se ensuciaban con barro, arcilla y cal, hace tan solo pocas horas se habían manchado con sangre inocente.
Aquel hombre con la fuerza de un búfalo estaba imperturbable, tan sereno como la Laguna del Porvenir. Mientras el indio trabajaba, una señorita de tan solo diecinueve años le brindaba una tapara con agua; era Diana, la hermana del Sargento González, quién acostumbraba a colaborar con la “Misión de Guayana” para ayudar a los indios, a fin de hacerles la vida más fácil, aún en su condición misma de esclavos. Pero Diana no se imaginaba que le estaba brindando agua a un monstruo, no sabía que tenía al frente suyo a “El Destripador del Orinoco”, un ser maldito que desde que la vio empezó a codiciar su piel clara de porcelana, con ganas de conocer el rojo que palpitaba dentro de ella.
SEGUNDA PARTE.
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El Capitán García, El Dragón del Dorado, el hombre de España con el espíritu más potente en la Provincia de Guayana empezó a sacudir a la ciudad de Angostura, buscando entre las piedras mismas al asesino de su esposa. Sus sospechas primeramente fueron dirigidas hacia sus mismas tropas, ya que las huellas dejadas en la escena del siniestro eran de las botas usadas por las Fuerzas Reales. García llegó a arrestar a tres soldados y a un sargento, de hecho, casi le dispara a uno de los soldados por tener la misma talla de calzado que la del asesino y no lo mató gracias a que en la plaza principal de la ciudad había hecho acto de presencia su único superior inmediato, el Teniente Coronel del Monte, quien se apersonó al lugar con su escolta personal:
— ¡Baje esa arma Capitán! ¡Es una orden carajo! Y no me haga repetirla dos veces—gritó el Teniente Coronel del Monte y a la vez su escolta apuntaba sus arcabuces hacia García.— ¡Pero qué cojones le pasa Capitán, ha perdido usted el control! No le arresto porque hoy es el funeral de su esposa, le ruego que se comporte ¡Joder! Me entrega su pistola y su espada.
Pero…en esa plaza principal de la ciudad, la cual estaba en construcción, se encontraba el mismo Turémayka que con disimulo observó todo lo que acontecido. El Sargento González pasó cerca del gran indio que cargaba ladrillos a fuerza de lomo y ambos intercambiaron miradas.
— ¿Qué me ves indio?—le preguntó el Sargento.
— Perdone mi Señor—respondió Turémayka bajando su mirada; aunque González, el hermano de la señorita Diana se le quedó mirando fijamente unos segundos más, mientras que el indio seguía caminando con los ladrillos en su lomo.
— ¡Sargento, apúrese! No tengo toda la vida—gritó del Monte, quien estaba echando chispas. –Hay que llevar a estos sospechosos al calabozo para descartar dudas, y usted Capitán, se mantiene a mi lado todo el día, quiero que actué con reverencia.
Los servicios funerales se dieron con sagrada solemnidad. El Padre Mateo dirigió todo, muy a pesar que García estuvo en contra que él fuese quién dirigiese los actos fúnebres. El Gobernador junto a del Monte se inventaban excusas para mandar de comisión varios días al Capitán García hacia El Pao de Barcelona, con el propósito que se calmara y para que no fuese acabar con media Angostura tratando de conseguir al culpable. Así que al día siguiente día el Capitán viajaría con una caravana con destino al lugar encomendado.
Los días fueron transcurriendo, la ciudad empezaba a recuperar la calma. Las investigaciones para dar con el asesino nunca cesaron, de hecho, se empezó a patrullar las aguas de Orinoco arriba y Orinoco abajo, porque se presumía que el asesino pudiese ser una artimaña creada por piratas o por los corsarios ingleses, a fin de sembrar el terror y la confusión dentro de Angostura.
El Cabo Sánchez, quien había sido encontrado en la orilla de La Laguna del Porvenir seguía sin respirar, pero con la temperatura corporal normal, estaba vivo y el Doctor Don Sebastián no se explicaba cómo, llevaba diez días así.
Pero las fuerzas del infierno se volverían a desbordar durante otra noche. Turémayka ya estaba acechando con su afilado cuchillo para conocer el rojo palpitar dentro de la entrañas de otra joven e inocente mujer. Diana parecía tener sus minutos contados. Aquella muchacha fiel a su religión y dedicada a aliviar el sufrimiento de los indios, iba a ser engullida por un despiadado ser, al que ella había aliviado sus cargas en varias ocasiones.
Diana, una noche luego de asearse y secar el agua de su hermosa piel blanca se disponía a salir del baño. Su hermano estaba vigilante cerca de ella, esa noche no estaba en la Guarnición y cuidaba de ella. El Sargento González sacó un gran tabaco y empezó a fumar, esperando que su hermana saliese; pero Turémayka estaba a solo dos metros de ella, llevaba las mismas botas que la primera vez. Se fue acercando en un absoluto silencio. Diana se disponía a colocarse su ropa interior y ya a escasos centímetros le respiraba su victimario.
— ¡Diana! ¿Estás bien?—preguntó el Sargento González, que estaba a unos 15 metros de ella.
…Silencio, solo la brisa se escuchaba…
Ya su hermana había sido atenazada por aquella bestia de la selva, y el Sargento tendría solo escasos segundos para salvarla. Diana luchaba por zafarse, una enorme mano le impedía llevar el preciado oxígeno a sus pulmones. Sus piernas luchaban por empujar al monstruo hacia atrás, pero los pies se les resbalaban.
— ¡Diana! ¡DIANA!—gritó González, pero esta vez iba corriendo hacia el baño con su espada desenvainada y con la pistola en la mano izquierda, apuntando hacia arriba.
Disparó su arma y el silencio se estremeció por un grave “¡BANG!”, lo cual hizo a manera de alarma y como disuasivo.
González enmudece y sus piernas flaquean antes lo que estaba viendo, su hermana estaba tendida sobre el suelo del baño. Pero un destello de esperanza pasó por su alma, porque su hermana no había sido abierta en su cuerpo, como lo fue la esposa del Capitán.
— ¡Diana, corazón!, responde, dime algo Dianita—hablaba de manera desesperada acariciando al mismo tiempo su cabeza.
Diana estaba completamente desnuda, un poco arriba de sus senos tenía el mismo número “22” que fue puesto en el Cabo Sánchez; a diferencia que este había sido escrito con un cuchillo o algo parecido, la sangre corría levemente hacia abajo. La muchacha no respiraba, parecía correr con la misma suerte que el cabo, al menos esa era la esperanza de González, que estuviese viva.
Angostura se había enterado de lo acontecido en tan solo minutos, el pánico se había apoderado de todos los colonos y del Monte había recibido la autorización del mismo Gobernador para revisar todas las casas de la ciudad. La nueva víctima ya había sido llevada a Don Sebastián, él cual tampoco se podía explicar aquel misterioso fenómeno donde la persona podía estar viva sin respirar. El médico, un hombre de ciencias, se negaba a creer lo que sus ojos presenciaban.
Esa misma noche, un correo salía de inmediatamente para El Pao de Barcelona, el cual rezaba “Asunto: Urgente. Capitán García Del Toro, presentarse en el Fuerte San Gabriel lo más pronto posible. El Destripador del Orinoco volvió a atacar, se le ordena a usted su más pronta captura”.
Aquellas palabras en la carta fueron redactadas por el mismo Gobernador, quien ya no estaba dispuesto a tolerar semejantes ataques a sus gobernados. Por otro lado, él le había dado carta blanca al Teniente Coronel para que García del Toro encontrase al asesino usando sus más tenebrosos modos. Así que El Dragón del Dorado en breve estaría escupiendo fuego por toda ANGOSTURA.
En el campamento de los indios estaba Turémayka durmiendo en su chinchorro de la manera más relajada, ni sus compañeros de trabajo; ni los soldados que custodiaban el lugar se habían fijado siquiera que había salido del campamento. Dormía tan tranquilo como la mansedumbre de las aguas del río Orinoco, esperando otro momento para darse a conocer sin ser visto, para darse a ver sin ser conocido; al menos claro estaba, que el Capitán García lo permitiese.
Pero algo también se sumaría al terror mismo que había sembrado el indio con la fuerza de un hércules. Otro siniestro ser proveniente del viejo mundo, se acercaba por el Orinoco arriba hacia la pequeña naciente ciudad de Angostura. Era el Capitán Míster Owen, Ex Capitán de la Real Armada de Holanda, pero quien trabajaba como Corsario del Imperio Inglés. Su labor consistía en hundir cualquier barco español que buscase salir hacia el Atlántico a través del gigante río, con la finalidad de sabotear la exportación de recursos hacia España.
El Capitán Owen, apodado “Dientes Negros”, había jurado cortar la cabeza del Capitán García del Toro, porque dos años atrás, García había cargado con todo el oro de uno de sus pequeños navíos, para luego empalar a toda la tripulación y dejar el pequeño barco a la deriva con aquellos cadáveres descomponiéndose a flor de piel.
**
A los pocos días ya García del Toro estaba nuevamente en la ciudad y sin perder tiempo se había dirigido hacia la plaza en construcción, quería interrogar con calma al soldado (Soldado Gutiérrez) que él casi mata y que ya había sido liberado junto a los demás sospechosos. Ese mismo soldado había afirmado que su segunda dotación de botas le había sido robada.
—Llame al Soldado Gutiérrez—ordenó García a unos de los militares de guardia.
Mientras el Capitán interrogaba a Gutiérrez, también se fijaba en los indios que trabajaban junto a los albañiles, y un pensamiento se apoderó de él: “Nunca hemos investigado a los esclavos, ¿será posible?”.
—Gutiérrez, ¿Quién es ese indio?—preguntó García que se quedaba viendo el imponente físico y los pies descalzos del esclavo.
—Es Turémayka mi Capitán, es nuestro indio más fuerte, llegó con su tribu cuatro semanas después de la ceremonia de la fundación de la Ciudad.
García quedó aún más pensativo, empezó a unir cabos. Recordó la matanza de una tribu, matanza que fue ejecutada bajo su orden, donde sus soldados violaron a todas las mujeres porque la tribu se resistió a entregarse para ser esclavos. También recordó al Padre Mateo, a quién tuvo que atar a un árbol para que no interviniese en aquella sangría. Sangría que García estaba acostumbrado a ejecutar cuando alguna tribu oponía resistencia. El día de aquella obra siniestra fue un "22" de Mayo de 1764, el mismo día de la ceremonia de la Fundación de Angostura.
—Quiero que me traiga inmediatamente a ese indio—ordenó el Capitán.
Turémayka sabía que sería descubierto en cuestiones de segundos; pero fue y se paró frente al Dragón del Dorado, el Capitán le sorprendió lo imperturbable que era aquel indio, le sostenía la mirada, lo cual ya era una falta de respeto que él no iba a tolerar. Turémayka era de la misma estatura del Capitán, él cual medía más de 1,80 metros. García le lanzó una cachetada a Turémayka con todas sus fuerzas llegando a romperle la boca.
— ¿Por qué me miras así indio?—preguntó el Capitán luego de darle semejante cachetada. Turémayka bajó la vista, lo que hizo que el Capitán se tranquilizase un poco. —Gutiérrez quítese sus botas para que este indio se las pruebe.
Turémayka empezó a llenarse de una inmensa energía colérica, lo que hizo que levantase la cara nuevamente para mirar de frente al Capitán. García le volvió a dar otra cachetada, esta vez más duro que la anterior.
— ¡No me mire así esclavo de mierda!… ¡Joder soldado! apúrese con esas botas.
Gutiérrez se quitó las botas, el Capitán las tomó y se las tiró a los pies de Turémayka y al mismo tiempo desenvainaba su espada y con ella señalaba las botas y amenazó diciendo:
—Indio, póngase esas botas o le juro que le abro en dos partes.
Las botas le calzaron perfectamente.
— ¡Soldados! ¡ARRESTEN A ESTE ESCLAVO!
Pero los soldados subestimaron a Turémayka, pensaron que sería dócil y se dejaría arrestar, por un breve instante olvidaron que aquel indio tenía la fuerza de un búfalo. Cuando iban a tomar a Turémayka, éste se echó hacia atrás para evitar que el Capitán enterrara su espada y lo que ocurrió a continuación fue la fuerza de la Selva depositada en un solo hombre. El indígena se libró del acorralamiento en el que estaba, había sido herido gravemente en un costado por una bayoneta pero pudo escapar de las garras del Dragón. García y sus tropas le persiguieron hasta el río Orinoco, dónde se sumergió a la vista de todos. Tres de los hombres de García se sumergieron también, sin embargo fue en vano, no le encontraron y el indio no emergió para tomar oxígeno. El Capitán no paraba de blasfemar, se le había escapado nuevamente; pero al menos ya sabía quién era el asesino de su esposa, lo que haría que concentrase todas sus fuerzas en atraparle. Así que empezó a idear una artimaña para capturarlo.
García tomó al resto de la tribu de Turémayka y los llevó atados al mismo lugar por donde se había sumergido el indio.
— ¡Turémayka…! ¿ASÍ TE LLAMAS, NO?—gritó García a la lejanía. – ¡Donde quieras que estés!, si no te entregas mataré a cada miembro de tu maldita tribu. Que lo que me ha traído es… problemas.
…Casi silencio absoluto, solo la brisa y el leve oleaje del río se escuchaba…
—Para que veas MALDITO, que yo no estoy jugando. ¡MATARÉ A ESTA INDIECITA DE MIERDA CON SU MADRE!
El Capitán sacó su espada y la enterró en la pobre y frágil niña indígena, la cual emitió un llanto ahogado de dolor. Su madre gritó fuerte con el dolor maternal que le desgarraba su vientre. Los otros indios trataron de zafarse de las cuerdas para impedir todo aquello, pero fue inútil, solo recibieron culetazos en la cabeza. Mientras la madre lloraba arrodillada, sosteniendo a su linda e inocente niña que había exhalado su último aliento de vida, el Capitán haló fuertemente a la mujer por los cabellos y pasó su filosa espada por su cuello degollándola. La blanca arena de la orilla se tiñó de rojo. García empezaba a ejecutar su venganza.
— ¡TURÉMAYKA, SI MAÑANA NO TE ENTREGAS, OTRA NIÑA CON SU MADRE MORIRÁ!—volvió a gritar el Capitán. — ¡TIENES HASTA LAS SEIS DE LA MAÑANA!
García y sus hombres se marcharon del lugar. Cuando se hizo la medianoche y ya no había nadie alrededor Turémayka salió de las aguas. Aquel monstruo tomó entre si los fríos cuerpos de la madre y de la hija que habían sido abandonados en la playa, y empezó a llorar amargamente por aquellas vidas inocentes que se habían ido para siempre, era su gente, les había visto crecer.
El indio se empezó a recobrar del dolor, cargándose nuevamente de ira y se dirigió hacia la ciudad. Llevaba el demonio dentro. Aquel monstruo estaba al acecho otra vez. La ciudad tendría un sacudón esa madrugada, ya que tomaría a la esposa misma del Gobernador con la finalidad de rescatar a su tribu y huir hacia la selva.
Turémayka logró con éxito secuestrar a la esposa del Gobernador, nunca su guardia personal se dio cuenta como aquel indio pudo entrar y salir de la casa con la mujer. Esa misma noche a las tres de la mañana, Turémayka había llevado a la esposa del Gobernador a la iglesia. El indio dejó a la dama dentro del salón principal la cual permanecía dormida y se dirigió al aposento del cura Mateo.
—Padre…Padre…—decía Turémayka, tratando de despertar al Padre Mateo que estaba en un sueño profundo. El Padre despertó y dio un brinco en su propia cama, estaba todo espantado, el corazón le latía con rapidez, no podía distinguir lo que estaba frente a él.
—Padre, no tener miedo, yo venir a decirle condición, usted hablar mañana. —el indio se esforzó por no asustar al cura, pero éste seguía todo aterrado.
—Turé…Turé… ¿Eres tú?—preguntó el Padre Mateo.
—Sí Padre, yo Turé, Turé amigo suyo. Padre yo ser Destripador del Orinoco.
El Padre no podía creer lo que acababa de escuchar, aquel noble ser, aquel humano tan excepcional que es Turémayka… no podía creerlo. Tomó una cerilla y prendió las velas de la habitación.
—Hijo mío, ¿En qué te has metido?—preguntó el cura y a la vez tocaba con su mano el rostro de Turémayka.
—Padre, no tener mucho tiempo, usted conocer toda la verdad sobre mí. Mañana si yo no entregarme, morir lo que queda de mi tribu. Yo querer irme con ellos a casa. La Selva mi casa, la Selva nuestra madre. Padre, decir mañana a Capitán, si él matar otro miembro de mi tribu, yo matar mujer de Gobernador y si él quiere mujer de Gobernador, que libere a mi tribu y nos deje ir a nuestra Selva—sentenció Turémayka, y después de decir eso la habitación se llenó de un frío muy incómodo y el Padre Mateo se llevó una mano a su rasurada cabeza. El cura no tenía más opción que irse inmediatamente hacia el Fuerte San Gabriel y decirle a García las condiciones del indígena.
Por otro lado, el Capitán Dientes Negros ya estaba muy cerca de la ciudad, la cual había descuidado la seguridad debido a que estaban concentrados en Turémayka. Dientes Negros saboreaba dos cosas, su oro perdido y la sangre de García.
***
El cura salió disparado hacia el Fuerte San Gabriel para informar al Teniente Coronel y al Capitán. Turémayka sin embargo había tomado camino hacia la Laguna del Porvenir, se ocultaría en un lugar dónde solo el Padre Mateo conocía.
— ¿Qué hace aquí Padre?, ¿vino a proteger a los indiecitos?—preguntó García con profundo tono irónico en cada una de sus palabras.
—No Capitán, solo vengo a dar un mensaje que recibí hace rato.
— ¿Y cuál es ese mensaje Padrecito?—preguntó García con una sonrisa malvada en sus labios.
—Turémayka ha capturado a la esposa del Gobernador, y me ha dicho que le informe a usted que si mata a otro miembro de su tribu asesinará a su secuestrada.
El Capitán dejó caer una taza en donde estaba tomando un fuerte café sin azúcar. Subestimó por completo a aquel indio. Turémayka lo tenía agarrado por los testículos, le tenía en jaque mate. Cualquier movimiento estúpido lo pagaría con su vida. Empezó a ver qué opciones tenía, jamás se rendiría ante el enemigo. Mientras cavilaba se escuchó un fuerte ¡Plamm¡
—No me importa si te has tomado esto como algo personal Capitán por la muerte de tú esposa—dijo el Gobernador al entrar en el despacho del Capitán tirando con fuerza la puerta, y continuó. –Solo quiero a mi esposa de vuelta, de lo contrario, si le pasa algo a ella, le juro por mi honor que me encargaré que lo pague bien caro, lo mismo se lo digo a usted Coronel.
El cura aprovechó la oportunidad y le contó las condiciones de Turémayka al Gobernador, a fin de que su esposa quedase en libertad sana y salva.
—Estoy de acuerdo Padre, así será, no se hable más. Y usted Capitán, cumplirá las demandas de ese indio, no quiero más errores. No quiero que invente nada, dele a ese indio lo que quiere, y si quiere irse lejos de aquí, pues que se vaya para el carajo.
García aceptó la orden; de mala gana, pero órdenes eran órdenes. Al rayar el alba el cura Mateo se dirigía con el resto de la tribu de Turémayka hacia la Laguna del Porvenir. El cambio se haría y García se retorcía de frustración.
[Pero… ¿Quién era realmente Turémayka? Porque una cosa es lo que dice la Leyenda y otra es la “VERDAD”. La leyenda cuenta sobre un hombre cargado de una asesina y febril concupiscencia hacia la mujer blanca española, un ser maldito, un destripador.
Turémayka era un hombre guerrero, de una enorme fuerza y agilidad, sumamente espiritual, que respetaba lo sagrado, incluyendo a la Madre Selva. Su vida cambió cuando ocurrió la matanza de su tribu, era un 22 de Mayo de 1764. "Veintidós miembros" de su tribu fueron salvajemente asesinados y descuartizados, incluyendo su esposa, sus hijos y su padre El Chaman; el resto fue llevado hacia el barco. Ese día Turémayka estaba de cacería y al llegar a su morada se encontró con toda aquella carnicería. Lloró con un infinito dolor que le destrozaba todo su ser, sus seres queridos estaban allí… descuartizados.
Pero al rato, el indio decide seguir unas huellas jamás antes vistas por él, unas de ellas eran del tamaño de sus pies pero diferentes y las otras eran huellas de animales más grande que un danta. Las siguió hasta que llegó a la orilla del río Cuyuní, (lugar que se conoce hoy como EL DORADO). Allí vio hombres con cabellos en la cara y estaban montados encima de grandes bestias. Veía como otras tribus entraban a un gran bohío que flotaba sobre el agua. Él se dejó atrapar, supuso que el resto de su gente estaba allí. Quería conocer a los asesinos, quería conocer a sus mujeres, deseó conocer las entrañas de sus hembras para ver si eran como las de ellos, necesitaba saber qué clase de mujer paría esas bestias].
Después de una larga caminata, el Padre Mateo llegó al lugar del intercambio. Cuando Turémayka vio a su tribu se extasió de felicidad al igual que ellos. La esposa del Gobernador seguía dormida, Turémayka frotó en su nariz unas plantas extrañas y la mujer se despertó. Estaba totalmente desorientada y decía cosas sin sentido; pero podía caminar.
El Padre Mateo se despidió de Turémayka, fue una despedida emotiva:
—Si todos los blancos ser como Padre Mateo, mi familia estar viva—dijo Turémayka, quien no podía impedir que las lágrimas le corrieran por las mejillas.
—Si todos los hombres fuesen como Turémayka, tendríamos el Reino de Dios en la Tierra—señaló el cura, quién bendecía al indio antes de partir con su tribu.
El cura se regresó hacia la ciudad con la esposa del Gobernador a salvo. Al llegar lo estaba esperando el Gobernador, del Monte y el Capitán.
El Gobernador tomó a su esposa y se dirigió a su casa escoltado por soldados y hasta el mismo del Monte. El Capitán estaba montado en su caballo, más diez jinetes y un caballo sin nadie encima.
A los quince minutos sale del espeso monte el Sargento González.
— ¡Van rumbo hacia la Laguna de Los Francos!—gritó el Sargento González, quien había espiado al Padre Mateo.
— ¡Móntese Sargento! ¡Suelten a los perros!—ordenó el Capitán. –Vamos detrás de ese maldito, los quiero vivo a todos. Los voy a matar delante de los otros indios.
Los caballos iban a todo galope. Finalmente el Gobernador traicionó a Turémayka, se dejó convencer por García del Toro; pero no lo iba a dejar proceder, no sin antes tener a su esposa a salvo entre sus manos.
Al final ganó El Dragón del Dorado, un hombre terriblemente malo, pero con un espíritu inquebrantable, jamás se daba por vencido. Un fiel soldado al Rey de España, un digno ejemplo para todas las tropas. Era un hombre al que temían todos los enemigos del Rey. Pero más grande era Turémayka que no necesitó de caballos, ni de armas, ni de soldados para derrotar en varias batallas al Capitán. Pero al final de cuentas, ¿qué puede hacer un solo aborigen contra toda la fuerza de un reino que lo abarcaba casi todo? Por toda la fuerza que tuviese, por toda la sabiduría y magia que poseyera, al final del camino sería vencido por su mayor fortaleza, la cual era la nobleza de su corazón.
Una vez capturados fueron dirigidos hacia la plaza.
—Sargento, convoque a todos los esclavos en la plaza, también a la servidumbre de las casas. Llévese un par de hombres. ¡Pero rápido! Que no tengo todo el día.
Turémayka y su tribu fueron arrodillados en el centro de la plaza, a la vista de todos los esclavos y la servidumbre. García empezó un discurso antes de ejecutarlos a todos:
—Vosotros, indios e indias, tenéis que mostrar lealtad eterna a nuestro Rey, porque Él fue escogido por Dios para gobernaros. Si no obráis de conformidad con los designios y voluntad de nuestro Dios y la de nuestro Rey, correréis con la misma suerte que vuestros hermanos hoy. Seréis testigos de lo que les pasa a los rebeldes, a los que deciden fugarse o quebrantar alguna de nuestras leyes.
García tomó un niño indígena y lo arrodilló frente a él. El niño lloraba profusamente…Había un silencio sepulcral en la plaza…Agarró al pequeño aborigen por los cabellos, su espada estaba al borde de degollar al infante. García estaba frente a Turémayka, para que viese todo. El Capitán frunció el ceño y apretó la empuñadura de su espada.
Cuando repentinamente el silencio fue roto por un gran ¡BUMMM!, y otro ¡BUMMM!, y otro, y otro. El Capitán quedó paralizado, no degolló al niño. Un soldado llegó en caballo a la plaza, estaba pálido y gritó: — ¡NOS ATACAN LOS CORSARIOS!
Los soldados que custodiaban a Turémayka se descuidaron por un instante. El indio rompió las cuerdas y arrebató un arcabuz a uno de los soldados y a la vez lo empujó con extrema violencia hacia un costado, dejándolo aturdido. Otro militar disparó, pero falló y Turémayka le atravesó el torso con la bayoneta, luego él le dispara a otro soldado que venía corriendo hacia él. Algunos indígenas que trabajaban en la construcción de la plaza rodearon con martillos y piedras al Capitán; pero García y algunos de sus mejores hombres se abrieron paso a fuerza de espada, pistola y bayoneta.
Españoles e indígenas se fueron matando entre ellos, gran parte de los esclavos huyeron, incluyendo la tribu de Turémayka, a quienes él les había ordenado que lo esperasen en la Laguna de los Francos.
Turémayka se fue acercando de manera fría hacia el Capitán, iba con el arcabuz descargado pero con la bayoneta calada. García del Toro lo esperaba con su espada. En la plaza solo quedaban ellos dos. Dos Gigantes se enfrentarían cuerpo a cuerpo sin la ayuda de nadie y en iguales condiciones. El Nuevo Mundo contra El Viejo mundo, La Selva contra La Esgrima de la Hispania.
TERCERA PARTE.
*
Dientes Negros atacaba con todo al Fuerte San Gabriel; sin embargo, este corsario no estaba en su barco, se había infiltrado por toda la ciudad con dos marineros, iba en busca de la casa del Capitán García… iba en busca de su oro. Su ataque a la ciudad era meramente una distracción para que todas las fuerzas de Angostura estuviesen concentradas en el fuerte.
El Capitán Owen iba por el pueblo, con espada empuñada y pistola montada. Al encontrarse con el primer colono lo detuvo para interrogarlo.
—Oye maldito español, no tengo todo el día para esto, así que solo te pediré algo y si no me das lo que te pido te arrancaré tu maldita cabeza—amenazó Dientes Negros. —Llévame a donde vive el Capitán García del Toro.
El colono había mojado sus pantalones, aquel terrorífico ser que tenía los dientes negros y la mirada del diablo hizo que descendiera a lo más profundo del miedo. Así que no esperó que se lo pidieran otra vez y guió a aquel aterrador hombre hacia la casa de García.
Llegaron a la casa y derrumbaron la puerta. Empezaron a revisar todo, haciendo grandes destrozos. No encontraban nada y no contaban con mucho tiempo para seguir buscando, así que Owen se detuvo a pensar un instante…
—Revisemos si hay una pared falsa—ordenó Owen a sus hombres.
Los marineros empezaron a golpear las paredes con las culatas de sus armas, buscaban “un sonido hueco”.
— ¡Mi Señor, aquí!—gritó uno de los marineros.
—Pues, derríbela—indicó el Capitán.
Ambos merineros empezaron a romper la pared falsa, y al terminar una leve sonrisa se dibujó en el rostro tostado y arrugado de Dientes Negros, allí estaba su oro, o lo que quedaba de este, calculaba que era la mitad.
— ¡Nos largamos marineros, nos vamos!—mandó el Capitán.
Dientes Negros había ordenado que el ataque durase no más de media hora y después que se cumpliese el tiempo debían marcharse Orinoco arriba.
— ¿Qué hacemos con este hombre Capitán?—preguntó uno de sus marineros por el colono que los había guiado.
—Pues lo que hacemos con todos los enemigos que caen en nuestras manos—contestó Dientes Negros.
—Sí mi Señor—dijo el marinero y hundió su espada en el estómago de aquel desafortunado hombre.
**
Turémayka tenía la fuerza, el Capitán García tenía la técnica, el combate había empezado.
García con espada en frente, en posición de esgrima, arremetió contra Turémayka para dar una estocada, el indio esquivó y se abalanzó con la bayoneta hacia el Capitán, García consiguió esquivarlo. Turémayka había investido con tanta fuerza que se fue hacia adelante sin parar, el Capitán aprovechó esto y logró cortar superficialmente al indio por la espalda, la sangre empezó correr.
El indio se volteó rápidamente con bayoneta en frente, caminado en círculos alrededor del García, y éste siguiéndolo sin perder el frente. El Capitán hizo amagues de ataque con su espada en perfecta y limpia técnica. Turémayka reaccionó a todos los amagues, el Capitán aprovechó eso y logró hacer otro corte, esta vez en el brazo derecho del indio; pero éste no reaccionó a la cortada y siguió concentrado.
García intentó hacer otra estocada directa al estómago del indio; pero Turémayka hábilmente logró atajar con el arcabuz.
—Indio, te he subestimado, pero de hoy no pasas esclavo—dijo el Capitán en tono de burla.
El combate siguió, García se conserva, no atacaba, solo esperaba un error de su adversario, siguió usando palabras para provocar a su enemigo. Turémayka se abalanzó otra vez, pero se frenó, fue un amague. García del Toro se hizo a un lado para esquivar, pero el indio no pasó hacia adelante, El Dragón del Dorado cayó en el engaño y ya la bayoneta venía hacia él. Intentó hacer un atajo con su espada; pero ya era tarde, la bayoneta se enterró en su antebrazo, lo cual hizo que soltara su espada y gritara de dolor. Turémayka sacó rápidamente la bayoneta del antebrazo para enterrarla en el cuerpo del Capitán.
Ya no se escuchaban disparos de cañones en el ambiente, el combate en el Orinoco había cesado.
Turémayka estaba a punto de poner fin a la vida del Dragón del Dorado. Pero el Capitán García sacó una pequeña pistola detrás de su espalda. Turémayka se paralizó, un ¡BANG! Se escuchó. El indio bajó la vista… miró su cuerpo…no vio sangre. El Capitán puso los ojos como dos tortas de casabe y empezó a botar sangre por la boca. Soltó la pistola y cayó de rodillas. Un horrible hombre con dientes manchados en negro soltó una maquiavélica risotada, estaba a sus espaldas, a solo cuatro metros.
Turémayka no se movió, tres hombres se acercaban.
—Así te quería agarrar, Dragón del Dorado—sentenció el horrible hombre y aprovechó que García estaba de rodilla, y sin mediar más palabras le cortó la cabeza con su filosa espada.
El Capitán Owen luego de decapitar a García mandó a uno de sus hombres a que tomara la cabeza y se la llevara. La pondría de trofeo en el mástil de su barco.
— ¿Y tú indio? ¿Quién eres?—preguntó Dientes Negros.
—Yo Turémayka—respondió el aborigen mirando fijamente a Owen.
— ¡Pues vete indio! Vete, eres libre.
Míster Owen le perdonaba la vida a todo aquel que pelease contra los españoles, cumpliendo así el antiguo proverbio: “Los enemigos de mis enemigos son mis amigos”.
Turémayka corrió hacia su libertad, finalmente aquel noble hijo de la selva había triunfado. Nunca pudo comprender por qué mujeres tan blancas y bellas pudieran parir demonios y dragones. Tampoco pudo cambiar la maldad interior de aquellas personas que los consideraban a ellos, “los nativos”, bestias salvajes.
Nuestro Turémayka se encontró con su tribu y se adentraron a lo más profundo de la selva, donde dragones y demonios no los pudieran encontrar jamás. Llegaron a la cima de una gran montaña, tan grande y tan majestuosa como el río Orinoco. Una montaña que se conoce hoy como AUYAN-TEPUI (Montaña del Diablo). Y allá, en la fría cima, crecieron como tribu. La montaña era tan alta que les parecía tocar la luna con sus manos.
Él se convirtió en el Chamán de su tribu y cuando se retiraba a orar a la Selva, lo hacía en un lugar donde las aguas parecen caer desde el cielo, KEREPA-KUPAI MERÚ (cascada Salto Ángel), allí se comunicaba con la Selva y con su padre.
HOY EN DÍA, muchos turistas de todas partes del mundo que viajan a Canaima y que llegan hasta la cima de esa gran montaña en helicóptero o en avioneta, cuentan que han visto a un gran indio con el cuerpo de un hércules, que aparece y desaparece de repente. Cuentan que han sido salvados de la muerte misma por ese misterioso aborigen. Le llaman… TURÉMAYKA… “EL HIJO DE LA SELVA”.