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pedro sánchez paredes

la máquina que escribió un «best-seller»

Él era un escritor. Vivió en la segunda mitad del siglo XX. Esta coincidencia, aparentemente, carece de importancia. Sin embargo, es preciso que la tengamos en cuenta. Todos sabemos que el azar no existe. Y el hecho de que las cosas sucedieran en aquella época y no en otra debe tener alguna significación oculta que tal vez comprenderemos algún día.
Ser escritor ha sido siempre una actividad total que ha exigido a los hombres las veinticuatro horas de todos los días de su vida. Y entonces, como ahora, era preciso vivir dominado por la obsesión de la obra que se estaba realizando. Ese era el único camino para conseguir esa difícil, y muchas veces imperceptible, dimensión de la obra de arte que se llama autenticidad. El escritor no concebía el reposo. Todo cuanto vivía o soñaba quedaba, de una u otra forma, incorporado a sus libros y se identificaba totalmente con ellos. Las auroras y los crepúsculos. Las guerras y los éxtasis del amor. El dolor de los niños. La soledad de las muchachas sin besos. La turbia mirada de los asesinos. La loca alegría de los pájaros. El paso aparentemente intrascendente de las nubes a través de la quietud de las tardes del mundo. Todo formaba parte de un universo de cosas y de seres destinados a enriquecer el espíritu de los artistas. Y él era un artista. Y por ello, en la vigilia y en el sueño, su espíritu hilaba y deshilaba sus vivencias, sus recuerdos, sus sensaciones y sus sentimientos. Durante todo el día, acumulaba símbolos y experiencias. Durante la noche, intentaba universalizarlos. Y estaba convencido de que su obra no sería un libro o mil libros, sino la totalidad de su existencia.
Porque el título de escritor no se ganaba con escribir un libro o mil libros. No. Era preciso refrendar esa sublime dimensión humana a lo largo de toda una vida de tanteos, esperas y de aprendizaje; en la que alternaban los períodos de creación y de silencio, las euforias más inefables y los más demoledores desalientos. Las horas fugaces de comunión con el Universo en que resultaba imposible dar forma a todas las ideas, aunque se repudiara transitoriamente la vida social, la comida y el sueño. Los largos meses de esterilidad en que era inútil intentar escribir una sola línea porque quien se las dictaba, desde los extraños planos astrales donde Dios y los hombres entremezclaban sus raíces, guardaba silencio incomprensiblemente.
Cualquier escritor auténtico sabía todo eso y había asumido su destino de hombre como algo irrenunciable, grabado para siempre en su sangre y en sus cromosomas. Y él era, sin duda, un escritor auténtico. Porque lo sabía. Y porque había asumido, como algo irrenunciable, su destino de hombre. Casi nadie leía sus libros. Pero ése era un detalle secundario. Algo que carecía de importancia. Lo único que importaba realmente era proseguir su labor creadora. Rechazar los caminos abiertos. Sumergirse en la noche de su espíritu como en una selva ignorada. E intentar abrir nuevos caminos. Y estaba firmemente decidido a seguir adelante a toda costa.
Pero era un hombre de la segunda mitad del siglo XX. Y la segunda mitad del siglo XX fue, según nos han contado los historiadores, una época difícil, trágica y desconcertante. Los hombres que vivieron esa época se hallaban sometidos a extrañas tensiones anímicas. Desgarrados por obsesiones oscuras que entonces no tenían nombre todavía. Dominados por fuerzas poderosas que aspiraban a destruir totalmente el espíritu. Esclavizados día y noche por un sólo deseo, como los alquimistas de la Edad Media. El ideal de transformar en oro el canto de los pájaros y la quietud de los crepúsculos y la insondable poesía de los besos se había apoderado de todos. Y todos soñaban el mismo sueño.
Era inevitable. Él pertenecía a su época. Y no pudo escapar a su destino. Y pensó realizar su destino de acuerdo con los instrumentos y las categorías mentales de su época.
Las máquinas empezaban entonces a apoderarse del mundo de las letras. La cibernética estaba llevando a cabo una subversión absoluta de las concepciones y de los sistemas literarios y filosóficos. Los cerebros electrónicos se habían empeñado en sustituir al hombre. Ya lo estaban consiguiendo. Traducían libros. Componían poemas. Escribían tragedias y ensayos. Construían novelas perfectas imitando el estilo de los clásicos. Resolvían impecablemente interminables cadenas silogísticas en períodos de tiempo insólitamente cortos.
Y una de esas máquinas había adoptado una profesión nueva destinada a suplir las ciegas imperfecciones de sus colegas humanos. Era una especie de asesor literario electrónico que, tras analizar rápidamente el guion de un argumento y una descripción simplista y elemental de los personajes y de las latitudes donde se quería situar la novela, proporcionaba la fórmula infalible para escribir un “best-seller”. En función de los datos almacenados electrónicamente, de su memoria central y de los puntos esenciales sobre los que se articulaba la consulta, aquel nuevo asesor literario, sin carne y sin espíritu, ponía en marcha sus circuitos microminiaturizados, sus cintas, sus tambores y núcleos magnéticos, sus hojas perforadoras y todos sus dispositivos milagrosos. Y con una lógica perfecta, proporcionaba al escritor los ingredientes exactos para escribir su “best-seller”. Dimensión de la obra. Vocabulario que debería ser utilizado preferentemente. Porcentajes de violencia, de erotismo, de situaciones equívocas, de ideas pseudofilosóficas, de falsedades e inexactitudes políticas o éticas, de sugerencias morbosas, de aproximaciones simplistas o arquetipos universales, compuestos solamente a base de sus caracteres externos y con el olvido más completo de sus profundidades auténticas. Lo más sorprendente de todo era que los escritores que seguían esas indicaciones escribían realmente “best-seller”. Y se enriquecían.
Todo parecía indicar que la actividad del escritor iba a humanizarse. Precisamente en una época en que todos los días se hablaba de deshumanización en el arte y en las letras. Las angustias de los creadores iban a desaparecer totalmente. Las máquinas realizarían aquel milagro. Y él, cansado de la oscuridad en que vivía, decidió consultar una de aquellas máquinas prodigiosas.
Le costó mucho trabajo decidirse. Mucho dolor. Muchos combates íntimos. Muchas noches sin sueño. Pero al final adoptó la decisión que tenía que redimirle. Se traicionaba a sí mismo. Negaba los ideales de toda su vida. Y no estaba seguro de que sus nuevos libros le proporcionaran la dicha y la calma tan ansiosamente deseadas. Sin embargo, sabía que con ellos conseguiría el bienestar material necesario para poder dejar de vivir destrozándose. Y una fama que no le sobreviviría, pero que le permitiría gozar de una existencia llena de honores, de premios y tal vez de condecoraciones. Había luchado siempre en la soledad y el aislamiento. Y de pronto se sentía cansado, muy cansado, infinitamente cansado. Y necesitaba un remanso de calmas burguesas para reponerse.
Todo sucedió una mañana de primavera. El destino tiene también sus símbolos. Pero él no se dio cuenta de ello hasta que mucho después de vivir su extraña experiencia de aquella mañana. Le convenció un amigo suyo que había inventado una de aquellas máquinas. Aseguraba que sus descubrimientos habían llevado a la cibernética a un grado de perfeccionamiento increíble. Y era cierto. La máquina tenía una apariencia casi humana. Le proporcionaron los datos necesarios para que su cerebro electrónico elaborara la fórmula infalible. Y esperaron llenos de impaciencia.
La máquina era perfecta realmente. Sus ojos parpadeaban llenos de ironía, como si un espíritu de otras dimensiones se hubiera apoderado de sus entrañas de materia sin vida. Y de su interior brotaba una especie de carcajada. Fue un auténtico prodigio. No se limitó a redactar una simple fórmula. Escribió el libro entero, con todos sus personajes claramente definidos, con todas sus situaciones resueltas. Pero sin duda alguna no se trataba de un “best-seller”.
Lo leyó de un tirón aquel mismo día. Era una máquina burlona y profética. Y el libro era doloroso y desconcertante. Su protagonista era un escritor auténtico, empeñado en escribir libros extraños que nadie leía. Y que, cansado de la oscuridad de su existencia, decidía consultar a las máquinas para escribir un libro que le enriqueciera, Y que consultaba a una máquina burlona y profética que escribía para él un libro desconcertante y doloroso, cuyo protagonista era un escritor auténtico, empeñado en escribir libros extraños que nadie leía y que, cansado de la oscuridad de su existencia, decidía consultar a las máquinas para escribir un libro que le enriqueciera. Y que consultaba a una máquina burlona y profética que escribía para él un libro desconcertante y doloroso, cuyo protagonista… Y así hasta el infinito.
Creyó enloquecer. Leyendo las páginas de aquella obra misteriosa, sintió que la eternidad se le acercaba y que Dios le había hablado. Y lo comprendió todo de repente. Crear constituye un empresa sobrehumana, llena de vértigos y de angustias, una vivencia mística que puebla de círculos interminables el tiempo y el espacio. Y ser un creador es una experiencia sublime de identificación con todas las cosas del cielo y de la tierra que se consuma casi siempre en la soledad. Ya lo había dicho Rilke. Para convertirse en un escritor era necesario enriquecerse poco a poco en ideas y en recuerdos, a lo largo de toda la vida. Y esperar toda la vida para conseguir escribir diez líneas que justificaran toda una existencia. Visitar todas las ciudades de la tierra. Conocer a todos los hombres. Grabar en nuestros ojos y en nuestra alma la suprema perfección de los pájaros y de las flores. Elevarse al misterio insondable de las noches de amor y experimentar en nuestra carne el dolor de los niños enfermos, de las mujeres parturientas, de los moribundos, de los solitarios, de los proscritos y de los condenados a muerte. Incorporar el infinito latido de la Humanidad y del mundo a nuestra sangre. Vivir la angustia y la incertidumbre de todos los creadores de la Historia. Sentir dentro de nosotros la convulsión demoledora de todos los grandes libros, como si fueran nuestros. Y salir renovados de su lectura. Sólo entonces estaría preparado para escribir sus libros. Unos libros en que los demás seres humanos verían su propia obra aunque, naturalmente, no serían “best-sellers”.
El final de esta historia no se conoce con exactitud. Hay diversas versiones que se contradicen. Pero la más verosímil de todos es de una sencillez defraudante. Aquel escritor ignorado no se dejó dominar por el desaliento. Volvió a ser nuevamente el que siempre había sido. Y dejó los “best-sellers” a las máquinas. Y siguió escribiendo libros extraños que nadie leyó nunca. Y se hizo el firme propósito de ser un libro viviente, segundo tras segundo, hasta que la muerte, piadosamente, interrumpiera su obra. En realidad era muy poco lo que se exigía a sí mismo. Muy poco. Escribir sus diez líneas auténticas. Y tenía toda la vida por delante para realizar aquella empresa.