Las calles estaban tan atestadas de cadáveres que apenas podía dar un paso. En enormes montones, los muertos obstruían la calzada, como formando barricadas. Todos habían fallecido casi de repente, unos minutos después de que se oyera el estruendo de la alarma general.
Estuvo unos minutos en su mínimo túnel agradeciendo, en un principio, la suerte de que le hubieran mandado allí a oxigenar la zona. Eso le había salvado, pero ahora una angustia sorda se iba apoderando de él por no haber muerto al tiempo que los demás.
Avanzó desde la puerta de entrada de la sección de mantenimiento, procurando no salir fuera de los límites. Quizá no hubiesen muerto todos. Y le quedaba la esperanza de que las centrales motoras no hubiesen sufrido daños de consideración. Aun así, con la mayor parte de sus compañeros muertos, todo podía arreglarse. Seria labor de mucho tiempo. Habría que retirar los cadáveres como primer objetivo mientras los equipos de reparación se ponían en marcha, limpiar las vías de acceso a las distintas secciones, a los controles y departamentos. Una tarea de gigantes esperanzados que morirían con las herramientas en pleno funcionamiento.
El acceso principal a las centrales motoras y a la estación impulsora estaba totalmente obstruido. Tanteó con cuidado los límites del mismo, buscando una grieta, algún síntoma de que la obstrucción no fuera total, pero no encontró nada. Las paredes del conducto habían cedido y sus escombros se mezclaban en confusa armonía con los cientos de cadáveres, sin dejar un resquicio. Hubiera tardado demasiado tiempo en despejar la vía. Optó por buscar uno de los numerosos accesos secundarios. Su principal objetivo continuaba siendo descubrir el estado en que la brutal agresión —¿tal vez un sabotaje?— había dejado las centrales y la estación.
Se desvió, siguiendo su plan hacia el gran laboratorio hiksoide. Sintió un estremecimiento al descubrir las enormes columnas que lo sostenían, truncadas por su base, dejando escapar la pulpa verde de los grandes depósitos de combustible. Allí también había cadáveres y muchos más de los que aparecían en el exterior estarían enterrados bajo las columnas, cubiertos por las enormes estructuras cuboideas del hiksoide. Toda una tarea de miles de generaciones había sido aniquilada en un momento. Complicados aparatos, sistemas de inaudita perfección, yacían despanzurrados, arrojados en su propio espacio como desecho sin valor, rotos sus mecanismos de precisión, sus valiosos archivos, desintegrados sus propios operarios.
Corrió, impulsado por el horror de tanta destrucción. Más allá del laboratorio hiksoide sólo había sombra y tropezó con un tramo, desembarazado de sus membranas protectoras, de la sección de mantenimiento, que presionaba el conducto secundario por donde se alejó, a la mayor velocidad que el poco oxígeno con el que contaba le permitía.
No quiso mirar al indicador. Sabía que si el sistema de oxigenación de las plantas había sido afectado, le quedarán unos minutos de vida.
En el Estado Mayor del control dextrógiro del sistema de Defensa y Relación Exterior permaneció un momento, interrumpiendo su carrera. Grandes masas de energía, desparramadas cerca de los canales interiores de alimentación, brillaban con una luz mortecina, perdiendo su sustancia activadora, el color rojizo natural, para adoptar el cerúleo que indicaba la desactivación, la muerte. Su control de oxígeno le indicó, con un leve parpadeo de la aguja, que se estaba llegando a la zona de descompensación. Habría de darse prisa si quería —si aún le importaba— llegar a su destino.
En la planta rectora, grandes acúmulos negruzcos que flotaban en el aire de los conductos indicaban el lugar en que las explosiones habían tenido lugar. Su esperanza fue apagándose lentamente al contemplar los grandes cuadros estadísticos, los controles de las distintas plantas. Todo había quedado arrasado. Las vías que conducían a los observatorios permanecían en sombras. Destellos rojizos, a un lado y otro del gran tablero central, indicaban los lugares en que aún había resistencia. Uno, correspondiente al quinto departamento prensil dextrógiro, se apagó con un mortecino resplandor. Las secciones propulsoras mantenían, sin embargo, acúmulos vitales, pero eran tan pequeños que su destino no ofrecía dudas…
Hubiese querido gritar, deshacerse en lamentos, pero el timbre-destello de su indicador de oxígeno volvió a advertirle que sus reservas finalizaban. En el gran tablero cóncavo los chisporroteos continuaban, pero supo que sería por poco tiempo. Ninguno de los empleados estaba allí para testificar su fallecimiento, para anotar en los archivos de “fuerzas desaparecidas” su desactivación. Todos yacían, con sus largos dedos blancuzcos, increíblemente desarrollados, sin pulsar ninguno de los millones de botones del enorme generador de órdenes, sin interpretar ninguno de los miles de mensajes cifrados que, en otro tiempo, llegaban a cada minuto desde los controles interiores o exteriores.
Ningún mensaje, ninguna orden. Resultaba totalmente injusto que fuera el único que quedase con vida, el único que asistía al fin del su mundo, a la total condenación de unas estructuras que habían constituido el orgullo de todos. Los demás habían muerto a un tiempo, poseídos de la suprema eficacia de su mundo, del lugar donde vivían, de su suprema belleza y su suprema justicia. Y a él le había tocado asistir al final de todo…
Una llamarada brotó, al mismo tiempo, de los tableros correspondientes a la sección propulsora general. La resistencia había cesado. Las puertas automáticas de la planta rectora se cerraron como última manifestación de energía.
Había sido el intento postrero de los controles automáticos por elevar el rendimiento de la central impulsora. La última carga generadora se había estrellado en el receptor de la propulsora levógira. Con todos los servicios fuera de orden, con los accesos inutilizados, sin energía térmica o lumínica, poco importaba morir.
Sintió que su reserva de oxígeno había finalizado. La aguja ya no marcaba. Permanecía acostada sobre la parte más baja del cuadrante, como dormida, sin que nada la hiciese reaccionar.
Se apoyó en el gigantesco tablero y permaneció así unos minutos. Su mayor deseo hubiese sido llegar a donde nació. Un lugar en que cientos de compañeros se preparaban con él para el momento en grandes cargas de oxígeno. Solamente a eso. Conducían su propio vehículo. Grandes viajes. De sector en sector, de planta en planta, recorriéndolo todo. De las secciones propulsoras a la planta rectora, y siempre volviendo a la central. La central. Allí se encontraban. Allí entregaban las cargas negativas y recogían el oxígeno. Eran millones las operaciones. Se realizaban en un minuto, en la central; todo se resolvía con precisión y siempre había alguno que lograba recoger una ración extra para alegrar sus largos viajes.
No había envidiado nunca a nadie. Ni siquiera a los encargados del tablero en la planta rectora, ni mucho menos a los encuadrados en los controles superiores de las secciones de defensa, ni a aquellos que permanecían toda la vida en un mismo sitio, sin que les estuviera permitido moverse y no hacían otra cosa más que criar familia. A él le gustaba viajar…
Su reserva emitió un débil gorgoteo. Se sintió deslizar hasta el suelo de la planta. A su lado, la mano larga de uno de los servidores del control pareció despedirle.
El hematíe, desde la transparente tubería del capilar cerebral, se encogió definitivamente, junto a la desmayada neurona.