I
ES SÁBADO. Mi madre se ha levantado temprano. Yo estoy despierto y escucho sus pasos, el crujir de las viejas zapatillas arrastrándose por el pasillo, bajando las doce escaleras. Poco después enciende la radio en la cocina. Todavía me quedo un rato dando vueltas en la cama, mirando cómo la habitación deja de estar a oscuras y la lluvia emborrona los cristales de la ventana. Cae lenta, sin parar. No tiene nada mejor que hacer. Y tú tampoco, me digo. Sé que ya es imposible dormir. Al final me siento en la esquina de la cama. Escucho el sonido del agua a mis espaldas. Salgo de entre las mantas y camino hacia el ventanal. Retiro el visillo. Miro la luz plomiza del cielo. Nuestro jardín recibe con desaliento esas ráfagas mortecinas, tenaces como un dolor de cabeza.
El granado permanece impasible bajo la lluvia, como un tío con gabardina al que acaban de dar plantón en la puerta del cine. Pero que aún no se decide a abandonar la espera. Intento imaginar a chicas guapas que sonríen, chicas que llevan impermeables de plástico de brillantes colores y bailan alrededor del árbol como si el agua no las mojara. Una de ellas, la que lleva el imperdible amarillo y el pelo recogido en dos largas coletas, es Gina, o al menos se le parece mucho.
No, me digo al final, no saldría una buena canción de esto.
La lluvia arrecia por momentos. Veo a mi madre que sale de casa con la cabeza envuelta en una redecilla rosa y su vieja bata floreada. Baja los escalones, camina apresurada hacia las petunias, se pone a buscar entre la tierra mojada. Mira a un lado y al otro. Se guarda algo en el bolsillo derecho. Sonrío. La vieja Mary ha vuelto a esconder su tabaco entre las flores. Suelto la cortina y salgo de mi habitación. La puerta de casa se cierra entonces con un chirrido. Oigo la voz inconfundible de Brian Mathews saliendo de la cocina. Llega al pie de la escalera, con el olor de las tostadas recién hechas.
La tetera sisea en el fogón y mi madre, sentada junto a la mesa de madera, separa unas cuantas manzanas, las más grandes y amarillas, del montón que ha traído en una cesta de la despensa. Me mira con los ojos más inocentes cuando entro en la cocina. Todavía huele a tabaco, a pesar de la ventana abierta. El agua cae con más fuerza aquí abajo. Brian Mathews nos desea un feliz sábado a todos sus oyentes y anuncia que las chicas de Inglaterra están de suerte porque en unos instantes van a poder escuchar el nuevo hit parade de los Beatles.
Taxman.
Tengo tiempo de escuchar que la canción se titula así, antes de que mi madre se incorpore de un brinco de la silla y apague la radio de un manotazo. Un manotazo de uñas nacaradas que calla la boca gritona de Matthews.
«Esas cucarachas», masculla. Esboza una sonrisa forzada, con sus labios pintados de rosa. Nunca baja a desayunar sin pintarse los labios. Desde que yo era niño deja las colillas teñidas de ese tono chillón, idéntico al de algunas de las petunias que cultiva en el jardín, sus favoritas, las que elige siempre para esconder sus paquetes de cigarrillos, aunque ya no tiene por qué hacerlo. Vuelve a sentarse, como si nada hubiera pasado. Desecha una de las manzanas, «Voy a hacer tarta de compota, Paulie», me dice, «¿qué te parece, querido?».
Es mi postre favorito. O lo era. Pero ahora que mi madre insiste en preparar su tarta de compota de manzanas amarillas cada sábado ya no estoy seguro de ello. Se levanta temprano, enciende un cigarrillo a escondidas y deja que se consuma en el borde de la pila de mármol antes de que yo baje a la cocina. Abre la ventana, enciende la radio y prepara la tetera. Coloca las manzanas elegidas en una fuente, abre uno de los cajones en busca del cuchillo adecuado para pelar la fruta. Y vuelve a contarme la historia de siempre, mientras me sirvo una taza de té.
«¿Sabes, querido? Cuando tú naciste ya nadie esperaba que la vieja Mary fuera capaz de traer un niño a esta casa. Por eso siempre que preparaba esta tarta me parecía un milagro, algo mágico que tenía que ver con tu presencia aquí. Mi pequeño de manzana, con esos mofletes redondos, levantando la carita, poniéndose de puntillas junto a esta misma mesa. Querías repetir siempre, «un poco más, mummy, un poco más, por favor». Me gustaba tanto cómo decías esa palabra, Paulie. «Mamá». Entonces comprendía que todos los años de espera y los miedos de última hora habían valido la pena.
»Unas horas antes de que nacieras, cuando tu padre y yo cruzábamos Liverpool, camino del hospital, no podía dejar de pensar en que había demasiados peligros para un niño en esta ciudad. Eso pensaba sentada en el asiento de atrás de nuestro Ford, mientras me sujetaba la barriga con las manos y miraba por la ventanilla cómo la gente se resguardaba en los umbrales de las casas. Tu padre conducía muerto de miedo, con su sombrero un poco torcido. Los alemanes bombardeaban Liverpool casi como si fuera una vieja costumbre que no se resignaran a abandonar. Caían cascotes de los tejados, esquirlas de las paredes. Algunos trozos rebotaban en el capó de nuestro coche. Yo sólo pensaba que quería fumar un cigarrillo y apretaba mi vientre, abría la boca y chillaba, a coro con las sirenas de alarma, aliviada porque en realidad nadie me hacía caso, clavando los ojos en el cuello flaco de tu padre y en su sombrero tembloroso».
La escucho, como cada sábado, sin probar el té. Dejo que se enfríe y que su color dorado pierda todo su entusiasmo. Investigo el dibujo azul del plato de porcelana. Ocho diminutos carruajes tirados por dos caballos corren en círculo Una dama se asoma a la ventanilla desde el interior de cada coche, seguramente para ver cómo llueve afuera. Me fijo en sus sombreros, atados con un lazo bajo la barbilla y en los cocheros que azuzan con un látigo a los caballos. Ellos también llevan sombrero. De copa.
Taxman.
«Voy a salir», digo en voz alta.
Mi madre parpadea. Abre y cierra los ojos varias veces, muy seguido, cegada por el asombro como cuando mi padre insistía, cada primavera, en tomarnos a los dos una foto en el jardín, junto al granado, para comprobar cuánto había crecido yo durante el invierno. Mi madre apretaba mis hombros con sus dedos y protestaba ante el fogonazo de la vieja cámara, es como si ese trasto te matara cada vez, decía. A mí me daba risa, me hacía gracia pensar que ella y yo éramos dos muertos vivientes que volvían a entrar a casa como si nada y bebían limonada y comían tarta de compota de manzanas después de aquel disparo.
«No merece la pena, Paulie, quédate aquí. Afuera está lloviendo mucho».
Sonrío, me levanto y dejo la taza de té en el fregadero. «Es la peor excusa que podías poner, mamá. El tiempo en Liverpool nunca da muchas alegrías», le digo al besarla en la mejilla. Huele como siempre, a crema facial y laca. A su jabón de lilas.
II
Podría cerrar los ojos y aun así hacer de memoria este recorrido. Llueve en diagonal y el agua dobla al mismo tiempo que yo la esquina. 251 de Mendips Avenue. Ringo y George están fumando un cigarro sentados en el porche. Visten de negro. Ríen y parecen algo borrachos, aunque apenas son las once. Celebran el nuevo éxito, como en los viejos tiempos y ni siquiera me miran cuando subo los dos escalones de la entrada, esquivando la primera botella de whisky vacía. Se han dejado la puerta abierta al salir. Alguien toca la guitarra dentro de la casa y yo aprovecho para entrar. Escucho un eructo a mis espaldas, las risotadas de George.
Recorro el hall alfombrado. Miro a mi alrededor. La vieja paragüera decorada con una escena de la caza del zorro, cada cuadro pintado por la tía Mimi, todo permanece en el mismo lugar de siempre. Docenas de figuritas de animales de porcelana continúan adornando pequeñas mesas colocadas en todas partes. Siguen siendo horribles, pienso. Las notas vienen del salón, al final de pasillo, y camino hacia allí. Unos acordes eléctricos distintos, pronunciados con lentitud, como si hubieran encontrado la única manera de ser ejecutados justo en este instante, gracias a mi llegada. Cierro los ojos para escuchar la voz vibrante de esa guitarra y sigo su rastro. Lo sé, sé antes de verla que es una Epiphone Casino, una formidable sunburst. Yo le hablé de ella a John.
Me compraré una tío, cuando vayamos a Hamburgo, te juro que con el primer dinero que nos paguen voy a comprármela.
Me asomo al salón. Ahí está él. El viejo John, descalzo y repantingado en el sofá verde oscuro. Lleva el pelo más largo, algo mugriento. Me mira a través de unas absurdas gafas redondas con montura de plata que no le había visto antes. Empequeñecen sus ojos, dándoles ese aire de animal viejo del bosque de algunos cuentos infantiles que en realidad siempre ha querido tener. Los ojos de un topo castaño o una ardilla, una mirada difícil de aguantar, mezcla de curiosidad y suficiencia. Casi siempre, desde que John era un niño, son los demás quienes apartan los ojos. Los maestros, los compañeros de clase, las chicas formales. Yo era uno de los pocos capaces de sostenerle la mirada, de plantarle cara. Aún lo hago.
—Así que has venido.
Sus dedos largos y huesudos se reflejan en la superficie pulida de la guitarra cuando rasga las cuerdas y toca los primeros compases de una canción que no conozco.
«Así que me ves».
John presume de tener visiones. Le gustaba contar que cuando tenía doce años, uno de los muchos domingos que pasaba dibujando caricaturas en una libreta, castigado sin salir de su cuarto por culpa de las malas notas y los altercados en la escuela, vio cómo de pronto, en el centro mismo de su habitación, aparecía un enorme pastel de merengue adornado con guindas rojas. Un pastel similar a los de las comedias americanas que siempre acaban estampándose contra la cara de alguien, pero mucho más grande y envuelto en llamas. John se extendía mucho en el relato de aquella historia, en describir el sobresalto inicial, su pasmo de adolescente cuando del interior de la tarta surgió un hombre joven vestido de negro, con expresión suplicante, que mientras la nata ardía y todo empezaba a oler como la cera de las velas de cumpleaños le contaba a gritos que en unos pocos años fundaría un grupo de música muy famoso, y que él iba a decirle el nombre que debería ponerle. Las llamas danzaban alrededor de la cara del desconocido, crepitaban de una forma espantosa y John apenas podía escucharle. Joder, tío, no te oigo. Grita un poco más, decía que exclamó entonces, no te oigo. Y el pobre diablo, con todo su pelo y su ropa ardiendo le había obedecido. Beatles, chilló. ¿Beetles? No, aulló, dolorido el extraño, agitando los brazos, en un intento vano de apagar las brasas de su cuero cabelludo, Beatles, con a. Y la «a» se había convertido en un alarido espantoso, interminable, sobrenatural, que al parecer sólo escuchó él, puesto que en ningún momento la tía Mimi abandonó la partida de bridge que jugaba con sus amigas en el piso de abajo para subir a averiguar qué era aquel alboroto en la leonera de su sobrino. Un segundo después la tarta que ardía y el tipo de negro habían desaparecido de la habitación, como si nunca hubieran estado allí. Ya no olía a quemado ni salía humo, y John se apresuró a apuntar en su libreta aquel nombre. Beatles. A las chicas solía gustarles aquella historia y John se regodeaba en ella, añadía cada vez nuevos ingredientes al argumento original, cosas acerca de la pinta de enterrador de aquel hombre, de su ridículo flequillo ardiendo, detalles espantosos de su agonía en medio de aquel fuego incomprensible.
«Ahora yo soy otra de tus visiones, ¿no es así, John?».
Me mira sin soltar su guitarra. La deja apoyada contra su pecho flaco y sonríe y sigue acariciando el mástil con suavidad.
—Sí, pequeño Paul. Te veo allí, parado en el umbral de la puerta. Claro que te veo. ¿Cómo va eso?
No le contesto. Escucho las risas de Ringo y George, el sonido de la botella vacía cayendo escalones abajo. Un estallido de vidrios. Después siguen hablando.
—No has coincidido con William por muy poco. Se marchó hace un rato, después de escuchar la canción en la radio. Es un gran chico, Paul, ha conseguido hacerse un hueco dentro del grupo en muy poco tiempo. Sabe imitar cada uno de los gestos que hacías, te conoce tanto que a veces llego a pensar que eres tú quien no ha existido jamás. Tienes que estar contento, Paul. Lo que pasó fue una pena, pero William era tu fan número uno y si lo piensas fríamente, nadie se merecía tanto como él esta oportunidad.
No digo nada. John ensaya las primeras notas de «Yesterday».
—Hiciste cosas grandes, Paul. Esta canción. Las chicas gritan como locas cuando la tocamos. Tenías que verlas, se tiran de los pelos. Se desmayan, Paul, ¿puedes creerlo? Ahí, delante de nosotros, caen como moscas y tienen que llevarlas al hospital.
«Yesterday». La mañana en que me levanté tarareando aquella melodía, enfermo de ella, sin saber si era mía o la había oído en alguna parte. La necesidad imperiosa de grabarla en una cinta de magnetófono y correr a casa de Gina para que ella fuera la primera en escucharla. La absurda letra que improvisé en aquella grabación. Una letra que hablaba de huevos revueltos y desayunos de domingo.
Se me ocurre de pronto. Gina.
«Oye, ese bastardo…».
Los ojillos de John sonríen.
—No, claro que no, Paul. Él te respeta demasiado. Pero tengo que decirte algo, tío.
Se quita la guitarra de encima y la coloca a su lado, apoyada en el respaldo del sofá verde de tía Mimi. La mira, roza el contorno de la caja como si fuera el cabello de su chica dormida. Después se gira hacia mí.
—Ella lo pasó mal, tío. Tuvimos que contárselo todo, Paul, no íbamos a poder engañarla con William. Yo intenté ayudarla en lo que pude. Te lo debía.
Cierro los ojos. Vuelvo a ver la cara de Gina, esperándome tras la cristalera de Macy’s, con su pelo rubio recogido en dos trenzas. Sonríe. Afuera llueve, como casi siempre en Liverpool. Pienso de nuevo en la extraña correspondencia que existía entre esas largas trenzas y sus piernas. Me volvían loco sus piernas. Miro las manos de John. Y no me cuesta nada imaginarlas acariciando los muslos de Gina, deslizando hacia abajo, lentamente, uno de sus calcetines blancos. Dentro de un rato, sentado junto a ella en ese mismo sofá.
«Yo era el hombre que salió de la tarta, ¿verdad?».
Sonríe compasivo, como un predicador.
—Paul. No vuelvas por aquí. Compréndelo, no puedo permitir que alguien me descubra hablando contigo. Ésta es la última vez que voy a hacerlo. ¿De acuerdo?
Me encojo de hombros.
«Como quieras. Sólo una cosa más, antes de irme».
—Sí, Paul.
«Esas gafas son una puta mierda».
III
Limpio el barro inexistente de mis zapatos en el felpudo de la entrada. Empujo la puerta. La casa huele a lluvia y a manzanas con azúcar. Intento olvidar el camino de vuelta y a todas esas chicas con paraguas que ni me han visto pasar a su lado. No pensar en «Yesterday», en la fiebre de aquella melodía y mis viejos trajes grises. En cómo se veía el mundo desde mi esquina del escenario cuando salíamos a tocar.
«Ya estás aquí, querido».
Mi madre sonríe, sentada en la misma silla donde la dejé por la mañana y la tibia claridad de su cocina me hace sentir algo mejor. Las tazas limpias ya han vuelto a su sitio en la repisa de la alacena. Hay media docena de petunias blancas recién cortadas en un jarrón, junto a la ventana. Sobre la mesa, en una fuente circular, espera la tarta. Me detengo a observar el dibujo perfecto del enrejado que forman las tiras de mantequilla azucarada sobre la masa redonda, aún caliente. Junto a ella, el cuchillo varado, el frasco de compota abierto, con la cucharilla plateada todavía hundida en su interior gelatinoso. Después me dejo caer en la silla de enfrente, con los ojos clavados en el postre inmóvil, perfecto, que se enfría. Ni mi madre ni yo decimos nada. A ratos se escucha la lluvia. A ratos no, ni tan siquiera a ella. Cae la tarde sobre la mesa y nuestra tarta. Las manzanas empiezan a desprender un olor dulzón. Es mi madre quien se levanta, coge la fuente y sale al jardín.
Yo la espero en el umbral de la puerta. Veo cómo vuelca el pastel en el cubo metálico de basura, cómo sube de nuevo los escalones, algo fatigada, con el recipiente vacío entre las manos. Me retiro para que pase junto a mí y después, como cada sábado por la noche, la sigo al interior.