experimento
Un compromiso de trabajo me llevó felizmente a París y de inmediato pensé en visitar a Esteban. Le escribí para contarle de mi viaje y respondió, muy pronto, que le encantaría verme aunque se confesaba extrañado de que quisiera verlo. Le dije que no guardaba ningún rencor y él aseguró lo mismo, así que me dio su dirección y teléfono para que lo llamara cuando estuviera instalada.
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Estuve en una reunión con los amigos antes del viaje y entonces supe que se había casado. No fue una sorpresa agradable. Tenía la ilusión de llevármelo a la cama durante el viaje y esta noticia no ayudaría a mis planes. Vas a conocer a Inés, me dijo Guadalupe, y enseguida vinieron los comentarios sobre ella: Samanta aseguraba que era la única mujer capaz de domar a Esteban. Guadalupe alababa su disciplina y enumeraba los premios que había ganado como arquitecta mientras que el golfo de Fabricio estaba obsesionado con sus senos. Cuando la veas averigua qué talla usa y verás que no me equivoco. Es una 36D, afirmó con voz beoda y ojos juguetones. Un portento de mujer, según parecía. Yo fingía interés en el tema y luego trataba de pasar a otra cosa. Era chocante saber a la esposa de mi ex amante tan agradable a los ojos de los demás.
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Mientras esperaba para abordar el avión revisaba mi correo electrónico en el teléfono. También pensaba en Inés, en su resistencia al carácter volátil de Esteban, sus méritos profesionales y debo confesar que hasta imaginaba sus senos talla 36D si el cálculo no le fallaba a Fabricio. Odiaba que le pareciera sensual, no porque él me interesara, sólo me molestaba. Prefería imaginar que Esteban sentía lo mismo que yo y que cuando nos viéramos me saltaría encima. Llamaron a abordar y guardé el teléfono y mi fantasía. Durante el vuelo soñé que me acostaba con Esteban en la cama que compartía con su mujer.
Desperté en París. Sirvieron un desayuno miserable, como los que acostumbran dar en clase turista: un croissant frío, relleno con un trozo de jamón y una rebanada de queso cuyo sabor era muy cercano al del plástico, una taza minúscula de té negro con una rodaja de limón y un tazón lleno de bolitas de melón insípido. Veinte minutos después, ya aterrizando, anunciaron la banda por la que debíamos recoger el equipaje. Sentí un vuelco ansioso en el estómago.
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Abordé un taxi con dolor de bolsillo: hay que ver lo que cuestan los taxis en París. Le pedí que tomara el boulevard de La Madeleine y luego Haussmann hasta la Rue de L’Arcade. Hotel Bedford, un lugar de buen precio en una zona céntrica. Podía ir andando a la oficina filial de mi empresa para arreglar los asuntos que me llevaban allá y luego ir por mi cuenta a Trocadero.
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El tema de mi trabajo era bastante sencillo, lo resolví en dos días y los otros dos me mordía las uñas pensando en llamar a Esteban o inventar alguna excusa para no verlo. No fue difícil encontrar el barrio de Trocadero, pero sí lo fue tomar la decisión de tocar la puerta sin haber llamado antes por teléfono. Me senté en la terraza de una cafetería a pocos metros de su casa y mientras reunía valor, bebía tazas de café de dos euros. Repetía “el que convierte no se divierte”, pero no evitaba pensar cuánto vale cada euro, aun cuando mis gastos estaban cubiertos. Mi vista se perdió en las alturas y se detuvo en las molduras de una cornisa. Aquél vecindario era precioso, ¿cuánto ganaría Esteban para vivir a la vera del río Sena? Escribí un mensaje de texto al teléfono de Fabricio para saciar mi curiosidad. Él no paga nada. La casa es de Inés, fue su respuesta.
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Toqué el timbre y nadie atendió. Di media vuelta y apenas girando sobre mis talones escuché crujir la madera del suelo por los pasos de alguien que se acercaba a la puerta.
—Oui…
—Je ne parle pas français… estoy… buscando a Esteban, soy una compañera de la universidad en México.
—¡Ah! ¡Hola, qué tal! —respondió en español, estúpidamente animosa—. Esteban no está, ¿quieres esperarlo? Creo que no tardará —ofreció aquella mujer que por sus señas, no era otra sino Inés: de voz suave, sonrisa fácil, alta, esbelta, de pelo lacio y rubio oscuro. Sus ojos color miel eran grandes y vivaces. Las cejas, perfectamente depiladas, formaban arcos alegres. Quizá demasiado. Luego de verla a los ojos bajé discretamente la mirada hasta su pecho, recordando el encargo de Fabricio. Creo que calculaba bastante bien mi obsceno amigo.
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Quería que fuera desagradable, así sería fácil odiarla. Deseaba regresar a México y echar al suelo todas las historias maravillosas sobre ella pero todavía no encontraba ningún argumento. Esto pensaba mientras ella preparaba algo en la cocina. Me hizo pasar a un salón impecable, luminoso, con sillones blancos. ¿Quién en su sano juicio escoge un color que requiere de tanto esfuerzo? Claro. Una arquitecta con tantos premios seguro sabrá cómo mantenerlos limpios, me respondí. Había dos figuras humanas de porcelana en la mesita de centro, que parecían clavarse la mirada una a la otra. Era una situación tonta así que decidí girar una a la izquierda en tanto que la otra permanecía mirando a la derecha. Eso es. La gente no vive mirándose a los ojos. Inés regresó cargando una bandeja. La puso en la mesita de centro y fue inevitable que viera las figuras. Como si hubiera visto un pequeño incendio, abrió mucho los ojos y las volvió a poner como estaban. Sonreí para mis adentros. Se disculpó para ir a contestar el teléfono y yo me levanté a observar el salón. En un librero, en una mesa esquinera cercana, en una repisa junto a la ventana, por todas partes había figuras de porcelana, como en casa de mi abuela paterna. Me moví con rapidez infantil y fui a cambiarlas todas de posición. Era un experimento. Quería ver si reaccionaba como mi abuela.
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Cuando terminó la llamada, Inés no entró en el salón de nuevo, se quedó en el marco de la puerta y desde ahí me ofreció salir al jardín a tomar una copa. Aprovechemos el sol, hemos pasado varios días con cielo nublado. Acepté la invitación encantada: mi fechoría no sería descubierta de inmediato y mejor aún, quizá hasta que me hubiera ido.
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Llevaba más de una hora hablando con ella, comprobando que aparte de ser una excelente ama de casa era buena conversadora. Me enteré que su padre era un militar y fue destacado a un regimiento en París. Toda la familia se fue a vivir ahí cuando ella tenía cinco años y después regresó a México para estudiar la carrera. Ahí conoció a Esteban y a otros amigos que teníamos en común. De su vida pasamos a hablar de arte, música, cine. No era extraño que cualquier hombre sentara cabeza con una mujer así. Estaba tan a gusto que por momentos me olvidaba que esperaba a Esteban.
—Creo que ya es un poco tarde, mejor vuelvo en otra ocasión.
—Es cierto —dijo ella mirando el reloj— no es común que se retrase tanto.
—La próxima vez llamaré antes de venir.
—O puedo decirle a él que te llame, ¿me dejas tu teléfono?
—Sí, claro. Gracias.
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Pasé a cenar algo de camino al hotel. No podía borrar las imágenes de la casa de Inés. Ni a Inés, por supuesto. Me sentía insignificante junto a ella. Apenas llegué me dijeron que tenía un recado. Adiviné que era de Esteban y que se habría inquietado con mi visita en su ausencia. Abrí el papel con el recado que, en efecto, era de él:
“No podremos vernos. Mi mujer ha tenido una fuerte crisis nerviosa y la llevo a un hospital. Espero que tengas un buen viaje de regreso”.