Troxell comenzó a pasearse por la oficina con aquella enfermiza y secreta sonrisa y logró interesar, irritar y hasta enfadar a un buen noventa por ciento de sus compañeros de trabajo. Entre los cuales me contaba yo mismo. Sin que hubiese ninguna razón especial para ello, Troxell y yo compartíamos una mesa en la cafetería de la empresa, a pesar de que él estaba en Producción y yo en Contabilidad. Teníamos una de esas amistades superficiales que se encienden y apagan con las luces de la oficina. Cuando le pregunté, a bocajarro, apuntando a su enfermiza cara sonriente, simplemente se encogió de hombros y se dobló sobre su plato, pareciendo aún más satisfecho por el haber sido interrogado.
Luego, un día, sin tenerle que insistir, me miró con ojos luminosos y me lo dijo:
—Me voy a comprar una Silla.
Mis dientes se quedaron hincados en el bocadillo que estaba comiendo. Troxell no me hubiera sorprendido más si me hubiera anunciado su candidatura para Presidente. Después de todo, yo procesaba su salario y conocía su grupo de emolumentos como si fuera el mío. En realidad era mi mismo grupo.
—¿Estás loco? —dije—. ¿Cómo demonios puedes permitirte una Silla? ¡No se puede conseguir un modelo básico por menos de veinte de los grandes!
—El padre de Eleanor murió —dijo presuntuosamente Troxell—. El viejo fraude, viviendo de una pensión del gobierno durante todos esos años, resulta que tenía su sucia casa llena de calcetines repletos de dinero. Eleanor me dijo que podía comprarme cualquier cosa que desease y no tuve que pensármelo dos veces. ¿No te parece?
—Claro —dije, tragándome el bocadillo y la envidia—. Entonces, es por esto por lo que has estado paseándote por ahí como si fueras un gato de Cheshire.
Lánguidamente, ponía mantequilla sobre una pasta. Podría haberlo matado.
—Tengo una cita con la Compañía Sillera a la una en punto, para ver a un tal Mr. Kerslake. ¿Quieres acompañarme?
—No —dije. ¿Por qué tendría que torturarme yo mismo?
Pero le acompañé. Tenía curiosidad. Me sentía como un niño apretando su nariz contra el escaparate de una tienda de juguetes.
El salón de demostraciones de la Compañía Sillera se hallaba en la Quinta Avenida. No era nada especial. La recepcionista era un lustroso y bello ejemplar del género, y usé mis privilegios de soltero para intercambiar con ella algunos galanteos. Troxell estuvo simplemente sentado en la sala de espera, agitándose nerviosamente.
Entonces llegó Kerslake, un sólido cilindro rosa con apariencia humana, con demasiado carmín en sus gordos mofletes. Nos llevó a una larga y estrecha habitación, acercó rodando una proyectora de diapositivas y nos largó la charla de ventas.
Click. Foto de un antiguo dios sentado, precolombino.
—Desde los primeros días del Hombre —dijo Kerslake—, estuvo bien claro que la postura más natural para la figura humana, para su constitución y articulación de coyunturas, era la posición sentada. Combinando el máximo de comodidad con la habilidad para realizar una gran variedad de actividades humanas, la postura sentada llevó a la creación del más común y más útil artículo del mobiliario doméstico.
Click.
—La silla. Funcional, decorativa, básica. Desde el antiguo Egipto al Renacimiento, sufrió una serie de refinamientos simples que alteraron muy poco la estructura básica. De hecho puede afirmarse que entre los estilos Chippendale —click— y Hepplewhite —click—, la silla ha retenido sus principales características hasta el día de hoy.
Click. Nuestro Fundador, un individuo anciano con barba.
—Hasta que, naturalmente, Andrew Franklin Fortescue patentó la primera Silla Fabricada para la Comodidad allá por 1987 y comenzó la organización conocida hoy como Compañía Sillera.
Bostecé, y Mr. Kerslake frunció el entrecejo en mi dirección.
—La Silla de hoy, claro está, es muy distinta de la cruda Fabricada para la Comodidad de aquellos días. No obstante, la Silla de hoy mantiene la característica básica que ha convertido a la Silla en el mayor adelanto de la comodidad humana desde que Prometeo nos dio el regalo del fuego.
Click.
—Aquí está la Sala de Pruebas de la Compañía Sillera, en donde cada cliente literalmente crea la Silla según su imagen. El aparato que ven aquí contiene más de cien mil muelles finos, y registra más de un millón de impulsos electrónicos en el mecanismo de cómputo. El computador graba y almacena la información, dispuesta para ser usada en el proceso de modelado. Entonces se construye la Silla básica a partir de materiales plásticos especiales en el Laboratorio de Moldeo, y se añaden los accesorios a medida que los desea el cliente.
Click.
—Aquí tienen el modelo básico de Silla, sin accesorios. Su configuración exterior, naturalmente, no da ni idea del intrincado esculpido que proporciona un lugar de descanso para cada milímetro de carne, músculo y hueso, lo que da un grado de comodidad desconocido hasta ahora por los mortales. Verdaderamente, no hay suficientes adjetivos para describir la comodidad, creada sólo para el individuo. No hay Sillas de segunda mano.
Una risita.
—Tal vez se esté usted preguntando: ¿qué ocurre con la comodidad de mi Silla cuando yo cambie? ¿Cuando mi peso o mis medidas físicas crezcan o decrezcan? La respuesta es simple. No sólo compensará la propia Silla los cambios pequeños de su físico, sino que la garantía escrita de la Compañía Sillera ofrece un ajuste anual de la Silla, gratuito.
Click.
—Se dispone, claro está, de accesorios —dijo como por casualidad Kerslake—. Un sistema musical multifónico incorporado —click—. Televisión Tridimensional —click—. Refrigerador y suministrador de bebidas, tanto alcohólicas como no —click—. Masajista, musculatorio y circulatorio —click—. Inodoro automático Sanitized Quimi-o-Magic —tos—. Y otros accesorios.
—En los modelos más avanzados de Silla, a petición especial, se puede suministrar el nuevo sistema Aliment-o-Matic, que provee de una dieta, completa y saludable, de cinco comidas diarias. El Aliment-o-Matic, como todos los otros accesorios de la Silla, es servido y mantenido por la Compañía Sillera sobre una base regular.
—¿Y el coste? —murmuré.
—El coste —dijo Kerslake, cerrando de un golpe, como si fuera un monedero, su boca— es alto. Como ustedes saben, el modelo básico de Silla vale diecinueve mil quinientos dólares, precio F.O.B. Pero déjenme recordarles que el modelo original de Mr. Fortescue se vendía al público al precio de cuarenta y cinco mil dólares. Dentro de los próximos cinco a diez años preveemos la posibilidad de un precio de venta que pondrá la Silla al alcance de cualquier hogar.
Troxell estaba lamiéndose su labio inferior como un perro babeante.
—No puedo esperar. Quiero esa comodidad maternal ahora mismo. Por lo que he oído de ella…
—No quedará descontento —dijo el vendedor—. Nadie ha quedado descontento con la Silla.
—¿Cuándo puedo venir por una prueba? —preguntó Troxell.
Estaba respirando entrecortadamente. Yo me sentía un poco ridículo.
—¿Cuándo? —dijo Troxell.
Las vacaciones de Troxell estaban programadas para Agosto. Envió una petición a la oficina de personal para que adelantasen la fecha en dos meses, hasta el 15 de Junio. Me hizo la confidencia que esta fecha coincidía con la fecha de entrega programada de su Silla.
Cuando volvió de su vacación, ya no se le veía tan beatífico. En realidad, se le notaba cansancio en los ojos y tenía una forma de andar, con las piernas rígidas, muy peculiar. Lo acorralé en la cafetería y le pregunté:
—Bueno, ¿qué tal? ¿Cómo va la Silla?
—Va bien —respondió evasivamente—. ¿Qué tal te va a ti, amigo?, ¿cómo van las cosas?
—¡Al infierno con todo! —le contesté—. Cuéntame sobre esa Silla tuya. ¿Cómo se siente uno al sentarse en el regazo de veinte mil billetes?
Sonrió vanidosamente.
—Me gusta —dijo—. Sí, me gusta.
No pude decidir si esta respuesta desganada era el resultado de un desengaño o de simple reserva. Lo cierto es que no quería hablar de la Silla, sin importar lo mucho que yo le incitase a ello, y la única otra referencia que le oí hacer fue vaga y misteriosa y tal vez nunca sucedió más que en mi imaginación. Fue temprano por la mañana. Caminábamos juntos por los pasillos, dirigiéndonos a nuestros respectivos remos de galeotes, cuando él cerró los ojos y murmuró para sí mismo:
—¡Oh Silla, Silla!
O por lo menos así me pareció, aunque no podría asegurarlo, al menos completamente.
La primera larga ausencia del trabajo de Troxell se produjo poco después de esto. No vino durante un mes, achacándolo a un virus. Cuando regresó, viéndose apropiadamente pálido y débil, tuvo pronto la recaída contra la que todo el mundo le previno. Nunca volvió. No supe si fue despedido o si decidió que la herencia de Eleanor era suficientemente adecuada para soportar una vida de ocio; todo lo que vi fue la notificación oficial de la oficina de personal ordenando borrarlo de la nómina. Tal vez Troxell y yo no hubiéramos sido unos amigos excepcionales, pero en cualquier forma había algo triste en el hecho de eliminarlo de la máquina contable.
Fue dos meses después cuando su llorosa y tartamudeante esposa se me echó encima en el Lackaday Saloon, el lugar de nuestras reuniones, situado al otro lado de la calle, frente a la oficina. Me molestó sobremanera, al principio, no conociendo quién era, resintiendo su poco atractiva intrusión en la vida social de mis horas libres. El Lackaday estaba repleto, con cuatro filas de clientes rodeando la barra, y yo estaba haciendo buenos avances con la diosa rubia de contabilidad exterior, cuando las mal cuidadas uñas de la mujer arañaron la manga de mi traje y la inestable línea roja de su boca pronunció mi nombre en una voz que raspaba y gorjeaba, solicitando si no mi simpatía, al menos mi atención. Encontré un rincón de una relativa calma y dejé que hablase.
—Lo siento —murmuró—. Traté de entrar en contacto con usted antes, me dijeron en la oficina que tal vez estuviera aquí…
—¿Qué ocurre? —dije—. ¿Qué desea?
—Soy Eleanor Troxell —dijo.
Dos lagrimones se deslizaron por sus descuidadas mejillas.
La invité a un café en el restaurante de la otra manzana. Ella fue primero al lavabo, del que salió no más bonita pero al menos más arreglada.
—Harvey hablaba mucho de usted —dijo—, de lo buenos amigos que eran.
Así que Troxell y yo éramos buenos amigos. Esto era nuevo para mí, pero no demostré sorpresa alguna.
—Ya no sé qué hacer —continuó—. Harvey no tiene más familia que una hermana en DesMoines, y no sé a quién dirigirme.
—¿Está enfermo Harvey, señora Troxell?
—No, no está enfermo. No como usted supone. ¡Es esa Silla, esa maldita Silla!
Sus ojos miraron a su alrededor cautelosamente, como si temiera ser oída, cogida diciendo una blasfemia o una obscenidad.
—Nunca se levanta de ella —me susurró—. No la ha abandonado desde hace semanas, Mr. Lundy. Ha gastado prácticamente hasta el último centavo que me dejó mi padre en accesorios, para no tener que abandonarla ni por un minuto…
—Tiene usted que estar exagerando —contesté—. ¿Ni por un minuto?
La imagen que esto me sugería era casi cómica.
—Se lo aseguro. Duerme en ella, come en ella. Compró ese maldito inodoro Quimi-o-Magic —se sonrojó—. La silla le da masajes, lo baña, lo hace todo menos alimentarlo. Eso vendrá luego. Tiene una especie de servicio automático de alimentación…
—El Aliment-o-Matic —comenté.
—La Silla nos costó ya casi cincuenta mil; la instalación del Aliment-o-Matic representaría otros diez mil, más mil quinientos al año por el servicio de mantenimiento… —alzó sus húmedos ojos hacia mí—. Pero no es tan sólo el dinero, Mr. Lundy. ¡Es que ha dejado de ser un esposo, ya ni tan siquiera es un hombre! Se ha convertido en un vegetal…
No sabía qué es lo que esperaba de mí. ¿Consejos, ayuda económica? Lo primero sería más fácil.
—Bueno, yo no me preocuparía demasiado por esto, Mrs. Troxell. Después de todo la Silla es como un juguete nuevo y no puede impedir que Harvey desee sacarle el máximo provecho posible. Ya verá cómo vuelve a su estado normal dentro de poco.
—Nunca dejará esa silla, Mr. Lundy. Es toda su vida ahora. Estoy segura que si tuviera que escoger entre la silla o yo, me dejaría a mí…
Estaba bombeando lágrimas de nuevo. La miré llorar sin conmoverme. En alguna forma el recuerdo de la expresión beatífica de autosatisfacción de Troxell me impedía sentir pena por su esposa. Sin embargo, dije:
—De acuerdo, Mrs. Troxell, le diré lo que haremos. ¿Qué le parece si voy a ver a Harvey este fin de semana para hablarle? No sé si sacaremos algo en claro, pero al menos se puede probar.
Colocó su mano sobre la mía, y su roja boca tembló con lúgubre gratitud.
Con herencia o sin ella, los Troxell vivían en un suburbio masificado y su jardín no era más verde que ningún otro. Caminé por el sendero hasta la puerta de entrada, maldiciéndome a mí mismo por el sacrificio de mi mañana del sábado, y llamé al timbre. Mrs. Troxell salió a abrir, vestida con un traje amarillo y un pequeño delantal. Parecía de buen humor y olía como una lata de galletas.
—Estoy haciendo hornada —dijo alegremente—. Harvey está en la librería. Se alegrará de verle.
La seguí al interior. Se movía como todas las Amas de Casa Felices del mundo, determinada a hacer parecer normales las cosas.
No había ningún libro en la librería de Troxell. Tan sólo estaba Harvey Troxell y su Silla.
Creía que, por mi visita a la Compañía Sillera, me hallaría preparado para lo que iba a ver, pero ahora pude comprobar que la diferencia entre una Silla con y sin accesorios era similar a la existente entre un bote a remos y un acorazado. La silla propiamente dicha, una gigantesca y amorfa masa de plástico negro blando, estaba empequeñecida por una superestructura de masivos artefactos mecánicos erizados de palancas, botones, reostatos, fusibles, engranajes, ruedas, contadores y contactos. Mi viejo compañero Troxell, frente a un parpadeante panel de instrumentos, parecía un hombre que estuviese a punto de ser tragado vivo por una computadora y, que por ende, estuviese gozando con esta experiencia.
—¡Stanley! —dijo sonriendo abiertamente, pero sin ofrecer su mano. (De hecho, sus manos estaban introducidas en unos cilindros gemelos de cierta especie y, cuando emergieron luego, vi que las uñas habían pasado por una cuidadosa manicura)—. ¿Cómo estás, amigo, cómo va esa vida?
—Bien —dije débilmente—. Muy bien. Bueno, realmente conseguiste una Silla, ¿no es así, Harvey?
Brilló como un santo sobre un altar.
—Es una forma de vida —dijo en broma, pero yo sabía que realmente lo decía en serio—. Pensé que sería confortable, pero es algo más que eso. ¡Si tú supieras, Stanley!
—Es difícil. —Hice una mueca—. Tu mujer me ha dicho el coste de algunos de esos cacharros.
—No me interesa el dinero. ¿Te crees que me puede interesar ahora? —lo dijo casi compasivamente—. Déjame que te explique, Stanley. Si algo te hace la Silla es meterte algo de sentido en la cabeza. Logras un sentido de la proporción, te enteras de lo que es realmente la vida.
—Vamos —me chanceé—. No puedes llamarle vida a eso, ¿no? ¡Gastar toda tu vida en una silla!
—Sí, Stanley —dijo con voz grave—, es la única clase de vida que vale la pena. ¿Qué bien te hace a ti todo ese correr en círculos, empujado por la ambición, a la caza de los dólares? ¿Para qué lo haces? Para tener comodidad, naturalmente, simple comodidad. Y eso es lo que te da la Silla, amigo, ¿no lo ves? Es lo que, a la larga, busca todo el mundo. Y aquí está —una mano salió de su cilindro y acarició cariñosamente la Silla. ¿Cariñosamente? No: amorosamente.
—De acuerdo —contesté—. Si es lo que deseas, de acuerdo. Es que, simplemente, ésa no es mi idea de vivir. Eso es todo.
—No lo sabes —dijo tristemente Troxell—. Realmente no lo sabes. Si deseo algo, la Silla me lo proporciona: masaje, friegas, ducha a presión, baño, corte de uñas, de cabello, afeitado. Me puede dar el ejercicio equivalente a cinco sets de tenis o a una carrera campo a través. Puede rascarme la espalda, frotarme el cuello, darme champú al pelo o cantarme hasta que me duerma. Puede leerme, enseñarme y, la semana próxima, cuando instalen el Aliment-o-Matic, podrá hasta alimentarme…
—Te está tratando como a un inválido, Harvey…
Troxell comenzó a reír.
—Oh, esto es divertido, Stanley, no te das cuenta de lo divertido que es. Es justamente lo que ha estado diciendo Eleanor, justamente. Así que, tan sólo para callar su estúpida bocaza, llamé al doctor hace un par de semanas. ¿Y sabes lo que dijo? Que estoy en perfecto estado de salud, Stanley, mejor de lo que nunca había estado. La Silla se ocupa de mí. Nunca cogeré constipados u otras enfermedades infecciosas. Nunca me faltará ejercicio. Siempre estaré alimentado con propiedad. La gente de la Sillera están hasta trabajando en un aparato al que llaman el IDC, Instrumento Diagnóstico Continuo. Hará revisiones médicas cada segundo, Stanley. ¿Qué te parece eso como vigilancia de la salud, eh?
—Pero, ¿qué me dices del dinero, Harvey? Esa herencia no va a durar siempre. No esperarás que tu mujer trabaje para mantenerte a ti dentro de la Silla, ¿no?
—No necesito dinero —dijo convencido.
—Todo el mundo necesita dinero, Harvey. Tienes que vivir.
—Estoy viviendo. La Silla se está ocupando de mí. Después de que paguemos por el Aliment-o-Matic no habrán muchos otros gastos, tan sólo un par de millares al año de mantenimiento, y los intereses de mi cuenta podrán dar eso fácilmente. No veo porqué tiene Eleanor que estar protestando.
Me acerqué. Por primera vez pude fijarme en Troxell y lo que vi no era placentero. No es que se le viese falto de salud. Su piel estaba bronceada, sus ojos claros y no había una sola arruga en su cara. Era esta misma perfección lo que era inhumano, lo que le daba a Troxell la apariencia de un primo hermano de la muerte. Sus ojos no es que fueran claros, sino que estaban vacíos, la luz que brillaba en ellos no tenía más vida que las que parpadeaban en el panel de instrumentos. Tenía la boca abierta y sin control del bebé que espera mamar y, cuando sus manos salieron de los manicureros, pendieron de sus muñecas como apéndices mecánicos, útiles tan sólo para empujar palancas, para apretar botones y para girar controles.
—Harvey —dije en voz baja—, Harvey, ¿qué hay de tu mujer? Tal vez tú seas tan feliz como una almeja, pero, ¿y ella?
No contestó por un momento. Luego sonrió.
—Pobre Eleanor —dijo—. Le sugerí que se hiciese con una Silla pero no me ha querido escuchar. Necesita una más de lo que la necesito yo, pues es una persona muy inestable.
—No me refería a esto, Harvey. Eleanor es una mujer y tú eres su marido. Hay ciertas cosas en la vida…
No parecía estarme escuchando. Apareció su mano y tocó algo en el tablero de control.
—Excúsame, Stanley —dijo—; es hora de mi…
No oí el resto de su frase. Para cuando la había concluido un artilugio de doble cabeza había surgido de detrás de la Silla y descendido sobre sus espaldas. Comenzó un complicado movimiento hacia delante y hacia atrás, dando masajes a los músculos de su cuello y espalda. La expresión del rostro de Troxell era tan abiertamente extática que tuve que salir, aunque nada más fuera por modestia.
Cuatro semanas después, Eleanor Troxell se quitó la vida. Hubo alguna especulación sobre si había intentado incluir en ello a su marido, ya que usó una cañería de gas abierta. Pero la Silla de Troxell le salvó la vida. Al recibir la primera señal en su unidad Detectora de Peligros, la Silla encerró a Harvey en una cápsula de plástico transparente y le suministró oxígeno hasta que llegó ayuda. La publicidad que recibió este episodio probablemente vendió diez mil Sillas más.
Le escribí a Troxell una breve nota de pésame, y él me contestó. Me aseguró que estaba perfectamente bien, que sus necesidades estaban siendo atendidas perfectamente por la Silla y, naturalmente, por la Compañía Sillera.
Un día, Ralph Seligman, de Relaciones Públicas, almorzó conmigo y tratamos en la conversación el tema de Troxell por casualidad. Yo le aseguré que no pensaba muy bien de esas malditas Sillas. Las cejas de Seligman se arquearon y dijo:
—¿Realmente? Es usted la primera persona que oigo que las denigra. Pensé siempre que se suponía eran sacrosantas, como los Cadillacs o los Rolls-Royce y los Chris Crafts.
—Si usted hubiera visto lo que yo he visto —le contesté—, pensaría que la Silla es, en realidad, una amenaza.
—Pues ese es un punto de vista interesante —comentó Seligman—. ¿Por qué no me escribe usted un articulito para El Borrador?
El Borrador era el órgano interior de la compañía, editado por Seligman. Su circulación tan sólo era de unos tres mil ejemplares, repartidos en nuestras cinco sucursales, pero, en cualquier forma, me sentí muy halagado.
—De acuerdo —le dije—. Seguro que lo haré.
Escribí el artículo, que se llamó: La Silla: ¿bendición o cadena? Tengo que admitir que Seligman me dio el título, pues tenía un talento excepcional para eso.
El texto comenzaba:
Cuando la silla fue considerada tan sólo como juguete de los ricos, existían pocos temores sobre sus efectos, económicos o sociales, en nuestra sociedad. Pero ahora que la Compañía Sillera, por obra de sus propios éxitos técnicos y de ventas, ha ido poniendo el precio de la Silla al alcance de grandes masas de gente, se eleva, por fin, la pregunta: ¿Privará la Silla a la sociedad de la energía e iniciativa, sacrificando a algunas de nuestras individualidades más brillantes en el altar del lujo?
Francamente, pensé que era un artículo bastante bueno y esperé con bastante ansiedad su aparición en El Borrador. Cuando apareció, hubo una sorprendente reacción de Dirección. Resultó que varios de los principales empleados eran o propietarios de Sillas o fuertes accionistas de la Compañía Sillera, y no les alegró demasiado el artículo. Seligman fue llamado para una reprimenda, pero nadie me molestó. Esto es, nadie hasta que recibí un mensaje para que telefonease a Mr. Kerslake.
Al principio no conecté el interés de Kerslake con el artículo de El Borrador; creí que recordaba mi visita a la Compañía con Troxell y estaba efectuando una acción de seguimiento de ventas. Pero cuando me rogó pasase por su oficina, vi el boletín de mi empresa en su mesa.
—Siéntese —dijo placenteramente—. ¿Cómo está su amigo, Mr. Troxell?
—Probablemente lo sabe usted mejor que yo —contesté. Las palabras surgieron en un tono beligerante, aunque no había sido ésta mi intención. El carmín de la cara de Kerslake subió en intensidad.
—Leímos su artículo con cierto interés —prosiguió—. La Compañía Sillera está siempre interesada en la opinión pública y apreciamos especialmente la crítica constructiva —sonrió—. No obstante, creemos que ciertos de los puntos que usted presenta en su artículo provienen de una ignorancia o de una información errónea.
—De acuerdo —dije, refrenándome un tanto—, tal vez sea así. Pero, al fin y al cabo, tan sólo se trata de un pequeño boletín interno.
—Sí, naturalmente. A pesar de todo, nos gusta que se vean las cosas tal como son, Mr. Lundy, en cualquier parte. Bien, en relación a esas afirmaciones que usted hace sobre el trabajo, sobre cómo los propietarios de Sillas sienten o no deseos de ganarse la vida o de seguir con su trabajo, tenemos aquí unos datos…
—Mire, Mr. Kerslake, yo nunca dije que fuera un experto en la materia…
—Usted escribió el artículo, ¿no es cierto? —dijo bruscamente—. ¿Niega acaso que pensase lo que decía?
—Lo escribí —me indigné—, pero eso no significa que tenga que oír cómo es rebatido, ¿no?
Kerslake respiró ruidosamente.
—Al menos podría usted tener la cortesía con nosotros de…
—Mire, sucede que tengo una cita muy importante esta tarde, así que si no le importa…
Me puse en pie, Kerslake también lo hizo, de un salto, y sus mejillas eran como luces de tráfico.
—Mr. Lundy, por favor…
Sus ojos se nublaron. Exhaló aire como si una mano le hubiese palmeado con fuerza en la espalda, y luego trató de introducir de nuevo el aire en sus pulmones. Su color pasó de escarlata a un lívido púrpura, y cayó hacia la mesa.
—¿Se encuentra usted bien? —le pregunté—. ¿Está usted enfermo?
Si la mesa de escritorio no hubiese detenido su caída, se hubiera dado de cabeza contra el suelo. Me daba cuenta que era alguna forma de ataque, pero no sabía qué hacer al respecto. La verdad en que me sentía culpable, como si el enfado que le había provocado hubiera sido el causante. Me incliné sobre él, escuché su forzado y entrecortado aliento y grité pidiendo ayuda. Nadie me oyó, así que salí al corredor y volví a gritar, llamando a su secretaria. No estaba allí. Todo el maldito piso parecía desierto.
Corrí por el corredor, abriendo puertas de oficinas y no encontrando sino habitaciones desocupadas. Había unas puertas dobles al final del pasillo, posiblemente llevando a alguna sala de conferencias, y cuando las abrí de un empujón vi a donde había ido todo el mundo. Se estaba llevando a cabo una reunión de ejecutivos y una docena de caras se volvieron hacia mí, una docena de caras que registraban sorpresa, sobresalto y otra emoción que no tuve tiempo a definir.
—Lo siento —dije rápidamente—. Estaba buscando ayuda para Mr. Kerslake…
Había un solo hombre de pie en la habitación aparte de mí mismo y, cuando nos miramos mutuamente, su expresión de sorpresa debió reflejarse en mi rostro. Se volvió rápidamente, pero no lo suficientemente como para borrar la imagen instantánea que había dejado en mi cerebro, una imagen que había sido impresa indeleblemente en la mente colectiva de mi generación. Me impresionó tanto esta imagen que, involuntariamente, pronuncié su nombre:
—¡Houylins!
La sala se llenó con lo que sonó como un único grito de ira y, detrás mío, las dobles puertas fueron cerradas de golpe, atrancadas y convertidas en barricadas por ejecutivos que actuaban como centinelas. En el espacio de pocos segundos mi irrupción había transformado una tranquila sala de conferencias en una confusión explosiva. En el momento siguiente, el hombre que había estado de pie a la cabecera de la mesa había desaparecido y su lugar había sido tomado por un presidente sustituto, de cabello plateado, con gafas y anónimo.
—Joven —dijo indignado—, ésta es una reunión privada y usted no tiene ningún derecho a…
—¡Ése era Houylins! —grité, escrutando las carnosas y amenazadoras faces que me rodeaban—. ¡Por Dios!, ¿no vieron quién era?
—¿Está usted loco? —dijo el de cabello plateado—. Ésta es una organización privada, no un partido político. Ahora, si no nos dice por qué está usted aquí, nos veremos obligados a…
—No me importa un comino su organización —dije indignado—. Hay un hombre muriéndose ahí fuera. Su empleado Kerslake ha tenido un ataque o algo así.
—¿Kerslake?
Dio una orden y se abrieron las puertas tras de mí. Media docena de ejecutivos inundaron el pasillo, arrastrándome con ellos. Les llevé a la oficina de Kerslake y lo encontraron tal como les había dicho, derrumbado contra el escritorio y casi sin respirar, con su piel del color de la piedra pómez y sus ojos perdidos en la visión de la eternidad que se le acercaba. Formaron tal lío a su alrededor que decidí que había llegado el momento de desaparecer. Me escurrí de la oficina sin ser visto y anduve por el corredor hasta que hallé la escalera de escape. Bajé un piso y en el de abajo tomé el ascensor. Fue un descanso hallarse en la calle.
Le pedí a Seligman que me acompañase en una copa aquella noche.
—¿Houylins? —se sonrió—. Ha debido tomar otras copas hoy, Stanley.
—Sé que suena a locura —admití—. Se le supone muerto, pero hay mucha gente que no lo cree. Piensan que está vivo en alguna parte, en Sudamérica.
—Pero ¿en una reunión de negocios? Para un presunto dictador mundial es un lugar raro en el que encontrarse, ¿no?
—Tal vez no —contesté—, tal vez es un buen sitio para un tipo como él. Si es que es él.
—¿Qué quiere decir?
—Houylins y su gente trataron de apoderarse del mundo con armas atómicas y fallaron. Así que tal vez estén tratando con una táctica distinta, Ralph, con una clase distinta de arma. La Silla.
Seligman se echó a reír.
—Vamos, Stanley, deje de bromear. De acuerdo, la Silla ha puesto fuera de combate a unos cuantos viejos ricos, pero ¿cree realmente que Houylins nos puede vencer a todos con las Sillas, conquistarnos con el lujo y la autoindulgencia?
—¿Por qué no, Ralph, eh? Dios sabe cuántos millones de Sillas han vendido ya. Y, una vez que la gente se sienta en ellas, ya no quieren abandonarlas por nada.
—De acuerdo, de acuerdo —sonrió Seligman—. ¿Qué es lo que quiere hacer, escribir otro artículo para El Borrador? Lo siento, amigo, pero Dirección no me dejaría publicarlo.
—Ciertamente que escribiré un artículo. Sólo que será para el público, Ralph. Eso es lo que tengo que hacer. Tal vez me equivoque sobre todo esto, tal vez no. Y si no lo estoy…, si realmente está Houylins detrás del asunto…, ¿no deberíamos comenzar a advertírselo a la gente?
Trabajé aquella noche en el artículo. Llevaba un primer borrador la mañana siguiente, pero antes de que tuviera oportunidad de dárselo a Seligman para que lo comentase recibí una llamada telefónica de un hombre llamado Gildhampton, de la Compañía Sillera.
—¿Mr. Lundy? Le estoy llamando en nombre de George Kerslake, del Departamento de Ventas. Deseaba hacerle saber cuán agradecido le está Mr. Kerslake por su rápida acción del día pasado.
—¿Cómo está —pregunté— Mr. Kerslake?
—Estará perfectamente, gracias a usted. No puedo demostrarle totalmente lo muy agradecida que está la Compañía. Mr. Kerslake no es tan sólo uno de nuestros mejores vendedores, sino también una de las personas más apreciadas de nuestra organización.
—Bien, me alegra el haber podido ayudar —dije, sintiéndome incómodo—. Pero en realidad no hice mucho.
—Eso no es lo que nosotros pensamos, Mr. Lundy, y querría hacerle saber que nuestra gratitud será expresada tangiblemente en un día o dos.
Le di el artículo a Seligman, pero no le conté lo de la llamada de Gildhampton. Se quedó mirando mis garrapateos y sonrió:
—Si es que se va a convertir en un cruzado del periodismo, Stanley, tendrá que aprender a escribir a máquina.
Al día siguiente recibí una carta de la Compañía Sillera que decía:
Apreciado Mr. Lundy:
En reconocimiento a sus valiosos servicios a la Compañía Sillera, Mr. Richard Starkmyer, nuestro Presidente, ha autorizado a la División Este de Ventas a recompensarle a usted con la entrega del adjunto Certificado Ilimitado de Crédito.
Presente este certificado en cualquier oficina de la Compañía Sillera, y será aceptado inmediatamente, permitiéndole a usted el obtener, libre de cualquier cargo de compra, instalación o manutención, una Silla de modelo básico con todos los accesorios que tenga a bien escoger.
Me complace sobremanera el poderle hacer entrega de esta pequeña muestra de nuestra apreciación y reconocimiento.
Suyo sinceramente,
Martin Gildhampton, vicepresidente.
Bueno, era una forma de gratitud bastante asombrosa, tengo que admitirlo. Una vez hubo pasado mi excitación inicial, decidí que indudablemente se trataba de alguna especie de soborno, y así se lo dije a Seligman.
—Vaya, si es prácticamente una confesión de culpabilidad —le comenté—. ¿No lo cree así, Ralph? Ellos saben que vi a Houylins en esa reunión y por eso es por lo que desean que tenga una Silla.
—Quizá —dijo Seligman, tapándose una sonrisa divertida con dos dedos—. Le diré lo que yo haría, Stanley: daría a otro su sucio soborno. Y, para demostrarle lo buen amigo que soy, me presento voluntario para sacarle ese certificado de sus manos.
—¡Oh!, no se preocupe —le contesté—. Aceptaré esa maldita Silla, de acuerdo. Tan sólo que a mí no me pasará lo que al pobre Troxell, no a mí. No va a dirigir mi vida por mí.
—¿Qué hay del artículo? —preguntó Seligman—. ¿Quiere que siga corrigiéndolo?
—Esperemos unos días —le contesté—, hasta que sepamos qué es lo que se proponen.
Fui a una prueba para la Silla la semana siguiente. Era un proceso remarcablemente sencillo. Tan sólo me senté en el regazo electrónico de esa máquina de ellos durante unos quince minutos, mientras su computadora grababa los detalles íntimos de mi físico. Entonces fui al departamento de accesorios y estudié lo que estaba disponible en aquel momento. Pasé por alto los cacharros realmente decadentes como el rascaespaldas y el manicurista y el masaje para pies y el lavabo automático y me quedé con las cosas de simple sentido común como la TV y el sistema de sonido multifónico y el suministrador de bebidas. Estuve a punto de dejar correr también el Aliment-o-Matic, por un simple reflejo de protesta, no deseando que ninguna maldita máquina me alimentase como a un bebé. Pero entonces ellos me señalaron el ahorro financiero que ello suponía; después de todo la Compañía Sillera mantendría el Aliment-o-Matic repleto sin cargo alguno, y si alguna vez abandonaba mi empleo (como de hecho hice tres semanas después de que me fuera entregada la Silla) me vendrían bien comidas gratis. Qué infiernos. Después que acepté el Aliment-o-Matic, parecía una tontería el no quedarse con el resto de aquella basura, considerando que no tenía que pagar por nada de ello. De acuerdo, tal vez nunca usase ese maldito manicurista o el rascaespaldas o el masaje de pies o las demás tonterías, pero era gratis, ¿no? De cualquier forma, llevo ya tres meses en la Silla y, en mi opinión, la charla de ventas de Kerslake no llegaba a reflejar la verdad. Quiero decir que siempre me gustó la comodidad, pero nunca hubiera supuesto lo que el lujo significaba hasta que me senté en esta maravilla. Todo el cuerpo de uno flota en el blando y dulce regazo de una nube; cada articulación y depresión encuentra un lugar donde descansar; cada músculo, por pequeño que sea, se relaja. Sí, Troxell tenía razón. ¡Qué tonto que era al reírme de él! No hay duda que la Silla es una forma de vida. ¿Qué bien me estaba haciendo ese continuo correr a la caza del dinero? ¿No era tan sólo la comodidad lo que yo estaba buscando, la pura y simple comodidad? Pues esto es lo que tengo ahora, cada minuto de cada hora de cada día. Sí, Troxell tenía razón y yo estaba equivocado, y todas esas cosas que le dije fueron pronunciadas debido a la ignorancia y a un falso orgullo. Una Silla no es tan sólo espuma de goma y reostatos y palancas y engranajes. Una Silla es cariño y ternura y cuidado; una Silla es desprendimiento y generosidad; una Silla es protección y santuario, y sí, una Silla es algo más. Troxell nunca me lo dijo y Gildhampton tan sólo lo insinuó, pero ahora sé que una Silla es algo más. Mi Silla, mi Silla. Mi amada Silla.