Doug Kelton despertó en medio de la noche bajo el ruido de la fronda, cuyas ramas crujían en el bosque como el aparejo de un gran velero; con los silbidos dulcemente modulados de los lagartos que saludaban a las lunas nuevas, con el intermitente arrullo de un ave nocturna en el fondo de la espesura.
Estiró lentamente los músculos de su cuerpo, minuciosamente, uno por uno, cuidando de no despertar a la mujer que reposaba a su lado. Era el momento para una pausa de soledad.
Miró a su compañera. Apartó los largos mechones sedosos de su cabello y contempló su rostro perfecto. Aspiró su fragancia. Era un aroma leve y perfumado, demasiado perfecto, demasiado limpio, demasiado… aséptico. Una mujer no debería oler así, no bajo menos ajenos firmamentos.
Se preguntó cómo olería la mujer de Slair, y la de Dexter. Se sonrió a sí mismo con torcida fatuidad. De ser él juez de los seres, la mujer de Blair despediría un vaho de miedo y sudor, mezclado con basto perfume. La mujer de Dexter no olería en absoluto.
Los oscuros y confusos pensamientos asaltaron de nuevo su mente, tal como lo hacían cada noche durante aquella última semana. Pero hoy había algo diferente en ellos, sentía cómo una decisión se iba abriendo paso hasta la superficie de su turbada mente, una decisión que hasta entonces había intentado firmemente evitar.
No seas tonto, se dijo a sí mismo. Has conseguido aquí todo cuanto un hombre puede desear: el jardín de un planeta, colmado de alimento, sin ninguna forma de vida peligrosa…
Sin embargo, halló a su mente formando la fría imagen de acero de la astronave.
¡Idiota! La mujer de tus sueños, la perfecta compañera…
Dexter y Blair son dichosos. Ellos no tienen como tú ningún sueño desazonado, han logrado exactamente lo que deseaban. Ellos…
Los imaginó en las cabañas próximas, y su cara se avinagró. Aquél era uno de los motivos por los que no podía dormir.
Blair pegaba cada noche a su mujer. A ella, desde luego, le gustaba. No podía impedir que le gustase, del mismo modo que no podía impedir el disfrutar siendo su esclava durante todo el día: sirviéndole el desayuno en su hamaca por la mañana, lavándole, vistiéndole, afeitándole, peinándole, limpiándole los pies por la noche y secándolos empleando como toalla su propia cabellera rubia. Después, la paliza diaria y… Kelton no quería pensar en lo que ocurría entonces.
Pero a ella le gustaba aquello, quería a Blair. Amaba cada minuto, cada instante, cada golpe o bofetada, cada estúpida y mezquina indignidad. En realidad no podía impedir que le gustara.
Blair, cuando menos, podía comprenderlo vagamente. Para él, una mujer era simplemente un animal, algo sobre lo cual debía imponer la propia voluntad con la mayor amplitud posible. Era una actitud ni insólita ni infrecuente. Cuanto más rebajaba a su mujer, más se elevaba él. Blair no era ningún monstruo. En la Tierra, bajo condiciones normales, con una mujer real, sería mantenido a razonable raya por la fuerza de la personalidad de ella. Pero aquí…
Dexter, por su parte, era algo distinto.
Dexter estaba retrogradando, y aquello resultaba horrible de contemplar. Su mujer lo despertaba por la mañana, con suavidad pero con firmeza, lo empujaba cariñosamente fuera de la cama, se cercioraba de que se lavaba, afeitaba y cepillaba sus dientes, le proporcionaba un desayuno nutritivo y bien equilibrado, una comida razonablemente ligera y una cena superindulgente. Se aseguraba de que se fuera a la cama a una hora conveniente, y le privaba del empleo del racionamiento de tabaco y alcohol llevados por la astronave.
El pensamiento de ambos revolvía la bilis de Kelton. En un sentido muy real, Dexter estaba viviendo con la imagen de su madre. Kelton lo hallaba nauseabundo. Sentía constantemente el deseo de dar un puñetazo en los dientes de la mujer de Dexter, hundírselos en su melosa garganta.
Pero desde luego, a Dexter le gustaba cada minuto de aquello. Y a ella también.
Kelton sintió a la mujer agitarse en su sueño junto a él. Sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. Aquélla era la mujer con que había soñado, la mujer ideal de toda una vida. El vivir con ella era como tocar una melodía en compañía de un virtuoso, como degustar un plato exquisito preparado por el mejor cocinero robot de la galaxia. En realidad, ella le conocía a él mucho mejor de lo que él se conocía a sí mismo. Y lo quería literalmente con cada una de las fibras de su ser.
Sería una locura el abandonarla.
Pero era una locura mucho mayor el quedarse.
Aún cuando el planeta pareciera ser el jardín de un mundo, una verdadera joya, ellos se habían atenido a las instrucciones. Kelton posó la astronave en un amplio claro de un bosque, al sur del ecuador del continente más extenso. Antes de abandonar el aparato lo cercaron con una sólida valla, y Blair efectuó un completo análisis atmosférico, mientras Kelton comprobaba los microorganismos que pudiera contener el aire. El robot de la astronave fue enviado a explorar la zona, en previsión de la presencia de posibles bestias peligrosas.
Había un dicho entre los hombres de Inspección: «los planetas son como las mujeres, no son las feas las peligrosas». Lathrop III había sido un bello planeta, y lo que eventualmente ocurrió allá fue una de las razones por las que todas las naves de Inspección se hallaban ahora equipadas con veinte Matadores de Planetas, proyectiles dotados de cabezas atómicas de cien megatones de cobalto y sodio cada una, las bombas más indecentes que el hombre haya construido a lo largo de su existencia.
Pero el aire resultó perfecto, todos los antibióticos y viricidas de uso general eran más que sobrados para combatir a los microorganismos locales, el robot no tuvo entorpecimento alguno, y así, al segundo día, salieron al exterior.
Había varias buenas razones por las que un equipo preliminar de investigación se compusiera siempre de sólo tres hombres. La primera de todas era que se precisaban tan sólo tres especialidades básicas para efectuar la evaluación previa de un planeta: geología, ecología y xenología.
Pero la cosa más importante era que tres había sido siempre un número estable. En cualquier decisión habría siempre una evidente mayoría. No podían formarse nunca pandillas, puesto que la mayor posible se componía de dos, y dos era siempre la mayoría.
El planeta no presentaba ninguna muestra de vida inteligente, por lo que Blair, el xenólogo del equipo, podía tomarlo con calma. Kelton, el ecólogo, y Dexter, el geólogo, realizarían los informes que determinarían si aquel planeta merecía la pena de una evaluación en gran escala para la colonización.
La primera reacción de Kelton en cuanto al planeta fue un suspiro de satisfacción. La atmósfera tenía un contenido ligeramente más elevado de oxígeno que la de la Tierra… lo bastante para hacerle a uno sentirse grande sin caer en el desvarío. El aire olía puro y fragante, con el aroma de las cosas que crecen y se desarrollan incontaminadas por la bruma, los rancios hidrocarburos o cualesquiera de los demás inevitables productos atmosféricos inherentes a una civilización industrial.
Kelton se sintió como un chiquillo en el campo.
—Es un planeta-joya —dijo Larry Blair—. Diez mil bonos de crédito.
—¿Es que no piensas nunca más que en el dinero? —bufó despectivamente Curt Dexter.
Blair le miró de reojo.
—Aquí sólo hay otra cosa que merezca la pena de pensar en ella —respondió—. Y cuando uno está enjaulado durante seis meses en una astronave de Inspección no resulta muy saludable insistir demasiado sobre ello.
La respuesta de Dexter fue un fruncimiento de ceño. En circunstancias corrientes, Blair y Dexter se habrían entendido probablemente muy bien. Pero cuando tres hombres se encuentran aislados juntos durante meses, las cosas pequeñas adquieren grandes proporciones y la fricción es inevitable.
Pero considerándolo todo, pensó Kelton, componían un equipo bien conjuntado. Y un planeta como aquél era precisamente lo mejor para solucionar las cosas.
Kelton rió.
—No cuentes con tus créditos antes de atraparlos, Larry. El que no haya nativos a los que echar el toro no significa que este planeta no haya sido ya evaluado. Algunos de nosotros tendrán que trabajar para la subsistencia.
Estas palabras parecieron zanjar la tensión. Hasta Dexter estaba sonriendo.
—Está bien, campesinos —dijo Blair—. Curt, tú excavarás buscando oro, y Doug puede hacerlo para atrapar animales. En cuanto a mí, yo inspeccionaré.
El trabajo preliminar se hizo muy pausadamente. Dexter hizo simples sondeos del terreno y los substratos. Kelton coleccionó muestras y tomó fotografías. Blair ayudó a extraer algunas.
El informe geológico fue favorable. La corteza del planeta contenía todos los materiales necesarios para el establecimiento de una potente colonia industrial. Debido a que el planeta era más bien joven, habría escasez de combustibles fósiles, pero existían en cantidad elementos radiactivos, aparte de que estaban lejos de no poder subvenir a las necesidades las cantidades existentes de carbón y petróleo.
Un informe ecológico, sin embargo, debe ser más detallado. Había sido bastante fácil determinar que la bioquímica del planeta era lo suficientemente aproximada a la de la Tierra como para que los colonos no tuvieran que importar la suya propia. Las formas de vida locales eran muy comestibles.
Pero un ecólogo debe buscar cosas más sutiles. Los archivos de Inspección estaban repletos de informes de planetas con bioquímica terrestre, y que sin embargo no se hallaban en los límites debidos, por lo que no se podían colonizar. Las bestias de rapiña podían ser demasiado activas y demasiado grandes, o las ecologías locales podían encontrarse en un equilibrio tan delicado que una colonia podría producir una catástrofe planetaria. En algunos planetas había organismos clave que, siendo mortales para los humanos, eran absolutamente necesarios en la cadena sustentadora del planeta, por lo que no podían ser eliminados sin destruir las bioformas del mismo.
No parecía haber nada semejante aquí, pero…
Kelton examinó de nuevo las plaquitas de vidrio de los dos microscopios. No podía ser, y sin embargo… era.
Dos idénticas secciones celulares de dos al parecer iguales lagartos hembras, los pequeños comedores de insectos que silbaban tan dulcemente por la noche.
Los dos lagartos eran idénticos, órgano por órgano.
Y sin embargo, las células eran diferentes.
Las diferencias eran sutiles, pero resultaban evidentes bajo un buen microscopio. Dos hembras de la misma especie, exteriormente idénticas. Pero compuestas por dos diferentes clases de protoplasma.
Igual que los insectos.
Igual que cualquier otro organismo del planeta, de entre los que había estudiado y que eran sexualmente diferenciados.
Kelton se rascó la cabeza. Hablando funcionalmente, las formas más elevadas tenían los acostumbrados dos sexos. Pero, a nivel celular, ¿había allí… un tercer sexo?
No era ésta tampoco la respuesta. Los machos y las… llamémosles «hembras A», tenían idéntica estructura molecular. Pero las «hembras B» eran diferentes. Las mismas especies, pero distinto protoplasma.
Gruñó desconcertado. Sabía que sería imposible el hacer un informe positivo hasta que lo descifrara. Era un factor demasiado amplio e ignoto. Se precisaba más trabajo, mucha más labor. Tendría que efectuar un estudio estadístico. ¿Cuál era el porcentaje de las «hembras A», y cuál el de las «hembras B»?
Y cosas más importantes aún. ¿Qué significaba aquello? Parecía ser como un módulo. Las células de los machos y de las «hembras A» se diferenciaban de una a otra especie, era natural. Pero las «hembras B» de todas las especies tenían la misma estructura celular y el mismo protoplasma.
Resultaba como si hubieran diferentes fases en el ciclo vital de un mismo organismo.
¿Un organismo que había pasado por los estados de reptil, insecto y mamífero? ¿O un organismo que en los varios peldaños de la escala animal remedaba a todo otro organismo del planeta?
Estaba empezando a llover. Las gruesas gotas de agua se aplastaban sobre el gran enramado que formaba el techo y las paredes de la cabaña. Era una lluvia queda y suave, pacífica, como la mayor parte de todo lo que había en aquel planeta.
Kelton suspiró. ¡Sería tan cómodo pasar el resto de mi vida aquí!, pensó. Notó el reconfortante calor de la mujer a su lado. Pensándolo bien, se dijo, ¿qué probabilidad hubiera tenido él jamás de encontrar en ningún lugar una mujer como aquélla?
Una mujer real como aquélla.
Intentó aborrecerla. Era una forma de vida ajena, ni siquiera era humana. Pero haría falta un buen microscopio para demostrarlo.
Trató de representarse los comienzos de su vida: una informe mezcolanza de protoplasma bajo una rama muerta, en el suelo del bosque…
Pero aquello no servía de nada. Pensándolo bien, todos los hombres y todas las mujeres han nacido, en último análisis, del mismo lodo amorfo. ¿Importaba realmente que otros tomaran forma en el interior de un seno materno, mientras que la mujer que estaba ahora a su lado hubiera brotado ya tal como era ahora de una gigantesca masa amorfa?
Con sus brazos enteramente humanos rodeándole, con su aroma mejor que humano rodeándole, resultaba difícil que la biología de la situación tuviese cualquier significado real para Kelton.
Recordó el hallazgo de aquel primer teleplasma, bajo una rama muerta. Su inmediata reacción, pese a su formación de biólogo, fue de repugnancia.
Había dos diferentes estados dentro de la misma cosa, allí sobre el suelo del bosque. Uno era como una pasta, la del mismo translúcido protoplasma, semejante a una gelatina, como de un metro treinta de diámetro. Y en torno a su periferia y moteando su superficie, una especie de quistes, como capullos de varios tamaños, desde el de un guisante hasta el de una sandía. Era evidente que los capullos estaban formados por la misma materia que el globo de gelatina.
Kelton radió en demanda del robot de la astronave, y veinte minutos después llegaba el mecanismo, un tanque oruga con diez brazos semejantes a botavaras, rematados por un completo surtido de sopletes, cortadores, escoplos, barrenadores y garfios manipuladores. Kelton ordenó al robot que trasladase el objeto del suelo a su jaula de muestras.
El robot cortó con su perforador un círculo en el césped, en torno al globo, de aproximadamente unos cincuenta centímetros de profundidad. Luego insertó una estrecha punta de soplete en el fondo de la ranura, lo giró de manera que apuntara al disco de césped sobre el que se hallaba el globo, y cortó con él por debajo del disco. Deslizó cuatro garfios bajo éste y lo alzó suavemente a través de la abertura de su parte posterior, con el globo aún en su centro, al igual que un lechoncillo sobre una fuente.
Kelton condujo al robot de nuevo a la astronave.
—¿Qué diablos es eso? —gruñó más tarde Larry Blair, arrugando la nariz ante el globo instalado en la jaula de muestras—. Parece como un plato de jalea con un panal.
—Todavía no estoy seguro —respondió Kelton—. Pero en este ungüento puede hallarse el germen de lo que busco.
—¿Qué?
—¿Recuerdas lo que os dije sobre la existencia de dos clases de hembras en este planeta, el tipo A y el tipo B?
—Sí. ¿Y…?
—Pues bien, hice un corte celular en uno de estos capullos. Y resultó ser protoplasma de hembra B.
—Así pues, es una fuente de jalea hembra B con panales.
—¿Sospechas lo que hay en el interior del capullo, Larry?
—¿Cómo habría de saberlo? —respondió impaciente Blair—. ¿Una muñequita como las que se meten en la masa de los pasteles?
—Un lagarto hembra B.
Blair bizqueó.
—¿Un qué? ¿Quieres decir que esa cosa incuba y expele lagartos?
Kelton señaló inquieto al globo cubierto de capullos.
—No precisamente sólo lagartos, Larry —dijo—. Insectos, culebras de agua, aves de fronda, cuclillos… Hay docenas de especies diferentes en estos capullos. Y cada una de ellas pertenece al género hembra B.
—No lo capto.
Kelton hizo una mueca.
—No te preocupes demasiado por ello, Larry. Yo soy el ecólogo, y tampoco sé aún si lo comprendo. Todo cuanto tengo es una teoría medio fabricada. Supongamos que la vida se produce en este planeta como en todos los demás… a través de miles de especies diferentes. Luego, y de la manera que sea, algo nuevo se muda bajo este sol particular. Una clase diferente de organismo informe, amorfo, como una ameba, pero no microscópico, sino grande. Tiene que crearse con esfuerzo un nicho ecológico para sí mismo. No es un ser de rapiña. Ni un parásito siquiera. Ni un simbiótico. Al principio, acaso comience remedando las cosas. Organismos simples. Luego se produce una nueva mutación, y el objeto se hace… no sensible, sino consciente, de manera telepáticamente burda, aunque a nivel celular. Llama ahora a la cosa teleplasma. Es una forma enteramente diferente de vida, una nueva clase de protoplasma.
—Estás empezando a darme náuseas —dijo Blair, no pareciendo decirlo en broma en absoluto.
—No te lo censuro. Esa cosa es más que una forma de vida ajena. Es un concepto completamente distinto de la misma vida. El teleplasma se hace consciente de otros organismos, a nivel celular, a un nivel orgánico. Al igual que todos los organismos, debe competir por el alimento y el espacio vital. Pero de una nueva y fantástica manera. Es amorfo, sin forma propia. Toma la forma de los organismos que lo rodean: lagartos, cuclillos… de todo. Tiene la habilidad de imitar cualquier forma de vida, órgano por órgano. ¿Cómo podría constituirse así una existencia cómoda?
—¿Y cómo habría de saberlo yo? No soy ninguna fuente de jalea.
—¿Quién paga el alimento de una mujer?
—Su marido… ¡Oh, santo Dios!
—Sí, Larry. Eso es. Las hembras del tipo B son teleplasmas. Comienzan su vida como un globo de sustancia gelatinosa. Luego un organismo macho se cuela, y el teleplasma lee de la manera que sea la imagen de su cónyuge ideal, e imprime el molde en una parte de sí mismo. Así se forma un capullo. Al abrirse éste aparecerá un insecto, o un lagarto, o un cuclillo hembra. Una hembra tipo B. Y hay otra novedad. Las hembras del tipo B son mejores que las del tipo natural A. Antes de haber hallado el teleplasma hice un estudio estadístico de las hembras en esta zona. El setenta por ciento son del tipo B. El teleplasma se halla expulsando a las hembras naturales.
—¿Por qué?
—Porque el teleplasma forma hembras de acuerdo con las imágenes que obtiene de los respectivos machos.
—¿Quieres decir una especie de hembras hechas a medida para sus machos?
—Más o menos. Y así, siete de cada diez machos parecen preferir la clase B.
—¡Vaya éxito! —rió Blair—. ¡Sería una lástima que esto no sirviera también para nosotros! Todo lo que tendríamos que hacer sería concentrarnos soñando con las damas más encantadoras de la Galaxia e, inmediatamente…, ¡a esperar!
Durante los días siguientes, Blair tuvo frecuentes motivos de risa, especialmente cuando trataba de pinchar al duro Dexter para que le revelara la clase de mujer que le gustaría saliese del protoplasma.
Pero cuando, dos semanas después, una vez hubieron incubado todos los capullos, el teleplasma comenzó a crecer y a crecer, formando finalmente tres grandes capullos de tamaño humano, la cosa cesó de prestarse a ser tomada a broma.
El breve aguacero había pasado, y una fresca brisa hacía crujir y gemir los frondosos ramajes de la arboleda. Por lo general, había en aquel susurro un sonido arrullador propicio al sueño…
Pero Kelton sabía que no volvería a dormir aquella noche. Sentía que, fuese de la manera que fuese, aquélla era la noche en la que toda su vaga inquietud, toda su sensación de error, se fundiría en una decisión. La hora de la contemporización había pasado.
Y en lo más profundo de sí mismo sabía ya cuál habría de ser esta decisión, aunque hasta ahora se negara a admitirla.
Lo mismo que ellos tres habían sabido desde un principio lo que esperaban que naciera de aquellos capullos, mucho antes de que incubaran…
Y cuando llegó el día, cuando las envolturas de los capullos comenzaron a resquebrajarse y a desplegarse, los tres hombres esperaron paralizados junto a la jaula de muestras, con miedo hasta de pensar…
La vida se agitó en el interior de los capullos, y se removió contra las arrugadas envolturas, pugnando por nacer.
—¿No deberíamos… no deberíamos abrirlos? —murmuró Dexter.
—No —siseó Kelton con una ferocidad que le sorprendió incluso a él mismo—. Quiero decir que… bueno, no creo que fuera lo debido.
—Doug…, ¿crees que haya realmente mujeres ahí? —preguntó Blair.
—Depende de tu definición, Larry. Pero en esta zona no hemos visto seres tan grandes como para tener hembras tan voluminosas… excepto nosotros.
—¿Pero serán inteligentes? —dijo Dexter.
—¿Es que hay alguna dama inteligente? —chasqueó Blair nervioso.
—No lo sé, Curt —dijo Kelton, ignorando a Blair—. Si el teleplasma es realmente telepático, entonces sería reproducida completamente nuestra imagen subconsciente de una mujer…
Los capullos se estaban abriendo. Las criaturas que estaban en su interior los apartaron a un lado y se pusieron en pie.
Los tres hombres quedaron simultáneamente boquiabiertos.
Una de las mujeres era rubia, de amplias caderas y mirada sumisa.
La otra era morena, bien formada, de rostro de mayor edad, más tranquilo y maternal, con un cuerpo joven pero un tanto reposado.
Kelton sabía que la tercera era la suya.
Era una mujer alta y trigueña, de cuerpo un tanto más relleno que cenceño. Su negra y poblada cabellera caía sobre sus hombros hasta su espalda. Sus ojos eran profundos, de un intenso color verde, grandes y traviesos. Reían por sí mismos, prometiendo cosas innominadas.
Kelton sintió que algo se volvía fuego líquido en su interior y sus piernas comenzaron a temblar.
—¡Larry! —dijo con un gritito agudo la rubia, abalanzándose hacia Blair.
—Curt, pequeño —suspiró la matronal belleza, envolviendo a Dexter en un gran abrazo.
Pero Kelton apenas se dio cuenta de lo que ocurría con sus dos compañeros. Su mirada estaba fija en la tercera mujer, que le hablaba suavemente, con una voz de terciopelo.
—Hola, Douglas —susurró—. Has estado esperándome toda la vida. Y yo a ti.
Le acarició el pelo con una mano suave y perfecta, acercó su rostro al de él, y todo el pensamiento se detuvo.
Estaban tendidos sobre la hierba, en el lindero del bosque. Kelton tenía apenas unos confusos recuerdos de las pocas horas pasadas. No podían haberse hablado mutuamente más que una docena de palabras, pero él sabía ya que estaba totalmente, desesperadamente enamorado de aquella extraña e inteligente criatura.
Ella parecía conocer cada pulgada de su cuerpo y de su mente, cada pequeña idiosincrasia personal, toda la clase de cosas que hubieran llevado meses a una mujer descubrir en un hombre. Todo.
La tenía en sus brazos, inhalando su perfume increíblemente dulce. Una parte de él sabía que tenía ante sí algo no humano, que aquella extraña criatura había nacido de un informe capullo allá en la jaula de muestras, que lo que debería sentir ahora era repugnancia, aversión…
Pero no podía ser así. Ni su cuerpo ni su mente podían aceptar que no se trataba de una mujer, de la más perfecta mujer que jamás conociera.
—Hijo de mi mente… —musitó.
—¿Qué, Douglas?
—He dicho hijo de mi mente. Eso eres tú, ¿no es así?
Ella rió musicalmente.
—¡Qué idea tan linda! —suspiró—. Una encantadora manera de pensar en ello. Sólo que yo no me siento como tu hija —rió.
Kelton se incorporó sobre un codo y miró su sonriente rostro.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—¿Qué quieres decir, Douglas?
—Bueno, ya comprendes…, ¿eh?…, cómo llegaste a ser…
Ella rió nuevamente, dándole un suave beso.
—¡Pobre Douglas! —dijo—. No tienes que preocuparte por ofenderme. Ya sé que no he nacido como las demás mujeres.
—Entonces… ¿cómo has nacido? ¿Por qué?
—Pues… Primero, durante muchos años, fui tan sólo una idea en tu mente, una esperanza, un sueño, aguardando cobrar forma. Yo era lo que tú deseabas, una parte de ti mismo. Luego… algo sucedió y me convertí en realidad. Tu sueño se transformó en una mujer real.
—¿Tú sabes cómo…?
—¡Douglas, Douglas! Te dije que no temas ofenderme. Sí, sé cómo nací: de eso que tú llamas teleplasma. Pero yo no siento como teleplasma: siento como mujer. Una mujer enamorada de ti —rió suavemente—. ¿En qué soy diferente de las demás mujeres? ¿Bajo un microscopio quizá? ¿Es que acaso planeas amarme bajo un microscopio?
Kelton rió también para despejar su melancolía.
—Bueno, sería diferente —dijo.
—¡Éste es mi Douglas! Éste es el hombre al que conozco y quiero.
—¿Me conoces realmente? Sólo tienes unas pocas horas de edad.
—Es cierto. Pero, en otro sentido, tengo tanta edad como tú. Te he conocido toda tu vida. Yo soy lo que siempre deseaste en una mujer, y parte de lo que deseas es una mujer que te conozca y ame por completo. Ahora ya la tienes. Para siempre.
—Te creo —dijo él—. No lo comprendo totalmente, pero creo. A ti no te importa cómo naciste, ¿no es así?
—Sí. No importa lo que yo era; importa sólo lo que soy ahora. Una mujer. Tu mujer. Por entero y para siempre.
Kelton la tomó entre sus brazos, la miró muy fijo a los ojos, y el pensamiento se detuvo.
Pronto amanecería, y a la luz de aquel sol ajeno sería preciso actuar. Sabía que, de los tres hombres, él era el único capaz de tomar aún una decisión racional.
Teóricamente no había capitán en una nave de Inspección. Sería ridículo nombrar a un hombre comandante de una tripulación de dos. Pero los equipos de Inspección no se constituían al azar. Kelton era el más introspectivo de los tres, el hombre con un sentido de la responsabilidad mucho más desarrollado, la personalidad dominante. Y él lo sabía. Podía ser dominado por los otros dos, puesto que su posición de jefatura era puramente extraoficial. Pero él había sido siempre el jefe, y Blair y Dexter lo habían reconocido tácitamente así.
Pero ahora, y Kelton lo sabía, no formaban ya un equipo, sino tres individuos aislados. Las cosas que hasta entonces les habían mantenido juntos —un trabajo a efectuar, un planeta al que trasladarse— no tenían ya significado.
De las cosas que habían convertido a los tres hombres en un equipo de Inspección sólo quedaba ahora una: la astronave. Se precisaba únicamente un hombre para manejarla, y los tres miembros de un equipo de Inspección eran siempre experimentados pilotos.
Pero Blair y Dexter no querían ya ni acercarse a la astronave. En realidad, desde el día en que las tres mujeres surgieron de los capullos, apenas habían tenido ningún contacto el uno con el otro, ni tampoco con Kelton. ¿Para qué mantener este contacto? El trato con otras personalidades independientes supone conflicto; significa que la voluntad de uno no siempre se doblega. Y esto supone aceptar a veces un acomodo, un compromiso.
Se habían vuelto como chiquillos, pensó amargamente Kelton. Mocosos echados a perder por los mimos. Andaban tendidos todo el día por los alrededores de sus cabañas, y obtenían todo cuanto deseaban con sólo levantar un dedo, sin la menor discusión. La mujer de Blair era su esclava, y la de Dexter una madre indulgente. ¿Por qué volver así a una vida que era menos perfecta, a mujeres que hacían peticiones, que tenían pensamientos e impulsos propios? Ambos estaban satisfechos, y ambos planeaban pasar el resto de sus vidas allí, en aquel jardín de planeta, con sus mujeres.
Con sus perfectas mujeres.
Había sido preciso un gran esfuerzo mental, pero Kelton había comprendido finalmente que las mujeres de Blair y Dexter eran perfectas para ellos, aun cuando a él le pareciesen grotescas caricaturas de lo que debía ser bajo su concepto una mujer. Ahora bien, estas caricaturas habían estado en sus mentes desde el comienzo: para Blair, una mujer era algo menos que un ser humano, una esclava deseosa de servir y atender cualquier deseo o antojo de su dueño y señor; para Dexter, una mujer era algo más que un ser humano, la fuente, el manantial de toda satisfacción, la realizadora de todos los deseos.
No podía haber, pues, ninguna envidia entre ellos. Aquellas mujeres estaban formadas para colmar los deseos y las apetencias únicamente de sus compañeros, por muy pueriles y neuróticas que fueran.
Cambiarlas por otras sería como cambiar un cepillo de dientes.
Kelton sabía que, de desearlo, la astronave sería suya. Podría marcharse con ella y abandonarlos, y a ellos no les importaría lo más mínimo, puesto que no tenían el menor deseo de regresar a la Tierra, y lo pasarían igualmente bien sin él.
¿Pero por qué deseo marcharme?, se preguntó. Tengo también mi mujer perfecta, ¿no es así? Para Blair, la mujer es la esclava; para Dexter es la madre. ¿Qué es la mujer para mí, para no hallarme satisfecho? No puede ser que no podamos… Bueno, personalmente nunca me importó demasiado. Y yo sólo formulé la pregunta casualmente…
Paseaban por la umbrosa floresta, cuyo frondoso ramaje se mecía lentamente a impulsos de la brisa, y a través del cual se filtraba el sol, salpicando el suelo de motas de luz. Entonces hizo la pregunta.
—No, Douglas —respondió ella—. No podemos tener hijos. —Frunció el entrecejo—. ¿Es que realmente te importa?
—No —dijo él con sinceridad—. Únicamente me sentía curioso. Una curiosidad científica: después de todo, soy biólogo. ¿Cómo te sientes tú…?
Ella rió cariñosamente.
—Douglas, ¿he de estar diciéndote siempre que no me ofende hablar de ello…, que no me hiere? Sé lo que soy, y no me avergüenza. ¿Por qué debería…?
—Lo siento —cortó él.
—No hay nada que sentir. Únicamente te pido que lo tomes de la misma manera que yo. Respondiendo a tu pregunta, yo no puedo tener descendencia. No como las demás mujeres. Cuando te hayas ido… Bueno, quiero decir…
—¿Quién siente temor ahora a decir la verdad? —respondió él con dulzura—. No tengo ninguna esperanza de ser inmortal. Cuando yo muera. Muy bien: ¿entonces, qué?
Ella se ruborizó ligeramente.
—Cuando tú… —dijo— no estés ya más conmigo, yo moriré también. En cierto modo, es un bello pensamiento. Yo he nacido para amarte, y cuando ya no te tenga, no existiré más en la forma que me dio tu amor. Volveré a disolverme en teleplasma, sin recuerdo ni pesar alguno, hasta que algún otro, o algo, venga a mí y…
Como fuera, aquello le lastimó. No tanto la idea de que ella le sobreviviese, sino que pudiera convertirse luego en tantos lagartos, insectos o cualquier otra cosa, una vez que él se hubiera ido, puesto que allí no habría ya otros hombres para convertir su protoplasma en otra mujer: él y Dexter y Blair eran los únicos que jamás habrían visto el planeta, y…
¿O no lo serían?
Kelton conocía la doctrina de Inspección. Cuando una nave no volvía se la buscaba, y la búsqueda no terminaba hasta que era hallada. Aquello podía llevar un año, o una década, o un siglo, pero Inspección hallaba el planeta. No era cuestión de altruismo, sino de protección. Si una astronave no regresaba, aquello significaba la existencia de algo que le había impedido volver, y Tierra tenía que saber qué era ese algo antes de que pudiera arrebatarle más astronaves u ocurriera alguna cosa peor. Este algo podría ser alguna raza inteligente hostil, o una forma de vida mortal, y el hombre podría hallarse en grave peligro sin saberlo, caso de que Inspección no siguiera la pista de todas sus astronaves perdidas.
¿Qué sucedería si no supieran de ellos durante algún tiempo?
Kelton daba por seguro que otros hombres recorrerían más pronto o más tarde la superficie de aquel planeta. Aquello era inevitable.
Y, por alguna insondable razón, el pensamiento le colmaba de indecible terror.
Los primeros rojos rayos del alba se filtraron a través del enramado de la cabaña. Kelton sabía que estarían haciendo destellar el plateado casco de la astronave…
Paraíso, pensó; el planeta es literalmente un paraíso para el hombre. Besó suavemente el cuello de la mujer. Es curioso, siguió. Ninguno de nosotros les ha dado un nombre. ¿Por qué?
Estaba comenzando a comprender. La criatura que dormía a su lado no era una mujer: era la Mujer, vista a través de los ojos del hombre, su personal deseo colmado. Él era su vida entera, de manera literalmente absoluta: ella no tenía ninguna existencia independiente propia, como lo probaba el que cuando él se marchara, ella dejaría de existir…
Y de pronto comprendió por qué Dexter y Blair estaban totalmente complacidos y él no. Para Dexter, la mujer era madre; para Blair, esclava; nada más. Ninguno de los dos poseía la menor noción de que la mujer tiene una existencia independiente. En cambio, Kelton se daba cuenta de que para él la mujer siempre había sido Misterio.
Y una hija de su propia mente no podía albergar ningún misterio para él, sino tan sólo una insatisfactoria ilusión.
Aun cuando la amaba y ella le amaba a él, a pesar de que ella fuera totalmente perfecta, Kelton sabía que aquello no podría ser nunca bastante.
Ahora comprendía completamente lo que antes sólo había presentido. Ahora sabía por qué le llenaba de temor la idea de que otros hombres recorrieran aquel planeta. El setenta por ciento de las hembras de aquel planeta eran teleplasma…
El teleplasma estaba desplazando a las hembras auténticas.
Ahora sabía que no era por sí mismo que había sentido miedo, sino por toda la raza humana.
Porque ¿qué ocurriría cuando los hombres supieran de aquel planeta y sus características? ¿Qué sucedería cuando llevasen teleplasma a la Tierra, como inevitablemente harían?
¿Qué ocurriría a las mujeres reales, a las que eran algo más que el reflejo de los deseos del hombre, a las que tenían mentes, y sueños, y deseos propios?
¿Quién engendraría a las criaturas de la raza humana? ¿Por cuánto tiempo seguiría siendo una raza humana?
Comprendió, y supo lo que debía hacer. Pero en aquello no había ningún consuelo para él. Era como un cuchillo clavado en su corazón, pues la criatura dormida a su lado sabía sólo que sentía como mujer y que lo amaba con cada fibra de su ser.
¡Dios!, pensó desesperadamente. Yo la amo también…
Pero sabía lo que debía hacer. La extinción de la raza humana era un precio demasiado elevado para el amor. Un precio que debería ser pagado por generaciones aún no nacidas, generaciones que nunca nacerían, a menos que…
Una parte de sí mismo había presentido desde el comienzo que el precio del paraíso era siempre demasiado elevado. Que, de tener que escoger, el hombre elegiría siempre la perfección sobre la realidad, aun cuando aquello significara a la larga la muerte.
Y no debía permitirse que existiera esta elección.
Con sumo cuidado, pulgada a pulgada para no despertarla, se zafó de sus brazos y se puso en pie. Vistióse rápidamente y, sin atreverse a mirar hacia atrás, se encaminó hacia la astronave.
Kelton la dispuso en órbita polar de noventa minutos, de manera que pasara eventualmente sobre el planeta entero.
Durante un largo instante permaneció como petrificado en el asiento del piloto, con un fusil lanzallamas en su regazo y la mirada clavada en el suave planeta verde que flotaba bajo él.
Aún puedes cambiar de parecer, pensó. Todavía puedes volver…
Y ser la otra especie de asesino, el asesino de la raza humana.
No había otra alternativa. El teleplasma significaría la extinción de la humanidad. El hombre y el teleplasma no podían compartir la misma galaxia. Otros hombres se habían enfrentado antes con aquella misma decisión ante otras formas de vida.
La Inspección tenía una expresión muy sutil para ello: Esterilización planetaria.
Se había aplicado a Tau Ceti II. Y también a Argol V. Y asimismo a Lathrop III. Y ahora debería ser éste. Cada astronave de Inspección estaba equipada para efectuar una esterilización planetaria.
Todo cuanto tenía que hacer era apretar un botón. El computador de la astronave dispararía los proyectiles a su debido tiempo, y todo el planeta sería cubierto en un exacto trazo geométrico. Veinte puntas de torpedo de cobalto-sodio eran más que suficientes para un planeta de este tamaño.
¡Perdóname, Blair! ¡Perdóname, Dexter! ¡Perdóname, hijo de mi mente!
Sabía que, por su parte, jamás sería capaz de perdonarse a sí mismo.
Pero apretó el botón.