Querido (des)conocido.
Han pasado ya dieciséis años desde que nos conocimos. ¿Recuerdas cómo fue? Ahora, mientras escribo estas líneas, las imágenes se suceden en mi memoria, una tras otra, trayéndote de vuelta. Fue un sábado en la tarde, de casualidad, como todas las cosas buenas de la vida. ¿El medio? Una conversación por chat. ¿El fin? El mío era olvidar una mala experiencia de la que fuiste parte, porque te convertiste en mi paño de lágrimas. Si me preguntas por tu propósito, no sería fiel a la verdad si te dijera que lo sé –al menos en ese momento, no lo conocía-, ahora con la retrospectiva de los años quizás lo mismo que mucha gente; huir de la temida soledad.
Todo empezó con un intercambio de información: nuestros nombres, ocupaciones, gustos, disgustos, en fin, lo típico. La verdad es que no me di cuenta del tiempo que pasamos charlando y de lo cómodos que estábamos, tal vez, por la protección que nos brindaba la pantalla y los miles de kilómetros de distancia que nos separaban. Y descubrimos que a pesar de todo -diferencia de edad incluida-, simpatizamos.
Fue ahí donde empezó nuestro intercambio de mails, creo que nos sentimos más cómodos así. Al menos tú no escribías menos de 3 folios por correo; generalmente contándome de tu trabajo y mostrándome tus escritos –los que nunca alabé por cierto-: eran preciosos. Sin saberlo dejaste que el bichito de la curiosidad se plantara en mí y más tarde diera sus frutos. ¡Ay, tus cartas! Era capaz de releerlas mil veces y sentir que estabas ahí a mi lado. ¿Lo que me gustaba más de ellas? Fácil responder a eso, me llamabas chiquita, lo usaste siempre, quizás por lo que dije de nuestra edad. Daba igual, pasara lo que pasara siempre me llamabas así. No recuerdo cuántos libros me recomendaste en los tres meses que duró nuestro intercambio de cibercorrespondencia, te alegraría saber que leí cada uno de ellos -no en ese tiempo-, sino ahora, ya de grande, con la madurez que merecen. ¿Cómo podías leer tanto si estabas en medio de tu internado de especialidad? Te imaginaba por los rincones con tu bata, estetoscopio y un libro en el bolsillo, entre paciente y paciente ojeando las páginas.
¿Qué te contaba yo? Lo que me pasaba en el colegio, lo que quería ser cuando creciera, -médica pediatra-, de los proyectos de escuela, de la carta futurista que te envié -que al final no se cumplió-. Y no lo digo con tristeza, sino con nostalgia por esos sueños de niñez tan llenos de esperanza y pureza. Aún recuerdo lo que respondiste al leerla, en realidad solo fue una frase: "Qué lindo saber que hay un nexo que me une a ti". Me sorprende saber que ese lazo, aún en la distancia y el tiempo, existe; ya no por la ciencia, sino por las palabras.
Sin saberlo me enseñaste que las palabras no eran sólo cadenas de letras que tenían sentido en esa unión, también me enseñaste que las palabras son capaces de acariciar o dañar a las personas, que ahí residía su poder: en la capacidad de crear realidades perfectas ajenas al ruido y al dolor del mundo real. Eres el responsable de que pase horas perdida entre las páginas de los libros, dejar pasar el tiempo con un lápiz y un cuaderno creando mundos perfectos donde otros sientan lo que sentí yo cuando tú creaste el nuestro.
Nos contamos tantas cosas banales e importantes, heridas incluidas, que no fue difícil llegar a querernos al punto de sentir la pena o la felicidad del otro. Una vez estaba en casa, redactando un informe y de repente me acordé de ti y comencé a llorar. Esa pena tenía una causa: el miedo a la soledad. ¿Aún sientes miedo a estar solo? Espero que ahora tengas la familia que mereces, una esposa que te quiera incondicionalmente y unos preciosos hijos – al menos me dijiste que querías dos, porque sabes lo que se siente ser hijo único-. Imagino que ya debes ejercer como médico, me gustaba saber que ayudabas a la gente. También yo ayudo a la gente, ¿sabes? Claro que de una manera muy distinta, los ayudo a descubrir su potencial, lo que pueden llegar a alcanzar si dejan atrás los miedos y se atreven a cruzar el río.
¿Recuerdas cuando llamaste a casa? Ese día contestó papá el teléfono, yo, por la sorpresa, solo era capaz de responder con monosílabos. Fue genial escucharte, aunque solo fueran unos minutos. Recuerdo que ese día al colgar, luego del interrogatorio de mi papá, imprimí todas nuestras cartas –excepto esa horrible que te escribí, todavía me arrepiento de haber escrito eso, a pesar de que te pedí perdón, el daño ya estaba hecho- y las pegué en un cuaderno, como si fuese una novela epistolar. La leía cada vez que podía, porque quería sentirte cerca, ahí conmigo.
¿Por qué nos dejamos de escribir? Yo dejé de escribirte por miedo, porque en el fondo sabía que lo que habíamos construido era más grande que cualquier cosa que hubiese vivido hasta ese entonces. El miedo controló mi vida por muchos años y por él perdí la oportunidad de conocer y sentir lo que era enamorarse. La verdad es que me perdoné por haberte perdido y en memoria de lo que vivimos dejé mi refugio y comencé a arriesgarme. Por fin entendí que vivir es eso, arriesgarse a sufrir, a ser feliz, a perder, ganar. Porque a fin de cuentas, siempre creces un poco más y aprendes cosas nuevas. Eso fue lo que me dejaste, me enseñaste lo que era querer a alguien, lo que era amar lo que haces y dejar las heridas atrás para avanzar en el camino que fue destinado para ti.
Agradezco infinitamente a la vida haberte conocido y si el destino nos vuelve a unir, solo espero que ese hilo que nos juntó, no se haya roto. Tengo hoy la oportunidad de decirte tantas cosas y solamente una las engloba a todas: Te quiero y te querré siempre por lo que fuiste para mí en el pasado y por lo que eres ahora, el recuerdo de que a veces sí es posible amar a distancia sin rostro, por medio de palabras.
Te quiere.
Tu chiquita.