10 años atrás.
—Papá, papá ¿Cuánto falta para que llegue la abuela? — pregunta Josefina entusiasmada tirando del sweater de su padre.
—Ya debe estar por llegar — responde mientras toma su manito y la lleva al reloj que está al lado de la chimenea — Cuando la aguja grande del reloj apunte al 12 y la pequeña al 5 sonará el timbre e irás a buscar a la abuela —le cuenta con complicidad. La niña admira el reloj el que debido a su estatura pareciese ser el Big-Ben hace poco había aprendido a leer la hora gracias a su abuela Helena quien pasó una tarde completa con ella contándole historias mágicas acerca del tiempo.
—Falta poquito, papi — comenta la pequeña con ansiedad en su voz mientras no quita la vista de las agujas que están en frente quizás en su inocencia piensa que solo con verlas podrán avanzar más rápido. Su padre la mira encantado — “¿Cómo es posible que no me alcance el amor que te tengo? Te quiero tanto chiquitita que por ti sería capaz de buscar la luna y entregártela”
—Por mucho que miren el reloj no va a avanzar, parejita. Mejor ayúdenme a decorar las galletas que están en las bandejas —propone Bianca observándolos con una sonrisa. Nadie más que ella sabe cuán ansiosa es su pequeña hija y lo consentidor que puede llegar a ser Carlos con ella. Así que antes que comenzasen a hacer de las suyas propuso ponerlos a trabajar en la cocina.
Padre e hija se miraron cómplices si hay algo que aman son las galletas de navidad, bueno no solamente las navideñas también las de chispitas de chocolate, las de canela, todas no había ninguna que se salvara de estos monstruos come- galletas como los llamaban a propósito del programa favorito de Josefina: Plaza Sésamo.
—¡Pintar galletas! —anuncia Jose entusiasmada. Sin más corre a la cocina olvidándose de todo, mientras sus padres la contemplan con ternura.
—Vamos antes que la cocina se convierta en una obra expresionista. —Bianca toma la mano de Carlos y se van tras la pequeña.
Una vez en la cocina y con ayuda de su padre la niña se sienta en un taburete mientras su madre coloca la bandeja con las galletas frías para poder decorarlas, Carlos por su parte acerca la bandeja con los colorantes y las granas de colores. La mirada de la niña brilla de la emoción lo que para ella es un juego más tarde se convertirá en magia porque como le dice su abuela Helena : “La vida está llena de magia solo tienes que saber buscarla.”
Pasaron la tarde decorando galletas haciendo tiempo esperando a la abuela Helena . No había fiesta en la que su sabiduría no llenara el salón con historias que capturaban la atención de los oyentes sobre todo la de su primera nieta, la luz de sus ojos como le gustaba decirle.
Mientras preparaban las cajas de regalo y la bandeja de la merienda suena el timbre no hizo falta nada más Josefina estira los brazos hacia su papá pidiéndole que la ayude a bajar una vez hubo puesto los pies en el suelo corrió hacia la entrada y abrió la puerta bajo la atenta mirada protectora de su padre.
—Abuela Helena , te estaba esperando—Cuenta la chiquita abrazando a su abuela.
—Mi lucecita querida—responde al abrazo de la pequeña—¿Me ayudas con esta bolsita? —pide la anciana extendiéndola. Mientras Carlos ayuda a su madre con las maletas y el resto de su equipaje La niña coge la bolsa con cuidado con una manita mientras que con la otra toma a Helena llevándola al salón.
—Pero que lindo árbol—admira la anciana.
—Sí, lo decoramos con papá y mamá. Ellos me ayudaron a colocar la estrella en la punta del arbolito —contesta sentándose en el sillón al lado de Helena .
—¿Quieres escuchar la historia de la estrella fugaz? —pregunta la abuela
—Sí, sí porfa—pide la niña entusiasmada
— Una vez una estrella pequeña así como tú lloraba desconsoladamente, las demás estrellas intentaban consolarla a pesar de todo lo que intentaron para calmarla no lograron que dejase de llorar. Entonces la luna decidió acercarse e invitarla a que se quedase con ella.
—¿Por qué lloras pequeña estrella? —Le pregunta la luna mientras la deja en su regazo
—Es que no quiero apagarme—Contesta entre sollozos
—¿Quién te dijo que te apagarías? —Pregunta la luna curiosa.
—Las estrellas del norte cuentan que cuando creces te apagas y dejas de existir y no brillas nunca más—responde triste.
—Ah, es eso. Pero hay algo que las estrellas del norte no saben y que las estrellas del sur sí conocen. ¿Quieres saber qué es? — cuestiona la luna
—Sí, sí ¿Qué es?
—Las estrellas del sur tienen el poder de cumplir los deseos de los que viven allí abajo antes de apagarse—contesta la luna señalando la Tierra.
—¿Y yo puedo hacer eso? —pregunta el pequeño astro
—Tú más que nadie, pequeña porque eres una estrella fugaz. Cuando alguien te vea puede pedir un deseo que solo se cumplirá si lo pide de corazón y así cuando te apagues su sueño se hará realidad porque tú has sido el mensajero que ha escogido el Creador para que lo que los humanos sueñan se hagan realidad.
Y así la estrella volvió a sonreír porque supo que aunque su luz se apagase sería el mensajero de alguien que soñaba con todo su corazón que un anhelo se vuelva realidad.
La niña escuchaba que escuchaba atenta a su abuela preguntó: —Abu, ¿Puedo pedir un deseo a las estrellas cuando salga la luna? —cuestiona la pequeña
—Claro que puedes Jose, ¿Sabes algo? En nochebuena los deseos viajan más rápido y puedes cumplirlos. —responde la anciana
—Ya, entonces hoy pedimos un deseo las dos ¿bueno? —Propone entusiasmada Josefina
—Claro que sí pequeña pediremos juntas un deseo y verás cómo se cumple. —Sostiene la abuela
Esa noche la pequeña y su abuela pidieron al cielo lo que anhelaba su corazón el tiempo diría cuando se volverían realidad
La niñez de Josefina estaba llena de esos momentos que sin saberlo atesoraría en lo profundo de su corazón, sabiendo que cundo el gris apareciera la luz de esos momentos le indicaría el camino a seguir a ritmo de esos latidos que gritaban amor tan fuerte que podías oírlo
10 años después
—¡Jose! — la voz de Edu su hermano anunciaba que las horas de sueño se habían acabado “Los sábados son días de descanso, debería ser ilegal todo ruido antes del mediodía” —Pensó la joven. —Ya voy Edu, ya voy —contesta escondiéndose bajo las cobijas.
—¡Jose, Jose! Ya llegó la abuela— llama sacudiéndola
—¡Ey! Pero en qué momento entraste, enano— contesta con voz teñida por el sueño y la molestia
Edu es el hermano menor de Josefina, sus padres dijeron que fue un regalo de navidad que les trajo la vida, en cambio Jose pensó que las estrellas sí cumplían los deseos de las niñas buenas como ella. Aunque ahora solo quería que saliera de su habitación y la dejase dormir.
—Espera, espera, ¿Dijiste que llegó Helena ? —Pregunta volviendo a la realidad.
—Sí, la abuela está aquí papá la trajo del aeropuerto—responde entusiasmado
—¿Viene sola? —cuestiona
—No lo sé—Contesta encogiéndose de hombros. Ven a desayunar conmigo antes de que papá acabe con las galletas que mamá preparó ayer.
—Está bien, dame diez minutos y bajo al comedor ¿De acuerdo? —pide la joven
—Bueno, pero no te demores además la abuela está por llegar—advierte Eduardo Saliendo de la habitación
Era innegable Jose estaba muy nerviosa la llegada de Helena siempre era señal de buen augurio pero esta vez había algo, más bien dicho alguien que la hacía sentir inquieta Nathan el protegido de Helena , su pupilo de piano.
Hace algunos años la abuela decide radicarse en Londres para dictar clase en una de las más prestigiosas escuelas de música del país. Su terquedad la empujaba a no quedarse en casa, se negaba a quedar sin hacer nada quería sentirse útil y más teniendo setenta años recién cumplidos.
La joven y su abuela se escribían a diario no había nada que ella no supiese de su nieta es más ella era La Celestina de ese par. Con la excusa de que el joven mejorara su español le pidió a Jose que le tendiese una mano a Nathan. Desde ese día no dejaron de hablar pasaban horas frente a la computadora conversando de todo y de nada. Se volvieron confidentes el uno del otro y sin darse cuenta algo comenzó a nacer.
Hoy podrían verse, estar en los mismos sitios juntos ¿Cómo reaccionaría él al verla? ¿Se desilusionará de mí? Con esas dudas en la cabeza se preparó para bajar desconociendo lo que le esperaba. Respiró profundamente para tranquilizarse y se dispuso a bajar.
En el comedor se escuchaban risas al parecer la abuela ya estaba contando sus anécdotas y captaba la atención de todos solo quedaban tres escalones cuando pudo ver la espalda de Nathan, sintió como las mariposas aleteaban en su pancita, la abuela percatándose de la situación la saluda efusivamente.
—Josefina, querida. Que linda que estás. —Ante el saludo Nathan voltea y se percata de la presencia de la joven que desde el primer minuto capta su atención.
—Abuela, por favor me haces sonrojar—contesta la niña apenada abrazando a su abuela
—Jose, mira lo que trajo Nathan para mí— Edu muestra el tren eléctrico a su hermana.
—Qué lindo, Edu—contesta con una sonrisa acercándose sentándose en la alfombra
—Hello, Josephine— Saluda Nathan
—Nathan. How are you?
—A ver, a ver jovencitos, aquí solo se habla español. Es de mala educación excluir a los demás de las conversaciones—regaña la abuela
—Lo siento, Helena —se disculpa Josefina
—Lo siento también yo—dice avergonzado Nathan
Tanto Carlos como Bianca miraban con una sonrisa en su mirada. Su pequeña niña ya estaba creciendo. Para distender el momento Bianca los invita a todos a sentarse en la mesa a desayunar. A la abuela le asignaron la cabecera las parejas quedaron enfrentadas mientas el pequeño Edu se sentó a la derecha de su hermana mayor.
—Nathan, mi madre me contó que fuiste aceptado en el conservatorio y que comenzarás a estudiar en septiembre a régimen completo.
—Sí, estoy muy contento. Era mi sueño de niño—responde orgulloso—En septiembre comenzaré a estudiar para convertirme en concertista.
—Te felicito, querido has llegado muy lejos— le dice Helena cogiendo su mano con cariño.
—Hablas muy bien español, Nathan—observa Bianca.
—Gracias, he tenido una buena maestra—contesta mirando de soslayo a Jose quien se sonroja sin poder evitarlo.
—¿Ah sí? — Cuestiona Carlos.
—Sí, Josephine me ha enseñado muy bien. Hace dos años que comenzamos con nuestras clases.
—Josephine ¿Qué me puedes contar al respecto? —Bromea su padre.
—¿Qué quieres que te cuente papá? La abuela me lo pidió y sabes que no puedo decirle que no. Además Nathan es un buen alumno. —Contesta zafando de la incomodidad.
El desayuno giró en torno a bromas de ese tono, y conversaciones en las que las anécdotas eran las protagonistas. Los comensales se olvidaron de la pareja que entre miradas cómplices se comunicaba, se sentían cómodos a pesar de las bromas de un padre sobre protector y una abuela empeñada en cumplir su papel de Celestina.
Edu, por su parte no dejaba de contarle a su abuela las aventuras que vivía con sus amigos Pablo e Ignacio lo último que vivieron fue un campamento en el grupo de boy scouts en la que les condecoraron con una medalla por su trabajo en equipo del cual se sentía orgullosísimo.
—Leo, cuando acabes de desayunar te mostraré mi medalla — propone contento
—Cuando quieras corazón mío. Así te hago fotos para presumir con mis amigas el nieto tan bueno que tengo —Comenta orgullosa. Lanzándole un beso a su nieto.
—Ya te acaparó. ¿Qué hay de mí? —Reclama Josefina ante lo que sus padres y Nathan no pueden evitar reír —¿Qué es tan gracioso? —Pregunta molesta.
—Es que has puesto carita, te ves tan tierna mi pequeña —Contesta su padre aguantándose la risa
—Te ves muy linda —declara Nathan sin más.
—Gracias —responde tímida.
—Mi lucecita quiero que te conviertas en la acompañante de Nathan.¿Quién mejor que tú para mostrarle los encantos de la ciudad? —Propone Helena con astucia.
—Abuela —Intenta argumentar Jose
—Abuela, nada Josefina. Ya está dicho—dictamina la anciana. Cerrándole un ojo a Nathan quien sonríe ante ese gesto.
—Bueno familia Bianca y yo iremos a comprar los ingredientes que faltan para las galletas que hornearemos más tarde como es tradición todos los años—anuncia Carlos
—La abuela y yo nos quedamos en casa—se anticipa Eduardo
—¿Qué quieres hacer Nathan? ¿Vamos a la pista de patinaje que está en el centro comercial? —Propone Josefina
—Me parece buena idea—Contesta el joven entusiasmado
—¿Papá nos llevas? —Pregunta la jovencita
—Claro, princesa yo te llevo. ¿Cómo regresas? —contesta el padre.
—Volveremos en taxi. Tengo que hacer unas compras además Nathan me ayudará a conseguir el regalo que me falta—responde con un guiño a su padre.
Al terminar de desayunar todos se levantaron de la mesa; Josefina fue a su habitación a buscar un abrigo, guantes y bufanda. La abuela y Eduardo se adueñaron del salón querían armar el rompecabezas que dejaron pendiente en la última visita de Helena a casa. Por su parte Carlos y Bianca revisaban la lista de la compra antes de salir.
Josefina llegó al salón envuelta en una bufanda rosa a tono con sus mitones. Al verla su abuela sonríe pues reconoce el regalo que tejió pensando en su lucecita.
—Ya estoy lista —Anuncia la joven. Chao, abuela nos vemos más tarde cuida al enano que sabes que es de temer.
—No te preocupes yo me ocupo además no nos moveremos de acá hasta terminar—sostiene Helena .
—Jovencitos, ya nos vamos —La voz de Carlos anuncia que es hora de partir.
Los jóvenes y los adultos se despiden de quienes quedan en casa prometen no tardar mucho ya que tienen una tarde llena de cosas por hacer. La abuela mira a las parejas y en su corazón solo cabe la certeza de que lo que está destinado a ser solo es cuestión de tiempo para que ocurra y si es con un poco de ayuda de una inocente abuelita ¿Qué mejor?
Nathan y Josefina parecen haberse conocido desde siempre, en la pista de patinaje demuestran que les encanta ese deporte. En ocasiones se tomaban de las manos para realizar alguna pirueta, en esos momentos las miradas y las sonrisas que se regalaban decían más que palabras.
—¿Quieres que tomemos un descanso? Podemos tomar un chocolate caliente—Propone Josefina algo cansada.
—Chocolate caliente ¿Podemos poner malvaviscos? —pregunta risueño
—Claro, aunque yo prefiero acompañarlo con galletas— argulle ella
—Oh, Cookie Monster, lo olvidaba—bromea Nathan
—Sí, sí muy orgullosa estoy de serlo—finge molestarse
—Perdona, no quise molestarte—dice avergonzado
—Tranquilo era solo una broma — responde quitándole el hierro al asunto.
Los jóvenes se alistan para dirigirse a la cafetería cercana a la pista dejando atrás el momento incómodo para el inglés. Una vez hubieron dejado los patines se dirigieron a la salida. Nathan se situó al lado de Josefina a modo de protección le rodeo la cintura con un brazo apenas rozándola para evitar que alguien la pasase a llevar. Caballerosamente él abrió la puerta del lugar para dejarle pasar. Ella le agradece el gesto sonriéndole al joven le pareció que el mundo se detenía por un segundo.
Se dirigieron a su mesa y se dispusieron a ver la carta. A los minutos el mesero se les acerca y les toma la orden: Chocolate caliente con malvaviscos para él, mientras que para ella chocolate caliente y galletas de canela para acompañar.
—Nathan quería pedirte que disculpes a la abuela ya sabes cómo es
—Descuida, ya sé cómo es Helena she belives that helps cupid
—Casamentera querrás decir— le sugiere.
—¿Te diste cuenta? —pregunta el joven
—Mi abuela es así de transparente desde pequeña me ha contado mil historias hay una que es mi favorita que sin querer se ha vuelto un talismán desde que me la contó hace diez años atrás—relata con melancolía
—La estrella fugaz—completa leyendo el pensamiento de Jose
—Te la contó también ¿No?
—Una tarde en clases de piano, no pude tocar me dolían mucho mis manos el frio de ese día me afecto tanto que ni siquiera podía tomar una taza de té. Estaba tan frustrado que golpeé el piano. Ante eso tu abuela se puso delante de mí y sin más bajó la tapa del piano y lo cubrió y con su autoridad me dijo: “—Hoy, no hay ensayo estás frustrado Nathan con eso no harás nada. Deja y te cuento una historia: — Una vez una estrella pequeña así como tú lloraba desconsoladamente, las demás estrellas intentaban consolarla a pesar de todo lo que intentaron para calmarla no lograron que dejase de llorar. Entonces la luna decidió acercarse e invitarla a que se quedase con ella.
—¿Por qué lloras pequeña estrella? —Le pregunta la luna mientras la deja en su regazo
—Es que no quiero apagarme—Contesta entre sollozos
—¿Quién te dijo que te apagarías? —Pregunta la luna curiosa.
—Las estrellas del norte cuentan que cuando creces te apagas y dejas de existir y no brillas nunca más—responde triste.
—Ah, es eso. Pero hay algo que las estrellas del norte no saben y que las estrellas del sur sí conocen. ¿Quieres saber qué es? — cuestiona la luna
—Sí, sí ¿Qué es?
—Las estrellas del sur tienen el poder de cumplir los deseos de los que viven allí abajo antes de apagarse—contesta la luna señalando la Tierra.
—¿Y yo puedo hacer eso? —pregunta el pequeño astro
—Tú más que nadie, pequeña porque eres una estrella fugaz. Cuando alguien te vea puede pedir un deseo que solo se cumplirá si lo pide de corazón y así cuando te apagues su sueño se hará realidad porque tú has sido el mensajero que ha escogido el Creador para que lo que los humanos sueñan se hagan realidad.
Y así la estrella volvió a sonreír porque supo que aunque su luz se apagase sería el mensajero de alguien que soñaba con todo su corazón que un anhelo se vuelva realidad.
Jose escuchaba emocionada pero nada la hizo siquiera soñar con lo que vendría después.
—Esa tarde olvidé la frustración y me prometí no dañarme nunca más. Cuando llegué a casa esa noche miré el cielo y le pedí a la estrella fugaz me regalara una lucecita como la de Helena esa que cuando te nombra sus ojos tienen un brillo distinto y su cara se llena de una sonrisa con solo recordarte. Ante esas palabras Josefina se emociona se cubre la boca con una mano para evitar que un sollozo llene su voz. — Tú eres mi deseo cumplido lucecita, lo supe cuando tu abuela te nombró así. —declara tomando la mano de la joven.
Josefina mira las manos entrelazadas y sonríe No era solo el sueño de Nathan el que se había cumplido sino que también el de alguien más, ese alguien había llenado la vida de Jose con mucho amor más del que pudiera contar. Su lucecita sería feliz como lo había pedido al cielo esa nochebuena.