Los rayos del sol se cuelan por las ventanas y sé que otro día de mi monótona “vida” comienza otra vez “—¡Qué fastidio!” —pienso—empiezo a contar “1, 2,3.4,5, 6, 7, 8,9... ” La puerta se abre y una voz chillona anuncia que esto recién comienza.
—Buen día mi Solecito ¿Cómo amaneciste hoy? —Mi enfermera me da los buenos días alegremente
—Cómo todos los días. Ninguna novedad, como puedes ver. —mi voz se escucha demasiado amarga hasta para mí.
—No digas eso Sol. Estás viva y eso tienes que agradecerlo—afirma Nacha con una sonrisa en su rostro.
—¿Otra vez con el discurso hippie-pacifista Nacha? Deja de ser tan ingenua y cíñete a los hechos: Estoy condenada a esta cama y a esa silla para siempre. Eso no es vivir— escupo las palabras con rabia cansada ya de 21 años de amarga existencia.
Nacha aparenta no haberme oído y sigue paso a paso los hábitos que conforman mi vida diaria: Abre las cortinas dejando que la luz inunde la habitación, se acerca a la cama y opera los botones para levantar la cabecera. Todo esto con una sonrisa en su rostro.
—Hoy hay sesión de fisioterapia. Sol, tienes que prepararte—me cuenta mientras prepara todo para el baño.
—¿Para qué tanto esfuerzo? Eso es gastar recursos a lo tonto. —respondo
—Sabes mejor que yo que es por tu bien Solcito, pon de tu parte aunque sea un poquito. —pide mientras me ayuda a pasar a la silla para dirigirme al baño.
—¡Ay, Nacha! Ya han sido tantos años de poner de mi parte que me cansé. Cuando era una niña era más fácil manipularme, en cambio ahora, que ya estoy grande y me doy cuenta de cómo son las cosas en realidad. —le recuerdo.
—Lo sé, te he acompañado desde que tenías 5 años. Me gustaba esa niña esforzada y valiente que le ganaba al dolor todos los días ¿Qué pasó con ella, Sol?
—No está más. Se murió. —contesto categórica
—¡Cómo puedes decir algo así! — reacciona molesta.
—Es cierto. Mírame solo te basta con eso—argullo señalándome
Nacha me devuelve una mirada triste y llena de compasión, me ayuda a llegar a la silla para así, poder llegar al baño. — “Me siento un bulto. Literalmente una carga para todos los que me rodean ¿Se puede vivir así? Cuando se sienten más ganas de morir que de seguir viviendo”—pienso. Mientras me desabotono el camisón y hago lo posible por quitármelo por mis propios medios. Al verme complicada con la tarea Nacha me ayuda.
—Ya está— me dice mirándome con dulzura como si me hubiese leído el pensamiento. Me toma en brazos con sumo cuidado y me sumerge en el agua apoyando mi cabeza en mullidas toallas enrolladas en un costado de bañera.
El ritual del baño para mí es otra tortura, mirar mis piernas sabiendo que no sirven para nada. Nunca seré una joven normal, jamás iré a bailar o a la playa a tomar el sol, ni hablar de salir con alguien y andar de la mano ¿Quién va a querer estar con una inválida? No atraigo a nadie atada a esa silla. Si me miran es con lástima que es lo único que puedo inspirar.
—Sol, estás demasiado tensa ¿Qué pasa? —pregunta Nacha preocupada.
—Pasa que me odio. Eso pasa. ¿Por qué me tenía que pasar esto a mí? Vivo en un infierno, Nacha. —las lágrimas comienzan a correr e intento secarlas con rabia. Dejo las manos caer al agua dirigiendo mi mirada hacia mis piernas y bastó un segundo para comenzar a agredirme rasguñándolas con tanta fuerza que las hice sangrar.
Nacha al darse cuenta me toma las manos y me hace reaccionar a fuerza de un grito:
—¡Sol ¿Qué haces?! —me interpela mirando las heridas que dejé en mis muslos.
—Nacha… yo —las palabras se quedan atoradas en la garganta y el llanto se desata sin control.
Mi enfermera reacciona tan rápido como le es posible me saca de la bañera y me sienta en el asiento a un costado del baño, luego me envuelve en una toalla para evitar que me enfríe. Mientras ella me seca lo más rápido que puede al cuarto de baño entra alguien, no logro darme cuenta de quién es porque Nacha obstaculiza mi campo visual.
—Ignacia, déjame ayudarte—Le pide el hombre acercándose Reconozco la voz de Héctor mi fisioterapeuta desde hace ya 6 años-
—No, Héctor, déjame que yo me ocupe si quieres ve a la habitación y prepara el botiquín —le contesta cubriéndome
—Bien, iré a prepararlo todo—Sale del cuarto de baño mirándome preocupado.
Nacha termina de secarme y me viste con cuidado de no rozar las heridas de mis muslos. Me quedo en ropa interior y camiseta.
—Héctor—Nacha llama a mi fisioterapeuta
Héctor entra al cuarto y se da cuenta de lo que Nacha requiere me toma en brazos y yo comienzo a sentir vergüenza de mí, pero, no puedo ocultarme solo miro a Nacha que viene tras nosotros.
—Ay, Solecito. Esto pasó de castaño a oscuro necesitas ayuda. —asevera mi enfermera mientras Héctor me deja en la cama y acerca la bandeja para realizar la limpieza y curación de las heridas. Solo se limita a ayudar a Nacha sin decir palabra, hasta que ve el daño causado con claridad.
—Ignacia, ¿Me dejas solo un momento con Sol por favor? —pide.
—Pero, tengo que curarla—intenta evitar salir porque sospecha lo que va a pasar.
—No te preocupes, yo me encargo, ve tranquila. Si quieres prepara el gimnasio para la sesión—tercia.
Nacha sale de la habitación entregándome una mirada de esas que dicen “lo siento, hice todo lo que pude” cierra la puerta tras de sí mientras Héctor me devuelve una mirada decepcionada.
—No me mires así—le digo
—Y ¿Cómo te miro? —pregunta seco.
—Así como lo estás haciendo. —arguyo
—Si esperas que te compadezca y te acaricie la espalda para que puedas acomodarte en “tu dolor” estás equivocada—sostiene.
—No te he pedido que opines sobre mí. Si te molesta la puerta es ancha y ya sabes qué hacer. —le respondo.
—Te escondes tras la máscara de joven rebelde que tiene todo el derecho a enojarse con el mundo por la vida de mierda que te tocó ¿Me equivoco?
—¡¿Qué sabrás tú?! —Le escupo con rabia
—En el fondo sigues siendo la adolescente que conocí hace 6 años atrás. En el fondo de tu corazón sabes que esto que tienes puede cambiar, pero, prefieres seguir siendo víctima de tus circunstancias. —sostiene, mientras prepara los apósitos y el yodo.
—¿Crees que no me gustaría vivir como una mujer normal? —Rebato hastiada,
—Yo te veo normal. ¿Cuál es el problema? —pregunta mientras comienza a aplicar la solución yodada.
—¡Ay! Cuidado no seas bruto—reclamo.
—No haber jugado a la gatita furiosa, Solcito—su tono de reproche se tiñe de una risa contagiosa. Ambos terminamos riendo a carcajadas aliviando la tensión vivida hace unos instantes.
—Hablando enserio. Sol, tú eres una chica normal: Puedes sentir, amar, desear, anhelar, soñar. Tu vida no está limitada a esa silla, y lo más importante: Tú no eres la silla, ni mucho menos tu enfermedad—afirma mirándome a los ojos con un brillo que no había visto antes.
—Eso no es verdad y lo sabes. Para el mundo estoy incompleta, no soy perfecta—le cuento con pena.
—Me imagino el porqué de tus palabras. Hace meses que rehúyes de mí, cuando te toco te siento rígida como si me temieras. —reflexiona. —Las últimas sesiones han sido para el olvido y lo sabes. —me regaña.
—Héctor, es que… —las palabras se niegan a salir.
—Le pediré a una colega que me acompañe la próxima sesión hay cosas que debemos tratar que van más allá de tu rehabilitación física hay que rehabilitar tu alma, chiquita. —afirma
—¿Me vas a dejar? —pregunto temiendo a la afirmación que puede traer la respuesta.
—Yo no dije eso. Hay cosas que como hombre me es difícil tratar contigo no por el hecho de no estar capacitado para hacerlo, sino porque estos temas se tienen que hablar en un ambiente de confianza y seguridad—apunta.
—Ya veo. —respondo entendiendo a lo que se refiere.
—¿Qué pasó? —pregunta queriendo indagar
—¿Qué pasó con qué? —rehúyo
—Ya sabes, con el chico con el que conversabas en la facultad. —responde despreocupado.
—Qué va a pasar Héctor. Que le da vergüenza estar conmigo, que le vean conmigo—confieso apenada.
—Imbécil, eso es lo que es—reacciona.
—No lo culpo ¿Quién quisiera cargar conmigo? Soy un bulto.
—A ver Sol. Para ahí, ya mismo ¿Me oyes? —su voz se tiñe de algo entre el enojo y la frustración.
—Es cierto—rebato.
—Sol, que te quede claro: No eres una carga para nadie, no vuelvas a repetir que eres un bulto. Eres una jovencita preciosa, inteligente. —me consuela.
—Eso lo dices porque eres mi médico—discuto.
—Esto te lo digo porque soy hombre y aprecio lo que veo y lo que conozco, chiquita. —Responde dejándome de una pieza.
Dejamos la charla y Héctor continúa con las curas, siento escocer mi piel al contacto con el yodo, prefiero no decir nada y deja que continúe con su labor. Coloca los parches para sostener apósitos que protejan las heridas, y me ayuda a terminar de vestirme.
—Ya estás lista para bajar al gimnasio—me dice mirando su obra terminada.
—Si no hay más remedio.. —contesto resignada.
|—Hoy sudarás mucho, nena—bromea.
—¿Cuál es el afán de los hombres de llamar “nena” a las mujeres? ¡Que daño han hecho Christian Grey y sus sucesores, Dios, mío!—Declaro mirando al techo.
Héctor ríe tras mi reacción contagiándome, entre risas nos dirigimos al montacargas que me llevará al cobertizo en el que está el gimnasio, un lugar completamente adaptado y equipado para mi rehabilitación, un lugar que cualquier fisioterapeuta soñaría para trabajar. Fue la condición de mis padres para dejarme vivir sola hace un año atrás se los propuse y tras negociar muchos meses dieron su brazo a torcer.
—¿Qué tendrán los ascensores? —sigue en tono de broma.
—Señor Grey puede limitarse a realizar su trabajo—sigo la corriente.
—Ya verás nena. Lo bien que hago mi trabajo—sugiere con voz ronca.
—Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces—contesto mordaz.
Las puertas se abren ante nosotros y nos dirigimos al gimnasio, La habitación está iluminada por el sol de la mañana y la temperatura es perfecta para comenzar la sesión. Hay toallas dispuestas a un costado de la estancia, botellas de agua y bebidas isotónicas para hidratarnos.
—Al fin llegan parejita—Nacha nos mira con brazos cruzados.
—Hubiésemos tardado más si en lugar de presionar el botón del cobertizo hubiera presionado el de stop —suelta Héctor.
Yo miro al cielo suplicando paciencia y me dirijo hacia las colchonetas, dejando atrás al par de alcahuetes que tengo por asistencia.
—¿No querías hacerme sudar, nene? —le pregunto provocando a Héctor— Dejen de cuchichiar y comencemos la sesión, por favor—pido.
—Bien, si la señorita quiere sudar sudará—profesa él. Mientras se acerca a ayudarme a bajar a las colchonetas.
—Iré a dejar los exámenes al médico—anuncia Nacha: —Nos vemos más tarde, parejita. —se despide saliendo de la habitación.
—Pon tus brazos alrededor de mi cuello—me pide poniéndose a mi altura.
Con facilidad me toma y me desciende hacia las colchonetas. Me hace sentir una pluma en lugar de un costal de huesos.
—Comencemos con ejercicios de respiración y esta vez me aseguraré de que los hagas bien—declara posando su mano en mi torso
Comienzo a respirar lentamente intentando alejar mi mente del estado de inconformismo en el que suele estar. Lo intento con todas mis fuerzas olvidando todo a mi alrededor escuchando a mi cuerpo.
—Bien, sigue así—me felicita—cinco repeticiones más y comenzamos con la serie de pesar que quedó pendiente. —declara.
Intento no pensar en el dolor que provocan las pesas en mi tobillo. Sé que cada cosa que hago es para mi bienestar, pero, es frustrante no ver resultados.
—Vuelve de donde estés, chiquita…—me regaña
—Ahrg—reclamo y me detengo.
—Sol, no estás poniendo de tu parte. Si sigues así no llegarás ni a la puerta—asevera.
—No quiero sesión hoy—declaro.
—¿Cómo dices? —pregunta.
—Lo que oíste no quiero trabajar hoy. —sentencio.
—Perfecto, entonces —reacciona levantándose y alejándose de mí.
—¿No piensas ayudarme a llegar a la silla? —reclamo
—No, no pienso. Si no quieres sesión ya no me necesitas para nada., no te preocupes la silla está asegurada. Podrás llegar a ella sin problema. —arguye.
—¡No puedo subir sola y lo sabes! —grito.
—¿Lo has intentado siquiera? Ese es tu problema Sol, ni siquiera lo intentas y cuando lo haces quisieras que todo fuera tan fácil como usar una varita mágica y que caminaras, pero la vida no es así. Todo requiere de tu esfuerzo y perseverancia porque lo que vives es un proceso, no un suceso ¿Entiendes? —dice con voz calmada.
—Está bien, ándate y déjame sola de una puta vez—escupo.
Héctor sale de la habitación dando un portazo que retumba en todo el gimnasio. Allá él con su rabia suficiente tengo con la mía.
Me apoyo en mis antebrazos y comienzo a arrastrarme hacia la silla, no es tan fácil pero de a poco avanzo, quizás la rabia es lo que me mueve o mi terquedad, al menos sirven de algo. Cuando tengo la silla tras de mí me enfrento al verdadero obstáculo ¿Cómo carajo voy a subir? Respiro profundo y pienso una estrategia, quizás si me quedo de frente a la silla pueda apoyarme e impulsarme. Lo intento, pero al darme cuenta que mis piernas no responden desisto.
Ideo otra manera de subir, me vuelvo de espaldas a la silla e intento sujetarme de los costados, al menos puedo valerme de mi fuerza en los brazos y el torso, me está costando un mundo lograrlo. Mis manos están húmedas tras los intentos, las seco en mis pantalones y recuerdo las heridas de esta mañana ¿Por qué reaccioné así? ¿Por qué llegué al punto de hacerme daño? Me quedo quieta unos minutos, necesito recuperar el aliento, respiro lentamente y cierro los ojos.
Comienzo a tranquilizarme y mi enojo se disipa y vuelvo a intentarlo esta vez me impulso en dos tiempos primero para tomar las agarraderas y luego levantarme para llegar al asiento de la silla. Tras dos intentos lo logro, siento la satisfacción de haberlo logrado ¡Lo hice, me subí a la silla! Le quito el seguro y me vuelvo hacía los espejos.
Por primera vez me miro de forma distinta, una sonrisa tímida aparece en mí cara, mi mirada brilla por el logro alcanzado y mi corazón late a un ritmo distinto, uno que a partir de ahora llevará mi vida. Me quedo unos minutos mirándome en ese espejo que tanto evitaba a diario.
Siento la puerta abrirse Héctor vuelve a entrar al gimnasio se da cuenta de lo que ha pasado en su ausencia, se acerca a mí y queda a se queda a mi derecha.
—Sol, lo lograste, sabía que lo harías—asevera contento tras ver mi proeza.
—Me costó sangre, sudor y lágrimas, pero, lo hice. —confieso.
—¿Qué se siente alcanzar un logro? —me pregunta.
—Ahora mismo, adrenalina. No sé, es raro. Es como pelear con un luchador de sumo de trecientos kilos, cuando tú solo alcanzas los sesenta con suerte. Y ganar.
—Me devuelve una sonrisa teñida de orgullo que me reconforta y me da confianza para poder intentar otras cosas.
—Héctor ¿Alguna vez te has mirado el espejo y por primera vez te has visto? —pregunto.
—Sí, me pasó una vez después del accidente en moto—cuenta.
—¿Tuviste un accidente en moto? —pregunto asombrada.
—Sí cuando tenía dieciocho. Me encantaba correr por carretera camino a la playa, y un día de llovizna perdí el control de la moto en una curva, de ahí en adelante me pase 2 años enteros en un hospital—relata.
—Pero, tú no tienes secuelas—cuestiono.
De repente se quita la camiseta y me doy cuenta de la cicatriz que cruza su abdomen por el costado llegando a su espalda. Me sorprende, sin dudas. —¿Te gusta lo que ves, chiquita? —me pregunta en tono de broma.
—Eres un tonto. Sólo a ti se te ocurre bromear con esto— le señalo la cicatriz. —, mientras reclamo
—Chiquita, prefiero tomarme las cosas con humor, es más fácil. No te niego que también tuve una etapa negra, la misma que llevas tú—recuerda.
—¿Acaso no tengo derecho a enojarme y revelarme? —expongo.
—Todos tenemos derecho a detenernos un momento, el problema es quedarse en el papel de víctima. —arguye.
—Me estás atacando—le advierto.
—Sol, reconócelo. Lo de la gatita furiosa no tiene otra explicación. —insiste.
—Sé que me he pasado un poco y ahora me doy cuenta—reconozco—pero es que no es fácil. Sobre todo después de lo de Joaquín. —la tristeza tiñe mi tono de voz.
—¿Me lo quieres contar? —pregunta con delicadeza.
—Ya que estamos en plan confesiones ¿Qué más da? Llévame cerca de la ventana, por favor—pido. —Ah y ponte la camiseta —apunto
—Sus deseos son órdenes, su majestad. —Se vuelve a poner la camiseta, toma la silla y me lleva al ventanal dejando la silla de costado para quedar frente a la silla que ocupará él.
—¿Recuerdas que te dije hace unos días que Emma me había invitado a su fiesta de cumpleaños? — Él asiente, dejándome continuar—Ese día en la fiesta estábamos casi todos los del grupo, lo pasamos muy bien charlando y riendo—recuerdo.
—Me imagino—apostilla.
—Bueno en medio de la fiesta Joaquín y un par de amigos suyos se apartaron y se fueron al segundo piso. Nadie le dio importancia hasta que llegó la hora de comer y fue allí donde Emma me sugirió que fuésemos a buscarlo. —me detengo para aclararme la voz. Héctor sostiene mi mano dándome ánimos para continuar, yo le sonrío en respuesta.
—Apenas subimos nos dimos cuenta de la razón por la que se habían apartado, querían fumar hierba, tenían un subidón tal que no se percataron de que a pesar de tener la puerta cerrada podíamos oír lo que decían: “—¿Pero tú qué haces con Sol si es una tullida?—decía uno—Sólo somos amigos —se defendía Joaquín—¿Cómo puedes ser amigo de esa si no es más que un bulto en una silla de ruedas? —le recriminaban” En ese momento las lágrimas volvían a hacer acto de presencia, me las sequé con el dorso de la mano y continué.
“—Todo tiene una explicación, necesito de la única parte buena de su cuerpo: su cerebro—admite. —Ya sabía yo que tenía que haber una razón—comenta otro de sus amigos—Tuve que ganármela con la farsa del amigo comprensivo para lograr mi objetivo pero ni loco me involucraría con ella. Me da vergüenza que me vean con ella. Si no es nada más que una invalida. ¿Qué puedes hacer con ella? Nada. —declara.”
En ese momento solo quería que me tragase la tierra Emma iba a entrar a reclamarles y ponerlos en su sitio. Le pedí que no lo hiciera, en lugar de eso me llevó a su habitación y me consoló.
Le pedí que me dejara sola y que ella bajase e hiciese como si nada hubiese pasado. Me costó convencerla pero lo hice. Me quedé en ese cuarto y lloré como no lo había hecho nunca, prefería mil veces el dolor que provocan tus ejercicios al menos ese se alivia con un baño de burbujas. Este en cambio aumentaba con el pasar de los minutos y lo peor es que todo decía que tenía razón, bastaba con mirarme nada más. En ese momento decidí que ya nada merecía la pena porque los milagros no existen, no iba a caminar, jamás podría ser una chica normal. —me desahogo al fin.
—Sol…—Héctor se levanta de la silla y se acerca a mí. Se pone en cuclillas quedando a mi altura su mirada se enfrenta a la mía. Le devuelvo una sonrisa triste y en ese momento un silencio nos envuelve.
Me abraza tan fuerte que siento que cada parte de mi alma vuelve a unirse y en ese momento sé lo que debo hacer. Volver a empezar esta vez desde otra perspectiva.
—Por favor, no creas en esas palabras Sol —ruega.
—Tarde me adviertes, las creí en ese momento y me refugié en ellas hasta hace muy la poco—declaro. Él se separa de mí y se da cuenta de que ya nada será igual a partir de ahora. Toma mis manos entre las suyas y en ese gesto me dice que va a estar a mi lado siempre pase lo que pase.
—Sospechabas lo que había pasado ¿Verdad? Por eso lo que sugeriste cuando estábamos en mi habitación.
—Sí, ya me lo imaginaba, aunque ya va siendo hora de que la tomes, Luján es una terapeuta estupenda van a congeniar enseguida. Vas a ver como se hacen amigas.—comenta entusiasmado.
—Tú y tus tratamientos revolucionarios. —digo mirando al techo. —Bueno, va siendo hora de que nos pongamos a trabajar ¿No? —apostillo.
—¿Quieres sesión? —me pregunta extrañado
—Sí, me habías prometido hacerme sudar y hasta ahora he sudado yo solita—reclamo
—Si eso es lo que quieres eso es lo que tendrás—amenaza.
Volvemos al área de las colchonetas y trabajamos durante una hora sin parar. Esta vez dado mi proeza, Héctor me enseña estrategias que me faciliten llegar a la silla sin problemas y promete llevar a lo cotidiano la fisioterapia. Vaya que sí me hizo sudar.
Esa noche dormí como nunca lo había hecho con la tranquilidad de que si quiero lograr algo no importa el tiempo que me lleve lo conseguiré si pongo todo de mí en la tarea
Han pasado meses desde ese día como bien me dijo Héctor Luján es una terapeuta genial aparte de ser fisioterapeuta es psicóloga, con ella he tratado temas que con Héctor no puedo por el hecho de ser un chico, aprendí a descubrirme, a saber lo que me gusta, lo que no me gusta, lo que me gustaría ser; mis sueños y anhelos.
Hemos tenido largas charlas de esas dignas de un confesionario, siento que en ella puedo confiar y me da la seguridad para tratar temas que según yo eran vedados para alguien como yo.
Recuerdo una tarde en que me llevó al gimnasio estaba todo lleno de velas y olía a bergamota y naranja, había una música suave. Cerró la puerta con llave y me llevó a las colchonetas colocadas en frente de los espejos. Esa tarde me había pedido que bajase solo envuelta en una bata y maquillada solo lo justo. — me había enseñado ese arte desde el primer día que nos vimos—“Tienes que sacarle partido a esos rasgos preciosos que tienes, no quiero verte más a cara lavada. —me exigió”
Me pidió que me pusiera frente al espejo y apoyase mi espalda en el muro, que respirase profundamente y solo me dedicara a sentir y experimentar el momento y eso hice me dejé llevar y comencé a quererme a mirar mi cuerpo a apreciarlo a escucharlo. Esa tarde supe que ya no era la joven que se había hecho daño por rabia, sino que una que se amaba tal cual era, así sin artificios.
Desde allí he recorrido un camino lleno de desafíos mientras Luján se encargaba de rehabilitar mi alma, Héctor rehabilitaba mi cuerpo cada sesión significaba un avance y conllevaba un nuevo desafío.
Pasé de la silla de ruedas al carrito en menos tiempo del esperado ,—cuestión que mi traumatólogo y fisiatra no podían creer—, y a pesar que sigo necesitando asistencia me siento cada vez más independiente y capaz. La motivación estaba resultando un factor trascendental en el proceso.
Hoy tenemos una sesión diferente por primera vez Héctor y Luján trabajarán junto a mí de manera conjunta. No sé qué traman pero sospecho que al menos no voy a aburrirme.
Los espero en el gimnasio como me lo pidieron. El lugar también ha sufrido transformaciones al igual que yo; se instalaron paralelas, barras y algún que otro instrumento de tortura como me gusta llamarlos.
—Sol, ya están aquí—la voz de Nacha me saca de mis pensamientos
—Gracias Nacha, diles que pasen—le pido.
—Voy a buscarles—anuncia.
Me voy hacia las paralelas a ver qué tal se presenta la batalla, dejo el carrito de lado y me sujeto a las barras, doy un par de pasos y el par entra por la puerta.
— ¡Pero bueno! Chiquita tú no paras—bromea Héctor.
—Ya ves, si quieres resultados tienes que trabajar. No hay más que hacer—declaro
—Lo que pasa es que te gusta, sudar chiquita—provoca Héctor
—Es que me encanta provocarte, señor—contrataco giñándole un ojo. —Hola Luján—saludo a mi terapeuta favorita.
—Buen día, Sol querida—me regala una sonrisa se ve que la jugarreta entre Héctor y yo le ha causado gracia.
—Bueno chiquita hoy nos toca bailar—anuncia Héctor
—¿Bailar? —pregunto
—Sí, bailar —afirma
—Luján ¿Algo que agregar? —cuestiono.
—Hoy toca balada—suelta sin más.
—Les recuerdo a mis terapeutas estrella que he llegado tarde a la repartición del sentido del ritmo, es que los brasileros se lo llevaron todo—arguyo.
—Mira que graciosilla que estás. De esta no te escapas. —advierte él.
—Anda, Sol inténtalo. Yo te ayudaré y Héctor será tu pareja—cuenta Luján.
—Lástima que Patrick Swayze pasó a mejor vida—me lamento.
—¿Qué quieres decir? —me pregunta Héctor
—Hombre pues nada, si es que aún no has visto la película no voy a gastarme en explicártelo—le contesto.
—Ese sí que era hombre—dice Luján echándole leña al fuego.
—Ya verás tú lo que es un hombre—amenaza Héctor.
—Alguien más necesita terapia, Luján—bromeo.
—Ya veo, pero desde ya me declaro incompetente —dice
—Bueno el parcito puede dejar de molestarme. Yo no soy un juguete. —refunfuña.
—Yo no estaría tan segura—afirmo
—Mírala, si he creado un monstruo—se burla Luján
—Bueno, bueno a trabajar que hasta ahora hemos batido la lengua—reclamo.
Me voy a buscar el carrito, pero parece que Héctor tiene otra idea y se coloca delante de mí con brazos cruzados —Cambio de planes, chiquita. De ruedas hoy, nada—me dice
—¿Cómo has dicho? —pregunto
—Te está dando una cucharada de tu propia medicina— añade Luján.
—Hoy trabajaremos la confianza. Darás pasos para llegar a mí—me desafía
—Y quieres que corra en la maratón de Nueva York ¿No? —ironizo.
—Eso dejémoslo para luego—responde—primero haz esto. —continúa.
—Si eso es lo que quieres… —me rindo.
Yergo mi columna y le devuelvo una mirada que grita: “tú lo has pedido” —Sin sujetarse de las barras—me advierte.
—Jamás he avanzado sin apoyo—le recuerdo.
—Qué mala memoria tienes, Solecita—reclama—Te recuerdo que hace unos días sí lo hiciste—comenta
—Sí., pero tú sujetabas mis caderas—puntualizo sonrojándome.
—Pues eso, ahora mis manos te van a recibir—declara.
—Yo creo en ti, linda—me anima Luján.
—Ya estás tardando, Sol—interrumpe Héctor.
—Ya va, ya va. —contesto
Doy mi primer paso corto pero seguro, siento miedo de caer pero intento alejarlo de mi mente, sigo avanzando y la seguridad se acrecienta con cada avance y de repente la distancia entre Héctor y yo se acorta. Extiende sus brazos hacia mí y cuando ya lo he alcanzado me toma de la cintura. Le sonrío orgullosa de lo que acabo de hacer.
—Ya te vas acostumbrando a mis manos en tu cintura—bromea.
—Ya que están en posición pongo el play y comenzamos la sesión—propone la fisioterapeuta. —Pero yo me resto de la sesión me ha llegado un mensaje desde la clínica—se excusa ella
—Luján…—me interrumpe Héctor.
—Al fin solos, cariño—me sonríe él
—Bien parejita les dejo el deber me llama—se despide ella guiñándome el ojo.
Suspiro resignada ya me he acostumbrado a las bromas de Héctor así que mejor no demorar más las cosas.
En el estéreo suena She is like the wind “—Gracias, Patrick” —pienso. Sonrío bajando la mirada,
—¿Qué te causa tanta gracia, chiquita? —me pregunta cogiéndome el mentón para enfrentar su mirada a la mía.
—Del azar, de eso—respondo.
—Ah, ya veo. —dice comprendiendo la razón de mi risa—Es más fácil si rodeas mi cuello con tus brazos—me propone.
Hago lo que me dice y me dejo guiar mientras suena la música. Es raro, me siento muy cómoda en brazos de Héctor, cuando estoy a su lado el tiempo vuela y cuando no está me río recordando alguna de sus bromas. Es ahí cuando me doy cuenta de que ya no veo a mi fisioterapeuta de otra manera: Me he enamorado sin darme cuenta.
Me detengo frente a la revelación que me ha asaltado. Lo que causa extrañeza en mi compañero de baile.
—¿Qué pasa, Sol? ¿Te duele algo? Me pregunta preocupado.
— Necesito descansar—pido
—Claro, yo te llevo—me dice y me toma en brazos.
Vamos hacia las colchonetas para poder descansar—es la primera excusa que se me ha ocurrido, necesito ejercitar más mi cerebro estoy desentrenada es lo malo de la época de exámenes en la universidad— Me tiende en la colchoneta y él se tiende a mi lado.
—Héctor, tengo un problema —confieso.
—Pues ya somos dos, chiquita—sostiene.
—Creo que ya no puedes ser mi fisioterapeuta—declaro.
—¿Por qué? —me pregunta volviéndose a mirarme, apoyándose en un costado,
—Prefiero trabajar con Luján—excuso.
—Eso no me sirve, es como si te dijese que quiero de paciente a Uma Thurman. —contesta molesto.
—Es una razón válida, tú mismo me has dicho que en esa confianza que me da que sea una chica permite que la seguridad aumente, y así lograr mayores avances. —declaro.
—Muy bonito, lo has sacado de algún manual ¿verdad? —insiste.
—Es lo que hay. Confórmate con eso—digo haciéndome la enojada.
—Y ahora te molestas—. Estás retrocediendo a la primera casilla —reclama
—Piensa lo que quieras. Yo ya lo he decidido—determino.
— ¿Y yo dónde quedo? —me pregunta
No me atrevo a contestarle y rehúyo la mirada, si sigue escarbando va a descubrir la razón y no quiero que se vea obligado a estar conmigo por lástima.
—Sol, mírame. —pide.
Me vuelvo a mirarle y allí está sonriéndome porque se ha dado cuenta de todo si es que soy un libro abierto. “—tierra, trágame y escúpeme en el Himalaya” —pienso.
—Chiquita, a mí no me puedes engañar sufrimos del mismo mal reconozco los síntomas. Enamoramiento, lo llaman—declara.
—Luján es una chica estupenda—digo intentando disimular.
—En eso estamos de acuerdo—sostiene.
—Pues felicidades a los dos —respondo desolada.
—Sol—me llama
—¿Qué? —le contesto hastiada.
—Te ves adorable cuando te enojas, chiquita—retruca
—Genial y ahora te burlas —reclamo.
Hago el amago de levantarme pero recuerdo que el carrito está lo suficientemente lejos y me doy cuenta de que huir no en una opción.
—Sol, no es Luján de quien estoy enamorado—su voz se tiñe de ternura.
Me vuelvo a mirarle y su sonrisa me da la respuesta que necesito escuchar. La distancia entre nosotros se acorta, el corazón late al mismo ritmo que ese día en que miré mi reflejo en el espejo. Y nos besamos por primera vez, nos dejamos llevar reconociéndonos y en ese beso caben todas las declaraciones de amor del universo
. Poco a poco nos distanciamos, nos miramos preguntándonos ¿Cómo pasó? No tenemos respuesta, ni queremos buscarla tampoco. Hay cosas que simplemente suceden, mejor de lo que alguna vez soñamos.
—Ahora sí tienes un motivo para despedirme Sol —Comenta Héctor
—Como fisioterapeuta estás despedido oficialmente—anuncio.
—¿Y en calidad de qué me quedo? —pregunta
—No sé, dímelo tú ¿Qué propones?
—Uhm, tenemos dos opciones—contesta pensativo —La primera, que me quede en calidad de esclavo y la segunda me quedo en calidad de novio—propone.
—Ambas suenan interesantes… Quizás debas argumentar en favor de una u otra para convencerme—planteo
—Yo me inclinaría por la segunda opción, puesto que tiene las ventajas de la primera y ciertos beneficios extras—expone levantando las cejas.
—¿De qué beneficios extras estamos hablando? —pregunto coqueta.
—De todos los imaginables—contesta críptico.
—¿Todos? —pregunto sorprendida,
—Y de los inimaginables también—me provoca.
Ante mi cara de sorpresa Héctor se ríe mientras yo siento que las inseguridades hacen acto de presencia y me pregunto si soy capaz de condenar a alguien a una vida a mi lado.
Hago el intento de disimular el estado en el que me encuentro ahora mismo. ¿Cómo es posible experimentar la felicidad y de un minuto a otro ver como se desvanece?
Me acomodo recogiendo mis piernas envolviéndolas con mis brazos, apoyando mi cabeza entre ellas. Miro a Héctor que de repente se queda en silencio ante mi postura, parece que me mirara como a una obra de arte, maravillado por lo que es, una obra maestra —Qué lejos me siento de serlo— Estoy retrocediendo a la casilla de inicio, lo sé, pero no voy a permitir que esto vaya más lejos aunque me duela, tengo que hacerlo
—Héctor, esto no está bien—aseguro rompiendo el silencio
—Y lo dices porque…—me obliga a seguir su tono calmado me desespera.
—Pues porque no voy a condenarte a una vida a mi lado—suelto.
—Y allí está. Tardaste en decirlo pero lo dijiste. —refuta
—Es verdad, será mejor que esto quede hasta aquí—sugiero.
—Sol ¿Te has preguntado en algún momento entre tanto pensamiento estúpido que ronda tu cabecita, qué es lo que quiero yo? — Me interpela
—Yo pienso que es lo mejor— argumento.
—Aquí hay un nosotros, linda. No estás sola en esto, hace un rato te diste cuenta de eso. — arguye.
—Héctor… —intento contra argumentar.
—Héctor nada. Sol tienes que enfrentar este miedo. Yo te quiero por lo que eres, no por lo que crees que te falta. Este es un camino que recorreremos juntos, hay cosas que te enseñaré, otras que me enseñarás, mientras que muchas las aprenderemos juntos. Si lo que temes es lo que me estoy imaginando, desde ya te digo que tus temores son infundados. —declara
—Lo más seguro es que no pueda llenar tus expectativas— señalo
—¿De eso se trata? ¿De cumplir con lo que los demás consideran que debe suceder entre nosotros? La misma posibilidad existe para mí en eso no diferimos. —apunta
—Tú eres perfecto para mí— contesto ferviente.
—¿Qué te hace pensar que yo no te veo igual chiquita?
—Es que yo no estoy completa—digo con pesar.
—Ven—me pide Héctor poniéndose de pie, tendiéndome la mano. Yo le tiendo la mano y me la coge tomándome de la cintura con la que queda libre. Una vez de pie me lleva a un costado del gimnasio apoyándome en una pared, mientras él queda frente a mí. Me observa como si no quisiera perder detalle de mí y luego se aparta lentamente dejándome en frente de mi reflejo.
—¿Qué ves? —Me pregunta
—A mí— contesto sin más
—Acorta la distancia entre el espejo y tú—me pide.
—No puedo es muy grande—me quejo intentando evitar hacer lo que me ordena.
—Yo iré tras de ti—me afirma
Avanzo con pasos cortos en principio, puesto que aún no manejo del todo el equilibrio, ya a una distancia bastante grande entre la pared y yo, Héctor se posiciona tras de mí y a cada paso que avanzo es respaldado por el quien tiene mi cintura entre sus manos.
—Detente—me pide cuando ya la distancia se ha acortado bastante. A lo que yo reacciono de forma inmediata pues odio verme caminar frente al espejo. Soy consciente de mis fallos y defectos.
—Sol, Luján te enseñó a descubrir tu cuerpo a mirarlo de forma distinta a quererlo y sobre todo respetarlo. A juzgar por tu postura y tu mirada de ahora apostaría un millón de dólares a que lo que te provoca es quebrar esos cristales y dejar de mirarte. —advierte con dulzura.
—Sólo mírame—le pido con tristeza.
—Eso he hecho desde que entré en el gimnasio hoy. Y no lo dejaré de hacer porque aunque esté dormido te veo. Déjame enseñarte como yo te percibo—propone.
—Quiero que yergas la espalda y levantes la mirada y me describas cada parte de ti y si yo pienso que según mi percepción no es lo que corresponde con la realidad, lo corregiré ¿De acuerdo? —pregunta
Y así lo hizo, no le bastó con que mis ojos fueran solo pequeños para él eran de un color único y sonreían tan genuinos como nunca había visto en nadie antes, mi nariz no solamente era pequeña, según su percepción parecía hecha a mi medida perfecta para un beso esquimal… Y así cada parte de mi cuerpo incluso las que para mí eran imperfectas para él parecían hechas por el mejor artista del Renacimiento.
En ese momento entendí que estuve a punto de perder mi felicidad por un miedo que no tenía razón de ser y lo que vino después me lo confirmó la petición más dulce y perfecta de todas:
—Sol, déjame quererte, enséñame a amarte a descubrirte no solo lo que tienes sino también tu esencia, lo que eres y lo que nadie más puede ser. No me alejes de ti, no me quites la oportunidad de ver el mundo desde una perspectiva distinta. Lo más importante de todo permíteme pelear tus batallas junto a ti, a vencer esos miedos que aún guardas aquí—me acaricia la cabeza con ternura —y a quedarme aquí para siempre. —coloca su mano en mi pecho sobre mi corazón que late tan fuerte que me parece oírlo.
—No puedo…—contesto con dificultad.
El tiempo se congela en ese instante y veo la lucha que libra él, si yo soy un libro abierto para Héctor, lo es también, el para mí.
—¿Cómo puedo dejarte entrar si ya te colaste dentro? —pregunto con una sonrisa siendo testigo de cómo su semblante se transforma en segundos Los mismos que tarda en ponerme frente a él y mirarme —como decía Frida—“como si fuera magia”.
—Eres muy mala, mereces ser castigada—me regaña risueño.
—Creo que alguien tiene una obsesión con cierto personaje ficticio —provoco.
—No chiquita. Es que acaso nunca has oído decir que la realidad supera la ficción —alardea.
—De oírlo, lo he hecho. De comprobarlo, eso todavía no—presumo.
—Tendrás todo lo que te queda por vivir para comprobarlo, chiquita. —afirma categórico.
—¿Eso no es mucho tiempo? —pregunto.
—Contigo nunca será suficiente. —asevera.
—Es idea mía o ¿estás parafraseando a Edward Cullen? —pregunto aguantándome las ganas de reír.
—De alguna parte tenía que sacar las ideas. —justifica haciendo puchero. Se ve tan adorable que no resisto más y lo beso esta vez soy yo quien le hace saber lo que siente y le reafirma que no hay otro lugar, ni otra persona con la que quiera estar sino es con él.
Me separo de él y le sonrío y exteriorizo el último vestigio de temor que conservo:
—¿No te avergüenzas de mí? Quiero decir, frente a tus amigos, a tu círculo cercano—pregunto.
—Tú sí que eres la terquedad personificada. Yo estoy orgulloso de la mujer que tengo entre mis brazos y voy a presumir de ella porque nadie más tiene ni tendrá la suerte de compartir su vida contigo. Porque escúchame bien y grábatelo en la cabeza: No voy a dejarte escapar ¿me oíste? — me advierte.
—Insisto alguien tiene un grave problema de identidad. —bromeo.
—Mira, en eso sí que estamos de acuerdo—me sigue la corriente. —Cuando dudes y tengas miedo mírate a través de mis ojos, para mí no hay nada mejor que tú. Sol.
Y a partir de ese día hemos recorrido un camino juntos donde tal y como me prometió aprendimos el uno del otro, sin reservas ni artificios solo nosotros con nuestros fallos y aciertos. Pude entender gracias a ese amor que nos tenemos que yo no era por lo que él me daba, ni él era por lo que yo podía entregarle, sino que existían ese nosotros por lo que construíamos juntos de ahí en adelante.