Ver a su marido tan compuesto, sonriente y con una mujer del brazo la paralizó, al punto de no poder seguir avanzando por la recepción que estaba teniendo lugar, luego de la boda de su mejor amiga Elsie.
Se sentía fuera de sitio en una fiesta cuando, internamente, continuaba viviendo su luto y consideraba una traición no poder tener el espíritu festivo que reinaba en el ambiente, después de presenciar como una feliz pareja pronunciaba sus votos sagrados de amor eterno.
Pero Thomas estaba ahí, frente a ella, dichoso como si nada hubiese pasado entre los dos.
¿Cómo podía sonreír? ¿Cómo se atrevía a mostrarse alegre cuando ella estaba siendo consumida por el dolor? No era justo que la única que sufriera fuese ella. Quería gritarle hasta hacerle reaccionar, pero no podía moverse.
Casi cinco meses habían pasado desde la última vez que se habían visto, pero Thomas parecía no reparar en ella y, la parte vanidosa de sí misma, se sentía insultada por su indiferencia.
―Callie, ¿te encuentras bien? ―le preguntó su amigo Andrew, un joven apuesto y agradable, amigo también de Thomas, que se había ofrecido a ser su compañía por esa noche, ya que su novia se encontraba fuera de la ciudad y ella no tenía con quien ir.
―No ―le contestó con sinceridad―, no lo estoy. Quiero irme, por favor, discúlpame con Elsie y Dan, no puedo estar aquí si él está tan cerca.
―Callie…
―Por favor ―le interrumpió con la mirada empañada. Andrew suspiró y se rindió ante esos ojos tristes.
―Muy bien, pequeña. ―Secó las lágrimas que comenzaron a correr por las pálidas mejillas―. Pero que sepas que no estoy de acuerdo.
Callie asintió y lo vio partir donde se encontraban los novios. Ella vio a su amiga feliz y hermosa junto a su enamorado marido.
―Yo, Thomas, te quiero a ti, Callie, como esposa y me entrego a ti. Prometo serte fiel en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida ―había jurado Thomas con voz apasionada en la iglesia frente a todos los amigos y familiares que ese día se habían congregado para ser testigos de su unión.
El amargo recuerdo cruzó su mente y quiso correr para alejarse lo más rápido posible del ser que le había prometido tan fervientemente amor eterno.
No podía culparlo solo a él, pero tampoco podía olvidarlo todo. Se tocó el vientre que cobijó durante seis meses a la criatura de debía llegar para iluminar sus vidas, y sintió el vacío que siempre experimentaba cuando pensaba en su hijo.
De pronto, ya no pudo soportarlo más. Caminó absorta entre la gente hacia la salida.
No esperaría a Andrew. Él no tenía razones para perderse la fiesta y ella se sentiría culpable si eso pasara.
Era una noche espléndida. La luna brillaba en lo alto del cielo y las estrellas iluminaban el firmamento.
―Mira el cielo. Parece que nos está dando un regalo de bodas…
La evocación a aquel enterrado momento cuando Thomas la había llevado al balcón del hotel a ver las estrellas, para sorprenderla luego con un escrito gigante donde rezaba un para siempre, la golpeó cruelmente.
No existía un para siempre, porque las personas no eran capaces de mantener sus promesas por mucho tiempo.
Había ratos en que sentía lástima de sí misma por haber sido tan crédula, pero no se arrepentía de nada. Era verdad lo que decían sobre que era mil veces más doloroso ser feliz un día y perderlo todo al siguiente, porque si Thomas no se hubiese cruzado en su camino, nunca hubiese conocido la felicidad.
Aunque esta no hubiese durado.
Podía recordar claramente el momento cuando le confesó que estaba embarazada y cómo el rostro de él se le había descompuesto.
―¿D-de verdad estás…? ―ella le había sonreído con ternura y había asentido―. Dios ¿cómo…?
―¿Cómo? ¿Es en serio? Tú sabes bien cómo ―rio sin dar crédito. Dio un paso en su dirección―, hace unas semanas no nos cuidamos, mi amor.
―Estás embarazada. ¡Voy a ser papá! ―había exclamado por fin eufórico y la había levantado del suelo con un fuerte abrazo―. Oh, mi amor, vamos a ser padres.
Podrían haber tenido un hijo, podrían haber sido padres, pero no había sido así. Alzó su temblorosa mano izquierda y acarició el lugar donde debería estar el anillo, donde no había más que una línea blanquecina. No estaría allí nunca más. Ni ese ni ningún otro.
Se lo había devuelto a su dueño dos días antes de que le diesen el alta médica, pero él se negó a devolverle el suyo.
―Eres tú quien está rompiendo este matrimonio, no yo ―había zanjado ofendido, y desde entonces no se veían.
En su andar sin rumbo, no percibió que estaba siendo observada por unos ojos casi dorados que recorrían su cuerpo sin censura alguna.
El hombre la seguía de cerca, pero no tenía intención de delatar su presencia frente a su esposa. La siguió como un impulso solamente, ni siquiera se había disculpado frente al resto de los invitados por su abrupta salida.
La mujer que lo acompañaba esa noche era la hija de algún importante delegado de una embajada, no recordaba con exactitud quién era, la había invitado por simple cortesía, pero sabía que Callie debió malinterpretar el hecho y lo más probable era que la mujer también hubiese pensado que se trataba de una cita, porque había ido rápidamente al tocador cuando percibió que su pareja la abandonaría, huyendo antes de ser humillada.
De seguro pensaría que él era del tipo de hombres que, aunque tuviesen alguna relación, tenían encuentros íntimos con sus exparejas.
«No sería de ese modo», se dijo. Pero no lo estaba, al menos no de hecho, porque ante la ley seguía casado. Era extraño seguirle siendo fiel a su mujer cuando ella había decidido terminar con su matrimonio.
La vio detenerse y la examinó con libertad. Su esbelta figura había perdido peso, era evidente, porque de su exquisita delgadez con modeladas curvas quedaba un aspecto enfermo y demacrado que lejos de causarle aprensión, lo enterneció. ¿No habían dicho lo mismo de él? La tristeza podía consumir la vida.
Nunca podría reponerse del dolor que había significado la pérdida del bebé. Él había golpeado la pared de la sala de espera con los puños hasta hacerlos sangrar, en el momento en que salió de la sala de partos con la confirmación de su muerte.
Había sido un golpe mortal para los dos. Claro que existían diferencias, porque él había perdido a dos personas amadas, ella solo a una.
Una sonrisa irónica le cruzó el rostro y los anillos en su bolsillo parecieron latir contra su muslo.
No había sido fácil verla marchitarse en la cama del hospital inconsciente y a la vez encargarse del funeral de su hijo…
Sin embargo, todo hubiese sido más fácil si el golpe lo hubieran sobrellevado juntos, pero no había ocurrido de ese modo y, sin más, Callie le había entregado el anillo para romper con los votos matrimoniales y, de paso, con los sueños de un futuro juntos.
¿Quién había sido injusto?
Tal vez el destino.
―Y-yo… te amo.
La primera vez que había escuchado esa frase de sus labios pensó que moriría por la velocidad con la que galopó su corazón, y aunque el efecto no cambió con el correr de los años, la primera vez siempre sería especial.
Soltó un suspiró de añoranza y se encaminó en su dirección.
―No deberías estar aquí ―le habló sobresaltándola. La reacción fue la que esperaba. Un brinco y una mirada asustada igual que antaño cuando ni siquiera eran novios todavía, y él lograba ponerla nerviosa solo mirándola fijamente.
―Thomas ―lo reconoció con rapidez. No se sonrojó, no tartamudeó. Solo lo miró fijo. A Thomas le dolió como nada le había dolido antes ese vacío en sus ojos.
―Hace frío ―le dijo y se quitó su chaqueta para ponerlo sobre sus hombros descubiertos―. Ten.
―No es necesario. Será raro que cuando vuelvas a la fiesta te vean sin él. ―A Thomas no le importó y solo se limitó a encogerse de hombros. Ella reparó en su figura. Cinco meses y parecía otra persona.
Ese rostro juvenil de rasgos firmes y encantadores ahora se veía perfilado y aguileño. Su cuerpo parecía más delgado, pero no perdió atractivo.
―¿Has estado bien? ―Thomas se sorprendió ante la pregunta formulada con suavidad por Callie.
―Dentro de lo que cabe ―le respondió―. Mamá insiste en que coma cuatro veces al día ―sonrió con pesar, ya que recordó las reprimendas que se había ganado por negarse a comer durante los primeros días de separación―. ¿Y tú?
―He comido ―contestó esquiva agachando la mirada. No tenía intención de responder cómo se encontraba, y él lo notó.
―Es incómodo, ¿no crees? ―reflexionó el joven en voz alta―. Estamos hablando después de casi cinco meses y no sé qué decir. ―Ella alzó la mirada.
―No creí que llevaras la cuenta.
―La llevo ―sonrió, observándola fijamente―, en cinco días estaríamos de aniversario de separación, si es que eso existe.
―No existe ―refutó ella―, por lo general cuando una pareja se disuelve, olvidan todo lo que tienen en común… o lo intentan.
―Seguro ―convino él―, lo intentan… aunque no siempre se puede. Es eso lo incómodo, ¿cómo se olvida el pasado?
―Es imposible ―respondió Callie―. El pasado es parte de nuestra vida. Los errores marcan lo que seremos en el futuro, nuestras decisiones nos abren camino a lo que vendrá.
―¿Es esa una indirecta, Callie? ―susurró él aproximándose y apoyando su mentón en la cabeza de su esposa, evitó que el resto de sus cuerpos entraran en contacto, pero sintió cómo la chica se estremecía―. Te he extrañado mucho ―declaró sincero, y ella cerró sus ojos suavemente.
―Yo también ―confesó Callie y él posó sus manos en torno a su cintura, y ella descansó su cabeza contra su pecho.
―Tu abogado contactó conmigo la semana pasada ―le informó mientras acariciaba su espalda. Dolía tanto, por Dios que dolía tener a la mujer a la que amaba entre los brazos pero no tener derecho sobre ella. «¿Por qué me dejaste?» quiso preguntarle, pero no se atrevió.
―Tu hermano sabía que lo haría.
―Ese granuja no me dijo nada. Me sorprendí bastante con su visita y lo dejé hablando solo. ¿No te lo dijo?
―No, no lo hizo.
―Es discreto ―dedujo el hombre con risa en la voz―. Gatita ―la llamó, y ella alzó la cabeza.
―Thomas, no. No me llames de ese modo, por favor ―le pidió la mujer separándose rápidamente de él.
―Perdón, se me escapó ―Thomas pareció abochornado por su despiste. Ese apodo era un código de cama. La primera vez que habían hecho el amor él había comparado la satisfacción de ella con el ronroneo felino.
Ella respiró pesadamente y él tomó sus manos para evitar que se alejara demasiado.
―Es inevitable. Hemos estado mucho tiempo juntos. Es la costumbre.
―Lo sé, Thomas.
―Si se te escapa algún mi amor sería normal… bueno, supongo que lo sería.
―Thomas ―la voz de Callie era suave, pero él sabía que implícitamente había una advertencia adherida.
―Es verdad ―defendió con la voz elevada―, no podemos pretender que no somos nada. Eres mi esposa. Mi mujer. La madre de mi hijo ―argumentó vehemente, llevaba meses frustrado, buscando respuestas, llorando. Se sentía solo entre un mar de gente que vivía mientras él se limitaba a existir.
―De tu hijo muerto ―contradijo ella, herida con la misma fuerza.
―Él me hizo padre por poco tiempo, pero fui padre. Sentí lo mismo que cualquier hombre cuando ve a su hijo nacer. Orgullo paternal.
―Pero él no está ―indicó la mujer con tozudez.
―Y debemos dejarlo partir, pero yo no podré olvidarlo ni aunque quiera ―suspiró con una media sonrisa y con los ojos brillantes―. Tomé su mano y acaricié sus dedos, eran tan suaves como la seda, ¿puedes creerlo? Lo abracé contra mí, lloré con él en mis brazos. Era un niño hermoso. Era nuestro niño hermoso ―dijo tocando el corazón de la joven que a su vez se vio azotada por antiguos recuerdos.
―Tenía fuerza. A mí me daba patadas continuamente ―sonrió entre lágrimas Callie.
―Sí que tenía. ¡Y sus pestañas! ―exclamó él con euforia, casi parecía estar viviendo el momento en que había sostenido al niño inerte―. Eran largas y rizadas. Sus manitas pequeñas y perfectas, besé cada dedo diminuto ―suspiró entre medio―. Amé su fortaleza. Todo de él en realidad.
―Me hubiese encantado conocerlo ―él la abrazó.
―Lo sé.
―Yo deseaba tener ese bebé.
―Lo sé, gatita. Yo también. ―Ella lloró empapando su camisa, y él se permitió llorar a su vez.
―No hay día en que no piense en él, en cómo sería, pero solo encuentro vacío. ¿Por qué a nosotros? ―le preguntó vehemente― ¡Yo amaba a ese niño! ¿Por qué?
―Gatita ―susurró suavemente intentado calmarla―, nosotros somos simples seres humanos y no podemos escapar al destino. ―El cuerpo frágil de la joven temblaba por el llanto―. Esta es una prueba, mi cielo, y en la vida hay miles de ellas ―pruebas duras, se dijo Thomas, esa era la más dura que un padre podía vivir.
―Por favor, Thomas. No me dejes sola. No quiero estar sola ―si ella no sabía lo que le estaba pidiendo, a él no le importaba.
―Nunca más, gatita. Nunca más.
―Si te pido que me dejes no lo hagas.
―No lo haré.
―Perdóname ―le rogó.
―Ya no importa.
―Fui tan egoísta. Creí que sufría sola, pero tú sufriste también.
―No te sientas culpable, pero me rompiste el corazón ―se rio él―, nunca pensé sentir algo así. Dos pérdidas en poco tiempo. Fue un calvario.
―Yo no lo sabía…
―No importa. Debía hacerme el fuerte, pero fue horrible, gatita. Horrible.
―Perdóname. ―Ella tenía el maquillaje corrido y los ojos irritados cuando lo miró, pero nunca había lucido tan hermosa para él.
―Todo está olvidado ahora, y como última cosa. ―Callie le prestó atención entre lágrimas que quebraron a Thomas por un momento―. ¿Debo esperar la visita de tu abogado, mi cielo? ―Ella rio con las mejillas rojas y él se sintió conmovido de que recobraran su color habitual.
―¿Quieres tu libertad? ―le preguntó Callie siguiéndole el juego.
―A decir verdad, es tu decisión, pero si me pides el divorcio, me tendrás en tu puerta cada día insistiendo en que me concedas una cita.
―Entonces tendrás a mi abogado a primera hora mañana.
―Eres una bribona ―jadeó él falsamente ofendido, pero sus ojos brillaron de interés un instante después―. ¿Tendré que pedirlo yo otra vez? Podrías ser tú. ―Ella entendió a qué se refería. Si la vez anterior había sido él quien le había pedido matrimonio, ahora le tocaba a ella.
―¿Quieres que me declare a ti, que eres inmune a los encantos femeninos? ―Ella golpeó su hombro―. Las chicas solían decir eso en secundaria.
―Pruébalo ahora. Bésame, tal vez me resista y salga corriendo sintiéndome violentado. ―Ella se sonrojó y él también ante la idea, pero solo un poco. Degustar sus labios nuevamente y fundirse por segundos eternos, perder el aire después de tanto tiempo separados, era un sueño para Thomas.
Él cerró los ojos como invitación y ella sonrió. Por la diferencia de estatura tuvo que alzarse sobre la punta de sus pies y apoyar sus manos en los hombros masculinos, sus labios se rozaron apenas y él gruñó en respuesta.
El beso se inició lento y fue un mero reconocimiento, aunque la sensación era igualmente hipnótica.
―Sabes a vino ―murmuró ella en medio del beso.
―Y del caro ―le corroboró él. Tomándola entre sus fuertes brazos.
La risa fue ahogada por un beso más profundo y pasional que encendió la sangre de ambos como hacía meses nada lo hacía.
―E-espera ―lo detuvo ella cuando la mano del chico se coló entre sus cuerpos para palpar su vientre y paró el beso―. Yo… creo que debo hacer algo antes.
―Que sea rápido ―apremió Thomas con la mirada ámbar irradiando fuego. Ella sonrió.
―Lo será, dame tus manos ―ordenó con suavidad y lo miró directamente a los ojos con la emoción reflejada en ellos―. Quiero que sepas que a pesar de mis errores y de lo injusta que fui. ―Él abrió la boca dispuesto a interrumpirla, pero Callie apretó sus manos suavemente para indicarle que guardara silencio―. Fui injusta y lo sabes ―siguió quedamente―. Yo he mantenido mis votos matrimoniales y los he respetado, te he honrado y amado aún cuando físicamente estábamos separados. Por eso quiero reafirmarlos ahora…
―Espera, espera. Muy rápido, gatita. ―Él separó sus manos y ella lo miró interrogante. Hurgó en su bolsillo y extrajo las dos alianzas doradas que traía consigo―. Esta es la tuya. ―Le tendió la más grande―. Jura otra vez ―ordenó.
―Thomas. ―La sorpresa en el hermoso rostro lo sobrecogió. Era tan hermosa. Tan perfecta. Tan suya―. ¿Sabías que esto pasaría o siempre las llevas contigo?
―La esperanza es lo único que se niega a morir.
―No dejas de sorprenderme.
―Me alegro. Continúa ―la instó tomando sus manos nuevamente.
Ella aspiró una bocanada de aire antes de seguir.
―Entonces como decía, Thomas, jamás he querido hacerte daño. Sufrí mucho con la pérdida del bebé y sé que tú también, antepuse tu felicidad por sobre la mía, entenderás que no sentí que fuese una pareja digna de ti en ese momento. El miedo pudo conmigo, pero yo te juro que desde ahora te consagraré mi vida y que tienes mi corazón ―él moduló un para siempre y ella rio―, para siempre. ―Con la punta de los dedos acarició sus nudillos y Thomas ahogó un suspiro para luego deslizar lentamente el anillo de compromiso en el dedo anular de su mano izquierda. Una vez hecho, besó cada dedo de esa mano y con la derecha del chico, acarició su sonrojada mejilla.
―No harás que llore, gatita ―le susurró él en respuesta―, pero que no te extrañe si desde ahora no te puedes despegar de mí.
―Si es una amenaza, valdrá la pena.
―Es una promesa ―le contradijo―, es la primera de las mías ―clarificó y con un suspiró la miró a los ojos avergonzado―, ya sabes que no se me da bien improvisar, y sé que es una cualidad que amas de mí ―Callie meneó la cabeza y le dirigió una sonrisa enamorada y radiante―, sabes que te gusta, pero haré un intento.
―Adelante, muero por verlo ―lo picó y el ego de Thomas se resintió.
―Es serio, mujer.
―Estás tan abochornado que no puedo evitarlo.
―Como sea ―murmuró en medio de un bufido―. Cuando te conocí nunca creí que llegaras a adueñarte de mí de este modo y hacerme dependiente de ti, no niego que eso me asustó cuando lo reconocí y aún ahora un poco, por eso lo negué durante meses cuando alguien me lo decía y te ignoré deliberadamente frente a los demás cuando mi cuerpo ardía de deseo por el tuyo. ―Ante eso la joven se sonrojó bastante―. No me puedes culpar por ello ―se defendió con rapidez―. Tenía diecisiete años… inexperto y tímido ¿lo recuerdas? ―le dijo azorado―, y olvidando lo desastroso de mi declaración…
―Yo diría tu frustrado intento de declaración.
―Vamos, no destruyas más mi ego ―se quejó infantilmente.
―Aun así nunca olvidaré ese día.
―Ni yo. Pero como te decía. Olvidando eso, yo intenté hacerte feliz siempre y mi felicidad dependía de ti… si estabas feliz, yo era feliz. Marcabas mi vida y todo te incluía: mi mayor alegría fue nuestro primer beso; mi triunfo favorito el que aceptaras tener una cita conmigo después de eso; la euforia indescriptible de cuando no te negaste a ser mi novia; la plenitud y el orgullo de haber sigo el primer hombre que te tocó y la emoción más grande de todas fue escucharte dar el sí hace dos años. Sin embargo, cuando mi vida marchaba de maravilla y las cosas no podían resultar mejor, me dijiste que seríamos padres y creí alcanzar la cima. Lo teníamos todo… por eso no supe reaccionar frente a la pérdida, mas aun cuando me pediste el divorcio no fui capaz de negarme, quería pedirte, rogarte que no me dejaras, pero algo de ese muchacho orgulloso queda todavía y preferí callar.
―Mi amor… ―Callie tenía la garganta cerrada de emoción por escuchar a ese hombre al que había amado prácticamente toda la vida.
―Te amo, por eso no justifico mi propio actuar y me avergüenzo de él. No he roto mis votos, pero te fallé. Por eso lo único que te puedo ofrecer es mi alma y reafirmo lo mucho que te amo, tal vez te exaspere a ratos, pero evitaré hacerlo e incluso ya no me quejaré cuando me quites el televisor ―consiguió que ella riera divertida―, leeremos juntos cada noche como solíamos hacer y luego te haré el amor hasta que estés satisfecha y ninguno pueda moverse. Y en la mañana, cuando despiertes, lo primero que verás será mi rostro enamorado. Es mi promesa.
―Cielos, Thomas. ―La chica no podía detener su llanto y lo besó con ansias―. Perdóname, mi amor, por el daño que te hice.
―Todo está olvidado ―le aseguró con tranquilidad―, ahora dame tu mano.
―¿Solo mi mano? ―le preguntó ella con coquetería. Él carraspeó, pero se alegró de que no siguiera llorando.
―Reclamaré mi noche de bodas más tarde y será la noche completa, no lo dudes, pero por el momento… ―Acarició su mano izquierda y se maravilló con su suavidad―. Te amo y así será hasta que mi vida se acabe. Para siempre. ―Le deslizó el anillo con cuidado y su mano le temblaba en el proceso. La besó largamente después y así hubiese continuado, pero tenía una cosa en mente―. Mi hermano no está ocupando su departamento porque le bajó todo lo buen hijo y por este mes está viviendo en casa.
―¿Qué me estás proponiendo?
―Tenemos el lugar para nosotros solos y yo llevo meses de abstinencia. ¿Serías tan buena de aliviarme un poco, gatita? ―le preguntó con falsa inocencia.
―Toda la noche, Thomas. Toda la noche. Al fin de cuentas es nuestra noche de bodas.
Él extrajo las llaves de su pantalón y las agitó frente a ella. El sonido nada musical fue lo más armónico que Callie había escuchado esa noche. De hecho, le contaría ya a Elsie que sus músicos no le hacían el peso a ese sonido y le propondría que lo considerara en un futuro.
Agitando la cabeza con una sonrisa ella lo abrazó por la cintura y se dejos llevar hacia donde él quisiera.
El camino al departamento le pareció eterno y Thomas se detenía a ratos para besarla por lo que demoraron mucho más de lo que deberían.
―Thomas esto es escandaloso ―se quejó Callie cuando afuera del edificio él la arrinconó contra la pared y le mordisqueó el cuello.
―¿Alguna vez lo hemos hecho en un sitio público, fuera de esa ocasión en que retozamos en la playa?
―No… nunca más ―jadeó sin aliento y él frotó su erección contra su vértice―. Pa-para, Thomas.
―¿No te gustaría hacerlo aquí? ―no era en serio, Thomas sí tenía algo de sentido del ridículo en alguna parte, pero que Dios lo perdonara si no estaba tentado a tomarla ahí mismo.
―¿Y que alguien nos viera? Jamás.
―Bueno ―él no dejó de tocarla―, si quieren vernos, pues que vean. ―Ante la expresión alarmada de su esposa él dio un paso atrás y rio―. Está bien, gatita, tú ganas. Vamos a hacer el amor en una cama con la luz apagada y mordiendo el hombro contrario para que no se escuchen nuestros gritos.
―Deja de hacerte el gracioso ―amonestó la mujer. Thomas se sintió regocijado ante el retorno de la esposa mandona que tanto amaba y que hacía solo unas horas lucía apagada y triste.
Abrió la puerta y antes de que ella prendiera la luz la arrinconó contra la puerta para besarla con fuerza y comenzar a desabrocharle el vestido.
―Perdóname, pero necesito hacerte mía ―susurró con los labios pegados a los de la chica. La urgencia dio paso al impulso y antes de que alguno de los dos se diera cuenta estaban restregando sus cuerpos frenéticamente desesperados por hacer amor.
Fue Thomas quien llevó la voz cantante durante el acto y la condujo a la habitación que su hermano les había asignado para cuando se quedaran en el departamento.
Una vez allí hizo desaparecer su ropa y la de su esposa, antes de depositarla en la cama sin dejar de besarla en los labios.
―Ha pasado casi un año… ―susurró contra la boca color cereza de su mujer―, no sé si estaré a la altura.
―¿Alguna vez no has estado a la altura?
―No lo sé, ¿lo he estado siempre? ―Callie lo miró a los ojos y le acarició la fuerte mandíbula que ya se sentía áspera por la barba que comenzaba a crecer.
―Te amo tanto, Thomas ―la tierna confesión le arrancó un gemido estrangulado y torturado al hombre sobre ella―. Te fallé al dejarte, pero quiero redimirme. Quiero vivirlo todo contigo, quiero cumplir cada sueño que teníamos ―juntando su nariz con la de él murmuró bajito―: no quiero volver a perderte.
―Eres el amor de mi vida, Callie, ¿no lo ves? No podrías perderme porque estamos destinados.
―Estuve tan cerca de…
―No sigas, amor. ―Con suavidad atrapó el carnoso labio inferior para impedirle que continuara hablando―. Ya no importa.
Volvieron a besarse largamente antes de que eso ya no fuera suficiente para sus cuerpos deseosos de sentirse mutuamente.
Thomas acarició el centro húmedo de Callie hasta llevarla al límite de su resistencia, enviándola sin misericordia a un orgasmo avasallador que le robó el aliento y le arrancó un grito primitivo de gozo.
―Oh, Thomas, te extrañaba tanto… amor, tanto ―jadeó rendida a sus atenciones. Él solo sonrió con ternura.
―Te eché de menos ―confesó acomodándose entre sus piernas y apuntando con su miembro su húmeda entrada alistándose a penetrarla―. No sabes cómo.
―Te quiero dentro de mí, Thomas, por favor.
Él no pudo negarse el placer por más tiempo y de un solo impulso se adentró en el cuerpo de su mujer.
Ambos cuerpos se reconocieron y se buscaron con ardor en una danza tan antigua como el mundo, pero que para ellos era nueva y preciosa. Thomas sentía cómo Callie lo tomaba, succionándolo con fuerza entre suspiros trémulos, provocando que cada fibra de su ser se uniera con él. No quería que terminara. No quería perder esa conexión jamás.
Arremetiendo con fuerza una vez más, se quedó quieto, disfrutando solo del placer de tenerla junto a él en la cama.
―Te amo ―murmuró besándola―. Te amo, Callie.
A Callie los ojos se le empañaron de emoción y solo pudo besarlo en respuesta.
Plenamente liberado y eufórico, comenzó a embestirla rítmicamente para que ella alcanzara el clímax y así poder dejarse llevar también.
Aplastó su boca con un beso nacido de la locura misma en pleno éxtasis sexual. Ambos alcanzaron la satisfacción y estuvieron de acuerdo en que nunca lo habían sentido tan intenso.
Minutos después, agotados y con los cuerpos íntimamente enredados, Callie acariciaba ausentemente el pecho desnudo de su esposo.
―Nunca pensé que podríamos estar así de nuevo ―declaró en un susurro.
―Yo tampoco, creí que te había perdido, pero siempre mantuve la fe.
―Te amo de una forma que debería ser prohibida, Thomas. ―Callie bajó un poco la mano para rozar la protuberancia de su sexo que despertaba a la vida con su tacto.
―Dame un respiro, gatita.
―¿De verdad quieres eso?
―No, joder, no ―blasfemó entre dientes y giró hasta posicionarse sobre la mujer antes de devorarla con un beso feroz―. Solo olvidémonos del mundo, mi amor.