País Relato - Autores

nieves hidalgo

más allá del rencor

¿Por qué no había podido llorar?
¿Por qué el acto que se había llevado a cabo le resultó tan grotesco? Se sentía vacía y hasta asqueada de ella misma, como si no hubiera tenido derecho a estar allí, como si en lugar de haber ido a incinerar el cuerpo de su hermana hubiese asistido a una de sus representaciones.
Isabel, siempre tan pendiente de su imagen ante los demás, había planeado incluso su última despedida: la enorme foto de su rostro, el compañero que hablaba de sus logros, las flores (orquídeas, ¡cómo no!) que adornaban su féretro y la sala, y hasta la música que debía sonar mientras el ataúd se deslizaba sobre la plataforma: «Nights In White Satin», The Moody Blues. Toda una representación. La última aparición por todo lo alto de Isabel Gaínza sobre las tablas, siguiendo sus propias instrucciones, escritas mucho antes de que el coche en el que viajaba se saliera de la curva en aquella maldita carretera.
¿Por qué no había podido apartar los ojos del hombre que le estaba prohibido, Alejandro Reyero, su cuñado? El ahora viudo de su hermana, al que ella amaba y que Isabel le arrebató por el simple hecho de ganar un juego.
―Qué absurdo, ¿verdad? ―dijo dando vueltas entre sus dedos al vaso.
Alejandro y ella habían ido a recoger la urna. A su madre ni siquiera le habían hablado del accidente; total, tampoco se iba a enterar porque vivía en su mundo, al resguardo de los zarpazos que da el destino. Él había dicho algo sobre tomar un café y ella había aceptado sin pensar. Ahora se preguntaba qué demonios estaba haciendo allí, mirado obsesivamente la vasija que su cuñado había dejado en la silla que estaba a su lado.
―¿Absurdo? ―le oyó preguntar y elevó los ojos hacia él.
Suspiró, se masajeó la nuca y acabó por encogerse de hombros.
―¿No te lo parece?
Alejandro desvió por un instante sus ojos hacia la urna, acercó varias veces la taza de café a sus labios y, por señas, pidió otro a la camarera. No dijo palabra hasta que le pusieron delante una nueva taza.
―Supongo que quieres decir que es absurdo que alguien muera tan joven.
―Eso, más bien, es una putada. ―Él arqueó las cejas porque nunca la había escuchado expresarse de forma tan soez―. Me refiero a las cenizas. ¿Qué nos han dado? Lo probable es que ahí dentro haya más madera del féretro que del cuerpo de mi hermana.
Alejandro se quedó mirándola un largo momento y ella no pudo ver tristeza en sus ojos, más bien algo parecido a la conformidad, ese sentimiento al que echamos mano cuando no hay remedio para algo que nos hiere.
―Has cambiado, Luna.
―Lo he hecho. Ya no soy la jovencita soñadora de antes. La vida me ha enseñado a ver la realidad, a ser escéptica. ¿Qué vas a hacer ahora?
―Cumplir el deseo de Isabel. Ella quería descansar en un lugar determinado y allí llevaré sus cenizas.
―Sotogrande ―asintió ella con un deje de ironía―. Ni siquiera en su muerte puede ser humilde. No le servía que echaras sus cenizas al mar, tenía que ser en Sotogrande.
―¿Por qué esa inquina? Erais uña y carne, os unía ese vínculo especial que nadie podía romper. Nunca entendí del todo vuestro distanciamiento.
«Porque yo te amaba de verdad, eras el único hombre para mí y ella te apartó de mi lado; no podía soportar que yo ganase en algo».
―Éramos muy diferentes a pesar de llevar la misma sangre y ser idénticas, como dos gotas de agua. Gemelas, sí, pero demasiado desiguales en el modo de ver la vida.
―Cierto. Ella era inquieta, tú sosegada; ella se desentendió de tu madre, tú te has hecho cargo de ella; Isabel guardaba su corazón bajo siete llaves, tú lo llevas fuera del pecho, donde cualquiera puede herirlo; ella exasperaba, tú tranquilizas. Guerra y Paz sería un buen título para describiros. Conocía bien a mi esposa, Luna.
Tuvo un sobresalto escuchándole. No esperaba una descripción tan cruda de su hermana y tampoco aquella sucesión de adjetivos que la adornaban a ella y no creía merecer.
¿Que la conocía bien? ¿Eso era lo que acababa de decir Alejandro? Pobre hombre. No tenía ni idea de cómo era Isabel. Estuvo tentada de hurgar en la herida contándole lo que había averiguado, pero se mordió la lengua porque la revancha no era buena consejera, porque nada ganaba ya sacando los trapos sucios a colación y porque, a fin de cuentas, algo se rompía dentro de ella sabiendo que nunca volvería a ver a Isabel. Distanciadas o no, enemistadas o no, hasta recibir la noticia de su repentina muerte había sabido que ella estaba allí, que en cualquier momento podrían olvidar sus diferencias. Ahora, no. Ahora Isabel se había ido y en su pecho se oxidarían las palabras cariñosas que había soñado poder volver a decirle alguna vez, se quedarían quietos los brazos que había querido volver a ofrecerle, se eclipsarían los besos que ya no le daría.
Le quemaba su secreto, sí. Aún le quemaba como una brasa al rojo. Porque la traición de Isabel para con ella no podía compararse con la que había perpetrado contra Alejandro. Le dolía mucho más que Isabel le hubiese humillado a él. Si al menos le hubiera amado como lo amaba ella…
Se había enterado por casualidad, mientras llevaba a cabo una investigación. Sagaz y persistente como era, le había costado poco abrirse camino como detective privado en la agencia, consiguiendo que poco a poco le encargasen trabajos de más relevancia. Y había sido uno de esos trabajos, siguiendo las pistas de un supuesto contable corrupto, el que le había llevado a descubrir que Isabel mantenía relaciones con un potentado de la industria farmacéutica.
―Hace un año pensé que volveríais a reconciliaros ―escuchó que le decía Alejandro―. ¿Qué pasó? Isabel nunca quiso hablarme sobre vuestra conversación, pero le afectó vuestra ruptura; estuvo casi una semana en cama por el disgusto y hasta anuló una de las representaciones.
A Luna se le hizo un nudo en la garganta.
Recordaba aquella tarde como si hubiera sido el día anterior. Isabel había acudido a la cafetería donde quedaron, con los ojos chispeantes y una sonrisa en la boca, convencida seguramente de que había ganado otra batalla, de que por fin ella había olvidado que le había arrebatado al hombre al que amaba y podrían retomar su relación fraternal. Pero sus ojos se opacaron y su sonrisa se convirtió en un rictus amargo cuando ella había puesto las cartas sobre la mesa, desplegando ante ella una docena de fotografías donde se la veía revolcándose en la cama de Sergio Cifuentes. Isabel no había dicho una palabra; fue ella la que habló, largo y tendido, recriminándole todas y cada una de las cosas que llevaba guardadas en su pecho. Había utilizado palabras demasiado agrias y luego lo lamentó. Lo que podría haber sido un acercamiento entre hermanas se convirtió en una guerra declarada. Por su parte, no por la de Isabel, lo reconocía. Ella solo le había preguntado si iba a decírselo a Alejandro, aunque sabía que no lo haría. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a ser capaz de romperle el corazón contándole que su esposa llevaba más de dos años poniéndole los cuernos con un seboso del que solo buscaba el pasaporte definitivo a la fama? ¿Cómo podía soportar ver la desdicha en los ojos del hombre al que amaba más que a su vida, contándole que un abogado de su calibre no era suficiente para la gran Isabel Gaínza? Que ella sufriera no significaba que tuviera que hacerlo él. Así que se tragó la bilis, negó con la cabeza, recogió las fotos y dejó plantada a su hermana.
No habían vuelto a verse.
Sin embargo, sí hubo de hacerlo con Alejandro porque su despacho y la agencia de detectives estaban a tres portales de distancia. Y para ella fue un suplicio tener que cruzarse con él, tener que admitir tomar algún café que otro en su compañía y hasta escucharle hablar de la última representación de su hermana. Una verdadera tortura mirarle y fingir que no sentía nada por él, oír su voz y aguantar el deseo imperioso de besarlo.
―¿No vas a contarme? ―insistió Alejandro.
―No hay nada que contar. Simplemente, no nos pusimos de acuerdo. Seguíamos viendo las cosas desde diferentes prismas. Lo siento, pero tengo que irme.
Se acabó su tónica de un trago, sacó el monedero para dejar un billete sobre la mesa y se colgó el bolso al hombro. Antes de poder alejarse, los dedos de Alejandro ciñeron su muñeca, reteniéndola, y a ella le recorrió un escalofrío de placer que le hizo encoger los dedos de los pies.
No quería mirarle, pero lo hizo. Y se perdió en esos ojos grandes y verdes como la hierba en primavera, en esos labios que deberían haber sido suyos, en sus pómulos marcados, su nariz patricia, su mentón decidido. Sintió que las rodillas le temblaban.
―¿Me acompañarás? ―preguntó él.
―¿Acompañarte?
―A Málaga. ―Luna dio un tirón para soltarse y frunció el ceño―. No sé si voy a ser capaz de cumplir la última voluntad de Isabel yo solo. Serán un par de días y, por muy reticente que te muestres, por muchas cosas que os separaran, imagino que querrás darle tu último adiós.
―No creo que…
―Por favor.
Luna apretó los párpados con fuerza. Viajar con él, a solas. Volver al lugar en que, con ese mismo tono de niño abandonado, le pidió un beso. Rememorar esos momentos en los que se sintió la muchacha más feliz del mundo porque estaba a su lado. Regresar al borde del mar donde una semana después le vio retozando con Isabel sobre la arena. Retornar al sitio en el que días más tarde Alejandro e Isabel anunciaron el compromiso a ambas familias, rompiendo sus sueños, partiendo en dos el futuro que había imaginado junto a él y convirtiéndola en una cáscara vacía.
Volvió a tomar asiento porque se mareaba.
Pero asintió. ¿Qué otra cosa podía hacer? Los rescoldos del cariño que había sentido por su hermana se sobreponían a los reproches que se hicieron, al rencor y al resentimiento. Porque seguía queriendo a Isabel y la echaba de menos, aunque se empecinara en no demostrarlo ante los demás y negárselo a sí misma.
***
No había podido pegar ojo, debatiéndose entre el deseo de poder pasar unos días en compañía de Alejandro y el sentimiento, absurdo a todas luces, de estar traicionando, y hasta envileciendo, la memoria de Isabel.
Cuando Alejandro fue a recogerla a primera hora de la mañana estaba agotada; los círculos oscuros bajo sus ojos delataban la mala noche pasada y su humor no era el mejor. La ayudó a guardar en el maletero la mochila que llevaba, le abrió caballerosamente la puerta y se puso al volante.
―¿Tuviste problemas en la agencia? ―preguntó antes de arrancar.
―Me debían días de vacaciones, ningún contratiempo.
Él asintió y se unieron al tráfico sin volver a decir palabra. Enfilando ya la carretera que les llevaba a su destino, Alejandro le pidió que abriera la guantera. Luna así lo hizo y el corazón le dio un vuelco al reconocer la apretada letra de su hermana en un sobre de color lila, de los que le gustaba utilizar, que se veía que había estado doblado.
―Lo encontré revisando sus cosas, en la caja donde guardaba las joyas, junto a una nota en la que indica que te las deja a ti.
Luna tomó el sobre con dedos temblorosos, pero no se atrevió a abrirlo. Se le llenaron los ojos de lágrimas recordando que el joyero había sido un regalo de ella a Isabel, por su primer papel en el teatro.
―No quiero ninguna joya.
―Véndelas y dona el dinero. Tu hermana colaboraba con varias organizaciones humanitarias, te daré los nombres. ¿No vas a leer la carta?
Ella respiró hondo y rasgó un lateral del sobre antes de poder arrepentirse. Sacó la cuartilla y la desplegó. Paseó la mirada por las líneas escritas y volvió a sentir que el mundo se hundía bajo sus pies. No era una despedida ni una misiva escrita en un momento de arrepentimiento y luego olvidada. Era una confesión en toda regla, una súplica desgarrada que la pilló desprevenida.
«Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy en el mundo de los vivos ―comenzaba escribiendo Isabel―. Lo sé, lo sé, es una frase manida y melodramática, pero soy actriz, cariño, no puedo remediarlo.
Me he confundido en todo. He engañado, traicionado y humillado para conseguir mis fines. He fallado como hermana, como hija y como esposa. Y lo siento. No te puedes imaginar cuánto. Supongo que es hora de arrepentirme de todas mis equivocaciones y pedir perdón. A Alejandro no soy capaz de pedírselo, no podría mirarle a la cara, pero te ruego que lo hagas tú en mi nombre. Dile que siento haberle engañado haciéndome pasar por ti, haberme quedado embarazada, haber perdido a nuestro hijo. Ni siquiera eso supe hacerlo bien. Sé que le rompí el corazón y que te lo rompí a ti, pero se me fue de las manos, Luna, te lo juro. Nunca pensé que lo que comencé como un juego, como uno más de los que llevábamos a cabo cuando éramos pequeñas y nos intercambiábamos los papeles para gastar una broma, trajera consecuencias tan funestas para los tres.
Alejandro te amaba a ti y te sigue amando. A mí me soporta, tal vez porque ve tu rostro cuando me mira, pero a ti te idolatra. Y no puedo irme sin arreglar las cosas, ¿no te parece? Pero soy demasiado cobarde para decirte todo esto frente a frente, así que prefiero que te enteres cuando descubráis esta carta y yo esté ya lejos (me han dado solamente un par de meses de vida, no vais a tener que esperar demasiado). Ya ves, pensé que tenía todo el tiempo del mundo, y sin embargo...
Cuida de Alejandro. No he conseguido darle el amor que se merece, pero sé que tú le harás feliz. Debes hacerlo. Debes recuperar el tiempo que yo, con mi alocado proceder, os he robado. Lo único que me queda ya es morir con la conciencia tranquila, imaginar que las cosas serán como debieron ser siempre.
Te quiero.
Isabel».
Fue como si una garra le estuviera estrujando el corazón, impidiéndole respirar.
―Para, por favor.
Alejandro la vio tan pálida que ni se planteó obviar su petición aunque estuvieran en medio de la autovía. Puso las luces de emergencia y paró en el arcén.
―¿Qué pasa? Por Dios, Luna, pareces a punto de desmayarte.
Ella no pudo contestar, se limitó a soltar el cinturón, abrir la puerta y salir del vehículo un segundo antes de doblarse en dos. Un sudor frío la envolvió, las rodillas le fallaron, y de no haber sido por los brazos de Alejandro, hubiera caído al asfalto. Entonces sí dio rienda suelta a su pena: de su garganta escapó un grito largo e inhumano como protesta por la muerte de Isabel. Lloró como no recordaba haberlo hecho en años, dejándose arrastrar por el desaliento, por un dolor tan intenso que la traspasaba como un cuchillo.
Alejandro apretaba el cuerpo estremecido por los sollozos contra él, mesaba el cabello de Luna, pero no hizo nada para que ella dejara de llorar porque sabía que le hacía falta desahogarse. Se sentó en el suelo atrayéndola consigo, hizo que reposara la cabeza en su hombro, la rodeó con un brazo y allí se quedaron ambos durante largo rato, hasta que poco a poco ella se fue calmando. Pero no permitió que se apartara de él. La retuvo a su lado porque sentir el cuerpo de Luna junto al suyo era como volver a estar en el cielo. Hacía tantos años que la añoraba... El destino se puso en su contra, se burló de ellos, pero ahora les daba una segunda oportunidad. Le importaba un carajo si hablaban, si estaba mal visto o si condenaba su alma por desear a esa mujer apenas unos días después del fallecimiento de su esposa. Luna debería haber sido la mujer que compartiera su vida, no Isabel. Y por todos los demonios del infierno que no iba a perderla de nuevo.
Tomó el rostro femenino entre sus manos y la besó. Fue un beso largo, intenso, ardiente. Un beso que llevaba mucho tiempo esperando poder darle, que quería decirle cuánto la amaba, que nunca había dejado de hacerlo. Sintió que renacía, que estaba junto a la mujer que debía estar, que las brumas que habían rodeado su existencia junto a Isabel se difuminaban.
Al separarse, Luna le miró muy seria, pero le pasó un dedo por el puente de la nariz, como solía hacer antaño a modo de gesto cariñoso.
―A mi hermana le habían dado dos meses de vida. ¿Lo sabías? ―Él asintió―. ¿Por qué no me dijiste nada?
―Isabel no quería que nadie lo supiera. Ni siquiera me lo dijo a mí, lo supe por casualidad. Igual que descubrí que me engañaba desde hacía tiempo con otro hombre. Bueno, era normal, nuestra vida matrimonial acabó seis meses después de la boda, así que...
―¡Lo sabías! ―se alarmó ella.
―Y por lo que veo, tú también. Ahora me toca a mí preguntar el motivo por el que no me lo contaste.
―No quería que sufrieras ―repuso eludiendo su intensa mirada.
―Ha habido demasiados secretos entre nosotros ―dijo moviendo la cabeza con pesar―. Lo lamento, pero debes entender que yo no era quién para desvelar el hecho de que a Isabel le quedaba poco tiempo de vida.
―Eras su marido, por amor de Dios.
―Sí, pero un papel firmado y la bendición de un sacerdote no nos dan derechos sobre la otra persona. Ella quería ocultar su estado y yo lo respeté. No la amaba, pero tampoco la odiaba; sabía que ella necesitaba seguir con su vida como si no pasara nada. Tenía que ser Isabel Gaínza, la diva, hasta última hora. La Providencia ha sido benévola con ella, haciendo que su coche cayera por ese barranco. Lo peor que podía pasarle a Isabel era apagarse en la cama de un hospital. ―Se masajeó las sienes porque hablar de aquello le había levantado dolor de cabeza. Se puso en pie, ofreció la mano a Luna y regresaron al coche.
―¿Me dejas conducirlo? ―preguntó ella―. Me calma los nervios.
Por toda respuesta, él abrió la puerta del copiloto, entró, se puso el cinturón y recostó la cabeza. Estaba hecho un lío; no le vendría mal que Luna condujera mientras pensaba qué hacer con su vida de allí en adelante. Ella había respondido a su beso, sí, pero de ahí a volver a retomar la relación que mantuvieron cuando eran más jóvenes iba un abismo. ¿Cómo hacerle ver que la necesitaba más que al aire, que la llevaba necesitando desde hacía seis años, que soñaba con ella cada noche?
Pararon a descansar y tomar algo un par de veces, intercambiándose al volante, pero apenas hablaron. Parecían dos completos extraños, y Luna rehuía sus ojos constantemente. Alejandro sentía como si le estuvieran arrancando las entrañas; no sabía qué hacer o decir para llegar a ella. Hasta lamentaba haberla besado porque Luna, no sería extraño, podría verle como un sátiro que buscaba sustituir lo que había perdido.
Sin embargo no era así. También ella navegaba en un mar de dudas. ¿Realmente Alejandro seguía amándola después de tanto tiempo? ¿No sería una última broma de Isabel? El beso reciente podría no significar lo que ella ansiaba; quizá había sido simplemente un acto de desesperación ante la reciente pérdida, por mucho que hubiera dicho que la relación entre su hermana y él había muerto casi desde el principio.
Un par de kilómetros antes de llegar a su destino, Luna le pidió que parara un momento. Bajó del coche y regresó con una caja con dos orquídeas en su interior, que dejó en el asiento trasero. Alejandro preguntó si quería pasar primero por el hotel que había reservado para la noche.
―Primero cumplamos el deseo de mi hermana ―repuso ella.
Sotogrande estaba tan cambiado que Luna no reconoció el lugar. Hacía años que no había vuelto a pisar sus calles ni a pasearse por el puerto, al que llegaron poco después. Vio a Alejandro hablando con un sujeto que le entregó algo, y luego le hizo una seña a ella para que le siguiera. Tomó la urna donde estaban las cenizas de Isabel, notando que le quemaba en las manos. Al parecer, él había pensado en todo; una pequeña lancha que se mecía a los vaivenes del agua del puerto les estaba esperando. Subieron a ella, Alejandro la puso en marcha y salieron a mar abierto, sin mirarse ni decir palabra. Luna llevaba aferrada fuertemente la urna contra su pecho. Quería acabar con aquello y, al mismo tiempo, sentía que cuando echaran las cenizas al mar perdería definitivamente todo contacto con la que fue su hermana. Pero había sido el deseo de Isabel y ellos lo cumplirían.
Se paró el motor, dejando la lancha a la deriva. El mar estaba algo picado y el viento deshizo el peinado de la muchacha. Alejandro no pudo reprimir el deseo ardiente de volver a besarla. Estaba tan bonita así, con el cabello suelto, como a él le gustó siempre vérselo. Se contuvo porque no era momento ni lugar, pero sucumbió a la necesidad de enterrar sus dedos en esa melena trigueña para deleitarse con su suavidad.
―¿Quieres que esperemos un momento antes de...?
―No soy de rezos.
―Pero sí de recuerdos. Y sé que ahora te vienen a la cabeza mil instantes maravillosos junto a Isabel. No los arrincones, déjalos salir, disfruta al evocarlos. ―Entrelazó sus largos dedos con los de la muchacha―. Hagámoslo juntos y...
―En su carta me pide que cuide de ti ―le cortó mirándole a los ojos, con los suyos cubiertos por una película acuosa que amenazaba con derramarse―. Me pide que te ame, que te haga feliz.
Alejandro tragó convulsamente, sus dedos se aferraron con inusitada fuerza a los de ella. Un segundo después, Luna se encontraba pegada al cuerpo masculino, estrechada entre los brazos del hombre que era todo su mundo. Le rodeó con los suyos, apoyó la mejilla en su pecho y se dejó llevar por el placer que levantaban los dedos de Alejandro trazando círculos en su espalda.
―¿Lo harías? ―preguntó él muy bajito, casi sin voz.
―¿Querrías que lo hiciera?
―¿Le preguntarías a un náufrago si quiere volver a tierra? ¿A un sediento si quiere agua? ¡Por Dios, Luna! Te he amado desde que éramos dos adolescentes. Quiero cuidarte y que me cuides, amarte y que me ames, ver los amaneceres y los ocasos a tu lado, envejecer cogidos de la mano. Pero los dos necesitamos tiempo para asimilar lo que ha pasado, así que démonoslo y después, solo si tú lo deseas, quizá podamos...
Ella se puso de puntillas para besarlo con ligereza en los labios. Luego se apartó para recoger la urna, que le entregó sin soltarla. Sus manos se unieron al sujetarla. Quitaron la tapa, intercambiaron una mirada triste y luego, silenciosamente y de acuerdo ambos, volcaron su contenido sobre las pequeñas olas que rompían contra el casco. A continuación, Alejandro entregó las orquídeas al mar. Para su sorpresa, Luna sacó algo de su bolso: un cilindro plastificado al que había atado una piedra pequeña. Flotó un segundo y luego se hundió en las profundidades.
―¿Qué era eso?
―Una copia del guion de la obra que Isabel iba a estrenar dentro de un mes ―respondió ella con una sonrisa melancólica―. Allá dónde esté ahora, igual le hace ilusión representarla. Seguro que San Pedro aplaude a rabiar.
Alejandro la abrazó por los hombros, pero no dijo nada. Arrancó de nuevo el motor para regresar a puerto. Mientras surcaban las aguas, Luna se acodó en la popa. Sus lágrimas se mezclaron con la estela de espuma que dejaba la lancha que les alejaba de Isabel. Las flores se empequeñecían en la distancia.
Y ella acababa de tomar una decisión que bien podía cambiar su existencia.
En el hotel, el recepcionista les dio la bienvenida depositando dos llaves sobre el mostrador, no sin antes solicitar su documentación.
―Las habitaciones son contiguas...
―Está bien así ―cortó Alejandro.
Luna le tomó de la mano y él la miró. La sonrisa de la muchacha seguía teniendo una sombra de tristeza, pero sus palabras hicieron que el corazón le brincara en el pecho.
―Solo ocuparemos una habitación ―indicó ella al recepcionista empujando su llave hacia él, sin abandonar la mirada del hombre al que amaba―. ¿Te parece bien, Alejandro?
A él le importó poco que el uniformado empleado les estuviera mirando: tomó el rostro de Luna entre sus manos y atrapó sus labios en un beso que contestaba con más claridad que las palabras a su pregunta.