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montserrat del amo

en tierra de nadie

Pedro, un patojo de un pueblo del interior de Guatemala, acaba de llegar a la capital, una ciudad grande con algunos rascacielos, largas avenidas llenas de coches, autobuses y camiones de caótica circulación, pero formada en su mayor parte por barriadas de casas bajas con calles sin aceras que forman un laberinto donde se pierde el forastero.
Pedro, desorientado, tropieza con los transeúntes que, en vez saludarlo amablemente como hacen los vecinos de su pueblo, le gritan:
—¿De dónde sales tú, patojo?
—¡Apártate, basura!
—¡Quítate de delante!
—¡Deja el paso libre, basura!
Pedro se encoge, hunde la cabeza entre los hombros, baja los ojos y aguanta sin replicar el insulto que oye a cada paso:
«¡Basura, basura, basura!».
Entre la aldea lejana y la ciudad hostil, Pedro se siente perdido en tierra de nadie; pero sigue adelante, dispuesto a cumplir la tarea que lo ha traído a la ciudad: conseguir la libertad de su padre, antiguo guerrillero, ahora injustamente acusado de robo, que ha sido detenido y trasladado a la capital en prisión preventiva sin atender a sus protestas de inocencia. Si nadie se ocupa de airear su caso, se pudrirá en la cárcel.
Para llevar adelante su tarea, Pedro cuenta con un certificado de buena conducta extendido por el alcalde del pueblo a nombre de su padre; unas cartas de recomendación escritas por el cura a algunas personas influyentes que podrían ayudarlo; un poco de dinero recogido entre familiares y vecinos para que pueda sobrevivir en la capital durante algún tiempo…
Y un montón de consejos:
—Primero, tienes que localizar el sitio donde se encuentra detenido tu padre para presentar el certificado de buena conducta al director de esa cárcel, a ver si lo deja en libertad —le explicó el alcalde—. Pero, si no lo sueltan enseguida, visita a tu padre siempre que puedas para que no se sienta solo y llévale comida todos los días, que el rancho de la cárcel es malo y escaso.
—Toma estas cartas de recomendación que he escrito a personas influyentes que me conocen y tal vez quieran ayudarte. En los sobres están sus direcciones: preguntando se llega a todas partes —le dijo el cura.
Y le advirtió:
—No te acobardes ante los vigilantes o los porteros que te cortarán el paso. Diles que tienes que entregar la carta al interesado en propia mano. Si te echan a la calle a patadas, sal corriendo, pero insiste una y otra vez hasta lograr que te reciba la persona indicada.
—Ocúpate de tu tarea por las mañanas; pero, por las tardes, asiste a la escuela —le recomendó el maestro con mucha insistencia—. Huye de los pandilleros y las niaras y recuerda que la educación y la cultura son los mejores medios para abrirse camino en la vida.
—Pórtate bien, no repliques, no armes peleas. Pero imita a tu padre: sé valiente y no te dejes avasallar por nadie —le murmuró su madre al oído al darle un abrazo de despedida.
Pedro lleva varios días yendo de un sitio a otro, rechazado por porteros y vigilantes, sin poder entregar las cartas.
en los cuarteles y las cárceles donde se acerca a preguntar, recibe siempre la misma respuesta:
—Aquí no está.
Pedro se para ahora delante de un antiguo convento de tiempos de la Colonia donde se hacinan centenares de detenidos en espera de juicio. Aunque los vigilantes no dejan a los presos asomarse a las ventanas y los centinelas impiden que los familiares se acerquen a las tapias de la cárcel, unos y otros lo hacen siempre que pueden.
Así es como logra Pedro dar con el paradero de su padre, atisbándolo a distancia.
Y le grita:
—¡Padre! ¡Estoy aquí! ¡Madre le envía recuerdos! ¡Y todo el pueblo desea ayudarle!
Puede que no lo haya oído, pero Pedro sabe que su padre sí que lo ha visto, porque ha hecho un gesto de saludo disimuladamente. Al momento, un vigilante desde dentro y un centinela desde fuera los obligan a interrumpir su leve comunicación a distancia.
—¡Está prohibido pararse junto a las tapias de la cárcel! —grita el centinela amenazando a Pedro con la culata del fusil—. ¡Lárgate de aquí, basura!
Pedro agacha la cabeza y echa a andar, pero, en vez de alejarse, entra en la cárcel, pregunta por su padre al vigilante de la entrada y esta vez no se contenta con el «Aquí no está» de costumbre.
—Sí que está —insiste—. Lo he visto desde la calle.
Consigue al fin que el vigilante se moleste en consultar el fichero:
—Pues sí que está —reconoce a regañadientes—. Puedes traerle comida y venir a verlo. La comida se entrega todos los días a las doce, por la puerta de atrás. La visita es el domingo por la mañana.
—Aquí estaré sin falta —asegura Pedro—. Pero ahora quiero ver al director.
—¿Para qué?
—Para darle esto.
—¿Qué tienes ahí? ¿Un certificado de buena conducta? ¡Pero si esto es papel mojado!
ante la cara de extrañeza de Pedro, le explica:
—Quiero decir que no vale para nada.
—Pues tengo que dárselo al director.
—Hoy no está en su despacho.
—¿Y mañana? —insiste Pedro.
El vigilante lo echa a empujones a la calle sin contestarle.
Pedro compra comida caliente en un puesto de la calle y se pone en la cola que se forma todos los días en la puerta de atrás de la cárcel.
Los familiares de otros presos se conocen y hablan entre ellos:
—Mi hijo lleva ya dos semanas detenido —dice una mujer—. Y eso que es inocente.
—Pues mi marido, un mes largo y aún no lo han llamado a declarar.
—Las cosas de palacio van despacio —sentencia un viejo.
—¡Y las de la cárcel, más lentas todavía! —se lamenta otro.
Pedro escucha en silencio tan desalentadores comentarios, pero sigue decidido a cumplir su tarea.
Pasan los días, los papeles se arrugan sin que Pedro consiga entregar las cartas ni el certificado, y el dinero se acaba. Como la tarea va para largo, Pedro decide dejar la pensión; ocuparse de la libertad de su padre por las mañanas; asistir a la escuela por las tardes; dormir unas horas en la calle arrebujado en una manta; y trabajar en el mercado de madrugada cargando sacos para ganar el dinero que necesita para permanecer en la capital.
Esa misma tarde, Pedro entra en una escuela y habla con el director, que le dice:
—Antes de admitirte, tengo que examinarte. Saca tu bolígrafo y prepárate para responder por escrito unas cuantas preguntas.
Pero Pedro no tiene ni bolígrafo, ni cuaderno, ni lápiz.
—En el pueblo —explica—, el maestro nos daba los lápices y los cuadernos todos los días al comienzo de la clase y nos mandaba escribir flojito, para borrarlo todo cuando se nos terminaban las hojas en blanco y usar otra vez el mismo cuaderno.
El director se lamenta para sus adentros de la pobreza de las escuelas de los pueblos y teme que, con tan escasos medios, el nivel de los alumnos será muy bajo.
«Si este patojo todavía no sabe leer ni escribir, tendré que enviarlo a una escuela de párvulos a pesar de su edad».
Pero se lleva una sorpresa cuando le entrega un libro de letra pequeña y Pedro lo lee de corrido.
—Ahora, toma este papel y este bolígrafo y pon aquí tu nombre.
Al de pila, Pedro añade una larga lista de apellidos indígenas escritos con letra clara, sin que las líneas se le tuerzan ni se le vayan para arriba ni para abajo.
—¡Muy bien!
El director lo examina a fondo y termina diciéndole:
—Tienes un buen nivel de conocimientos. Quedas admitido en esta escuela. Precisamente hay un pupitre libre en sexto grado, en el turno de tarde.
El director le indica dónde está esa clase.
—Puedes empezar mañana mismo. Ven a las tres en punto —le dice.
—Aquí estaré sin falta —asegura Pedro—. Muchas gracias.
Al día siguiente, Pedro comienza el ritmo que tendrá que llevar en adelante: levantarse al alba; trabajar en el mercado cargando sacos; seguir con la entrega de las cartas de recomendación y preguntar por el director de la cárcel que nunca está en su despacho; comprar comida; tomar su parte esperando en la cola; entregar una buena ración para su padre en la puerta de atrás, y dirigirse a la escuela para llegar puntualmente a clase.
Hoy, primer día, con el temor de que se le haga tarde, corre tanto que llega con media hora de adelanto.
Unos muchachos de su edad vestidos con ropa deportiva, zapatillas de marca y mochila al hombro, se le acercan y lo rodean, curiosos:
—¿Qué haces aquí?
—Vengo a esta escuela.
—¿Sin libros ni cuadernos?
Pedro les enseña el bolígrafo que se ha comprado esta misma mañana.
—¡Pues sí que estás bien equipado!
—¿Y a qué curso vas?
—A sexto grado.
—¿A nuestra misma clase?
—¿Con esa blusa de pueblo tejida a mano y esos pantalones remendados pretendes codearte con nosotros?
—¡Esta escuela no es para ti, basura!
—¡Búscate otra!
—¡Aléjate, basura!
Pedro da un paso atrás para escapar del cerco de los estudiantes, pero lo detienen otros patojos, estos vestidos con camisetas harapientas y pantalones sucios, con pinta de pandilleros de barrio, que se han colocado a sus espaldas.
—¿A qué vienen tantas prisas?
Los estudiantes contestan a los recién llegados, como si Pedro no existiera:
—Este patojo pretende entrar en la escuela, pero nosotros no lo dejaremos.
—¡Con esa ropa de pueblo!
—Además, que a mí me ha parecido verlo en la cola de la cárcel. Di, ¿no eras tú el que estaba esperando con comida para un preso en una lata vieja, esta mañana?
—¿A quién llevas comida? ¿A un ladrón, a un asesino?
Pedro no se avergüenza de que los estudiantes lo hayan visto en la cola de la cárcel, pero antes de que pueda proclamar la inocencia de su padre, uno de los pandilleros comenta:
—¿Tienes líos con la justicia, patojo? ¡Entonces, eres uno de los nuestros!
A uno y a otro grupo no les vendría mal el refuerzo de un patojo tan fuerte como este que acaba de aparecer en el barrio, y ahora los estudiantes y los pandilleros se lo disputan, intentando llevárselo cada uno a su bando.
—Si te unes a nosotros, te daremos ropa de la nuestra y te dejaremos asistir a clase —le prometen los estudiantes.
Y le aseguran:
—A nosotros nos protegen los policías.
—Pero nosotros somos los amos del barrio —replican los pandilleros.
—Te defenderemos si entras en nuestra mara.
Como Pedro permanece callado, con la cabeza gacha, en tierra de nadie, sin decidirse a tomar partido, unos y otros lo acosan:
—¡Vente con nosotros, o vuélvete al pueblo, basura! —le dicen los estudiantes.
Y los pandilleros lo amenazan:
—¡Un boli no sirve para nada! Si quieres sobrevivir en la calle, cómprate una navaja.
Pedro piensa para sus adentros:
«¿Qué puedo hacer? ¿Seguir en tierra de nadie? ¡No! Porque esta tierra que piso es mía, aunque quieran negármela».
Todo parece estar en contra suya: la acusación injusta, los porteros autoritarios, los personajes inaccesibles, los vigilantes prepotentes, el director ausente, la asistencia a la escuela amenazada…
«No me iré sin cumplir mi tarea».
Pedro reacciona. Se yergue hasta alcanzar toda su estatura, saca pecho y ensancha los hombros acostumbrados a la carga. Los ojos le brillan y aprieta los labios.
Arremete con todas sus fuerzas contra el cerco que lo apresa con un ímpetu que ni los estudiantes ni los pandilleros esperaban. Lo rompe del primer empellón, abandona la tierra de nadie y entra en el patio de la escuela, dispuesto a conquistar la suya propia a cada paso que dé en adelante. Sin entrar en peleas, pero sin dejarse avasallar por nadie.
Saluda al director en la entrada:
—Buenas tardes.
—Buenas.
Acaba de ganar su primera batalla.