al despertar
Otro día igual. Igual que ayer, igual que anteayer, que la semana pasada y que la que viene.
Te diriges a la cocina, mientras tus ojos se humedecen al recordarles. ¡Les echas tanto de menos! Ya no tienes que despertar a nadie, ni oyes ninguna maquinilla de afeitar.
Como cada día desde hace casi un año, cuando entras en la cocina enciendes la radio, aunque apenas le prestas atención a sus voces. Coges el molinillo de café y lo llenas, hoy con los últimos granos que quedan en la bolsa. Pones a hervir en un viejo cazo un poco de agua. Y buscas, en el cajón, el colador de tela por el que caerá el sabroso líquido de intenso color marrón y aroma envolvente de recuerdos llenos de felicidad y risas, en las sobremesas que ya nunca volverán.
No evitas que las lágrimas caigan por tus mejillas al mojar el croissant en el café. Quieres desahogarte antes de salir de casa.
Pones el servicio del desayuno en el lavavajillas y ves lo vacío que está, aunque llevas metiendo platos desde ayer. Niegas con la cabeza. ¡Cuánto les añoras!
Vas al lavabo para recomponer tu rostro, te quitas los rastros de sal, vuelves a ponerte crema hidratante y coloreas tus pómulos con un ligero toque de maquillaje. Al mirarte al espejo te sale un sonoro suspiro y te das cuenta que no has apagado la radio ni la luz de la cocina.
Primero coges el abrigo y el bolso, buscas las llaves de casa. Apagas la luz y la radio. Y cuando pasas por la chimenea acaricias la foto donde aparecen subidos el uno encima del otro, aquel verano que fuisteis a Menorca. Su último verano.
Maldices entre dientes al conductor borracho y vuelves a tragar saliva. Te despides de ellos y sales a la calle. Te diriges con resignación a trabajar y guardas tu dolor tras una sonrisa en tus labios.