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Libros de mónica de la o callejo cortés

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mónica de la o callejo cortés

el guapo

Érase una vez, un hombre guapo, guapísimo, de enorme atractivo, que destacaba entre todos los de su género allá donde fuese y, además, él lo sabía.
Su belleza provenía desde la infancia, fue un bebé precioso, sonrojado y con rostro de querubín. Al crecer, siguió siendo un niño guapo, destacaba en la escuela por su belleza, no tanto por sus notas, pero gracias a su sonrisa, las maestras hacían “la vista gorda”.
Y ya se lo decía su abuela: “Más vale caer en gracia que ser gracioso”, en su casa no paraban de decirle lo guapo que era, y claro, él terminó por creérselo.
Cuando el guapo, que así le apodaban en su pueblo, fue un hombre adulto, siguió siendo tremendamente guapo. Esto le favorecía en los empleos, como antes lo hizo en la escuela, y aunque fuera un trabajador mediocre, siempre ganaba los puestos a otros candidatos.
El guapo tenía todo de cara. Era un triunfador nato y en el amor le iba más que bien. Coleccionaba mujeres, citas, besos, polvos y orgasmos. Y todo lo que coleccionaba, en un número excesivo. Todas sus relaciones eran esporádicas, cortas, con sexo sin compromiso, eso sí, sexo de calidad, del bueno, del que pone los ojos en blanco a la compañera, el guapo era todo un experto en artes amatorias. El guapo se gustaba así mismo, era un narcisista. Se miraba al espejo y retocaba su aspecto hasta quedar perfecto. Ya os dije que su belleza venía de cuna y aunque era natural, él la explotaba al máximo… no salía de casa peinado ni vestido de cualquier manera. Le encantaba ir a la moda y comprar en boutiques donde atienden mujeres jóvenes y bonitas. Las dependientas le atendían con sumo placer, le sacaban las prendas que mejor le iban, le buscaban la talla o el calzado que combinara perfectamente con su atuendo, y la mayoría de las veces, El guapo se llevaba el teléfono de alguna de ellas en el bolsillo.
Cuando el guapo se arreglaba, era todo un ritual. Se daba una larga ducha con jabones aromáticos y después se embadurnaba de loción corporal con el mismo perfume. Su afeitado era siempre perfecto, y lo combinaba con épocas de llevar barba, por supuesto perfectamente arreglada. Gozaba de un buen pelo, ondulado y fuerte, no tenía problemas de alopecia e iba a un famoso peluquero con frecuencia, que le mantenía el pelo al día de las últimas tendencias.
Al guapo le encantaba su reflejo en el espejo y en las fotos, subía mil imágenes a sus redes, con su sonrisa y pose perfectamente ensayada, no dejaba nada al libre albedrío y sus publicaciones obtenían miles de likes, en especial en las que tenía el torso desnudo. Era un auténtico coleccionista de likes.
No le hacían falta aplicaciones para ligar, lo hacía según pisaba la calle: en la cafetería, en el metro, esperando el autobús, en el taller, en el trabajo, en las tiendas, en los semáforos… tenía teléfonos de mujeres por doquier. Él, muy cuidadoso y ordenado (este chico lo tiene todo) los guardaba en un cuaderno.
Era su cuaderno secreto. En él, estaban los enigmas de su colección de amantes, anotaba el nombre de las mujeres, su teléfono y datos sobre ellas. Elementos que le hicieran recordar. Cómo eran, su aspecto, dónde habían tenido la cita, si había sucedido en su casa o en la de la mujer, cómo eran sus pechos, su trasero, su pubis o su ropa interior y cómo había sido el polvo. Además, les ponía nota del 1 al 10. Solo volvía a estar con la misma mujer, si esta superaba el 8, es decir, pocas veces repetía, porque la mayoría las puntuaban por debajo, como dato curioso, muy pocas de ellas obtenían el 8, las menos el 9 y ninguna había llegado al 10.
Esto es un ejemplo de anotación de su cuaderno: “María, teléfono xxxxxxx9, 24 años, rubia, ojos verdes, bajita, delgada, pechos pequeños, pero duros, culo sin interés, rasurada, nos presentó mi hermana, lo hicimos en mi casa, folla regular, es sosita. Nota final 6. No hay opciones de repetir”
Además, adjuntaba un listado de las mujeres con las que no había estado aún, pero que tenía posibilidades de llamar o estar. Era todo un coleccionista de mujeres y no descartaba la opción de iniciar a coleccionar hombres, pues había notado que también tenía mucho éxito entre ellos.
En su agenda había mujeres de todos los tipos. En el listado estaban todas sus compañeras de estudio, colegas de trabajo, jefas, amigas de su hermana, amigas de su madre, vecinas, primas, limpiadoras de la oficina, carteras, jóvenes, mayores, solteras, casadas, prometidas, viudas. Y aunque prefería llevarlas a su apartamento o ir al domicilio de ellas, a veces se ponía creativo, teniendo sexo en cualquier lugar. En la adolescencia había fornicado en todos los baños del instituto, incluidos los de la biblioteca, de hecho, en una ocasión con la mismísima bibliotecaria. Había repetido dos veces con la empleada de la estación de servicio, una vez en el túnel del lavado de coches y en otra tras el mostrador, cuando la gasolinera cierra al público y solo abren la ventanilla.
Era un tipo sin escrúpulos. Eso sí, siempre usaba condón, no quería esparcir su semilla por el mundo, aunque muchas le habían insistido en no usarlo confesando tomar otros métodos anticonceptivos, pero él, no se dejaba engañar. Le horrorizaba la posibilidad de tener un hijo o hija, de tener algo en común con alguna de las mujeres de la colección.
Sí, era atractivo, buen amante, era puro fuego y era consciente de que las dejaba satisfechas y se apodaba a sí mismo como el empotrador, pues estaba seguro de que quedaban encantadas, ya que todas le escribían y le llamaban para repetir. Pero, como ya os conté, raramente esto sucedía, era una rara avis. El guapo era un tipo frío y calculador, corazón de hielo y rabo de fuego.
El guapo no tenía amistades. Se rodeaba de otros hombres, con los que compartía alguna afición o salida, pero no los consideraba amigos, solo los usaba con algún fin. Ellos le envidiaban, ansiaban su triunfo, su vida sexual e intentaban imitarlo sin éxito. La mayoría, con el tiempo, habían sucumbido al amor, se habían emparejado e incluso formado una familia. El guapo no les envidiaba, al revés, sentía asco de ellos. De hecho, algunas de sus mujeres estaban en su listado.
El guapo sabía cómo mantener varias relaciones a la vez y caldear el ambiente hasta que alguna sucumbía. Tenía el récord en hablar con 14 mujeres simultáneamente, y cuando cedían las citaba repartidas en diferentes días. Así mismo, tenía el récord de tres relaciones sexuales por día y con mujeres distintas. Mañana, tarde y noche. Cuando conseguía esto, se volvía loco, y para celebrarlo subía una foto con cara de triunfador a las redes, más guapo, más caliente y más sexual que nunca. Tres mujeres en un día, eso merecía una foto tras el último polvo y se la hacía frente al espejo del baño, sin secarse aun el sudor, el cual hacía brillar su piel de adonis.
¿Y cómo lo conseguía? Trataba a las mujeres como si fueran únicas, simulaba que no yacía con nadie en mucho tiempo, Les regalaba los oídos, aprendiéndose alguna frase o rima hecha para que las mujeres cayeran rendidas a sus pies. Y eso significaba otra mueca en su revolver, una nueva anotación en el cuaderno.
¿Y quién o cómo sería la mujer diez? Pues aún no la conocía, pero las pocas a las que había puntuado así en su listado, eran mujeres muy atractivas, fogosas, buenas amantes, no excesivamente sumisas. Según él, rozaban la perfección y las subrayaba con un rotulador fluorescente, y en ese caso se dignaba en volver a llamarlas, si no lo hacían ellas antes.
El guapo envejecía, sí, pero esto le convertía en un hombre más atractivo aun y seguía triunfando con jóvenes y mayores. Le decían: “tienes que emparejarte, te vas a quedar solo”, pero eso lo dudaba, siempre caería alguna en sus redes, estaba completamente seguro.
Os preguntaréis que fue de él, para que yo le esté dedicando tiempo y palabras… pues lo cierto es que, el guapo estaba a punto de cumplir el mayor de sus deseos, llegar a la mujer mil. Casi mil mujeres habían pasado por sus labios, sus brazos y su entrepierna… La mujer mil, tenía que ser, debía ser, una mujer diez, una mujer única, especial, por lo que la buscaría con ahínco…
Pasaron días, meses y la mujer diez no aparecía, y eso ponía de muy mal humor al guapo, pues no soportaba estar tanto tiempo sin sexo y sin añadir una nueva pieza a su colección. Pero le podía el ansia de poner una piedra preciosa en su colección de gemas. No le valía cualquier mineral, ni la plata, ni el oro, ni el platino, tenía que ser un diamante, pero no uno cualquiera, sino un diamante rosa, de bella talla y único, una piedra única en el mundo.
Y cuando menos lo esperaba, la encontró. El guapo estaba cenando con colegas del trabajo en un famoso y lujoso restaurante de Madrid, cuando ella entró por la puerta. La mujer más bella que había visto nunca, caminaba como una gacela tras el maître, cada paso que daba desbordaba glamour, vestía un ceñido vestido negro y calzaba unos altos zapatos de tacón, con aspecto de ser de firma. Al caminar su cuerpo susurraba sensualidad, su larga melena ondulaba a cada paso y tenía una sonrisa hechizante. El guapo se quedó prendado al instante, supo que era ella, su chica mil, su mujer diez. La bella mujer se sentó en una mesa con otras mujeres, el guapo la observaba en la distancia, como hablaba y gesticulaba con sus manos, con perfecta manicura, y como movía sus labios rojos que le estaban provocando en la distancia.
El guapo llamó al camarero, le susurró una marca de champán rosado y señaló la mesa de la bella dama. El camarero cumplió órdenes, y las mujeres al recibirlo, le dieron las gracias y le devolvieron un guiñó. El guapo y sus amigos estaban a punto de irse, pero no antes sin pasar por la mesa de las chicas para recibir las gracias en persona.
—Oh, gracias por la botella —dijo una de ellas, la cual era bella, pero excesivamente delgada para el gusto del guapo.
—No hay de qué —dijo el guapo mirando a los ojos a la bella mujer desconocida —. Abel, encantado. —Y de nuevo dijo en ella su mirada, incitándole para que ella le dijera su nombre.
—Laila —le respondió y parpadeó despacio con sus largas y espesas pestañas que enmarcaban unos bellos ojos negros —. Encantada, este champán es mi favorito.
—¿Por qué no se sientan con nosotras? —ofreció otras de las mujeres del grupo, sin dejar de mirar al guapo, pero esta carecía de interés para él, pues era muy exuberante.
—Tenemos un reservado en este club —dijo el guapo extendiendo una tarjeta frente a la bella Laila —. Vengan después, lo pasarán bien y tomaremos mucho más “Rosé” como este.
Una hora más tarde, aparecieron las mujeres en el reservado, a la llamada del guapo, cual flautista de Hamelin, pero Laila no las acompañaba. El guapo quedó decepcionado, pero sus habilidades en la conquista, le sirvieron para sonsacar a la exuberante Mara información sobre Laila, mientras le susurraba todo aquello que ella quería oír. Más tarde en el cuarto de baño, Mara ya le deseaba y ardía en deseos de que la tomara allí mismo. Pero no estaba a la altura del guapo, que no quería que ella fuera la mujer mil. Así que se limitó a regalarle unos besos y unas ardientes caricias y se despidió con falsa cortesía, diciendo que no era el lugar adecuado para una mujer de su nivel.
Ya tenía lo que quería, lugares donde poder encontrar a Laila, así que esbozó una estrategia para conquistarla. Un encuentro casual en la cafetería donde ella desayunaba, fue la primera parte del plan. Con educación, Laila le invitó a sentarse junto a ella, y el guapo sacó toda la artillería, usando sus frases perfectamente ensayadas, de hombre culto, elegante y educado. Jugando con conversaciones banales acerca de su empleo, su familia a la que adoraba, así como recomendaciones de restaurantes y locales de moda… El guapo ya había avanzado a la primera base y antes de despedirse ya tenía el teléfono de Laila.
Después continuó su trabajo en la sombra, mensajes, audios, imágenes bellas, canciones… pero Laila no terminaba de picar el anzuelo. El guapo tuvo que sacar la artillería pesada, invitarle a un restaurante de lujo, pero Laila alegaba que no podía, pues tenía que trabajar. “¿Y si te voy a buscar al trabajo? Me conformo con una cerveza en el bar de la esquina solo con volver a ver tus ojos negros”, pero Laila de nuevo le rechazó.
El guapo rabiaba, quería esa mujer, la quería añadir a su lista, y tenía que ser ya, su paciencia se estaba agotando. Como tenía la información del lugar donde trabajaba Laila, fue a buscarle a la salida. Laila trabajaba en una tienda de vestidos de novia de una firma importante, era la encargada del establecimiento situado en la milla de oro madrileña.
El guapo llegó antes para observarla desde fuera, estaba acechándola como un lobo hambriento, la miraba como se movía en el interior, como sonreía a las clientas, como colocaba antes de cerrar. Cuando salió, la esperaba grácilmente apoyado en un coche, sonriendo de medio lado, con esa sonrisa encantadora, que tantas mujeres no pudieron resistir. Laila al verlo, se asustó, puso mala cara y no quiso ni hablar con él, le dejó con la palabra en la boca y comenzó a caminar alejándose de él. El guapo caminó tras ella, diciendo su nombre, tranquilo y pidiendo perdón por la intromisión. Era la primera vez que usaba la palabra perdón y la primera vez que una mujer le rechazaba.
—Por favor, no me sigas, no me llames más, no quiero nada contigo, no eres mi tipo, déjame —le dijo Laila y de nuevo salió corriendo.
“No eres mi tipo”, esas palabras hicieron eco en el cerebro del guapo y la rabia le inundó.
—¡¡¡Yo soy el tipo de cualquier mujer!!! —gritó y corrió tras ella.
Laila, corrió huyendo de él, era bella, pero no tonta, por lo que se deshizo de sus zapatos de tacón y descalza, se distanció de él, cruzando entre el tráfico en plena Gran Vía. El guapo aceleró el paso, pero al ver los zapatos se agachó para tomarlos, pues los quería como fetiche, y en ese instante, cruzó despistado siendo engullido por un taxi…
El guapo despertó en el hospital, lleno de vendajes y magullado. Estaba confuso, asustado, recordaba de manera parcial lo sucedido, entonces vio a su hermana acomodada en la butaca de al lado.
—¿Qué ha pasado? —gritó.
—Tranquilo, nada grave. Has tenido mucha suerte, un par de fracturas leves, moratones y varios puntos. —Le explicó su hermana.
—¿Puntos? ¿En la cara? —dijo fuera de sí.
—Sí, pero no te va a dejar cicatriz, te los ha dado un cirujano plástico y nos lo ha asegurado. Además, las cicatrices, te van a hacer aún más interesante y sexy —dijo melosa su hermana y añadió —. Por cierto, ¿Quién es Laila? Lo has gritado dormido.
—La chica a la que seguía cuando me pasó esto.
—Vaya, mi hermanito al fin se ha enamorado.
—Deja de decir tonterías y dame mi móvil.
El guapo cogió el teléfono, también dañado por el golpe, tenía poca batería, pero lo justo para mirar los mensajes de WhatsApp, lo revisó nervioso y no encontró la conversación de chat iniciada con Laila. Buscó en los contactos y también se había esfumado. No se lo podía creer, ¿demasiada casualidad? ¿Alguien había tocado su móvil?
En un par de días le dieron el alta. El guapo estaba confuso, sin ánimo, solo deseaba que se le curaran las heridas y fracturas para poder ir a buscar a Laila y aclarar lo sucedido. Necesitaba verla, estaba obsesionado. Buscó en redes sociales y no fue capaz de encontrar nada acerca de ella.
Una tarde, le visitaron en su apartamento varios de sus compañeros. Todos bromearon con que su belleza se iba a resentir, que ya no iba a ser tan guapo. Pero a él le daba igual, sabía que su éxito con las mujeres iba más allá de su físico. De la visita de los chicos solo quería sacar información acerca de Laila y su paradero.
—Chicos, necesito una cosilla.
—Ohhh, me parece que el guapo necesita compañía femenina… —dijo riendo uno de los amigos.
—Bueno, más o menos. Mi móvil se rompió en la caída y había quedado en verme con Laila, la chica que conocimos en el restaurante. La chica de la que os he hablado.
—¿Con la que te liaste en el reservado?
—Nooo, la amiga, la que no pudo venir porque trabajaba, la encargada de la tienda de novias.
—No recuerdo a esa chica —dijo su amigo.
El guapo lo dejó pasar, aunque le seguía pareciendo extraño. Pero en realidad, era normal que sus amigos no recordaran a todas sus amantes. Además, “¡qué cojones!”, le envidiaban y no le iban a ayudar. Habían ido a visitarle para regocijarse de su mala suerte y seguro que a reírse de sus cicatrices. Pero le daba igual, él se había follado a casi mil tías. “Joder, casi, me falta la número mil”. Eso le asfixiaba, pero iba a hacer todo lo posible por su pronta recuperación, para salir a buscar a Laila y al fin conseguirla, su mujer ideal. Se planteaba que quizá fuese ella quien pusiera el punto y final a la lista. Laila era la elegida, perfecta para él. No solo quería tener sexo con ella, quería poseerla, hacerla incluso su mujer, la madre de sus bellos hijos, iniciar una estirpe que continuara su legado de belleza.
El guapo se esforzó en su recuperación, estaba en forma y eso aceleró su mejoría. Las señales del atropello en su cara eran apenas imperceptibles, y como le había augurado su hermana, le hacían más atractivo aún. Era viernes por la tarde y decidió que era el momento. El guapo se metió en su ducha gigante, y dentro se aseó, repasó su rasurado corporal y se afeitó, pues tenía un espejo dentro de la ducha para esa función. Al salir de la ducha se hidrató la piel y se peinó a conciencia y perfumó todo su cuerpo. Accedió a su dormitorio y eligió del vestidor un traje y camisa sin estrenar, repasó sus zapatos y se miró conforme de la imagen que le devolvía el espejo.
En la cocina, tomó unas flores que habían llegado esa misma mañana por mensajería. Cogió su móvil, las llaves de su deportivo y bajó seguro de sí mismo al garaje. Condujo relajado hasta el centro y dejó el coche en un parking cercano a la tienda de Laila. Llegó media hora antes del cierre, le apetecía observarla en la distancia mientras trabajaba tal y como hizo la última vez que la vio.
Abel aguardaba pacientemente a “su chica”, en la acera de enfrente, donde podía ver sin ser visto. Pero no lograba distinguir a Laila entre el resto de empleadas, todas vestían igual y tenían hechuras similares. “Quizá se ha cambiado el pelo en este tiempo”, pensó. Las empleadas empezaron a salir de una a una al cierre, y el guapo seguía apostado frente a la boutique con sus flores, pero no veía a Laila entre ellas. “Seguro que es la última, dado que es la encargada”. Solo quedaba una mujer dentro apagando las luces del establecimiento y al fin salió a cerrar la puerta.
Estaba de espaldas, por lo que el guapo no lograba diferenciarla y cruzó la calle, eso sí, con más cuidado que la vez anterior. Se acercó a la mujer y le dijo en tono atractivo:
—Cuanto tiempo sin verte, Laila, ¿qué tal estás?
—Disculpe —dijo la chica girándose —, me temo que se ha equivocado, no me llamo Laila.
—Oh, perdona, te he confundido con la otra encargada —dijo el guapo disimulando.
—Lo siento, la única encargada soy yo y tampoco hay ninguna empleada que se llame Laila.
—¿Nunca? —dijo el guapo
—Llevo más de cuatro años trabajando aquí y Laila no me suena de nada. —La chica le miró de arriba abajo y flirteando le dijo —: pero si te puedo yo ayudar en algo…
—No gracias —le dijo sin mirarla e inmediatamente se giró y tiró las flores en el primer contenedor que había.
∆∆∆
—Pero, ¿dónde coño está Laila? Es imposible que sea un producto de mi imaginación. Yo la he olido, la he tocado y hemos tomado café juntos…
—Es curioso, pero la mente a veces es capaz de crear cosas increíbles —dijo el psiquiatra.
—¿Y su zapato? Tengo su zapato entre las cosas que me dieron en el hospital el día del accidente. Eso es tangible, se lo puedo enseñar.
—Puede que hubiera otras cosas en la carretera y recogieran todo y se lo entregaron sin saber si era suyo.
—El zapato es de Laila, huele a ella…
—¿Y por qué Laila? —preguntó el psiquiatra y prosiguió —: Usted puede encontrar a otra mujer, según su relato nunca le ha sido difícil.
—¡No! —gritó el guapo—. No quiero a otra. Es mi mujer mil, si no la poseo a ella, no querré a otra —dijo muy alterado y añadió —: Además, con esta puta medicación ni siquiera se me levanta…
—Abel, le estoy dando placebo. Relájese, nunca le dijeron cuando era niño que, la avaricia rompe el saco…