País Relato - Autores

mónica chiang

perdón y olvido

—Estás frita, Cata. —Dijo Angélica, tras leer las lamentables notas académicas de su amiga. —Tu madre te va a colgar cuando sepas que te echaste todo el semestre. Este es tu tercer año y si no congelas, te van a reventar en la Universidad. –Le reprochó a su mejor amiga.
—Sabes que congelar significa volver a mi casa, y yo no vuelvo ni loca. No soportaría un día al lado de mi madre, ni mucho menos en ese lugar.
—No sé cómo lo vas hacer, pero si no te pusiste las pilas estudiando en estos años, dudo que lo puedas hacer el próximo. Estamos en las finales y esas notas no te alcanzan ni para ir a pedir disculpas, ni perdón. Te la farreaste de lo lindo con tu noviecito... ese debe andar igual que tú. —Le inquirió molesta, por no darse cuenta que la vida fácil, llena de fiestas y trasnochadas con sus amiguitas no le iban a dejar nada bueno.
—No te pongas melodramática. Por lo menos si le digo a Faruk que me está yendo mal… No creo que me dé la espalda. Ahora, si… —dijo tras sentarse en el sillón del pequeño loft; todo en uno y comprimido de Angélica. Fue como una revelación a su poca inteligente ocurrencia. Abrió tanto los ojos al encontrar una solución a su peor tormento; volver a casa.
—Sí ¿qué? —preguntó Angélica, curiosa.
—Y si me propone matrimonio. Sería lo ideal para zafarme de seguir estudiando y vivir una vida de reina. Él tiene dinero y no le complicaría que nos casáramos, yo lo amo y él me ama.
—Y tú estás segura que te ama. "Hay tontas y está Cata, Dios mío señor" pensó.
—Claro que sí... siempre me lo dice.
—Creo que te estás pasando de la raya, aun eres joven y debes de tratar de arreglar esto con tu madre. Ella no merece que le mientas, se parte el lomo trabajando para que tú estudies una carrera y seas una profesional, con esto solo la vas a desilusionar más.
—No creo. Yo sé que podrá estar muy orgullosa de mí, porque mataré dos pájaros de un tiro. Me casaré con un joven apuesto y rico que me salvará de todos mis problemas y de pasadita la puedo ayudar económicamente. —Le comentó fascinada cruzando las piernas.
—Y porqué no trabajas y estudias mejor —habló molesta por la desfachatez de su estupidez —en vez de planificar tu vida, en lo que te puede dar un hombre. Haz algo que merezca tu propio esfuerzo. Te recuerdo amiga que la belleza y el dinero no lo es todo, así como hoy los padres de Faruk están bañados en plata, mañana pueden perder todo y que vas hacer, divorciarte y volver a salir de caza. Los años pasan volando y tu belleza también, los estudios y la profesión son eternos, al menos morirán contigo, ya que con lo que obtengas, será lo que tú decidas ser.
—Amiga, eso queda para ti, yo definitivamente no sirvo para estudiar, tengo como sacar provecho hoy, ya veré como lo hago mañana.
—Está bien, es tu vida, pero cuando ese noviecito tuyo te de la patada en el culo, cuando le propongas la maravillosa idea de matrimonio a la fuerza, no me vengas lloriqueando a la puerta, porque estoy cansada de escuchar siempre tus tonteras, me haces perder tiempo, y el mío, al contrario del tuyo, es muy valioso.
—Eres una envidiosa insoportable, Angélica, no sé cómo puedes ser mi amiga.
—No me hagas reír, Catalina. La única amiga que te queda y que no anda bebiendo los vientos por ti, soy yo. Si no ¿dónde está la tropa de taradas que te siguen? Yo aquí no las veo. —Le espetó en la cara su colorina amiga.
—Y no las verás, tienen problema para juntarse con ratonas de biblioteca. —Le dijo molesta.
—Sabes Cata, lo peor de todo es que nos conocemos desde el pre kínder, siempre fuiste muy inteligente y sobresalías en todo. Es lamentable ver lo que eres ahora. Desde que llegaste aquí cambiaste del cielo a la tierra, te deslumbraste con las luces y el BlinBlin que tus "disque amiguis" te mostraron. Y para qué decir de tus incontables noviecitos, todos pastelitos que te cortejan para la cama y después ni se acordaron de ti. A pesar de todo y de lo mal encaminada que vas, te quiero y te quiero sinceramente y lo único que te deseo es suerte en esta vida, porque la vas a necesitar a raudales. Solo espero que tu santa madre no se vaya a morir cuando le des la estupenda noticia que tiraste por la borda tres años de carrera y pagadas con su propio sudor, porque del tuyo no se vio ni una sola gota. —Finalizó Angélica, observando el rostro compungido de Catalina, tenía razón sus palabras le habían dolido, pero no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.
***
—Tienes idea de todo el dinero que me he gastado en ti, Catalina, no puedo creer que me hayas fallado. Eres una inconsciente. —Dijo su madre exaltada sentada en la cocina de su casa frente a su hija.
Carmen vive una vida sacrificada, de mucho esfuerzo y trabajo. Fue madre soltera y aún lo es; aunque la vida le ha traído nuevas posibilidades de amor, las ha abortado todas por ver a su hija; su mayor orgullo, titulada como Ingeniera en un futuro cercano. Para ello cuenta con su única fuente de trabajo, una pequeña lavandería que poco a poco ha ido creciendo, aumentando la dotación en maquinarias y personal. Sabe que todo lo que tiene ha sido a través de cada peso ahorrado, por eso le duele tanto o más que la gran inversión que ha realizado en su hija se vea perdida por su insensatez.
Pero lamentablemente, Catalina no ha sabido aprovechar ese esfuerzo. Ahora está con sus maletas en la puerta de la casa de su madre, con el alma destrozada tras ser rechazada por Faruk, al negarse ante la insensata idea de casarse con ella. Más importante eran su juventud, el libertinaje, y para mujeres tenía varias de donde sacar a un chasquido de sus dedos. No tuvo más remedio que pedirle ayuda a sus amiguitas, las que se piraron en primera, al verla sin un céntimo para valerse. Hasta ahí le llegaron las ganas de casarse con un hombre que le prometía amor en la cama y fuera de ella nada.
—Lo siento mucho, Cata, pero esto se acabó. Te pones a trabajar desde mañana mismo en la lavandería. Y vas a comenzar desde abajo como lo hice yo, desde que eras muy pequeñita, para que aprendas que el dinero hay que ganárselo trabajando.
—-Mamá, por favor, te lo "ruego" no me hagas esto. Puedo hacer cualquier cosa, pero no me pongas a lavar ropa —sollozaba su hija.
—No, Catalina. Y a mí quién me devuelve todo el dinero que he invertido en ti. Si quieres estudiar vas a tener que pagarte tú la carrera, porque de mí no verás un veinte, me escuchaste. Se acabaron todas las regalías, me entregas las tarjetas y te olvidas de las mesadas.
—¡Eres injusta! Acaso nunca cometiste un error. —Le gritó descolocada tratando de salvarse de alguna manera.
—Sí, hija. Cometí muchos errores en mi juventud, y por lo mismo he trabajado muy duro para darte lo mejor y que no pases por todo lo que yo he pasado, pero decidiste mandar todo a la mierda, así que ahora me vas a ayudar, y no te olvides que si quieres estudiar será por tus propios medios y si te quedas en mi casa, tendrás que cumplir mis reglas —le gritó de manera desmedida, atemorizando a su hija.
—¿A dónde llevo mis cosas? —preguntó derrotada la joven.
—A tu habitación, la misma de siempre, y prepárate, porque a las seis de la mañana me levanto, tendrás diez minutos para entrar al baño y quince para desayunar, a las seis y treinta te quiero en la lavandería… Ah y con ropa de trabajo, nada de faldas y ropita cara, te pones lo más sencilla posible, ¿me entendiste?
No podía hacer nada, había metido la pata hasta el fondo, su madre tenía razón, tres años perdidos en solo estupideces. Ahora el costo era bastante caro. Cabizbaja agarró sus maletas y arrastrando sus caros tacones de diseñador se fue a su dormitorio. Esa noche no comió nada, y su madre Carmen, lloró por bastante rato encerrada en su habitación. Se cuestionaba el hecho de haberla malcriado, de haberle dado todo en bandeja para evitarle sufrimientos, craso error, la convirtió en una princesita que se aprovechó de toda la confianza y economía que le brindó.
Su madre también se sentía culpable, pero ahora le tocaba aprender y aunque fuera tarde, sería lo único que le brindaría, ya que al parecer para los estudios, no había tendido cabeza.
Trabajaban desde la amanecida hasta muy tarde en la noche, no había tiempo para descansar. Catalina estaba encargada de separar toda la ropa sucia por tipo de tela y color. Para su mala suerte, toda la ropa pertenecía a trabajadores de empresas mineras. El maldito hedor la tenía enferma. Sus largas y perfectas uñas le habían durado menos de un día de trabajo, su hermoso y ondulado cabello castaño ahora estaba todo enmarañado, ya no sabía de cremas para el cuerpo ni para el rostro, todo se le había acabado y debía esperar con suerte a que su madre le diera dinero.
Llevaba dos semanas de arduo trabajo, donde terminaba cansada y asqueada. Luego de separar las ropas debía verificar cuales necesitaban desmugrar y blanquear. Limpiar los pisos, vaciar las secadoras y clasificar la ropa de cada trabajador por sus nombres. Ni que decir, cuando le tocaba deslavar las toallas y sábanas, era peor que su propia catástrofe.
A las cinco de la tarde, Cata entró en la pequeña oficina de su madre para limpiar, según las órdenes de Carmen, está debía quedar reluciente. Se sentó en la enclenque silla con ruedas causando una sonajera descomunal de tornillos sueltos y de lo vieja que estaba. «Dios mío, qué tortura la mía», pensó, dejando caer su cabeza sobre el montón de papeles desplegados en el escritorio. No llevaba ni cinco minutos en esa posición cuando sonó el teléfono y se dispuso a contestar haciendo muecas de fastidio y mirando hacia el cielo.
—Buenas tardes, Lavandería "Doña Carmen" —saludó de pocas ganas.
—Buenas tardes señorita, me puede comunicar con la señora Carmen, por favor.
—No se encuentra, desea usted dejar algún mensaje.
—No —respondió el joven apresurado. —Bueno sí. Podrías decirle que me llame urgente.
—Claro, sí me dice su nombre, yo lo anoto y no hay problema —dijo tomando un lápiz para rascarse la cabeza sin ninguna intención de anotar el recado.
«Un llamado más uno menos, quién se va a enterar» pensó Catalina.
—Disculpa, soy Moisés, crees que le puedas avisar lo antes posible, es urgente.
—Ya me dijo que es urgente y en cuanto llegue le aviso, ¿algo más? —preguntó displicente.
—Solo eso, gracias. —Alcanzó a despedirse Moisés de la desagradable señorita del otro lado de la línea.
—Hasta luego. —Se despidió molesta y cortó bruscamente la llamada.
Estaba harta, trabajaba desde muy temprano en la mañana, hasta muy tarde; limpiando, lavando y desmugrando, sin la posibilidad de salir de casa. Se avergonzaba de que la vieran toda andrajosa con el cutis mal traer y sus uñas arruinadas. Para qué decir cómo andaba vestida, atrás habían quedado los tacos y lindos vestidos. En dos semanas su mejores conjuntos deportivos de marca, que utilizaba para el gimnasio, se habían salpicado de blanqueador, dejándolos completamente arruinados.
—¡Maldita la hora! —chilló dando un certero golpe en la mesa, haciendo que ésta temblase por completo.
—¿De qué? —preguntó Carmen, que venía entrando a su oficina. —¿De no haber estudiado? ¿De no haber aprovechado tus años perdidos? Por eso maldices me imagino.
—Vas a empezar, mamá.
—Al contrario, hija, nunca voy a terminar, porque me dolió, Cata. Todas esas mentiras en donde eras la mejor de la clase y me llamabas pidiéndome más dinero supuestamente para materiales, libros y trabajos. Mientras yo me creía todas tus mentiras, te reías de lo lindo de mí, eso no te lo voy a perdonar nunca. Ahora, vengo del banco, fui a bloquear tus tarjetas y me encuentro con la sorpresa que destrozaste el cupo y que debo una millonada. ¿A quién le cobró, Catalina? ¿Vas a pagar tú?
Catalina, yacía sentada en el mismo lugar desde que entró en la oficina de su madre y ésta la encontró tras llegar del banco más derrotada. Su hija escuchaba y con cada palabra, su corazón y alma le dolían por su traición. No podía hacer nada, más que ayudar a su madre para que pudiese pagar sus propios gastos desmedidos, sin tener que pagar horribles consecuencias.
—Estoy devastada, Catalina, las deudas de tus tarjetas son muy altas, no creo que pueda pagar ni la mitad de lo que debes. No entiendo como lo hacías, es que ni siquiera con el dinero que te enviaba para la universidad te alcanzaba para pagar un mes de tus altas cuotas. Supongo que ese dinero no lo tocaste, ¿pagaste la universidad como correspondía? —preguntó su madre al ver que su hija le escondía el rostro.
Catalina, no aguanto más y se puso a llorar de forma desmedida, arrojándose a los pies de su madre.
—¡Oh, Dios mío! ¿Qué has hecho? ¡Dime! —Exigió su madre.
—Mamá lo siento…perdóname mamá, por favor. Te juro que no fue intencional.
Su madre al ver el rostro despejado de su hija entre las lágrimas que lo bañaban, no soportó ver que su mayor orgullo, hoy se transformaba en su peor decepción. Alzó la mano con furia, depositando una fuerte bofetada en el rostro de Catalina.
—Lo lamento tanto, mamá —dijo tras voltear el rostro de la cachetada que le dio su madre. —No sabes cuánto lamento todo el dolor que te he causado —habló entre el llanto. La bofetada no le dolió tanto como ver a su madre decepcionada. —¡Perdóname, por favor, te lo suplico mamita, voy a cambiar lo juro! Te ayudaré y con eso podremos pagar todo lo que te debo. Solo dame una oportunidad.
—No, Catalina, no me pidas eso. Estoy tan cansada de todo lo que me has hecho. Me duele la cabeza de tanto pensar. ¡Qué hice para merecer esto!
El silencio del pequeño cuarto era aplacado por el llanto de ambas mujeres.
—Ahora estoy muy enojada y desilusionada. Cada noche me cuestiono que hice mal para que me pagaras así.
—No mamá, tú no has hecho nada mal, yo fui la aprovechada que por dejarse influenciar, comencé a gastar en forma desmedida.
—Hija, solo te voy a pedir una cosa. Si quieres cambiar, hazlo por ti, no por mí. Ahora lo único que me queda para dejarte de herencia; es la honestidad, la verdad, el respeto, además de esta lavandería y si es que algún día terminó de pagar todo, este negocito es lo único que tengo para ti. A fin de cuentas yo ya estoy vieja y cansada, a ti te queda toda una vida por delante para aprender de tus errores, pero lo que hagas, hazlo con amor, se generosa contigo misma y comunícate conmigo y con quién sea siempre con la verdad, porque el día que comprendas lo que me hiciste, cambiarás y lo veré sin que me lo digas. Y ese será el momento en que yo pueda olvidar todo este desastre —murmuró tras dejarla sola y pensativa.
—Te lo prometo, mamá, así será —respondió tras quedar sola en el cuarto.
Unas semanas después, Carmen recibió una llamada telefónica que le dio otra mala noticia.
—No he recibido ningún recado, Moisés. ¿Cuándo dices que llamaste?
—Hace unas semanas atrás. Una señorita poco amable dijo que le daría el recado, luego como no recibí respuesta suya, tuve que buscar a otro proveedor. No sabe cuánto lamento que no le hayan entregado la información, pero no pude seguir esperándola.
«Catalina» pensó Carmen.
—Moisés, no te preocupes, entiendo perfectamente, son negocios y lamento no haber podido responder a tu llamado.
—Y yo más, Carmen, en todo caso, usted sabe que cualquier cosa le estaré llamando. El problema es que usted no usa celular ni computador, y así es difícil poder contactarse cuando no está. Debe actualizar su lavandería y así no perdería potenciales negocios.
—Tienes razón, hijo., ya veré que hago. Y te agradezco que me hayas avisado, yo contaba con ese pedido para este mes.
—Lo siento, Carmen —dijo el joven apenado y se despidió.
—Adiós, hijo.
Al garete era poco dónde se iría todo su negocio. Había perdido el contrato de lavado y planchado más grande que tenía. Con eso ella pagaba las cuotas de las maquinarias nuevas y los productos que necesitaba a diario. Su hija nuevamente le había fallado y ya no hallaba cómo estirar más su debacle económico.
—Mamá, vienen a buscar un pedido del Molino.
—Sí, hija. Está listo en la caseta de atrás.
—¿Estás bien? Te ves pálida.
—Anda ve a entregar el pedido y luego vuelves, dile a Rosita que se encargue del frente.
La joven fue por el pedido que habían ido a retirar y volvió lo antes posible al llamado de su madre.
—Ya está listo. Dime, te ayudo en algo.
—¿Recibiste hace unas semanas alguna llamada de Moisés? —preguntó de sopetón a su hija.
—Moisés —repitió —No recuerdo, ¿cuándo dices que fue?
—No importa cuando fue. Lo que importa ahora es que estamos peor, perdí el contrato con ellos porque dicen que una señorita no me dio el recado de su llamado "urgente".
Llevó una de sus manos a su boca tapándosela sorprendida. Al escuchar el "urgente" relacionó ese llamado de inmediato, fue el día en que su madre había regresado del banco.
—¿Ves que es difícil poder pensar que has cambiado?
—Lo siento, mamá. Y cómo puedo redimir aquello —murmuró apenada.
—Trabajando.
—Y lo hago, mamá, créeme que es así, tú lo ves a diario.
—Es difícil creer cuando me siguen pasando cosas. Ahora Moisés me dice que necesito actualizar mi negocio, tener computadora y un buen celular. Y no tengo cómo pagar eso.
—Pero yo sí tengo, mamá. Tengo un notebook que me compraste cuando estaba estudiando y mi celular es de última generación, yo ya no lo uso, nadie me llama ahora. Además, creo que con lo que aprendí te puedo ayudar a llevar más organizada la lavandería.
—¿De verdad puedes hacer eso? —preguntó desconfiada.
—Sí, inclusive puedo organizar toda esta cantidad de papeles y realizar respaldo de todo esto en el mismo computador, organizar tus compras y ventas, así como llevar tus libros contables. Podemos propagar el negocio a través de las redes sociales y sitios web. Contactar nuevos clientes y ofrecer un sistema integrado. Ya verás que todo saldrá bien, mamá. Te prometo que pondré todo de mi parte para que así sea.
Su madre no dijo nada, solo quería tener la fe necesaria para poder salir de aquel agujero. Pronto se comenzarían a vencer las deudas y necesitaba más ingresos.
—Haz lo que tengas que hacer, esto queda completamente en tus manos, bajo tu responsabilidad. Es lo último que haremos, si no resulta vendo todo y me retiro.
—No te fallaré, solo confía en mí.
Dos meses se demoró Catalina en poner en orden el negocio de su madre, en contactar nuevos clientes y organizar la lavandería como correspondía. Luego de una larga charla telefónica con su única amiga Angélica, cargada de sentimentalismos y disculpas, Cata, le solicitó ayuda, la que ésta sin dudarlo le proporcionó. Con ello prepararon el marketing del negocio, además de confeccionar una página web, que su amiga desinteresadamente le realizó.
Ahora, solo le quedaba una meta por cumplir, recuperar la cuenta que le había hecho perder a su madre. Tenía que traer de vuelta a Moisés y para ello había confeccionado una propuesta interesante, de acuerdo a todo el tiempo que llegó a trabajar con la lavandería de su madre, ellos eran los que más ingreso le generaban.
—Buenos días, señorita. Estoy llamando de la Lavandería Doña Carmen, mi nombre es Catalina. Es posible comunicarme con el señor Moisés Morgado.
—Un momento, por favor. Veré si puede atenderle.
—Gracias. —Luego de varios minutos esperando, respondieron.
—Buenas días, habla Moisés.
—Hola, buenas tardes Don Moisés. Mi nombre es Catalina Meyer. Estoy llamando de lavandería Doña Carmen.
—Dígame, señorita. ¿Qué necesita? —preguntó algo extrañado.
—Necesito reunirme con usted, quiero pedirle disculpas por la atención que le di hace unos meses atrás, además de dejarle una información que le puede interesar.
—Estoy sumamente ocupado esta semana, señorita Catalina.
—Dígame usted a qué hora puede atenderme y yo estaré ahí.
—Tiene que ser temprano, a eso de las ocho, tengo una reunión a las ocho treinta, si usted está en mi oficina a esa hora, podría atenderla de lo contrario, ni siquiera se acerque por aquí.
—Ahí estaré, a las ocho de la mañana en punto, muchas gracias Don Moisés.
—No me las dé aún. Por cierto, está al tanto que tenemos otro proveedor, que solo la recibiré porque Carmen ha sido una excelente proveedora en todos estos años, de lo contrario no la recibo para nada.
—Gracias señor, no se preocupe, la idea es que me escuche y pueda entregarle la información.
—Hasta mañana, Catalina, nos vemos.
A las siete de la mañana Catalina iba saliendo de la casa de su madre vestida con su mejor gala para la reunión con Moisés, solo esperaba que le fuese bien y apostaba a ello. No le había dicho nada a su madre, solo se lo comentaría después de terminada su reunión.
Llegó al barrio industrial en el autobús del recorrido que correspondía al sector empresarial. Poco acostumbrada a esa odisea, llegó como pudo, pero a la hora.
—Buenos días. —Se presentó con el guardia de seguridad que se encontraba en el ingreso.
—Buenos días, señorita.
—Tengo una reunión con el señor Moisés a las ocho en punto, ¿puede avisarle que me encuentro aquí, por favor?
—Un momento. —Le pidió el vigilante, mientras marcaba el número del anexo a la oficina del dueño.
—Don Moisés, aquí hay una señorita que dice que tiene una reunión con usted… Afirmativo, señor. ¿Su nombre? —preguntó tras tapar el auricular.
—Catalina Meyer —respondió la joven, para que traspasara la información a Moisés.
Tras cortar el llamado telefónico, le pidió unos datos a llenar.
—Indíqueme su nombre, número de identidad y me firma aquí, por favor. Tome está tarjeta de visita, y siga derecho, pasando por recepción hasta el fondo, ahí le espera en su oficina el señor Morgado.
—Gracias.
Al entrar en recepción, siguió las indicaciones del guardia. El lugar estaba desolado, eran diez para las ocho de la mañana, y no había nadie, a excepción de la persona indicada por el guardia.
Tras una gran puerta entreabierta de madera, tocó tímidamente y una voz grave y profunda se dejó escuchar, dejándola ingresar.
Solo el respaldo de un sillón fue lo que vio Catalina, Moisés estaba girado, dándole la espalda.
—Buenos días —saludo con seguridad.
—Buenos días, Catalina. Gracias por llegar a la hora. Veo que para usted también son importantes los compromisos y la responsabilidad.
—Gracias, señor. Y sí, son importantes, lo malo que perdí mucho tiempo tratando de negarlo. Ahora necesito pedirle disculpas por mi forma tan déspota al atenderle hace unos días. No sabe cuánto me arrepiento. Le he causado un gran daño a…
—Catalina, agradezco sus disculpas pero usted a mí no me las debe, déselas a su jefa.
—Ya se las di señor, inclusive la ayudé para que pudiera organizarse mejor como usted le recomendó, a través de computador y celular, ahora está en línea, lo que nos ha generado nuevos clientes e ingresos.
—Me alegro mucho que la haya podido ayudar, pero yo no puedo decir lo mismo.
—Solo permítame dejarle esta información, léala y después me responde. Si gusta hágalo por email, y así no tendrá que verme —murmuró algo cabizbaja.
—Déjeme la información. —Solicitó y se volteó para estirar su brazo e indicar que se acercara para recibir la carpeta. —Al verla, solo sonrió para sus adentros, su gesto adusto no dejó descifrar su reacción, no esperaba lo que veía, menos lo que le causó. «Curiosidad», se planteó en su cabeza; ya que no se explicaba su necesidad de pedir disculpas. A diferencia de la mujer poco paciente y casi altanera que le contestó el teléfono hace un tiempo, hoy parecía otra mujer.
—Bueno creo que eso es todo. Agradezco su tiempo y espero poder contar con su pronta respuesta —se despidió la chica, retrocediendo sus pasos y girando en sus talones para salir de aquella oficina.
Moisés, era joven, al estar sentado se veía alto, su tez blanca contrastaba con el negro de su camisa, sus ojos verdosos reflejaban honestidad y fuerza. El largo de su cabello rozaba sus anchos hombros, no era rubio pero sí, tenía el cabello más claro desde la raíz. Su nariz aguileña y mentón cuadrado le daban un aspecto serio y la profundidad de su voz aún más. Hasta que Catalina se despidió, él no le dio lugar a que se sentara, la observaba secretamente desde el reflejo del vidrio de su ventana. Fue entre hostil y omnipresente, ya que con tan solo escuchar su grave voz, a Catalina ni siquiera le dieron ganas de acercarse. Recibió sus disculpas, la información y ella se retiró.
Ahora sentado en el gran sillón de cuero de su oficina, jugaba con una pelota de tenis la que tiraba en la pared y éste la recibía en su rebote, un rebote que muy a su pesar, no le permitía moverse de donde se encontraba.
Ha pasado algún tiempo desde ese encuentro y la lavandería de "Doña Carmen" ha ido recuperando su economía. Su madre se ha sentido mejor con todos los cambios y siente que todo el trabajo ya no recae solo en ella. Su hija se ha hecho cargo de parte importante de los nuevos contratos, los que permitieron poder pagar las cuentas y ponerse al día. Catalina se encuentra más anímica, siente que ha salido el sol, después de lloverle sobre mojado y lo mejor de todo, pudo sacar a flote la pequeña lavandería de su madre.
Moisés ha trabajado arduamente, se le han presentado problemas con su nuevo proveedor, últimamente le está entregando los pedidos atrasados, necesita relajarse y compartir con su buen amigo Fabián.
—Necesito salir, estoy reventado, pero me gustaría ir unos días a la playa, ¿es posible que me acompañes? —Le solicitó Moisés a Fabián.
—No hay problema, capitán, yo lo llevo donde usted me pida. Eso sí, ¿puedo ir con mi novia? Te juro que no molestaremos, si quieres le pido que lleve a una amiga.
—No me prometas cosas que no vas a cumplir —soltó tras una risotada. —Si quieres llevarla no hay problema, y si quiere llevar a una amiga tampoco. Quiero socializar, me estoy sofocando aquí, y compartir me haría bien.
—Te paso a buscar el viernes en la noche, entonces. Y no te preocupes yo preparo todo, vamos a Punta Itata como siempre ¿supongo?
—Sí, amigo, allí mismo, pero no te preocupes, yo me voy antes, ve tú con las chicas después.
—Está bien, nos vemos amigo.
Llegado el viernes en la tarde, Angélica se fue derecho a la lavandería para pedirle a Catalina que la acompañara.
—Tía, la Catalina no quiere ir a la playa —comentó apenada Angélica a la mamá de su amiga.
—Hija, yo no la puedo obligar, ella sabrá si va o no.
—Qué pasó tía, porque está tan cerrada, casi no habla, es otra, la veo reservada y algo triste, ella no es así.
—Hija, hay cosas que ni el olvido pueden mejorar rápidamente, ella no actúo bien y está pasando por un proceso de madurez, le ha costado mucho, es mejor que la dejes tranquila. Si quiere ir ella llegará donde sea.
—Lo siento, cariño, pero Catalina, no quiere ir. —Le dijo Angélica a su novio Fabián.
Éste viendo la situación, tomó el celular y se contactó con Moisés, gracias a Dios, aún no salía de la ciudad. Y al comentarle el nombre de la amiga de su novia y el negocio donde se encontraban decidió ir él por ella.
—Bueno, amigo, déjame que te ayude, la bajada está muy pronunciada.
Entrando en la lavandería, una contenta Carmen recibía a su joven cliente Moisés, y éste al verla se alegró también. El joven felicitó a Carmen, el negocio había prosperado y su dueña decidió mostrarle su pequeño lugar de trabajo.
Catalina, al sentir ruido en la oficina de su madre, le entró curiosidad y decidió bajar para ver en que podía ayudar. Sorpresa fue al encontrarse nuevamente con su amiga y su novio al que no conocía, Fabián, y aún más al ver a un apuesto Moisés vestido de sport en su silla de ruedas.
—Pues bien, señorita, ya que usted no quiere abandonar su hogar y acompañarnos, he venido motorizado a convencerla —dijo sonriente. —Porqué no me comentaste que Carmen era tu madre.
—Traté de contárselo, pero no pude, luego no lo encontré necesario.
Carmen, emocionada al ver a Moisés tan resuelto y sin incomodarse por su discapacidad, fue testigo de cuando el joven sacó a su hija de su tristeza para convencerla de ir el fin de semana a la costa.
Ya en la cabaña, llegado el anochecer, ambos pudieron distenderse y conocerse un poco más.
—No me has dicho nada nuevo, Catalina, sé que lo que hiciste no estuvo bien, pero también por lo que me cuentas en este tiempo cambiaste mucho, de hecho, no me imagino a una Catalina altanera, sin vergüenza y todo lo que me comentaste.
—Para que veas, Moisés, me creía una princesa. Y el problema es que olvidé de dónde provenía y lo que costaba ganarse el dinero hasta que vi a mi madre muy mal, agobiada por todas las deudas. Me sentí peor con solo imaginarme perderla por mi culpa. Sé que ella aun no me perdona lo que le hice.
—Creo que no sabes que te ha perdonado. Cata, perdonar y olvidar, tu madre ya lo ha hecho, es divino. Es algo que se exterioriza por los actos y no precisamente con las palabras. No hay madre que no perdone a un hijo y más aún olvidar. Tú amas tanto a tu madre como ella a ti, eso se palpa, se siente y se ve. Sus miradas son de cariño y tu tristeza es parte de todo ese amor que sientes por ella, es lógico, todavía te duele el haberla engañado, pero ya pasará. Eres joven y esta vez te tocó aprender de la peor manera. Sé que ella lo sabe, Carmen es una mujer noble, sus valores no le permitieron hacerse a un lado, al contrario, te enseñó desde abajo con empuje, retos y saliste adelante, así que no te cuestiones tanto lo que hiciste, porque solo te preocupas de algo que ya te ocupaste. Eres consciente y supiste reparar a tiempo el grave daño, tan solo debes permanecer en ello y no bajar los brazos. Empodérate de tu vida, tu familia, tus responsabilidades y lo que Dios ponga en tus manos.
—Eres muy noble al decirme todo esto, sin conocerme.
—¡Hey! Que soy Moisés y yo conozco a todo el mundo, así que no lo dudes —dijo entre risas.
—¿Tu problema es por accidente, naciste así o tu personalidad lo quiso así? —Se atrevió a preguntar Catalina.
—Bueno, para mí no es un problema, este soy yo. En parte, mi personalidad lo quiso así, el deporte es mi gran pasión y aun lo práctico. Y bueno, una mala decisión me dejó postrado, pero no hay día que no me levante para salir adelante. No me tengo permitido flaquear. Hay personas que están peor y yo no necesito estar peor, necesito estar bien, para estar feliz y hacer feliz a quien me quiera como soy.
En ese momento, Catalina comprendió que ni la belleza es eterna, ni el dinero viene a raudales de forma fácil, para todo hay que trabajar honestamente y dar gracias a Dios de tener salud, familia, buenas amistades, fortaleza, fe y por sobre todo amor.
Aquella noche estrellada frente a la hoguera se volvió inolvidable en la vida de Catalina y Moisés. Su amistad creció con las constantes visitas del joven a la casa de Carmen, disfrutando de cenas llenas de charlas y vivencias. Poco a poco Catalina se fue enamorando de Moisés y él se fue enredando en sus grandes ojos, el aroma de su cabello, el grosor de sus labios, sus gestos al hablar, su manera de caminar, esa forma de mirarlo y de revolucionarlo con una sonrisa. Toda esa locura que los mantenía felices trascendió hasta después de dar el sí ante Dios.
La fortuna le trajo a Catalina un hombre generoso, amable, al que adora con todo su corazón, con el que ha construido un hermoso hogar con sus dos pequeños gemelos. A Moisés, la vida le bendijo con una gran mujer, que renació de las cenizas y que junto a él ha aprendido que cada día es un nuevo comienzo, donde el perdón y el olvido les nacen del alma cuando hay amor.