País Relato - Autores

mimi romanz

solo mía

1
Tan inverosímil como el pulular de un pájaro en la noche o el aullar de un lobo a la luna en pleno día, así se sintió Chantal una vez más. Al igual que aquella primera noche, un escalofrío recorrió su espalda y su piel se erizó con la cálida brisa que osó ingresar, impertinente, por la ventana. Como si sus oscuros risos quisieran seguir la danza que la fina tela de la cortina hacía, le hicieron una suave caricia sobre sus mejillas sonrosadas.
El corazón se le encogió en el pecho y unas tenues lágrimas intentaron escapar de sus ojos. Reprimió las ganas de desahogarse con ellas, ya lo había hecho y nada consiguió, solo hundirse más en ese mundo al que se vio arrastrada. Aunque, si era sincera consigo misma, no había sido tan malo, después de todo, como le habían dicho. Por una vez en su vida, la suerte estuvo de su lado, y conocer a Tessa le dio la oportunidad de no vivir en la miseria y llevar una vida un tanto más respetable que la que hubiera podido forjarse por sí misma.
Pero ¿a quién quería engañar? Ella no era una mujer por la que alguien pudiera sentir algo tan puro como lo era el amor, y menos aun, cuando esa persona era el mismísimo Byron, el hijo de aquel que le diera cobijo. Entonces, ¿por qué no podía dejar de pensar en sus bellas palabras, en su delicadeza y sensibilidad hacia ella cuando su cuerpo no era más que para saciarlo?
Vil destino y travieso azar que jugaban con ella.
Y maldita su memoria que no dejaba de traerle su recuerdo.
¿Cuánto tiempo más podía soportar?, ¿cuánto más, esperar?
Anhelar que aquella primera noche se repitiera era impensable cuando no lo había vuelto a ver desde esa única vez en que estuvieron juntos. Sin embargo, su interior rogaba porque así fuera.
―Ilusa ―se dijo a sí misma y meneó la cabeza para apartar los pensamientos, pero fue en vano. Sin poder evitarlo, una vez más, el tiempo corrió hacia atrás y el recuerdo la azotó como una sorpresiva tormenta de verano.
Volvió a ser aquella joven que, expectante, eufórica y temerosa, esperaba su debut. Seda e hilos dorados la cubrían en una cascada de tela que iba desde su pecho hasta los pies, y pequeñas piedras nacaradas se unían en armonía para crear delicados dibujos que delineaban su cuerpo. Tan negro como una noche sin luna, su cabello estaba recogido sobre su nuca en un entramado de rizos y más piedras. Completaban su atuendo unos guantes de redecilla y unos botines igual de finos y elaborados que todo aquello que la tocaba.
Su reflejo en el espejo le mostró a una joven de satinada piel, con mejillas apenas sonrosadas, de ojos expresivos y color miel, de nariz respingada y de labios gruesos en un tono carmesí. Intentó poner una sonrisa en su rostro, pero solo logró morderse el labio inferior y suspirar con resignación.
―No temas, pequeña ―le dijo Tessa al acercarse con una máscara en su mano y que le entregó―. Nadie va a hacerte daño. Solo debes dejarte llevar y vivir el momento.
―¿Y si no soy lo que esperan?, ¿y si siento pánico y me quedo tiesa sin poder moverme?
―Nada de eso sucederá, tranquila. ―La mujer le acarició la mejilla―. Observaste decenas de veladas como la de esta noche. Conoces los detalles, solo déjate llevar ―le repitió.
Chantal respiró profundamente, colocó la máscara sobre su rostro y salió al encuentro de aquello que desconocía, pero que anhelaba descubrir.
El salón le pareció inmenso, tan frío como el mármol del que estaba hecho, pero tan cálido a la vez por sus tonalidades. Extensas cortinas bordó cubrían los ventanales, y borlas doradas se movían al compás de la fresca brisa que se atrevía a desafiar su peso. Las arañas del más puro cristal colgaban, orgullosas, en lo alto y cientos de velas encendidas creaban halos de luz que centelleaban engrandeciendo la majestuosidad de la estancia.
Se sintió diminuta en cuanto sus pies la adentraron en ese mundo. Ya no había vuelta atrás, su vida dejaba de ser la de una inocente joven para convertirse en una mujer, en una que poco tenía de propia, pero que le auguraba el más exquisito de los placeres. Se unió al gentío. Vagó y giró entre ellos. Se embriagó con la pasión impregnada en la atmósfera y venció sus miedos para comenzar a sentir.
Sueños y deseos se convirtieron en fantasías; sensualidad y carisma emanaron de su cuerpo como una invitación a ser vista; las máscaras ocultando los rostros no eran impedimento para dejar translucir lo que otras jóvenes como ella sentían o notar la experiencia adquirida de las mayores. El corazón le latía con frenesí en el pecho y una sonrisa logró dibujarse en sus labios, lo que hizo que sus ojos se iluminaran aún más. Se movió con delicadeza, seduciendo, contoneando sus caderas al caminar. Las luces jugaron con las piedras sobre su vestido y pequeños destellos se desprendieron en torno a su cuerpo. Sencilla y simplemente, toda ella brilló al son de roces y miradas, de sonrisas e insinuaciones.
Era magia, baile danzante de acordes embriagadores y melodías envolventes.
Era seducción, y una caricia insinuante que traspasó su piel hasta hacerla sentir calor, un calor que comenzó en su cintura, justo donde unas fuertes manos la asieron, y que terminó por recorrer todo su cuerpo.
Chantal no se movió ni giró, solo se pegó más al hombre que sintió a su espalda, aquel que la había elegido entre las muchas damas del salón, aquel que, lo intuía, no había dejado de observarla. Sus mejillas se volvieron más rosadas y su corazón aumentó su, ya de por sí, acelerado ritmo.
Sincronizó sus pasos con los de él, y lenta, muy lentamente, se alejaron de la multitud y de los sonidos que los rodeaban.
Un largo pasillo los recibió con sus matices de blancos y grises, con sus paredes que se elevaban hacia el alto techo y que presentaban enormes cuadros enmarcados en dorado; con delicados y grandes jarrones dispuestos estratégicamente para sentir, al pasar, el aroma de las rozagantes rosas rojas en su interior.
Al unísono, ambos inspiraron profundamente, y él la hizo detenerse por unos segundos.
―Compararte con una flor es un pecado ―susurró él cerca de su oído―, sin embargo, eres tan suave como sus pétalos ―acarició su brazo descubierto―, y el perfume que emana tu piel es tan natural y embriagador como el de estas ―acercó el rostro a su cuello y aspiró esa fragancia que lo atrajo cual arena a las olas del mar.
Chantal sintió su roce como una cálida caricia, tan suave y sensual, que hicieron que sus latidos se acrecentaran aún más y que su respiración dejara de ser pausada y tranquila para convertirse en un tenue gemido que afloró en su garganta. Por instinto, inclinó la cabeza exponiéndose para él, y Byron no desaprovechó el gesto; tocó su blanca piel con los labios y la besó con delicadeza.
Ardía. Un intenso calor se apoderó de su cuerpo cuando él comenzó a profundizar en las caricias y sus manos se adentraron por entre su ropa para sentir su suavidad. Como llamas acrecentadas por el viento, cada toque la encendía más. Era pasión que, lentamente, la consumía. Enfebrecida, se dejó llevar por el experto amante que, intuía, era él, y sin siquiera notarlo, de repente, se encontró en una habitación apenas iluminada.
Las piedras de su vestido repiquetearon unas contra otras al tocar el suelo cuando, en un hábil movimiento, Byron la despojó de este y la tendió sobre la cama. Con presteza, pero sin perder la delicadeza, la descalzó y le retiró las finas medias que le llegaban hasta el muslo.
Chantal sintió que ardía más. Las manos de Byron, tan cercanas a su intimidad, la hicieron gemir. Y ese sonido fue, para él, como el permiso que necesitaba para continuar. La dejó solo en ropa interior y apenas se separó de ella para observarla. Así, bajo la tenue luz que emitían el candil ubicado en algún lugar de la habitación y el reflejo de la luna en la ventana, ella descubrió al hombre, un hombre que parecía imponente comparado con lo frágil que ella se sentía. No podía negar que la elegancia no solo lo hacía destacar por su vestimenta; su rostro, uno de los más bellos que había visto, era, seguramente, la atracción de cuanta joven en busca del marido perfecto. Llevaba el pelo corto, de un color que le asemejó a la corteza de los árboles en plena madurez, y que enmarcaba su rostro anguloso; de pómulos prominentes, una nariz que creyó perfecta, unos labios firmes y sensuales que ya la habían tocado, y unos ojos de un verde intenso que no dejaban de mirarla.
Chantal casi se olvidó de respirar cuando él comenzó a desprenderse de su ropa. Lo hizo con lentitud, con la vista aún fija en ella, y como esperando ver sus gestos ante cada uno de sus movimientos. Pero ella nada hizo, solo se mantuvo tan quieta como su cuerpo se lo permitió, aunque dudaba haberlo lograrlo, puesto que tan solo con observarlo respondía de una forma que jamás hubiera imaginado.
La distancia se acortó entre ellos cuando él se arrodilló en la cama, puso una pierna a cada lado de sus caderas, y comenzó a besar su satinada piel. Chantal volvió a sentirse diminuta e insignificante como en el salón. Las palabras que con Tessa había intercambiado al respecto de lo que estaba por hacer con ese hombre se habían perdido en algún lugar de su mente al que ahora no podía llegar. ¡Cielos! Se sentía tan indefensa y perdida que cerró los ojos en un intento por contener las lágrimas de la impotencia.
Byron pareció notarlo, le acarició la mejilla y se inclinó más sobre ella para besar sus sonrosados labios en una casta caricia, en un delicado toque que la volvió a la realidad. Ya no hubo vuelta atrás. Chantal se dejó llevar por lo que él la hacía sentir y, aunque torpemente, llevó las manos hacia su pecho y las deslizó por su piel hasta entrelazarlas detrás de su cuello. Un suspiro surgió de su boca en la milésima de segundo en que se separaron y tan solo eso bastó para que él tuviera acceso en su interior, un interior que lo enloqueció aún más que a ella. El beso se profundizó hasta convertirse en un baile danzante de labios y lenguas.
Byron recorrió su cuello, acarició su cuerpo y terminó por dejarla desnuda frente a él. Gimió de puro placer y volvió a besarla y a rozar toda su piel.
―Eres tan suave ―susurró junto a su oído al tiempo que bajaba la mano, lentamente, hasta su intimidad―, tan bella, tan perfecta para mí.
Chantal solo atinó a morderse el labio inferior, nada de lo que pudiera salir de su boca tendría sentido alguno en ese momento. Las caricias que él le hacía en su centro no la dejaban pensar con claridad. Sintió que un temblor se apoderaba de todo su cuerpo y se dejó llevar por esa sensación mientras él comenzaba a adentrarse en su interior.
―Quiero que seas mía ―le dijo al tiempo que introducía su sexo palpitante en el húmedo de ella―, solo mía ―repitió mientras empujaba más.
Chantal se estremeció por el contacto, sin embargo, las palabras que él expresaba lograban dulcificar el temor que aún la invadía. Suya. ¿Realmente podía serlo? No lo creía posible. No cuando sabía en qué iba a convertirse su vida a partir de ese momento. Si hasta le parecía cómico después de todo. Suya ¿y de cuántos más? Cerró los ojos, no solo por el dolor que sintió, sino también para evitar que las lágrimas surgieran tras comprender que el amor no era un sentimiento que ella pudiera algún día conocer.
―Mía ―volvió a decirle Byron como si hubiera escuchado sus pensamientos. Se adentró más en su intimidad y acarició todo su cuerpo a la vez que no dejaba de besarla. Chantal sintió que volvía a elevarse, que sus manos tenían vida propia y seguían el compás que él hacía entrando y saliendo de su interior. Aceleró el ritmo con sus caderas, sin saber, necesitaba más para volver a tocar el cielo. Él no se hizo rogar, arremetió un par de veces más contra su centro para derramarse en su interior y acabar, exhausto, al mismo tiempo que ella. Así se mantuvieron, unidos, fundidos uno en el otro y con el sonido de sus respiraciones agitadas que se iban acompasando. Al cabo de unos segundos, él se hizo a un lado y no dejó de acariciarle el costado del cuerpo en ningún momento. Chantal se acurrucó contra su pecho, y él la encerró entre sus brazos.
Si así, solo con él, pudiera ser su vida a partir de ese momento, no quería cambiarla por nada, pero bien sabía que el azar solo jugaba con mujeres como ella y que el destino podía ser tan cruel como un traicionero juego de cartas.
2
Volvía. Estar lejos no había logrado sacarla de su cabeza, de su cuerpo, de su corazón. Sin importar nada, sin lógica alguna, la amaba. Y ese sentimiento se había arraigado muy dentro de su ser, a tal punto que vivir no tenía sentido sin ella. Necesitaba verla, tenerla y sentirla otra vez junto a él, aunque tan solo fuera por una sola noche más.
Se adentró en la casa en la que, hacía ya mucho tiempo, se había hecho habitué de sus visitas. Sin embargo, nada había cambiado en los escasos tres meses que había estado ausente desde la última vez que estuvo allí, desde aquella noche en la que volvió a amar. Lo recibió el aire embriagador de la pasión mezclado con la elegancia que solo Tessa podía crear. Recorrió el lugar con la única intención de encontrarla, pero su vista no lograba dar con ella. Apenas daba alguna que otra inclinación de cabeza al pasar cerca de un conocido o de alguna joven que le sonreía, pero no más que eso. Toda su concentración estaba puesta en dar con la única mujer que le interesaba: Chantal.
Ya se estaba poniendo nervioso por no encontrarla cuando la descubrió bajando por la escalera central. Sintió que su corazón volvía a latir y que todo a su alrededor se detenía. Estaba tan bella como la recordaba y tan sensual en su andar que no podía dejar de observarla. Era una tentación para su cuerpo anhelante de placer.
―Te tardaste en volver ―lo sorprendió Tessa detrás suyo.
―Solo soy prudente ―rebatió él a su comentario.
―Ya veo ―susurró ella―. Esta vez te lo tomas con más calma.
―Esta vez es distinto, Tessa. ―Giró para verla a los ojos, para que descubriera en ellos que así era.
―Byron… ―lo nombró―. Sé lo que sientes por ella desde el primer día que la viste.
Él no se asombró por sus palabras, si alguien lo conocía bien, esa era Tessa.
―Entonces, ayúdame.
―No puede ser solamente tuya, cariño. Tómala una noche más, pero solo una.
―Me pides un imposible ―expresó él con voz neutra y volviendo la vista hacia la joven que lo había cautivado como ninguna otra.
―Byron, por favor, no me obligues a meter a tu padre de por medio.
―¿Serías capaz de hacerlo aun sabiendo lo que siento por ella?
―Si es necesario, sí ―sentenció segura de sus palabras.
―No me desafíes, Tessa, tú no, por favor ―le suplicó.
―Esa joven no te conviene.
―¿Porque es como tú? ―expresó Byron con dureza, queriendo herirla, antes de girar nuevamente hacia ella.
Pese a no ser tan joven, Tessa conservaba su belleza natural. Tenía el cabello recogido en lo alto con pequeños bucles cobrizos que delineaban su delgado cuello y hacían resaltar el blanco de su piel, sus ojos podían ser tan celestes como el cielo o tan azules como el mar, y sus labios eran el toque de color que, junto a su estilizado cuerpo, atraía a cualquiera que la observara. Su elegancia, distinción y discreción la habían llevado al lugar donde estaba, siendo la mayor anfitriona en las veladas que su padre solía organizar muy a menudo. Apenas curvó sus labios, levantó una de sus manos y le acarició la mejilla.
―Ya no soy comparable con ellas, cariño ―le dijo con melancolía―.Pero sabes cuáles son las reglas para ti, no quiero hacerte recordar lo que pasó la última vez que quisiste que una de ellas ―retiró el contacto para señalar el salón― fuera solo tuya. Ser el primogénito de quien levantó este lugar te da ciertos privilegios, Byron, pero no la exclusividad, solo él tiene ese poder. No hagas que te prohíba la entrada otra vez.
Byron resopló. Su padre había sido muy duro en aquella ocasión, él solo pretendía olvidar a Catherine, la mujer por la que habría dado todo, y en su borrachera, casi diaria, Camile era la única que lograba distraerlo con sus curvas, su belleza, su gracia y su encanto. ¿Por qué no podía quedársela para sí y desahogarse con ella? ¿No era, acaso, su heredero, no tenía privilegios por eso? No. La respuesta había sido rotunda, pues no era solo el hecho de serlo, sino su forma tan baja de comportarse. «Para tratar a mis mujeres como meras rameras, cualquier burdel te sirve, Byron, incluso el alcohol que tomarás allí te hará ver peor. Esta es mi casa, y respetarás a todas y cada una de las personas que aquí viven y trabajan o ya no podrás entrar. Vete ahora, y no vuelvas a menos que cambies tu actitud, o también dejarás de ser mi hijo», le había dicho su padre. Sus palabras lo habían golpeado más que la traición de Catherine. Esa noche vagó por las calles adoquinadas, en pleno silencio y con cientos de pensamientos golpeándolo a mil en su cabeza. La luna era su única compañía y parecía iluminarle el camino que había perdido. Solo una reprimenda le había bastado para volver al cauce normal de su vida, a aquella que se había forjado a base de sacrificio y estudio, tal como su padre también lo había hecho y le había enseñado.
Sin embargo, conocer a Chantal había trastocado una parte de su ser que, creyó, ya no sentía. Y Tessa se lo ponía difícil con su negativa.
―Cariño ―lo llamó ella al notarlo perdido en sus pensamientos―, sé lo que aquí sientes ―apoyó la mano sobre su pecho―, pero es con esto ―la subió hasta su cabeza― con lo que debes pensar. Las jóvenes que llegan a mí, Byron, solo…
―Chantal no es como ellas. ―Le dio la espalda para volver a mirar a la joven―. Sabes que estoy en lo cierto, Tessa. No lo niegues, he visto cómo la tratas, eres tan delicada con ella y la cuidas tanto que hasta pareciera que fuese tu propia hija.
―Qué más quisiera yo, Byron―pronunció con un deje de nostalgia en su voz. Sin embargo, él tenía razón, desde que Byron había puesto los ojos en ella, intentó que Chantal no fuera como el resto. Cualquier excusa era buena para no presentarla. No obstante, tres meses, aunque parecieran pocos, era mucho tiempo para mantenerla a resguardo―. Pero no te confundas, si así fuera, no la dejaría entrar en este mundo. Aunque se nos engalane con las mejores ropas y nos ocultemos tras las máscaras, no dejamos de ser unas pobres mujeres que…
―Eso, a mí, no me importa. Me crié entre ustedes, ¿lo olvidas?
Tessa negó con la cabeza.
―Eres muy testarudo.
―Tengo a quién parecerme ―dijo cortante―. No me daré por vencido. Chantal será mía para siempre, solo mía, como lo será también esta noche ―agregó antes de alejarse y dejarla sola.
Tessa lo vio caminar con paso seguro hacia la joven. Solo había algo que ella podía hacer y, sin dudar, lo haría.
3
Para Chantal, traspasar, una vez más, la puerta de la habitación que ocupaba le significó un nuevo dolor en su interior. Otra noche que debía disfrazar su cuerpo y su rostro con ropas y gestos que ya no quería.
Se detuvo unos minutos antes de comenzar su descenso y ni siquiera alzó la vista como lo había hecho las veces anteriores para intentar encontrar su cara entre la multitud. Respiró hondo y apenas curvó sus labios en una imperceptible sonrisa cuando Tania pasó por su lado y la animó a seguir.
Uno a uno, fue bajando los escalones. Se unió al gentío y vagó entre ellos. No quería seducir ni sonreír ni sentir, pero su cuerpo hablaba por sí solo y más de una mirada se posaba en ella. Para su suerte, porque no podía llamarla de otra forma, Tania lograba captar más la atención con su cantarina risa y jovialidad, lo cual agradecía enormemente en su interior.
Esquivó a un joven que pareció interesado en ella, y sus mejillas se colorearon por la osadía, si la descubrían, podía estar en serios problemas, pero lo cierto era que esa noche se sentía peor que en todas las anteriores. Agilizó el paso y se acercó hasta uno de los ventanales. La suave brisa refrescó su rostro, sin embargo, no pudo evitar llevarse con ella el recuerdo de Byron, y menos aún, cuando la luna llena no hizo más que acrecentarlo al rememorarle su perfecto cuerpo bajo su luz.
Llevó una de sus manos a su pecho y con la otra se aferró al pesado cortinaje al tiempo que cerraba los ojos y ahogaba el sollozo que pugnaba por salir de su garganta. Así se mantuvo y esperaba poder quedarse así toda la noche.
Sin embargo, su deseo no le fue concedido porque otra mano se posó sobre la suya para empujarla hacia atrás de forma posesiva y de tal forma que quedó pegada al cuerpo que estaba a su espalda. Su corazón se aceleró en un instante y la piel se le erizó cuando una tan conocida y esperada caricia rozó su cuello.
―Byron ―logró decir en apenas un susurro.
―Me recuerdas ―dijo él algo sorprendido porque así fuera. Sabía lo que su corazón sentía por ella, pero no esperaba que ella pudiera tener el mismo sentimiento para con él, aunque estaba decidido a lograr que así fuera.
Chantal soltó la cortina y llevó la mano hacía atrás para posarla en su mejilla.
―Quise no hacerlo, y me fue imposible ―se animó a pronunciar―. Sé que es una locura, que es inadmisible, pero no puedo dejar de pensar en ti.
―No lo es cuando a mí me sucede lo mismo ―pronunció.
Chantal se estremeció por sus palabras, no obstante, conocía las reglas e intentó, en vano, apartarse de él.
―Esto no es posible, Byron. Tu padre… Tessa… ―negó con la cabeza―, no puedo quebrantar su confianza considerando lo que hacen por mí.
―Ellos no me importan. Solo tú, Chantal.
―Pero…
Byron acalló sus protestas colocando un dedo sobre sus labios.
―Aunque tenga que pasar muchos días sin ti, aunque tenga que contenerme por tener que compartirte con otros hombres, tú solo serás mía, Chantal. Como lo fuiste en tu primera noche, como lo serás en esta y en todas las que vengan después. Nada me importa si correspondes a mi amor. Y lucharé por que seas solo mía, hoy y siempre.
Chantal cerró los ojos y unas lágrimas escaparon de ellos. Debía estar soñando, no podía ser real. ¿Él la amaba, a ella, pese a lo que era?
―No ―negó―. No es posible. Solo soy…
―La mujer que logra hacerme olvidarlo todo ―la interrumpió―, la que me hace sentir como nunca antes había sentido, a la que amo como jamás creí que podía volver a amar. ―La giró entre sus brazos y la besó con ternura―. Tú me devolviste a la vida, Chantal, me robaste el corazón para hacerlo latir nuevamente cuando creí que ya no podría hacerlo. Te amo. Y no importa cuánto tenga que luchar por que estés siempre a mi lado. Serás mía, solo mía, mi amor. ―Volvió a posar sus labios sobre los de ella y la besó como si la vida se le fuera en ello. Degustó su interior, jugó con su lengua y la apretó más contra su cuerpo que la reclamaba con fervor.
Antes de hacer algo indecente frente a espectadores que no deseaban, se separó de ella y, sin dejar de abrazarla, se encaminaron hasta su propia habitación, la misma donde había sido suya por primera vez. Esta vez no se detuvieron a oler el perfume de las rosas en los jarrones, sin embargo, antes de poder seguir adelante, la puerta del despacho de su padre se abrió de repente como si él lo estuviera aguardando. Ambos se paralizaron; Chantal, temerosa por lo que ello implicaba, y Byron, seguro de sí mismo y dispuesto a hacerle frente.
La sorpresa en sus rostros al verla hizo que Tessa dibujara una tenue sonrisa en sus labios cuando la vieron salir de allí, y Byron abrió la boca para expresar aquello que ya le había dicho, pero antes de poder hacerlo, la figura de su padre detrás de ella lo acalló.
Solo un gesto de asentimiento por parte de este bastó para que Byron comprendiera lo que eso significaba. Haciendo él lo mismo, movió la cabeza, apenas le sonrió y animó a Chantal a que siguieran su camino en el más absoluto silencio.
―Eres mía para siempre ―le susurró al oído desbordante de felicidad.
Chantal giró abruptamente para verlo, sus ojos reflejaban el desconcierto ante sus palabras.
―Mía, solo mía ―repitió al tiempo que la despojaba de su vestido, acariciaba su piel y comenzaba a besarla―. No me preguntes cómo ni por qué, solo sé que ahora me perteneces y nada ni nadie podrá alejarte de mí.
Chantal se mordió el labio inferior de la emoción. Todavía creía estar en un sueño, pero era tan real como las mismas sensaciones que se volvían a repetir en su cuerpo como en aquella primera noche juntos. Sin darle más cabida a sus pensamientos, se pegó al cuerpo que la reclamaba, se fundió en él y, piel contra piel, volvieron a ser uno.