Sentía que la cabeza estaba a punto de estallarme y llevé mis pulgares hacia la sien para lograr apaciguar el dolor. Sin embargo, parecía que el parloteo de mis compañeras de estudio seguía taladrándome como si aún estuvieran a mi lado. Éramos un buen grupo, cinco chicas afines que lo pasábamos genial estando juntas, ya sea que nos juntáramos para estudiar o divertirnos. Pero tenía que reconocer que ejercitar la lengua era la actividad que más sabían hacer, y su incesante charla parecía no parar jamás. Incluso, en las veces que habíamos salido al cine, cuando el silencio debía reinar, no podían con sus genios y terminaban cuchicheando sobre cuál o tal cosa de la película y, por ende, los «cállense» no dejaban de escucharse por doquier.
Me acomodé en un asiento libre; para mi suerte, a esa hora no iba tan cargado como era habitual, y busqué una aspirina en uno de los recovecos que tenía la cartera que llevaba. Destapé la botella de agua mineral que siempre me acompañaba y le di unos sorbos del pico.
Casi me atraganto cuando mi vista se fijó en uno de los pasajeros que estaban de pie a unos metros de donde yo me encontraba. Me quedé de piedra, y mi cuerpo parecía no reaccionar a lo que mi cerebro me decía que hiciera. Creo que mantuve la botella junto a mi boca por más de un minuto y solo la bajé cuando me percaté que ya no tenía más agua que beber y yo seguía tragando como si realmente la tuviera. Le puse la tapita y la guardé.
Mi vista no dejaba de observar al hombre que había divisado. Vestía un traje color gris que le sentaba de maravilla y hacía resaltar el tono apenas bronceado de su piel. Tenía el cabello corto, castaño claro y con apenas unos reflejos dorados que se acentuaban cuando el sol que ingresaba por la ventanilla se posaba en ellos. Mi vista no podía dejar de observarlo; su perfil era bellísimo, digno de retratar. «Te estás babeando y se va a dar cuenta», me dijo mi subconsciente, pero yo no le presté atención. Estaba embobada, hipnotizada por la imagen que una y mil veces había creado en mi mente y que, ahora, se presentaba de carne y hueso frente a mí. Me pellizqué disimuladamente en el muslo para asegurarme de que no estuviera soñando, no hubiera sido la primera vez que me quedaba dormida entre las estaciones y debía retomar trayectos por mi despiste. Sin embargo, el dolor que sentí fue real. Sonreí de felicidad, y el corazón me dio un vuelco cuando sus ojos, del más intenso marrón que vi en mi vida, se cruzaron con los míos. El color carmesí fue un poroto al lado de la tonalidad que estaba segura habían tomado mis mejillas. ¿Qué digo mejillas? Cara, manos, brazos… creo que, de ser posible, hasta mi cabello se tornó rojo.
«Lo es», replicó la vocecita en mi cabeza, y me mordí el labio inferior para evitar reírme de mí misma. Estaba segura que debía parecer una total y completa loca en medio del vagón en el que íbamos. Miré a mi alrededor para cerciorarme de ello; dos señoras mayores estaban sentadas en uno de los asientos por delante del que me encontraba yo, y sus bocas se movían incesantes, por lo que supuse que charlaban animadamente, aunque bien podía ser que le estuvieran sacando el cuero al joven que estaba acomodado en una de las esquinas del vagón. Su aspecto era el del típico adolescente: pantalones de jeans un talle más grande del que debería usar y que dejaba a la vista el borde de los calzoncillos (de marca, por supuesto, y como podía leerse en el elástico que por suerte cumplía su función a la perfección), remera negra en su totalidad con la famosa lengua de los Rolling Stones en medio del pecho, zapatillas al estilo John Foos y auriculares último modelo sobre la cabeza que movía al ritmo de la música que escuchaba. Seguro que si prestaba atención, hasta podría oírla yo también.
Y estaba él, mi sueño, mi hombre, el mismo que era el protagonista de la novela que hacía un tiempo había comenzado a escribir, el mismo que se perfilaba en la portada que ya había imaginado y diseñado en mi mente.
«¿Qué hago?», me pregunté, «¿lo miro otra vez?, ¿lo dejo ir?, ¿y si le hablo?».
Las preguntas se agolparon en mi cabeza y no obtenía una respuesta coherente a ellas. El cierre de uno de los bolsillos externos de la cartera hacía ruido mientras lo abría y cerraba constantemente, era una maldita costumbre que tenía cuando las dudas me acechaban.
—¡Ah! —grité de repente por el susto. Estaba tan ensimismada en mis pensamientos que no me percaté que aquel que los ocupaba se había dirigido hacia mí y, sin obtener respuesta por mi parte, me había tocado el hombro.
—No fue mi intención asustarte —me dijo.
Levanté la vista, ya ni me acuerdo dónde la había dejado vagando, y lo miré. Sonreí como una tonta y con un gesto de mi mano, que tampoco sé de dónde salió, le resté importancia al asunto.
—No fue nada —expresé —Yo… bueno… —¿balbuceaba acaso?
—Creo que esto es tuyo.
Miré su mano extendida con mi pañuelo de seda de varios colores. ¿Cuándo me lo había sacado? Mejor dicho, ¿lo había llevado ese día?
—Gracias, lo es —le respondí y rocé mis yemas con su mano para tomarlo; de haber estado a oscuras, seguro que se habrían visto las chispas que saltaron de ella.
—Hubiera querido dártelo antes.
«¿Eh?», otra vez puse cara de tonta. Él sonrió, y yo me sentí un cubito en pleno verano.
—Se te cayó hace unos días y cuando quise regresártelo, ya no estabas a mi alcance. Por eso lo guardé, sabía que volvería a verte.
Me pellizqué otra vez y un «auch» salió de mi boca.
—¿Todo bien? —me preguntó.
—Sí —respondí. —Solo compruebo que no estoy soñando —le dije. La risa de los dos inundó el vagón, pero nadie pareció percatarse, y comenzamos una conversación que no ha cesado desde que nos cruzamos.