El antiquísimo álbum de fotos levantó una nube de polvo cuando fue a topar con el suelo. Era casi una reliquia pero, ¿a quién le importan tales honores cuando de la limpieza primaveral se trata?
Lúa, que en principio no comprendía la utilidad del pañuelo, imitó a su abuela y se cubrió la boca con él cuando otra nube de polvo denso las bañó. Tuvo que esperar unos segundos hasta identificar algún objeto tras remover la pila de cosas sobre el armario del desván.
―Abre un poco la ventana, cariño, o nos vamos a asfixiar.
Lúa obedeció en el acto. Después de tres horas allí arriba, nada podía apetecerle más que un poco de aire fresco.
En realidad les estaba cundiendo. El desván llevaba siglos sin ser abordado por alguien con la sana intención de hacer limpieza, más bien, la familia lo visitaba para dejar alguna caja que nadie sabía ubicar en los pisos inferiores. Aparentemente la abuela iba a consentir que las cosas siguieran así por siempre, pero era mentira. Cada vez que se le informaba de una nueva caja abandonada allí arriba, hacía como que conservaba la calma, cuando en realidad estaba calculando el momento en que sus dos hijas fueran al pueblo a pasar las vacaciones. Entonces las agarraría a traición, y obligaría a ayudar con la limpieza.
Finalmente, los planes no salieron como pensaba porque, ¡malditas!, debieron sospechar algo, y llegada la fecha, ninguna apareció. Le enviaron a su nieta Lúa con la firme intención de que la pequeña, que con sus catorce años ya no era tan pequeña, tomara un poco el aire. Era ella quien estaba echándole una mano. Además, no tuvo que hacer ofertas ni nada por el estilo para camelarla. Mara no se equivocó pensando que la chiquilla ayudaría encantada, porque era curiosa desde siempre, y sabía que iba a disfrutar inspeccionando todos los cachivaches, libros, o lo fuera que hubiera allí arriba.
Estaba a punto de ser sepultada bajo una caja llena de objetos que Dios sabría a quién pertenecerían, cuando su abuela la advirtió que diera un paso atrás. Tal como parecía, la pila que era casi más un tótem que cinco cajas superpuestas, se desmoronó en el centro del desván, separando a nieta y abuela, levantando una nueva nube de humo.
Mientras la veía caer como a cámara lenta, Lúa sintió la necesidad de tomar aire y llenar los pulmones adivinando la polvareda que se iba a levantar. Luego recordó el pañuelo que le cubría la boca como si fuera una doctora.
―¿Y ahora qué?
―Pues, ahora a clasificar todo esto ―respondió Mara sacudiéndose el polvo antes de tomar asiento en el suelo, con las piernas cruzadas.
***
Su abuela, Mara, debía tener como poco setenta años, pero era una de esas abuelas modernas que hacen yoga y van a nadar a la playa en invierno. Su padre estaba convencido que por eso se conservaba jovial y de buen humor. El abuelo era un poco más reservado, aunque nunca dejaba que nadie se sintiera incómodo en su casa. Era de esas personas siempre preocupadas del bienestar de todos. Además, era muy entretenido estar con él; tenía una retahíla de historias increíbles bajo la manga, y le gustaba contarlas mientras paseaban fuera de la casa, por el bosquecito cercano, a veces cogiendo moras, peras, manzanas, o lo que fuera.
Lúa se preguntaba dónde estaría el abuelo entonces, dado que todavía hacía frío para sus largos paseos. Estaba siendo una de esas primaveras raras con nieve, y no podía imaginárselo perdido por ahí, con el bajo del pantalón humedecido. Iba a preguntarle a la abuela, pero fue ella, sacando el contenido de las cajas, quien habló primero.
―Mira cariño, esto es tuyo.
―Qué bonito ―sonrió Lúa―. ¿Cuándo me lo pusieron?
―En tu bautizo. Es un trajecito precioso, y estabas para comerte. Tan pequeña, con esos grandes ojos verdes asomando entre encaje blanco... ¡Qué recuerdos!
―El abuelo también los tiene verdes, ¿no?
―Sí, cariño. Tu madre siempre se ha preguntado por qué ella no.
―Ya, pero es que esas cosas se saltan una generación. Lo di en biología.
―Eres una chica muy lista, ¿sabes? ―observó Mara acercándole un nuevo montón de objetos para que separara los que pudieran ser útiles todavía, de los que no.
Lúa detuvo su mirada en un reloj de pulsera al que le bailaban las agujas, y lo descartó en seguida. También una caja de caramelos corroída, una linterna con el cristal roto, dos lápices de color de madera, y un álbum de fotos que…
―Abuela…
―Dime, cariño.
―¿Este es el abuelo? ―Lúa giró el álbum para que Mara pudiera ver la fotografía. En cuanto la reconoció, sonrió.
―Ese es el amor de mi vida.
Lúa levantó las cejas con sorpresa, contemplando el rostro de su abuela perdido en el recuerdo. Tuvieron que ser momentos felices, porque solo con verlo, ella lo parecía. Era como si hubiera rejuvenecido cuarenta años y estuviera radiante. Bueno, quizá en parte lo de radiar se debía a que el haz de luz de la pequeña ventana caía directamente sobre ella, o a que Lúa la vio más bonita al descubrir que tenía secretos ocultos. Sintió mucha curiosidad por aquella fotografía en blanco y negro.
La luz del desván comenzaba a ser anaranjada y cálida, el polvo se había asentado… Estaban cómodas, entretenidas, y ella deseaba más detalles sobre la oculta historia de amor de su abuela
―¿Me puedes contar qué pasó con este chico?
Mara, tras un instante reflexivo, miró a su nieta buscando en aquellos ojos verdes la comprensión que solo una amiga podía tener, cuando se le cuenta un gran secreto.
―Debe quedar entre nosotras, ¿de acuerdo?
―De acuerdo, no diré nada.
***
El verano de 1951 fue uno de los más calurosos que cualquier joven de la edad de Mara podría recordar. ¿Por qué recordarían ese verano concretamente? Porque había acumulación de chavales agolpándose en las heladerías, y laderas de los ríos, buscando refrescarse como fuera, desde que el reloj daba las cinco.
Cuando llegó al pueblo, Mara ejerció de excepción a la regla general, porque donde todos los chicos y chicas lucían la menor cantidad de ropa posible, ella siempre iba cubierta, muerta de frío.
Al principio la miraron como un bicho raro. No le importó porque de todos modos, era nieta de un hombre difícil y antipático al que nadie caía bien, aunque no sucedía lo mismo con su abuela. Ella era una mujer encantadora que, en cuanto los padres de Mara se alejaron con el coche dejándola a su merced, no dudó en hornear pasteles convocando a las vecinas para presentarles, orgullosa, a su nieta, mientras degustaban exquisiteces.
Pronto, Mara se dio cuenta de las intenciones reales que albergaba su abuela, obstinada en que los niños de ciudad nunca podrían estar tan sanos como los que se criaban en el campo. Tenía fijación por la comida y los paseos, si hubiera sido por ella, aquel verano Mara no habría hecho nada más que andar y zampar todo el día.
Como compañera, le habían asignado a Sabrina, nieta de una vecina, que puso cara de pocos amigos cuando prácticamente las echaron de la sala para que fueran haciendo migas.
Mara se resignó. Estaba allí por decisión propia, porque quería que sus padres disfrutaran en la playa, después de un año en que casi no pudieron verse, de modo que, aguantando la mirada inquisidora de Sabrina, carraspeó y la saludó con educación.
Mara tardó poco en descubrir que su nueva amiga, no tenía la mínima intención de ser tal cosa. Sabrina era una chica de esas que ella evitaba estando en casa. No era tonta, ni siquiera podía decirse que le cayera mal, sencillamente necesitaba ser siempre el centro de atención, cosa que a ella la horrorizaba. Durante los primeros días que Mara pasó en el pueblo, la escuchó varias veces burlarse de ella y sus modales, diciendo que era una remilgada, que parecía tonta llevando aquel flequillo tan largo, que la fina rebeca de punto era para señoras mayores, en vez de chicas jóvenes… Aprovechaba cualquier momento para ensañarse ocultando lo que en realidad sucedía: Sabrina envidiaba a Mara, porque desde su llegada dejó de ser el centro de atención de todos.
También por eso, el día que comenzaron las fiestas del pueblo, Sabrina procuró destacar llevando el vestido más bonito, el cabello más elaborado y los labios más rosas que las demás. Mara, que sospechaba el motivo de la envidia de su amiga, la ignoró acompañando del brazo a su abuela, mientras escuchaba los reproches en voz baja que Sabrina recibía de la suya, primero por haberse maquillado, y luego por parecer una fresca.
En la plaza esperaban los demás jóvenes. Las chicas del grupo de Sabrina, que supuestamente también era el suyo, desaparecieron entre la multitud con sus vestidos de colores vivos. Mara distinguió a los chicos, la mayoría mirando a una mujer que bailaba sobre el escenario, un poco más escotada de lo necesario, encandilándolos a todos con sus ademanes de vedette. Pero había unos ojos que no se apartaban de ella, mirándola de forma tan intensa que Mara comenzó a sentirse incómoda casi al momento.
El repertorio de la orquesta seguía alegrando la plaza sin que aquel chico rubio dejara de observarla. Mara intentaba rechazar la invitación que un amigo de su abuela le hacía para bailar, pero no salió exitosa de su empeño, porque el hombre se cansó de darle vueltas y más vueltas a su vestido blanco de tirante, estampado en filigranas doradas. Cuando la canción terminó, pidió permiso a su abuela para ir en busca de algún refresco, y tomando su propina con fuerza, se alejó a la carrera hacia la barra que habían colocado fuera del bar.
Apoyando el antebrazo, solo deseaba tomar un refresco bien frío, pero nadie parecía siquiera reparar en su presencia, nadie salvo quien le tocó el hombro con suavidad: el mismo chico de antes sujetaba dos botellas de limonada con sendas pajitas, ofreciéndole una.
―¡Gracias!
―De nada. Iba a comprar una para mí, y te vi.
―Ya me habías visto antes ―al momento se arrepintió de haber hablado con tanta franqueza.
―Bueno, puede que sí ―respondió él alejándose unos pasos.
Por un momento Mara se sintió en plena encrucijada. Si volvía al baile, su insistente pareja haría que le salieran llagas en los pies; pero si se quedaba, tendría que vencer la timidez y hablar con aquel chico al que no conocía de nada, aunque por otro lado había sido muy amable al pedirle el refresco…
―¿Vives aquí o estás veraneando?
―Soy de aquí. Tengo una casa cerca de la iglesia.
―No te había visto nunca.
―Ni yo a ti. Aunque bueno, acabo de volver… ¿Cómo te llamas?
―Mara. ¿Y tú?
―Santi.
Los dos quedaron callados, escuchando el comienzo de una nueva canción que conocían a la perfección por haberla oído hasta la saciedad.
―Es bonito.
―¿El qué?
―Tu nombre.
―Es un aburrimiento. Cada cual me llama como le da la gana. Mi nombre tiene muchas abreviaturas.
―¿Cuáles?
Santi comenzó a contarle los distintos nombres por los que la gente le llamaba, cada cual menos parecido al original. Caminaban por los alrededores de la plaza cuando las chicas del grupo, que tomaban sus refrescos sentadas en las escaleras del ayuntamiento, los localizaron, y en seguida hicieron llamar a Sabrina… A partir de entonces todo fue muy confuso, porque de pronto hubo un grito, muchos lloros, Sabrina se marchó de la fiesta, y ninguna de las chicas quiso acercarse a Mara en lo que quedó de verano.
Su abuela no dejaba de preguntarle dónde se habían metido aquellas niñas tan simpáticas, pero ella no sabía bien qué responder. Al principio se angustió, aunque luego se le fue pasando, incluso agradeció el tonto enfado de Sabrina y que se negara a estar en el mismo lugar que ella, porque eso le dejaba gran libertad para vagar por doquier con Santi, del que no se había despegado desde aquella noche.
No pasó una tarde sin que él acudiera puntual a su cita con Mara, para recogerla y después disponerse a vivir las más alocadas aventuras. Muchas tardes fueron al río a disfrutar de su agua helada y refrescarse con los otros chicos, dado que las chicas no toleraban a Mara. Otras jugaron en el bosque, incluso un atardecer se fueron a escondidas al pueblo de al lado, porque querían ver en directo a una señora que por lo visto era bruja... Pero la mejor de sus hazañas, la que más les marcaría, llegó de noche, no de tarde. Queriendo explorar los límites de su libertad, se fugaron juntos tras la cena, para pasar una prueba de valor. Se trataba de ir al cementerio del pueblo, y allí darle dos tragos a una pequeña botella de licor que Santi había robado a su padre. Estaba convencido de que si completaban el ritual, nada podría detenerles nunca.
A Mara el corazón se le quería salir del pecho, pero acabó por saltar el adro y entre lápidas, beber el primer trago de licor de su vida, sintiéndose la más valiente del mundo, la más radiante, la mejor de todas… También así la veía Santi, que desde la noche del baile, no había podido dejar de pensar en ella.
Escucharon un ruido cercano y Mara se agachó tras una lápida, Santi le pasó el brazo por la espalda haciéndose una bola tras ella. Justo en ese momento un anciano, el Guardia de la campana que velaba el cementerio, emergió entre las sombras para cerciorarse que todo seguía bien, mientras ellos continuaban completamente quietos.
Mara tembló bajo el brazo de Santi. No sabía qué estaba impresionándola más, si verse en aquella situación, o tener al chico del que se había enamorado tan cerca. La cosa es que se quedó muy quieta hasta que el aliento de Santi le acarició el oído, susurrando:
―Tenemos que salir, pero hay que hacerlo muy rápido.
―No puedo, no puedo.
―Sí que puedes, no seas cobardica. Si has podido entrar, puedes salir.
¿Cobardica? ¿Ella? Nadie jamás pudo decirle algo más hiriente. En cuanto escuchó la señal de Santi, Mara echó a correr hacia el adro saltándolo casi como una atleta, mientras él quedaba rezagado. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, tuvo que echarle el alto, porque indignada, habría continuado caminando hasta el fin del mundo sin volver la vista atrás.
―¿Qué te pasa? ¿Por qué corres tanto? Ya estamos lejos y no puede vernos.
―No pasa nada.
Por su tono de voz, Santi supo que le estaba engañando.
―Va, dímelo.
―No quiero. No me da la gana.
―¿Por qué te has enfadado?
―Porque eres tonto y me quiero ir a casa.
―¿No quieres verme más?
―¡No! ¡Nunca volveré a salir contigo!
―Pues entonces… ―empezó Santi poniéndose rojo, mezcla de enfado e indignación―, ¡yo tampoco quiero salir contigo!
―¡Pues me parece bien! ―gritó ella encarándole.
―¡Pues a mí también! ―respondió acercándose a Mara.
―¡Pues vale!
―¡Pues sí!
Entre tanto reproche y acercamiento, quedaron tan próximos que el pestañeo de una mariposa habría conseguido que se dieran el beso más dulce; pero ella quedó apoyada contra la corteza de un árbol, y él, allí plantado, intentó ocultar por todos los medios que tenía ganas de llorar.
Regresaron a casa juntos, pero más distantes que nunca.
Dos días después Mara metió su equipaje en el coche familiar y regresó a casa.
***
―¿Y?
―¿Y, qué?
―¿Qué pasó? ¿No volvisteis a veros? ―preguntó Lúa también con ganas de llorar, sin querer creerse el final de la historia, mientras zarandeaba aquella foto en blanco y negro de un chico delgado, guapo, con el cabello corto y claro como sus ojos.
―Pasó mucho tiempo hasta que eso sucediera.
―¿Y entonces, qué? ¿Se acordaba de ti?
Mara se inclinó recogiendo la foto de Santi. Volvió a observar aquel rostro en blanco y negro, aquella sonrisa tímida de la que se enamoró, por ser tan bonita.
―Claro que se acordaba, mi niña ―respondió devolviendo calmada la fotografía al álbum―. El primer amor nunca se olvida.
Lúa no podía creerse que la historia acabara de aquel modo tan trágico, por eso Mara tuvo que atajar.
―¡Madre mía, seguro que ya son las siete! Baja a por una bolsa de basura, cariño. Vamos a recoger todo esto y a tirarlo de una buena vez ―señaló al montón de desecho.
Todavía compungida, Lúa dejó colgar hacia abajo las escaleras plegables por las que se accedía al desván.
―Ahora vuelvo, abuela.
***
Mara llevaba quince minutos allí arriba, pensando si a su nieta la habrían secuestrado en el trayecto del desván a la cocina. Le dolían demasiado las piernas para hacer el esfuerzo de bajar y otra vez subir la escalera, para luego volverla a bajarla, de modo que llamó a la chiquilla sin obtener respuesta.
Al segundo intento, fue la voz de su marido la que se escuchó:
―¿Qué pasa?
―Que mandé a la niña por una bolsa y no aparece.
―Bueno, estará comiendo algo. Tiene que estar muerta de hambre, lleváis ahí arriba desde las tres.
―Ya, pero había que hacerlo, en fin… Jacobo, que me duelen las piernas, ¿puedes traerme tú una bolsa de la cocina para recoger todo esto?
―¿Qué pasa, te da miedo bajar y luego no poder subir?
―Pues un poco, la verdad ―sonrió Mara a su marido. Desde allí arriba, todavía se le podían ver cabellos dorados entre las canas.
―Bah, no seas cobardica. Si has podido entrar, puedes salir.