ESCUCHABA voces que decían mi nombre, uno que otro sollozo, no sé, igual era difícil escuchar, la luz fosforescente del túnel era tan inevitable para hacerlo. Más me acercaba, más intensa era. Me la había imaginado como una supernova o la luz de un cielo con diamantes. Pero al final descubrí que se trataba de un gran letrero de neón. Y sentí que algo me empujó, pero no era una fuerza metafísica sino el brazo de un tipo.
—¿Qué haces parado ahí? ¿Vas a entrar o no? —me dijo, y entré.
Sonó una campanita como la de cualquier bar y creí ver junto a la puerta un contador numérico que con mi ingreso aumentaba su cifra infinita. Un sitio no tan grande pero suficiente para considerarlo repleto, aunque tuve la impresión de que siempre había espacio para alguien más.
El hombre de la barra era un gordo, como todo bar-tender entrado en años, que estaba en el lugar preciso, diciendo lo preciso a la persona que le tocaba atender. «Me gusta atender yo mismo a mis clientes», me contó luego. No estoy seguro si parecía más italiano de Brooklyn o gallego. Pero sí recuerdo haberlo visto saludando con el tipo que me empujó.
—Ya preguntábamos por ti, Wright.
—Sólo fui a tomar un poco de aire, eso es todo —respondió, acomodándose unos viejos anteojos de aviador sobre la cabeza.
El humo del cigarrillo circundante no sólo hacía más denso el aire sino la acción, como un Londres neblinoso o un flujo de memoria de Joyce. Eso creí porque mi presencia parecía inadvertida para el resto. Todos lucían tan raros, tan diferentes. En una mesa vi un tipo con toga blanca demostrándole lo bien que hablaba con guijarros en la boca a un pintor maduro, que estaba retratándolo, a su estilo, con rasgos indígenas y manos desproporcionadas. En otra mesa un hombre en silla de ruedas, con una parálisis que sólo le permitía mover una mano, jugaba ajedrez consigo mismo, frente a un espejo, y decía con voz metálica a través de un aparatito: «Si seguimos así, el universo se acabara primero que esta partida». Al fondo, tocaba un cuarteto vestido con trajes militares de colores muy psicodélicos para ser del ejército.
—¿Te gusta el lugar, (…)? —preguntó mientras se limpiaba las manos con el delantal, mencionando al final mi nombre.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Un buen bartender debe saber de todo un poco —respondió sin convencerme—. ¿Y la música, qué tal?
—Me recuerda una banda que escuchaba antes de… venir acá.
—Entiendo.
Una chica rapada y con armadura se aparece y llama al bartender. Está furiosa. Supo, por un italiano de la otra mesa, que la misma iglesia que la había quemado viva, la declaró santa siglos después y ella ni por enterado. Él la escucha mientras le sirve una copa de Chardonnay.
La banda termina su acto y recibe la ovación de esta audiencia tan heterogénea. Mis aplausos, allá en la última fila, tampoco faltaron. Recuerdo haber oído las palabras de un anciano ciego quien, sosteniendo el bastón como una vara, aseguró que «esto ya lo había soñado».
—¡Hora de la foto! —dice efusivo el hombre de la barra.
Todos se ponen de pie y se acercan ansiosos al escenario. El bartender, que ya se ha sacado el delantal, los va organizando y les dice: «por aquí», «no, más a la derecha», «monsieur Toulouse-Lautrec, no se le ve, por favor, a la primera fila». Mientras, el cuarteto de músicos ocupa el lugar central detrás de un gran bombo.
—Qué curioso, se parece mucho a la portada del Sgt. Pepper’s.
—Obvio, muchacho. ¿De quién crees que fue la idea?
Y señala las paredes del salón. No me percaté antes, pero había un montón de fotos, nadie era el mismo en cada una pero todos formaban siempre la misma escena: una mítica banda, luego de su acto, rodeada de celebridades que habían vencido las barreras del espacio y el tiempo.
—Todo el mundo se muere por aparecer en esta foto, ¿qué puedo hacer? —me dice el muy bribón.
Luego del flash y los brindis, la tertulia sigue y la música también.
—¿Ya viste cómo nos divertimos? Nunca deja de venir gente, ¿eh?
—No he visto críticos de arte por aquí —observo.
—Me reservo el derecho de admisión.
Asiento con la cabeza.
—Qué dices, ¿te quedas? ¿Te reservo una mesa, entonces? —y, como conociendo mi respuesta, comienza a preparar todo. Mientras yo miro hacia la ventana y veo que el túnel por el que vine se va desvaneciendo.