PAIS RELATO

Libros de miguel ángel itriago machado

Autores

miguel ángel itriago machado

una feroz noche de paz

I
Esa noche el vehículo todoterreno militar en el cual nos desplazábamos avanzaba con dificultad, sorteando los numerosos cráteres creados por las explosiones de las granadas y morteros; y evitando las piedras, alambradas y trincheras dejadas por el enemigo; así como los árboles, quebradas, sembradíos y demás obstáculos del campo por donde se había metido el sargento Harry.
A cada rato se oían fuertes explosiones, ráfagas de ametralladoras y disparos aislados. Poco antes de llegar a la aldea habíamos dejado la carretera, porque estaba sembrada de minas, que ya habían acabado con otros dos vehículos militares de nuestra expedición y con los ocho soldados que en ellos viajaban.
Mis pensamientos estaban en ese momento en mi hogar, en la capital. Probablemente mi familia habrá rezado una oración por mí frente al nacimiento o pesebre, y mi amada esposa estará admirando nuestro bello árbol de Navidad, decorado con las hermosas figuras que cada año, desde nuestro noviazgo, ambos le incorporamos, como símbolo de la Navidad y de nuestro amor que se consolida y crece con el paso del tiempo. Es posible que a ella y a mis hijos se les haya hecho un nudo en la garganta al observar mi silla vacía en la mesa. Una rabia inmensa, nada cristiana, me invadió.
Por culpa de esos guerrilleros estaba yo en esa noche de Navidad lejos de mi familia, de mi hogar.
La luna iluminó por momentos el rostro del joven prisionero que estaba frente a mí, encadenado a uno de los tubos del vehículo sin techo.
Todavía es casi un niño. Es moreno, de ojos negros brillantes, pobladas cejas y cabellos largos y ensortijados. No ha llegado aún a los dieciocho años, podría ser mi hijo, y ya ha vivido, está viviendo, la pesadilla de esta guerra. ¿A cuántos habrá matado? Probablemente nada sabe de política. Los adoctrinan desde niños. Era uno de los que nos atacaba cuando entramos a su aldea. Corrió, pero logramos atraparlo. Le caímos a golpes y patadas. Creí que no sobreviviría.
A pesar de que en ese momento él estaba indefenso y pedía piedad, yo mismo lo golpeé con mi casco, con saña, y le hice esa fea y profunda herida que tiene en la frente y que no cesa de sangrar. Lo montamos en el vehículo, con la intención de hacerlo sufrir más y de mandarlo al infierno al llegar a nuestro campamento, aunque ya ese joven estaba en él.
Es la ley de la guerra: O los matamos o nos matan. Tenemos que descargar en el enemigo toda esa inmensa rabia que llevamos dentro, porque si no, nos matamos entre nosotros mismos. Esa rabia es más peligrosa que las balas, porque nos destruye al mismo tiempo que lo hacen nuestros adversarios. Es la ira que nos produce el hecho de estar hoy aquí en plena noche de Navidad, en este campo plagado de palestinos, lejos de nuestras familias, sin poder abrazar y besar a quienes amamos, lejos de todo lo que apreciamos. Si no fuera por esos guerrilleros estaríamos felices en nuestras casas comiendo y bebiendo, celebrando, sin arriesgar nuestras vidas, sin matar y sin ver morir a nuestros compañeros.
Y lo peor es que piensan y nos odian de igual manera, y dicen que somos quienes les impedimos vivir y estar con sus seres amados, quienes los matamos.
¿Cómo puede haber paz en una región donde todos pensamos así?
La guerra no es algo nuevo en esos campos de apacible apariencia, pero con miles de años de sangrientas luchas intestinas. Esta es una región relativamente pequeña, pero aquí confluyen y chocan las grandes potencias, e importantes intereses políticos, económicos y religiosos.
Cualquier cosa que se mueva en estos campos puede ser una inofensiva oveja o un enemigo apuntándote con su fusil, capaz de matarte, incluso de dar su vida para ganarse el derecho de entrar en su propio paraíso. Es casi imposible luchar contra quien considera que la muerte es una bendición.
Acabamos de ametrallar en el camino a tres pastores que simplemente cuidaban de sus ovejas. Los confundimos con un comando terrorista. Igual les habría pasado si en lugar de nuestro convoy hubiese pasado por allí un comando palestino.
‘Es cuestión de vida o de muerte: Si quieres sobrevivir, dispara primero y averigua después’, nos advirtieron al llegar, y es lo que hacemos. A pesar de que llevamos varios días sin probar bocado, no pudimos ni siquiera darnos el gusto de comernos las ovejas que destrozamos en el incidente de la confusión, porque no tuvimos tiempo para recogerlas y, menos aún, para asarlas o cocinarlas de cualquier otra manera, ya que el fuego habría delatado nuestra posición y estamos rodeados de mortales enemigos.
—Sargento, en el campamento deben estar nerviosos. ¿No podemos ir más rápido? ¡Debimos haber llegado allá hace más de veinte minutos! ¿Sabe por dónde va?
Harry no me respondió, pero aceleró y los movimientos y sacudidas del rústico automóvil militar fueron más bruscos aún. No quiso reconocer que se había perdido. Lo peor era que al auto le quedaba muy poca gasolina y quedarse sin combustible de noche, en ese paraje solitario, sin conocer el camino y cercados por grupos hostiles, sería una muerte segura.
Después de unos minutos, Harry me dijo:
—Tendremos que arriesgarnos a tomar la carretera, mi teniente, porque en estos campos es difícil orientarse. Esos guerrilleros están incendiando la maleza y los sembradíos para quemarnos vivos, y el humo no me permite orientarme por la posición de las estrellas. No tengo GPS ni brújula, y apenas logro ver por dónde voy. Después nos volveremos a salir de la vía para seguir avanzando por los sembradíos.
Ni el sargento Ben ni yo le respondimos. Sabíamos que entrar a la carretera era extremadamente peligroso, pero todos queríamos llegar lo más pronto posible a nuestro campamento. Yo regresaba derrotado: había perdido en la misión a ocho hombres cuyas vidas me habían sido confiadas. Me sería difícil explicar eso a mis superiores. Además, a diferencia de algunos de mis jefes y de mis compañeros de guarnición, yo era cristiano, y era un 24 de diciembre. Estábamos hambrientos y sedientos. En el campamento, si llegábamos, estaríamos a salvo, entre amigos, y quizás nos tendrían algo de comida y una cerveza.
El vehículo casi se volteó cuando Harry violentamente lo hizo subir el terraplén para ingresar a la carretera de tierra, si es que ese irregular camino de rocas podía llamarse carretera. El brusco movimiento, hizo que nuestro prisionero, al no poder usar sus manos para estabilizarse, golpeara fuertemente su ya herida cabeza contra el tubo, y que no pudiera evitar una exclamación de dolor. En vez de compadecerlo, sus “compañeros de viaje” nos alegramos de su nuevo sufrimiento.
—¡Lo que te espera, canalla, será mil veces peor que ese golpe! Si llegamos al campamento, allá mis soldados y yo te daremos nuestro tradicional recibimiento en el ‘corredor de bienvenida’: pasarás por el medio de todo el batallón, recibiendo insultos, golpes, patadas, culatazos y alguna que otra cuchillada o navajazo. Antes de que pases, les diré que esta noche, gracias a ti y a tus hombres, ocho de nuestros compañeros no podrán cenar con nosotros en esta noche de Navidad ni en ninguna otra. Si llegas vivo al final del pasillo, será un verdadero milagro. Y si te salvas, peor para ti: morirás de hambre, pues si la comida no nos alcanza, no podemos desperdiciarla dándosela a quien nos quería matar.
Después de esas palabras, que fueron acompañadas por las risas de mis dos sargentos, dirigí a mi prisionero una mirada, cargada de odio y de venganza, aliñada con las más soeces expresiones e insultos.
Esperaba que el palestino me respondiera de la misma manera y tono, con una maldición o con algo que justificara una mayor violencia de mi parte. Me equivoqué: lo que recibí de vuelta fue la mirada de un niño asustado, como la de un conejo atrapado que no encontrara salida.
Sin embargo, lo que más me sorprendió fue ver que él estaba rezando en su idioma, y por primera vez desde que entré en el campo de batalla me di cuenta de que ese muchacho, aunque enemigo, era también un ser humano, que tenía sentimientos, como los teníamos mi esposa, mis hijos y yo; que sufría y que tenía miedo, terror; que quizás habría sido obligado a pelear en esa guerra infernal; y que en lugar de tratar de asesinarnos, habría preferido quedarse en su casa con su familia, disfrutando de la vida con sus padres, con sus hermanos o con su novia.
No debería dejarlo rezar. Solo hay un Dios y está conversando con él, y no conmigo. ¿Qué le estará pidiendo ese palestino? ¿Su vida a costa de la mía? ¿Y si lo oye? ¡Dios debería oírme a mí, que soy cristiano, o a un judío, y no a él, que es un infiel!
Pero algo en mi conciencia comenzó a indicarme que quizás el malo no era el prisionero:
¿Por qué habría el Creador de ser más bondadoso conmigo, si ni siquiera le rezo? ¿Por qué habría de ser más generoso con quien golpeó e hirió en la frente a ese pobre e indefenso muchacho, que también es hijo suyo y que le está rezando? ¿Qué razones tendría ese joven para hacerse cristiano? ¿Estoy transmitiéndole el mensaje de amor al prójimo que Jesús me pidió hacer llegar a todos, incluso a quienes no creyeran en Él?
II
No pude seguir con mis razonamientos: una terrible explosión iluminó la noche y añadió centenares de chispeantes nuevas estrellas al negro cielo. El estallido hizo que nuestro carro militar fuera lanzado a varios metros de altura, y que luego descendiera a gran velocidad. El auto cayó de lado sobre la pendiente, y continuó dando vueltas hasta el fondo del barranco, arrancando en el camino arbustos y desprendiendo rocas.
Desde arriba, disparaban ráfagas de ametralladoras contra nosotros. Se oían los gritos de alegría de quienes nos atacaban, invocando a Alá, agradeciéndole nuestra muerte. Cuando cesaron los ataques y gritos, el cuerpo de Harry yacía sobre el capó del destrozado vehículo, acribillado por las esquirlas de la mina y por las balas. Un fuerte olor a sangre, pólvora y gasolina se sentía. Ben, que estaba en el asiento delantero derecho, en las dos primeras vueltas había logrado mantenerse colgando del vehículo con sus fuertes manos, pero no pudo aguantar más y posiblemente fue aplastado contra el rocoso suelo en una de las demás vueltas, porque después no logré verlo.
El vehículo se detuvo casi al final del barranco, al chocar contra el grueso tronco de un viejo árbol. No podía moverme, pues estaba atontado por la explosión y por las lesiones que sufrí durante la caída. No podía abandonar el carro, que comenzaba a incendiarse. Sabía que tenía que salir de allí inmediatamente, pues en el auto teníamos varias cajas de granadas de mano y de proyectiles que por las llamas podían estallar en cualquier momento. El calor era cada vez más intenso, y se me hizo insoportable. El fuego alcanzó mis ropas, y yo tenía muy cerca una granada que estaba en el piso y que por la posición inclinada del auto retornaba a mi lado cada vez que la empujaba con el pie. Me cansé y esperé resignado que con el calor explotaran esa granada y las demás.
Entonces alguien me sacó con fuerza del vehículo, apagó mis ropas con tierra, y me arrastró a otro lugar. Muy poco después, las granadas que llevábamos en el coche militar explotaron, con diferencia de pocos segundos una de la otra, pero ya mi salvador y yo estábamos lo suficientemente lejos, detrás de otro árbol, que nos protegió de las ondas expansivas y esquirlas de las granadas, y de los restos del vehículo que volaban por doquier.
Como había visto el cadáver de Harry, pensé que Ben había logrado sobrevivir y que había sido él quien me había salvado, y quise agradecerle que me hubiese sacado tan oportunamente del vehículo.
Pero me equivoqué: no había sido Ben quien me sacó del lugar, sino mi prisionero, mi enemigo. El tubo al cual el palestino estaba atado se había salido de su base y gracias a eso el joven había logrado zafarse y salvarse de morir quemado.
Cuando cesaron las explosiones, el guerrillero regresó al lugar donde había quedado lo que restaba del auto. Lo vi escarbar entre el denso humo y las candentes piezas. Pensé que buscaba mi fusil para ajusticiarme. Me lo merecía. Por primera vez en muchos años le recé a Dios, no para que me salvase de la muerte, sino para que perdonara mis pecados.
¡Me llegó la hora! Muy malas cuentas te rendiré, Señor. No supe ni quise predicar tu doctrina de amor. Perdona a ese joven que me matará, porque motivos de sobra le di para vengarse de mí. Lo traté peor que a un animal salvaje, solo por ser el hecho de ser un palestino, sin saber nada más de él. Aunque me mate, muy pocas posibilidades tendrá ese muchacho de salir con vida de esta guerra inhumana, que a todos nos convierte en irracionales bestias.
¡Sálvalo, por favor! ¡No quiero tener ese otro crimen en mi consciencia! Él te lo estaba pidiendo, no lo castigues por dispararme, no sabe lo que hace. ¡Ahora entiendo por qué nos exigiste tanto que amáramos a nuestro prójimo! ¡Para mí, solo te pido que me persones y cuides de los míos, que jamás entren en una guerra, y que no padezcan sus horrores, ni los hagan sufrir a otros! ¡Recíbeme en tu seno, Señor!
La luz de la luna, a pesar de la oscuridad y del espeso humo, y las llamas del vehículo me permitieron ver surgir la delgada figura del palestino entre el amasijo de candentes hierros, con su sucia túnica llena de sangre, cenizas y barro. No me equivoqué: Viene con mi fusil ametrallador en una mano.
Paso a paso subió hasta donde me encontraba recostado. Se detuvo a poco más de un metro frente a mí, con el arma en la mano. Pude oír su fuerte respiración, causada por el esfuerzo.
Me miró con curiosidad, como desconcertado, quizás preguntándose cómo matarme, cómo vengarse o midiendo mi capacidad de reacción. Es posible que se esté tomando un tiempo para averiguar si soy tan valiente en el momento de mi muerte como lo fui para disparar a su gente.
Cerré los ojos, esperando las detonaciones del fusil que pondrían fin a mi vida, tratando de adivinar dónde me pegarían primero las balas, si en el pecho o en el abdomen; cómo sería el dolor que sentiría cuando los proyectiles entraran a mi cuerpo; para quiénes serían mis últimos pensamientos; y en qué otro mundo, cielo o infierno, despertaría dentro de pocos instantes...
¡Ojalá que todo sea rápido!
Empecé a balbucear el Padre Nuestro, mas como no lo rezaba desde niño, solo llegue hasta la frase “perdona nuestras ofensas...”, sin recordar cómo seguía.
Pero pasaron unos segundos y mi prisionero no me disparaba. Abrí los ojos extrañado y lo vi, todavía parado frente a mí, muy serio, con su sangrante rostro de niño.
Cuando fue martirizado, Jesús sería solo unos quince años mayor que este joven, pero su rostro ensangrentado, sus facciones, su apariencia triste y dolorosa, debieron ser iguales a las de este muchacho.
Por primera vez me dirigió la palabra, y en mi idioma, con una voz casi de niño, pero muy firme y decidida:
—¡Toma tu arma, cobarde! ¡De nada me servirá! ¡Mátame si quieres! Si no lo haces tú, otro lo hará, bien sea uno de tus tropas o de mi propio grupo. Ese es nuestro sino: Desde pequeños nos enseñan a odiar y a ser odiados por el delito de haber nacido aquí. Pronto te tocará a ti. ¡Las guerras nunca tienen vencedores, solo vencidos, perdedores!
Sin poder creerle, tomé el fusil que el joven me ofrecía. Me lo dio sin oposición ni malicia. ¡Es una trampa! —Pensé— Lo más probable es que le haya quitado el cargador o que este no tenga balas, y que él haya recogido otra arma. Solo quiere prolongar mi agonía, me matará apenas yo trate de apretar el gatillo.
Revisé el fusil, estaba listo para ser usado, repleto de balas y sin seguro. Recordé las lecciones de mis instructores en la academia militar: ¡Un segundo de compasión puede costarte la vida! ¡Eres un militar, no un rabino, ni un cura ni un pastor! No oigas a tu corazón: ¡Piensa con tu dedo índice, el que aprieta el gatillo, no con el cerebro!
—Perdóname, Señor, por lo que voy a hacer, pero se trata de mi vida. Es la de él o la mía...
Sin embargo, justo cuando iba a disparar al joven, volvió a mi mente la frase completa del “Padre Nuestro” que no había podido recordar minutos antes: “Perdona, Señor, nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden...”
¡Yo estaba pidiendo perdón a Dios, pero no estaba dispuesto a perdonar...! Ese hombre no me había hecho mal alguno, ni siquiera lo había visto empuñar un arma. Me di cuenta de la injusticia que había estado a punto de cometer, tiré el fusil al barranco, y le respondí, aparentando una fortaleza que no tenía:
—No tuviste el valor suficiente para apretar el gatillo, prisionero. Yo sí lo tengo, pero tampoco lo haré, porque esa herida que tienes en la cabeza, esa corona de espinas que yo mismo injusta y vilmente te coloqué, me duele ahora más que a ti. Pero no creas que porque en un momento de debilidad no te hayas atrevido a dispararme, podrás borrar tus crímenes y evadir tu castigo: Contando a Harry y a Ben, ahora son diez de mis soldados que perdieron la vida aquí y claman venganza.
Pero, tienes suerte, palestino: Hoy es una noche especial para mí, es la llamada ‘Noche Buena’, en la que se conmemora el nacimiento del Niño Dios, precisamente en esta misma región. En una noche como esta los ángeles cantaron ‘¡Gloria a Dios en los cielos, y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad!’
—Muy bonita tu narración, teniente. Pero tengo entendido que eso fue hace más de dos milenios y que todavía la paz no ha venido a esta región. Además, no creo que tú y quienes masacran a mi pueblo, puedan ser considerados ‘hombres de buena voluntad’, para ustedes no puede haber ni habrá paz. Son unos asesinos. No te confíes, porque me veas desarmado: Puedo regresar y recoger tu fusil. Si sigues con esa prepotencia, harás que me arrepienta y te haga pagar lo que hiciste a mi pueblo.
—Si no me mataste no fue por razones de conciencia, prisionero, sino por la misma razón por la cual yo no te maté: porque ninguno de los dos podrá salir solo de este lugar. No se trata de la Biblia ni del Corán. Te duele reconocerlo, pero me necesitas. Necesitas mi compañía.
—No te necesito, estás herido y ni siquiera hablas mi lengua. Si te encuentras con mi gente, estarás perdido.
—Y si tú te tropiezas con mi gente, ¿crees que te irá mejor, palestino?
—No, no me iría mejor, ya pasé por eso. Sé cómo actúan ustedes ‘los hombres de paz’: En la cabeza tengo lo que tú llamas una ‘corona de espinas’ que se encarga de recordármelo; pero en esta zona somos más que los tuyos: Perdiste a casi toda tu patrulla. Apenas te quedan ocho hombres en el campamento y no podrás llegar allá herido en la pierna como te encuentras.
—Está bien, prisionero. Hagamos las paces, aunque sea solo por esta noche. Seamos prácticos: Los dos nos necesitamos por ahora. Después, veremos...
—No vuelvas a llamarme prisionero, teniente, porque no lo soy, ni volveré a serlo. Recuerda que ahora no puedes pegarme cobardemente como lo hiciste antes, ni burlarte de mí. Soy tanto o más libre que tú, y estás rodeado por mi gente. Conozco la región mejor que tú. Apenas puedes moverte. Si vuelves a llamarme prisionero, enmendaré el grave error que cometí al dejarte con vida.
—Si no quieres que te llame por otro nombre, dime al menos cuál es el tuyo, el mío es David.
—No necesitamos nombres para identificarnos, ya que aquí solo estamos tú y yo, pero si eso te preocupa, puedes llamarme Abdel, aunque mi nombre es más largo: Abdel Ghafar. Eso en mi lengua quiere decir ‘Servidor de quien perdona”.
—¿Servidor de quien perdona? ¡No me has perdonado!
—Hay heridas que tardan en curar, como esta que me hiciste en la cabeza. Otras son tan profundas que nunca cicatrizan y solo Dios puede curarlas. Las heridas del alma no se curan solo con palabras que se lleva el viento. Además, te perdoné la vida, ¿te parece poco?
—Yo también te la perdoné. Sea como sea, debemos ponernos de acuerdo sobre lo que haremos de aquí en adelante. Si peleamos entre nosotros estaremos perdidos. Ambos tenemos que buscar la manera de salir vivos de este lugar, antes de que la muerte nos encuentre. Después, cada uno seguirá por su lado y más adelante nos mataremos, si quieres. Creo que mi campamento está a unas tres horas a pie de aquí, en dirección noreste, pero no sé llegar allí; y si lo logramos, nos dispararán apenas te vean.
—Mi gente está mucho más cerca. Apenas a dos horas y media caminando hacia el sur, pero igualmente los míos nos dispararán si llegamos a pisar nuestra aldea.
Estábamos perdidos, confundidos en esa triste noche de Navidad, sin saber qué hacer. Entonces le propuse:
—Pregúntale a Dios qué podemos hacer. Tú hablaste con Él y te hizo caso, porque te salvó de llegar a mi campamento donde todos te habríamos linchado.
—Debo estar soñando: ¿Un cristiano me pide que le pregunte a Alá qué podemos hacer para salir de aquí? Yo no necesito preguntarle eso, ya Alá me lo dijo: Avancen juntos hasta donde encuentren un camino que esté entre los campamentos de ambos ejércitos. Cuando estén cerca, cada uno se irá solo al suyo.
—Eso no te lo dijo Alá, quien, por cierto, también es mi Dios, porque solo hay uno para todos, sean hebreos, cristianos, palestinos o de otra nacionalidad. Eso lo sacaste de tu cabeza por lógica. Pero luce como una decisión acertada. Está bien, vayamos por el medio, aunque no haya camino.
Consulté la hora en mi reloj de pulsera. Eran las 8:15 p.m. Si nos apurábamos y no encontrábamos ninguna patrulla, yo podría estar en mi campamento antes de la medianoche, y compartir la Noche Buena con los míos. Y él, por su parte, con los suyos celebraría estar vivo y libre.
III
El terreno era abrupto y en la oscuridad resultaba muy difícil orientarnos. Abdel era más joven y avanzaba más rápido que yo. Para colmo, la herida me molestaba mucho. La pierna se me había hinchado y sentía mis pulsaciones como si tuviera el corazón dentro de la bota y no en el pecho. Me la quité, porque ya no me cabía el pie en ella, pero temía que se me desarrollara una gangrena.
Con gran esfuerzo y descalzo, trataba de seguir a mi exprisionero. Frecuentemente él regresaba para ver si todavía lo seguía, y las dos primeras veces temí que lo hiciera para “enmendar su grave error de haberme dejado con vida”. Pero luego mi temor fue que me abandonara, porque ya mi compañía no le era de ninguna utilidad.
Era imposible que yo aguantara media hora más de camino en esas condiciones. Los dos estábamos desarmados y cada vez me sentía más intranquilo cuando mi compañero no reaparecía pronto, pues sabía que se cansaría de esperarme, y yo no tenía ni la menor idea sobre dónde nos encontrábamos ni de cómo sobrevivir en esa región.
A pesar de ser mi enemigo, y de haberlo tratado tan mal, ese guerrillero se ha portado mejor conmigo que yo con él. Yo lo habría abandonado mucho antes.
A veces escuchábamos ruidos de maleza, de ramas rotas o de pisadas, como si otras personas o algunos animales nos estuviesen siguiendo. En una ocasión me pareció percibir un olor a tabaco, como si alguien hubiera estado fumando muy cerca de nosotros.
Abdel también lo notó y se quedó inmóvil durante varios minutos, hasta que los ruidos cesaron y el aroma a tabaco se disipó.
—Es tu gente. Me dijo. Ese olor no es de mi pueblo, el tabaco que nosotros fumamos huele diferente. Si quieres, búscalos y nada dices sobre mí. Diles que estabas solo, que fallecí en la explosión, y que te perdiste en la oscuridad.
—No, Abdel. No me has abandonado y yo tampoco te dejaré, aunque en estas condiciones soy una carga y no pueda ayudarte. Quedamos en que seguiríamos juntos hasta que estuviésemos cerca de nuestros respectivos campamentos. Si tú quieres, sigue solo. La herida de la pierna me duele mucho. Eres tú quien debe seguir para salvarse. Ayudándome, moriremos los dos.
—Si te dejo aquí, solo y herido, tu sangre atraerá a algún animal hambriento. También podría descubrirte alguna patrulla. No sé qué sería peor para ti. Si te dejo, mi Dios me lo reprochará. Además, oí cuando, sin saber que yo entendía tu idioma, le pediste por mí. No eres totalmente malo.
Y sin dejarme responder siguió adelante.
IV
Mi compañero continuó abriéndonos paso entre las cerradas ramas y maleza, a unas decenas de metros delante de mí, pero la distancia entre ambos seguía agrandándose, no porque él aumentase su velocidad, sino porque se me hacía cada vez más difícil caminar.
Habrían transcurrido unos diez minutos desde nuestro último encuentro, cuando escuché voces, fuertes crujidos de ramas al romperse, golpes secos y los ruidos característicos de una lucha cuerpo a cuerpo en la oscuridad. Inmediatamente después oí la característica detonación de un arma de fuego.
Como pude, a pesar de la oscuridad, prácticamente arrastrándome pude llegar al sitio, presintiendo y temiendo que el palestino pudiese estar en peligro. Me encontré el suelo con un cuerpo, todavía caliente. Me acerqué para identificarlo, y mi corazón se llenó de tristeza al ver que era el de Abdel.
Me invadió una insondable sensación de soledad, como si en lugar de haber perdido a un enemigo hubiese perdido a un protector. ¿Cómo podía dolerme tanto la muerte de un prisionero a quien pocas horas antes había odiado y torturado, y deseaba asesinar?
Coloqué mi cabeza sobre su pecho para verificar si estaba muerto, y mi cara se llenó de un líquido viscoso, espeso y oscuro. El palestino tenía una gran herida en el pecho, muy cerca del corazón, pero aún respiraba.
Lamenté entonces no tener mi arma para vengarlo, para dispararle a quien, fuese quien fuese, amigo o enemigo, había herido en el pecho al joven.
Aunque estaba desarmado, quería vengar a quien había hecho eso al joven. Lo busqué con la mirada, pero en ese momento no había casi luz. Escuché un ruido detrás de mí, y muy cerca pude ver a un soldado con un uniforme similar al mío y una negra pistola de gran potencia en su diestra. Lo reconocí, sin dar crédito a mis ojos: ¡Era Ben!
Desde el suelo, pues todavía me encontraba arrodillado al lado de Abdel, le grité con voz de mando:
—¡Sargento Ben! ¡No vuelva a disparar! ¡Este hombre está desarmado e indefenso! ¡Deme esa pistola!
—¡Mi teniente! ¿Está vivo? ¿Cómo pudo salir del carro de combate? Lo daba por muerto. Oí ruidos y encontré a esta rata. Veo que él lo hirió y se le escapó. No podemos cargar con este prisionero. ¡Lo remataremos, pero antes haremos que sufra, que pague por lo que él y su gente nos hicieron!
—¡Sargento Ben! No se lo estoy pidiendo, se lo estoy exigiendo. Es una orden. Soy su comandante. ¡Obedézcame! Deme esa pistola inmediatamente. Si la dispara de nuevo le abriré un procedimiento por desacato. ¡Entréguemela ya!
—¿Se pasó al enemigo, teniente? ¡Traidor! ¡Usted defendiendo a este asesino miserable! ¿Y sus soldados, los que quedaron en esta tierra sin ser enterrados? No, teniente, usted no está en condiciones de darme órdenes y menos de someterme a juicio. Ahora quien manda aquí soy yo. Esta rata pagará bien caro lo que nos hizo. Y si usted se opone, seguirá la misma suerte. Usted no tiene mando y está herido y desarmado.
No sé de dónde saqué fuerzas, quizás pude reaccionar por los años de duro entrenamiento militar. Salté sobre Ben como un resorte. Aunque tenía la pierna herida, mi otra pierna, mi torso y mis manos conservaban su antigua fuerza. Él era más corpulento que yo, pero no esperaba mi rápida reacción, y logré tumbarlo y sujetarle con fuerza la mano que sostenía el arma automática, justo cuando apretaba el gatillo. La bala pegó en una de las rocas, haciendo brotar chispas y levantando polvo, a muy pocos centímetros de la cabeza de Abdel.
Ben y yo rodamos por el piso, jadeando y golpeándonos, insultándonos recíprocamente. En una oportunidad el sargento logró levantarse y me dio una feroz patada en la pierna lesionada, pero lo hizo con tanta fuerza y rabia que perdió el equilibrio y cayó cerca de mí. Brinqué sobre él y le inmovilicé el brazo con el arma, para que no pudiera utilizarla.
Pero pudo levantarse y me apretó el cuello con su enorme mano izquierda, con tanta fuerza que me impidió respirar hasta que mareado por la falta de oxígeno dejé de luchar.
Ben decidió entonces terminar la pelea por la vía rápida, con la diestra me apuntó con su arma de reglamento.
—¡Muere, maldito traidor!
Pero antes de que pudiese disparar, una pequeña piedra, débilmente lanzada por Abdel desde donde estaba tendido, le pegó en la espalda. La sorpresa y el temor de que Abdel tuviese un arma, hicieron que Ben volteara hacia donde lo había dejado y que errara el tiro.
La piedra no hizo daño alguno a Ben, pero ese ataque lo distrajo, me permitió tomar aire y poder extender con fuerza mi pierna herida para golpear el codo del sargento, quien involuntariamente soltó el arma.
Como tenía la cara pegada al piso, vi caer la negra pistola muy cerca de mí, e intenté agarrarla para impedir que Ben nos matara con ella. Él adivinó mis intenciones y trató de recuperar su arma. Ambos la agarramos al mismo tiempo: él la asió por la parte posterior, y yo por el cañón. Solo quería quitársela para salvar a Abdel, pero Ben apretó el gatillo y se oyó una fuerte explosión.
Sentí un golpe duro y seco en mi abdomen, que me aplastó contra el suelo. La ardiente bala penetró en mi cuerpo, rompiendo y quemando mis huesos y vísceras, y me invadió una sensación extraña, de sorpresa, angustia y estupefacción. A los pocos segundos fue cuando comencé a sentír el dolor. Un charco de sangre comenzó a formarse debajo de mi cuerpo, y el dolor se hizo tan intenso que ya nada podía ni quería hacer... Mi mente se nubló, todo comenzó a girar y sentí que perdía el conocimiento.
V
En muy pocos minutos recuperé el conocimiento. A pesar de que sus heridas eran tan graves como las mías, a mi lado estaba Abdel, tratando en vano de contener mi hemorragia con tapones hechos con pedazos de su túnica.
Me avergoncé al ver que estaba mucho peor la herida de su cabeza, la que yo le había hecho, y que su hemorragia era mayor que la mía.
—¿Dónde está Ben? Le pregunté, asustado. Estaba gritando, pero mi voz apenas se oía como un susurro.
Con voz algo más audible, pero también muy lenta y entrecortada por las toses, y la sangre que le salía por la nariz y la boca, con gran esfuerzo el palestino me respondió:
—Alá nos hizo justicia, hermano. La misma bala con la que Ben te hirió, le entró por la cabeza. Cayó por el barranco.
—Otra muerte sin sentido, Abdel... Ben murió tratando de matar a quienes ya estábamos muertos.
—Es verdad, David. Estamos desangrándonos. Debiste dejar que él me matara, solo me quedaban unos minutos de vida; y si no me hubieras defendido, te habrías salvado. Rezar es lo único que puedo hacer ahora por ti.
—Tus oraciones y las de mi familia serán los únicos regalos que recibiré en mi última Navidad, y son un bello obsequio... Perdóname, hermano, por esa ‘corona de espinas’ y por todo el mal que te hice... También te tengo un regalo de Navidad: Dentro de mi billetera encontrarás una pequeña medalla de la Virgen Milagrosa, la Madre de Dios. Ella sabe que ofrecí mi vida por la tuya. Te protegerá, te sacará vivo de aquí.
Abdel sacó la medalla y con curiosidad la acercó a sus ojos para observarla mejor, pues todavía estaba oscuro. Por su extrema debilidad, apenas podía sostenerla en sus temblorosas manos.
—¿De verdad crees que este pedacito de metal me curará, solo por tener una imagen de la Madre de Alá?
—La medalla no te curará, Abdel. Será Dios quien lo hará. Siempre complace a su Madre; y para Él no hay imposibles. Si puede curar las heridas del alma ¿cómo no va a poder curar las del cuerpo?
—Me gustaría creer eso como tú, amigo, pero sé que eso no es posible. Gracias de todas maneras.
Comenzaba a amanecer y uno de los primeros rayos de luz solar rebotó en la medalla e iluminó el rostro de Abdel, quien todavía trataba de ver la imagen de la medalla.
Entonces los dos empezamos a sentirnos mejor.
Nos habíamos conocido tan solo unas pocas horas antes, como irreconciliables enemigos de guerra. Ahora éramos hermanos, amigos de toda la vida. Esa tierra en realidad es santa.
Poco después nos encontró un pastor que nos llevó en una carreta de madera a su modesta vivienda en pleno campo. El humilde pastor nos alimentó, limpió y trató nuestras heridas y nos albergó en su choza durante más de tres semanas, hasta que pudimos caminar nuevamente, aunque todavía con muletas.
Después, el mismo pastor nos llevó de noche, escondidos en su carreta, a la aldea de Abdel, en cuyo dispensario médico fuimos ambos bien atendidos, pues el joven era muy respetado por su gente y no permitió que nadie me hiciera daño alguno, alegando que yo le había salvado la vida y que podría salvar muchas más.
A los tres meses de vivir en la aldea los dos estábamos totalmente recuperados y curados, y se había borrado totalmente la herida de la cabeza de mi amigo.
—Mi Dios, tu Dios; mejor dicho: nuestro Dios, oyó nuestras oraciones, David. Dile que se lo agradezco.
—Díselo tú. Siempre te oirá. Es bueno hasta con los hombres de mala voluntad, como yo. Su misericordia es infinita. No hay pecado por grande que sea que Él no nos pueda perdonar.
—Tú sí eres un hombre de buena voluntad, David. Me diste prueba de eso, arriesgando tu vida por mí.
—Tú también lo eres y me socorriste y ayudaste, aunque era tu adversario, y te torturé y traté de matarte.
VI
Un organismo internacional se enteró de nuestra historia. A él lo dejaron en su aldea; y a mí, me enviaron de regreso a la capital.
Pero apenas llegué, y con la aprobación de mi familia, solicité al organismo internacional que me permitiera prestarle servicios, no como soldado, sino como voluntario para la paz en la zona de conflicto. En muy corto tiempo me nombraron delegado para la paz en la región.
Hoy vivo con mi esposa y mis hijos, modestamente, con muchas privaciones y riesgos, pero muy feliz, en la misma aldea de Abdel, en plena zona de luchas.
Todos los años celebramos juntos la Navidad con nuestras familias. Un 24 de diciembre la cenamos en su casa, y otro en la mía.
Trabajamos en la misma oficina; hemos salvado centenares de vidas, y seguimos haciéndolo; y en su aldea todos nos respetan y nos llaman Los hombres de buena voluntad.
Abdel, siempre carga su pequeña medalla de la Virgen Milagrosa.