PAIS RELATO

Libros de miguel ángel itriago machado

Autores

miguel ángel itriago machado

el regalo sin envolver

I
Desde muy niño, el mes de diciembre me llenaba de alegría y de ilusiones, especialmente después del día quince, cuando empezábamos a montar nuestro nacimiento o pesebre y nuestra casa se llenaba del bullicio y de los vapores y olores de la preparación de las hallacas.
Mis primeros juguetes fueron las figuritas del nacimiento. Entonces cobraban vida, se movían y hablaban. El león rugía desde su caverna, pero no se comía a las ovejas. Un búho miraba con ojos sorprendidos al ángel que colgaba desde el techo sobre el establo. Los Reyes Magos empezaban su largo recorrido por un serpenteante camino de aserrín, que reptaba desde un extremo del mesón hasta donde estaba la Sagrada Familia, aunque no sé por qué, el pobre Baltazar siempre iba detrás y fuera del camino. Pero no podía hablarse de discriminación racial, primero, porque en mi país no la había, y segundo porque a uno de los reyes blancos le tocaba la peor parte: desde el 15 de diciembre y hasta el día de La Candelaria, en febrero, cuando se quitaba el nacimiento, debía recorrer arrodillado todo ese mismo camino, y también arrodillado los días de prórroga, pues a veces lo quitábamos a mediados de año.
Una brillante catarata de celofán (después llegó a ser de verdadera agua) caía sobre el espejo de un lago que reflejaba nuestros rostros; un pastor tocaba una guitarra y cantaba sin cesar, y otro llevaba permanentemente su oveja al hombro para ofrecerla al divino Niño, mientras los demás festejaban en torno a una imitación de hoguera.
Caballos, jirafas, camellos y dromedarios, ovejas, gallinas, gallos, perros y gatos, de múltiples tamaños y colores, algunos parcialmente decapitados o lisiados por los golpes de los años, prodigiosamente se mantenían en vilo sobre los valles e inestables montañas del terreno, formados por la rústica tela de sacos de papas, y por las montañas del papel de bolsas de cemento que cubrían y disimulaban parcialmente las angulosas cajas de la base.
Atravesándolas con alfileres, las figuras huecas de plástico de la época eran sin piedad fijadas a la cruda tela, para que no cayeran sobre el lago, en cuya orilla las aguardaban un tigre y un hambriento caimán con las fauces abiertas.
Detrás, parcialmente pegado a la pared, un arrugado y desteñido cielo de papel azul (otras veces era negro, con estrellas y rastros de “teipes” y de pega) se inclinaba curioso para averiguar qué estaba pasando allá abajo, en el establo, hasta desprenderse totalmente y adorar también al Niño Dios.
Las peligrosas velas que en señal de devoción se ponían al pie del nacimiento y de todas las vírgenes y santos, con el paso de los años fueron sustituidas por bombillos eléctricos, que parpadeaban y duraban lo mismo que las velas, y cuyos tamaños disminuyeron a medida que aumentaron su número y sus colores.
Sin duda alguna, lo más importante del nacimiento era la Sagrada Familia: San José, de pie, con su tosco traje marrón, barbudo y agarrando una vara que remataba en unas azucenas, símbolo de su castidad; la Virgen María, con su delicado vestido azul y rosa, feliz y amorosa, extendiendo sus blancas manos hacia la cuna, en señal de amor y de adoración; y el Niño Jesús, envuelto solo en pañales a pesar del frío navideño. Aunque estaba recién nacido, el Niño era más grande que sus padres. Pero a nadie le importaba eso, porque se trataba de indiscutibles rangos celestiales: era el de mayor tamaño, simplemente porque Él era el más grande.
Ese Niño Jesús de madera, yeso o pasta, que nos impartía la bendición con una de sus pequeñas manos, tenía una pierna levantada, y premonitoriamente exhibía señales de su terrible Pasión (mostraba los huecos de la corona en su cabeza, escarapeladas las rodillas, un golpe en un ojo, una mano rota mal reparada con “pegalotodo” o almidón, y un dedo ausente, que en lugar de una falange dejaba ver un alambrito oxidado, y sabe Dios cuántos daños más, los cuales en este momento mi opacada memoria no me permite recordar), era y es precisamente el protagonista, o mejor dicho el autor, de este sencillo cuento de Navidad.
II
En mi niñez ese Niño Jesús era no solo mi juguete preferido, sino también otro de mis compañeros de juegos y de travesuras. Yo conversaba con él, como si lo hiciera con un niño de mi edad. Le contaba mis problemas, mis angustias, mis temores. Y él me tranquilizaba. Durante todo el año permanecía sobre mi mesa de noche, al lado de mi cama, excepto cuando era Navidad y pasaba a ocupar su destacado lugar en el nacimiento. Nada me pedía, solo me acompañaba y me alegraba la vida.
Cuando llegaba diciembre, le decía: Recuerda, Jesús, que eres mi amigo. No te vayas a portar mal. He jugado contigo todo el año. De no haber sido por mí, te habrías aburrido como una ostra encerrado durante meses en un cajón, con un león, un tigre y un caimán. ¡La noche del 24, tráeme muy buenos regalos! A mis hermanos los puedes arreglar con cualquier cosa, pero a mí...
La verdad es que el Niño Jesús siempre se portó muy bien conmigo y con mis hermanos. En Navidad me dejaba al pie de mi cama todo lo que le había pedido. Me daba a veces tres juguetes (tales como hermosos caballos de palo, velocípedos, patines, metras o canicas y deliciosos chicles, caramelos y chocolates); y eso, a pesar de que mi madre me había advertido: No le pidas más de un juguete, porque puede que se disguste. Solo a quienes se han portado muy bien les trae más de una cosa. Además, el Niño Jesús es pobre, no tiene mucho dinero...
El Niño Jesús de nuestro nacimiento tardó en aprender a hablar. Creo que solo logró hacerlo unos tres años después que yo lo hice. Pero llegó a hablar tanto que en ocasiones tenía que mandarlo a callar. Todo el día estaba aconsejándome o advirtiéndome de peligros espirituales y físicos que entonces yo no veía ni entendía.
Recuerdo cuando me habló por primera vez, digo, cuando me habló de verdad verdad, con sus labios, con su propia voz, con sus palabras, no mentalmente como antes solía hacerlo.
Fue una noche de Navidad en la que mis padres estaban muy ocupados preparando la fiesta y nadie me prestaba atención. Ni siquiera pude pelear con mis hermanos para distraerme, como siempre lo hacía, porque esa noche, si uno peleaba, amanecía sin regalos. De modo que tenía que aguantarme por lo menos un día más sin buscarles pleito.
No me dejaban acercarme a la cocina, para ver lo que estaban haciendo mi madre y las mujeres que la ayudaban a cocinar y que para mí y para mis hermanos eran como unas tías muy queridas. Entonces pasé frente al nacimiento y vi a mi amigo Jesús allí, en su pesebre, con las luces apagadas. Me siguió como siempre con su mirada. No tenía sentido buscarle pleito a Él, porque eso sería como pelear con una pared. Me devolví y entonces le dije:
—Chamo, estoy muy aburrido, fastidiado, ¡cuéntame un cuento!
—¿Que te cuente un cuento? Nadie en dos mil años me había pedido eso. En verdad eres original, amigo. Pero yo no sé contar cuentos, nunca he escrito ni contado uno, yo solo vivo realidades. Sin embargo, mi vida entera es un cuento, el más maravilloso e increíble de todos, pero no siempre es alegre.
—¡No te hagas el loco, Jesús! Sé lo que es un cuento y lo que es una historia. Todos los cuentos empiezan con “Había una vez...” o “Érase una vez...” Si no me cuentas un cuento, mañana mismo te mando al cajón, para que pases el resto de la Navidad con el león, el tigre y el caimán.
—Pero si la Navidad es mi propia fiesta, ¿te gustaría que te encerraran a ti el día de tu cumpleaños en una caja oscura y llena de animales feroces, y te dejaran allí hasta tu próximo cumpleaños?
—Está bien. Perdona. Aunque sabes que no pensaba encerrarte, solo lo decía para que me complacieras. Pero cuéntame un cuento, invéntalo, no te preocupes si te queda malo. Lo necesito, por favor.
—Con mucho gusto lo haré, amigo, porque te veo triste y yo vine a este mundo a dar alegría, a consolar a los afligidos.
—¿Cuál es el título, Jesús?
—¿Qué titulo?
—¡El título de tu cuento! Todo cuento debe tener uno.
—No lo sabía. Digamos que es ‘El regalo sin envoltorio.’
—Es un título horroroso. Jesús. ¿No pudiste encontrar una palabra menos fea que envoltorio? Eso suena a velorio. Prefiero ‘Un regalo sin papel de regalo.’
—Esa expresión no es afortunada: repite la palabra ‘regalo’ y tampoco suena bien. Mejor será llamarlo ‘El regalo sin envolver.’ Después podrás ponerle el título que quieras.
Y así fue como el Niño Jesús, con su propia voz, me contó su primer y hasta ahora, que yo sepa, su único cuento de Navidad: “El regalo sin envolver”, el cual, aunque desde esa noche han pasado muchas décadas y mi memoria es cada día más frágil, te cuento ahora a ti también, para que se lo narres a tus hijos y a tus nietos.
III
El regalo sin envolver
(Cuento narrado en primera persona, por su mismo autor: el Niño Jesús)
Había una vez un muchacho huérfano, llamado Tomás. Me extrañó que nada me hubiese pedido en esa Navidad. Ni juguetes, ni caramelos, ni dulces, ni chocolates. ¡Nada! Sorprendido, decidí bajar a la Tierra para hablarle.
—Dime, Tomás, ¿qué quieres que te regale? Lo que me pidas, siempre que convenga a tu alma, amanecerá mañana al pie de tu cama. Moveré cielo y tierra para conseguírtelo.
—Gracias, Niño Jesús, pero la verdad es que nada quiero ni deseo. No hay cosa en el mundo que me llame particularmente la atención o que disminuya la enorme tristeza que tengo. Dale mi regalo a otro niño que sí se lo merezca, que sí quiera o desee algo, y que se alegre y disfrute lo que le des con sus padres. A quien lo necesite más en esta Navidad.
—El niño que más necesita mi regalo en esta Navidad eres tú, Tomás. Por eso vine. Te estoy dando una oportunidad excepcional, como quizás nunca tendrás otra. Desde hace miles de años, nadie se había negado a pedirme algo. Hace mucho tiempo mi padre ofreció a un rey darle lo que quisiera y en lugar de solicitarle riquezas, ese rey le pidió sabiduría para gobernar a su pueblo. Mi padre le dio ambas cosas. Pero tú me sorprendes aún más, porque ni siquiera me has pedido sabiduría.
—¿De qué me servirían tus regalos, Niño Jesús? No tengo a nadie con quien disfrutarlos. Mis padres murieron y la Navidad para mí es una época muy triste, porque me hace recordarlos más. No es que tenga algo en contra tuya o de la celebración de tu cumpleaños. Simplemente no quiero ver ningún papel, caja ni envoltorio de Navidad que me recuerde a mis padres.
—Olvidas que soy el Niño Dios, que comparto todas tus alegrías y tus tristezas; y olvidas también que, además, soy todopoderoso. Incluso podría traerte de regreso a tus padres, pero ellos están disfrutando su premio en mi reino, en la otra vida; y si te los traigo, los estaría perjudicando; y sé que tú no quieres eso. Podría también llevarte ahora mismo con ellos, para que compartas su felicidad, pero no sería justo contigo, estaría alterando tu derecho a vivir ¡Déjame escogerte tu regalo! Ya se me ocurrirá algo. Le preguntaré a mi mamá.
—Bueno, aceptaré solo para no pecar de ingrato contigo. Tráeme lo que quieras, pero por favor, que no tenga lazo, caja ni envoltorio de navidad.
—Así lo haré. Tomás. Feliz Noche Buena y hasta mañana.
Consulté con mi mamá y ambos escogimos el regalo para el pequeño Tomás.
El muchacho apenas pudo dormir esa noche, tratando de averiguar cuál sería el regalo que yo le llevaría. Por primera vez desde que murieron sus padres empezó a sentir la emoción de recordarlos, de revivir los momentos gratos que compartió con ellos.
Me fui muy temprano a su cuarto, y esperé con ansiedad que despertara, porque sabía que mamá y yo habíamos elegido el regalo perfecto.
—Feliz Navidad, Tomás ¿Te gustó mi regalo? Como podrás ver, no tenía papel ni envoltorio alguno.
—¿Qué cosa es, Niño Jesús? No veo ningún regalo ni en tus manos ni al pie de mi cama. ¿Dónde lo pusiste?
—Lo puse en tu corazón, mientras dormías... ¡Es el amor de tus padres, Tomás! ¿No lo sientes?
—¡Sí, ellos están aquí conmigo! ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo pueden amarme si están muertos?
—Porque no están muertos sino viviendo otra vida, una vida eterna, mejor que esta, sin sufrimientos. Por eso el amor de los padres y de nuestros seres queridos nunca muere. Para eso vine yo a este mundo, para vencer a la muerte: para quien crea en mí, solo hay vida y más vida.
—¡Esta es mi más feliz Navidad! Gracias, Niño Jesús.
—Ah, se me olvidaba: También te traje una bicicleta, con timbre, luz y todo, pero esa sí está envuelta en papel de regalo.
IV
—¿Te gustó mi cuento?
—¿Quieres que te sea sincero? Pues te diré que esperaba algo mejor. Siendo Dios pudiste hacerlo más alegre, largo e interesante. Eso no es un cuento, sino una historia personal, algo que te sucedió.
—Te dije que no sabía escribir cuentos, sino contar realidades.
—¡Tráeme mañana los mismos regalos que diste a Tomás, Niño Jesús!
—¿Con papel de regalo o sin envoltorio?
—Con papel de regalo solo la bicicleta. El otro, igual a como lo dejaste a Tomás, yo me encargaré de envolverlo con mi corazón.
—Pero tus padres viven y te aman, ya tienes en abundancia ese amor. No te hace falta. Si quieres te traigo otra cosa...
—No, Jesús, tráeme ese regalo, el amor de mis padres, aunque ya lo tengo. Más de ese amor no me hará daño. Y dame la gracia de recordar siempre que ese amor jamás desaparecerá, que siempre me acompañará, hasta en los momentos más duros y difíciles...
Entonces el Niño Jesús, sonriendo, me respondió:
—Te creía bruto e ignorante, pana, pero resultaste ser más sabio que el rey Salomón: No hay tesoro mayor que el amor de los padres. Es más grande y mejor que la sabiduría y que todas las riquezas de la Tierra. Yo también pedí eso para mí. Y como soy Dios, sé que me ha sido concedido.
V
Puse de nuevo la figura del Niño Jesús en el establo, para que la Sagrada Familia quedara completa. Quizás fue idea mía, pero me pareció que la miradas de las figuras de San José y de la Virgen al Niño Jesús, que antes eran algo frías, habían adquirido una especial dulzura y luminosidad; y que al Divino Niño se le habían curado las heridas.
Regresé a mi cama y me dormí soñando con el cuento que me había narrado el Niño Jesús.
Cuando desperté encontré mi bicicleta nueva bellamente envuelta en un papel navideño; y la alegría que sentía me hizo comprender que el Niño Jesús me había dado también el otro regalo.
Cuando pasé feliz y contento al lado del nacimiento, discretamente le dije al Niño Jesús:
—Gracias por los tres regalos, chamo.
—Fueron solo dos.
—¡Olvidaste el cuento! ¡Tu cuento cuenta!
—Esa expresión tampoco es muy afortunada, amigo, deberías haber dicho algo así como: “Tienes que incluir también el cuento que me narraste...”
—No empieces otra vez a dártelas de gramático, Jesús. Eres menor que yo, y todavía no has estudiado ni preescolar. Además, recuerda al león, al tigre y al caimán...
—Tranquilo, no me busques pleito, estamos en Navidad. Y hablando de otra cosa, ¿no vas a cambiarle el título a mi cuento?
—Déjame pensarlo amigo. Es posible que se lo deje, ahora no me parece tan feo, aunque tienes que reconocer que siendo Dios, pudiste haber elegido uno mejor...