PAIS RELATO

Libros de miguel ángel itriago machado

Autores

miguel ángel itriago machado

el lucero y la llave

Era la estrella más pequeña del universo, más pequeña que una luciérnaga, casi un punto de luz… pero era también la más bella, juguetona y brillante estrella de la creación…
Durante muchos, muchos siglos vagó sin ser notada entre soles y planetas, sin rumbo fijo, esperando ansiosamente el momento en que le sería fijado su destino.
Un día notó que una fuerza irresistible la arrastraba hacia el planeta Tierra. Era una atracción extraña, muy dulce, parecida a la que sentía cuando su hermana Aldebarán, desde muy lejos, con su titilar, la invitaba a acercarse para conversar…
Comprendió que al fin le había sido asignada su trayectoria y eso la hizo muy feliz… pero, ¿por qué esa trayectoria tan rara? Los planetas se movían continuamente y a gran velocidad, trazando perfectas figuras elípticas o circulares, y no se detenían; y las estrellas se suponían fijas, aunque estaban también en continuo movimiento de expansión; ella, en cambio, siendo otra estrella, se desplazaba con la misma lentitud que lo hacía aquella caravana de hombres coronados que atravesaba una zona casi desértica de ese planeta y, a veces, hasta se quedaba inmóvil flotando en el espacio como un colibrí…
El lucero presentía algo sublime, se lo decían los ojos de esos hombres, llenos de esperanza; esa música celestial; esa felicidad que experimentaba; esa paz y alegría que reinaban en todo el universo…
Se detuvo sobre un humilde establo, donde vio a un hombre rudo, curtido por el sol del desierto, vestido con telas y pieles (muy diferentes a las de los hombres de la caravana que había seguido). Curiosa, la estrella se ubicó mejor para verle el rostro y observó que irradiaba dulzura, protección y determinación. Estaba también una joven mujer, de larga cabellera, finas manos y de inefable belleza. Arrodillada, dirigía su mirada hacia algo o alguien que estaba en el suelo, sobre un lecho de pajas y ramas.
Entonces lo vio y comprendió al instante: ¡El Niño Dios! ¡El Mesías!
Uno de los hombres de la caravana ofreció al recién nacido un cofre lleno de joyas, pero el Niño se conformó con la pequeña llave del cofre, y jugó con ella, divertido.
Extasiada, la estrella desde el cielo se inflamó y creció con toda la dulzura y calor de que era capaz, y brilló con una luz tan intensa que atrajo la atención del Niño. Sorprendida, leyó en su divina mirada: ¡Te estaba esperando, mi amada estrellita: desde el principio de los siglos sabía que vendrías!
Con un gesto, el Niño indicó a María la presencia en el cielo de Belén de aquel luminoso astro, el más bello de todos los observados por la humanidad hasta entonces.
Sonriendo, llena de amor, la Madre de Dios, habló a la estrella: ¡Ven, dulce lucero, juguete de Dios, mariposa de luz, señal de alegría, norte del Cielo… entra a nuestra humilde morada!
Obedeciendo al amoroso llamado, el astro retornó a su diminuto tamaño y con un vuelo gracioso y lento se posó sobre la llave que el Niño tenía en sus manos.
El tiempo pareció detenerse en todo el universo mientras Jesús, embelesado, admiraba el hermoso conjunto del lucero y la llave. Hasta los coros de ángeles guardaron silencio.
El Niño sonrió feliz, besó a la estrella y obsequió a su Madre la llave así decorada… ¡Fue el primer aguinaldo en la primera Navidad!
Es por eso que los astrónomos no han visto nuevamente la estrella de Belén. Ella se quedó aquí, en la Tierra, engastada en una pequeña llave de oro…
Dicen que a veces se escapa y se posa en donde hay amor: es entonces esa luz extraña que se observa en los ojos de una mujer enamorada, en los de una madre feliz o en los del niño que recibe un regalo…
La Estrella de Oriente, cual brújula celestial —de allí su nombre—, orientó, señaló el camino hacia Dios, y toda llave supone algo valioso que debe ser guardado o una puerta que con ella puede ser abierta.
Que la estrella nos oriente en las decisiones difíciles y que la llave nos sirva a todos de guarda y protección, y nos abra las puertas más infranqueables.