[Y mientras tanto, en un rincón oscuro unos tipos metálicos cincelan existencias sobre una superficie… proyectan tinta para crear vidas].
—En la calle no hay nadie. Bueno, en la calle solo estoy yo.
—Hola, ahora no estás solo.
—Es verdad, ahora estamos tú y yo.
—¿Llevas mucho tiempo aquí?
—Cinco minutos.
—¿Vives por la zona?
—Sí, ¿y tú?
—No, he venido buscando una tienda en la que pueda… en la que vendan agua y pan.
—¿En tu barrio no hay?
—Yo no vivo en un barrio.
—…
[Tendrás que explicarle algo más].
—Vivo en una casa en medio de una explanada. Es la única vivienda que existe en la zona y el vecino más próximo está…
[Parece que no recuerdas el dato. A ver, inténtalo de nuevo].
—El vecino más cercano está situado a más de… a más de… A muchos kilómetros de allí.
—¿De tu casa?
—Exacto.
—¿Tienes miedo?
—¿Miedo? ¿De qué?
—De mí…
—No te conozco.
—Pues esa suele ser la causa más común para temer a alguien.
—¿Quién te ha dicho eso?
—…
—Me duele la cabeza
—¿Por qué no respondes?
—No sé qué decir.
—¿Tan difícil te parece?
—…
—¿A ti te duele la cabeza o el cuello?
—Ambos.
—Qué casualidad.
—Creo conocer la causa de esas molestias. Mira hacia arriba y verás cómo unas piezas nos están martilleando, ¿lo ves…?, mira otra vez.
—Sí, sí, son varias piezas que caen sobre la nuca y la cabeza.
—Oiga, ¿hay alguien ahí arriba?
[Vaya, mis amigos se hacen preguntas que no se han escrito].
—¿Qué te parece si mientras tanto nos hacemos compañía?
—…
[No esperes una respuesta inmediata. Él no tiene qué decir, tú ahora solo escuchas un sonido seco. Qué te apuestas que lo siguiente que dirás es: Señor, ¿podría explicarnos qué ocurre?].
—Señor, ¿podría explicarnos qué ocurre?
[El amigo está callado. Creo que ahora deberías empezar a tener algo de miedo. Venga, cuenta algo de tu vida].
—…
—Mi vida… Llegué aquí hace una hora y no había nadie hasta que apareció…
[Los nombres, siempre son necesarios los nombres, porque sin ellos somos menos o directamente no somos. O somos poco menos. El primero se llama Carlos y el otro, el que procede de un lugar remoto es… Larcos].
—Hola, me llamo Carlos, ¿y tú?
—Me llaman Larcos.
—Ahora estamos un poco más cerca que cuando nos vimos por primera vez [será el juego del interlineado]. Percibes esa molestia en el cuello ¿verdad?
—Siento una presión que apenas me permite moverme con facilidad.
—Carlos, ¿has notado cómo se abría aquella puerta?
—¡Noo!
—¡Otra vez, se ha movido otra vez! Corramos hacia allí, caminemos sobre las líneas [desaparecen de forma abrupta: entonces se detienen y no se encuentran].
—Carlos, Carlos…
[El primero de ellos se ha separado de su amigo y ha dirigido sus pasos en otra dirección. Tal vez no le he dado las indicaciones correctas y ahora no sé dónde se ha metido. Intentaré llamarlo: ¡Carlos, Carlos, quédate donde estés y espera hasta que llegue para guiarte! Pero Carlos no responde, y Larcos se siente perdido, algo confuso].
—No sé qué hacer, sobre todo ahora que no siento ninguna molestia en el cuello. ¿Será por eso?
[Y un golpe, y otro hasta que los dos vuelvan a sus puestos, porque los personajes no se van sin el permiso de quien los ha creado. Son objetos en manos del hacedor, del guionista. No tienen vida propia, ni sentimientos que no les hayan sido insuflados desde el teclado de la Remington. No soy un dios ni pretendo —en el caso de que exista— usurpar su puesto].
—Mira, he encontrado estas páginas.
—¿Qué tienen escrito?
—Espera… «Otra vez tengo esa sensación. Me dijiste que se llama miedo, ¿verdad que sí, Carlos?»
—Otra vez tengo esa sensación. Me dijiste que se llama miedo, ¿verdad que sí, Carlos?
—Larcos, has dicho lo mismo que está escrito en esta hoja y cada palabra ha estado acompañada de un golpe seco. He visto cómo te inclinabas para mitigar el dolor.
—…
—No tienes nada que decir. Veo que te alejas sin volver la vista mientras tu figura se va empequeñeciendo.
[El cordón de su zapato derecho se ha desatado, casi tropieza. Gira la cabeza y observa lo lejos que está su amigo Carlos: veamos qué ocurre. Reinicia su camino y va pensando…].
—Carlos me parece una buena persona [percibes el impacto del punto y seguido]. En su compañía he descubierto que algo nos presiona, nos golpea; domina nuestras existencias. Provoca el silencio, la soledad…
[Y también es capaz de descubrir que los sentimientos —a veces— están sobrevalorados].
—… Y también experimento una presión aquí… [junto al corazón] ¿junto al corazón?
[Sientes los latidos de tu corazón].
—He notado los latidos de mi corazón. Algo que está justo aquí, un sonido que jamás había leído [escuchado].
[Es muy tarde y del exterior no llega ruido alguno. Es igual a lo que ocurre en casa: nadie está, nadie viene; desde hace mucho tiempo no existo para nadie. Solo escribo las vidas de otros que desconocen qué es vivir hasta que no tienen el texto entre sus manos. Unas manos que no existen hasta que no leen su nombre; un corazón que no late si antes no aparece su definición en alguna línea del guion. Ellos, que no saben que están, hacen acto de presencia sobre una superficie blanca manteniendo un difícil equilibrio: horizontalidad sobre un plano vertical. Él nota impactos sobre —su cabeza— siempre que yo lo escriba. No, no tengo esperanzas de sonreír, amar, llorar… más allá del próximo encargo, un texto que hará detener aunque sea por un momento este andar errante del que no puedo huir. Un día me dije que lo mejor sería escribir historias que hicieran felices a otros, olvidando en la memoria interna del rodillo que mi existencia habría de perderse para siempre].