País Relato - Autores

mía del valle

día de furia

Diario de una mujer con humor de lunes.
Es lunes.
Un puto y gris lunes. «Odio los lunes»
El despertador astilló el placentero silencio que reinaba en mi hogar. Sinceramente creo que la mejor forma de odiar una melodía, es usándola de despertador. En fin… giré en la cama y me propuse dormir cinco minutos más. Tan solo cinco minutos.
No fue nada nuevo el sobresaltarme cuarenta y cinco minutos después, con la novedad de que… ¡me había dormido!
Salto de la cama y no estoy segura de qué hacer primero… cepillada de dientes, ducha, maquillaje. En fin, no tenía tiempo para todo, por lo que decidí tomar una mini ducha, y cuando digo “mini” es que prácticamente ¡ni me mojé!
Salgo, y rumbo a mi dormitorio voy dando pequeños saltitos mientras me froto con la toalla lo más rápido que puedo. Bien… primero ropa interior. Mi madre siempre me dice que use ropa interior “decente” por si un día me pasa algo. Claro que jamás le hago caso, aunque por suerte cuento con un arsenal de tanguitas sexys, no por si un día me pasa algo malo, todo lo contrario…por si un día ¡pinta guerra! aunque lamentablemente hace tres meses, veinte días y once horas que no tengo guerra. No es que las esté contando ¡nooo que va! Pero mi última relación sexual fue catalogada en mi historial como: paupérrima sin igual en el reino del señor. Por lo que me juré, y recontra juré… jamás volver a tener un encuentro amoroso con un compañero de trabajo. Desde que me divorcié de Gonzalo, tras once meses de algo que no se le podría llamar matrimonio, decidimos bajar la persiana a lo insalvable y admitir que lo nuestro no tenía remedio. Desde ese día vivo en una nube de mal humor y reproches. “Todo me pasa a mí” o “puto destino” son mis frases favoritas.
En fin… tomo la primera braga que encuentro a mano, es rosa clarito, de esas grandes y con el elástico estirado, ideales para cuando estoy menstruando… la braga me mira y yo la miro. Me guiña un ojo y sonrío… listo, sin meditar mucho el asunto me la pongo. Encuentro el corpiño animal print de leopardo que usé ayer, y ése mismo es el que me pongo. ¡Listo! pongo una cruz en el casillero de ropa interior y calculo el porcentaje de buen gusto en la combinación de mi elección… ¡cero! Grita mi subconsciente.
—Igual nadie me las va a ver —respondo.
«Por desgracia» pienso con amargura.
Colocarme una falda, camisa y zapatos fue todo en un mismo movimiento. Tomo el bolso, las llaves del coche y salgo disparada. En el ascensor hago un repaso mental de qué pude haber olvidado… mmm nada, creo que esta todo.
Subo al coche, lo enciendo y emprendo el viaje.
Un semáforo en rojo ya en la esquina de casa. Está bien Patricia,… tranquila, me digo a mí misma. Y tamborileo mis dedos índice y medio en el volante. Intentaré no estresarme… ¡más! Son siete cuarenta y cinco y mi jornada comienza a las ocho… por más que pudiera tele transportarme, igual llegaría tarde. Aprovecho el momento para aplicarme máscara negra sobre mis pestañas.
A tres cuadras encuentro el segundo semáforo en rojo. Ooommm…. Enciendo la radio, eso tiene que ayudar. Busco en el dial hasta dar con un ritmo que me gusta, ¡me encanta el grupo Tan Biónica!…
Todas las mañanas del mundo y esta angustia barata,
el reloj que amenaza y retrasa y la falta que haces en la casa.
Cada cosa que no decís porque te está haciendo daño,
en el nombre de mi desengaño a la noche te extraño, te extraño.
Vivo como siempre desarmado sobre mí…
Con vos es 4 de noviembre cada media hora,
atrasaré las horas, horas, horas…
Toda tu mesita de luz lleva el color de tu esencia,
las mañanas exigen clemencia, la catástrofe que hizo tu ausencia…
Fin de la música. Apago la radio maldiciendo entre dientes, ¿es un complot? Ya la letra de esta melodía me arranco un par de lágrimas, pero no voy a llorar… ¡no pienso llorar!… más.
Tercer semáforo en rojo.
—¡La puta madre! —grito en voz alta.
Se pone en verde y retomo la marcha. Limpio con el revés de mi mano la mancha que dejó la lágrima con mi máscara de pestaña.
Ya en el cuarto semáforo mi paciencia se está resquebrajando, lo puedo sentir… para colmo de males un limpia ventanas grita:
—¿Le limpio los vidrios señorita?
—No. No gracias, que estoy llegando tarde al trabajo. —Creo que no había terminado mi oración, cuando un lampazo con agua sucia y detergente cayó sobre el cristal.
—¡Te dije que no! —grito. Pero me ignora y sigue con su tarea.
Resumiendo… el vidrio del parabrisas quedo más sucio de lo que se encontraba. Rebusco en mi bolso intentando encontrar alguna moneda, pero no encuentro ninguna, tan solo un billete de quinientos…
—Disculpe, ¿podría darme cambio? —consulto mientras le extiendo el billete.
—Gracias amiga —responde guardándose el billete en el bolsillo del pantalón.
Un bocinazo me asusta.
—¡No! “gracias amiga” ¡no!, me tienes que dar el cambio. —El hombre se inclina sobre mi ventanilla y susurra…
—Déjate de joder chiquita, rajá de acá porque te corto.
Mi boca cae abierta del asombro.
—¿Me estás robando desgraciado?
Nuevamente el bocinazo me hace sobresaltar.
La luz cambia a verde y el limpia vidrios se hace a un lado, permitiendo a los autos circular.
El auto que se encuentra detrás de mí no para de tocar su bocina.
—¡Pues que esperes hijo de puta! —grito.
Pero al imbécil parece no importarle y continua rompiéndome los oídos con su estúpida bocina. Doblo por una calle paralela con menos tránsito y el señor bocinitas dobla detrás. Es una calle de una sola mano, con autos estacionados en ambos lados, hace que solamente se tenga espacio para circular un coche a la vez. Pues la bocina que me tiene loca y no tiene intenciones de detenerse, miro el espejo retrovisor intentando que el estúpido lea mis labios y grito.
—¡Hijo de puta! ¡Que te den! —complementado mi insulto con mi puño en alto. Y continúo… —¿Es porque soy mujer?
Un nuevo bocinazo y mi dedo medio en alto. Pongo cuarta y me dispongo a ignorar a las bocinas que no cesan y al imbécil que maneja el caro coche que me acosa. Tomo nuevamente mi bolso buscando mi máscara de pestañas, coloco cuarta, acelero y saco el pincel para retocar mi arruinado maquillaje. Comienzo con la nada sencilla tarea de pintarme mientras conduzco y cuando entre freno, la cajuela de mi coche se abre de golpe.
«Mierda»
Freno de golpe y el estruendo del auto que va detrás al chocarme es lo último que recuerdo.
Abro los ojos y no reconozco el lugar.
Me duele la cabeza, el pecho y no puedo mover una mano.
—¿Dónde estoy? —Susurro, intentando aclarar mi garganta. Tengo un terrible gusto a sal y hierro en ella.
—Estás en la emergencia de mi sanatorio. Y por tu culpa he llegado tarde.
Giro mi cabeza en busca de la masculina voz que respondió mi pregunta. Y cuando veo al adonis que tengo a los pies de la cama, quiero ¡de-sa-pa-re-cer! Esfumarme, tele transportarme a la depiladora y ponerme en condiciones para enfrentar al caballero que me observa con el ceño fruncido.
—¿Tú eras el que tocaba bocina detrás de mi coche? —me siento de golpe en la camilla, molesta con el hombre. Pero me mareo. El hombre bocina camina hasta mí, y sujetando mi espalda, me ayuda a recostarme nuevamente.
—Tuviste una contusión en la frente, no hagas movimientos bruscos por el momento.
Pero otro tema ocupa mi mente en este momento, uno de extrema importancia… no es mi trabajo, ni mi familia, ni el estado de mi coche… no. Mi mente captó el cálido tacto de su mano en mi espalda, su masculina suavidad y mi instinto femenino se alertó. Problema número uno… ¿estoy depilada?.. piensa Pato, por favor, dime que sí te depilaste… hago memoria y uff sí, recuerdo estar en buenas condiciones «¡Gracias cera para microondas!»
Pero el problema número dos y el más importante de todos, es mi ropa interior. Realizo un rezo, pidiéndoles a todos mis santos, que el hermoso y molesto médico no me haya visto en ropa interior. Y es por eso que prefiero que los médicos que me atienden sean mayores, canos o calvos de ser posible.
Tomo aire, junto coraje y suelto la pregunta que me está mortificando.
—¿Usted me desnudó?
Cruza sus brazos, molesto, pero me sorprendo cuando una pequeña sonrisa se forma en su rostro.
—¿Ahora me hablás de usted? —no entiendo a que se refiere… ¡si acabo de conocerlo! —Porque hace un rato me gritabas “hijo de puta” por el espejo retrovisor. Y sí… fui yo quien te desnudó y te examinó.
El calor inundó mi cara. Debo estar de color violeta. «Mamá tenías razón viejita… ¡ropa interior decente!»
Subo mi bata hasta el cuello, aunque no sé por qué, si el hombre conoce la peor cosa del mundo… «Mi braga rosa con elástico estirado»
—Mi seguro se hará cargo de los arreglos. Mentí que la culpa fue mía, aunque no sé si me creyeron mucho, al ver la hermosa pincelada que dejó tu máscara de pestañas en tu rostro cuando te choqué.
—Gracias y perdón, no sabía que tratabas de alertarme por mi cajuela mal cerrada. —No sé qué más decir.
Toma asiento al final de la camilla, y deposita su gran mano sobre mi pie. Contengo el aire.
—Patricia, hoy no fue un buen día para mí… sabes. Me dormí, luego encontré todos los semáforos en rojo, y ver que no te dabas cuenta que tu cajuela se encontraba abierta mientras yo intentaba alertarte ¡fue el colmo! Mi esposa siempre decía… bueno mi exesposa en realidad… ella decía que cambiar el día depende de mí. Por eso, tú vas a ser mi buena acción del día. Quedas libre, en un rato vendrá la enfermera con el alta firmada en cuanto vea tus resultados.
Y sin más el joven y guapo médico se va.
Me quedo con un sabor agridulce. Cabello negro y los ojos más azules que jamás haya visto, vestido con un ambo azul celeste y la sonrisa arranca bragas más potente del mundo. Pero se fue… «Mierda»
Una hora más tarde, estoy vestida nuevamente y con unas recetas de analgésicos en la mano. Tomo mi bolso y camino hasta enfermería, con la excusa de preguntar si tenía que hacer algún trámite, aunque en realidad quería cruzarme al doctorcito lindo.
Pero no está.
No me queda otra opción que marcharme. Salgo y el sol me encandila por un momento.
—¿Te gustaría ir a desayunar? —¡Esa voz! ¡Es él! Giro y lo veo… viste un jean y camisa blanca, tiene las manos en sus bolsillos y reclinado en un pequeño muro se ve más joven.
Patricia aprovecha el momento, ¡no seas boluda! Me digo a mí misma.
—Me encantaría… aunque quizás sea a almorzar. —Checa la hora en su reloj y sonríe.
—Almuerzo será —camina en mi dirección y mis piernas tiemblan. Apoya su mano en mi espalda baja y susurra en mi oído.
—Tendremos que tomar un taxi, hoy a la mañana una hermosa mujer me descontroló la vida y me dejó sin coche.
—Imperdonable lo de esa mujer —respondo.
—El mejor lunes de mi vida y el mejor choque sin dudas.