Domingo de madrugada. El calor es insoportable y no me deja dormir. El ventilador ha dejado de funcionar justo hace unas horas y no he podido ir a comprar uno nuevo. Mañana al salir del curro me pasaré por el centro comercial, pero ahora mismo no puedo hacer nada.
Me estoy agobiando. Tal vez lo mejor sea dejar de intentar dormir y acercarme a la ventana. La noche es bochornosa, pero quizá pueda captar la poca brisa que sopla.
Me siento en el alféizar. Es extraño. Parece que hay un apagón en la calle, ninguna farola alumbra las calles. Ni siquiera he tratado de encender las luces de mi piso, me lo conozco tan bien que no lo necesito. Alargo la mano hacia la lámpara de la mesilla. No, no funciona. Genial. Tampoco me habría servido de nada un ventilador nuevo.
Me enciendo un cigarrillo y contemplo la luna llena, que pinta de plateado los edificios contiguos. Su brillo hace que las estrellas desaparezcan, algo de lo que las luces de la ciudad ya se han encargado hace tiempo. Es una pena, aún recuerdo cuando era pequeña y me sentaba, justo como ahora, en la ventana de la casa de mis padres a contar estrellas. Antes podía enumerar veinte, pero en la actualidad, ninguna ya.
Una pequeña luz abajo, en la calle, me llama la atención. Parece la punta encendida de un cigarrillo. Hay alguien, una figura oscura, un hombre, por su apariencia. Apenas puedo apreciar su silueta con el brillo blanquecino de la luna, pero me da la impresión de que lleva un abrigo. ¿Quién puede estar en sus cabales y llevar un abrigo con este calor?
La figura está quieta, parada enfrente de mi ventana. Si fuera una paranoica, aseguraría que me está mirando. Tal vez lo haga, le debe resultar extraño ver a una mujer en pijama sentada en el la ventana.
Un resplandor en su mano me indica que ha cogido su móvil y lo consulta. La iluminación del aparato brilla con intensidad en la oscuridad de la noche y, sin embargo, no se refleja en los rasgos de su rostro. Casi como si no hubiera nada allí donde debería haber una nariz, una boca...
Un escalofrío recorre mi cuerpo. Qué mal rollo.
Mi móvil suena. Qué raro, habría asegurado que lo había puesto en silencio antes de acostarme. Además, ¿quién me llama a estas horas?
En la pantalla solo aparece una palabra: «Desconocido». Seguro que es una de esas llamadas de propaganda. Les voy a cantar las cuarenta por llamar a estas horas. Descuelgo.
Una respiración pesada se oye por el altavoz.
—Te veo.
Mi corazón se dispara.
—¿Quién eres? —respondo, el cabreo que tengo ahora mismo es monumental—. Fernando, ¿eres tú? Te dije que no volvieras a llamarme.
Clic.
Estoy asustada. Fernando no suele hacer estas tonterías. El instinto hace que vuelva a mirar por la ventana. El misterioso hombre del abrigo acaba de colgar su móvil y lo guarda en un bolsillo. Me fijo bien. No tiene la complexión de Fernando, no puede ser él, pero ha colgado el teléfono a la vez que mi llamada se ha cortado. ¿Casualidad?
La luz se oscurece, tal vez por una nube cubriendo la luna. Mi atención se desvía hacia allí, y descubro con sorpresa que el cielo está despejado. Vuelvo a mirar al hombre. Ya no está allí.
Respiro tranquila. Todo estaba en mi imaginación. Lo que puede hacer la falta de sueño y un apagón.
Me enciendo otro cigarrillo para tranquilizarme.
Mi móvil vuelve a sonar. «Desconocido» vuelve al ataque.
—¿Fernando? Te dije que me dejaras en paz. ¿Me has oído…?
Una risa tenebrosa me hace callar.
—Estoy en tu puerta.
Alguien araña la madera de la entrada a mi piso y dejo de respirar. El calor me abandona y comienzo a temblar como una hoja. Corro a la cocina y agarro el cuchillo más grande que encuentro.
Debo llamar a la policía. Fernando tiene una orden de alejamiento. Vendrán enseguida.
El móvil no tiene línea. Ni siquiera para emergencias, aunque eso es imposible. Tampoco funciona el Wifi ni el 5G.
Me acurruco en un rincón de la cocina con el cuchillo en la mano. La puerta está reforzada a prueba de ladrones. Si yo no abro, nadie pasará, y si alguien intenta derribarla, el ruido despertará a todos los vecinos.
Unos pasos en mi vivienda me hielan la sangre y mi corazón sube hasta mi garganta. No sé cómo ha conseguido entrar. No solo cambié el bombín, sino que estaban echados los tres cierres de seguridad que siempre compruebo antes de irme a dormir.
Con la débil luz del reloj digital de la cocina, veo en el umbral de la puerta el perfil de un hombre vestido con un abrigo. Coge algo del bolsillo, largo y puntiagudo. Mi móvil vuelve a sonar.
—Estoy aquí.