País Relato - Autores

meg ferrero

el amor que nunca existió

La primera vez que le vi, solamente pensé que era un chico guapo… muy guapo a decir verdad. Pero tampoco le di más importancia. De vez en cuando se ve alguno y piensas: ¡Vaya, fíjate en ese chico!
Éramos un grupo de parejas que nos habíamos juntado para pasar unos días de relax. Cada quién había invitado a sus amigos respectivos, así que muchos no nos conocíamos entre nosotros y formábamos un grupo bastante numeroso dentro del hotel. La mayor parte del día se la dedicaba a mi pareja, como la mayoría, y luego nos juntábamos a ratos para charlar, reír e, incluso, hacer algún tipo de actividad o deporte.
No fue hasta el segundo día cuando todo comenzó. Fue uno de esos momentos que no se pueden explicar con palabras y que, todavía hoy, no logro comprender. Yo caminaba sola por el borde de la piscina abstraída en mis pensamientos. A decir verdad, acariciaba mi vientre ya que hacía escasos días me había enterado de que estaba embarazada y todavía no sabía si llorar o reír porque no tenía nada claro el rumbo que mi vida estaba tomando a una velocidad que yo ni había imaginado. Un bañista me salpicó y al levantar la cabeza de forma brusca por la impresión del agua helada, todo sucedió. Pude ver de refilón su figura y, supongo que ahí se habría quedado todo, si no hubiese sido porque al intentar volver a bajar la cabeza y recuperar mi ensimismamiento, me percaté de que me estaba observando y, sin saber muy bien qué hacía, supongo que casi por instinto, volví a levantar la cabeza, quedándome paralizada, al encontrarme con su magnética mirada en la distancia. Me observaba con los ojos perdidos, como si estuviese intentando desvelar algún misterio atrapado en mi interior que no atinaba a comprender y cuando, por fin, nuestras miradas se cruzaron directamente, él no intentó disimular que me observaba y yo… no fui capaz de apartar la vista. Fue, en ese preciso instante, cuando una energía electrizante y avasalladora me envolvió por completo y mi corazón comenzó a bombear la sangre en mi pecho de una forma casi dolorosa. Podía sentir el fuerte retumbar de los latidos de mi corazón en mis oídos y, por un instante, tuve el miedo ridículo de que alguien cercano a mí pudiese llegar a oírlos.
Pero, entonces… el resto del mundo dejó de existir a nuestro alrededor y yo sentí que conectábamos de una manera sobrenatural. Solo existíamos él y yo, y una especie de aura que nos envolvía alejándonos de la realidad y haciendo que todo aquello pareciese un sueño. Sé que ya le había visto, pero fue la primera vez que le miraba en realidad. Su pelo negro como el azabache y rizado, sus espesas cejas que se elevaban hacia el centro de su rostro como preguntándose algo y, confiriéndole así, un cierto halo de tristeza que se veía rebatido por la luz de sus grandes ojos negros; una luz intensa y alegre, llena de vida, rodeada de unas largas y espesas pestañas que enmarcaban más aún aquellos magníficos luceros. Y sus labios, sensuales y llenos, atraían a las yemas de mis dedos, de una manera casi hipnótica, para que los tocase… para que los besase…
En ese momento, sus amigos le agarraron del brazo para reclamarle, y yo salí bruscamente de aquel aturdimiento momentáneo. Él apartó, de forma perezosa, su mirada de mí para unirse al juego en el que estaba metido con sus compañeros, mientras yo intentaba coger el aire que mis pulmones me habían negado durante ese breve instante y trataba, frenéticamente, de volver a la realidad. Fue un momento fascinante y mágico que tan solo él y yo percibimos… De hecho, me sorprendió que, cuando traté de continuar con mi paseo como si nada hubiese sucedido, nadie parecía haberse dado cuenta de aquello. El mundo seguía como si nada y, sin embargo, toda mi alma y mi cuerpo acababan de sentir la sacudida más fuerte de todo mi existir. Incluso me llegué a asustar por haberme sentido, durante unos instantes, infiel a mi pareja. Enfadada conmigo misma por el rumbo absurdo que estaban tomando mis pensamientos, me alejé de allí diciéndome que todo había sido una ilusión de mi cabeza y que, tal vez, él no había vivido ese instante como yo. Tal vez…
Esa tarde me sorprendí arreglándome como no lo hacía desde hacía mucho tiempo. Mientras me maquillaba con esmero, vi la imagen de mi pareja reflejada detrás de mí en el espejo. Él estaba tumbado en la cama viendo un partido de fútbol y, de repente, me encontré a mí misma preguntándome por mis sentimientos hacia el hombre con el que compartía mi vida. ¿Por qué ya no sentía aquel bonito cosquilleo en la tripa cuando le miraba? Supuse que eran los crueles y devastadores efectos de la rutina porque lo cierto era que yo le quería…pero sentía mi vida apagada y atrapada en una espiral de acontecimientos que iban más rápido de lo que a mí me hubiese gustado. Yo era consciente de que ya no me arreglaba para él y de que hacía tiempo que había perdido la ilusión… Ilusión… La ilusión que ahora mismo sentía…La ilusión por volver a ver a aquel chico y confirmar que realmente «algo» había ocurrido entre los dos; «algo» que no había sido solo producto de mi imaginación; «algo» que ni yo misma era capaz de explicar…
Y esa tarde lo confirmé…
Cuando nos juntamos todos en el hall para entrar en el salón a cenar, todo había cambiado. Era algo sutil, imperceptible a los ojos de los demás, algo que solo él y yo sabíamos, algo que solo él y yo comprendíamos… pero algo que era real. Él me miraba fijamente y yo era incapaz de apartar la mirada. No necesitábamos hablar, nos buscábamos con las miradas… nos entendíamos con las miradas. De vez en cuando, cuando la gente nos mencionaba o esperaba nuestros comentarios despegábamos con dolor nuestras miradas para, después, continuar con aquel recién descubierto sentimiento en secreto… oculto a los ojos de todos nuestros amigos y nuestras parejas. Durante la velada, se hablaron de infinidad de temas dando, en cuanto teníamos la oportunidad, nuestra opinión, esperando que la del uno coincidiera con la del otro, como queriendo confirmar que nos entendíamos bien.
Cuando salimos a la terraza, para tomar unas copas, ocurrió algo, para mí, francamente excitante. Nos sentamos cerca pero no juntos. Era como si los dos tuviésemos miedo de que aquella magia pudiera romperse en algún momento si llegábamos a conocernos más; como si tuviésemos miedo de que lo que sentía el uno por el otro no fuese más que una ilusión que ninguno de los dos quería que desapareciese. Pero cuando llegó mi bebida, él se apresuró a cogerla, antes que nadie, para acercármela mientras me miraba directamente a los ojos y me encandilaba con su sensual voz. Levanté mis brazos para recoger mi bebida y algo ocurrió cuando mis manos se posaron sobre las suyas, que eran reticentes a soltar aquel vaso. En aquel momento todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se concentraron en las yemas de mis dedos para entrar en contacto con aquellas suaves y firmes manos de dedos largos y poderosamente masculinos. Cualquiera que se hubiese fijado podría haberse dado cuenta de que aquel «inocente» contacto duraba más de lo necesario pero no fue así. Y finalmente, sosteniéndome la mirada mientras me sonreía de una forma que hizo que mi estómago convulsionara de placer, soltó lentamente el vaso, mientras entrelazaba imperceptiblemente sus dedos entre los míos.
A partir de aquel momento y durante todo el tiempo que duró nuestra estancia en aquel hotel mi corazón adquirió un ritmo frenético que fue incapaz de relajar. Mi cuerpo, mi pecho, mi alma… se habían llenado de una luz que hacía que me sintiese ridículamente feliz a todas horas y que hacía que afrontase mi, hasta hacía tan solo unos días, grisáceo futuro, con otros ojos y con otras expectativas.
Pero llegó el día de la despedida. Cada uno volvía a su hogar y yo… yo no quería que aquello acabase nunca. Toda la alegría de los dos últimos días se transformó en angustia y una sensación dolorosa y de ahogo en mi pecho. Se me hacía prácticamente insoportable el respirar y temía que en cualquier momento mis lágrimas comenzasen a salir, sin poder hacer nada para evitarlo y me inquietaba que ya nunca más pudiesen parar. Nos reunimos en el hall del hotel para despedirnos y cuando bajaba por las escaleras él ya estaba abajo junto con su novia y otras parejas. Le busqué rápidamente con mi ansiosa mirada pero enseguida me encontré con la suya que me observaba casi con la misma angustia con la que yo bajaba. Algo en mi pecho se rompía por momentos y no era capaz de reaccionar. Cuando llegamos abajo la gente comenzó a abrazarse y despedirse con los dos besos de rigor mientras todos nos prometíamos volver a repetirlo en breve, debido a lo bien que lo habíamos pasado. Yo abrazaba y besaba a todo el mundo que, de repente, parecían una avalancha humana que me impedía llegar a él, y comencé a despedirme como si luchase contra todos ellos para que me dejasen llegar hasta mi objetivo. Mi único objetivo… Él…
Cuando por fin llegó nuestro turno, me quedé paralizada frente a él sin saber qué hacer. Sentía que si le abrazaba toda la gente se iba a dar cuenta de mis sentimientos y tenía un pánico horrible a comenzar a llorar sin poder evitarlo. Él me agarró suavemente de las manos con las suyas y me acercó hasta su cuerpo deslizando suavemente las yemas de sus dedos por mis brazos para acabar acariciando mi espalda fundiéndonos en el abrazo más erótico y dulce que jamás pensé que pudiese existir. Y nadie miraba… Nadie se daba cuenta… Deslicé mis brazos alrededor de su cuello y me dejé llevar por aquel mágico momento. Me aferré fuerte a él, apoyé mi cabeza en su hombro y aspiré su aroma durante aquellos breves instantes mientras sentía todo mi cuerpo exquisita y firmemente rodeado por sus poderosos brazos. Me sentí protegida de todos los problemas que amenazaban con engullir mi vida. Él hundió su cara en mi pelo mientras nuestros cuerpos se amoldaban con una perfección que asustaba, y el mundo se paró en aquel instante. No podría decir cuánto tiempo estuvimos así, pero no debió ser mucho porque cuando, al fin, él comenzó a separarse de mí, nadie nos miraba. Tan solo nos quedamos unidos por las yemas de nuestros dedos mirándonos a los ojos. Sentía que él estaba tan confundido y perdido como yo y no fuimos capaces de decirnos nada. Tan solo aquellas miradas aturdidas que querían hablar pero no podían… no se atrevían… y nuestras yemas se fueron separando poco a poco mientras el bullicio de las despedidas volvían a cobrar volumen a nuestro alrededor para recordarnos dónde estábamos y qué era lo que ocurría. Mi novio agarró mi mano, con una gran sonrisa, para informarme de que nos quedaba un largo viaje de vuelta y que debíamos partir, y yo acabé por girarme… e irme… mientras mi corazón se quedaba en aquel abrazo y en aquella mirada…
Y pasó un mes antes de que volviésemos a encontrarnos... Un mes en el que no pasó ni un solo instante en el que no pensase en él. Tuve que llamar a varias de mis amigas para que no olvidasen que habíamos prometido volver a quedar todos juntos y me inventé excusas tontas para convencerlas de que debíamos quedar cuanto antes. Pasaba los días observando las fotos del viaje y dudando de que todo lo que allí había vivido hubiese sido real. Por las noches él se apoderaba de mis sueños y cuando la alarma del reloj sonaba no quería despertar. Todavía en la cama me preguntaba si él pensaría en mí… si yo entraría en sus sueños de la misma manera en la que él se colaba en los míos…
Y llegó el día del reencuentro. La ansiedad se había apoderado de todo mi cuerpo y un estado de excitación continua hacía que no fuese capaz ni de probar bocado. Esta vez nos veríamos en una casa rural que no quedaba muy lejos de dónde mi pareja y yo vivíamos y aunque el viaje era corto, se convirtió en el trayecto más largo de toda mi vida. Cuando llegamos, apenas podía respirar buscándole entre todos los que ya estaban allí instalados y, de repente, una puerta se abrió a mi izquierda y apareció él. Nuestras miradas se quedaron atrapadas la del uno en el otro y yo sentí que volvía a respirar profundo por primera vez desde aquella separación en aquel hotel. No tardamos en reaccionar y saludarnos entre todos como si nada fuera de lo normal hubiese sucedido y representando el papel a la perfección, delante de nuestros amigos y parejas. La estancia se convirtió en la misma intensa luz alegre que me había llenado y que había vivido durante aquellos cuatro días en el hotel. Quería aprovecharla al máximo ya que aquella vez solo serían dos días y sentía que tanto mi alma como mi cuerpo lo necesitaban con desesperación. Necesitaba nuevamente aquella ilusión… la ilusión que él me daba.
Pero todo cambió la noche anterior a la nueva despedida. Estábamos todos sentados alrededor de una gigantesca mesa mientras cenábamos. Como siempre, cerca, pero no juntos. Él se había sentado frente a mí y nuestras miradas jugaban continuamente en un baile de entendimiento y un aura de ternura. Habíamos tejido aquella complicidad de manera invisible. Yo me sentía nuevamente feliz y completa hasta que mi novio, medio achispado y lleno de orgullo, anunció en alto aquello que habíamos decidido no contar hasta que pasase algún tiempo… y quiso que todo el mundo le felicitase ante mi incipiente embarazo...
Incluso antes de enfrentar su cara pude notar su mirada acusadora cayendo sobre mí como un peso que no me dejaba moverme ni respirar; un peso que me aplastaba y ahogaba sabiendo, con una desesperación asfixiante, que algo dentro de mí acababa de morir y que aquel sentimiento que me había devuelto a la vida durante el último mes, ya no volvería, jamás, a tener cabida en mi vida. Me sentí mareada y luché contra las lágrimas, que nunca sabré cómo conseguí no derramar, y me giré enfrentando su mirada que se hallaba clavada en mi rostro.
Mientras todo el mundo silbaba y vitoreaba, en medio del delirio del alcohol, fascinados con la llegada del nuevo miembro del grupo, yo intentaba coger aire y excusarme con la mirada a aquel que no hacía ni el más mínimo gesto con la cara. Su rostro reflejaba un hondo dolor, y yo, al verle allí quieto con aquella expresión y aquella mirada que no apartaba de mí, como si no le importase que nadie pudiese sospechar que algo pasaba entre nosotros, sentí cómo algo se desgarraba dentro de mí; algo que murió aquella noche en mi interior y que yo jamás fui capaz de recuperar. Bajé mi mirada, avergonzada, hacia mis manos que reposaban sobre las piernas y mi alma lloró amargamente en silencio; lloró por lo que acababa de perder, lloró por mi cobardía y lloró por no haberme sentido francamente feliz con aquella vida que se desarrollaba en mi interior y que era todo lo que siempre había deseado en el mundo.
La gente comenzó a levantarse para felicitarnos, abrazarnos y besarnos llenos de dicha. Yo ya no era capaz de sentir nada en aquel revuelo que notaba totalmente ajeno a mí. Cuando los abrazos y achuchones de la gente me empujaron hacia él y nos quedamos enfrentados mirándonos a los ojos creí que no me hablaría pero… su rostro cambió de forma sincera. Primero me observó pensativo, casi como aquella primera vez, y luego una ligera pero franca sonrisa se dibujó lentamente en sus labios mientras extendía sus brazos hacia mí para darme la enhorabuena. Me fundí en aquel abrazo envolvente con olor a despedida y separación y no pude contener más el llanto que me desgarró cuando comprendí que todo había terminado y que él, en el fondo, se sentía feliz por mí. Todo el mundo se calló de repente al oír mis sollozos y sus expresiones se llenaron de sorpresa e incomprensión. Una incomprensión que mi novio achacó enseguida, entre risas, a las alteraciones hormonales que me habían acechado desde el principio del embarazo. Allí, todavía en brazos de él, todos se relajaron, volvieron a reír y tan solo él y yo supimos lo que aquello había significado. Tan solo él y yo supimos de la existencia de aquel amor…
Han pasado muchos años desde aquello y jamás nos hemos vuelto a ver. He sabido de él igual que, supongo, él habrá sabido de mí. Ahora que mi vida está establecida y es un remanso de paz, sé que soy feliz. Me gusta la vida familiar que llevo y sé que quiero muchísimo a mi marido; de hecho, nunca dudé de que le quisiera. Y… sé que no me arrepiento de la decisión implícita que aquel chico y yo tomamos aquella noche, durante aquel abrazo y aquel intercambio de miradas, delante de todos nuestros amigos, de continuar cada cual con su camino. Aunque no hay una sola noche en la que no me acueste y piense en él y en todas y cada una de las sensaciones que despertó en mi interior. En el amor puro y verdadero que llegué a sentir por él. Un amor que se forjó en silencio y sin palabras; de una manera sutil y en tan solo unos días. Unos días que llenaron de significado mi vida y la cambiaron por completo… y para siempre… Un amor que sé que jamás olvidaré aunque solo fuese un amor, que a los ojos del mundo entero,… nunca existió…