País Relato - Autores

mauricio del castillo

síndrome de la tierra

Los dos vigías observaron la pantalla térmica sin percibir ninguna novedad en la superficie del planeta que se extendía ante ellos. Buitrón ajustó la imagen con suaves movimientos; un silbido continuo, proveniente del viento, fue lo único que podía escucharse en el exterior.
—¡Mira! —exclamó de improviso—. ¡Santo Dios, es imposible!
Forzaron la vista. Algo que no era una roca ni una formación accidental se movía en la llanura. Era alargado y muy grande. A pesar del intenso calor que despedía alcanzaba a definirse a la perfección su silueta; se trataba de un hombre.
Buitrón no pudo ocultar la sorpresa en su rostro.
—Enciende el audio —dijo muy excitado—. Trata de ajustar la frecuencia. ¡No tan alto!
El hombre se había movido veinte metros a través de las ruinas y los amontonamientos rocosos. Por un momento se detuvo, miró a su alrededor y continuó la marcha. Un sonido metálico y chirriante lo acompañaba.
—¿Habías escuchado algo así antes? —preguntó Buitrón—. Quiero decir, ¿en la superficie?
—¿Qué? —exclamó Martorell—. Debes estar bromeando. ¡Esto no tiene lógica!
Buitrón se sumió en sus pensamientos. Se decidió por fin y llamó a la oficina del alcalde, en la ciudad subterránea.
En minutos apareció el alcalde en la puerta del ascensor. Los vigías guardaron silencio y lo observaron con expectación. El alcalde, con el rostro atónito y los ojos encendidos, contempló la figura en la pantalla térmica. Hizo un gesto impaciente y preguntó.
—¿Dónde está ocurriendo esto?
—Justo encima de nosotros, señor alcalde —informó Martorell—. El traje del forastero debe soportar muy bien la contaminación.
—¿Ha hecho uso de algún arma?
—Hasta ahora no —intervinó Buitrón—. Pero definitivamente lleva algo consigo.
—¿A qué se refiere?
—Escuche. —Buitrón se inclinó hacia adelante en el tablero y ajustó el audio. En poco tiempo los ruidos metálicos volvieron a escucharse.
La figura, a paso aletargado, caminaba con lentitud y sin prisa alguna. Transitó a todo lo largo de las ruinas y se detuvo ante la colina de concreto que envolvía la estación. La contempló por largo tiempo como si se tratara de un antiguo monumento.
—Lo sabe —dijo el alcalde, sin atreverse a respirar—. Sabe que estamos aquí.
La figura se movió. Comenzó a circundar toda el área a fin de examinar más a fondo. Cambió de dirección con brusquedad y enseguida enfiló hacia la entrada.
Martorell encendió la cámara instalada en el acceso cubierto de la estación. Intensificó la luz, pero no pudo verse nada en la lejanía. El sonido de arrastre era más intenso esta vez. Al poco tiempo, Martorell encendió el campo de rayos X. Tanto la cámara como el campo revelaron algo perturbador.
Se trataba de una anciana apoyada en un carrito de madera. Llevaba el cabello largo y terso, tan canoso que era difícil saber su edad. Vestía solo una andrajosa toga sobre su hombro derecho. Daba la impresión de no tener la menor vitalidad pero, durante unos momentos, sus ojos abiertos se dirigieron a la cámara, inquisitivos, sin ningún parpadeo.
—Quizá sea un truco —aventuró Martorell—. Puede que nos quiera jugar una broma.
La anciana golpeó débilmente un panel de acero; su rostro se hallaba a pocos centímetros de la cámara.
Buitrón, con voz serena, dijo a través del audio.
—Identifíquese.
—¿Bueno? ¿Bueno? Oh, ya veo. Me están hablando —dijo la anciana.
—Identifíquese —repitió Buitrón—, quien quiera que sea.
—De acuerdo, estimado señor. Mi nombre es Numa; soy vendedora ambulante. Los productos que dispongo a la venta son filosofías de vida. ¿Quiere ver una? Hoy estamos de promoción.
Los dos vigías y el alcalde se miraron.
—¿De dónde es usted? —continuó Buitrón—. ¿Cómo puede respirar en esa atmósfera?
—«Atmósfera»? —Numa se rascó un brazo, sin saber a qué se refería con ello—. No, señor mío, yo vendo filosofías. Duran para toda la vida. Tengo de todas clases.
Buitrón no podía creerlo. La temperatura de la atmósfera oscilaba de menos cuatro a menos seis grados centígrados. Los gases radioactivos debían penetrar los pulmones de la anciana matándola a cada respiración, pero eso no sucedía. En cambio, no dejaba de repetir lo que la había atraído: venta de filosofías.
— ¿Qué clase de protección lleva consigo? —volvió a preguntar Buitrón.
—No tengo idea de qué me está hablando —replicó Numa, confundida. Recuperó su tranquilo temple y continuó—: Yo vendo filosofías. Apuesto a que hace falta un poco para alegrar su vida. Salga y vea las que tengo en rebaja.
—Quédese donde está. Lo consultaré con mi superior.
Numa aguardó con paciencia en la entrada. El fuerte viento lograba que se menearan algunos trastos colgados del carrito.
El alcalde la examinó con una expresión tensa en el rostro. Al poco tiempo, dijo.
—Su habla es exactamente como la nuestra. ¿Qué lleva ahí dentro?
—Parecen ser unos recipientes envueltos en papel celofán —dijo Martorell.
—Sería una gran oportunidad conocerla —expresó Buitrón, al tratar de adentrarse en los pensamientos del alcalde—. Piense en los beneficios de este encuentro. Si ella puede sobrevivir en el exterior, ¿por qué nosotros no?
—Puede tratarse de un miembro del Sector 7C —dijo el alcalde.
—Creí que habían desaparecido después de la guerra. No hay pruebas contundentes de que hayan sobrevivido.
—No quiero correr ningún riesgo —murmuró el alcalde, pensativo—, pero tampoco es una mala idea interrogarla.
—Puede hacerse, señor alcalde. Sólo debemos lograr que se dirija al cuarto de descontaminación.
El alcalde asintió. Buitrón, con suma pericia, hizo aparecer en la pantalla el plano de las instalaciones e indicó un punto referido en la estación.
—No es totalmente higiénico, pero se puede hablar con ella ahí dentro —explicó Buitrón—. Podemos disponer de una silla y una mesa metálica. Podrá estar cómoda mientras la interrogamos.
—Sólo asegúrense que la anciana no esté armada.
—Aunque lo hiciera, recuerde que estaremos ubicados detrás del vidrio reforzado.
Junto a la entrada blindada, Numa apoyaba los brazos en el carrito.
—Está bien —dijo el alcalde con aplomo—. Abra la puerta.
La voz afectada de Martorell ordenó que pasara. Numa alzó la mirada, observó cómo la puerta se abría y entró. Enseguida, indicadores de luz en el suelo la condujeron a través de un corredor. A lo lejos se extendía el cuarto. Numa, con una expresión por demás tranquila, abandonó el carrito y tomó asiento. Un punto rojo se encendió en la pared de cristal.
Buitrón dijo.
—Muy bien, señora. Díganos cómo supo de la existencia de este lugar.
La anciana no tardó en contestar.
—Mi supervisor de venta me dijo dónde debía ir. Me solicitó que por lo menos lograra cinco ventas y hasta ahora no llevó ninguna. —Su voz mostró que perdía la paciencia—. ¿Va a querer o no una filosofía?
Se escucharon algunos murmullos en todo el cuarto. Enseguida, la voz volvió a hacerse presente.
—¿Un supervisor de venta? ¿Significa que hay más cómo usted? ¿Cuál es la función de él?
Numa humedeció sus labios.
—Él se encarga de contabilizar las ventas y recolectar todos los créditos obtenidos y depositarlos en la caja fuerte, sin incluir el hecho de que se empeña en cargarme de más trabajo. De vez en cuando viene a supervisar nuestras ventas personalmente y...
—Aguarde un momento. —Buitrón lo tapó el micrófono con la palma de su mano y dijo—: ¿Usted qué opina, señor alcalde?
—Quiero saber todo acerca del Sector 7C. Quiero saber la verdad.
—Veré qué puedo hacer. —Buitrón se dirigió al micrófono—: ¿Qué sabe acerca del Sector 7C? ¿Pertenece usted a ellos?
Numa guardó silencio. Contempló el punto rojo en la pared y agitó la cabeza con desconcierto. Pensó que se trataba de una pregunta estúpida.
—Aún no entiendo para qué quiere saber eso, señor —dijo, claramente indignada—. No me haga perder más mi tiempo.
—Muy bien, señora, si es como usted dice, ¿puede decirnos de dónde viene y la supuesta compañía que representa?
—Claro, vengo de la Antártida.
Un impactante silencio cayó como plomo en la estación.
—¿Qué dice?
—¿De dónde más? —continuó Numa—. Philosmarket, Sociedad Anónima, apartado VCMII, Continente Antártico.
El alcalde tomó el micrófono y habló en tono desafiante.
—Entonces explíquenos, señora Numa, ¿cómo puede ser posible que usted pueda respirar esta atmósfera?
—¿De qué atmósfera habla, señor? Sea más claro, por favor.
Buitrón tomó la palabra con voz cordial.
—Usted no tiene idea de lo que esto significa para nosotros, señora.
—Está bien. Se lo diré. —Numa se miró las manos arrugadas y llenas de resaltadas venas. Era la última vez que trataba de convencer a esta gente ignorante—. La superficie será nuestra principal zona de venta. Hemos vivido desde nuestro nacimiento en aposentos artificiales semejantes a la superficie. En la Antártida, el auge de consumo de filosofías se halla a la baja. Somos vendedores condicionados; nuestra meta es sacarle provecho a este pedazo de roca fría. Estudiamos a su gente desde hace mucho tiempo y hemos llegado a la conclusión de que son clientes potenciales. Qué mejor que una filosofía para sobrellevar los días. —Tomó un paquete del carrito y lo acercó a la pared de cristal. Los colores del papel celofán brillaban increíblemente.
El alcalde reflexionó.
—De acuerdo —dijo por fin—. Muéstrenos su producto. Si nos agrada, lo compraremos. Estoy seguro que encontrará la forma de hacerle uso a nuestra moneda, pero usted tendrá que decirnos más cosas.
—Es un buen trato —consintió Numa. Desenvolvió el paquete en varios pliegues. Cuando quedó al descubierto el contenido, los hombres de la estación advirtieron que se trataba de una masa compacta de color rojo.
El alcalde se dirigió a Martorell.
—Abra el contenedor.
—Pero, señor alcalde —terció Martorell—, puede tratarse de alguna sustancia tóxica.
—Piense, Martorell, debemos sacarle provecho a todo lo que estas personas puedan ofrecernos. Lo examinaremos en nuestros laboratorios. ¿Alguien se opone?
Nadie objetó. Martorell accionó otro mando. Una pequeña sección de la pared de cristal se abrió. En su interior se hallaba una cavidad.
—Deposite el producto ahí.
La anciana obedeció. Después de un minuto de descontaminación, el producto arribó esterilizado del otro lado. Fue llevado al espectrógrafo a fin de determinar su masa atómica. Los resultados de la lectura aparecieron en la pantalla del conmutador, pero no se encontraba ningún elemento tóxico. Martorell, con un poco de duda, tomó el paquete con guantes protectores. El alcalde se acercó y una profunda fragancia familiar comenzó a llenar toda la estación.
—Mermelada —dijo, en un susurro—. Mermelada de zarzamora. Esta señora vende mermelada. —Más animado tomó un poco y lo llevó a la boca. Sabía un poco ácido, pero muy agradable al paladar. Creyó que nunca volvería a sentir una experiencia como ésta.
Buitrón y Martorell contemplaron su jubilosa expresión. Observaron el producto y se aventuraron a comer algunas porciones. En poco tiempo un extraño sopor los invadió hasta que cedieron poco a poco y se tendieron en el suelo, sonrientes y con las miradas clavadas en el techo de la estación.
—«La verdad no se pierde, sólo queda bien escondida» —citó el alcalde.
—«Hay más felicidad en dar que en recibir» —citó Buitrón.
—«El amor es una comedia en la que los actos son muy cortos y los entreactos larguísimos» —citó Martorell.
El alcalde se puso de pie con rapidez. Sin embargo, permaneció en infinita calma, lleno de la mayor de las sabidurías. Lágrimas de felicidad resbalaron en su rostro. Con una suave voz dijo.
—El mundo es mi patio de juegos, el mundo es mi patio de juegos, el mundo...
Buitrón y Martorell lo siguieron. Juntos, los tres, se tomaron de la mano y atravesaron la entrada de la estación. Al poco tiempo, la imagen proporcionada por la cámara mostró a las tres figuras llevarse las manos a la garganta, tambalearse y caer en el grisáceo polvo.
Numa, extrañada de que no sucediera nada, tomó el carrito y lo empujó a todo lo largo del pasillo por el que había entrado. Encontró la salida, pero también un recodo. Se asomó en él y preguntó.
—¿Hola? ¿Hola? —Nadie contestó. Siguió de largo y halló los monitores así como los teclados montados en la estación. No fue nada agradable el que no recibiera su pago; debía encontrar nuevos clientes antes de que acabara la promoción.
Al fondo se encontraba el ascensor. Tomó rumbo hacia él, llevando consigo sus bienintencionadas filosofías.
Y la pureza de su aire.