País Relato - Autores

martín boulocq

santa teresa de jesús

La noche que me enteré de quién era mi padre, comenzó la picazón en el cuello. Esa misma noche fue la ceremonia que solemos hacer todos los años en el barrio el primero de noviembre, conmemorando la masacre de Todos los Santos. Y fue precisamente allí donde escuché a doña Feli hablando con su cuñada sobre mis padres, a quienes nunca conocí, mientras tomábamos el ponche. En un principio me pareció accidental haberla escuchado, luego tuve mis sospechas y pensé que, posiblemente, ella se había asegurado de que la escuchara por lo que había sucedido recientemente entre su hija y yo. Pero esa es otra historia.
Me acosté a eso de las dos de la mañana; tipo cuatro, me desperté sin poder volver a dormir debido al escozor. A la mañana siguiente, usando dos espejos, pude verme la parte de atrás del cuello. Era un sarpullido. Pero no cualquier sarpullido, ya lo había visto antes. Tenía la forma de una estrella. ¿Dónde y cómo lo había visto?, es eso lo que voy a contar ahora.
La primera vez que supe de la existencia de esta condición fue hace quince años. En aquella época, aún vivía con mi madrina. Alquilábamos una mediagua en la parte de atrás de una casa. Mi madrina trabajaba, entre otras cosas, como costurera. Yo trabajaba en lo que podía mientras estudiaba Medicina en la estatal. Por ese tiempo, un laboratorio farmacéutico extranjero había empapelado la facultad ofreciendo trabajo a estudiantes. Me presenté y me aceptaron como visitador médico. Una de las estrategias que empleaba la empresa consistía en enviarnos a hospitales públicos y privados para entablar contacto con médicos. De esa manera llegué al Instituto Siquiátrico Santa Teresa de Jesús.
El lugar era un complejo hospitalario con varios pabellones. Uno de ellos, el más viejo y descuidado, era exclusivamente para menores.
La entrada al edificio estaba precedida por una reja de seguridad, con varas metálicas negras semejantes a las de una prisión. Toqué el timbre y esperé. Una mujer de unos sesenta años, con una bata blanca, se acercó y me miró de pies a cabeza. Yo llevaba pantalón azul, camisa blanca y un maletín negro donde tenía las muestras y algunos folletos. Me dijo que no podía entrar. Le respondí que había hablado con la doctora y que venía a dejarle muestras. “Aquí no entran hombres,” insistió mientras sacaba el llavero para abrir el candado.
La reja estaba separada del edificio por un pequeño patio de cemento. Al hall de entrada le precedían dos o tres gradas que lo separaban del pequeño patio.
“Espere aquí y no se mueva,” me dijo con tono autoritario.
La mujer desapareció detrás de una puerta de madera antigua que cerró con fuerza. Sonó un pito lejano que venía del interior del edificio. La construcción era vieja, de techos altos, pilares, paredes desgastadas y piso de cerámica arabesca. Tomé asiento en un banquillo destartalado de madera. Por algunos minutos me distraje observando el piso, siguiendo sus enrevesadas formas. De pronto, me di cuenta de que había alguien detrás de uno de los pilares. Era una criatura pequeña que apenas podía entrever. Desde la sombra, me miraba fijamente. Y, aunque no podía verle los ojos, distinguía su cabello revuelto. Comenzó a salir de su escondite caminando despacio y con cierta dificultad, como si tuviese trabadas las rodillas. Me dio ternura y lo saludé sonriendo.
“Hola,” le dije.
Pero no me respondió y siguió caminando hacia mí. Cuando salió de la sombra, finalmente pude verle los ojos. Los tenía blancos. Parecían volcados. Me asusté.
“¿Cómo te llamas?” insistí.
Siguió caminando lentamente hacia mí, sin detenerse.
“¿Quieres jugar?,” le pregunté y en respuesta alzó sus brazos como sonámbulo. Me levanté. Caminé de espaldas evitando que me tocara y tropecé en las gradas. Desparramé todo lo que tenía en el maletín. No me pareció gracioso, pero lancé una risotada. Quizás por nervios o quizás para demostrarle que aún estaba dispuesto a jugar. Estando en el piso, me di cuenta de que el patio no conducía a ninguna parte más que a la reja que había sido cerrada con llave. El niño continuó su paso lento y yo, nervioso, me puse a levantar las muestras y folletos.
“¡Doctora!” grité fuerte, aunque sin desesperación.
En un instante caí en razón. No tendría más de seis años. Qué puede hacerme, es solo una criatura, pensé. Caminé hacia él con la intención de recibirlo y como gesto de aceptación. Su rostro era frío e inexpresivo. Se abalanzó clavándome los dientes en el muslo derecho, como un perro rabioso. Intenté apartarlo, pero se prendió con más fuerza, usando sus brazos y piernas. Pasmado, me quedé inmóvil sin saber cómo reaccionar. Tenía más fuerza que la de cualquier niño de seis años.
Escuché un disparo sordo y el niño cayó al piso. Tensó los músculos sacudiéndose. Pocos segundos después, cesó la descarga y él quedó derrotado. La enfermera estaba a unos metros apuntándole con algo que parecía una pistola. De ese aparato salían dos finos cables metálicos que terminaban en agujas que ahora estaban prendidas en la espalda del chico. Un espectáculo desconcertante.
“Le dije que no era lugar para usted,” refunfuñó acercándose a la criatura para desprenderle las agujas. El niño se levantó de un brinco y salió corriendo como un cachorro asustado. “Venga por aquí,” dijo con tono mandón. Se detuvo en el banquillo, lo acomodó y siguió su paso hacia el pasillo.
“¡Venga!” me gritó desde adentro.
Seguí a la mujer por el oscuro y largo pasillo. Caminaba por delante con el paso acelerado mientras enrollaba los cables del taser.
“Solo atacan a varones,” dijo.
Iba a cuestionarle el uso tan violento de ese aparato, pero preferí no decir nada.
“Agradezca que no le rompió el pantalón,” agregó.
Llegamos al final del pasillo y torcimos. Un patio interior contrastaba con el resto de la decadente edificación. Era un jardín hermoso lleno de plantas, arbustos y flores. Los arbustos tenían formas de animales. El pasto era una gran alfombra verde. Las jardineras estaban impecables con patrones de colores y formas. Por todas partes habían desparramados instrumentos de jardinería para niños: palas, baldes, rastrillos y hasta dos cortadoras de pasto pequeñas. Todo había quedado allí como si los jardineros hubiesen desaparecido de repente, interrumpiendo su actividad.
Doblamos hacia otro pasillo y luego hacia otro más que daba a un consultorio. Nos detuvimos en la puerta. La mujer tocó para advertir nuestra entrada.
“Fue mordido por Ariel,” anunció y cerró la puerta tras de sí.
“Tome asiento, por favor,” dijo la doctora mientras terminaba de ponerse unos anteojos oscuros.
“Soy Sebastián. Hablé con usted por teléfono, mucho gusto, doctora.”
Me acerqué a ella, le di la mano y me senté. Era más joven que la enfermera. Rondaba los cuarenta.
“Seguramente ya escuchó hablar de nosotros, el laboratorio suizo Ilta…,” así comenzaba mi discurso de venta. Lo tenía muy bien memorizado. Tanto que, mientras lo repetía, mi cabeza se podía ocupar de otras cosas. Me puse a pensar en el jardín y luego en mi reflejo deformado en sus anteojos. Es guapa, pensé. Escuchaba mis pensamientos y no mi voz. Pero ella sí estaba atenta a lo que decía. Generalmente, los médicos hacían otras cosas mientras yo hablaba: escribían, leían o revisaban su correo.
“Venga, por favor, siéntese aquí”, me interrumpió caminando hacia la camilla.
“¿Cómo?” dije extrañado.
“Voy a revisarle la herida.”
No me había dado cuenta hasta ese momento, pero mi mano apretando la herida en la pierna me delató.
“Oh, no. No se preocupe, estoy bien.”
“Hágame el favor,” insistió con una amabilidad que fue difícil rechazar. Me levanté y comencé a remangar el botapié que claramente no iba a llegar al muslo.
“Puede bajarse los pantalones,” me dijo. La miré. Ella giró hacia el mueble donde estaba el botiquín. Era una vidriera antigua y desgastada que ocupaba buena parte del pequeño consultorio. Me acerqué a la camilla mientras ella mojaba un algodón con alcohol y me senté con el pantalón hasta las rodillas.
“No están acostumbrados a las visitas.”
“Entiendo,” dije. Sentí un ardor que casi me hizo gritar. La herida sangraba, un pedazo de piel había sido extraído.
“El ataque de uno solo no es peligroso, pero el de varios juntos puede convertirse en un problema,” me dijo.
“Ya veo,” le respondí.
Me quedé unos segundos en silencio, intentando recordar en qué parte del discurso me había quedado.
El acuerdo entre los doctores y nosotros está implícito. No es necesario hablar de ello. Las muestras que les dejamos las regalan a sus pacientes, a cambio, hay un acuerdo tácito en el que ellos se comprometen a recetar el producto.
“La próxima vez, haga caso y espere en el hall de entrada.”
Me desconcertó por completo, aunque su tono era amable y casi maternal. Quise explicarle que todo había sucedido precisamente en el hall, pero desistí.
“Claro que sí, doctora.”
“Ya está,” dijo mientras volvía a su escritorio y yo me subía los pantalones.
“Como le decía, este nuevo producto que…”
Alguien nos interrumpió abriendo bruscamente la puerta.
“¡Doctora, un acceso! Aula tres.”
La doctora se levantó de un salto, agarrando algo del escritorio que no pude llegar a distinguir. Giré para ver a la mujer que la llamaba. Era una muchacha, más o menos de mi edad, que se quedó mirándome por un instante y luego volteó rápidamente como quien acaba de ser descubierta. Me quedé helado porque tenía los ojos blancos como el niño que acababa de morderme.
“Espéreme, por favor,” dijo la doctora mientras salía del consultorio apresurada.
Las dos corrieron subiendo por las gradas que estaban frente a la puerta del consultorio. Me quedé allí sentado un rato y luego decidí asomarme a la puerta. Dudé en subir pero finalmente lo hice. En el segundo piso, al terminar los escalones, se abría un pasillo con puertas a los lados. Me detuve en la primera. Tenía una pequeña ventanilla que permitía ver el interior. Parecía un aula de escuela común y corriente. Tenía pupitres, pizarrón y dibujos didácticos en las paredes. Pero había algo extraño: los niños formaban filas como soldados. Guardando distancia entre sí, milimétrica y geométricamente acomodados. Cada niño tenía la mirada clavada en la nuca del siguiente. Firmes, inmóviles, con los ojos blancos como muñecos de cera, como pequeños zombis. Sus ropas eran las de cualquier niño que sale al jardín a jugar con tierra. Algunos, incluso, tenían algo de tierra en la cara. Ningún profesor. Ningún adulto en la sala.
Seguí caminando por el pasillo. La siguiente puerta estaba abierta. Me asomé y, a pocos pasos de la entrada, estaba la doctora en el piso socorriendo a un niño. La muchacha de los ojos blancos estaba allí también, ayudándola. Cuando me vio, sin levantar la mirada, sacó de su guardapolvo unas gafas oscuras y se las puso. El aula, igual que la anterior, estaba llena de niños formados como soldados. Detrás mío apareció corriendo la señora gruñona. Me miró. Miró a la doctora. Refunfuñó y siguió su paso acelerado, ingresando. Toco un pito que tenía colgado en el pecho y todos los niños comenzaron a salir de forma ordenada. Yo que estaba en la puerta tuve que hacerme a un lado para darles paso.
Reconocí al niño que me había mordido y, al parecer, él también me reconoció. Se detuvo a verme. Retrocedí medio paso. Volví a ver sus ojos, esta vez de más cerca. No eran precisamente blancos. Se trataba más bien de una especie de fino velo translúcido que cubría el iris. La distancia, por un efecto de reflejo, los hacía ver blancos.
El niño siguió su paso. Todos se fueron marchando.
Cuando la doctora terminó con el niño, la muchacha lo cargó y salió en dirección contraria al resto.
“¿Entonces va a dejarme algunas muestras?" me dijo.
“Los tienen dopados,” intenté preguntar, aunque sonó más a una afirmación.
“No, solo son disciplinados,” respondió. “Es parte de su condición… Y es igual de inexplicable.”
“No lo entiendo… ¿y por qué me mordió aquel niño?”
“Están calmados hasta que ven en alguien a un posible agresor. Generalmente hombres, pero no siempre.”
“Es una enfermedad terrible,” digo, más para mí.
“En los niños es fatal.”
“¿En los niños?” pregunté desconcertado, “¿quiere decir que no solo se da en niños?”
“En algunos casos muy raros, la enfermedad aparece en adultos. Para ellos tampoco hay cura, pero se puede tratar.”
“¿Ha conocido a algún adulto con ella?”
Me miró a los ojos sin responder y comenzó a deshacerse el nudo de la pañoleta. Giró dándome la espalda y se recogió el cabello mostrándome el cuello.
“¿Ve la estrella?”
“La veo.”
“Es la primera manifestación.”
“¡Es contagioso, entonces!” dije alejándome un poco de ella.
“No,” me respondió calmada. “No lo es.”
“Pero entonces…”
“La comunidad médica no ha podido aún responder a la pregunta de la causa… pero yo tengo mi hipótesis.”
La miré con atención a los ojos. Me hizo una señal para que la siguiera y comenzamos a caminar por los pasillos mientras volvía a ponerse la pañoleta en el cuello.
“Verá. Lo que tienen en común todos estos niños, y lo que la comunidad médica no quiere ver, es que son hijos o hijas huérfanos de madres asesinadas por sus esposos.”
“Está usted diciendo que…” me quedé en silencio sin saber cómo seguir. “¿Está usted segura?”
“El patrón se da en todos, sin excepción.”
La creí un poco ingenua al escuchar esas conclusiones que no eran científicas y no quise preguntar más. Pero aquello me perturbó mucho, no pude volver más a ningún sanatorio. Al poco tiempo, dejé ese trabajo.
Ahora solo me queda pensar en mi padre y en las palabras de doña Feli, atravesado por la imagen de aquel niño mordiéndome y la imagen en forma de estrella que ahora brota en mí.