País Relato - Autores

marta rivera de la cruz

¿conocéis a silvia?

No puedo creer que no sepáis quién es Silvia. Todo el colegio la conoce. No hay otra alumna como ella. Silvia es más guapa que cualquiera de las otras chicas de mi clase, y su ropa es también mucho más bonita que la nuestra. La madre de Silvia, que también es más guapa y más elegante que cualquiera de nuestras madres, es periodista y a veces sale por televisión. Su padre trabaja en política. Viven en una casa muy grande, una casa preciosa con jardín y piscina.
Nadie entiende por qué Silvia viene a este colegio: con lo que ganan su padre y su madre, bien podrían llevarla a una de esas escuelas privadas y carísimas con clases de equitación y excursiones de esquí en la semana blanca. En lugar de eso, Silvia viene a nuestro colegio, donde no hay chicas con madres famosas y nadie tiene, como ella, ocho vaqueros de marca y siete pares de zapatillas de deporte. Mi padre dice que los padres de Silvia no la cambian de colegio porque tienen que dar ejemplo, y yo, la verdad, no sé a quién. Pero me alegro de lo del ejemplo, o de lo que haya hecho que Silvia Páez venga a mi escuela y podamos ser amigas.
Además de ser guapa y simpática, además de tener una casa preciosa con una piscina rodeada de árboles, Silvia es lista, y muy aplicada. Saca siempre las notas más altas de la clase. Un día me dijo que su padre le había explicado que estaba obligada a ser la mejor en todo. Debe de ser por lo del ejemplo. El caso es que siempre le ponen sobresalientes, y a veces algún notable el profesor de matemáticas, que le tiene manía a Silvia, o a lo mejor a su padre, que es político y tiene hasta una foto con el rey.
Todo el mundo quiere ser amigo de Silvia, para ir a su casa a jugar, a ver pelis en la tele de plasma o a bañarse en verano. Pero no es solo por la casa. También es por ella, que es divertida, se ríe mucho y es más graciosa que nadie a la hora de imitar a los profesores o de sacar motes.
Silvia les cae bien a todos, pero a ella solo le caen bien algunos, porque, como dice siempre, en esta vida hay que seleccionar. Yo soy de sus mejores amigas, ella misma me lo aseguró, y por eso me invita a ir a su casa a jugar o a hacer juntas los deberes. También invita a Tania, a Lucía y a Vane. Antes invitaba siempre a Teresa, pero un día se enfadaron. El profesor de matemáticas nos hizo un concurso de cálculo mental, y cuando Silvia se lió al sumar ocho más siete más dos menos tres, Teresa levantó la mano y dio la respuesta correcta.
En el recreo, Silvia le dijo a gritos que la había puesto en ridículo dando la contestación buena justo después de que ella se hubiera equivocado, y que una amiga de verdad no se porta así, que debería haber hecho como que ella tampoco sabía el resultado. Teresa se echó a llorar y le pidió perdón, pero Silvia estaba como una furia y ni siquiera quiso escuchar sus explicaciones.
Yo pensé que se le pasaría, pero qué va. No volvió a invitar a Teresa a su casa y ni siquiera quiere juntarse con ella en el recreo. Tania, Lucía, Vane y yo nos quedamos un poco sorprendidas cuando Silvia nos dijo que teníamos que elegir entre Teresa y ella, que ahora eran enemigas y que nosotras no podíamos estar como si tal cosa con las dos. No es que Teresa no nos caiga bien, pero después de todo para Silvia fue un palo lo de perder el concurso de cálculo mental, y encima delante del profesor de matemáticas, que tanta manía les tiene a ella y a su padre. Por eso ahora Teresa tiene otras amigas, y nosotras seguimos siendo del grupo de Silvia.
Y es que con Silvia es mejor llevarse bien que llevarse mal. A Jorge, que tiene muchos granos, le puso el mote de «Carapaella», y ahora todo el mundo le llama así. Y el día que Carlota vino presumiendo de la cazadora nueva que le habían comprado, le echó las natillas del postre en uno de los bolsillos. Yo no digo que esté bien hacer eso, pero deberíais ver la cara que puso Carlota cuando se dio cuenta de que su cazadora estaba llena de crema pringosa. Toda la clase se rió. Como aquella vez que Toño estaba recitando una poesía que se había aprendido de memoria y Silvia hizo como que le daba la tos hasta que consiguió que perdiera el hilo. Toño empezó a tartamudear y luego se puso colorado como si estuviese a punto de explotarle la cabeza. Ya sé que es una faena, pero fue gracioso, vaya que sí. Porque con Silvia es imposible aburrirse. Es la chica más divertida de toda la clase, de todo el colegio. A veces creo que es la chica más divertida de todo el mundo. Hasta los profesores se dan cuenta de eso y todos —menos el de mates— están encantados con ella, y la felicitan por sus buenas notas y por todas sus gracias. Incluso cuando hace alguna trastada, cuando se porta regular, acaban acariciándole la cabeza de rizos oscuros y diciendo: «Es que a esta niña es imposible reñirla». Por eso cualquiera daría lo que fuese por ser amiga de Silvia, tan amiga como lo somos Tania, Lucía, Vane y yo.
Pero hace unas semanas pasó algo muy raro. Todo empezó cuando Irina llegó al colegio, a mitad de curso. A todos nos extrañó que apareciese una niña nueva en pleno mes de febrero, con las clases ya requeteempezadas, los sitios distribuidos, las listas hechas y hasta organizados los grupos para hacer los trabajos de clase. El primer día, la tutora presentó a Irina diciéndonos que venía de Bielorrusia, que sus padres habían llegado a Madrid hacía solo dos meses y que fuésemos simpáticos con ella.
En mi clase hay varios alumnos extranjeros, pero son todos de Sudamérica, menos dos de China y uno de Filipinas. Que Irina fuese de un lugar tan raro como Bielorrusia nos llamó mucho la atención, como también el que fuese tan rubia y con unos ojos rasgados de un raro color gris. Era más alta que nosotras, y tenía la piel muy blanca, como si nunca le hubiese dado el sol. A lo mejor es que casi no hay sol en Bielorrusia. Pero lo que más me sorprendió, a mí y a todos, fue lo bien que Irina hablaba español. La verdad, yo pensé que si solo llevaba unos meses en España, iba a chapurrear malamente, pero hablaba casi igual que nosotros. Durante el recreo, casi todos rodeamos a Irina, que nos explicó que hasta entonces había hablado ruso, y como es un idioma muy difícil, le resultaba muy sencillo aprender otras lenguas. Tenía una voz muy bonita, como si siempre estuviese cantando, y un acento muy gracioso. La verdad es que me cayó bien enseguida. Creo que nos cayó bien a todos, Irina.
Solo Silvia no pareció estar muy contenta con la llegada de la nueva alumna. Dijo que le parecía estirada y creída, y que tenía los ojos muy separados y demasiado rasgados.
—Parece un gato. Y tiene nombre de gato.
La verdad es que a mí Irina me parecía muy guapa, y sus ojos eran preciosos, con aquel gris tan raro. Y su nombre también me gustaba, Irina, porque sonaba como el de una princesa rusa. Pero no quise llevarle la contraria a Silvia.
—Y además, no me creo que tenga trece años. Pero si es altísima… y esas piernas tan largas y tan delgadas, como si fuese una cigüeña. Seguro que tiene quince y la han metido en nuestra clase para que pueda disimular y no parecer tan estúpida.
La siguiente sorpresa nos la llevamos en la hora después del recreo. Tocaba clase de inglés. Hasta entonces, Silvia había sido la primera de todo el grupo, porque llevaba dos veranos yendo a Inglaterra y pronunciaba muy bien. Pero resultó que Irina hablaba muchísimo mejor que ella, y la profesora dijo que su acento era impecable, que tenía un nivel muy superior al del resto de nosotros, y que le daba miedo que pudiese aburrirse en clase. Irina escuchó los elogios sonriendo con la cabeza baja. Silvia, por su parte, la miró con cara de pocos amigos. Estaba claro que la recién llegada le había quitado el primer puesto en la clase de inglés.
Irina no solo era buena en inglés, sino también en las otras asignaturas. El profesor de matemáticas se sorprendió al verla resolver un problema muy complicado en el que nos atascamos todos los demás, y en clase de música también nos dejó alucinados, porque Irina sabía solfeo y tocaba el piano.
Aquella tarde, al salir del colegio, fuimos a casa de Silvia a hacer los deberes. La asistenta de sus padres nos sirvió la merienda, unos bocadillos de jamón muy ricos y un pastel de nata para cada una, pero Silvia no comió casi nada. Estaba pálida y parecía de mal humor.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Vane.
—Nada. Bueno, sí. Es por la nueva.
—¿Irina? Parece simpática.
Silvia lanzó a Tania una mirada asesina.
—Pues a mí me ha parecido todo lo contrario. Una mosquita muerta, de esas que van de buenas, pero en cuanto te descuidas te la juegan. Es una sabihonda y una repipi que se cree superior a todos los demás.
Yo, la verdad, no sé de dónde había sacado Silvia semejante conclusión. Hasta entonces, Irina se había limitado a asistir a clase, contestar cuando le preguntaban y sonreír a todo el mundo.
—¿Os habéis fijado en su ropa? Parecía que se la hubieran regalado en la parroquia. Y ese pelo, tan claro y tan lacio, como la cola de una rata…
Irina tenía una melena preciosa, rubia y lisa, que le caía por la espalda. A mí me habría encantado tener un cabello como el suyo. En cuanto a la ropa, casi no me había fijado. En nuestra clase, y con la excepción de Silvia, todas llevábamos cosas más bien normalitas. Nuestros padres no tenían demasiado dinero, y a veces heredábamos ropa de nuestros hermanos mayores, o nos bajábamos las bastillas de las faldas de una temporada a otra.
—Yo no sé qué harán los otros, pero a mí no va a venir ninguna cría de un país estúpido a darme lecciones. Pero si ni siquiera sabe hablar castellano correctamente. ¿Os habéis fijado cómo pronuncia las erres? Si parece sacada de una película de espías. «Me llamo Irrina y vengo del extrranjerro y me crreo rnejorr que nadie».
Todas nos reímos, porque la verdad es que Silvia imitaba muy bien el acento de Irina. Pero yo sentí una cosa rara por la espalda, porque Silvia acababa de dejar claro que no quería que incluyésemos a Irina en el grupo de chicas con las que hablábamos en el recreo o en los intercambios de clase.
Al día siguiente, Silvia correspondió al saludo de Irina con una mueca de desprecio. Ella se quedó cortada, pero no hizo ningún comentario. Luego, en la clase de gimnasia, Irina volvió a dejarnos a todos con la boca abierta: al parecer, en su país formaba parte de un equipo de gimnasia rítmica, y sabía hacer ejercicios con las mazas, el aro y la cinta. Cuando la vimos doblarse sobre sí misma sin soltar el palo de la cinta y hacerla ondear por encima de su cabeza mientras daba un salto de varios metros y acababa haciendo un spagat, todos nos quedamos alucinados. Todos, menos Silvia, que fue la única que no aplaudió al final de la actuación.
En el comedor, algunos de los chicos felicitaron a Irina. Yo también habría querido acercarme para darle la enhorabuena, pero sabía que a Silvia no le iba a gustar, así que no lo hice. Pero, mientras nosotras cinco comíamos en una mesa, la mesa donde se había sentado Irina estaba rodeada de gente de clase, incluso de otros cursos, que querían conocer a nuestra nueva compañera y escuchar su bonito acento bielorruso. Muchos chicos se acercaban en plan simpático porque, por mucho que Silvia dijese lo de los ojos separados y el pelo de rata, Irina era una chica muy guapa, con su piel blanca y su melena dorada. Aunque hacía como que no, Silvia no le quitaba ojo, y me pareció que cada vez se ponía más y más rabiosa.
—¿Sabéis una cosa? —dijo de pronto—. Voy a dar una fiesta en mi casa.
—¿Por qué? Tu cumple no es hasta junio.
—Ya, pero tampoco hace falta ningún motivo especial para dar una fiesta. Habrá cosas estupendas para comer, música y… y juegos con premios. Unos premios que no os podéis ni imaginar. Y mi madre puede conseguir que vengan los niños de Los Serrano y los de Cuéntame.
—¡Venga ya! ¿Y cómo lo va a hacer?
—Pues porque conoce a los que hacen las series, y si se lo pide no le van a decir que no. Va a ser la mejor fiesta a la que hayáis ido en toda vuestra vida.
Ya sabéis cómo son las cosas en los colegios: las noticias vuelan enseguida. En menos de dos horas, casi todo el mundo sabía que Silvia Páez iba a hacer una fiesta con premios e invitados famosos, y no había nadie en todo el colegio que no quisiese asistir. Algunos hasta se acercaron a Silvia para pedirle una invitación. Y entonces ella soltó la bomba: la condición para ir a su fiesta era no ser uno de los amigos de Irina. No le caía bien, dijo, así que no pensaba invitar a la gente de su grupo. La verdad es que no me esperaba semejante cosa. Aunque, pensándolo bien, yo tampoco era amiga de Irina, así que aquello no era asunto mío.
Al día siguiente no quedaba nadie que no supiese lo que había que hacer para no perderse la fiesta de Silvia. Ningún chico se acercó a Irina en el intercambio de clase, ni tampoco a la hora del recreo, que pasó sola, comiendo un bocadillo en el banco del patio. Me dio pena verla allí, sin jugar con nadie, pero ¿qué iba a hacer yo? Después de todo, mi amiga era Silvia, y aunque no entendía por qué la había tomado precisamente con Irina, tampoco podía ayudar a una chica a la que apenas conocía y enfadar así a otra que siempre me invitaba a su casa, a sus fiestas y a su piscina.
Yo pensé que, una vez conseguido que Irina dejase de ser la chica más popular de la clase, Silvia se olvidaría de ella. Pero no fue así. Al día siguiente le escondió el bocadillo que se comía en el recreo, y hasta fingió ayudarla a buscarlo mientras los demás nos retorcíamos de risa viendo a Irina tan apurada y a Silvia haciéndose la buena. Luego, en la última hora, y cuando nadie se daba cuenta, le arrancó de la libreta la hoja en la que había hecho los problemas de matemáticas. Cuando el profesor le pidió la solución del primero, Irina no fue capaz de contestar.
—Vamos, Irina, no tenemos todo el día. ¿Cuánto te da?
—Profesorr… es que no encuentrro la página…
—¿Cómo que no la encuentras?
—Es que… no sé… estaba aquí… perro ya no está…
El profesor se impacientó.
—Mira, Irina, si se te han olvidado los deberes, no pasa nada… pero no me gusta que os inventéis cosas para escurrir el bulto. ¿Tienes la solución del problema o no?
—No…
En ese momento, Silvia levantó la mano y dio la respuesta correcta. La pobre Irina se quedó roja como un tomate, buscando todavía la hoja que solo yo había visto cómo Silvia arrancaba de su cuaderno de pastas azules.
La cosa no acabó allí. Al día siguiente, Silvia nos llamó a un rincón a la hora del recreo.
—Mirad lo que he hecho… Es una canción para Irina. Nos la tenemos que aprender todas, ¿vale? Y luego se la enseñamos a las otras chicas. La primera que se la aprenda, gana una invitación a mi fiesta. Dice así: «Irina, cochina, andas igual que una gallina, tontina, pollina…».
Nos reímos, pero creo que a ninguna nos pareció verdaderamente gracioso. ¿Por qué le habría cogido Silvia tanta manía a nuestra nueva compañera? En cuanto al resto de las chicas de la clase, se aprendieron la canción en un pispás, porque era muy fácil y porque todas querían ser invitadas a la dichosa fiesta.
No sé si Irina oyó la canción, pero creo que sí, porque tenía una cara cada vez más triste. Cuando salimos del colegio, ella se alejó sola hacia su casa, arrastrando los pies y andando muy despacio.
Durante un par de días, pareció que Silvia se había olvidado de Irina. Por lo menos, no le compuso canciones ni le estropeó los deberes. Eso sí, la chica de Bielorrusia pasaba sola todos los recreos, y ya nadie se acercaba a ella para comentar cosas de clase o preguntarle detalles sobre su país. Silvia había sido muy clara: los amigos de Irina no serían bienvenidos a la fiesta con famosos, juegos y premios.
Unos días más tarde, Irina llegó a clase un poco más animada que en los últimos días. Me fijé en que llevaba unos vaqueros nuevos, unos Levi's que le sentaban muy bien, en lugar de los pantalones más bien feos que lucía otros días. En clase de inglés, la profesora le pidió que explicase a los demás por qué estaba tan contenta, y ella nos contó entonces que había venido a verla su tío Nicolai, que vivía en Estados Unidos, y que le había traído de regalo los vaqueros que llevaba. Me alegré por Irina, por su tío y por los téjanos nuevos. Toda la clase sonrió, e incluso alguien comentó que sus pantalones eran muy bonitos y que seguro que ese modelo aún no lo vendían en España. Por un momento pensé que a partir de entonces las cosas se normalizarían y que, pasados los primeros tiempos, Silvia dejaría de tener manía a nuestra nueva compañera y podríamos ser todos amigos de ella.
La siguiente clase era de matemáticas. El profesor pidió a Irina que se levantase a resolver un problema que había escrito en la pizarra. Era un problema bastante fácil, e Irina encontró la solución en un periquete. Volvió a su sitio, muy seria, con la melena a la espalda, orgullosa de sus vaqueros y de ser tan buena alumna, y se sentó… y en unos segundos volvió a ponerse de pie con una cara muy rara. Cuando se levantó, todos pudimos ver una enorme mancha de color violeta en sus preciosos vaqueros americanos.
—Irina, ¿qué es lo que pasa? —preguntó el profesor al verla de pie.
Pero Irina no contestó. Solo se retorcía intentando ver el desaguisado.
—¡Irina! No me gustan las bromas.
—Prrofesorr… mis pantalones…
Y entonces se echó a llorar. Nos quedamos todos mudos y un poco alucinados. Todos menos Silvia, que llevaba en la cara una sonrisa muy suya. El de mates se acercó y pudo ver un boli descargado sobre la silla de Irina. Se había sentado encima sin darse cuenta.
—¿Y esto?
—No lo sé —Irina tenía la cara mojada por las lágrimas—, no es mío…
—¿De quién es este bolígrafo?
Silencio. El boli no era mío, desde luego. Todo el mundo siguió callado.
—O sea, que no es de nadie. Bueno, en ese caso me lo voy a guardar.
Irina seguía llorando, desconsolada, pensando, supongo, en sus vaqueros nuevos que acababan de estropearse. No tenía pañuelo, y las lágrimas le corrían por la cara.
—Irina, no te preocupes por los vaqueros —el profesor de mates, que siempre está tan serio, parecía disgustado—. Mira, mi mujer tiene una tintorería. Si me traes mañana los pantalones, ella podrá limpiarlos y no quedará ni rastro de la mancha.
—Grracias, prrofesorr…
Creo que nunca me dio tanta pena una persona como Irina dando las gracias al de matemáticas, con la voz entrecortada por las lágrimas y la cara llena de manchurrones.
A la hora del recreo, como siempre, Irina se quedó sola en clase, sin abrir siquiera el bocadillo que su madre le preparaba todos los días. Ya dicen que los disgustos quitan el hambre. Yo me fui, como siempre, a comerme mis galletas con Silvia y las otras.
—Bueno, ¿qué me decís de la cara de Irina cuándo vio manchados sus dichosos vaqueros? —era Silvia quien hablaba—. Parecía un pasmarote.
¿Un pasmarote? A mí solo me había parecido una pobre chica disgustada a quien acababan de estropear los únicos pantalones bonitos que tenía.
—Y el idiota de mates, diciéndole que su mujer se los iba a limpiar. Bah, me apuesto cualquier cosa a que no es capaz de quitar la mancha. La tinta de ese boli no se va tan fácilmente.
Me quedé helada.
—¿Era tuyo el boli?
—Pues claro. Pareces tonta.
—Pero ¿por qué has hecho eso?
—Pues porque Irina se estaba poniendo muy chulita con sus vaqueros. No sé lo que se ha creído esa idiota, pero ya le he bajado yo los humos definitivamente.
Y allí estaba Silvia, tan tranquila, comiéndose el sándwich de nocilla que se traía todas las mañanas, mientras la niña lloraba sola en un aula vacía por sus pantalones estropeados y porque, gracias a Silvia, no tenía ni un amigo. De pronto me di cuenta de que mi amiga no era tan guapa como yo pensaba, ni tampoco tan graciosa ni tan divertida. Era solo un mal bicho que disfrutaba haciéndoselo pasar mal a una pobre chica que ni siquiera se había metido con ella.
—Pero, Marga, ¿por qué pones esa cara? No se ha hundido el mundo ni nada por el estilo.
—Ya.
—Entonces, deja de incordiar y anímate. ¿Qué te vas a poner para la fiesta?
En un segundo se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Tantas, que ya casi no me acuerdo. Solo sé que Silvia había dejado de ser para mí la persona más interesante del mundo para convertirse de golpe y porrazo en alguien con quien no quería tener ningún trato.
—Yo no voy a ir a tu fiesta, Silvia. ¿Sabes por qué? Porque me parece que eres la peor persona de este colegio.
No esperé la respuesta. Me di la vuelta y me fui, alucinada conmigo misma por haber sido capaz de decir algo así a Silvia Páez, que tenía una casa estupenda, dos padres famosos… y muy mala idea.
Mi madre dice que tengo que hablar con los profesores. Que mi obligación es contarles lo del boli descargado, y lo de la página de los deberes que Silvia arrancó, y todas las otras cosas que hizo para que toda la clase pasara de Irina. La verdad es que no me hace mucha gracia. A nadie le gustan las chivatas, y yo no soy una soplona. Eso fue lo que le contesté a mi madre. Ella me dijo entonces que proteger a una chica indefensa como Irina no es chivarse, sino hacer justicia. Y que gracias a que hay gente como yo que confunde las cosas, las personas como Silvia sienten que pueden hacer lo que les dé la gana, incluso pisar y machacar a otros solo porque sí.
Todavía no he decidido lo que voy a hacer. Empiezo a pensar que lo correcto sería contar todo a los profesores o, al menos, al profesor de mates, pero me da miedo. No es fácil plantar cara a alguien que cae bien a todos, aunque uno se haya dado cuenta de que no es la persona maravillosa que los demás piensan. Mientras, Irina y yo pasamos juntas los recreos y los intercambios de clase, y ella me cuenta cosas de su país y me ayuda con los deberes de inglés. Ya no está tan triste. Y la mujer del profesor de matemáticas ha conseguido sacar la mancha azul de sus preciosos vaqueros nuevos.