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Las grandes empresas se articulan por departamentos. El consultor informático va saltando de uno a otro según es el capricho o la necesidad de Recursos Humanos —su nombre causa terror y cagalera entre los empleados, cual si fuera una especie de Gestapo, pero, en el fondo, sólo es otro departamento; muy poderoso y cruel, eso sí—. En la zona alta de la tabla de estas multinacionales existen unas mentes pensantes —entendemos que muy bien pagadas, pues su labor es de mucho gasto de neuronas— cuyo cometido consiste en modificar cada poco tiempo el árbol de departamentos que estructura la empresa. A su vez, se encargan de mover los nombres de los directivos y directores de una caja a otra y, lo más importante, cambiar el identificativo y siglas del departamento; además, si sobra tiempo, también modifican su actividad, alcanzando así la máxima excelencia en su importantísima tarea. De esta manera tan sencilla se consigue que el ingeniero o el programador nunca conozca a ciencia cierta quién es su responsable ni a qué departamento pertenece. Puede, con suerte, saber quiénes fueron los últimos, pero aventurar que sigan siéndolo a día de hoy es una aseveración por la que ninguno apostaría. Así, es casi imposible localizar en qué posición se encuentra un ingeniero dentro del organigrama de la empresa en un instante dado, exactamente igual que ocurre con los electrones de un átomo, si nos fiamos del Principio de Incertidumbre de Heisemberg, que como podemos ver es de obligada aplicación en la Naturaleza y en las empresas tecnológicas modernas. Hablo, por supuesto, de España.
Para el cuento que nos ocupa necesitamos un par de departamentos. Pongamos por ejemplo estos dos: “Estrategia, Comunicación y Primicias” y “Soluciones Duraderas a Terceros”. No crea el lector que los nombres están elegidos de manera gratuita. El primero de ellos, ECP, incluye la palabra “primicias” y, por eso mismo, estará formado por una plantilla de ingenieros salidos de la universidad hace pocos años, idealistas, con ganas de trabajar, aprender y prosperar, de comerse el mundo, de darlo todo. El segundo, SDT, tiene en su identificativo la palabra “duraderas” —poner viejo o fósil no parecía adecuado— y, como su propio nombre indica, se trata de un grupo veterano, que ha pasado por carros y carretas, que se las sabe todas, que está curado de espanto y que es consciente —por su experiencia— de que en este país y en este oficio no hay futuro. Pero no se crea el lector que nuestro primer departamento es tan ingenuo. Sus componentes ya han pasado por su primera subida de sueldo cero, por sus primeras horas extras no remuneradas, por un par de fines de semana de trabajo cobrados con una palmadita en la espalda y otras gentilezas y anécdotas divertidas que brinda este oficio a sus profesionales. Por tanto tenemos a un equipo joven, con intención de labrarse un futuro, que todavía no ha perdido la ilusión, pero que anda ya mosqueado con la —piensan que de momento— inexistente compensación a sus esfuerzos y entrega.
Como hablar de departamentos es muy frío vamos a buscarnos un protagonista ubicado en “Estrategia, Comunicación y Primicias”. Le llamaremos, por ejemplo, Marcio (que es nombre poco frecuente y, así, cualquier parecido con la realidad será coincidencia). Un buen día, nuestro consultor estaba trabajando tranquilamente cuando le llegó un correo cuyo emisor era el departamento de Recursos Humanos. Decía así:
Asunto: Cata de Clima
Correo de: RRHH
Para:
Felicidades, has sido seleccionado para una importante iniciativa que nos hará crecer humanamente como empresa.
Desde el Equipo de Gestión del Juicio queremos informarte de que estamos trabajando junto con la Dirección del Área de Gestión Humana en la Fase XXIII del Programa de Evolución de Capacidades, Convivencia y Trabajo en Equipo y has sido elegido para ser parte importante de él.
Analizar la satisfacción y sugerencias de los empleados nos permite identificar áreas de mejora. Necesitamos de vuestra colaboración para que el día a día en los departamentos de ADRIN Sistemas se adapte a vuestras necesidades, que son las de la empresa, y así alcanzar un mayor desarrollo.
Tu participación en esta encuesta es totalmente voluntaria y te tomará apenas 5 minutos. Es muy importante conocer tu verdadera opinión para poder dar utilidad real a los resultados obtenidos.
Además, la encuesta nos ayuda a renovar el certificado / : del Sistema de Excelencia Empresarial Europeo y Resto (SEEER).
TU OPINIÓN NOS AYUDA A MEJORAR. PARTICIPA. Responde al correo con la encuesta siguiente rellenada.
MUCHAS GRACIAS. RRHH.
—¿Os ha llegado un correo de Recursos Humanos con una encuesta? —preguntó Marcio a sus compañeros de los cubículos cercanos.
—No. ¿De qué va?
—Se llama “Cata de clima”. Es una encuesta de 25 preguntas que da pereza sólo verla.
Sus compañeros se arremolinaron entorno a Marcio.
—Mira qué bonito, con los colores corporativos y todo —dijo uno.
—Cuidado, es de Recursos Humanos… tus respuestas serán usadas para sabe Dios qué. Y no será para nada bueno —dijo el siempre inquietante Cabanillas.
—Pues yo a la tía de arriba, sea de Recursos Humanos o no, la ponía mirando a…
—Villafaina, no empieces —interrumpió Olga al pobre Villafaina, que podía ser un poco zafio a veces, pero siempre era sincero.
—¡Qué peligro! ¿Habéis leído las preguntas? “Mi jefe nos ayuda a encontrar soluciones a los problemas que nos surgen en el trabajo”, “la Dirección de la empresa practica con el ejemplo (sus acciones son coherentes con su discurso)”, “tengo confianza en las decisiones que toma la Dirección de mi empresa”, “Me siento orgulloso de trabajar en mi empresa”… Parece el catecismo.
—Y qué hay que contestar…
—El grado en que estás de acuerdo de uno a cinco, siendo uno que no estás nada de acuerdo y cinco que lo estás totalmente.
—Pues yo pondría cero en todas.
—Que no hay cero… Uno es lo mínimo.
—No es suficiente…
—Y habéis visto la número 10: “¿Cuánto es la mitad de 2 más 2?” Y, ojo, que también hay que responder en qué grado se está de acuerdo… Pero, ¿qué tipo de pregunta es esta? —dijo Marcio sin dar crédito.
—Pues para pillar, como el resto. No es obligatorio, ¿verdad? Pues a otra cosa, mariposa —dijo Sancho, que aunque no se apellidaba Panza, a veces le daba al refranero.
Y Marcio no respondió al correo. El 99,9% de los empleados elegidos al azar para esta encuesta hizo lo mismo. La semana siguiente llegó otro correo a los afortunados elegidos.
Asunto: Cata de Clima (Recordatorio)
Correo de: RRHH
Para:
Hola, te recordamos que estás invitado a participar en nuestra encuesta. En esta encuesta preguntamos a los trabajadores de ADRIN sobre cuestiones relacionadas con los departamentos y con la satisfacción en el trabajo en general.
Tu participación en esta encuesta es totalmente voluntaria y te tomará apenas 4 minutos. Por supuesto, las respuestas serán tratadas de forma anónima.
Además, recuerda que la encuesta es necesaria para renovar el certificado / : del Sistema de Excelencia Empresarial Europeo y Resto (SEEER).
TU OPINIÓN NOS AYUDA A MEJORAR. PARTICIPA. Responde al correo con la encuesta siguiente rellenada.
GRACIAS. RRHH.
—Otra vez me ha llegado un correo con lo de la cata de clima esa…
Los compañeros de Marcio se arremolinaron entorno a él, ocupando las mismas posiciones que la semana pasada.
—Mira, ahora se tarda cuatro minutos en hacer. Un minutillo menos. ¿Tiene menos preguntas?
—Pues no. Las mismas 25. Incluida esa de “¿Cuánto es la mitad de 2 más 2?” Pero en este caso han cambiado las posibles opciones a contestar. Ahora son estas: 2, 3 ó 1500.
Ninguno de los ingenieros quiso aventurar una respuesta. Ya se sabe que las preguntas trampa o te dejan en ridículo o te dan fama de sabelotodo. No obstante, la mitad de ellos se decantó por la respuesta correcta, 3; de la otra mitad, todos menos uno, cayeron en la trampa y pensaron que obviamente el cálculo daba como resultado 2. Y el que eligió la opción c, 1500, fue porque era de la opinión de que estadísticamente, en este tipo de cuestiones, lo que menos te esperas es siempre lo correcto, por disparatado que parezca a primera vista.
—Veamos, por ejemplo, las siguientes preguntas: “Mi trabajo me resulta interesante y motivador”, “me siento tratado de forma justa en esta empresa” o “recomiendo esta empresa como un buen lugar para trabajar a una persona cercana a mí”. —Calló Cabanillas un momento y puso su cara favorita de pensar, con los ojos mirando al techo y todo—. Mmm. Cuando le llegue a Recursos Humanos las respuestas a esto, ¿qué consecuencias puede tener? ¿Para qué van a usar esa información los malvados psicólogos que allí habitan? —inquietó con sus preguntas y en su ojo izquierdo hubo un destello.
Tras un minuto de silencio sepulcral, Marcio dijo:
—Anda, no inventes Cabanillas. Que has visto muchas películas. Además, dice que es confidencial y…
—Sí, sí. Fíate tú del diablo y no corras —remachó Sancho, haciendo uso de su afición refranera.
—No, tranquilos, si no voy a contestar. Que esto es voluntario.
—Mejor, porque fíate tú de las aguas mansas y verás…
—Oye, a parte del diablo y de las aguas mansas, de qué otras cosas no he de fiarme —quiso saber Marcio.
Tras la sorpresa de la pregunta, todos miraron al pobre Sancho y se pitorrearon un poco de él.
***
El resto de elegidos por ADRIN para tan importante misión actuaron igual que Marcio: Obviaron el correo. Pero al departamento emisor le sobraban las frases hechas —y las imágenes alargadas— como para rellenar todos los correos del mundo, así que volvió a la carga.
Asunto: Cata de Clima (2º Recordatorio)
Correo de: RRHH
Para:
Os recuerdo que el último día para participar en la encuesta es el 30 de Enero y, si no lo has hecho aún, nos gustaría recibir tus respuestas junto a tus sugerencias y comentarios.
Es por ello que os animamos a los que todavía no la habéis enviado, para que la enviéis antes del próximo viernes, y a los que ya la habéis enviado daros las gracias por vuestra colaboración.
Tu participación en esta encuesta es totalmente voluntaria y te tomará apenas 3 minutos. Las respuestas a la encuesta serán tratadas de manera estrictamente confidencial.
Además, recuerda que la encuesta es imprescindible para renovar el certificado / : del Sistema de Excelencia Empresarial Europeo y Resto (SEEER).
TU OPINIÓN NOS AYUDA A MEJORAR. PARTICIPA. Responde al correo con la encuesta siguiente rellenada.
GRACIAS. RRHH.
—¡Qué pesados! —exclamó Marcio en voz alta—. Otra vez la cata de clima de las narices.
Los compañeros de Marcio se arremolinaron en lo que se había convertido en una tradición semanal.
—Por lo menos ya se han dado cuenta que la pregunta de la mitad de 2 más 2 no era de este test y la han quitado.
—Es lo que tiene el copy/pega. A todos nos pasa.
—Y ¿cuál han puesto en su lugar?
—Mi jefe reconoce explícitamente el trabajo bien hecho en nuestro equipo.
—Pero esa ya estaba, ¿no?
—No —contestó Marcio tras una rápida revisión—. Hay otras parecidas.
—Pues yo creo que eso dos de la imagen están tan contentos porque acaban de…
—Villafaina, no empieces —interrumpió Olga al pobre Villafaina, que ya sabemos que era bastante sucio de mente, pero que por otro lado también era un excelente programador.
—Es patético que nos hagan perder el tiempo con esto —sentenció Sancho mientras volvía a su puesto, cosa que también hicieron los demás.
2
Pasaron unos días y la dirección general alertó a los directores de departamento de que de los mil seleccionados habían respondido cinco o seis y de manera harto pelota. Con carácter de urgencia, debían indicar a su porción de elegidos la necesidad de que rellenaran la encuesta. En ningún caso podían perder la certificación / : por la desidia de los empleados. Tenían que buscar argumentos que les motivaran de alguna manera, aunque no daban ejemplos de cómo, dejando así, para quién quisiera entenderlo, abierta la vía de la amenaza. El director de “Estrategia, Comunicación y Primicias” no era precisamente el rey de la imaginación y las estrategias —a pesar del nombre del departamento que dirigía— y, además, últimamente no era demasiado popular entre sus subordinados, cosa que se había ganado a pulso. De buena gana lo habría dejado correr, pero finalmente tuvo que intentar reconducir al único subordinado que tenía implicado en este asunto.
—Marcio, ¿tienes un momento? ¿Te pillo bien?
El organismo de nuestro héroe puso en funcionamiento todos sus sistemas de alerta. Nada bueno podía significar aquellas palabras educadas viniendo de una persona que no daba ni los buenos días cuando —siempre a partir de las diez de la mañana— aparecía por fin por la oficina.
—Sí, no hay problema. ¿Qué pasa?
El director hizo ademán de ir a su despacho y le invitó a seguirle. Entonces paró en seco y dijo:
—No, mejor te invito a un café y te cuento.
Las alarmas de Marcio empezaron a chillar como si fuera el fin del mundo.
—¿Vamos fuera? —preguntó nuestro héroe medio temblando, mientras echaba mano a su abrigo. La propuesta era tan excepcional que se arriesgó a aventurar que quizás se trataba de un café de bar. Todo un dispendio sin precedentes.
—No. Mejor nos tomamos uno de la máquina, que hace mucho frío fuera para andar saliendo a la calle…
Mientras caminaban por el pasillo no hablaron nada. Marcio no sabía qué pensar.
—¿Qué quieres? —preguntó el director cuando llegaron al cuarto de las máquinas de café.
—Un moccachino sabor avellana.
—Muy bien —dijo el director y empezó a buscar por sus bolsillos alguna moneda suelta. Tras un minucioso registro no encontró nada. Marcio se hizo el loco. El hombre siguió buscando hasta que sacó la cartera y, mostrando un billete de 50 euros, dijo—: Pues cuanto lo siento pero me temo que no tengo suelto…
—No te preocupes, ¿qué quieres? —dijo resignado nuestro consultor.
Una vez extraídos los cafés de 40 céntimos de euro y sentados en una mesa, el director fue al grano:
—Verás Marcio, en las últimas semanas has recibido unos correos con una encuesta, ¿es correcto?
—Eh... Sí.
El corazón de nuestro héroe fue poco a poco volviendo a su ritmo cardiaco normal.
—Que no has contestado, ¿verdad?
—Eh… Creo que al final lo dejé para después y me lie con… bueno, ya sabes cómo es esto —improvisó.
—Pues es muy importante, Marcio. La empresa se juega mucho con esto y total son cuatro preguntas y es anónimo.
El director miró fijamente a nuestro consultor. La cara de este era neutra, aunque también podía decir que algo que viene de Recursos Humanos raramente es sin una segunda intención oculta. Quizás no a corto plazo, pero…
—En fin, por favor, rellénalo. No sé cuál es tu miedo. Ya te digo que es por el bien de todos nosotros, de tus compañeros y de ti mismo. Es para mejorar, hombre. Cuando no se os pide opinión, mal; y cuando se os pide, pasáis.
Marcio seguía con su cara de póker. Si hubiera sido Sancho, en su cabeza habría aparecido la siguiente aseveración: “Habla chucho que no te escucho”.
—Venga que son dos minutos.
Tras el aventurero cálculo de tiempo de su jefe, nuestro héroe pensó que si dejaban macerar la encuesta un par de semanas más, el tiempo para hacerla habría bajado a los cero minutos y por tanto vendría completada ella sola.
—Bueno, luego busco el correo y lo relleno —dijo para que aquella conversación, que no iba a ningún lado, terminara. Por supuesto se olvidó de hacerlo.
***
Y pasó el día 30 de enero, viernes, y el número de respuestas a la encuesta no varió ni un ápice. Ningún director convenció a nadie. Ningún director se había ganado hasta ese punto la confianza o el respeto de sus dependientes. Y ningún director fue amonestado por ello.
El sábado 31 llegó un correo a todos los empleados de ADRIN Sistemas con carácter urgente.
Asunto: Control de Clima
Correo de: RRHH
Para:
A TODOS LOS PROFESIONALES DE ADRIN SISTEMAS
Desde el Equipo de Gestión del Juicio queremos informarte de que estamos trabajando junto con la Dirección del Área de Gestión Humana en la Fase XXIII del Programa de Evolución de Capacidades, Convivencia y Trabajo en Equipo.
Esta iniciativa está orientada únicamente a identificar áreas de mejora en el día a día de los departamentos de ADRIN Sistemas, de tal modo que se consigan adaptar a vuestras necesidades, que son las de la empresa, y así alcanzar un mayor desarrollo.
Conocerte mejor nos permite definir mejor las acciones correctoras que necesitamos, asignarte tareas en los que desarrollar tu potencial… Tu conocimiento y opinión es importante para aprovechar mejor las capacidades de la compañía, utilizar satisfactoriamente las sinergias existentes para seguir innovando, dar un mejor servicio al cliente. Eres tú y tus compañeros lo que nos hacéis únicos.
La participación en esta encuesta es obligatoria y te tomará apenas 10 minutos. Por supuesto, las respuestas serán tratadas de manera estrictamente confidencial.
Además, te informamos que esta iniciativa nos hará optar a renovar el certificado / : del Sistema de Excelencia Empresarial Europeo y Resto (SEEER).
Tenéis de plazo hasta el viernes 6 de febrero. Busca un hueco.
TU OPINIÓN NOS AYUDA A MEJORAR. Responde al correo con la encuesta siguiente rellenada.
En la intranet cuentas con más información. Y si tienes dudas, ponte en contacto con nosotros a través de usuarioencuesta@adrin.es.
MUCHAS GRACIAS. RRHH.
3
Lo del carácter obligatorio fue muy comentado en los descansos para el café y en los almuerzos de táper. Para “Soluciones Duraderas a Terceros”, más resabiados que otro departamentos, la forma en que se debía actuar en estos casos era muy clara. La experiencia es un grado, se dice. Los más expertos dictaron el comportamiento a seguir, igual que el Oráculo de Delfos.
—Las palabras claves de este correo son las siguientes: “obligatoria”, ”acciones correctoras” y “renovar certificado”. El resto es coba y/o mentira. Frases hechas. Copy/pegas de otros correos similares del lustro anterior.
—Esto ya lo hemos vivido más veces —informó Alpanseque.
—Pues ya sabéis, a poner que todo bien o muy bien y hasta el siguiente correo de estos que venga.
—Ya, pero eso no es cierto —protestó García, un joven recién llegado al departamento con, al menos, veinte años menos que cualquiera de los otros miembros—. Aquí hay cosas que mejorar. Además, si mentimos se dará por bueno lo que nos fastidia todo los días y…
—La empresa no quiere la verdad —sentenció Alpanseque con una solemnidad que no admitía dudas—, quiere el certificado.
Sus compañeros, menos García, asintieron con un leve movimiento de cabeza.
—Y si este año no lo consigue por culpa de algún departamento especialmente sincero, aplicará la correspondiente “acción correctora” para conseguirlo al año siguiente. Sin ese certificado seguramente se te cierra la oportunidad de optar a determinados contratos. Así que…
—Pero, eso de la acción correctora… Eso, ¿qué es? Y, además, en todo caso se la aplicarán al director y los gerentes que corresponda. Ellos son los que se supone que la están cagando en el departamento. Son los responsables —dijo García y, tras unos segundos de reflexión, añadió—: Además, cobran como tales.
—Te refieres a que son, a veces, irresponsables o inútiles o no saben dirigir un grupo de personas o un proyecto informático, por ejemplo —dijo alguno con un tono de obviedad muy marcado; como dando a entender que la conversación giraba en torno a perogrulladas del tipo “la lluvia cae de las nubes” .
—Claro, eso es lo que se pretende corregir con la encuesta esta, ¿no? Las preguntas son muy claras.
Todos los veteranos de “Soluciones Duraderas a Terceros” miraron a García con ternura y dejaron que se siguiera desahogando. Que soltara toda su indignación. Pobrecito, cuánto tenía que aprender. Qué lástima. Se miraron unos a los otros y, poniéndose de acuerdo casi de manera telepática, decidieron adoptar a García. Qué diablos, era buen chaval y escuchaba cuando se le hablaba. Sí, era tan ingenuo como lo eran ellos veinte años atrás, pero eso podía revertirse. García asimilaría mucho y bien gracias a su impagable tutorización. Y no tendría que aprender a hostias, como ellos.
***
Así que los departamentos “veteranos” rellenaron la encuesta para que saliera una media de entre 7 y 9 sobre 10. Y los jóvenes se hicieron los locos.
—Pero eso de que es obligatorio, ¿qué consecuencias tiene? —preguntaba Marcio a sus compañeros—. Quiero decir, si no lo rellenas ¿qué pasa?, el lunes vienen unos señores vestidos de negro y te llevan a la cárcel de ADRIN.
—Tú ríete y no te lo tomes en serio cuando Recursos Humanos te pide algo de manera obligatoria —dijo el siempre inquietante Cabanillas—. En la planta semisótano, cerca del comedor, por el pasillo hay muchas puertas que nadie sabe a dónde llevan. Podrían ser salas de interrogatorio, de tortura o cosas peores. Ahí dejo esta reflexión —culminó, permitiendo que su ojo izquierdo emitiera uno de sus irritantes destellos.
Las imposibles argumentaciones —o no— de Cabanillas no surtieron efecto y salvo él, nadie más rellenó la encuesta. Y el mismo camino siguieron la mitad de los empleados de la empresa.
***
El viernes 6 de febrero, fin de plazo, a las 23:43, el excelentísimo presidente de ADRIN Sistemas, dueño del destino de 48000 almas con sus familias, receptor de un millón de euros anuales en concepto de salario más variable —siendo este último uno de los misterios con más ceros de la empresa—, fue apercibido de este asunto, y, cogiendo las riendas, se dignó a mandar el siguiente correo sumarísimo, que no redactó él, a las miles de ovejas de su desobediente rebaño:
Asunto: Control de Clima
Correo de:
Para:
A TODOS LOS PROFESIONALES DE ADRIN SISTEMAS
Buenas noches,
Me gustaría haceros participes de la importancia que para nuestra dirección tiene la iniciativa “Control de clima”.
Me gustaría subrayar que ADRIN es un proyecto empresarial con capacidad para la proactividad y el aprovechamiento de las sinergias que generan valor en accionistas, clientes, socios y, en primer lugar, sus profesionales, que son su mayor activo.
Desde la dirección de ADRIN queremos transmitir que afrontamos este reto desde el máximo respeto a los profesionales y de manera estrictamente confidencial.
“Control de clima” va a acelerar el crecimiento de ADRIN y va a suponer una gran oportunidad para todos los que trabajamos aquí.
A los que ya habéis rellenado la encuesta, muchas gracias; y para los que no lo habéis hecho ampliamos el plazo hasta el lunes 9 de febrero improrrogable.
RELLÉNALA. ES OBLIGATORIO PORQUE ES TU FUTURO.
Un saludo y muchas gracias.
4
Ese fin de semana tocó trabajar en “Estrategia, Comunicación y Primicias”. Una mala planificación, un comercial que vendió algo imposible de hacerse, un gerente que informó de que había que realizar un trabajo a última hora aunque lo sabía desde hacía días, un director que se comprometió con un cliente a que “tal cosa” la tendría para el lunes, aunque estamos hablando de ello un viernes… Escoja el lector el pretexto que más le guste. O todos ellos. En este oficio podíamos rellenar folios enteros sobre las razones por las que se dispone de la vida y el tiempo libre de los programadores, pero, afortunadamente, el estudio de todas estas faltas de ética o de respeto no son el propósito de este cuento. Ya tendremos tiempo más adelante.
El domingo a las cuatro y media de la tarde el trabajo estaba hecho, así que un gerente llamó por teléfono al director del departamento. El llamado tardó en coger el móvil y también en reaccionar cuando escuchó a su interlocutor.
—Hola. No te habré despertado de la siesta —dijo el gerente, medio en broma, medio en serio.
—Eh… No, no. He tardado porque no encontraba el móvil —mintió el director, que un minuto antes andaba sumergido en el dulce sopor que a esa hora producen la despreocupación, la película sin ningún interés de la televisión y la digestión de una magnífica paella de marisco regada con un buen vino.
—Bueno, que hemos terminado. Nos vamos a comer, que todavía no lo hemos hecho.
—Muy bien. Felicita al equipo de mi parte —dijo, utilizando la frase hecha número 27 del manual de buenas prácticas del director de consultoría informática.
—Otra cosa. Mañana no vamos a venir. Estamos agotados, ¿vale?
Al director se le quitó la modorra que le quedaba de golpe.
—De ningún modo. Mañana el cliente va a entrar a probarlo desde primera hora y tenemos que estar por si falla algo o pide algún cambio…
—Pero es que llevan siete días seguidos trabajando y, además, se les dijo el viernes a las 12:30 lo de currar el fin de semana. Los ánimos están un poco encendidos y… —intentó razonar el gerente con su director, suavizando mucho los detalles.
—Pues que apaguen esos ánimos. Este trabajo es como es y ya deberían saberlo. Estas cosas nos vienen de oficio —sentenció el director, mientras se rascaba la barriga sentado cómodamente en el mejor sofá de su casa—. A veces hay picos de trabajo y hay que asumirlos. Díselo así.
—Ya pero…
—Y si no les gusta este argumento pues le das este otro, que pareces nuevo: “No os preocupéis que esto se os va a compensar”. Esa nunca falla —remató el director, utilizando la frase hecha número 132 del ya citado manual—. Venga, hasta mañana.
Y colgó dejando al gerente el papelón de transmitir que no habría —merecido— descanso y que mañana encadenarían su octavo día seguido de trabajo.
***
Pero ya dijimos que nuestro equipo era joven y todavía con esperanzas de que palabras del tipo “se os va a compensar” fueran ciertas. Así que llegaron el lunes a la oficina como muertos vivientes, algo irascibles y con la intención de dar servicio a cualquier contingencia referida a su trabajo del fin de semana, pero nada más. Su código, a pesar del cansancio, había sido bueno y las funcionalidades implementadas pasaron las pruebas de usuario satisfactoriamente. El director recibió un correo del cliente dándole este visto bueno.
—Chavales, ¡buen trabajo! —dijo el director saliendo de su despacho—. Las pruebas han sido un éxito. Estoy muy orgulloso. Sois los mejores.
La concurrencia le miraba con odio contenido. Sólo les faltaba decir «acaso, pedazo de cabrón, dudabas de nuestra aplicación después de todo lo que hemos trabajado».
—Bueno, tomaros la tarde libre que bien que os lo habéis ganado —concedió el director, obviando las miradas y haciendo ver que cuando se podía era el más generoso de los hombres.
Nadie dio las gracias. No había por qué darlas. Se levantaron para ponerse el abrigo y, de repente, fueron interrumpidos por su superior.
—Pero antes de marcharos rellenar en cinco minutos la encuesta de “Control de clima”. Hoy es el último día. Venga y os marcháis. Me ponéis en copia.
Y sin esperar ninguna reacción se metió raudo en su despacho cual sabandija.
«No me lo puedo creer», «será posible», «esto es increíble» y una decena más de murmuraciones fueron audibles acto seguido. El enfado era general.
—Bueno, y qué pasa si me voy —dijo uno.
—Pues que saldrá a buscarte. Mírale, atento al correo para ver cómo le llegan nuestras respuestas. Le ha faltado poner un portero en la puerta.
—Esto parece el colegio.
—Yo lo voy a rellenar y me voy. No pienso ni leer las preguntas, a voleo.
—Pues yo sí pienso leerlas y voy a poner la verdad. Que se enteren de lo mal que lo hacen. Me tienen ya hasta los huevos.
—Es que parece que se ríen de nosotros. Por ejemplo, la pregunta 12: en esta empresa se facilita la conciliación de la vida laboral y personal. Respuesta: cero.
—Que no hay cero… Uno es lo mínimo.
—No es suficiente…
—Tened cuidado que esto es para Recursos Humanos. Y la Dirección General ando por medio.
—Y ¿qué van a hacer? Si todos decimos lo que realmente pensamos ¿qué va a pasar? ¿Nos van a echar a todos? ¿Nos van a dar un azote en el culo? ¿Cincuenta latigazos?
—Anda, calla de una vez, rellénalo y vámonos.
Cansancio, enfado, indignación, ganas de marcharse, todo junto no podía formar un coctel más explosivo. Aquella fue una encuesta sincera, realista y que en manos de quién pretende saber la verdad para tomar medidas hubiera sido una buenísima herramienta. Pero este no era el caso. En realidad, en estas empresas, nunca lo es.
5
El lunes siguiente llegaron 21 correos, tantos como gramos perdemos cuando morimos, al departamento. Eran exactamente iguales e iban dirigidos a todos los miembros de “Estrategia, Comunicación y Primicias”, salvo el director y gerentes.
Asunto: III Jornadas de Convivencia y Proximidad de ADRIN
Correo de: RRHH
Para:
El próximo fin de semana se celebran las III Jornadas de Convivencia y Proximidad de ADRIN y este año has sido agraciado tú para participar.
Como en otras ocasiones, la idea es pasar un estupendo fin de semana con tus compañeros en el Albergue de Montaña del Puerto de Darracevana, donde tendrás todos tus gastos pagados y te propondremos un programa de actividades súper divertidas.
Descubre todo esto y más en el documento adjunto.
Organízate con tus compañeros para llegar el viernes. Te esperamos a comer a las 15:00 horas.
Si no puedes asistir, persónate en Negro 5, RRHH, con el justificante o motivo de la no asistencia. La no asistencia no justificada implica repercutir el coste del hotel y la actividad directamente al proyecto.
NO TIENES EXCUSA. ¡LO PASAREMOS BIEN!
Un saludo y felicidades.
ADRIN Sistemas. Uniendo intereses, vocaciones y personas.
—Pero esto, ¿no será obligatorio? —preguntó Marcio a alguno de sus compañeros con los que tomaba café en ese momento.
—Yo ya no sé qué pensar —confesó el siempre inquietante Cabanillas.
—Pero imagínate que tienes una boda o algo así este fin de semana.
—Pues llevas a Recursos Humanos un justificante firmado por el cura —dijo Olga entre risas, más nerviosas que alegres.
—El caso es que nos tienen agarrados por los huevos, porque si no vas sin justificación, el gasto se lo pasan al proyecto y estos son capaces de quitártelo del sueldo —terció Villafaina.
—Eso no lo pueden hacer —sentenció Marcio con no demasiada convicción.
En ese instante entró en la sala de descanso un compañero de nuestro consultor de un proyecto anterior. Aunque sólo había estado tres meses trabajando con él, habían hecho buenas migas. Era un señor muy sabio, amable y que daba siempre buenos consejos.
—Hombre, Alpanseque, tú por aquí.
—Hombre Marcio… Cuánto tiempo…
—¿Estás ahora en este edificio?
—Sí, pero no en esta planta. Lo que pasa es que vengo de una reunión en la sala de aquí al lado. Mi puesto está en Colorado 0. Bueno, y qué cuentas —dijo mientras echaba monedas en la máquina para sacarse un café.
—Pues nada, que este fin de semana tenemos que ir a la Sierra a unas jornadas de no sé qué…
—Ah sí. He oído hablar de ello —dijo mientras extraía el café del habitáculo de preparación—. Pero eso te pasa por pardillo.
—¿Cómo dices?
—No te ofendas hombre, ¿qué contestaste en la encuesta esa de la semana pasada, la del tiempo?
—¿Cuál?
—No, el tiempo no… La del clima, “control de clima” creo que se llamaba.
—Pues…
—Pues eso, si respondiste la verdad la has cagado. Cómo decía en el primer correo… Espera que lo busco. —Alpanseque sacó su móvil corporativo del bolsillo y empezó a darle a la pantalla hasta que encontró el correo que buscaba—. Esto es: “Conocerte mejor nos permite definir mejor las acciones correctoras que necesitamos”.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que ya os conocen mejor, lo que saben no les gusta y este fin de semana os van a aplicar una buena “acción correctora”.
Cabanillas, que había estado atento a la conversación, no pudo evitar en ese instante que su ojo izquierdo destellara.
6
El penúltimo viernes de febrero Marcio y sus compañeros se acoplaron en cinco coches a eso de las dos de la tarde. El director se despidió de ellos recordándoles la suerte que tenían y que, además, se iban una hora antes.
—Será cabrón. Que qué suerte tenemos —dijo Marcio desde el asiento trasero donde iba situado.
—Menuda suerte, él a su casita y nosotros a esta mierda —remachó el conductor.
—Además hace un frío de cojones.
—Las previsiones dan nieve para este fin de semana, así que...
En cincuenta minutos llegaron al Albergue de Montaña del Puerto de Darracevana. Se trataba de un edificio cuadrado acabado en un curioso tejado en punta. El lugar era bonito pero el frío cortaba la respiración. Rodeando al albergue había poca cosa: una cafetería subiendo por la carretera, un restaurante enfrente con pinta de llevar abandonado muchos años, tiendas de alquiler de forfait o para contratar clases de esquí —cerradas, ya que no había nieve—, varios caminos que llevaban hasta las pistas de esquí o al comienzo de rutas para hacer senderismo y las taquillas y cabina de un telesilla que te subía a una cima cercana llamada el Globo del Cosmos.
Aparcaron enfrente de la puerta, al otro lado de la carretera. Sacaron las maletas ateridos de frío, ya que llevaban puesta la ropa propia de estar en la oficina, zapatos de vestir incluidos. Corriendo entraron por el pasillo lateral en forma de ele del edificio, que rodea el comedor del complejo, y que da a la puerta de entrada y a recepción. El bofetón de calor al pasar al interior casi les rompe igual que a un cristal.
Una amable joven les recibió, les preguntó si eran de ADRIN y les repartió llaves y el programa de actividades del fin de semana. Les invitó a que dejaran la maleta en la habitación y bajaran rápidamente a almorzar. La cocina cerraba en media hora.
Marcio subió por las escaleras hasta el tercer piso. El ascensor estaba saturado o no funcionaba. Entró en la habitación más austera que recordaba: una cama vieja, una mesa y una silla. Parecía la celda de un convento de clausura, sólo faltaba un crucifijo y un reclinatorio. Las paredes necesitaban ser pintadas con urgencia. No había ni una mísera televisión; ni siquiera un cuadro en una pared. La pieza se completaba con un par de ventanucos en un lateral y la puerta de un baño bastante pequeño. Sin pensarlo demasiado, dejó la maleta encima de la cama, se quitó el jersey —el calor era insano— y bajó al comedor. Se encontró con un autoservicio. Dos primeros y dos segundos a elegir. De postre manzana o yogurt. De beber jarra de agua, botellín de vino y gaseosa. Aquello era de una marcialidad espantosa. Como para salir corriendo.
Nuestro consultor dejó su bandeja en la mesa alargada que ocupaban sus compañeros. Observó que había otro grupo de gente de parecida edad. No conocía a ninguno pero daba la sensación de que estaban allí por el mismo motivo que ellos. Entonces, al final de la mesa de sus vecinos, vio a una chica que le era muy familiar. Una chica con una larga melena que empezaba siendo morena y en su parte final era de color castaño. Una chica con la mandíbula muy definida y la expresión muy marcada, sobre todo cuando sonreía, cosa que hacía con frecuencia. Una chica con unos ojos del mismo color que el final de su cabello. Una chica con un cuerpo en apariencia bonito, armonioso, con curvas pero sin exageraciones. Una chica que conocía de toda la vida, pero que ahora no conseguía recordar quién era.
—Se podrían haber gastado un poco más de pasta y habernos llevado a otro sitio. Esto es incomible.
—Supongo que los esquiadores vienen a esquiar y no miran mucho el lujo del hotel.
—O suben desde la ciudad, esquían y se vuelven a casa. Que total es una hora de viaje.
—Pues más abajo, a la que subíamos he visto un hotelillo que tenía buena pinta. El Gamo o algo así se llamaba. Hotel-Spa, ponía en la puerta. Ya podían habernos hospedado allí…
—¡Dios santo! —exclamó Cabanillas al probar el vino—. Esto es anticongelante del bueno. Seguro que con la compra de tres botellas de este vino te regalan otras tres de gaseosa.
—En fin, yo me he olido la tostada y me he cogido el san Jacabo, que al fin y al cabo es un producto congelado y sólo hay que freírlo…
—Y, ¿qué tal está?
—Pues se deja comer… No sé, quita el hambre… está caliente por fuera y helado por dentro…
—¿Habéis visto el panfleto que nos han dado al llegar? —preguntó Sancho, intentando que sus mentes trabajaran en otra cosa mientras deglutían aquel espanto.
—Pues no.
—Mañana por la mañana tenemos una historia que se llama “Actitud efectiva” y por la tarde “Juegos de confraternización”. Y el domingo por la mañana no sé qué otra cosa.
—Y ponía en qué consiste cada una de esas actividades.
—No. Sólo horario y sala. Vamos, toda la mañana y toda la tarde.
—Y ¿nos dejan salir a mear?
—No sé. No consta.
—Parece que en vez de trabajar en una empresa formamos parte de una secta.
—Y esta tarde, ¿qué hay?
—Nada. Como hemos currado por la mañana debe ser que nos dejan un poco de esparcimiento.
—Qué majos son. Y luego os quejáis.
***
Acabado el magro refrigerio, nuestro protagonista subió a su habitación, se lavó y cambió de ropa. Como aquel espacio le deprimía bastante, decidió revisar las instalaciones del albergue. No vio apenas gente en su reconocimiento. Al parecer sólo estaban alojados los dos grupos del comedor. El edificio parecía una cápsula del tiempo, como si no hubiera cambiado nada desde los años sesenta del siglo pasado y se hubieran hecho pocas o ninguna reforma o mantenimiento. Recorriendo la planta semisótano descubrió una puerta que ponía “Sauna”. Le pareció raro una instalación de este tipo entre tanta austeridad y marcialidad. La puerta estaba abierta así que entro y, efectivamente, había unos vestidores, unos lavabos, duchas y una puerta con una ventanita que daba acceso al tradicional habitáculo forrado de madera que viene siendo una sauna. No se lo pensó dos veces: «esta noche, sesión de sauna».
Fue a recepción a enterarse de si la instalación que acababa de descubrir estaba operativa. La recepcionista le puso cara de malos amigos en cuanto refirió el tema. Su expresión venía a decir «vaya, otro tonto que se ha enterado que aquí tenemos sauna. Ahora tendré que prepararla, con lo a gusto que estoy aquí sin hacer nada». Sea como fuere, Marcio pactó con la recepcionista que acudiría a la sauna a eso de las diez de la noche. Entonces se dio la vuelta y se encontró, frente a frente, prácticamente tocándose, con la preciosa chica de pelo bicolor.
—Eh… Hola, ¿qué tal? —dijo, porque era imposible no decir nada teniéndola tan cerca.
—Pues remal. No hay agua caliente en mi departamento. ¿Te podés creer?
Apartó a Marcio con intención de reclamar a la recepcionista, pero antes, cogiéndole del brazo, le dijo:
—¿Tenés prisa? Tengo que platicar con vos.
Nuestro consultor no daba crédito. ¿Argentina? Ni ahora ni nunca había conocido a nadie del país de los Andes. Mientras forcejeaba con la recepcionista, Marcio no paraba de observarla. ¿De qué la conocía? Y con independencia de eso, qué guapa, qué pelo, qué mirada, qué cuerpo, qué bien olía…
—¿Nos conocemos? —preguntó Marcio cuando ella terminó con sus quejas.
—No creo. Recién coincidimos acá, en el comedor.
—¿Eres de ADRIN?
La mujer parpadeó dos veces.
—Yo soy de Buenos Aires, de La Boca —soltó simulando un gesto indignado y orgulloso.
—No, si ya se nota —dijo Marcio con una sonrisa.
—Y vos sos madrileño —afirmó, no preguntó—. Aunque no lo creas, boludo, también se nota… Y ¿qué hacés acá?
—Eh… Pues como tú supongo…. Estoy por lo del Control de Clima. Tú igual, ¿no?
—Eso parece. Pero pará, ¿querés tomar café? —y sin esperar una respuesta se dirigió como un rayo a la recepcionista—. ¿Tenés cafetería en este quilombo?
—No. Bueno sí, pero ahora está cerrada.
—¿Y cuándo abre? ¿Para la fiesta de la Cochabamba? Pero que reputa madr…
—Subiendo por la carretera está Venta Ariel —informó la recepcionista, intentando acabar con aquello.
—Nomás en diez minutos acá con la campera, ¿ok? —preguntó, casi ordenó, la argentina obviando a su interlocutora de hacía un segundo.
—Eh… De Acuerdo.
—Dale.
—Sí, pero, un momento. ¿Cómo te llamas? —consiguió decir nuestro protagonista, totalmente alucinado.
—Martina, y vos ¿cómo os llamás?
—Marcio.
—Ah, Marcio, que relindo. Tú también tenés la Mar en el nombre, como yo.
Y la bellísima mujer le acarició la cara, ladeó la cabeza y puso una sonrisa capaz de fulminar de felicidad a cualquier hombre. Un segundo después —para Marcio, varios minutos— se dio la vuelta y se deslizó como el rayo hacia su habitación.
***
Nuestro consultor iba como en una nube mientras subía las escaleras. Ascendió sus tres pisos sin experimentar el menor cansancio. Cuando entró en su ascética habitación, le pareció la estancia de un palacio oriental. Se puso el abrigo, cogió el gorro y los guantes y bajó casi levitando. Llegó al vestíbulo dos minutos antes y en ese momento apareció Martina. «Encima puntual», pensó Marcio. Se enfundaron el gorro y los guantes. El de la mujer era el tradicional que asociamos a los rusos. Era de color negro con una insignia en medio representando el escudo con el águila bicéfala de este país. Completaba el conjunto con un mono de esquí rojo con dos bandas blancas que recorrían su cuerpo por cada costado. Era la perfecta protagonista de una vieja película de James Bond. Nunca se había visto una rusa iberoamericana más guapa.
Cuando salieron al exterior descubrieron que no hacía tanto frío como cuando habían llegado, aunque seguro que seguían bajo cero. El cielo estaba muy nublado y el viento cortaba cualquier resquicio de piel que tuvieras al descubierto. No había acera así que fueron en fila india subiendo por la linde de la carretera hasta la cafetería. Encima de la puerta del establecimiento había un luminoso donde se mostraba cierta información, incluida la temperatura. Menos ocho grados. No hacía ese frío de ninguna manera. El termómetro estaba averiado. La argentina se paró a acariciar a dos husky siberianos que esperaban a sus dueños atados a la barandilla de la escalera. Los animales agradecieron el gesto lamiendo la mano de la mujer e intentando apoyar una de sus patas delanteras en el brazo que les acariciaba. «Encima cariñosa con los animales», pensó Marcio. Entraron. Había una especie de vestíbulo para despojarse un poco de la ropa y luego otra puerta que daba a la barra y las mesas. Martina se desabrochó en parte su traje de esquiadora. De ahí dentro salió el perfume de una colonia de muchos euros. «Encima no parece llevar nada debajo», pensó Marcio.
—¿Qué quieres? —preguntó cortés nuestro consultor.
—Café con leche. Muy caliente.
Ella se sentó en una mesa junto a una ventana y él fue a la barra. Pidió las consumiciones. Dos guardias civiles hablaban de que iba a caer la del siglo y que los quitanieves ya estaban subiendo el puerto. Marcio no tenía la cabeza para previsiones beneméritas así que pagó y se llevó los cafés a la mesa.
—Pero de verdad que no nos conocemos…
—Me acordaría, ¿no crees, boludo?
—Tú no estás en la sede central, ¿verdad?
—Che, no hablemos de laburo —exigió, y después cambió de tema con una de sus maneras desconcertantes—: Vos dónde te escondés que no te había visto.
Y le miró a los ojos, se inclinó sobre la mesa y completó sus movimientos con una de sus sonrisas demoledoras. Marcio se refugió en la taza de café, sin saber qué decir. Entonces escucharon un leve golpe en el cristal. Uno de los haskis se había aupado sobre sus dos patas delanteras y miraba la escena por la ventana, empañando el cristal con su respiración. Con la lengua fuera parecía sonreír.
—Mirá. A este macanudo también le tengo hechizado —dijo y rieron los dos. «Encima ríe como un ángel», pensó Marcio.
Al poco empezó a nevar. Los dos se terminaron el café y se pusieron rápidamente en camino hacia el albergue antes de que la nevada arreciara. Una vez allí la mujer dijo una excusa y se despidió hasta la cena. Marcio se pasó el resto de la tarde devanándose los sesos. No daba con la razón por lo que le era tan familiar aquella mujer. Como si la conociera de toda la vida.
***
En la cena cada uno de los dos grupos de ADRIN se sentó del mismo modo que en el almuerzo. Cuando entró en el comedor Marcio, Martina ya estaba allí. Le guiñó un ojo en la distancia y se sentó en su sitio.
—Oye, este pescado, ¿no huele mal? —dijo el siempre inquietante Cabanillas.
—Uf, es verdad. Qué asco.
—Pues a mí me parece que está bueno —dijo Olga, comiéndose la pieza más grande de todos los platos.
—Qué estómago tienes.
—¿Qué insinúas?
—Nada. Yo esto no me lo como. Que me den otra cosa —dijo Cabanillas.
Se levantó y le siguieron todos menos Olga. Indicaron el problema de buenos modos pero los camareros no parecían estar de acuerdo. De la petición se pasó al grito y el segundo grupo de ADRIN, que también había notado la comida en mal estado, se levantó con sus platos portadores de un el pez maloliente. Olga siguió comiendo su pescado a buen ritmo. Marcio basculó hacia Martina.
—Qué asco, ¿no?
—Che, nos metieron en una pocilga. ¡Qué bárbaro!
—Sí, es como un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial…
—De la época parece. Esperemos que tengan otra cosa en la heladera.
Tras muchos gritos, amenazas de rellenado de hojas de reclamaciones —que no tenían— y llamadas a la policía —que entre la nevada que estaba cayendo y la pereza, nunca hubieran subido desde el pueblo—, los cocineros rescataron unos sacos de piezas de pollo a la villaroy congelados, que ofrecieron. Los ingenieros concedieron y las freidoras industriales con su aceite mil veces recalentado se pusieron a freír. Olga se comió también su trozo de pollo con bechamel. El más quemado de todos.
Cuando se terminó la cena Martina ya se había ido. Lo hizo de manera silenciosa, sin que nadie notara su ausencia. Pero Marcio se percató nada más dejar su bandeja vacía en el armario para tal fin. A continuación la buscó por todo el albergue pero no dio con ella. Resignado entró en su espartana habitación, cogió las chanclas, el traje de baño y la toalla y se encaminó a la sauna.
Con cierta fatalidad, Marcio entró en el vestidor. Se desnudó, se puso el bañador y se dio una ducha. Ya más relajado, abrió la puerta de la sauna y entró.
El perfume de Martina, que Marcio ya nunca olvidaría, invadía el ambiente caluroso y acogedor.
—Hola guapo.
Nuestro héroe se quedó petrificado al ver a la argentina. Sentada justo enfrente, estaba envuelta en una toalla blanca que dejaba al descubierto hombros, brazos y piernas. En la cabeza llevaba otra toalla a modo de turbante, lo que permitía admirar su finísimo cuello; un lugar donde refugiarse y perder la noción del tiempo.
—¿Qué haces aquí?
—Escuché esta tarde lo que platicabas con la conchuda de la recepcionista. ¿Querés que me marche?
—No. Claro que no.
—Entonces vení. Acá, a mi lado.
Marcio obedeció encantado.
—Te ves muy lindo en bañador —dijo y, apoyándose en la rodilla de nuestro consultor, se levantó y se dirigió hacia el regulador digital de la sauna. Se sujetó la toalla a la altura del pecho, pero la parte de atrás de su cuerpo quedó al descubierto. Sólo vestía un tanga. Ínfimo. Andaba de puntillas, tensando los músculos de sus piernas. Apagó la sauna.
—Che, en esta sauna no vamos a necesitar calor adicional para quemar toxinas. ¿Vos estás de acuerdo? —preguntó, mientras se daba la vuelta y dejaba caer la toalla con todo la intención.
—Eh… Eh…
—Mejor no digas pavadas. Cállate —ordenó poniendo su dedo índice en la boca de nuestro héroe—. Anda, querés quitarme la bombacha…
Marcio cumplió solícito esta y las demás peticiones de la argentina.
7
Nevó durante toda la noche pero de forma moderada. Los quitanieves hicieron su trabajo y la carretera era practicable sin necesidad de usar cadenas. El cielo seguía encapotado. Marcio abrió la ventana de su cuartucho en cuanto despertó. Eran las siete de la mañana. La potente calefacción del albergue había saltado de forma automática dos horas antes y media hora después empezó a sudar en la cama, a pesar de dormir tan sólo con la ropa interior. De esta guisa se asomó al exterior y admiró toda la montaña nevada, el silencio, la calma; y respiró hondo el aire helado y limpio. ¡Qué bien se sentía! Sería por el impresionante paisaje que le rodeaba o por la, también impresionante, mujer que tenía metida en la cabeza. O ambas cosas. Seguía con la intriga de por qué la conocía, pero en el fondo, ya le daba igual.
Martina no bajó a desayunar y a las nueve de la mañana empezaba la primera de las actividades con que ADRIN regalaba a sus empleados. Cada departamento estaba convocado en una sala distinta, así que Marcio no coincidió en toda la mañana con la argentina.
Los miembros de “Estrategia, Comunicación y Primicias” se acomodaron alrededor de un conjunto de mesas situadas en forma de rectángulo. Disponían de un botellín de agua, cuaderno con el logotipo de ADRIN y bolígrafo negro corporativo. No tocaron nada del material porque estaban medio dormidos y con pocas ganas de hablar. Aun así alguien dijo.
—Esto de madrugar en sábado siempre es mala idea…
Todos asintieron de manera maquinal murmurando en idiomas desconocidos.
—Anda, ¿y Olga?
—Es verdad, no está. Con todo lo que cenó seguramente está hibernando es su habitación.
—Mientras el pescado no le sentara mal.
—A “Estómago de Hierro Olga”, no creo…
En ese momento entró un hombre delgado y sonriente. Vestía traje y corbata y parecía sacado de un anuncio de una firma de alta costura. Se presentó y comentó un poco de su biografía laboral. Ahora pertenecía a Recursos Humanos de ADRIN, pero antes había estado trabajando para la segunda empresa eléctrica del país y después se incorporó a un proyecto para una editorial egipcia; en concreto le tocó trabajar en la ciudad de El Cairo un año. Este último dato, fuera verdad o mentira, hizo que captara la atención de los presentes. Aprovechó para felicitar a todos por estar allí y después pidió a cada uno que se presentara y hablara un poco de su carrera profesional. «Para poder orientar mejor las actividades de esta mañana», dijo.
—Vais a salir de aquí siendo otros. Fuera negatividad. Dentro de unas horas pensaréis de manera más positiva. Seréis más felices, porque os voy a enseñar todas las técnicas para tener una “actitud efectiva” y, en consecuencia, tener éxito. Qué bien, ¿no?
Intentando disimular, se miraron unos a otros alucinados.
—A ver, tú. Te llamabas Marcio, ¿verdad? ¿En qué grado piensas que influye la actitud en el trabajo?
—Pues mucho —dijo por decir algo.
—Efectivamente —asintió el orador—. Es fundamental tener una buena actitud. Es mucho mejor trabajar con ilusión y esperanza, ¿no creéis? Con un estado de ánimo positivo, las personas organizamos de forma distinta la información en la memoria. Trabajar con ilusión y satisfacción facilita el reconocimiento de los compañeros y clientes. Ilusión, integridad, honradez y coherencia. Cuatro pilares. Veamos —dijo y volvió a mirar a Marcio, seguramente porque del grupo era el único con una expresión de felicidad en la cara, claro que aquella “actitud efectiva” no era por la ilusión y la alegría que le producía su actual trabajo; más bien tenía que ver con ciertos asuntos porteños recientes—, para tener una actitud positiva en el trabajo, para motivarse, lo realmente importante es que exista un ambiente de trabajo positivo, que tengamos todos una actitud emprendedora y proactiva que permita conseguir los mejores resultados; la ilusión, la perseverancia, la unión frente a objetivos comunes y la satisfacción de conseguirlo… Esto es lo que nos realiza en el trabajo. ¿Estás de acuerdo? Piensas que es lo más importante…
Marcio sacó de su cabeza aquello que ocupaba sus pensamientos y acto seguido intentó zafarse de tanta frase hecha y perogrullada. Con esfuerzo, volvió a la realidad y expresó lo que piensa cualquier trabajador:
—Eh… Bueno, todo eso que has dicho no está mal, pero la realidad es que todos venimos a trabajar a cambio de dinero. Supongo que tú también…
Todas las personas sentadas asistieron con la cabeza intentando salir de su apatía.
—Quiero decir, eso que comentas ayuda y está muy bien, pero lo que verdaderamente crea satisfacción es saber que tu esfuerzo se va a traducir en dinero. Puede parecer materialista pero es que trabajamos para vivir y no al revés. Y pretendemos que nuestro trabajo, por duro que sea, nos permita vivir mejor cuando no estamos en él. Que nos permita prosperar. Es de cajón, ¿no? La luz, la hipoteca, el coche, los hijos y los viajes al Caribe no se pagan con ilusión y…—. Calló un segundo intentando recordar alguna de las futilidades varias que acababan de escuchar, pero fue inútil, así que terminó con lo siguiente—: Y las otras cosas que has dicho.
Silencio y aprobación. Veinte pares de ojos mirando fijamente al hombre con corbata. No hubo problema. Estaba entrenado para salir de situaciones incómodas como esta, así que respondió con un argumento aprendido y practicado en sus días de formación a formadores.
—Sí claro, pero no debes descartar tan rápidamente cosas como “el estado de ánimo positivo” o “la ilusión dentro del entorno laboral”, vamos, lo que llamamos “actitud efectiva”, porque es tan importante como esto otro que dices. Yo diría que más.
—Entonces, quieres decir que la gente trabaja por la satisfacción de conseguir objetivos para la empresa y que estos se vean de alguna forma reflejados en el avance de su carrera profesional o en sus ingresos económicos es secundario o da igual.
—No, a ver… Por supuesto que el salario es importante, pero lo que quiero que veáis es que no es lo más importante. —La expresión de estupor del alumnado podía dejar helado al más sugestionado de los hombres, pero el orador estaba muy curtido en estos lances y no se dejó impresionar—. ¡No pongáis esa cara! Si lo sabéis perfectamente. Además, cuando una empresa va bien y tiene beneficios, esto es, consigue sus objetivos gracias en parte a la actitud efectiva de sus trabajadores, entonces esos beneficios terminan, de una manera o de otra, repercutiendo en los sueldos. Siempre. Es obvio, ¿no?
En ese instante hubo un par de carcajadas. Otros miraban al formador como si estuviera loco.
—Estás gastándonos una broma, ¿verdad? —preguntó Marcio con cierto mosqueo.
—No —negó el formador, simulando mucha convicción.
—Pero vamos a ver, de qué tipo de empresas y de qué país estamos hablando.
—De cualquiera.
—Pues perdóname, no sé de dónde sacas tú estas ideas, pero desde luego en este país, con el historial de abusos patronales que arrastramos en casi cualquier sector, la verdad es que no sé cómo te atreves a afirma una cosa así…Que existan beneficios es condición necesaria, pero no es suficiente para tener una subida de sueldo. Para nada —recalcó—. No hablo sólo de ADRIN, donde todos sabemos que esto no pasa. —La concurrencia, unánimemente, asintió con un movimiento de la cara—. Hablo de cualquier empresa, se dedique a la informática o pertenezca a otra actividad.
—Que no, que es así de verdad. ¡Fuera tópicos! Si hay beneficios, eso al final, siempre, siempre, siempre, se ve reflejado en los salarios. Siempre. No lo dudéis. Vosotros tal vez no estéis al tanto, pero es así.
Los ingenieros le miraban ahora de arriba abajo como si fuera un ser de otro planeta; o un desequilibrado.
—Bueno, olvidaros si queréis de este tema del sueldo; lo que yo quiero que aprendáis es a beneficiaros del uso de la “actitud efectiva” —recondujo el ponente, intentando seguir la línea principal de su adoctrinamiento—. Todos habéis sentido la satisfacción de conseguir un objetivo, ya sea en lo laboral o en lo personal. ¿Me equivoco? —Nadie mudó el gesto—. Cuanto más exigente es el objetivo, si se consigue, más feliz se siente uno, más orgulloso, más lleno. Hacedme caso. Seguro que habéis oído hablar de “la satisfacción del trabajo bien hecho” —dijo, utilizando otro de los argumentos ensayados para estos momentos de incredulidad y, antes de que algún oyente volviera a la carga para intentar dirigir otra vez la conversación hacia un estadio más terrenal, dijo—: Lo vais a ver muy claro con el siguiente gráfico.
Se miraron unos a otros atónitos y dejaron que acabara su discurso. Al fin y al cabo él era otro trabajador como ellos. Por supuesto que no creía en lo que decía, por más fingido entusiasmo que pusiera en sus explicaciones, pero su triste trabajo era contar aquellas falacias un sábado por la mañana. Le dejaron hacer. Entonces el ponente encendió una pantalla donde había dibujada una diapositiva de con una pirámide. En la base un señor muy alegre con traje levantaba los brazos en señal de victoria. Eso era la satisfacción superficial. En la parte media dos hombre y una mujer miraban al cielo, concentrados y sonrientes. Esta imagen representaba la satisfacción profesional. Y en el pico de la pirámide se podía ver a un hombre con los brazos cruzados en actitud desafiante, fiel reflejo, al parecer, de la satisfacción personal.
Después de intentar que este gráfico hiciera pensar al personal de alguno forma positiva, sin éxito, pasó a hablar de los pilares de la “actitud efectiva”. En la pantalla se mostró un gráfico con seis cajas. En cada una se podían leer los siguientes conceptos abstractos: dificultad, equilibrio, ambiente de trabajo, valoración, grados de libertad y grados de recurrencia.
—Pero no dijo antes que los pilares eran cuatro —susurró un consultor a otro.
—Yo que sé. Estoy pensando en mi hijo. Debería estar jugando al fútbol con él en este preciso instante…
A las dos horas, los pocos que atendían ya tenían la cabeza como un bombo. Al orador se le llenaba la boca de frases como “ser capaz de ofrecer alternativas y soluciones”, “trabajar con ilusión es demostrar un alto grado de superación ante las dificultades” o “fijar objetivos realistas”. Fue un gran error referir esta última, ya que las caras de sus oyentes mostraron enorme suspicacia. Es sabido que en las multinacionales como ADRIN jamás se plantean objetivos realistas. Ni en las planificaciones que desgranan las tareas de un proyecto ni en los beneficios que se han de alcanzar cada año. En este último apartado, la idea es no lograr nunca las previsiones, pues no interesa que la empresa tenga éxito hasta ese nivel. Si fuera así, sería injustificable no repercutirlo en sus accionistas, directivos o, incluso, trabajadores. Por eso se fijan de manera disparatada. Con esta sencilla argucia, año tras año, estas enormes compañías nunca ganan lo previsto, supuestamente, y a la hora de subir sueldos o justificar salarios de risa siempre cuentan con un argumento más. Como si no tuvieran pocos ya. Pero no nos metamos en terrenos de alta gestión empresarial que desconocemos y sigamos con la actividad mañanera “súper divertida” que nos ocupa.
El ilusionante personaje de traje que les hablaba decidió cambiar de tercio.
—La inteligencia emocional. ¿Alguien sabe qué es eso?
Silencio. No era ignorancia, era desidia, hastío, enfado…
—Tú, por ejemplo, ¿has oído hablar de la inteligencia emocional?
—Sí, claro —contestó el siempre inquietante Cabanillas.
—Y podrías describirme, más o menos, qué es —dijo el instructor, sorprendido de la rápida y segura respuesta del otro.
—Pues… Veamos, es un tema relacionado con las emociones. Las tuyas, pero sobre todo las de los demás… Se trata de poder utilizarlas adecuadamente para conseguir lo que a ti te interesa. —Calló un momento mientras pensaba una enunciación mejor—. En definitiva, es hacer lo que sea para manejar a las personas usando en tu beneficio las debilidades que encuentres en sus emociones. Sí, creo que es la mejor definición —concluyó con uno de sus turbadores destellos del ojo izquierdo. Esto hizo entender a todos que sabía de lo que hablaba y que, con seguridad, era un experto en poner en práctica el concepto.
Por supuesto, el hombre trajeado no quería que sus escuchantes se quedaran con esa definición. Su intención era más afable y orientada al adoctrinamiento, como toda la charla, así que decidió no volverse a arriesgar con preguntas de impredecible resultado. Este grupo era joven pero tampoco completamente idiota y, en concreto, Cabanillas empezó a darle un poco de miedo. No paraba de mirarle con ese ojo tan extraño. Se sobrepuso como pudo y a partir de aquí disertó sobre la orientación hacia los resultados, de la solución de problemas proactivamente y de las satisfacciones que esto genera, de las increíbles alegrías personales que propicia dar un servicio de calidad y muchas más cosas que a nadie interesaban ya. Soltó todo el temario de forma monótona y los convocados, perdiendo el miedo a que les preguntaran o sorprendieran, fueron entrando en un estado catatónico de absoluta indiferencia. Y es que estos temas de amaestramiento son tan teóricos y se alejan tanto de la realidad del día a día que rara vez los ingenieros pueden tomarlos en serio. Entonces, cuál es el motivo para que se impartan, se preguntará el curioso lector. Hay rumores que hablan de subvenciones y fondos europeos que sufragan este tipo de pérdidas de tiempo, pero no hablemos de lo que no sabemos y sembremos rumorologías que no son motivo de este cuento.
8
Antes del almuerzo nuestro consultor se encontró con Martina en recepción.
—Marcio, mirá, reservé sauna para esta noche.
Nuestro consultor puso una sonrisa de oreja a oreja.
—Pero esta vez no quiero compañía, entendés.
El semblante de nuestro héroe cambió radicalmente.
—Pero que pelotudo eres —le increpó con unas de sus caricias en la cara—. Que haría yo sin vos allí sola: asarme como una entraña a la parrilla.
***
Durante el almuerzo los más indignados con la “actividad súper divertida” de por la mañana propusieron saltarse la de la tarde. La idea era coger los coches y bajar al pueblo de Darracevana y allí, junto al embalse del mismo nombre, pasar unas horas en alguno de los acogedores locales llenos de fotos de famosos con el dueño que daban fama al lugar. Con suerte, pillarían alguna mesa cercana a la chimenea y charlarían tranquilamente mientras degustaban la atracción local: chocolate con picatostes. Hurgando en sus platos a la busca de algo comestible se les hizo a todos la boca agua sólo de pensarlo.
Pero el destino es malvado con nuestros ingenieros o el autor de estos cuentos —yo mismo— es perverso y nefando. Sea cual sea la razón, el caso es que mientras salivaban y montaban el operativo de manera artera y clandestina, empezó a nevar con fuerza. Media hora después la guardia civil cortó la carretera, cerró el puerto y no permitió que se desplazara ningún coche. No iban a dejar moverse a nadie hasta que los quitanieves hicieran practicable la carretera, cosa que llevaría tiempo pues la nevada no tenía pinta de parar en horas.
Así que con un tiempo de perros, con el bar del albergue cerrado —sabían que en algún momento abría, pero el horario exacto era un misterio—, incomunicados, sin televisión, wifi ni apenas cobertura… los integrantes de “Estrategia, Comunicación y Primicias”, como borregos, a las cuatro de la tarde entraron resignados en la sala designada a tal efecto para vivir la segunda actividad del día. A pesar de la hora no se sentían especialmente amodorrados. Habían descansado por la mañana en las últimas dos horas de la sesión de “Actitud efectiva”, manteniendo una actitud contraria al nombre de la ponencia. Además, el almuerzo había consistido en una sopa de pescado que nadie se atrevió a probar —aunque no olía mal; en realidad era inodora— y dos trozos de algo parecido al lomo de cerdo con cuatro patatas, en teoría, panaderas. De modo que la digestión a esa hora estaba más que hecha.
De Olga nadie se acordaba en ese momento, pero seguía sin aparecer por ningún lado.
Los ingenieros vieron entrar a su nuevo instructor soñando con tazas de chocolate caliente y picatostes con aroma a anís recién hechos. Pero esa ensoñación se fue al garete porque esta tarde no iban a escuchar o vegetar; en las cuatro horas siguientes se “divertirían” con diversas actividades y juegos en grupo con los que aprenderían las bondades del trabajo en equipo, la organización departamental y las incomparables ventajas del respeto y obediencia ciega a las jerarquías, entre otras cosas de parecido jaez.
Se pidió un voluntario y al final le tocó a Marcio. El director de juegos le pasó una hoja de papel para que describiera en voz alta lo que había representado en la misma. Sus compañeros tenían que dibujar en su cuaderno lo que sea que entendieran. Eran dibujos de cuadrados, círculos y triángulos y cada uno esbozo estas figuras en lugares distintos y con tamaños diferentes. Este divertido entretenimiento no terminó de solazar a nuestros ingenieros y menos cuando les explicaron que con esto se quería potenciar la idea de la importancia de la comunicación efectiva, de la compenetración entre los equipos de personas.
—Si me dicen esto en un correo lo entiendo también. No hace falta traerme hasta aquí y perder un sábado de mi vida —se lamentó entre susurros uno de ellos, aprovechando que el instructor apuntaba algo en la pizarra y les daba la espalda.
Hubo otros cuatro juegos de este estilo hasta que llegaron al pasatiempo final. En primer lugar, se dividieron en dos equipos. En uno de ellos nombraron a Marcio como jefe de grupo. En el segundo grupo no había jefatura. El juego consistía en construir un Lego de un trineo en equipo, pero en el primero las instrucciones sólo las tenía Marcio, el jefe, y sin compartir esa información debía dirigir a sus subordinados. En el segundo las instrucciones —la información— era compartida por todos. Siguiendo cada grupo su modus operandi, ganaría el que acabara antes. El director de juegos dio el pistoletazo de salida y salió de la sala para fumar.
En el grupo de Marcio uno de los compañeros empezó a armar el trineo sin necesidad de las instrucciones de Marcio. Dudó en un par de cosas que nuestro consultor resolvió rápidamente revisando las instrucciones. Tardaron en terminar la mitad que el otro grupo.
—Bueno es que yo soy un experto con el Lego —aclaró—. Tengo en casa un Tah Mahal y un Titanic construidos con piezas de Lego. Entre otras cosas. Todavía no sé cómo mi mujer no me ha echado de casa…
Las tres chicas del equipo asintieron en clara solidaridad con la esposa del que hablaba.
—Mi hijo pequeño y yo estamos ahora construyendo un Halcón Milenario. De hecho, eso estaríamos haciendo en casa hoy por la tarde si no estuviera aquí —dijo con tristeza.
—Y seguro que será de tamaño natural, ¿no? —preguntó, con mucha sorna y maldad, una de las chicas alineadas con la consorte de nuestro constructor de Lego.
Al poco entró el instructor. Preguntó si habían acabado y quién había ganado. Cuando se enteró de que el vencedor era el grupo donde sólo uno de sus miembros tenía la información sin compartirla, se puso blanco y tragó saliva.
—Bueno, pues la verdad es que esto ha de ser la excepción que confirma la regla —improvisó—. En general un grupo que maneja toda la información es más efectivo que otro donde sólo uno administra a su antojo esa información.
—La realidad es que hemos ganado, no porque yo fuera un buen jefe —explicó Marcio en un ataque de sinceridad—, que también. —Nuestro consulto sonrió y todos rieron la última apreciación. El ambiente se volvía distendido por momentos—. La realidad es que en mi equipo había un recurso muy cualificado y bastante motivado.
—¿Cómo?
—Es que yo le doy mucho al Lego —confesó el recurso valioso.
El director de juegos miró a sus dirigidos y en un arranque de sinceridad y camaradería dijo:
—Vamos, el típico perfil que en las empresas de consultoría informática nunca ascienden hasta lo más alto, porque son demasiado valiosos en su puesto actual. Los gerentes y directores que cuentan con uno de estos, no lo sueltan. No pueden prescindir de ellos, ya que, básicamente, son unos inútiles y esta gente les arreglan todos los problemas y, además, rapidito. —El director de juegos puso una mueca de tristeza, como si hablara de sí mismo—. Pero qué pasa si piden progresar demasiadas veces, si se vuelven pesados con lo de querer llegar a ser lo que son sus jefes… Pues que al final o terminan marchándose de la empresa o el director se enfada con ellos y acaban repudiados en cualquier puesto de poco más o menos.
Hubo un minuto de silencio, de incredulidad absoluta.
—Venga, no me hagáis caso —dijo por fin y sonrió—. Pues con esto hemos terminado—. Puso una amplia sonrisa y bromeó—: Sois libres.
Todos rieron la ocurrencia de buena gana. Ya no había enfado o desidia. Estaban cansados de todas las tonterías del día —ya fueran emitidas o recibidas— y ahora sentían cierto alivio porque por fin se acababa aquel suplicio inútil e infantil. Pero aprendieron bien la lección del último juego. Todos pensaron que los que deberían dedicarse a construir trineos de Lego organizados en equipos eran los gerentes y directores y no ellos, ya que era norma habitual que se comportaran de la manera justamente contraria. En las multinacionales como ADRIN gustan de dar la menor información posible y de fomentar la rumorología. Si empiezas en enero, por ejemplo, a no dar ningún dato sobre las subidas de sueldo de este año y potencias cuchicheos sobre que la cosa esta mal —sin dar muchos más detalles de qué significa que “la cosa está mal”—, y que este año puede haber incluso bajadas de sueldo, que en tal departamento ya se lo han dicho y les han empeorado las condiciones laborales en un sentido u otro, que se ha perdido tal o cuál proyecto que, además, era estratégico… Y dejas que esto cale durante semanas en el ánimo y la conciencia del colectivo de empleados, cuando llega marzo y las subidas, el ingeniero recibe su correspondiente revisión salarial del cero por ciento con deportividad y hasta alegría. Una no subida con un IPC positivo es una bajada de sueldo en toda regla, pero el programador medio no piensa en ello; tiene en mente que sus condiciones o/y sueldo iban a empeorar y se queda resignado pero contento. Al menos los primeros años que se ve sometido a este trato. Así, la buena dirección de ADRIN vela por el estado mental saludable de sus empleados y fomenta entre ellos la “actitud efectiva” y otras cualidades que, como hemos aprendido en este cuento, son la base que ha de tener en mente todo trabajador de consultoría para alcanzar la excelencia profesional. Y la alegría y la ilusión y… un montón de palabras más de este tipo que raramente asociamos al trabajo.
***
Cenaron sin Olga, pero pocos se acordaban ya de ella. Era como si no hubiera venido con ellos. En diez minutos despacharon el consomé —de una claridad pristina— y la tortilla francesa de dos huevos, que, en su sencillez y humildad, estaba buena y jugosa y fue devorada como un manjar.
Martina salió del comedor y Marcio se fue inmediatamente después. En veinte minutos estaban en la sauna cada uno envuelto en su toalla. Regularon la temperatura y se sentaron en el banco. Poco a poco ella apoyó su cabeza en el hombro de él y después parte de su espalda. Marcio la abrazo y ella se arrebujó en el hueco que le ofrecía el cuerpo del consultor. Y así, se quedaron muy quietos, con los ojos cerrados, sin pensar en nada, percibiendo el cuerpo relajado de cada uno en el suyo propio, dejando que su piel transpirara sin prisa. Quizás habían perdido todo el sábado —y esto no se recupera—, pero había merecido la pena por vivir esos instantes de absoluta calma y felicidad.
Cuando decidieron salir de la sauna, se ducharon y la argentina indicó a nuestro héroe el número de su habitación.
—Che, te espero en el departamento. Es muy triste para estar sola. Te podés quedar hasta la mañana…
Como no puede ser de otro modo, Marcio hizo el uso correcto y procedente de toda esa información. Pero dejemos esta línea argumental, que no es asunto nuestro ni aporta nada a nuestra historia, y centrémonos en el exterior del albergue. Los copos que caían en ese momento eran como manzanas. Había ventisca y el aire azotaba la nieve contra el edificio en violentas oleadas. A la una de la noche se fue la luz del edificio. La nevada del siglo cesó tres horas después. La luz volvió a las seis y la calefacción se accionó de manera automática. A las siete de la mañana dos empleados abrieron una de las ventanas del piso bajo. La nieve llegaba hasta la base de la misma. Armados con dos palas empezaron a quitar nieve de la puerta del edificio. Con mucho trabajo lograron desenterrar la escalera. Después rociaron todo el piso con sal hasta la carretera.
9
Antes de desayunar Marcio y otros tres compañeros salieron al exterior del albergue. La niebla era tan espesa que no dejaba ver más allá de la carretera. Hundiéndose hasta las rodillas en la nieve llegaron hasta donde estaban aparcados los coches. Los encontraron semienterrados.
—Y qué hacemos, nos quedamos aquí… ¿Cómo vamos a regresar a casa?
—Hombre, quiero pensar que los quitanieves se pondrán a despejar la carretera y…
—Mirad, allí se ve como una luz roja intermitente. Debe ser un quitanieves o la guardia civil. Voy a ver.
Nuestro héroe subió penosamente. Poco a poco distinguió la forma de una máquina quitanieves con sus luces de situación a toda potencia y una figura humana de color rojo. Ya algo más cerca distinguió a Martina enfundada en su traje de esquiar. La llamó, pero ella no le escuchaba. Hablaba con un hombre, seguramente el conductor. Al poco le pasó una mochila y este la metió en la cabina. Después entró él. Marcio volvió a llamarla pero no respondía. Llegó a su altura justo cuando iba a meterse en el interior del vehículo. La cogió de un brazo.
—¡Ah, sois vos!
—Pues claro, ¿qué ocurre?
—Nada, es que yo vine en tren… Este simpático señor me va a llevar en su carro a la estación.
Nuestro héroe puso cara de decepción.
—Adiós, boludo —se despidió Martina. Después desplegó una de sus sonrisas, capaces de arrasar el alma de dicha de cualquier hombre. Luego se desenfundó un guante y con la mano liberada le acarició la cara como el primer día. Por último le besó en la boca. Largamente.
—¿Fue lindo, no?
Y sin más entró en la cabina del vehículo y este arrancó con un estruendo. Marcio se quedó embobado mirando cómo se alejaba la máquina, desparramando violentamente nieve por sus laterales. Entonces, como una revelación, su mente le dio la respuesta a la pregunta que le rondaba la cabeza en el último día y medio. Martina era la doble casi exacta de la actriz Sandra Bullock. Quizás un poco más guapa, si es que eso es posible. Por eso le era tan familiar. Por eso la conocía de toda la vida.
—Marcio, ¿qué haces aquí parado como un pasmarote? Te vas a congelar.
Los compañeros que se quedaron el en coche le habían ido a buscar. Tardaba mucho en regresar y ya no se veía la luz intermitente que le había hecho ir hasta allí.
—Escucha. Tenemos que pensar algo. Los coches están enterrados en la nieve. A ver cómo salimos de aquí.
—Sí, además yo no tengo cadenas.
—Yo no tengo su teléfono, ni su dirección, ni sus apellidos, ni nada…
—Pero, Marcio, qué tonterías dices… ¡Reacciona, tío!
***
Durante el desayuno la preocupación era general. Al rato apareció la persona de ADRIN que les había recibido el primer día. Dijo que no había previsión de que volviera a nevar, pero que por si acaso lo mejor era suspender la actividad programada para esta mañana e irse a casa. El albergue prestaría palas para poder quitar la nieve de los coches y en cuanto los quitanieves despejaran la carretera y abrieran el puerto, se aconsejaba que todos se montaran en su vehículo y se marcharan.
—Oye, Olga sigue sin aparecer. ¿Sabéis cuál es su habitación? Deberíamos ir a ver…
—Está tan perdida como Marcio…
Todos observaron a nuestro consultor, que miraba distraído por una ventana la masa blancuzca de la niebla —esto es, nada—, y, respetando su estado de ausencia, le dejaron en su mundo y volvieron a la conversación.
—¿Con quién vino Olga?
—Vino sola en su coche y creo que aparcó en el garaje del hotel.
—Ah, ¿pero teníamos garaje?
—Sí, pero pagando… Aunque si hubiéramos sabido lo que nos esperaba…
—¿Habéis traído cadenas? Yo no.
—Pero hombre de Dios, a quién se le ocurre.
—Pues a mí, que debería de estar en mi casa tranquilamente disfrutando del fin de semana y no en esta puta mierda de… —rugió fuera de sí Sancho.
—Bueno, bueno, no te enfades. Tranquilidad. Tienes razón. En el bar de más arriba hay una tienda en el sótano que seguro que venden cadenas.
—Menos mal.
—Pero no serán baratas, me temo —recalcó el siempre inquietante Cabanillas.
—Me da igual. Como las tenga que comprar, lo paso como gasto —sentenció Sancho—. Pero, vamos, es que no me pongo ni “coloraó”.
—Luego te acompaño y las compramos —se ofreció Cabanillas.
—Gracias. Te debo una.
—Algún día, que quizá nunca llegue, te pediré que hagas algo por mí —matizó Cabanillas muy serio. Tras una pausa culminó—: Pero hasta ese día, considera esto como un recuerdo de estas jornadas.
—Eso es de “El Padrino”, ¿no? —preguntó Sancho, un poco más tranquilo, creyendo que era una broma de su compañero. Sin embargo, su oscuro interlocutor, nunca bromeaba. Permaneció serio como un capo de la Cosa Nostra.
***
La conversación continúo pero Marcio siguió sin intervenir. Estaba completamente abatido. Después de desayunar le dieron una pala y se puso a desenterrar coches. Al principio lo hizo sin ganas pero poco a poco le invadió un sentimiento de rabia y dejó dos coches liberados en un santiamén. Mientras los ingenieros se ganaban unas agujetas seguras para el resto de la semana, la niebla se fue despejando y dejó paso a un día soleado que hacía brillar las superficies nevadas de la montaña. A la media hora resultaba incluso caluroso para la zona. Dentro de sus trajes de abrigo empezaron a sudar y más de uno se desabrochó y empezó a incubar un resfriado. A las dos horas subió un quitanieves con una fila de coches detrás. A su paso volvió a devolver parte de la nieve a la zona de aparcamiento y los ingenieros, como si fueran un regimiento de Sisifos, volvieron a desenterrar los coches y a habilitar el paso pasa poder salir.
Antes de que el quitanieves volviera a pasar en dirección contraria, subieron a por sus maletas y, cada grupo en su coche, bajaron el puerto muy despacio.
—Qué paliza, estoy reventado —comentaba uno en el coche de Marcio.
—Qué fin de semana, Dios santo…
—Nos la han jugado bien. Ya sabemos qué es una “acción correctora” —sentenció Cabanilla y su ojo izquierdo emitió uno de sus cargantes destellos.
—Oye Cabanillas, eso de tú ojo ¿lo controlas o es fortuito?
Al aludido le pilló por sorpresa el comentario. Disimulando, miró al frente sin saber muy bien de qué le hablaban. Entonces, su diabólica mente pensó la respuesta que más le interesaba.
—Por supuesto, es algo que hago cuando me parece bien. A que molesta…
Y así dejó una insinuación más que añadir a su reputación de hombre misterioso y turbio.
En ese momento llegaron a la altura del embalse y ya sólo había algunos neveros desperdigados. El día era radiante allí abajo y la carretera estaba despejada y seca. Quizás por eso Marcio dijo en voz alta lo que pensaba.
—Ha tenido sus cosas malas, pero algunas han sido muy buenas. Inolvidables.
Sus compañeros de coche le miraron extrañados. Además, nuestro héroe mostraba una sonrisa de lo más rara.
—Pero de qué diablos hablas.
—Eh… No nada… No me hagáis caso.
10
El lunes, las caras de nuestros ingenieros era un poema. Los conductores pasaron los kilómetros como primera actividad del día. La aceptación del pago no era inmediata. Para hacerse efectiva primero debía superar un control de firmas cuyo primer aprobador era el director de “Estrategia, Comunicación y Primicias”. Este se hizo el loco, como era su costumbre. En los días siguientes los ingenieros insistieron, y el director, para zanjar el tema, se escudó en que al ser una actividad “recreativa” el proyecto no podía hacerse cargo. Y acto seguido, rechazó el gasto. Hubo uno de los conductores que estuvo a punto de partirle la cara, pero bien aconsejado por sus compañeros se contuvo. La gasolina se pagó a medias.
Tras este episodio, los integrantes del departamento pensaron muy seriamente en solicitar cambio de proyecto, pero sabían que esas peticiones raramente eran tramitadas en Recursos Humanos y, mucho menos, si lo hacía todo un departamento en bloque. Ya que sepa el lector que cuando en un departamento la gente pide cambio de proyecto o empieza a marcharse de la empresa a una velocidad que no es normal, nunca se investiga el desempeño de la parte alta del mismo. Se asume con naturalidad y buen ánimo. No salta ninguna alarma. Al director o gerente de turno se le puede escuchar frases del tipo «se está abriendo el mercado y la gente se cambia; es normal» o «ya se sabe cómo son las cosas en nuestro sector». Nadie sospecha de la existencia de un mal ambiente, de abusos o de una dirección equivocada. La empresa deja marchar a buenos profesionales, hartos del trato, de la irresponsabilidad de sus jefes o la falta de proyección. Y el trabajo de los que se van recae en los que se quedan, sin que a estos últimos se les libere de su carga inicial. A veces también ocurre que el informático que ya no está es sustituido por otro —en general, recién llegados, sin experiencia y bastante más baratos—, hasta que el ciclo se vuelve a repetir. Pero no nos enfanguemos con difamaciones imposibles de creer y veamos que hizo este lunes nuestro protagonista.
***
Marcio buscó a Martina utilizando todas las herramientas corporativas que tenía a su alcance. Tras media mañana sin resultados tuvo que asumir que en ADRIN Sistemas no existía ninguna mujer cuyo nombre fuera Martina. Ni una sola. Seguramente la argentina le había engañado con el nombre. Pero quizás también imitó el deje argentino. Pensándolo más a fondo era demasiado exagerado, como si fuera una parodia de esa forma de hablar. Y, ¿realmente pertenecía al otro grupo? Comía en su misma mesa pero no recordaba haberla visto hablar con nadie. Además, siempre se iba antes. Y sola. Tal vez era una viajera que estaba allí de paso. Repasó lo que recordaba de sus conversaciones y las pocas veces que hablaron de la empresa o de trabajo no contestó nunca de manera taxativa. Cuando le preguntó si era de ADRIN, hizo un ademán con la cara —que bien mirado, no tenía por qué significar nada— y cambió de tercio hablando de su origen porteño… Y cuando se interesó por saber si estaba allí por el mismo motivo que él, por el “Control de clima”, respondió un lacónico «eso parece». Pero que lo pareciera no significaba que lo fuera. O acaso era meteoróloga. Estaba en el sitio perfecto para estudiar el clima. Visto en perspectiva tampoco era tan rebuscado.
«¡Qué complicadas son las mujeres! ¡Cómo juegan con nosotros!», pensó a pesar de todo nuestro consultor. «Y cómo nos gusta», culminó con media sonrisa.
Entonces Marcio hizo algo de lo que se arrepentiría toda la vida, ya que le dejaría confundido para siempre.
—Oye Sancho. Te fijaste en una mujer del otro grupo que se parecía un montón a Sandra Bullock; vamos era la doble exacta.
Sancho reflexionó unos segundos. También lo hizo Cabanillas y dos compañeros más que había oído la pregunta.
—Para nada. Una mujer parecida a Sandra Bullock, dices…
—Sí. Que hablaba en argentino y tenía una sonrisa preciosa.
—Un pibón, vamos —aclaró Villafaina, que se unió a la conversación.
—Eh… Sí —reconoció Marcio, aunque no eran esos los términos que más le gustaban para referirse a Martina.
—Pues no. El mujerío del otro grupo era del montón.
—Como el del nuestro —convino otro de los ingenieros en voz baja.
—Vamos, de haber estado Sandra Bullock por allí —decretó Villafaina—, ya te digo yo que no habríamos mirado a otra cosa.
11
Al año siguiente volvieron los tradicionales correos con la encuesta de control de clima. En el departamento de Marcio sabían exactamente lo que iban a hacer esta vez. Este año no haría falta aplicar ninguna “acción correctora” que les encaminara hacia una “actitud efectiva”.
—¿Quién son estos? —preguntó Marcio a sus compañeros de las cercanías.
—Somos nosotros. Es que nos cambiaron el nombre —dijo Olga, que había vuelto a la oficina un mes después del fin de semana en Darracevana. Los encargados de la limpieza la encontraron la tarde del domingo en su habitación. La descubrieron inconsciente, medio muerta, tumbada en el catre. Padecía una intoxicación de caballo. Tras las llamadas pertinentes, un helicóptero la evacuó al hospital más cercano. Se tiró ingresada tres semanas. El resto es historia.
—¿Ya no somos “Estrategia, Comunicación y Primicias”?
—No, hace dos meses nos cambiaron a “Soluciones Corporativas y Utilities”.
—Pero no éramos “Gestión, Desarrollo y Multimedia” —preguntó Sancho.
—Eso fue hace seis.
—Qué bien te lo sabes, Olga.
—Es que hice una apuesta con mis primos, los que veo sólo por Navidad. Les dije que cambiarían el nombre del departamento cuatro veces o más en este año, y claro, tengo que estar atenta y recopilar pruebas para la siguiente Nochebuena.
***
Este año el certificado del SEEER se renovó a la primera. Con buenas notas además. El miedo a otro fin de semana corrector se había difundido entre la mayoría de los profesionales de la empresa y la gente se tragó el odio y puso que todo estaba bien o muy bien. Al director de la actual “Soluciones Corporativas y Utilities” le subieron el sueldo merecidamente, ya que el “clima” en su departamento había mejorado notablemente en tan sólo un año y este logro sólo podía ser debido a su gestión. Y cómo se midió tal cosa si las encuestas eran estrictamente confidenciales, se preguntará el receloso lector, pues ese podría ser un buen argumento para alguna de las conspiraciones maquinadas por el siempre inquietante Cabanillas.