País Relato - Autores

marian arpa

yo te protegeré

Allí parada de pie frente a la ventana de aquel lujoso apartamento, sentía que el frío le penetraba hasta los mismísimos huesos. Silvia se arrebujó más en el chal que se había echado sobre los hombros sin darse cuenta de que sus manos temblaban como una hoja.
A pesar de tener los ojos abiertos, no veía nada de la fantástica panorámica que tenía enfrente, solo al hombre que el día anterior había querido acabar con su vida, que la acorraló en aquel callejón oscuro y la agarró por el cuello. Sus intenciones eran claras como el agua, no dejaría que ella declarara en aquel juicio como testigo principal.
Silvia Calleja había presenciado un asesinato y gracias a su declaración, la policía pudo arrestar al criminal que había terminado con la vida de una muchacha que se ganaba la vida de dependienta en una librería. Ella tuvo suerte, al oír lo que estaba sucediendo en la parte delantera del local, marcó con su teléfono móvil el número de emergencias y pidió ayuda susurrando la dirección donde se encontraba y dejando el aparato con la línea abierta. Dispuesta a ayudar a aquella chica, se puso en pie y tiró varios libros al suelo para que el delincuente se diera cuenta de que no estaba solo y dejara a la joven. Obtuvo el resultado deseado, el malhechor salió corriendo, pero la chica murió pocas horas después debido a la puñalada que había recibido. Todo por un puñado de billetes, pensó descorazonada.
En cuanto se supo la fecha del juicio contra aquel hombre, Silvia empezó a recibir cartas amenazadoras. Como era una escritora famosa, no había podido mantener su anonimato, a pesar de haberlo intentado, su nombre salió en los medios de comunicación. Su vecino y amigo Manu Viñas, que era policía, se preocupó por mantenerla al margen, pero los chismes como aquel y el afán de protagonismo de todo el vecindario hicieron que su tarea fuera imposible.
Cuando empezaron a llegar las amenazas, Silvia se las mostró a Manu, y este movió todos los hilos que pudo hasta que le pusieron un guardaespaldas. Hasta la noche anterior todo había funcionado de maravilla, pero cuando su superior lo llamó comunicándole que el escolta había sido atacado y que Silvia estaba en el hospital con algunas lesiones, tomó la decisión de ser él mismo quien se ocupara de proteger a aquella mujer.
Se conocían desde que cinco años atrás ella se había mudado a su edificio, cuando la vio por primera vez, le soltó un silbido de admiración y Silvia le dedicó una sonrisa divertida; se presentaron mutuamente, y a partir de entonces fueron amigos. Muchos días cuando él salía de trabajo y sabiendo que ella no se había molestado en ir a la compra, pasaba por el chino, y llevaba cena para los dos. ¡Cuántas noches habían pasado en el sofá charlando, y riéndose de algún programa que ponían en televisión! Su amistad, hacía que los demás vecinos del edificio pensaban que eran pareja, y esto a ellos les hacía mucha gracia; nunca trataron de sacarlos de su error.
***
Manu cogió las llaves que tenía del piso de su amiga, y una bolsa de deporte grande, llenándola con ropa para unos días; iba a salir cuando se acordó de todos los botecitos que había en el baño, no sabía cuáles eran los que usaba habitualmente, así que los tiró todos dentro de la bolsa y bajó al garaje donde guardaba su coche.
Al llegar al hospital y ver las feas marcas que oscurecían su cuello, soltó una maldición. Preguntó al doctor que la atendía por su estado y este le comunicó que no tenía nada grave, que le habían dado un calmante porque había sufrido un ataque de ansiedad y que al día siguiente podría volver a casa. Manu decidió sacarla de allí en aquel mismo instante, no permitiría que quien había ordenado atacarla mandara a otro para terminar el trabajo.
Condujo toda la noche, ya estaba clareando el día cuando llegaron al apartamento de uno de sus tíos que estaba de viaje en el extranjero por negocios. Allí la tendría segura, nadie sabía dónde la había llevado.
―Voy a dormir un rato; deberías hacer lo mismo, pequeña ―sugirió al acompañarla a la que sería la habitación de ambos.
Silvia lo observó alelada mientras él se desnudaba, se quedó en bóxers y se metió bajo las sábanas con un gran bostezo.
―Puedo dormir en el sofá ―su voz sonó ronca por la magulladura del cuello.
―Ni hablar, no pienso perderte de vista ―aseguró Manu, dando palmadas al otro extremo de la cama.
No era ninguna mojigata, sin embargo aquello la hacía sentir incómoda. Por un segundo estuvo a punto de replicar, pero pensó en las horas que él había conducido para llevarla a un lugar seguro y cerró la boca. Rebuscó en la bolsa donde estaba su ropa, sabía que no encontraría ningún camisón porque prefería dormir sin nada, cogió una camiseta y se fue al baño. Cuando salió, él en dos segundos se dio cuenta de que se estaban complicando las cosas: Silvia llevaba una camiseta que le había visto puesta mil veces, le llegaba justo al ombligo, junto a unas braguitas de encaje negro que resaltaban sus largas piernas; no hubiese podido excitarse más si la hubiese visto completamente desnuda. La sensualidad que irradiaba de su cuerpo hizo que rechinara los dientes. En ese momento pasó de ser su amiga, a ser la más deseable de las mujeres. ¿Cómo mantener las manos alejadas de semejante belleza? Se maldijo por haber sido él mismo quien sugiriera que durmieran juntos. Se volvió de espaldas para dejar de mirarla, sabiendo que le sería imposible conciliar el sueño.
Unas horas más tarde, Silvia despertó y se encontró sola, se apresuró a coger ropa limpia y entrar en el baño. Unos golpes en la puerta la sobresaltaron.
―¿Va todo bien? ―La profunda voz de Manu la traspasó y recordó su cuerpo fornido que le había mostrado la noche anterior. Se le secó la boca ante la imagen que le vino a la mente.
―Sí, enseguida salgo ―se reprochó por lo débiles que habían sonado sus palabras. No estaban allí para enrollarse, estaba huyendo de un asesino. Pero no esperaba sentir aquello que la noche anterior había despertado en su interior. Desde que conoció a Manu, se sintió muy cómoda en su compañía, era su amigo, su confidente, podía contar con él en cualquier situación; y en un solo parpadeo todo cambió. Pasó de ser su vecino divertido con quien se echaba unas risas de vez en cuando, a ser un hombre muy atractivo que la hizo vibrar con una sola mirada.
Cuando se reunió con él en la cocina, el aroma a café recién hecho le asaltó las fosas nasales, el policía la invitó a sentarse en la mesa donde había un plato con cruasanes, mermelada y mantequilla. No podía mirarlo a los ojos, él lo notó y supo enseguida lo que pasaba. ¡Diablos! No era él solo, el que se sentía atraído, ella también. Maldijo para sus adentros; aquella tarea de protegerla durante unos pocos días se le haría eterna.
Manu estuvo toda la jornada taciturno, sabía que ella estaba asustada por el ataque sufrido el día anterior, la veía ensimismada y comprendía que no se lo sacaba de la cabeza. Al observarla disimuladamente de reojo, la veía allí frente a los grandes ventanales; acurrucada en aquel chal que se había echado sobre los hombros, le pareció que temblaba y supo que no era de frío, le parecía tan frágil. No lo soportó más y se le acercó, le pasó un brazo por la espalda y la atrajo hacia su cuerpo.
―¿Sabes que no dejaré que te pase nada, verdad?
La mirada ocre de Silvia, se clavó en sus ojos oscuros, pareció evaluarlo y asintió con la cabeza.
―Pasé tanto miedo, me ahogaba y… ―Él le puso dos dedos sobre los labios para acallarla.
―Tranquila, cielo ―aquella expresión se le escapó y pareció paladearla―. Ya pasó, nadie nos encontrará aquí.
―También vivía tranquila con ese guardaespaldas, y mira. ―susurró volviendo a contemplar cómo se ponía el sol.
―Yo te protegeré con mi vida si es necesario. ―Aquellas palabras parecieron abrir las compuertas, primero se le escapó una lágrima, se giró y hundió la cara en el duro pecho de Manu al tiempo que sus mejillas quedaron empapadas. Los brazos fuertes y robustos la encerraron en un abrazo protector que pretendía infundirle ánimos.
***
«Silvia estaba desnuda bajo las sábanas, sus brazos rodeaban la estrecha cintura de Manu y sus piernas estaban enroscadas a uno de sus fuertes muslos. El aroma único de su cuerpo floraba por la estancia, y las cosquillas que él sentía en su costado lo despertaron. Ella se movía como una sirena en mar abierto, sinuosa y hechicera. La brillantez de sus ojos ambarinos chocó contra la oscuridad de la mirada excitada de Manu, y la sonrisa que le dedicó podría haber iluminado el firmamento. Él se sintió cautivado por la belleza que estaba observando, nunca se había sentido más excitado. Siguiendo los movimientos exquisitos del cuerpo de la mujer, la colocó bajo el suyo y la besó con ternura y devoción. Silvia se adaptó a su cuerpo sin dejar de bailar aquella danza imaginaria, besándolo al mismo compás, y haciéndolo vibrar con cada uno de sus movimientos. La conexión entre ambos se hizo más estrecha, más íntima, como si de alguna manera fueran a fundirse el uno en el otro. Y así fue cuando al fin unieron sus cuerpos con una lentitud enloquecedora que los hizo gritar por el increíble placer que los envolvía. El baile siguió y se incrementó la cadencia, rodando entre las sábanas, saboreando la dulzura de esa unión casi mística, hasta que ella como una diosa exigente rodeaba la cintura con sus largas piernas y los dos se lanzaban al precipicio del placer absoluto».
Manu despertó jadeando, tenía la piel pegajosa de sudor, miró alrededor y se dio cuenta de que había tenido el sueño más increíble de su vida. Al comprobar que Silvia no estaba a su lado, se sentó en la cama alarmado y oyó el agua de la ducha. Se dejó caer sobre las almohadas tratando de calmar los alocados latidos de su corazón errático.
***
Los días pasaban y Manu aceptó muy pronto sus sentimientos hacia aquella mujer. No solo le atraía, al pensar detenidamente en pequeños detalles que habían vivido juntos, se daba cuenta de que no era solo atracción, no, quería pasar el resto de su vida con ella. La amaba. Al dar nombre a ese sentimiento pareció que se liberaba, su corazón vibraba saboreando esa emoción recién descubierta.
Durante ese tiempo, él se dio cuenta que Silvia lo observaba pensativa. La sorprendía contemplándolo con el ceño fruncido, o esquivando sus miradas; incluso le respondía con palabras airadas cuando le preguntaba si le pasaba algo. Cuando sus pieles se rozaban, parecía como si una corriente eléctrica los traspasara, y la mirada dorada de Silvia se volvía más intensa. Manu supo lo que le pasaba, sentía lo mismo que él, solo que a ella le estaba costando asimilarlo.
Sabía que influía también la presión por tener que declarar en aquel juicio, todo se le había juntado y no reaccionaba racionalmente. Decidió no presionarla hasta que todo hubiese acabado. Entonces se lanzaría sobre ella con toda la artillería y no dejaría que se le escapara de las manos.
El temido día llegó y Silvia se despertó sobresaltada al oír un ruido infernal sobre su cabeza.
―No te asustes ―advirtió Manu, al ver su cara de terror―. Es el helicóptero que nos llevará al juzgado.
―¿El qué?
La miró con sus oscuros ojos divertidos.
―Tener un tío rico con un helicóptero privado tiene sus ventajas, nadie va a verte hasta que estemos en el juzgado. ―La sonrisa que mostraba su mirada la molestó.
―No pienso subirme a ese…
―¿Tienes miedo? ―la retó él.
―Claro que no. ―No iba a reconocer que le daba respeto subirse a ese aparato.
Manu se dio cuenta de que no era del todo sincera, no seguiría atosigándola, ese día necesitaba estar tranquila.
Unas horas más tarde, Silvia soltó un sonoro suspiro cuando se bajó de aquel helicóptero, él se había limitado a cogerla de la mano para reconfortarla, no sabía si tenía más miedo a volar o a declarar en el juicio.
―Parece como si quisieras besar el suelo ―se burló para distraerla mientras entraban en el edificio.
―No ha sido tan malo ―replicó con chulería.
Él se habría reído de aquella replica si no hubiese encontrado los pasillos de los juzgados tan llenos de gente. Instintivamente la cogió por la cintura y la apretó contra su costado, notando la tensión que la invadía. La guió por varios pasillos todos a rebosar. Un tipo le llamó la atención, los miraba de reojo como si quisiera pasar desapercibido, pero lo veía cada pocos minutos, como si estuviera siguiéndolos. Cuando estaban a punto de entrar en la sala donde se celebraría el juicio volvió a aparecer, aunque esta vez estaba justo al lado de Silvia. Vio en su dedo anular el anillo que ella había descrito de la mano de su atacante y supo que era uno de los compinches del asesino. Sin que ella fuera consciente de lo que estaba pasando, se sintió impulsada hacia atrás, y Manu sacó la pistola en décimas de segundo y la apoyó justo debajo de la nariz de aquel sujeto. Se armó un gran revuelo entre los que estaban más cerca de ellos. Todo el mundo dio un paso atrás al ver el arma. Unos policías se acercaban presurosos.
―Las manos donde pueda verlas ―rugió Manu.
Todo ocurrió tan rápido que en apenas un parpadeo, el tipo sacó un cuchillo y lo lanzó en dirección a Silvia; Manu tiró de ella haciendo que el arma pasara de largo, pero desafortunadamente encontró otro objetivo. Un hombre de los que se había quedado mirando la escena resultó herido en un brazo.
―Debería matarte aquí mismo ―vociferó Manu, clavándole el cañón de su arma en la cara―. Ocúpense de él ―ordenó a los agentes que ya habían llegado a su lado.
Silvia sentía que las piernas no la sostenían, otra vez habían intentado matarla; Manu se dio cuenta y la llevó a un despacho que estaba vacío, pidió a uno de los funcionarios que le trajeran una infusión y se quedó con ella entre sus brazos para transmitirle algo de su fuerza.
Cuando todo hubo acabado y el preso condenado, Manu la llevó a su piso. Ella se sintió tranquila en aquel entorno seguro. Llamó a un restaurante para que les llevaran la cena y cuando se estaban comiendo los postres:
―Es hora de que hablemos.
―¿De qué? ―Silvia se sentía bien, todo había terminado y volvía a estar en casa, le extrañó la solemnidad de su mirada.
―Te amo y sé que no te soy indiferente. ―Manu no era hombre de discursos poéticos, siempre decía lo que pensaba a bocajarro, sin paños calientes.
A ella casi se le salen los ojos de las órbitas. ¿Cómo había adivinado él lo que había empezado a sentir? El aliento se le quedó atascado en la garganta.
―Respira ―sugirió Manu.
Silvia soltó el aire retenido y cogió varias bocanadas intentando relajar los atronadores latidos de su corazón.
Él la miraba sonriente mientras ella negaba con la cabeza.
―¿No sientes nada por mí? ―Sus cejas alzadas y su mirada divertida la hicieron saltar.
―No… si… no… ―Manu se rio al escucharla y ver el desconcierto en su cara―. ¿Cómo has sabido…
La confusión lo hizo reír con más fuerza.
―Soy muy observador ―se burló―. Y tengo un instinto infalible.
―Pues te ha fallado ―afirmó enojada por que se estuviera burlando.
―¿Ah sí?
En menos de un segundo, él arrimó su silla a la suya, la cogió por la cintura y la sentó en su regazo. Sin darle tiempo a pensar la estaba besando en la boca con todo el sentimiento acumulado desde que había reconocido amarla. Y ella le estaba devolviendo el beso con una pasión arrolladora, con los brazos enroscados en su cuello y sin dejar espacio entre ambos ni para un suspiro. Al separarse jadeantes, la miró con una ancha sonrisa.
―No sientes nada por mí.
Silvia, que estaba sonrojada hasta las raíces de su cabello, le sonrió con picardía.
―Cállate tonto, bésame antes de que cambie de parecer.
―Entonces… ¿Me quieres? ―Quería oírselo decir.
―Sí. ¿Contento? ―La sonrisa de Silvia hizo vibrar hasta la última partícula de su ser.
Lo que siguió a aquella declaración fue especial, mágico. Se pasaron la noche descubriéndose el uno al otro. Haciéndose promesas, y disfrutando de ese amor que uniría sus almas más allá de la vida.